Mostrando entradas con la etiqueta Johnatan Finnegan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Johnatan Finnegan. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de agosto de 2011

Un Día en la Vida de Johnatan Finnegan. Indice

Johnatan Finnegan es mecánico. Pasa ocho horas de cada dia de su vida con las manos manchadas de aceite lubricante, arrastrándose bajo los coches de otros, arreglando mecanismos y sistemas que han sido programados para dejar de funcionar a los diez mil kilómetros.

Johnatan Finnegan ha olvidado cuales eran sus sueños. Su mayor ilusión tiene una semana de caducidad: el tiempo que transcurre entre una sesión y la siguiente de "MonstersTrucks", el espectáculo de todoterrenos gigantes que se destrozan mutuamente en el Jessup´s Colisseum. 
 

Así comienza Un Día en la Vida de Johnatan Finnegan léelo al completo y fácilmente siguiendo nuestro indice






Un Día en la Vida de Johnatan Finnegan - Conclusión

Johnatan Finnegan acaba de descubrir lo que es el auténtico miedo. Jamás había sentido nada parecido. En realidad, nunca había sentido gran cosa en cuarenta y dos años... hasta esta mañana. Ahora, su mundo se acaba de reducir a ese oscuro agujero que asoma amenazante del cañón de un cuarenta y cuatro con una siniestra promesa de muerte.

Johnatan Finnegan no quiere morir. También acaba de descubrirlo. No sabe muy bien por qué. Razones no le sobran. No recuerda un solo día en el que no se haya levantado quejándose del puto despertador ó gimiendo por la jodida resaca. Bien lo sabe su mujer, que le escucha blasfemar con las noticias de fondo cada mañana. Lo mismo ocurre con Claire, que le soporta lamentándose de su mala suerte mientras le sirve el café doble matutino. También lo saben sus compañeros del taller que oyen sus insultos cada vez que se le resiste una tuerca. Y bien sabe Dios que los planetas tienden a alinearse para joderle la vida.

Johnatan Finnegan odia a los que sonríen. Está hasta los putos huevos de ver gente sonriente a su alrededor que no hacen más que recordarle que son más felices que él. Porque es evidente que tienen una tele más grande, un coche más potente y que follan más y mejor que él. Se le revuelven las entrañas de envidia cuando les imagina en inacabables orgías con chicas asiliconadas del Playboy y se pregunta una y otra vez por qué a él le tocaron tan malas cartas.

Johnatan Finnegan se ha planteado acabar con todo y por eso guarda el revolver de su padre con una bala en el sótano de su casa. Alguna vez ha fantaseado con el frío acero rozándole las sienes. Pero nunca ha podido pasar la línea. En el fondo sabía que nunca lo haría. Es un cobarde. Pero esta vez es distinto. Ahora es otro quien sostiene el arma y cada poro de su piel grita de pavor. No sabía que tuviera tantos. Tampoco era consciente de todos esos nudos de su espalda que le agarrotan el cuello, ni de que tuviera las uñas de los pies tan largas. Las nota arañar la suela del zapato como si intentaran agarrarse al suelo. -Qué es ese martilleo? ¡Tu corazón, idiota!-. Se da cuenta de que todo su cuerpo quiere decirle algo. También cree oír una voz, pero no dentro de él. Ríos de sudor caen gélidos por su columna vertebral. Está paralizado de terror.

Johnatan Finnegan se acuerda de donde está. Hace un gran esfuerzo para ordenar a sus ojos que abandonen el hipnotizante agujero negro del arma y enfoquen a la chica que hay detrás. Mia está moviendo sus sensuales labios. -Te he dicho que me des las llaves del buga tito Johny. Pórtate bien y los dos saldremos contentos de esta. Tú volverás a tu casita y yo podré cruzar la frontera para no volver jamás. ¿Lo ves? Un final feliz, como en las películas. ¿Me estás oyendo?-

Johnatan Finnegan no escucha ni una sola palabra. Está confuso, ebrio de sensaciones. Acaba de despertar a la vida y su aletargado cerebro se colapsa por una oleada de impulsos. El abrasador sol le está tostando la calva mientras el viento del desierto agita su empapada camisa a cuadros. Mía está plantada delante de él, más imponente que nunca. Las piernas separadas, la espalda recta, los brazos extendidos y la cabeza levantada en postura arrogante... terriblemente sexy. Su mirada implacable y su sonrisa insolente le provocan descaradamente. Se la imagina lamiendo sensualmente el largo cañón de la pistola mientras las palabras llegan fugaces a su perturbada mente. -...Tito Johny. Pórtate bien y los dos saldremos contentos... como en las películas...-

Johnatan Finnegan ha visto muchas películas. Le fascinan aquellas en las que el tipo duro hace lo que quiere y cuando quiere, rompiendo las normas a su voluntad. Como “Harry el Sucio”. -Sí, ese sí que era un tío con un buen par. Y si alguien se le ponía por delante, comía plomo de su pistolón. Sin piedad. Claro que sí. Vamos nena, suelta el juguetito que el tito Johny te va a enseñar un par de trucos.-

¡¡BAM!!

Johnatan Finnegan no sabe muy bien qué ha pasado. No recuerda haberse abalanzado torpemente sobre el arma. Tampoco haber apretado accidentalmente la pequeña mano de Mía. Ni haber recibido un disparo de un .44 special Smith & Willson a quemarropa para volar un par de metros antes de golpear duramente contra el suelo rocoso. Todo es muy extraño. Le duele el estómago y siente que algo se le escapa mientras oye los gritos histéricos de una niña que parece recriminarle algo.

Johnatan Finnegan se da cuenta de que va a morir. Va a morir solo en mitad de la nada, a mitad de camino de ninguna parte... como su propia vida. –Qué cabrón eres.- piensa. –Me pones la miel en los labios y ahora vas y me la quitas. ¡Jodido bastardo!- No le quedan fuerzas para gritar. Sus manos, empapadas en sangre, dejan de apretarse las entrañas. -¿Para qué?-. No hay solución. Nadie vendrá a buscarte. Te pudrirás en este desierto. Dicen que cuando estás en las puertas de la muerte ves pasar toda tu vida ante tus ojos.

Johatan Finnegan tan sólo ve un día. Un día que comenzó muy temprano con truenos y centellas y con la llegada de un Ángel Vengador, cargada con una mochila que casi le dobla el tamaño. Un ángel que le dio las gracias, cuando le ofreció su mechero tras sacarlo de su bolsillo izquierdo. Un ángel que le esperaba en su propia casa. Un ángel que se metió en su propio coche. Un ángel que le miró de arriba a bajo y que sabía lo que él estaba pensando. Un ángel que le enseño fugazmente, sin saberlo y probablemente sin querer, lo que es vivir. -Quizás sea lo mejor. Cuando ella se fuese, su vida volvería a ser una mierda. Adiós Mia. Lo hubiéramos pasado bien. Ojalá me hubieras llevado contigo.- Sus ojos se cierran mientras su cuerpo se entumece. Ya no siente dolor. El quejido ahogado de un motor que no arranca despierta su último pensamiento. –Tengo que mirarle el carburador-.

viernes, 29 de julio de 2011

Un Día en la Vida de Johnatan Finnegan - Tercera Parte

Johnatan Finnegan muerde mecánicamente la empanada de verduras mientras intenta buscar parecidos entre esa especie de lolita con curvas y su mujer. Las dos mujeres hablan animadamente mientras él las mira en silencio entre bocado y bocado. Por mucho que lo intenta no ve similitudes. Es imposible que sean familia – piensa, cómo si eso hiciera que no poder dejar de imaginarla desnuda en mil posturas sobre su cama fuera menos malo.

Johnatan Finnegan escucha su nombre en mitad de la conversación, pero prefiere ignorarlo y seguir con el dialogo de su cabeza, es más interesante. Has sido muy mala – le dice a una Mia con dos coletitas y un peto vaquero sin nada debajo – Ven aquí, tu títo va a darte tu merecido. Pero justo cuando ella se acerca a recibir unos azotes en el culo, un codazo hace volver a Johnatan a la realidad en forma de empanada de verduras y le corta la erección. Johnatan, he dicho que no te importa acercar a mi sobrina a la ciudad esta tarde, a hacer unas compras ¿verdad?. La mujer de Johnatan no alcanza a comprender lo feliz que acaba de hacer a su marido.

Johnatan Finnegan no deja de silbar mientras se prepara para ir a la ciudad. Johnatan solo silba cuando está borracho, conduciendo o va de caza, cuando se siente feliz. Se limpia la grasa de debajo de las uñas, cómo hace todos los domingos y le echa colonia en el peine, cómo ha visto en las películas, tratando de cubrir no sólo con pelo su incipiente calva. Su mujer, que no nunca le ha oído silbar, le saca del armario una camisa a cuadros que él huele por las sobaqueras antes de ponérsela

Johnatan Finnegan arranca su vieja dodge ram tras un par de intentos. Tengo que mirarle el carburador se dice a sí mismo mientras se despide de su mujer con un inexpresivo gesto de mano. Echa una larga mirada al asiento de la derecha, dónde está sentado ese cervatillo llamado Mia, hasta que ésta le devuelve la mirada y entonces pisa el acelerador a fondo, como hacen los hombres.

Johnatan Finnegan no sabe como empezar la conversación, pero sí sabe que no está dispuesto a recorrer las 80 millas de polvorienta carretera que hay hasta la ciudad, con ella, en silencio. Le ha encendido ya tres cigarros y le ha pasado la petaca con whisky en un par de ocasiones, pero no ha ido más allá de un par de gracias y algún que otro monosílabo. Intenta no mirar muy descaradamente a pasajera, pero no puede. Es imposible para él no quedarse embobado ante la imagen de la chica con una ajustada camiseta de tirantes blanca sacando su roja cabellera por la ventanilla de la camioneta con total desparpajo.

Johnatan Finnegan ha intentado empezar una conversación hasta tres veces. No lo ha conseguido y eso le cabrea. Ni el country, ni los coches, ni siquiera el fútbol americano parecen ser suficientes para una chica tan sofisticada como ella. En su cabeza las conversaciones eran mucho más fáciles y fluidas y no acababan precisamente con un incómodo silencio. Tendría que haberlo supuesto, ¿En qué estaría pensando? Para un chochito de su categoría él solo es un viejo palurdo con camioneta, además de ser su tío. Así que Johnatan Finnegan comienza de nuevo a fantasear con que una Mia mucho más interesante, una que le dice con mirada picarona que ha sido mala y que debería llevarla a la parte de atrás de la camioneta para recibir el castigo que se merece.

Johnatan Finnegan cambia de postura constantemente tras el volante. No es sólo por el calor, el pantalón, marcadamente abultado por sus fantasías, le comprime la entrepierna y eso no ayuda. Por primera vez en casi 50 millas, Mia se gira para mirarle de arriba a abajo. Johnatan se estremece al ver cómo se tensan los músculos de su cuello. Se lo que estás pensando – dice Mia en voz baja – Salta a la vista – continúa tras una descarada mirada a su pantalón. Mia se lleva el cigarrillo a la boca y le da una larga calada – Para, tengo que mear

Johnatan Finnegan frena la camioneta en seco. No hay nada en varias millas a la redonda, solo polvo, sol y algún matojo reseco, pero si ella quiere mear allí mismo, no iba a ser él el que se lo impida. Él no puede evitar imaginar como Mia se baja las bragas detrás del arbusto junto al que han parado. La visión le acelera el pulso. Odia estar así, odia perder el control. Un cazador siempre debe estar tranquilo y él no lo está. No sabe qué le ha querido decir con esa frase la maldita zorra esa, ni qué es lo que se supone que debería hacer.

Johnatan Finnegan no sabe cuanto tarda una chica en mear, pero desde luego ya lleva mucho tiempo. Johnatan se baja de la camioneta y comienza a rodear el arbusto tras recolocarse el pantalón. Está nervioso, temblando. Ni siquiera él puede decir cuales son sus intenciones, ni qué es lo que va buscando. Una parte de él le dice que vuelva a la camioneta y espere, la otra gana. Mia ¿Estás ahí? - logra decir antes de tener el cañón del revolver de Mia, un estupendo .44 special de Smith & Willson, entre ceja y ceja.

lunes, 18 de julio de 2011

Un Día en la Vida de Johnatan Finnegan - Segunda Parte

Johnatan Finnegan fuma Marlboro, bebe bourbon solo con hielo y todas las mañanas necesita un café doble para empezar su rutinaria y espantosamente vulgar jornada. Hoy está solo, sus compañeros todavía no han llegado. La tormenta lo despertó cuando aún no había amanecido y en vista de que no era capaz de volver a conciliar el sueño, decidió levantarse, vestirse y conducir bajo la lluvia hasta la cafetería donde a esas horas apenas acababan de colocar el cartel de “Open”.

Johnatan Finnegan agradece, por primera vez en su vida, haberse despertado antes de tiempo, y ello no se debe a que aquella mañana su café sea el primero en salir de la cafetera, ni sus huevos con beicon los primeros en freírse en la sartén. Claire, la desaliñada aunque agradable camarera, acaba de atarse el delantal a la cintura cuando aquel torbellino de cabellos encendidos recién surgido de las aguas pide un whiskey solo mientras abre la mochila y saca un paquete de tabaco.

Johnatan Finnegan no puede dejar de mirar de forma descarada a su nueva y extrañamente sorprendente compañera de desayuno. Saca un mechero de su bolsillo izquierdo y se lo ofrece justo en el momento en el que ella se lleva el cigarrillo a la boca. No sin cierto sobresalto, la joven lo acepta con suspicacia, da una calada larga y se lo devuelve con un tímido “gracias”, prácticamente inaudible. Se fuma el cigarro ansiosamente, intercalándolo con breves sorbos a ese vaso ancho cargado de grados de alcohol. No parece una dieta muy saludable para alguien tan joven; no parece una dieta saludable para nadie, eso es capaz de reconocerlo hasta el propio Johnatan Finnegan, cuyos vicios son de sobra conocidos.

Johnatan Finnegan, a pesar de la evidente diferencia de edad, siente una irrefrenable atracción por el peligro que es capaz de leer en esas manos temblorosas y esos ojos perdidos entre nubes de maquillaje. Necesita hablar con ella, saberlo todo acerca de esta tentadora aparición, pero los nervios, la inseguridad y el colapso mental le hacen dirigirse al aseo, donde se lava las manos, se moja ligeramente la nuca, y decide armarse de valor. Sale con la cabeza alta, el paso firme, y las frases preparadas en su cabeza cuando sus ojos se encuentran con una barra nuevamente vacía. Se gira hacia la puerta y ve como la joven se aleja apresuradamente bajo la lluvia. Impulsivamente sale detrás de ella, sin pensar en el desayuno que deja a medias y el abrigo que tiene colgado en el respaldo de la silla, justo en el momento en que Samuel y Tom aparecen ante sus narices, saludándolo, agarrándolo del brazo y prácticamente arrastrándolo al interior del bar mientras maldicen al hombre del tiempo y le preguntan qué hace allí tan temprano.

Johnatan Finnegan, aturdido, confuso y lleno de rabia no tiene más remedio que tragarse sus ganas de salir corriendo tras la chica mientras termina sus huevos fritos en compañía de sus colegas. El día trascurre como cualquier otro, lleno de aceite y monotonía, aunque su cabeza se encuentra bailando entre mechones de cabello rojizo y ojos de gacela asustada. A ratos se imagina compartiendo una salvaje aventura con aquella jovencísima hermosura; otras veces, pocas, vuelve a la realidad y piensa que no ha sido más que una cría atractiva, pero al fin y al cabo una cría, que se ha cruzado en su vida durante apenas 10 minutos. Y entre pensamientos, fantasías y reflexiones varias se pasa la mañana de trabajo.

Johnatan Finnegan regresa a casa a mediodía. Su mujer tendrá la mesa puesta y la comida lista. Es martes, seguramente haya guiso de carne o empanada de verduras, la imaginación culinaria de su señora esposa nunca fue uno de sus dones, si es que se puede decir que tiene alguno. Aparca su furgoneta, saca las llaves del bolsillo y mientras abre la puerta anuncia su llegada con un descolorido “cariño, ya estoy en ca…”. Johnattan Finnegan no puede creer lo que están viendo sus ojos; “¿seguiré soñando despierto?”, se pregunta cuando su mujer comienza con las presentaciones: “Hola John, esta es Mia, la hija de mi hermana Sarah, la de Arizona. Ha tenido… Humm… Digamos que ciertas diferencias con su madre. Va a quedarse un par de días, no sé, hasta que lo arreglen, supongo.”

[continuará]

viernes, 24 de junio de 2011

Un Día en la Vida de Johnatan Finnegan - Primera Parte



Johnatan Finnegan es mecánico. Pasa ocho horas de cada dia de su vida con las manos manchadas de aceite lubricante, arrastrándose bajo los coches de otros, arreglando mecanismos y sistemas que han sido programados para dejar de funcionar a los diez mil kilómetros.

Johnatan Finnegan ha olvidado cuales eran sus sueños. Su mayor ilusión tiene una semana de caducidad: el tiempo que transcurre entre una sesión y la siguiente de "MonstersTrucks", el espectáculo de todoterrenos gigantes que se destrozan mutuamente en el Jessup´s Colisseum.

Johnatan Finnegan está casado. Su mujer no es hermosa, ni inteligente ni especialmente simpática. Lo sabía la primera vez que la conoció en el bar de Mallory. Lo supo cuando bajó sus bragas en el asiento de atrás de su camioneta Dodge. Estaba cansado de saberlo cuando le dio el "si quiero" en la capilla del padre Collson. Intenta olvidarlo cada mañana que le da un beso antes de irse al taller.

Johnatan Finnegan sabe que su vida podría ser peor. La televisión, la radio e Internet le recuerdan que hay millones de personas ahí fuera que viven peor que él. Y lo hacen antes y después de mostrarle cómo viven y se divierten los ricos, famosos y poderosos.

Johnatan Finnegan guarda un revólver con una bala en el sótano de su casa. Su padre fue policía y fue lo único que le dejó en herencia, junto a una calvicie hereditaria y la nariz torcida por un puñetazo que le dio cuando tenía seis años.

Johnatan Finnegan está tomando café en el bar de carretera de Granny´s Mill. Afuera llueve a cántaros. En la televisión se ven imágenes mudas de la guerra en Irak. Es como cualquier otro día de cualquier otro invierno. A través del ventanal de la cafetería, ve que se detiene un enorme camión. Antes de seguir su camino, una chica baja de él, sacándole el dedo al conductor y cargando con una mochila que casi le dobla el tamaño.

Johnatan Finnegan la ve correr bajo la lluvia. No debe superar los diecisiete. Lleva el pelo corto a la altura del cuello, tintado de un llamativo color rojo anaranjado. Una cazadora vaquera empapada con una escotada camiseta que muestra la bandera británica. La chica entra en la cafetería maldiciendo entre susurros, con su abundante maquillaje convertido en pequeños ríos negros que surcan sus pálidas mejillas. Deja un reguero de huellas mojadas de la entrada hasta la barra. Se sienta a tres o cuatro banquetas de él.

Johnatan Finnegan tiene cuarenta y dos años... y acaba de enamorarse por primera vez en su vida.