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viernes, 11 de enero de 2013

Calvo como una sandía - Indice

Calvo como una sandía, de cabeza redonda y reluciente, lisa y suave, sin imperfección alguna. A trasluz podían entrevérsele las ideas, todas, las bondadosas y las perversas. Dormía con un gorro que le tapaba hasta las orejas por miedo a que se le escapasen los sueños. De día lucía su inmensa llanura capital sin atuendos ni adornos, apenas mecida por unos hombros erguidos y un andar perfectamente acompasado, con sus pausas estudiadas y medidas al milímetro. Cada mañana sacaba brillo a su gran calvicie con una gamuza nueva tocada por unas gotas de aceite de almendras y vinagre de manzana. Este ritual invariable le confería un olor característico, aroma de dulce orgullo, de bien pagada satisfacción, fragancia no poco habitual, pero inmensamente distinta en cada individuo. Calvo nació, y calvo permaneció, por lo que nunca usó peines o champús, y cuando se lavaba la cara, el enjuague terminaba más allá de la nuca.

Así comienza "Calvo como una sandía". Puedes leerlo siguiendo nuestro índice:

Primera Parte - http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com.es/2012/11/calvo-como-una-sandia-primera-parte.html

 Esperamos que os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

Calvo como una sandía - Conclusión


Y mientras el tropel de iracundos lugareños seguía los pasos de su improvisado líder, aquella criatura de madera arrugada por el paso de los años aguardaba su momento de gloria. En la distancia, rasgando la noche con la luz de sus antorchas, la turba era una lengua anaranjada que, sinuosa y amenazante, se aproximaba hasta la víctima del que sería sin duda un abrasador beso de odio y llamas.

Sin embargo, en la sabiduría silenciosa que los años le habían concedido, aquella reacción no le sorprendió lo más mínimo. Más de una década y menos de un siglo llevaba compartiendo con los habitantes de aquella región momentos de intensa y humana emoción. Amargura y pena ante las pérdidas. Murmullos y risas a media voz cuando creían que nadie miraba. Envidias. Celos. ¡Cuantas historias de amor grabadas en su piel y qué cantidad de lágrimas le habían regado en tantos sepelios! ¡Cuán maravilloso popurrí de sensaciones que, paradójicamente, a él se le habían negado por naturaleza!

Pero si algo había aprendido de todo ese tiempo de observación distante era que, por encima de sus diferencias, la aldea en su conjunto compartía un mismo pecado. Despojados de lo que alentaba sus vanidades, desnudados de sus orgullosos distintivos… ¡¿cómo no enloquecer ante la idea de ver perdido el quid de tu identidad?!

¡Qué ironía! Pues era él quien mejor podría haberles aleccionado sobre la importancia de asumir los cambios. Porque no siempre tuvo aquel cuerpo maltrecho, horadado por las inclemencias de secos veranos y largos inviernos. Hubo una ya lejana ocasión en la que sus raíces eran las de un espléndido campo de magníficas sandías. Ovaladas en una perfección tan hipnótica que el joven agrícola responsable de cuidarlas habría propuesto matrimonio a más de dos. Si la intachable simetría puede llevar a la locura de un platónico amor, es algo que pudo comprobarse cuando el imberbe granjero empezó a ver en su propia aridez capilar un reflejo de esa inmaculada geometría. 

Mas, ¡ay! ¡Con que rapidez brotan cierta clase de impulsos! ¡Malas hierbas del corazón que llevaron al infeliz de estéril azotea a quedar prendado de su propia cúpula! Teniéndola a ella, ¿para qué necesitaba cultivar aquellas bellezas ovoides? Quiso la triste coincidencia que por aquel entonces hiciese falta terrenos en los que dar sepultura a quienes abandonaban este mundo. Y ante la inerte y ciega mirada de aquellas que habían sido su objeto de deseo – y refrescante sabor como postre veraniego – su propietario vendió aquel terruño por una cantidad que le permitió vivir desde entonces para lo que sólo podía ser tachado como un ejercicio de onanismo alopécico.

De huerto vital convertido en campo de muerte. Así le fue negada su identidad y fue forzado su espíritu a asumir una constitución robusta, extendiendo sus ramas al cielo, clamando silenciosa justicia divina a aquel al que el sacerdote siempre encomendaba a aquellos que enterraban a su alrededor. ¿Por qué sumían en las profundidades a sus difuntos si su supuesta divinidad se encontraba más allá de las nubes? Las criaturas de carne y hueso le resultaban fascinantes en sus muchas contradicciones. Lo cierto es que si los vivos eran bastante divertidos, los que habían pasado a “mejor vida” no se quedaban atrás. Una vez los gusanos se tomaban su libra de carne, sus recuerdos y vivencias acababan siendo absorbidas por él, en una mezcla de sabia y humus extremadamente deliciosa.

Así fue como, sin tratarlos jamás de tú a tú, pudo conocer a los vecinos de aquel pequeño pueblo mejor de lo que muchos llegarían a conocerse jamás. Supo de las privaciones, de las faltas, de las miserias, de las ansias, de las añoranzas, de las indiscreciones… Y lo que no sabía, acababa por contrastarlo con todo cuanto oía – ya fuese entre susurros o en clamoroso llanto – cada vez que había ceremonia de luto bajo la sombra de su frondosa copa. Llegada su tercera primavera, siendo apenas un brote con ínfulas de sauce, ya conocía lo bastante de su enemigo colectivo como para dejar que sus flores se abriesen, desperdigando en complicidad con los vientos, el polen de la ilusión. Un espejismo que se mantendría cada trescientos setenta y cinco días, en cada florecer, y que les haría asumir la forma que ellos mismos tenían de su persona. Serían, a ojos propios y ajenos, tal y como se tuviesen en consideración. Así, la acomplejada Señora De La Tabla, que nunca dejó de tener un busto más que generoso, siempre se sintió ignorada por su marido, pensando que quizá no eran lo bastante grandes para su cónyuge. Como el ilustrísimo señor alcalde, sin ir más lejos: que no dudaba en vanagloriarse de tener una voz casi de susurro, suave y calmada, ¡orgulloso de no haber tenido que alzarla jamás para imponer orden! Otro ejemplo podían ser los gemelos Tic y Toc que… en fin: es obvio que se capta la idea, ¿cierto? Así que no es necesario aclarar la naturaleza de las más que íntimas inseguridades de tan “singular” pareja.

La frondosidad de su diálogo interior sólo tenía comparación con la que había cubierto sus largas y sinuosas extremidades. Tan hermoso ejemplar había llegado a ser que ni el propio Tamuerto había podido reconocerle cuando, tras acabar el pasado Diciembre, todas sus hojas cubrieron el camposanto, lanzando el aviso de lo que sería el inicio de una agonía que se prolongaría al menos hasta mediados de Marzo. No tendría fuerzas para llegar a florecer ni una sola vez más. En su lugar, dedicó toda su energía en hacer brotar una extensión de su quejumbroso tronco, en un intento inútil por llamar la atención de quien fuese, antaño, su dueño y mejor amigo. Aquel a quien, antes de ser lo que ahora era, había inspirado con la abundante y verdosa redondez de la huerta. Quiso darle un abrazo de despedida. En cambio, provocó su traspiés. Desde entonces, no habían vuelto a verse. Y ahora, bajo la lumbre de las antorchas, podía contemplar el brillo del hacha que portaba con ira entre manos. Como él, otros muchos le habían seguido pues compartían la añoranza por el aspecto perdido. Otros, en cambio, habían vivido bajo la imagen proyectada de una baja autoestima. Y esos pocos afortunados se habían quedado en sus casas, disfrutando de los dones recuperados. Las voces de quienes se habían reunido allí, en cambio, destilaban desprecio y odio. Animaban a ese aprendiz de leñador a que diera comienzo la tala del responsable. ¡Era todo por su culpa! Y aquellos pobres ignorantes tenían razón. Pues era culpable de hacerles parecer como siempre quisieron ser.

Mientras su vida escapaba en cada esquirla que levantaban las iracundas incisiones de su querido verdugo; puede que algún avispado observador pudiese intuir la sonrisa que se formaba entre sus grietas de corcho. No podía escapar a la ironía: él, que en vida había cumplido los sueños de los demás, no era más que un triste vegetal al que le habían negado el suyo propio. ¡Pobre árbol que quiso ser fruto! Tan sólo en la muerte pudo estar tan cerca de lograrlo. Pues sólo cuando quedaron sus ramas libres de toda hoja, llegó a ser calvo como una sandía. 

lunes, 7 de enero de 2013

Calvo como una sandía - Tercera Parte


El griterío rebosaba por las ventanas como una olla de espaguetis demasiado llena y en inesperada ebullición. Ante los delirantes acontecimientos que se habían desatado durante la vigilia lunar, el Ilustrísimo Señor Alcalde había tenido a bien convocar una Asamblea Extraordinaria en el vestíbulo del Ayuntamiento. Nunca antes el suntuoso edificio se había asemejado tanto a un gallinero. Cacareaban los habitantes del pueblo, presos de la incredulidad y el desconcierto. No sería justo reprocharles la algarabía. Algunos habían experimentado transformaciones tan sumamente tangenciales que costaba incluso reconocerlos al primer vistazo.

Don Tunerio, el profesor, pugnaba por sostener sus quevedos sobre una nariz de tabique quebrado y torcido como una alcayata. Branco, el campeón regional de boxeo y de quien se decía que hasta dormía con los guantes puestos cuando se acercaba un torneo, buscaba aliados que aliviaran el picor que le producía su recién adquirido mostacho, faldón ceniciento de una regordeta napia de maestro. Lilí La Pudorosa, estiraba infructuosamente su saya de lana. Por mucho que se esforzara, era incapaz de cubrir unas espigadas piernas de alambre, blancas como la leche y sembradas de acaracolado vello. Cigüeñón, el farolero, sostenía un bistec crudo sobre su amoratado ojo. El accidente se había producido al verse obligado a usar por primera vez en su vida una escalera para alcanzar los candiles de la Plaza Mayor. Contaba alterado haber tropezado con su mono de trabajo que ahora holgaba de sobremanera por sus cortas extremidades.  Cosa lógica cuando has encogido casi un metro de altura.

Pero no todo eran caras de disgusto ni llantinas lastimeras. Doña Polaina, la bibliotecaria, ronroneaba encantada con el tono aceitunado de su piel.  La Señora De la Tabla sonreía luminosamente por lo generoso de su nuevo y redondeado busto. El Señor De la Tabla sonreía aún más. Los gemelos Tic y Toc comparaban ufanos unos cambios que tan solo ellos podían identificar. ¿O quizás era otra de sus impertinentes bromas? Lo cierto es que la gran mayoría disfrutaba de la refrescante novedad. ¡Tan humano resulta minusvalorar lo propio y desear lo ajeno!

Entre tanta trapatiesta, el Ilustrísimo Señor Alcalde llamaba al orden con una cavernosa voz de barítono recién estrenada. Poco a poco los asistentes fueron acatando el mandato de silencio algo a regañadientes. La reunión tenía como primer punto, conocer el alcance de las metamorfosis. Don Ripoldo, el notario, confirmaba que nadie, salvo quizás los gemelos Tic y Toc, no se atrevía a asegurarlo, había escapado a la asombrosa permutación. Era por tanto un asunto que afectaba directamente a todo el pueblo. Consecuentemente, el Doctor Casablanca recomendaba la cuarentena. También confirmaba que aparentemente la patología solo afectaba a las personas. No quería ni imaginarse qué pasaría si alguien apareciese con una cabeza de cerdo o algo similar. El imperioso vozarrón del Ilustrísimo Señor Alcalde tuvo que imponerse una vez más a la explosión de carcajadas y lágrimas.

Tamuerto, el enterrador, discrepó en ese punto. Algo más era diferente. Aseguraba que en el cementerio había crecido un gigantesco árbol de ramas retorcidas y raíces ensortijadas. La revelación eclosionó, convirtiéndose en una caótica discusión. ¿Sería ése el origen de este encantamiento? ¿Hechicería? ¿Maldición? ¿Influjo divino? ¿Qué hacer? El Padre Justino era acosado por miradas interrogantes. ¡¿Qué debían hacer?!

El estrépito de cristales rotos enmudeció a la sala.

Había bastado una mirada. Tantos años de odio, recelo, intrigas y zancadillas camufladas habían forjado un hondo conocimiento del otro. Uno había emponzoñado los geranios de la otra con sal. Ella había intentado envenenar con azufre los agapornis de él. Y sin embargo, habían llegado a un mudo e inmediato acuerdo de armisticio indefinido y colaboración mutua ante el enemigo común. Ella abrió de un mandoble la caja de emergencias con una pesada silla. Él asió el hacha con determinación. Traspasaron hombro con hombro el umbral del Ayuntamiento ante la atónita mirada de sus vecinos.

¡Ya basta de tanta cháchara! ¡Era hora de pasar a la acción!

viernes, 7 de diciembre de 2012

Calvo como una sandía - Segunda Parte



Cómo todos los días, justo a las siete menos un minuto cantó su gallo. Le había costado muchos años de esfuerzo lograr que el testarudo animal fuera tan preciso como un reloj suizo, pero si quería cumplir sus tareas diarias, así debía ser.


Ese minuto que le robaba a las siete, le servía para remolonear en la cama exactamente 60 segundos. Disfrutaba así de la transgresora felicidad que produce el holgazanear sin por ello dejar cumplir a rajatabla su apretada agenda. Su día sería una cadena de eslabones cuidadosamente engarzados donde nada podía fallar.


Justo a las siete, saltaría de su cama como un resorte para lavarse y adecentarse, no sin antes haber puesto en el fuego agua para su té y pan en el tostador. En el momento de saltar las tostadas él estaría secándose en el baño, llegando a la cocina justo para cuando las barritas no quemasen y poderlas untar sin peligro. Abriría entonces la puerta para encontrar el periódico en el buzón y con la sopa de letras como compañera, tomaría su té y sus tostadas con miel. Luego sería el momento de hacer la cama, colocar las zapatillas en su sitio, dar de comer a los animales y ordenar la casa. Una vez todo en orden, comenzaría su paseo, a las 8 en punto de la mañana, y más tarde... Bueno, más tarde llegaría más adelante. Ahora le tocaba disfrutar los 15 segundos que aún le quedaban antes de saltar de la cama.


Había soñado algo extraño, perturbador. Tras un instante intentado recordar sonrió ante la alocada ocurrencia de su mente. En su sueño había tropezado con una raíz y tras pincharse con un filoso cardo, una invasión de larguiruchos filamentos habían tratado de ocupar su yerma cima convirtiéndole en un vulgar no calvo


A falta de cinco segundos para levantarse sintió un leve picor encima de la oreja y en apenas un segundo, su mano se acercó a la cabeza para rascarse. Los siguientes tres segundos los empleó en conjeturar qué sería aquello que se interponía entre los dedos y su suave cuero cabelludo. 

A las siete menos un segundo, saltó de la cama sin esperar siquiera a que las campanadas de la iglesia comenzaran a repicar. No podía esperar, una mal presentimiento trepaba a toda velocidad por su estómago camino de la boca. ¿Sería posible que no fuera sólo un sueño? ¿Sería posible  qué...? Corrió al espejo donde se miraba siempre antes de salir a la calle, una de sus más ingeniosas creaciones y que merece, por tanto, un instante de atención.


A base de espejos cóncavos y convexos colocados estratégicamente por toda la estancia, nuestro mondo hombre lograba ver su impresionante testera desde todos los ángulos posibles, pero lo que vio esta vez, en vez de hincharle de orgullo, le hizo caer desmayado.


Cuando se recobró del susto ahí seguía. Su cabeza, su lisa y brillante cabeza estaba llena, repleta, abarrotada de cientos de miles de millones de pelos. Tenía una larga melena, larga, horrenda, cruelmente poblada, tanto como una fuente de espaguetis. Y lo peor era que, mirara dónde mirara, no hacía más que verla reflejada en todos y cada uno de los espejos.


Sólo había una solución posible ante tal situación. Cogió las tijeras con determinación y empezó a cortar sin piedad todo cabello que irrumpía entre cejas y cogote. Mientras cortaba veía con desagrado como esos larguiluchos invasores caían a su alrededor, rodeándole. Eran como gusanos, como serpientes, como boas que contristaban su corazón. Una vez hubo acabado cogió su navaja de afeitar para no dejar de ellos ni la raiz.


Tras la dura batalla, se miró al espejo y durante un segundo volvió a recuperar su vida, la confianza en sí mismo y su hermosa calva. Pero duró justo eso, un segundo. Enseguida comenzaron a formarse, como si de negras nubes barruntando lluvia se tratase, sombras en su cabeza.


Obcecado comenzó de nuevo a afeitarse, seguramente algo habría hecho mal, se decía ante la atemorizante posibilidad de que su calvicie le hubiera abandonado. Afeitaba un lado de la cabeza para comprobar que por mucho que corriera, nada más acabar, por el otro comenzaba ya a brotar el endemoniado cabello.


Por fin, con la cabeza roja de tanto raspar y la moral destruida, se dio por vencido. Humillado y resignado tenía que buscar una alternativa, una solución. No podía dejarse ver así y mucho menos salir a la calle con algo tan indigno como un sobrero. La única solución posible era no volver a salir nunca a la calle, así pues, no volvería a tener contacto humano alguno.


Fue entonces, con su decisión recién tomada, cuando alguien llamó a la puerta. A través de la mirilla reconoció su calva. Bella, lisa, perfecta, reluciente, como una bola de billar recién encerada. La emoción casi le hace desvanecerse de nuevo ¡Había vuelto! ¡Su hermosa alopecia llamaba a su puerta!


Abrió la puerta para agarrarla, abrazarla y besarla en toda su inmensidad y planicie. Pero su impulso tuvo que ser refrenado. La calva no venía sola. Debajo suya estaba ella. La impertinencia hecha persona, la mujer que vivía al otro lado de la calle. Y osaba además a presentar así, sin su ostentosa melena, burlándose descaradamente de él luciendo una inigualable calva.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Calvo como una sandía - Primera Parte


Calvo como una sandía, de cabeza redonda y reluciente, lisa y suave, sin imperfección alguna. A trasluz podían entrevérsele las ideas, todas, las bondadosas y las perversas. Dormía con un gorro que le tapaba hasta las orejas por miedo a que se le escapasen los sueños. De día lucía su inmensa llanura capital sin atuendos ni adornos, apenas mecida por unos hombros erguidos y un andar perfectamente acompasado, con sus pausas estudiadas y medidas al milímetro. Cada mañana sacaba brillo a su gran calvicie con una gamuza nueva tocada por unas gotas de aceite de almendras y vinagre de manzana. Este ritual invariable le confería un olor característico, aroma de dulce orgullo, de bien pagada satisfacción, fragancia no poco habitual, pero inmensamente distinta en cada individuo. Calvo nació, y calvo permaneció, por lo que nunca usó peines o champús, y cuando se lavaba la cara, el enjuague terminaba más allá de la nuca.

Carecía de profesión conocida; algunas malas lenguas decían que su propia vanidad le servía de sustento. Sus rutinas eran enfermizamente precisas. A las ocho en punto comenzaba su paseo matutino rodeando por su fachada exterior la desgajada muralla del pueblo, siempre en el sentido de las agujas del reloj. No importaba la climatología, su voluptuosa calvicie era mostrada en todo su esplendor tanto si llovía como si el sol estiraba sus brazos. Por las tardes, en este caso únicamente si el tiempo era favorable, sacaba una pequeña silla de mimbre de tres patas a la puerta de su casa, se sentaba, abría un libro, y no se levantaba hasta que hubiese terminado. Cada día un tomo nuevo. De dónde los obtenía era un auténtico misterio, pues en aquel lugar nunca hubo biblioteca alguna. Si llovía, esta práctica era sustituida por una sonora sesión musical en la que, a coro con sus seis parejas de agapornis, se embelesaba a sí mismo mientras sus dedos recorrían las tres cuerdas de su majestuoso arpa.

Una mañana como otra cualquiera, cuando las estrellas se retiraban a sus aposentos, sacó a pasear su desierta azotea alrededor de la pequeña aldea en la que se circunscribían sus minutos y horas, sus días y años. Imperturbables, los componentes del singular entorno mantenían su habitual estatus a esas alturas de la estación: los algarrobos con sus eternas hojas ondeando al viento, el exiguo río que discurría lentamente tras la zona de frondosos huertos, los bichos chillando de pura asfixia bajo el cielo plomizo… Sus rítmicos andares seguían la senda habitual, sorteando las irregularidades del relieve de forma alegre y armoniosa, con el inconsciente descuido de quien, a fuerza de repetición, conoce al milímetro cada elemento de la actividad a la que se consagra.

Pero el destino es incierto, a veces cruel, y lo que creemos de sobra conocido puede truncarse en la fracción de tiempo que tarda un colibrí en aletear por segunda vez. Y allí estaba nuestro pelón protagonista, sumido en sus inconfesables pensamientos, cuando su pie derecho quedó atrapado en una prominente raíz de incierta procedencia, haciéndole caer de forma estrepitosa. Sus rápidas manos evitaron un daño mayor, pero fueron a apoyarse en una especie de cardo ligeramente punzante que al instante le provocó una urticaria de lo más molesta. Confuso, se levantó al instante, intentando inútilmente encontrar con la vista el árbol que se sostenía gracias a aquella gruesa raíz. Pero aquel tramo de camino era yermo, sólo algunos matorrales bajos distribuidos de forma aleatoria bordeaban el camino. Decidió no perder más tiempo en averiguar el origen de aquel fortuito acontecimiento y sus inciertas causas, retomando inmediatamente su habitual sendero.

Al llegar a casa respiró hondo. Su alivio se sincronizó con su turbación, consiguiendo restablecer los latidos de su corazón y devolverlos a su cadencia ordinaria. Se dirigió al lavabo, abrió el grifo y limpió los restos de tierra que aún quedaban en sus manos. Su mirada ascendió, sus ojos se enfrentaron a sí mismos ante el espejo y de inmediato se abrieron tanto que la imagen reflejada resultó tremendamente grotesca.

Se acercó hasta casi besar sus propios labios.

Palideció, y al instante su garganta emitió una especie de chillido ahogado -parecido a un rebuzno en sentido inverso- al confirmar que la sombra que asomaba en lo más alto de su esférica cabeza era, sin lugar a dudas, una minúscula concentración de incipiente cabello.

Desde aquel día, desafortunado quizá, ya nada volvió a ser igual.