Mostrando entradas con la etiqueta Las últimas palabras de Pablo hoyosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Las últimas palabras de Pablo hoyosa. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de marzo de 2012

Las Últimas Palabras de Pablo Hoyosa - Indice

Silencio. Era lo único apreciable la noche en la que Paz vino al mundo. Su supuesto padre se ahogo unos días antes durante una tormenta así que Pablo Hoyosa, el capitán, le puso ese nombre para recordar que nació una noche sin luna y las aguas calmas. Los tripulantes de aquel barco: un aventurero, un científico, un grupo de marineros borrachos que decían ganarse la vida como pescadores y algún que otro grumete fortachón y estúpido, miraban la escena con inquietud. La madre de Paz, una colombiana de tez morena, cabello enrevesado y cierta adicción al juego y al alcohol, falleció durante el parto. Era tan oronda que nadie en todo el barco se percató del estado de la mujer.


Esperamos que os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

viernes, 9 de marzo de 2012

Las Últimas Palabras de Pablo Hoyosa - Conclusión


En lo más profundo de la bodega, bajo una desnuda bombilla, aquellos lobos de mar murmuraban entre dientes a la espera de que el hombre situado en medio de todos ellos tomase una decisión. Duncan Espinoza tenía el rostro de piedra, marcado con las arrugas de un viejo sauce. Ojos pequeños de color negro, pelo largo y gris, enredado y siempre despeinado. Y una voz tan cascada por el aguardiente que apenas si tenía fuerza para gritar. Algo que jamás necesitó un hombre como Duncan Espinoza para hacerse respetar: incluso con aquella apagada voz, había mantenido a raya a la tripulación cuando afrontaron una epidemia de fiebre caribeña, dos años atrás. Las malas lenguas decían que incluso había tirado por la borda a dos marineros daneses a los que pilló colando varios fajos de cocaína. Casi todos respetaban a Pablo Hoyosa, el capitán. Todos temían a Espinoza.

Y finalmente, abrió los ojos y separo las manos, las cuales había mantenido en pose orante, pensativo. Estaba a punto de decir que sí: que las cosas habían llegado demasiado lejos en el “Pescador”. Aquella niña se había convertido en una amenaza e incluso los menos supersticiosos entre la tripulación preferían curarse en salud y librarse de ella a desafiar a la mala suerte.

Fue en ese momento cuando todos escucharon el golpe. El resonar metálico del pequeño sumergible descendiendo camino del agua, rozando la chapa del “Pescador”. Espinoza miró a su alrededor y comprendió que no había nadie de guardia. Nadie había podido ver al capitán Hoyosa subir a bordo del submarino con la pequeña en brazos.

Los pasos apresurados de la tripulación resonaron en el interior del pesquero, sacando a Gregory Demave del primer sueño agradable que había tenido desde que las cosas habían empezado a ir mal a bordo del “Pescador”. Aun confuso, Gregory se dio cuenta de que Finn no estaba en su camastro. Sin apenas haber asumido su extrañeza, sintió golpes en la puerta metálica. Pese a su corpulencia, tampoco pudo reaccionar cuando, nada más abrir, tres de los marineros del barco lo agarraron con fuerza, llevándolo casi a rastras hasta el puente de mandos. Allí, Espinoza le esperaba con un puñado de preguntas y un viejo revólver calibre treinta y ocho. ¿Dónde estaba su amigo, el canijo Finn? ¿Qué había hecho con el capitán Hoyosa? Con su peculiar acento francés, Gregory trató de calmar los ánimos del enfurecido contramaestre. Pero decir la verdad, que no sabía nada ni de Finn ni del capitán, tan sólo le sirvió para recibir un fuerte culatazo en la mandíbula.

Espinoza no llegó a repetir las preguntas: lo interrumpió Andrés Tordelloso, un atolondrado argentino de apenas veintipocos años al que, poco antes, había enviado a mirar si había pista alguna del capitán en su camarote. El chico, conteniendo el nerviosismo, le dijo que no había encontrado nada pero que algo raro le pasaba a la radio de onda corta. Espinoza miró a Gregory y éste comprendió que lo necesitaba. Nadie más sabía manejar aquel aparato.

El grueso de la tripulación se agolpaba en el estrecho corredor que terminaba en el angosto camarote, con sus paredes cubiertas de posters de chicas ligeras de ropa, donde Finn y Demave habían montado su pequeño puesto de operaciones. Los marineros trataban de escuchar algo en aquella niebla de ruido y estática. Sentado ante el aparato de radio, Gregory trataba de encontrar la frecuencia adecuada que le permitiese captar con claridad las palabras de Hoyosa. Repetía una y otra vez el llamamiento al capitán para que les diese su posición. Pero la voz entrecortada de Hoyosa apenas se dejaba escuchar, sumergida bajo la estridente estática. Espinoza, a su lado, apoyaba el cañón del calibre treinta y ocho contra su cuello, como si el corpulento francés pudiera hacer algo más de lo que ya estaba haciendo. De repente, las luces del barco comenzaron a fluctuar. La mar, que hasta entonces había estado en calma, se vio sacudida por una súbita corriente que hizo que todo el mundo a bordo tuviese que aferrarse a algo para no caer de bruces. De haber sido un poco más fuerte, quizá el dedo de Espinoza hubiese apretado el gatillo. En tal caso, la oreja izquierda de Demave habría quedado reducida a un colgajo sangriento. La trayectoria de la bala habría destrozado el equipo de radio. Y sin él, no habrían podido recibir las que serían las últimas órdenes del capitán Hoyosa.

Pero aquella sacudida se limitó a zarandear lo suficiente el barco como para que la antena receptora captase por fin la frecuencia adecuada. Y, con una mirada entre victoriosa y sorprendida, Demave se aferró a los gruesos auriculares de la radio, captando finalmente, alto y claro, la voz del capitán Pablo Hoyosa. Durante un segundo, todos los allí presentes contuvieron el aliento. El jolgorio prendió en ellos cuando Demave confirmó asintiendo que sí, que el capitán seguía con vida. Espinoza arrebató los auriculares al francés y tomó el micrófono. Junto a dos o tres insultos que sólo dos viejos amigos pueden intercambiarse sin acritud, Espinoza pidió a Hoyosa que le diese su posición. Usarían una grúa para subir el sumergible y le subirían en menos de lo que se tarda en vaciar una botella de buen ron cubano.

Fue entonces cuando todos vieron como el semblante de Espinoza pasaba a ser gris. Las palabras de Hoyosa solo recayeron en los oídos de su contramaestre, un hombre al que todos creían tan duro que muchos aseguraban que lloraba lágrimas de piedra. Sin embargo, los allí presentes comprobaron que en ellas no había otra cosa más que agua y sal. Todos le vieron asentir en silencio, mientras el nuevo capitán del “Pescador” escuchaba la última orden de su mejor amigo.

A cientos de metros bajo el agua, mientras el que había sido su barco durante más de media vida se alejaba; Pablo Hoyosa desconectó la radio. El calor asfixiante de aquel claustrofóbico sumergible habría vuelto loco a cualquiera. Por suerte para él, el capitán Hoyosa había pasado el límite de la cordura minutos antes. Sus manos desacoplaron los cierres de seguridad del depósito de combustible y varios mensajes de alarma comenzaron a resonar en la reducida cámara mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. Mientras una aterciopelada voz de mujer advertía de la detonación inminente del sumergible, Hoyosa se acercó a la pequeña que agitaba, inocente, sus bracitos ante él. Fue la primera vez que la sostuvo sin temor ni asco desde que descubrió su auténtica naturaleza inhumana. La llevó en brazos hasta el pequeño ojo de buey y dejó que la pequeña viese con sus ojitos aquella masa inmensa y abotargada que yacía entre las rocas. Aquello que habían confudido con un simple objeto. Con una nave espacial. Aquella cosa yacía durmiente mientras el pequeño sumergible, como un insignificante mosquito se aproximaba a punto de hacer explosión.

En el último segundo un inmenso ojo, tan grande como el propio "Pescador", se abrió. Quizá fue el vibrar de las turbinas del sumergible al filo de la detonación. O la proximidad de Paz a aquella bestia inhumana. O quizá fuese la maldita casualidad, pensó el capitán. Pero cuando aquella gigantesca y grotesca pupila le contempló, Pablo Hoyosa alzó en brazos a Paz, mostrándola a través del ojo de buey y pronunciando las que serían sus últimas palabras.

- Enhorabuena, zorra. Ha sido niña.

viernes, 2 de marzo de 2012

Las últimas palabras de Pablo Hoyosa - Tercera parte.

Sin pensarlo, Pablo Hoyosa se lanzó a la mar en pos del trastornado científico y la pequeña niña. El frío choque contra el agua le desorientó en un primer momento.  A tientas braceó, nadó y se sumergió en las aguas tan negras como el alquitrán tratando de encontrarles. Pero la oscuridad no dejaba ver más allá de la enorme plancha de acero curvada que era la borda del “Pescador”.

Exhausto, Pablo estaba a punto de darse por vencido cuando un débil chapoteo le llamó la atención. Con sus últimas fuerzas nadó hacia dónde había oído el ruido. Allí vio a Finn Redhouse, el terriblemente lógico y cuadriculado científico fuera de sí, con la cara desencajada, totamente desquiciado. Con mirada enloquecida, babeando de rabia y entre balbuceos incomprensibles, mantenía a la criatura bajo el agua con una furia y violencia tal, que si ésta no moría por la asfixia, lo haría irremediablemente por las contusiones y lesiones causadas.

Sin darse tiempo a pensar ni reflexionar, Pablo Hoyosa hizo lo que cualquier ser humano haría. Golpeó al esmirriado Redhouse hasta que éste soltó a la niña. Lo golpeó una vez, otra, otra más y luego una vez más. Redhouse parecía no inmutarse. Seguía con su inconexa verborrea mientras Hoyosa se desgarraba los nudillos golpeándole sin parar.

Finn dejó de hacer fuerza sólo cuando los golpes de Pablo le hicieron perecer. Por entre el charco de sangre que rodeaba a Finn emergió la pequeña Paz, como si de su segundo nacimiento se tratara. Amoratada. Boqueando. Pero viva al fin y al cabo. Era un milagro que estuviera viva. Pablo no sabía cuánto tiempo llevaba bajo el agua, pero desde luego mucho más del que un bebé podía soportar, daba igual se repetía, está viva. Pablo, con la vista nublada y temblando, la cogió entre sus brazos para calmarla o quizás era a él mismo a quién quería calmar. Comenzó a nadar hacia el barco, dejando atrás el cuerpo inerte del científico. Trataba de no pensar en lo que acababa de suceder, pero el escozor de sus nudillos al rozar con cada movimiento la salada agua lo hacía casi imposible.

Con la cabeza aún dándo vueltas, empapado y sin entender qué podía haberle pasado al tranquilo Redhouse durante su exploración del fondo marino, Pablo Hoyosa entró en su camarote con la niña en brazos. Había subido por la escala del barco intentando no hacer ruido, no quería que nadie le viera, después de todo lo que había pasado, no sabía quién podría ser el siguiente en volverse loco. Tras atrancar la puerta y tapar los ojos de buey de su camarote buscó la toalla más limpia y menos áspera de todas las que tenía. Sobre ella puso a la pequeña Paz y comenzó a secarla.

Paz, silenciosa como siempre, miraba con sus enormes ojos a Pablo preguntando sin entender el porqué de todo aquello. Cuando él rozaba con la toalla las zonas de piel en las que Redhouse había aprisionado a la pequeña, ella lanzaba un grito mudo que le hacía estremecer.  Los moratones de la pequeña causaban en Pablo el dolor que sólo lo desconcertante puede causar ¿Por qué? ¿Por qué tanto miedo, tanto odio, tanta rabia? Y entonces, mientras la secaba, vio la razón. Vio lo que el resto sólo había llegado, de alguna extraña manera, a presentir.

Al secar su cuello, Paz boqueó cómo hacen los peces fuera del agua. Extrañado Pablo volvió a pasar la toalla por el diminuto cuello de la niña. Tenía pliegues en la piel, pliegues que al levantar dejaban a la vista unas rojas y esponjosas cavidades, cómo las branquias de los peces.

Una ola de rechazo y asco recorrió el cuerpo de Pablo Hoyosa, que se alejó de golpe de la criatura. Ella  boqueó asustada por el movimiento repentino de su salvador y le seguía con su expresiva mirada, implorando que volviera. Ahora era Pablo el que no sabía qué hacer, el que no sabía que pensar... ¿Había llegadosu turno para la locura?

Decenas, cientos, miles eran las historias de pescadores que desde tiempos ancestrales hablaban de criaturas que parecían humanas y no lo eran, de seres mitad humanos, mitad peces y ninguna de ellas acababa bien. Historias de muerte, de mal fario, de desagracias, de desolación…

Pablo miró de nuevo a la criatura y se encontró con Paz, una niña diminuta, indefensa, llena de heridas y moratones…  era imposible que esa niña tuviera la culpa de todo lo que había estado pasando. Es cierto que desde que la niña nació habían sucedido muchas cosas extrañas, pero también era cierto que las cosas extrañas habían sucedido a medida que se acercaban a dónde la nave que perseguían había caído.

Pablo Hoyosa no se atrevía a dejar la niña sola. No sabemos si más por miedo de lo que le pudiera pasar o de lo que pudiera causar. El hecho es que en un total silencio fue hacia el camarote que Redhouse y Gregory usaban como centro de operaciones, allí guardaban todo el material recopilado durante su trabajo e inmersiones.

El pequeño submarino científico estaba dotado de un brazo mecánico, luces y varias cámaras para grabar todo lo que encontraran en el lecho marino. Y eso era precisamente lo que buscaba Pablo allí. No tardó en encontrar la grabación de la última inmersión y comenzó a visualizarla. Durante más de media hora de reproducción nada pasó. Agua, agua y más agua. De vez en cuando algún pez curioso se acercaba para jugar con las cámaras. A medida que los minutos pasaban las criaturas eran cada vez más escasas y más extrañas, algunas de ellas casi imposibles. Seres abisales que jamás había visto en toda su vida dedicada al mar. Luego, durante muchos minutos, hasta los más raros animales desaparecieron. Por fin el batiscafo llegó al fondo. Las cámaras habían recogido una enorme estructura cuadrada apoyada en el lecho, debía ser la nave caída del espacio. Cuando las cámaras se acercaron, lo que Pablo vio entonces, no era lo que esperaba. Su cabeza tardó en entender lo que sus ojos veían. Era aberrante, grotesco, era algo no humano.

Comenzaba a amanecer cuando Pablo Hoyosa aseguró la compuerta del pequeño submarino desde dentro. La claridad se filtraba por el enorme cristal frontal del ingenio cuando accionó los mecanismos para hacerlo descender al mar y encendió los motores. Tras apenas unos segundos sumergiéndose, la luz del amanecer desapareció para ellos. Allí abajo volvía a ser de noche.

domingo, 26 de febrero de 2012

Las últimas palabras de Pablo Hoyosa - Segunda parte.



Por desgracia, Pedro no le dió la oportunidad de llevar a cabo el castigo que el capitán había pensado para él ya que apenas un día despues de ser encerrado el cocinero consiguió salir de su celda y huir del barco con el único bote salvavidas disponible. 
Una semana tardaron en llegar a las últimas coordenadas que Finn Redhouse y Gregory Demave habían calculado. Y no fue un trayecto fácil. Desde que la pequeña Paz apareció en el barco nada más que desgracias cayeron sobre “el pescador”. Aparte de la ya mencionada pérdida de víveres los marineros sufrieron  terribles tormentas durante dos días con sus noches que tuvieron como consecuencia la pérdida de uno de los marinos que cayó por la borda y la avería de uno de los motores (el cual tardaron otro día en arreglar). La otra desgracia fue la muerte de Elena Sambenito, la chica que cuidó al bebe la primera noche. Este último suceso volvió a encender los ánimos de la tripulación que entendía que el bebe era el origen de todas esas maldiciones. El capitán Hoyosa tuvo que usar de nuevo todas sus dotes diplomáticas y prometió que una vez que examinaran las últimas coordenadas calculadas volverían a tierra donde dejarían a la niña. Además, duplicó el sueldo de todos los marineros.

Finn Redhouse era un pequeño y rubio americano, llevaba gafas redondas y era muy meticuloso en su trabajo. Gregory Demave, era francés. Alto, moreno y corpulento. Nadie en el barco sabía mucho de estos dos extranjeros y como se habían conocido. Solo sabían que habían ofrecido una buena suma de dinero por el transporte.

Como era habitual cada vez que llegaban a un punto a investigar Finn y Gregory se tiraban todo un día para preparar el módulo de inmersión. La cápsula, en la que a duras penas cabía una persona, era un pequeño submarino con un pequeño motor y que tenía autonomía para realizar una inmersión durante varias horas. Finn y Gregory estaban en contacto permanente mediante una radio de onda corta, de esta forma Finn narraba todas las cosas relevante que iba viendo en el fondo marino y que Gregory grababa para la posterior publicación y demostración del descubrimiento.

Durante el primer día de búsqueda nada relevante ocurrió. Gregory tomaba buenas notas de las indicaciones de Finn e iba anotando en un mapa las zona que este iba cubriendo.
El día siguiente no fue tan tranquilo. Todo iba como era habitual hasta que la conexión por radio se interrumpió. En principio esto no preocupó a Gregory ya que de vez en cuando pasaba. Era posible que Finn hubiera penetrado en una cueva o se hubiera alejado demasiado y estuviera fuera del alcance de la radio. Según habían acordado en estos casos, el protocolo a seguir era volver inmediatamente a una zona de conexión de radio. Pero pasaron los minutos y las horas y Finn no retomaba el contacto ni volvía al barco. 

Durante toda la noche Gregory y el capitán Hoyosa hicieron guardia. Con potente focos iluminaron la noche del pacífico y cada dos horas lanzaban una bengala con el objetivo de que si Finn emergía perdido pudiera encontrar el barco. 

Pero no fue hasta bien entrado el dia siguiente que el pequeño submarino ascendía de nuevo a la superficie. Rápidamente lo engancharon y subieron al barco. Cuando abrieron la compuerta vieron a un Finninconsciente y completamente blanco. Con los ojos abiertos. Seguía respirando pero era el único sintoma que lo identificaba como vivo. Rápidamente, fue llevado a su camarote y puesto al cuidado del médico del barco. Pero poco se podía hacer por él.

Según averiguó Gregory más tarde el submarino había regresado mediante el piloto automático a unas coordenadas prefijadas (en este caso las del barco) cuando el ordenador de a bordo detectó que las reservas de aire empezaban a escasear.

Horas mas tardes, ya de noche, todos los tripulantes del barco dormían y el  silencio reinaba en todas partes. Pablo Hoyosa venía de la cocina cuando vió la puerta de su camarote entreabierta. De un saltó y pegando un grito entró en la sala para asustar al intruso pero no había nadie. Y lo que era peor, la cuna donde la pequeña Paz debería estar, estaba vacía. Rápidamente salió de la habitación y subió a cubierta. Allí vio como una figura andaba hacia la baranda. Pablo dió un grito de alto y la figura se detuvo y se dio la vuelta.

Finn Redhouse con la piel pálida y los ojos en blanco sujetaba en brazo al bebé que dormía plácidamente. - La quieren - susurró Finn. La voz del americano era como un viento helado que se te metía hasta las entrañas. Pablo apenas podía moverse. Finn dió unos pasos atrás y se zambulló en el agua junto a la niña. Cuando Pablo pudo moverse  y mirar por la borda ya no había rastro ni de la niña ni de Finn.

viernes, 17 de febrero de 2012

Las últimas palabras de Pablo Hoyosa - Primera parte



Silencio. Era lo único apreciable la noche en la que Paz vino al mundo. Su supuesto padre se ahogo unos días antes durante una tormenta así que Pablo Hoyosa, el capitán, le puso ese nombre para recordar que nació una noche sin luna y las aguas calmas. Los tripulantes de aquel barco: un aventurero, un científico, un grupo de marineros borrachos que decían ganarse la vida como pescadores y algún que otro grumete fortachón y estúpido, miraban la escena con inquietud. La madre de Paz, una colombiana de tez morena, cabello enrevesado y cierta adicción al juego y al alcohol, falleció durante el parto. Era tan oronda que nadie en todo el barco se percató del estado de la mujer.
<!--[if gte mso 9]> Normal0 21 falsefalsefalse ESX-NONEX-NONE Pablo Hoyosa tomó el control de la situación. Con la delicadeza con la que se embota un barco el capitán tomó a Paz como si fuera un pescado y la azotó para regalarle el don de la respiración. En cambio lo que obtuvo fue un soplido sordo y ahogado que bien pudo haber sido un llanto pero que se transformo en una pena tan profunda que erizó los vellos de los presentes. Estos por contra se tragaron el aire que llevaban conteniendo en los pulmones provocándoles una sensación de malestar y nauseas que se prolongaría durante toda la noche. Paz se esforzaba en abrir la boca y comprimir las facciones de la cara pero era incapaz de emitir un solo ruido. Elena Sambenito, una de las prostitutas, cubrió a la muda criatura con un manto de lana barata y se la llevo a los camarotes. Al capitán le gustaba contar con aquellas mujeres de compañía en sus viajes. Mantenían alta la moral de la tripulación y eran buena moneda de cambio en caso de encuentros con piratas.
Antes de dar por concluida la noche dos de los grumetes lanzaron de mala gana el cuerpo inerte de la madre por la borda. Ahora sí, el capitán dió la orden de irse a dormir. Todos obedecieron salvo los grumetes que se quedaron limpiando la sangre y haciendo guardia en la escotilla. De los trece tripulantes tan solo Paz consiguió dormir de forma satisfactoria.
A la mañana siguiente las temperaturas descendieron de forma drástica y el olor a podrido inundaba cada rincón del “Pescador”. Nadie conseguía dar una explicación clara sobre cómo había ocurrido. Las cámaras frigoríficas no marcaban registro de error y aun así la carga se había podrido en el interior: fruta, carne, pescado, verduras… El cocinero Pedro de Reyes, hombre de alta mar experimentado y muy supersticioso, intentó echar a Paz por la borda pero los grumetes consiguieron reducirle y encerrarlo en las bodegas. Las prostitutas convencieron al capitán para dejar a la niña en su camarote hasta que se calmaran los ánimos. Todas menos Elena, que tenía fiebres muy altas y se había quedado en cama. Las siguientes noches se las tendrían que pasar preparando las redes y lanzando cañas al océano para sacar algunos peces y tener con qué comer. Por suerte para Paz su madre había escondido bajo su colchón preparados y alimentos para abastecer a su bebé cuando naciera.
Cuando el “Pescador” encendió motores la ligera nave tomó rumbo hacia el siguiente punto de la ruta. Esta vez se encontraban a tan solo unas horas del lugar en el que debería estar lo que llevaban buscando desde que partieron de Puerto Colombia. La rutina era siempre la misma: cuando llegaran al punto de destino desacoplarían el módulo de inmersión, Finn Redhouse el científico volvería a explorar el fondo marino durante unos días y Gregory Demave el aventurero se quedaría esperando haciendo guardia hasta que su compañero retornara. Si los nuevos cálculos eran correctos sacarían los restos de la nave a superficie. El capitán había oído hablar de una primera nave que cayó del cielo por las noticias y no le pareció mal correr el riesgo de encontrar esta otra, que había tenido una repercusión mucho menos mediática. La recompensa había sido más que generosa y cubría todas las molestias por la discreción de la operación. Y eso que solo era un adelanto. “Sea lo que sea que hagan en su país les debe ir muy bien”. Pensó. “Además estaba el aliciente del botín. Seguro que lo que me ofrecen son tan solo migajas comparado con lo que sea que haya dentro de esa nave venida del espacio”.
A Pablo Hoyosa no le gustaba dejar nada al azar, así que meditaba sobre sus planes en la tranquilidad de su camarote mientras controlaba la hoja de ruta. Esta vez sus pensamientos iban y venían de forma entrecortada. Tenía un ojo puesto en sus mapas de navegación y el otro en Paz, a la que miraba con gesto desconfiado. Era tan callada que a veces se olvidaba que le estaba mirando fijamente con esos ojos dulces y abiertos que parecían hablarle. De repente se sintió consternado al pensar que en su barco había hombres capaces de tirar por la borda a una criatura tan fascinante. “El castigo para Pedro tiene que ser ejemplar”, afirmó. “aunque tenga que cocinar con los pies el resto del viaje”.