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viernes, 8 de febrero de 2013

Lian Contra los Dioses - Indice

Lian el Viejo, iba a pagar cara su osadía. No solo había desafiado las claras leyes de los Siete, había desafiado a los cielos y a los Dioses. Y bien es sabido que quién provoca a tales fuerzas no vive para contarlo.
Hasta entonces, en todos sus años de vida Lian jamás había incumplido una ley, siquiera una norma. Jamás había pecado ni perjurado a dios alguno. Era un hombre prudente cuando se trataba de dioses y sus representantes.

Pese a ser un personaje estrámbotico, algo nervioso e inquieto, sus rarezas despertaban más simpatía que rechazo. La razón no era únicamente su avanzada edad, ni sus prolijos y útiles ingenios, ni siquiera que conociera el arte de la lectura y la escritura. Era tan apreciado por la escuela que regentaba en su torre, dónde enseñaba a cualquiera que quisiera acercarse y no únicamente a nobles, como era lo habitual. Muchos chicos de la región habían logrado aprender allí el arte de la escritura, y gracias a eso habían sido seleccionados para ir al Monasterio, dejando atrás la sufrida vida de labranza y hambrunas que les esperaba. 

Así comienza "Lian Contra los Dioses". Puedes leerlo siguiendo nuestro índice:

Lian contra los dioses. Conclusión


Lian andaba silenciosamente por el interior del templo, fuera, se escuchaban los ruidos de destrucción provocados por las máquinas de metal. El hombre sabio cruzaba el pasillo central flanqueado en ambos lados por gigantescas representaciones de los Siete.
A su izquierda se encontraban Alondra, la diosa del campo y la agricultura, que sujetaba una espiga de trigo con su mano derecha;Mosés, el dios del comercio, sujetaba en su mano un saco de monedas;El herrero golpeaba con su gran martillo un yunque y junto al él la diosa fragua. Lian miró a la derecha donde se encontraban las estatuas de Elistes, la diosa del Hogar, Kratas, el dios de la vida y la muerte y Drakas, el dios del mar.

El viejo inventor cruzó la puerta que separaba la entrada del templo con la “sala de los escritos”. Durante cientos de años la palabra y las decisiones que los humanos han tomado en nombre de los dioses se han puesto por escrito y guardado en esta sala. Solo el juez y su escriba, por gracia de los dioses, tienen permiso para cruzar estos umbrales; Satisfacer a los dioses era algo que ya no le importaba al anciano.

Lian deslizaba su mirada por todos y cada uno de los pergaminos. Los primeros escritos databan de hace ciento de años. Fue recorriendo todas las fechas hasta la época que le interesaba, la época de Mecona.

Mecona era una mujer sabia en todas las artes. Durante toda su vida construyó muchos inventos pero los que más éxito tuvieron fueron unas máquinas de metal que ayudaban a la gente en su vida cotidiana. Al principio eran pequeños utensilios, meras herramientas. Pero poco a poco se fueron convirtiendo en máquinas más grandes y complicadas. Muchas de ellas, totalmente autónomas, incluso podían sustituir al hombre en su actividad diaria. Mecona intentó hacer estas máquinas lo más parecido a los hombres, tanto en cuerpo como en espíritu, y les infundió la creencia de la existencia de los dioses.
Las siete grandes casas de gremios vieron el peligro en estas máquinas. La gente dejaba de necesitarlos y su posición privilegiada corría serio peligro. Decidieron entonces deshacerse de estas aberraciones y de su creadora.
Contaron a los ciudadanos que los dioses despreciaban esas máquinas porque no eran hijos suyos y que las castigaba al destierro, más allá del desierto y que esa zona sería llamada desde ese momento la tierra prohibida. Ningún humano debería atravesar esa zona bajo pena de castigo. Toda las creaciones de Mecona fueron destruidas y todos los escritos  fueron quemados. De esta forma el conocimiento de la sabia se perdió en los confines del tiempo.

- ¡Tu! - Anura se encontraba en la puerta que daba acceso a la sala.  - ¡Los Siete te castigarán por este sacrilegio! -

Lian seguía leyendo pausadamente, sin levantar la vista del papiro. - Si los Siete han existido alguna vez, hace mucho que abandonaron este lugar-

Anura tenía los ojos rojos de ira: -¡Blasfemo!, ¡como osas!-.

Lian levantó la cabeza hacía uno de los ventanales de la sala. A través de estas se podía ver la humareda resultado de la destrucción que las grandes criaturas estaban provocando.

-Mira afuera, Anura. ¿Aún crees que los dioses vendrán a ayudaros?. Finalmente, los hijos pródigos han vuelto, conocen toda la verdad, yo se las he revelado, y ahora quieren vengarse de aquellos que les exiliaron hace tanto tiempo.-

-¿Que ganas con esto Lian?-

- Que se sepa la verdad. Durante toda mi vida he buscado la realidad de las cosas, la explicación, sin saber que he vivido en una mentira. Ahora lo sé y tengo la intención de revelarselo a todo el mundo. Cuando los dioses no acudan a la ayuda de los hombres, estos dejarán de creer en los dioses, dejarán de creer en vosotros. Serán libres.-

Anura sonrió por primera vez desde que entró en la habitación. - Muchos son los hombres que han intentado lo mismo que tu durante cientos de años. ¿Acaso te crees especial?.-

El discípulo de Anura entró por la puerta, llevaba un pergamino en la mano. -Aquí lo tenéis señora-.

- Lian, supongo que has oído hablar del Culto de Dalos.- Este negó con la cabeza.

Anura, andaba por la sala. -Hace mucho tiempo un grupo de humanos creyó poder plantar cara a los dioses, como tú. Practicaban la magia negra, podrían crear vida y manipular la materia a su antojo. No fue difícil convencer al pueblo de que estos brujos pecaban contra los dioses y que merecían se perseguidos y ajusticiados en nombre de los Siete. Por suerte , este culto nos dejó grandes conocimientos y herramientas para hacer que los Dioses acudan a la ayuda de los que rezan-.

Anura reía a carcajadas. - Ven conmigo y los verás-

La discipula del Dios herrero abrió una puerta que permitía el acceso a la torre del templo. Lian la seguía preocupado. Desde el balcón se podía ver toda la ciudad, las máquinas, que ya habían destruido las casas de los siete gremios, se reunían en la plaza del mercado. El templo estaba rodeado de campesinos. Tras el ataque habían acudido todos a rezar y pedir ayuda a los Siete para que les librase de esta amenaza. Justo debajo de la torre los acólitos habían preparado una pequeña fogata y cuando Anura asintió con la cabeza echaron un polvo de color rojo a la hoguera.

Lian miraba impasible la escena. La fogata cambió de color. Los tonos anaranjados dieron paso a unas llamas azules de cerca de una decena de metros.

Anura abrió el pergamino y empezó a leer:

-Los Siete han escuchado los ruegos de sus hijos. Estas criaturas, estos demonios, no son hijos suyos, fueron creadas por los humanos, nacidas del odio y la envidia. Ya se les perdonó la vida una vez pero esta vez los dioses han decidido que deben ser destruidas-.

Un nuevo componente que los discípulos echaron en el fuego hizo que este estallara, ante el asombro de todos, y la llama se alargara hasta el cielo. En ese momento el cielo, hasta ahora solo cubierto por el humo, empezó a cubrirse de nubes tan negras como el carbón.

Lian bajó las escaleras y salió del templo. Sabía que nada bueno iba a ocurrir, tenía que avisar a las máquinas.

Los truenos estallaban en el cielo, cada vez más cerca. Las crónicas contarían que eran los gritos de los dioses maldiciendo a las máquinas.

De pronto, y ante el asombro de todos, en lugar de comenzar a caer agua, piedras de fuego empezaron a caer del cielo. Cuando Lian llegó a la ciudad, las piedras ya caían sobre las máquinas que le habían ayudado a conocer la verdad. No pudo hacer para ayudarlas, solo pudo contemplar como las piedras acababan con esas maravillosas criaturas y eso fue lo último que vieron sus viejos ojos.

La ira de los siete duró apenas unos minutos, arrasaron con las maquinas, la ciudad y todo aquél que andaba cerca. Mientras en el templo la gente gritaba de alegría y Anura miraba con satisfacción la obra de los Siete.

- Y cuando Lían y sus máquinas osaron enfrentarse contra los dioses, los siete extendieron su ira sobre estos acabando con su existencia. Palabra de los Siete-. Y todo el pueblo al unisono contestó, - Alabados sean los Siete-.

viernes, 1 de febrero de 2013

Lian contra los Dioses - Tercera Parte


Lian el Viejo iba a pagar muy caro su desafío ante las leyes de los Dioses así como su osadía a la hora de adentrarse en la Zona Prohibida. Pero Lian el Viejo aun tenía que cometer peores sacrilegios si cabe.

Porque mientras Lian el Viejo yacía boca arriba, tendido en la arena, riendo y llorando mientras el conocimiento revelado por Saraswati retumbaba aún en su mente; a muchas lunas de allí, más allá de los límites de la Zona Prohibida que el incansable erudito había osado sortear, los lugareños de la región pronto se dieron cuenta de su ausencia.

Aquella misma mañana, un grupo de jornaleros acudieron en busca de Lian para ver si el viejo sabio podía reparar aquel ingenioso dispositivo con el que habían desviado el curso del río para regar los cultivos. Pensaron que quizá el inquieto Lian había partido de viaje a una región cercana, posiblemente a alguna feria rural en la que poder compartir e intercambiar impresiones con viajeros procedentes de los siete reinos. Lo mismo sucedió con las hilanderas, que acudieron a ver si el viejo Lian podía reparar aquel rocambolesco ingenio con el que las jóvenes se habían acostumbrado ya a coser. Tras ellas estaba el maestro orfebre, quien había encargado a Lian unas nuevas lentes con las que poder trabajar las piezas de plata de las familias nobles. No fue hasta que los pupilos de su escuela de escritura decidieron ignorar todas las advertencias y echar un vistazo al interior de la torre, cuando por fin quedó claro que el viejo Lian se había marchado.

Ni una nota, ni un mensaje. Nada. El propio magistrado, escoltado por un puñado de sus mejores hombres, puso patas arriba el caótico cubil de Lian, tratando con cuidado de no activar ninguno de los cientos de dispositivos a medio construir que plagaban cada rincón de la torre. Varias semanas de intensa búsqueda por los bosques y alrededores no dieron fruto alguno. Una vez se confirmó la extraña desaparición del Viejo Lian, casi tres meses después, la alarma llegó a las más altas instancias del lugar. Y aquella fue la primera vez en mucho tiempo que el cónclave de las Siete Familias se reunió fuera de las fechas sagradas.

Las leyes de los Dioses son claras. Siete Dioses ha habido siempre. Siete Grandes Oficios. Y Siete Grandes Estirpes que, de padres a hijos y de hijos a nietos han transmitido los secretos de cada uno de los siete dones revelados a los hombres por los siete Dioses. Y para asegurar que las leyes se cumplen, se ha creado el Cónclave de las Siete Familias.

El juez – en este caso, jueza – Anura se encontraba de pié mientras representantes locales de cada una de las familias gremiales la miraban desde sus asientos. La propia Anura había sido la representante del Gremio Herrero hasta que las oráculos la seleccionaron al morir el anterior juez, el Gran Monsanrro, del Gremio Agrícola. Anura escuchó con atención las preocupaciones de sus iguales ante los Dioses. A ojos de la implacable jueza, todos ellos habían llegado a depender demasiado de ese viejo chiflado. Sabía bien que entre ellos había otros que también veían con malos ojos esa licencia que se había concedido de forma “extraordinaria” al viejo Lian.

- Os lo advertí – la voz de Anura resonaba en la cámara de reuniones, a muchos metros por debajo de la capilla exterior del Templo de los Siete - ¡Os advertí que no debía permitirse que un solo hombre conociese demasiado de cada uno de los siete oficios!

Por supuesto no tardaron en aparecer los argumentos que gente como Malakhiades, del Gremio Cocina, esgrimían cada vez que surgía el debate en torno al excéntrico y anciano inventor – Jueza Anura, con la benevolencia de los Dioses y la suya propia… debo recordaros que gracias a eso, el Viejo Lian nos ha colmado de artefactos que han hecho más llevadera muchas de nuestras labores…

-  Es cierto – se aventuró a proclamar la más joven de los allí presentes, Lyra, representante del Gremio Sanador. – Probablemente se trate de uno de los viajes que realiza el viejo Lian de tanto en cuanto.
 O puede que haya sido “captado” por nuestros vecinos del sur. – el tono irónico y burlesco del anciano Grävem era adecuado para el Gremio Mercader: él mejor que nadie sabía que las regiones vecinas habían comenzado a notar los beneficios que los artefactos creados por Lian habían tenido sobre las cosechas, productos y, en general, cualquier cosa que exportasen desde allí.
-  O puede que haya ido a la Zona Prohibida.

La voz de Anura dejó en silencio a todos los demás. El temor supersticioso de cualquiera de los lugareños no era nada en comparación con quienes conocían parte de la historia secreta de más allá de los límites. La curiosidad del viejo Lian era bien conocida por todos. ¿Y si Anura tenía razón? ¡No podía negarse que algunos de los allí presentes, amigos personales del propio Lian, le habían escuchado hacer preguntas sobre dicho lugar! Por supuesto, nunca las vio contestadas. Si cualquiera descubría los secretos de los Dioses, podría ser terrible. Si, para colmo, ese alguien era Lian…

Antes de que sus pensamientos pudieran crear un escenario mental reflejando tal posibilidad, todos sintieron el retumbar de la cámara, acompañado del sonido de un trueno lejano. Hilos de piedra y arenisca llovieron sobre los presentes y las antorchas que iluminaban la estancia parpadearon, como si hubiesen sido igualmente sorprendidas por la sacudida.

- Por los Siete Dioses… - la blasfemia estaba justificada y Anura se incorporo, colocándose de nuevo la tiara de delicado marfil negro, símbolo al igual que la túnica oscura de su papel como Jueza. - ¿Qué ha sido eso…?

El sonido de pisadas apresuradas se dejó escuchar en las escaleras que bajaban hasta la cámara. Un grupo de guardias se postraron a los pies de Anura, mientras dos nuevas sacudidas hacían tambalearse incluso las pesadas sillas donde se sentaban los representantes de los Gremios. – Mi señora… - sólo uno de los guardias osó responder: el resto permaneció de rodillas, con la mirada baja – Es… Es…

El joven miembro de la guardia no llegaría a terminar la frase ni a ver el próximo amanecer: una gigantesca roca, esculpida como el rostro de uno de los siete dioses, se precipitó contra el suelo, aplastándolo, cuando una cuarta explosión en el exterior sacudió de nuevo la cámara. En tropel, los nobles abandonaron precipitadamente la cámara, luchando por subir al exterior llegando a extremos poco decorosos. Para cuando vieron la luz del sol, contemplaron el paisaje de la región, tan extenso y majestuoso como sólo podía contemplarse desde lo alto del monte donde se había levantado el Templo. Columnas de humo se alzaban en el horizonte, marcando puntualmente los distintos emplazamientos donde se ubicaban las casonas y mansiones de cada una de las siete familias.

En la distancia, entre el humo y las llamas, podían verse la silueta de gigantescas figuras. De metros y metros de alto, colosales como titanes. El corazón de todos los allí presentes se encogió de temor. Los guardias apretaron sus manos en torno a sus lanzas y arcos, como si eso las dotase de un poder mayor. El rugido mecánico de los engranajes se dejaba sentir incluso a kilómetros de distancia, resonando como un eco de venganza largo tiempo macerada. El escriba personal de la Jueza Anura, un joven de cabeza afeitada y hábito monacal, murmuró una plegaria atemorizado.

- Guarda tu temor, escriba – la tajante voz de Anura interrumpió la oración que algunos guardias habían empezado a entonar junto al joven monje – No son los Dioses quienes han desatado su ira.

Y decía esto último Anura al tiempo que sus pies ponían rumbo a su carruaje. Los demás miembros del consejo la miraron con recelo y con una sombra de inquietud en sus ojos. El propio Grävem fue quien, quizá amparado en su senectud, osó plantear sus dudas.

- Pero, Jueza Anura… ¿Estáis segura…?
- Sabíais tan bien como yo que éste día llegaría. Sabíais que llegaría alguien como él, como el viejo Lian… Y sabéis exactamente lo que debemos hacer ahora. – Anura estaba a punto de desaparecer en el interior de su carruaje. Dedicó una última mirada a sus atemorizados compañeros nobles. – Es hora de despertar a los Dioses.

(continuará)

viernes, 25 de enero de 2013

Lian contra los Dioses - Segunda parte

Lian el Viejo iba a pagar cara su osadía de pisar la Zona Prohibida y sus desafíos hacia las Leyes de los Siete, los Cielos y los Dioses. Pero Lian el Viejo no tenía tiempo de pensar en ello todavía.


Lian se encontraba atrapado por mano de metal que le sostenía el tobillo y tiraba su cuerpo hacia lo que él pensaba que era una duna. Le costaba mantener el equilibrio mientras le seguían gritando. - ¡Ayuda! – Su mente daba vueltas mientras intentaba comprender. Cuando empezó a trazar una explicación lógica fue el momento en el que tropezó y cayó al suelo. - ¡Ayuda! – Por un instante la mano se soltó y rápidamente volvió a agarrar a Lian por un brazo. Esta vez el empujón consiguió arrastrarle hasta que se encontró cara a cara con una escultórica cabeza de metal que le miraba y le hablaba. Estaba completamente asombrado con la roja mirada del ser, que era inexpresiva pero aun así perfectamente capaz de arquear sus cejas y mover los labios. - ¡Ayuda! –
Medio segundo más tarde Lian, muerto de miedo, rompió el silencio con una sonrisa forzada en la boca –Te ayudaré – La mano metálica dejó de hacer fuerza. Lían se liberó y, aprovechando el momento, golpeó uno de los ojos de la criatura y salió huyendo duna abajo rumbo a su torre. El hombre de metal, que casi doblaba en altura a Lían, no tuvo más que alargar el brazo para agarrarlo de nuevo, esta vez por un hombro. 

– Tengo la pierna atrapada. Dijiste que me ayudarías. – Lian se resignó 

– Esta bien, maldita sea. Te ayudaré. Pero suéltame. – 
Una vez libre Lian se acercó a la pierna enterrada y apartó los pedazos que la cubrían. Estaba pegada a una enorme y pesada caja de metal, como si un fuerte golpe las hubiera unido.
– Mi hermano mayor cayó por la duna y nos aplastó a todos. – Explicó el hombre de metal. 
Lian, todavía buscando la manera de salir de allí sin ser atrapado, intentó agarrar el tobillo y tirar de él para liberar la pierna, pero el esfuerzo fue inútil. Haciendo uso de su ingenio y sus conocimientos colocó las pocas brasas que quedaban bajo la pierna del hombre de metal, calentándola. Se ayudó también de unas placas bien orientadas hacia el sol, que ayudaron a ablandar la gran masa metálica que atrapaba la pierna del enorme humanoide. Lian descubrió que el calor no era suficiente, así que cogió algunas piezas más, las enrosco a otras piezas de aquí y otras de allá y sin mucha dificultad fabricó un gran cuello metálico que se doblaba como una catapulta. Con el arco suficiente el cuello podría golpear con más fuerza y cortar la inútil pierna. Y así fue como sucedió. Después de varios golpes el acero se partió y consiguió liberar a la criatura. 
El hombre metálico se levantó. Era un ser realmente asombrosos. Lían nunca había visto nada semejante. Quiso salir corriendo, pero también preguntarle un montón de cosas que le rondaban por la cabeza. Se le ocurrió que podía aprovechar para hacer algún dibujo en su cuaderno, pero se dio cuenta de que lo había perdido en la caída. Aun desorientado miró y buscó a su alrededor, para encontrarlo donde menos se lo esperaba. El hombre metálico había subido la duna y lo estaba examinando con sus enormes manos, abriendo las hojas con delicadeza, sin estropearlas. - Menuda máquina era aquella -. Pensó Lian. 
- ¿Qué son estas cosas que has dibujado? – Preguntó la máquina mientras unos rayos rojos salían de sus ojos recorriendo las primeras páginas.
– Peces ¿Y quién eres tu si se puede saber? – La respuesta fue seca y directa.
– No tengo nombre. ¿Qué son estas cosas que has dibujado? – Esta vez la página que estaba abierta mostraba algunos dibujos recientes. 
– Un Globo – Le dijo Lian. 
– Ah… interesante. -  El hombre de metal ojeó todo el cuaderno, incluso la parte que estaba en blanco, y se lo devolvió a Lian. 
– Gracias. Esto… Hace demasiado calor aquí para esta anciana piel. “No tengo nombre”, creo que ahora sería justo que tú hicieras algo por mí –
El hombre metálico ayudó Lian a resguardarse del calor bajo un gran caparazón similar a un torso humano, solo que mucho más grande. La temperatura dentro del caparazón era asombrosamente baja. Lian no podía encontrar una explicación terrenal. La cara exterior del torso estaba ardiendo por los rayos del sol pero por dentro estaba frio. 
– Es de mi hermano mayor, el que nos aplastó. Los otros también son mis hermanos – Explicó el hombre sin nombre. – Por dentro somos así, fríos. Incluso cuando morimos. Hay quien lo llama espíritu. - 
Lian estaba lleno de preguntas y a medida que hablaban algunas fueron encontraron respuestas, como por ejemplo la asombrosa historia del hombre de metal. Su padre se llamaba Vott y había sido creado por El Herreno. Como todo el mundo sabe El Herreno tenía seis hermanos, que se hacían llamar Los Siete. Todos ellos creaban criaturas a su antojo y voluntad. Algunas les era útiles y tenían el derecho a quedarse eternamente en Ghalas, la gran morada de Los Siete, pero otras no tenían ese privilegio y eran abandonadas a su suerte, más allá del desierto, prohibiéndoles retornar. Mucho antes de que naciera su padre, tras el Incidente de Mecona, los mortales creyeron poder sustituir a los Dioses e inventaron la Alquimia para crear vida. Estuvieron cerca de conseguirlo pero, fieles a su naturaleza, algunos grupos empezaron a trabajar en lo que se llamaría Magia Negra. Su trabajo se basaba en encerrar las almas en frascos y objetos en lugar de darles libertad. Fue El Culto a los Siete el que persiguió este tipo de acción, relegándola al olvido y asegurándose de que nadie, absolutamente nadie, llegara a la Zona Prohibida. Para ello El Culto creó unos guerreros de tierra que protegieran el paso de cualquier intruso y La Diosa Fragua esparció el calor necesario para crear un mortífero desierto tras ellos. 
– Todo el que habita en Ghalas sabe esto. -  Apuntó el hombre de metal. 
Las leyes de los dioses son claras. Está escrito en La Palabra de Los Siete los hechos que acontecieron al mundo y el camino que los hombres deben seguir para redimirse de sus pecados. Quien contradice La Palabra sufre como castigo una muerte lenta y dolorosa, y Lian, tan prudente él y a la vez tan curioso, estaba yendo más allá. Su compañero de metal le estaba revelando información peligrosa, si, y el calor le impedía salir de donde estaba, volver a su querida torre y olvidarlo todo. Lían el Viejo iba a pagar caro ese conocimiento.
El anciano escribía nerviosamente cada detalle en su cuaderno. Páginas y páginas de nerviosismo narrando cómo Vott había sido desterrado tras cometer el pecado de la reproducción. 
– Todo el que habita en Ghalas sabe que sólo Los Siete tienen el derecho a reproducirse.-  Volvió a apuntar el hombre de metal.
Era de esperar que el comportamiento inesperado de Vott enfureciera al Herrero. Hubo una pelea y tanto Vott como sus hijos perdieron. No solo fueron desterrados. El Herrero, además, como castigo, envenenó sus pieles metálicas con arsénico y los envió al desierto, donde acabarían consumiéndose y desapareciendo. 
- Como puedes ver nuestras pieles están corroídas y se rompen fácilmente. – Dijo el humanoide arqueando sus cejas. 
Pero lo más fascinante y peligroso de la historia estaba aún por llegar. Al verse desterrados y condenados a desaparecer Vott y sus hijos emprendieron un último viaje más allá de la Zona Prohibida. Como acto de venganza revelarían a todas las criaturas que una vez fueron abandonadas por Los Siete los secretos que sus creadores guardan recelosamente en Ghalas. Otorgarles el don y la libertad que solo El Conocimiento puede dar. La Gran Respuesta.
- La Gran Respuesta… - Lian estaba asustado. Ahora que sabía todo aquello se sentía diminuto, débil y enojado. – Eres un pedazo de metal idiota. Yo mejor me vuelvo a mi torre ¿Quién va a creer semejante historia de un viejo? – El hombre de metal se giró y a pesar de su calma las palabras cayeron pesadas como un globo hecho de piedra.
– Te lo mostraré. – 
El gigante salió al exterior y tras un momento apareció arrastrando la caja a la que estaba unido por la pierna. La puso enfrente de Lian y lentamente la fue abriendo. Lian se asomó para ver qué contenía en su interior. El fondo estaba cubierto de flores y fruta con un aroma que hacía la boca agua. Sobre ellas había un instrumento musical de cuerda alargado del que emanaba un aura celestial que flotaba a su alrededor. Al contemplarla el aura fue gestando una forma con apariencia de una mujer, que le dirigió la palabra. – Saludos noble anciano. Mi nombre es Saraswati, defensora de las nobles artes de la Música, el Arte y el Conocimiento. También soy madre de las bellas criaturas que ves a tu alrededor. – su voz sonaba como una dulce melodía. Una dulce melodía que había escuchado hace poco mientras flotaba en su Globo. Una melodía que sonaba y sonaba, que se le metió en la cabeza y cuya letra iba grabando un mensaje en su cabeza. Un mensaje contundente que tambaleaba el conocimiento de Lian a base de capas de más y más conocimiento. Lían aprendió con cada capa hasta que ya no pudo más, llegando a comprender cosas que nunca antes se había planteado. Ahora que Lian conocía La Gran Respuesta pudo expirar todo el aliento contenido y gritar:
– ¡Que La Muerte se lleve a Los Siete! ¡Es increíble! ¡¡Increíble!! -

viernes, 18 de enero de 2013

Lian Contra los Dioses - Primera Parte



Lian el Viejo, iba a pagar cara su osadía. No solo había desafiado las claras leyes de los Siete, había desafiado a los cielos y a los Dioses. Y bien es sabido que quién provoca a tales fuerzas no vive para contarlo.

Hasta entonces, en todos sus años de vida Lian jamás había incumplido una ley, siquiera una norma. Jamás había pecado ni perjurado a dios alguno. Era un hombre prudente cuando se trataba de dioses y sus representantes.

Pese a ser un personaje estrámbotico, algo nervioso e inquieto, sus rarezas despertaban más simpatía que rechazo. La razón no era únicamente su avanzada edad, ni sus prolijos y útiles ingenios, ni siquiera que conociera el arte de la lectura y la escritura. Era tan apreciado por la escuela que regentaba en su torre, dónde enseñaba a cualquiera que quisiera acercarse y no únicamente a nobles, como era lo habitual. Muchos chicos de la región habían logrado aprender allí el arte de la escritura, y gracias a eso habían sido seleccionados para ir al Monasterio, dejando atrás la sufrida vida de labranza y hambrunas que les esperaba.

Lian pasaba horas estudiando los cientos de libros que había logrado aglutinar en sus casi sesenta años de vida. Los repasaba una y mil veces para encontrar cualquier pequeño detalle que hubiera podido pasar por alto. Pero su pasión no se quedaba en estudiar el trabajo de otros, había escrito más de tres docenas de libros de muy diversas disciplinas y creado cientos de innovadores ingenios.

Muchas noches las pasaba en vela, realizando observaciones del cielo, una de sus grandes pasiones. Anotaba en sus cuadernos la más minúscula variación de brillo o posición los astros. También le gustaba aprovechar el frescor de las mañanas para salir con su destartalado carromato más allá de las murallas que protegían la ciudad y explorar, investigar, experimentar, comprobar teorías o simplemente apuntar cualquier cosa que le pareciera interesante.

Había cartografiado en cientos de mapas el condado con gran fidelidad, llegando incluso hasta el límite con la Zona Prohibida. También había descubierto que el sol variaba su camino según la estación y había creado un aparato con el que se podía saber exactamente qué día del año era. Observando la naturaleza descubría muchas cosas interesantes, que había plasmado en decenas de artilugios que ayudaban a que los campos fueran más fértiles o el acero de las forjas más duro. Y en sus paseos había logrado clasificar centenares de animales y plantas desconocidos hasta ese momento incluso para los curanderos y druidas. Lian sin duda era un hombre peculiar para su época, con una mente inquieta, que no dejaba nunca de preguntarse el cómo y el porqué de las cosas.

Y precisamente, ese afán de conocimiento, le llevó a la situación que se encontraba. Hacía dos estaciones que Lian había encontrado un arbusto cuyas semillas en vez de ser transportadas por pájaros o simplemente caer y que el viento las esparciera, hacían algo mucho mas curioso. La semilla del arbusto se encontraba recubierta por estructura globular bastante mayor que ésta y al estar madura, cuando el sol las calentaba, se soltaban del arbusto. Pero en vez de caer, comenzaban a flotar. Cada vez más alto, ¡Aunque no hubiera viento! Cuanto más sol, más y más alto llegaban, hasta desaparecer más allá de las copas de los más esbeltos árboles del bosque.

Desde entonces la visión de la semilla alzando el vuelo le obsesionó. No podía ser magia. La magia está reservada unicamente para los dioses. Tenía que tener alguna explicación terrenal. Se encerró en su laboratorio dónde hizo mil pruebas hasta finalmente descubrir que el aire caliente pesaba menos que el frío y subía. Desarrolló varias maquetas de lo que sería su gran invento; Un ingenio de gran tamaño capaz transportar por el aire, en vez de una semilla, una persona. Por la forma de la semilla, decidió el nombre que daría a su invento, Globo.

Tras muchas semanas de duro trabajo, acabó su máquina voladora. Ese mismo día quiso probarla. Para ello esperó a que cayera la noche, a que todos durmieran. Cuando estuvo seguro que nadie le veía, desplegó el globo en lo más alto de la torre y encendió el pequeño brasero que haría las veces de sol.

El ingenio parecía que no fuera a ser capaz de despegar, pero finalmente la estructura se hinchó hasta casi reventar y comenzó a flotar ¡Volaba! Durante un instante se sintió cómo un pájaro, como un Dios. Desafiaba el mundo y sus normas y disfrutaba con ello. Algún día, pensó, algún día podría probar a seguir elevándose, a tocar las estrellas y alinearlas a su gusto. Pero como primera prueba, había sido suficiente.

Contento y satisfecho echó mano a la cuerda para bajar, pero su alegría, su jubilo, se desvaneció de golpe. La tensión y el vaivén que provocaba el globo sobre la cuerda, habían hecho que ésta se soltara de la torre, su invento se le escapaba de control. Libre de ataduras, un suave pero constante viento arrastraba a Lian a la deriva.

De todas las maneras posibles trataba Lian de parar, cambiar el rumbo, o bajar el globo, pero le era imposible. Era esclavo del viento, de los designios de los dioses. Tendría que haber pensado en la posibilidad de que esto ocurriera, haber buscado una manera de anclar la nave, pero el ansia por probar su ingenio le había cegado. El nerviosismo de Lian iba en aumento, por mucho que manipulara las poleas y cuerdas, no lograba evitar el avance. La noche avanzaba y con ella las yardas recorridas sin control. Con cada codo que el viento le alejaba más de la ciudad, se encontraba un codo más cerca de la Zona Prohibida. 

Las leyes de los dioses son claras. Nadie debe cruzar a la Zona Prohibida. Nadie. Allí se encuentra la morada de los Dioses, que ningún mortal debe contemplar. Pisar ese suelo es el peor de los sacrilegios que se pueda cometer. Su castigo es una muerte cruel y despiadada, y Lian se encontraba en ese justo instante sobrevolándola. Sus esfuerzos por cambiar de rumbo habían sido totalmente inútiles, y sus esperanzas eran ahora vanas. Lian el Viejo, iba a pagar cara su osadía. 

Esperó a que un rayo, una lengua de fuego o quizás alguna criatura mitológica acabara con él, pero su globo seguía adentrándose en la Zona Prohibida y la muerte no le alcanzaba. Con la claridad de las primeras luces Lian pudo ver la inabarcable Zona Prohibida como ningún mortal la había visto nunca. Desde arriba no parecía más que un desierto. Un interminable y desolador desierto donde no había más que arena, sed y muerte. Sin rastro de Dioses, moradas o tumbas. Aferrado a las cuerdas tan fuerte como a sus creencias, Lian rezaba por que los vientos cambiaran antes de que los Dioses se percataran de su ofensa. Volvería a la ciudad, quemaría su ingenio y nunca hablaría de lo sucedido. Pero el viento se mantenía tozudo y lo que era más preocupante, su nave iba perdiendo poco a poco altura.

El globo se iba acercando irremediablemente a la única y enorme duna en muchas leguas a la redonda. La caída cada vez era más pronunciada, algo en la estructura se había roto. Lian agachó la cabeza para protegerse justo cuando el artefacto chocó con fuerza contra la duna. El golpe hizo estremecer sus viejos huesos, pero no tenía tiempo para quejas y lamentos. El calor aún no era asfixiante, pero pronto lo sería. Tenía que aprovechar y moverse rápido mientras pudiera, buscar un refugio dónde resguardarse hasta la llegada de noche y planear su vuelta a la ciudad.

Decidió trepar hasta lo alto de la duna contra la que había chocado para tratar de orientarse y buscar el mejor camino para salir de la Zona Prohibida. Su mente trazaba un mapa mental del desierto cuando un destello llamó su atención. Bajó corriendo, casi rodando, por la arena y allí, medio enterrado lo vio. Primero sólo uno, después otro, en menos de un minuto había vislumbrado centenares, millares de ellos. Estaban amontonados, esparcidos, como basura en un estercolero, formaban lo que él había creído que era una duna.

Eran de mil tamaños y formas distintas, pero todos ellos metálicos, sin carne. Cuadrados como cofres dotados con extremidades, redondos como tinajas y ruedas de carreta, algunos de ellos parecían incluso enormes hombres hechos de acero. Fríos, numerados y oxidados. Abollados, con cables que ya no conectaban nada, rotos todos ellos. El terror se apoderó de Lian ¿Dónde estaban sus Dioses? Desde luego no en este desierto, esto jamás había sido la morada de los Dioses. Estaba seguro que lo que le rodeaba no eran dioses ni habían sido creados por ellos, ¿Qué eran entonces esas creaciones?

Un zumbido silbante le avisó demasiado tarde que algo pasaba. Lian giró la cabeza justo para ver como una mano metálica, más perfecta que la que cualquier herrero pudiera forjar, se lanzaba a por él. De entre un amasijo de hierros surgía una cabeza cuyos ojos eran dos luces rojas

- ¡Ayuda! - La voz del hombre de metal era también metálica, artificial - ¡Ayuda! - Repetía mientras la criatura aferraba con su mano el tobillo de Lian