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viernes, 28 de marzo de 2014

El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Indice

En un primer momento le había parecido  que se encontraba a varios días de viaje pero para su sorpresa en unos minutos se encontraba delante de un inmenso palacio de marfil y cristal. El castillo estaba enclavado en lo alto de un risco y solo se podía acceder a él a través de un reluciente puente.

viernes, 2 de agosto de 2013

El Fiero Paso del Dragón - La Búsqueda - Primera Parte

- ¡Por los mil Mares de Glorantha! - Rugió Tae parando el instintivo golpe de su hacha a escasas pulgadas de la cabeza de Awender  - ¡No me vuelvas a despertar así si quieres conservar la cabeza!

- ¡Shhhh! - Le reprendió Awender para que hablara más bajo -  Nos han encontrado - Para enfatizar sus palabras se oyeron a lo lejos unos gruñidos y aullidos de bestias de rastreo - Recoged todo el equipo y subidlo al árbol. Yo eliminaré nuestro rastro.

Mientas el acomodado brivón de Raudo y Tae, el curtido Señor de la Costa, se apresuraban a recoger en mitad de la noche el improvisado campamento tal y como les indicaba Awender, éste esparcía por el lecho de hojas que habían usado para dormir, un extracto de flores que confundiría al fino olfato de las bestias.

Encaramados al árbol permanecieron agazapados, arma en ristre y en total silencio. Sin mover un músculo esperaron que el peligro pasara de largo. Los tres compañeros de fatigas tenían ahora tiempo para observarse con detenimiento, de escudriñar cada arruga de sus rostros. Al hacerlo, aunque ninguno diría nada, se vieron viejos por primera vez. Viejos y cansados. Hacía apenas un mes que se habían reencontrado. Había sido en una vieja taberna del Paso, dónde tantas aventuras habían comenzado. Quince años hacía de la anterior vez que partieran de ahí.

Pero en la taberna sus rostros no se veían tan demacrados como ahora. Las tres semanas de penurias en los caminos habían caído sobre ellos como una losa. El único que mantenía su porte era Awender, que a diferencia de los otros dos, tras abandonar la vida de aventuras, nunca llegó a acomodarse.

Los bestiales gruñidos se acercaron, hasta estar justo debajo de ellos. Sin duda se trataba de una patrulla de rastreo. Estaba formada por diez deformes orcoides y tres fieras bestias, mezcla de lobo y hiena, con afilados dientes y ojos rojizos. Aunque en la oscuridad de la noche no podían ver las marcas, sabían que pertenecían a la Garra Roja, al igual que las otras quince patrullas con las que se habían cruzado desde que abandonaron el Lago del Cielo Caído.

Durante unos minutos las aberrantes bestias, desconcertadas por el truco de Awender, caminaron en círculos alrededor del árbol, rastreando la zona una y otra vez. Olian el aire, gruñian y emitian alaridos de rabia al ver que su presa no estaba dónde esperaban. El cabecilla de los semiorcos golpeó con su lanza a la bestia mientras le gritaba en la lengua oscura que siguiera adelante. Ésta se revolvió y con sus sangrantes fauces atrapó la lanza y la hizo añicos.

Hubiera sido muy fácil en ese momento acabar con la pequeña compañía de de orcos. Casi ni se hubieran dado cuenta de que estaban siendo atacados hasta caer moribundos al suelo, pero no lo hicieron. En vez de eso esperaron en silencio a que la patrulla se alejara siguiendo su camino. Después de acabar con una decena de estas patrullas, habían dedicido que era mejor esquivarlas, despistarlas, o lo que fuera. No parecía que por muchos medio orcos que mataran, éstos se fueran a acabar. Lo único que lograban matándolos era señalar su posición.

Al fin, cuando la patrulla de la Garra Roja se alejó lo suficientemente, nuestros héroes bajaron del árbol. Ya estaba casi amaneciendo. Y mientras se frotaban sus entumecidos músculos, decidían el siguiente paso a dar.

- Ya no estoy para estos trotes, ¡Que dolor de espalda! - Se quejaba Raudo mientras se sacudía su ajado jubón - ¡Qué pena de ropajes bordados a mano! Con lo que había prosperado en estos años y aquí estoy, otra vez, como al principio. Harapiento, en mitad de ninguna parte, malcomiendo y maldurmiendo ¡Necesito mi cama de plumón de oca!

- ¡Ja ja ja! ¡No te quejes tanto, Raudo! - Bramó divertido Tae a la vez que daba una sonora y contundente palmada en la espalda de Raudo -  Nadie ha muerto por no dormir en un colchón de plumas. Yo una vez, en mitad de de una tormenta, tuve que dormir sobre el mástil de una barcaza y aquí estoy de una pieza y fuerte como un toro.

- ¡Basta ya!- Awender cortó las chanzas de golpe - Les hemos despistado, pero no tenemos mucho tiempo hasta que nos vuelvan a encontrar. Tenemos que decidir donde vamos -  Tras tres semanas vagando por caminos, templos y ciudades, seguían como al principio, sin pista alguna de Darrell. Ni la fiable red de contactos de jóvenes aprendices de Awender, ni los bucaneros locales de agua dulce que el Señor de la Costa controlaba, ni tan siquiera las numerosas y bellas amigas de Raudo que poblaban los castillos, parecían saber nada sobre el paradero de Darrell.

- Al norte - Se apresuró a decir Raudo - Hacia la Mina de las Cien Estaciones.

- Vamos Raudo - Tae se rascaba la calva sin saber si la propuesta de Raudo iba en serio - ¡Tienes que estar de broma!

- Veo que hay cosas que la edad no cambia - Intervino Awender. Su semblante era serio. Parecía tallado en roca, sin resquicio por entre dónde leer qué pensaba realmente -¿Me estás diciendo que vas a fiarte de la adivinación de esa adivina de feria? ¿De esa embaucadora?

- Sabía que buscábamos algo - Replicó Raudo - Consultó sus cartas y lo vio. Vio todo, nuestro reencuentro en la taberna, la canción, la ausencia de nuestro amigo, y lo más importante, vio que debíamos que ir a la Mina de las Cien Estaciones para dar con él.

- Dijo lo que querías oir para conseguir de tí unas cuantas monedas y un buen revolcón sin tener que volverte a ver en un tiempo - En la máscara de Awender apareció una sonrisa burlona, como la de un padre arengando a su hijo - Raudo, te he visto hacer ese mismo truco cientos de veces. Si no fuera por esas grandes - Awender hizo una breve pausa para pensar bien sus palabras antes de decirlas - por esas grandes miradas que te echaba, ni tan siquiera te hubieras parado a hablar con ella. Casi ni le oías mientras te echaba sus buenaventuras de poca monta. Sólo te interesaba una adivinación, la del color de sus enaguas

- Bueno, ¿Y? - Zanjó el embaucador - ¿Tenéis acaso una idea mejor? ¡Eh! No tenemos nada, así que, iremos al norte, es la única pista o como queráis llamarla que tenemos de nuestro amigo.

Aunque no había sido su mejor argumento, era cierto lo que decía Raudo. No tenían ninguna otra pista. Así que sorprendentemente les convenció para encaminarse al norte, seguiendo la senda a través de la cordillera de laColumna del Dragón, que les llevaría a la Mina de las Cien Estaciones. 

La mina y su historia era bien conocida en todo el Paso del Dragón. Hacía un centenar de años que llegó a la región Harlin, el Rey Enano, con una gran comitiva. Al parecer le había sido confiado el secreto de la ubicación del Tesoro de la Montaña. Siguiendo sus indicaciones la compañía enana comenzó a cavar en busca de los tesoros de la montaña. Día y noche, durante cien estaciones cavaron los enanos sus túneles. Pero nada encontraron. Ni oro, ni plata o cobre. Ni tan siquiera hierro o tan solo carbón. Nada. Sólo rocas y más rocas. El día que se cumplieron las 100 estaciones desde que comenzaran a cavar, Harlin dio la orden de abandonar la mina y cerrar para siempre la que, desde entonces, es conocida como laMina de las Cien Estaciones.

Al ocaso del segundo día de camino a través la Columna del Dragón decidieron parar en un refugio natural a pasar la noche. Pese al abrigo de las rocas, Awender estaba inquieto y era incapaz de conciliar el sueño. Salió del pequeño refugio en busca de la conversación de Tae, que realizaba la primera guardia. Lo encontró sentado sobre una roca mirando al cielo. 

- ¿Qué es lo que buscas en las estrellas, bucanero? - Preguntó al ver el gesto serio de Tae - ¿Acaso buscas en los astros a nuestro amigo?

- No. No puedo ver a nuestro amigo en ellos. Pero sí que veo malos presagios ¿Ves esa estrella de allí, la que brilla entre el Cofre del Embaucador y la Espada de Yelm? - Sin dejarle contestar, Tae prosiguió - La llaman el Camino del Corsario. Cuenta una leyenda de mi gremio, que siguiéndola curante 40 días y 40 noches a través del océano, llegas a laCasa del Dios del Mar. No sé si será cierto. Lo que sí te puedo decir es que durante milenios la hemos usado para saber dónde esta el Este. Ayer - prosiguió Tae señalando a otro punto en el cielo - la estrella estaba allí, a casi 30 sextantes de distancia de dónde está hoy.

- Y... - Por un segundo la fría mente de Awender no entendió lo que Tae le decía - ¿Eso que significa?

- Significa amigo - Enfatizó Tae mientras la luna se reflejaba en su brillante clava - Que los dioses se están moviendo, se preparan para algo. Y eso sólo puede significar problemas.

Al amanecer del cuarto día la pequeña comitiva encontró, escondida entre rocas, una de las entradas a la mina. Estaba cegada con maderas y piedras. Sobre ellas un cartel, escrito en la lengua de los Enanos, avisaba que la mina y todo lo que se encontrara en su interior era propiedad de Harlin, el Rey Enano.

- Parece que la leyenda es cierta - Dijo sorprendido Tae mientras comenzaba a arrancar con sus propias manos los tablones - Quizás encontremos piezas de oro dentro

- Si es cierta la leyenda - Awender retiraba las piedras que cegaban la entrada - poco oro vamos a encontrar.

- ¡Eh chicos! - Raudo se había colado por el pequeño resquicio que sus compañeros habían creado - Hay una vagoneta, creo que si nos apretamos cabremos todos. Y tiene unas runas grabadas que [...]

- ¡No las toques! - Le gritó Awender. El eco de su voz volvió a ellos segundos más tarde desde el interior de la mina, ¡No las toques! - ¡No sabemos para qué son, debemos examinarlas!

- ¡Ups! ¡Rápido! ¡Se ha puesto en marcha sola! - Bueno, sola, sola no se había puesto en marcha, pensó Raudo mientras veía las runas que acababa de tocar brillar - ¡Saltad dentro, corred!

Antes de que la vagoneta cogiera una velocidad vertiginosa, los tres lograron subirse a ella. Ni Awender ni Tae pudieron sermonear a Raudo, estaban demasiado ocupados gritando y agarrándose como podían a la vagoneta, que avanzaba a una velocidad infernal. La vagoneta cambiaba en un abrir y cerrar de ojos  de vías entre terrible crujidos. A cada segundo que pasaba, se adentraban más y más en el intrincado laberinto de túneles que era la mina.

Por fin, tras varios minutos de nauseas y mareos, la vagoneta comenzó a aminorar su velocidad, hasta que se detuvo. Casi al unísono, los tres echaron mano a su pedernal para encender una antorcha. Al hacerlo vieron que se encontraban en una gigantesca sala tallada en la roca. A ella llegaban por todos lados cientos de túneles idénticos al que les había llevado hasta allí. Algunos salían del suelo a través de agujeros, otros salían de las paredes e incluso del techo. Las vías se entrecruzaban, creando una tela de araña de raíles.

- ¡Por todos los mares Raudo, lo has vuelto a hacer! - Tae negaba con la cabeza mientras echaba mano a su hacha - ¡No sé como lo haces, pero siempre la lias!

La sala parecía ser un intercambiador, una especie de nudo para unir todos los tramos de la mina. Con las antorchas encendidas intentaron adivinar el camino a seguir para dar con su amigo desaparecido, pero únicamente veían túneles y más túneles por todos lados. Túneles con sus sombras. Sombras que se movían de un lado para otro al mover las antorchas. Sombras que se escondían aprovechando los recovecos de las llamas sobre la roca. Sombras que para un ojo entrenado, no eran las provocadas por el titilar de una antorcha.

Awender, inesperadamente, lanzó su antorcha a varios metros de él. Al hacerlo quedaron a la vista una docena de pequeñas y feas criaturas que al ser descubiertas comenzaron a emitir una especie de mezcla entre risa y chillidos. En los brazos portaban huesos afilados a modo de cuchillos y viejas hojas oxidadas de espada y sobre sus amorfos cuerpos, restos de armaduras desvencijadas

- Desde luego - Dijo Tae tras escupir sobre el filo de su hacha mirando a Raudo - Si esto es una trampa de la adivina, no podría haberlo hecho mejor

- ¿De esa dama de grandes dones? ¡Imposible! Yo más bien creo - Apuntilló Raudo con su daga en ristre - Que el tal Harlin olvidó recoger sus mascotas

Para sorpresa de sus dos compañeros que se preparaban para el combate, Awender, sin atisbo alguno de la frialdad y templanza que le caracterizaba se lanzó precipitadamente a por las criaturas mientras gritaba

- ¡Os mataré a todos! - gritaba furibundo mientras cargaba contra ellos- ¡Acabaré con vosotros y con toda vuestra estirpe! ¡Malditos seáis por todos los dioses, Trollkins del averno!

viernes, 13 de julio de 2012

El Fiero Paso del Dragón - Tercera Parte


Se cumplía el octavo ciclo lunar desde el comienzo de la temporada de lluvias. Como cada año, miles de viajeros de todo el continente llegaban para honrar al Culto del Lago Cielo. Los Caelanos, como eran conocidos, se habían granjeado la confianza de gentes de todo credo y condición. Su popularidad se debía en gran parte a que fueron los fundadores de este culto quienes consiguieron apaciguar las iras de la diosa Sirina, Titán del Río Cielo. Desde entonces – el Culto consiguió abrirse paso y captar adeptos en familias de muy distintos reinos. No era extraño encontrar a consejeros Caelanos en cortes Lunares o asistiendo con sabiduría a señores de la guerra Norteños. Su objetivo, sin embargo, era siempre la paz. Gracias a su condición como pacificadores, cada año se celebraba el conocido “Caelarum”: el culto abría únicamente entonces sus puertas a los visitantes, quienes tomaban la ciudad que rodeaba el hermoso palacio de Trishanta, el auténtico centro neurálgico de la organización.

Con los primeros rayos de sol, las murallas de la ciudad se abrieron y comenzó el trasiego de la aduana. La mayor parte de los viajeros realizaban su peregrinaje por tierra. Pero unos pocos, los más ricos, tomaban la ruta fluvial. Ambos, por supuesto, tenían que pasar sin excepción por unos férreos controles. Desde el puesto de observación del acceso del río, uno de los vigías comenzó a golpear la plancha de metal que servía como alarma. Varios hombres salieron de las dependencias del puerto y miraron en dirección al punto al que señalaba el vigía. En la distancia podía apreciarse la silueta de un elegante pecio. Una frondosa columna de humo se alzaba en el aire. Se fletaron dos barcas para interceptar la nave siniestrada. Apenas se encontraban a diez metros de ella cuando, entre las llamas que cubrían la proa, las dotaciones de ambas barcas se vieron sorprendidas por un ataque procedente del interior del barco. Los guardias estaban listos para tomar sus arcos y ballestas cuando se percataron de que lo que se les estaba arrojando no era ninguna clase de proyectil. O al menos, no en el sentido tradicional de la palabra. Tardaron menos de un segundo en percatarse de que lo que arrojaban eran cuerpos. A todas luces eran humanos, cubiertos de arriba abajo con ropas de color gris, ocultando sus rostros con máscaras de cáñamo tallado para representar el rostro de alguna clase de demonio.

-¡¿Queréis que os lo diga más claro, ratas de mal puerto?! – la voz atronadora del antiguo titán pirata retumbó por encima del crepitar de las llamas y del chocar de los aceros. Con una carcajada y un asaltante en cada mano, Tae los arrojó por la borda como había hecho con los otros cuatro. - ¡¡Fuera de mi barco!!

Desde el exterior, la guardia mercenaria contratada por los Caelanos no podían ver cuanto acontecía dentro del barco: pese a brillar el sol en el cielo, el humo impedía ver nada más que sombras y el sonido de la pelea. La puerta del castillo de popa se abrió de golpe, dejando salir a un visiblemente agotado Raudo, quien había olvidado el aspecto más físico de las peripecias pasadas. Sus elegantes ropas estaban visiblemente chamuscadas y mientras aferraba bajo el brazo izquierdo un cofre de madera, mantenía a raya a dos de sus asaltantes con lo que antaño había sido la tapadera de un barril.

- ¡¡Tae!! ¡Hay que salir de aquí!
- ¿¡Y Awender?! – Tae golpeó con fuerza la cabeza de uno de sus asaltantes, que cayó fulminado.
- ¡No hay tiempo! – y sin pensarlo dos veces, Raudo saltó al agua, abrazado a aquel cofre al que protegía como si valiese más que su propia vida.

El castillo de popa comenzaba a derrumbarse al tiempo que las maderas que lo sostenían a flote eran consumidas por el pavoroso incendio. Mientras varios de los guardias ayudaban a Raudo a salir del agua, el resto del pecio comenzó a zozobrar para, en apenas unos minutos, sumergirse por completo. 

- ¿Qué…? – Quien comandaba aquel pelotón de guardias era un chico joven, con marcado acento lunar: posiblemente el hijo de una buena familia que había pagado bien para darle un destino plácido y fuera de riesgos como era Lago Cielo. Raudo “leyó” todo aquello con un simple vistazo a sus ropas, sus facciones y su lenguaje no verbal. - ¿Quiénes sois? ¿Y qué os ha pasado?
- Nos… - Raudo exageró su falta de aliento, aunque lo cierto es que no tuvo que forzarlo demasiado – Nos emboscaron en los afluentes de Cormyria… - varias toses añadieron dramatismo a su relato. Debieron entrar escondidos… entre los barriles de agua… cuando repostamos en Cörm.
- Señor… - uno de los guardias mostró al joven cabecilla lunar el tatuaje en forma de Garra Roja que llevaba uno de los enmascarados atacantes en el cuello.
- Garras Rojas… - contempló con desprecio la marca. – Escoria semiorca. Suelen conformarse con asaltar caravanas aisladas en tierra. - el joven lunar miró a Raudo – Habéis tenido suerte, señor, de salir con vida.
- Eso díselo al amigo que acaba de hundirse con su barco… - sus ojos estaban fijos en la espuma y las burbujas que brotaban a la superficie allá donde, segundos atrás, había habido una embarcación en llamas. “Esto no era parte del plan, malditos sean los Dioses” pensó el bueno de Raudo.

Entonces, sin previo aviso, un gran arcón de madera surgió de las profundidades. Brotó al exterior junto a dos o tres barriles y algún que otro paquete que llevaba la siniestrada nave en el vientre de carga. Aferrado al arcón para mantenerse a flote, Tae escupía tragos enteros de agua. Pese a su titánica complexión, había tenido que abrirse camino hasta la superficie en continuo forcejeo con los últimos de los Garras Rojas. 

Una vez en tierra, arropados por las mantas y al calor de una pequeña hoguera que había ante el puesto de jefe de guardias, Tae y Raudo aguardaban a que Shäelor, el joven lunar al mando de aquel destacamento, terminase de verificar la autenticidad de los papeles de viaje que ambos extranjeros traían consigo. 

- Espero que tus contactos diplomáticos no nos fallen, viejo amigo… - susurró el fornido pirata.
- No es eso lo que me preocupa – de forma casi imperceptible al ojo humano, en un perfecto truco de prestidigitación, Raudo hizo aparecer un pequeño pedazo de papel entre sus dedos – Mira lo que robé del bolsillo de uno de esos Garras Rojas.

Discretamente, Tae entornó la vista y trató de leer aquel puñado de pequeñas líneas escritas en lengua negra. 

- Lo siento, viejo amigo… - devolvió el papel a Raudo – Pero lo único que recuerdo de la lengua negra es “¿Cuánto?”, “Muere” y “Si tengo que seguir viendo tu fea cara, prefiero que vomites en mi boca”.
- Dice “Objetivos rumbo a Thrishanta. No deben llegar con vida. La mitad del pago a la entrega de sus cabezas.” – de nuevo, Raudo hizo desaparecer el papel entre los dedos al sentir que ya no están solos.

Shäelor salió de su tienda acompañado de dos de sus hombres. Entregó unos papeles a Raudo, quien no se había separado ni un segundo de aquel cofre que portaba bajo el brazo.

- Todo en regla, mi señor. – inclinó de forma cortés su cabeza – Lamento su accidentada llegada a esta tierra de paz.
- No se preocupe, capitán. – le dedicó su mejor sonrisa de embaucador – Pero lo cierto es que estoy ansioso de llegar a una buena posada, tomar un buen baño y poder cambiarme de ropas.
- Me temo, señor, que debo inspeccionar su carga… - y señaló el cofre.
- Ah, esto… - Raudo le miró con una mezcla de inocencia y desdén – Es sólo un presente para la sacerdotisa. Quisiéramos poder entregárselo en persona…
- No va a ser posible, señor. 
- ¿En serio? Tenía entendido…

Antes de poder terminar la frase, el cofre le fue arrebatado de las manos por el propio capitán.

- Mi buen Shäelor creo que está cometiendo un terrible error… -

Ignorando las palabras de Raudo, el capitán lo entregó a uno de sus soldados, quien abrió el sello que mantenía cerrado el cofre.

- Está cometiendo un terrible error… - Raudo se preparaba para subir el tono de su protesta cuando del interior del cofre el perplejo soldado sacó una elegante túnica de ricos bordados en piedras preciosas. La delicadeza de la tela era incomparable a nada de lo que ninguno de los allí presentes hubiera visto antes. Y por supuesto, era totalmente inofensivo.

- Por favor, dime que no has arriesgado la vida protegiendo ropajes de mujer… - susurró Tae al oído de Raudo, tratando de contener una sonora carcajada.
- Lo siento, señor… - algo avergonzado, Shäelor inclinó su cabeza ante Raudo – Me aseguraré personalmente de que llegue a manos de la sacerdotisa.
- Más le vale. Porque esto…
- ¡Mi señor!

La voz de uno de los soldados de aquel puesto aduanero interrumpió la enérgica y ensayada protesta de Raudo. Éste y Tae se dieron la vuelta, descubriendo que varios de los guardias habían abierto el gran arcón de madera en el que Tae había salido a flote. Los semblantes de todos ellos revelaban una mezcla de sorpresa y temor. Shäelor se acercó y miró al interior del arcón. Dentro, reposaba un cuerpo envuelto en una túnica mortuoria que tan solo dejaban al descubierto el semblante del difunto. Aunque muchos conociesen su fama como asesino, lo cierto es que muy pocos sabían cual era el auténtico aspecto de Awender. Inerte, dentro de aquel arcón su piel lucía el cenizo aspecto de un cuerpo embalsamado. Al igual que sus rasgos faciales, las runas que cubrían la mortaja también eran de origen lunar. Habiendo reconocido el rito que se había practicado al cadáver, Shäelor susurró una breve plegaria y volvió la vista a Raudo y Tae, quienes se habían acercado.

- Lo… Lo siento, mi señor – el joven capitán lunar apenas podía contener la vergüenza – No sabíamos que…
- Ésto, Capitán Shäelor, es un atropello diplomático. – empezó a decir Raudo, en tono de patente amenaza.
- Pero mi señor, ¿cómo íbamos a saber que…
- ¿Qué es el cuerpo sin consagrar del consorte de la Señora de Ain-Thal-Shal? – Raudo caminó en torno al atemorizado capitán como un buitre en torno a su presa - ¿Preguntando, quizá? Pero no. Usted dejó que sus hombres abrieran el arcón. Y ahora, habiendo violado su sagrado aislamiento, tendremos que devolver su cuerpo a su viuda sin que haya recibido la bendición de la sacerdotisa. – Raudo niega con la cabeza de forma dramática – Me temo que esto no va a gustar a la Señora de Ain-Thal-Shal. No, señor…
- ¡Espere, mi señor!

Raudo se dio la vuelta y reconoció la mirada en los ojos desesperados de aquel joven capitán. Era esa mirada que tantas veces Raudo había conseguido poner en cientos de influyentes personas por toda Glorantha a lo largo de los años. Y lo que justo después dijo el joven capitán Shäelor sonó a victoria en oídos de Raudo.

- Seguro que podemos llegar a un acuerdo…

viernes, 6 de julio de 2012

El Fiero Paso del Dragón - Segunda Parte


No eran muchos los que tenían la oportunidad de ver un archimago y este no solo era conocido sino también temido por su gran poder. Toda la taberna seguía los pasos de Darrell con la mirada. Cada una de sus pisadas producía un ruido en la sala como el  de una poderosa galera negra, pero no eran los pies los que producían el estrepito sino el miedo en los corazones que palpitaban como tambores. Al llegar a la mesa se encontró de frente con sus viejos amigos. Muy lentamente giró su cuerpo hasta encarar al resto de los presentes y con la mirada perdida empezó a levantar los brazos, dibujando dos curvas. Sus dedos se tensionaron como garras y su boca se abrió para dejar escapar una exclamación:
- Bu!
Se produjo una estampida hacia la puerta y la taberna no tardó en quedar totalmente vacía. El que no pudo salir por la puerta se sirvió de una de las pocas ventanas. Mientras el calvo Tae encendía la vela que había sobre la mesa Darrell tomó asiento y se dirigió hacia sus viejos compañeros de viaje:
- Tae, Awender, Raudo… ¡Cuanto tiempo sin veros! – sus ojos mostraban una solemnidad y calma extraordinarias - Pero aun recuerdo nuestras aventuras como si fuese ayer. De eso no os quepa duda.
- Im–presionante viejo amigo. – Raudo hizo honor a su nombre e inicio la ronda de halagos - Te felicito. Has ahuyentado incluso a mis espías. Recuérdame que les descuente esta misión de la paga. – su sonrisa era tan redonda como su panza.
- Caramba Darrell – dijo Tae golpeándole brusca pero amistosamente – Que buen aspecto tienes. Casi tengo ganas de abrazarte si no fuera porque das un miedo de cojones, ¡¡ja ja ja!! Venga, llenemos nuestras jarras con algo realmente fuerte ¡¡por los viejos tiempos!!
- Enhorabuena archimago – Awender era el menos sorprendido – Tienes mejor aspecto que la última vez que te vi. Que te traes entre manos?
- No voy a decir que fue fácil – Incluso cerca de la chimenea sus palabras eran más calurosas que las brasas – Y eso es algo que me gustaría celebrar algún día. Pero por muchas ganas que tenga de veros no os he reunido aquí para eso.
- Seguro que no quieres nada? ¡¡Que invito yo!! – empezó a sacar un montón de monedas hasta que se fijo en el rostro serio del archimago - Os lo dije, para mí que sigue siendo el mismo empollón de siempre ¡¡ja ja ja!! Al menos cuéntanos como te va hombre. Sigues pasando las estaciones metido en la torre esa tan alta?
- Y tú sigues igual de pesado – no pudo evitar una leve sonrisa antes de responder – Sigo en la Torre Espiral, si. Es un espacio seguro para la Magia, y no quedan muchos hoy en dia. También es una Biblioteca de la que muy pocos consiguen obtener el derecho de beber de su sabiduría. No es casualidad que solo los grandes magos hayan pisado sus viejas piedras. Ahora ando estudiando los entresijos que unen tiempo y materia pero estoy aun muy lejos de dominarlos. Si salimos de esta acabaré pidiendo ayuda a otros magos… - Su cara se había puesto aun más seria.
Los héroes se miraron los unos a los otros, esperando una historia que no llegaba.
- Que quieres decir con salir de esta? – dijo Awender.- Ha ocurrido algo?
- Aun no pero… pero ocurrirá. Y por mucho que me duela reconocerlo no puedo hacerle frente yo solo. Media Generthela está en peligro.
- Peligros peligros… ¡¡nada contra lo que no hayamos derrotado antes!! De que se trata esta vez? Habrá recompensa? – A Tae se le iluminaban los ojos.
- Es complicado de explicar. Estaba explorando un plano del tiempo y algo inesperado ocurrió. Ese algo se convirtió en una revelación, algo mucho más poderoso que una premonición. Lo que yo vi era real y pude sentirlo ¡¡Era el Caos!! ¡¡El Caos absoluto!!
- Tranquilo viejo amigo – le consoló Raudo.- Cuéntanos que fue lo que viste.
- Si pudiera os lo mostraría aquí mismo. – Dijo con rabia – Todo estaba rodeado de lluvia y guerra. La sangre y el agua se derramaban y recorrían el suelo libremente formando ríos infernales. Otros ríos estaban podridos de cadáveres, el mar creciente dominaba el horizonte y feroces criaturas salían de sus profundidades para alimentarse. Antiguos Dioses habían sido despertados. Dioses malignos y poderosos. Yo… - Ahora parecía agotado – Necesito vuestra ayuda. Necesito que hagáis algo que para mí es impensable. Algo que está fuera de mi naturaleza. Y os lo pido como amigos, los amigos en los que más puedo confiar. Por nuestros viejos tiempos.
- De que se trata Darrell? – le tranquilizo Awender. –
- Un acto horrible. – bajó el tono todo lo que pudo - Necesito que asesinéis por mí.
Se hizo un silencio incómodo entre los cuatro héroes. Las palabras cayeron pesadas en la mesa. Esta vez la chimenea no se apago pero hacía más frio que nunca. Darrell los miraba fijamente temiéndose la respuesta.
- Asesinar a quien viejo amigo? – Raudo parecía preocupado solo a medias – Conozco a muchísima gente que se lo merece por quien Awender lo haría totalmente gratis.
- Esta persona no se lo merece, al menos todavía – sus ojos estaban muy abiertos - pero es la clave para evitar el Caos. Se trata de Nauhel, la más bella de las sacerdotisas. – Tae puso entonces mucha más atención a la historia – Esta sacerdotisa es tan bella que pronto seducirá al mismísimo Frey, el Dios de la Lluvia. Ella sirve en un Culto antiquísimo cerca el Lago del Cielo Caído que mantiene a una diosa encerrada en un lago. Esa diosa es Sirina, Titán del Rio Cielo, Diosa de las Aguas Dulces y la Magia Oscura que por sus malas artes fue desterrada de su hogar por Njördr, el Dios del Mar. Nauhel es bondadosa y cumple con su deber de custodiar a Sirina encerrada. Pero la Titán del Rio Cielo aprovechará la debilidad propia del romance para suplantar el corazón de Nauhel y mediante sucias artimañas utilizar la lluvia de su amado. Derramará toda el agua que sea necesaria para que el Rio Cielo crezca y se una de nuevo al mar, liberándose de su cárcel acuática.
- Joder Darrell – interrumpió Tae - por un momento pensé que era algo serio de verdad. Que mal podría traer un poco de lluvia? ¡¡Tengo una flota entera a mi disposición!!
- Creo que es un poco más complejo que todo eso, verdad viejo amigo? – Dijo Raudo suavemente.
- Es una situación delicada. – continuó Darrell – Cuando el Dios Frey sienta que su amor ha sido una farsa arrojará una lluvia tan intensa que traerá la ruina a todo el Norte de Generthela. La lluvia caerá sin pausa y el Rio Cielo se desbordará salvajemente. Habrá inundaciones que obligarán a abandonar todo hogar para sobrevivir. Los hombres de las cavernas tendrán que emigrar, también las bestias del valle, los trolls, los arboles vivientes y muchos otros monstruos. Si se rompen las fronteras entre territorios se producirán encuentros violentos y vendrán la miseria y la guerra. No lo veis? Sería una lucha desesperada por la supervivencia, volverían los cultos a dioses que costó mucho erradicar y reinaría el Caos. La vida que lleváis ahora se perdería para siempre.
- Y si matamos a la Sacerdotisa se acabarían los problemas? – Awender tenía el rostro lleno de sombras.
- Evitaríamos una historia de amor y una tragedia. Creo que es un cambio justo. Al morir ella no se produciría la Gran Lluvia pero tenéis que actuar con mucho cuidado. El Templo del Rio Cielo es muy influyente en la zona y acceder a él no es sencillo. No debéis llamar la atención. Sé que entre los tres podéis evitar que os descubran y no le confiaría esta misión a nadie más. Pero tenéis que daros prisa, el encuentro del Dios Frey con la Sacerdotisa será en esta época de lluvias. No se hará esperar mucho. Os haré ganar tiempo usando los poderes de la Torre Espiral y os ayudare a salir si las cosas se ponen feas.
- Un momento, a ver si lo he entendido – interrumpió Tae – Tu no vienes con nosotros?
- Llamaría demasiado la atención – apuntó Awender -
- Así es. Y creo que de algún modo al explorar ese plano en el tiempo provoqué una precipitación de los hechos. Tengo que volver a retrasarlo pero necesito el poder de mi torre. Mirad, os he preparado una embarcación cerca de Iristhold apenas a dos días de viaje. No tendréis problemas para reconocerla. Es la forma más rápida de llegar al Lago del Cielo Caído y en su desembocadura se encuentra el Templo del Rio Cielo. En las bodegas hay algunos regalos para vosotros, todo el equipo que necesitéis y una mercancía muy valiosa para el templo. Será vuestro regalo para el Culto. Así os dejarán pasar. Es época de peregrinaje, no os será difícil mezclaros entre la gente. Aprovechad las largas colas que se forman para mostrar los respetos a la Sacerdotisa y justificareis vuestra estancia. Una vez dentro tendréis un día aproximadamente antes de levantar sospechas. Bueno, que me decís? Lo haréis? – Tuvo sus dudas pero para su alivio la respuesta no se hizo esperar. -
- Te ayudaré Darrell – asintió Awender. –
- Espero que la recompensa valga la pena archimago – espetó Tae – Tu qué dices Raudo?
- No se – dijo Raudo – parece muy peligroso.
- Lo es, pero sin tu habilidad para el disfraz no lo conseguirían, Raudo. – respondió preocupado.
- De eso puedes estar seguro. No te preocupes viejo amigo, había decidido ir de todos modos. Tengo algunos asuntos que resolver por allí. Venga, pongámonos en marcha cuanto antes.
Los tres aventureros cogieron sus cosas y se dirigieron hacia la puerta. Antes de salir Darrell les dirigió una última mirada. Sus ojos decían “Gracias” y sus labios dijeron “Hasta pronto amigos, tened cuidado.”Una vez fuera Tae, Awender y Raudo vieron una aglomeración de curiosos que no se atrevía acercarse a menos de treinta metros y que a pesar de la lluvia no se decidían a irse. Desataron sus caballos y se dirigieron al camino. Raudo comento en voz baja:
- Hay algo en todo esto que no me gusta. Más nos vale tener los ojos bien abiertos. Venga, salgamos de aquí cuanto antes. – Y así lo hicieron.
Dentro de la taberna solo quedaba la luz de la vela. Darrell la apagó de un soplido y se dirigió hacia el patio trasero, donde los altos muros le ocultaban del exterior. Había elegido bien el lugar. Había algunas pisadas recientes en los muros de los pocos que usaron el patio para escapar. Tras un silbido corto apareció de entre las ramas dos pequeños halcones a los que ató un mensaje a cada uno en una pata y liberó. Se quitó un colgante con un medallón que representaba el rostro de una horrible mujer que colocó sobre la cubierta del pozo. Se arrodilló ante él suspirando una plegaria. De las oscuras aguas empezó a salir un halo frio de vapor que rodeó al colgante y al falso archimago, devolviéndole su verdadero rostro.
- Bendito sea el destino y tu presencia oh todopoderosa. Los hombres ya han iniciado la marcha. No ha sido nada fácil pero cumplí tu voluntad como el más fiel de tus sirvientes.
- Ahora que has cumplido. Estás listo para recibir tu recompensa, humano? – su voz era fría y a la vez húmeda.
- Estoy listo.
Sin demora unos enormes tentáculos surgieron del pozo y agarraron al hombre violentamente, arrastrándole hasta las profundidades. Se escucho un violento crujido y luego el silencio. El colgante permanecía en su sitio, impasivo, y el halo volvió a las profundidades de las que había surgido, olvidando una palabra entre la lluvia:
- Sea.

viernes, 29 de junio de 2012

El Fiero Paso del Dragón - Primera Parte



Pese al repentino chaparrón, dentro de la taberna el ambiente era cálido, acogedor y lo más importante, estaba seco. Los encharcados caminos se habían vaciado de golpe y la taberna, que servía de refugio, estaba a reventar. Había un ambiente casi festivo en su interior, más que una faena, parecía que la repentina lluvia era una bendición de los Dioses.

Gentes de toda Glorantha y toda condición comían, bebían, reían y charlaban animadamente mientras secaban las ropas que el inesperado aguacero les había calado. El Paso del Dragón era paso obligado de comerciantes y caravanas que iban y venían del Imperio Lunar. Un lugar de encuentros, negocios, acuerdos y alianzas. Un continuo intercambio de mercancías y también de culturas. Una región enriquecida gracias al comercio y, precisamente por ello, una zona también peligrosa.

Eran muchas las bandas de cuatreros que, atraídos por la riqueza que las caravanas y mercados generaban, subsistían como viles canallas, atracando y asaltando a viajeros y comerciantes.

Podía distinguirse entre la concurrencia de la taberna de esa noche a ricos comerciantes, dueños de enormes caravanas venidas del sur, extravagantes Lunares, buscando un buen negocio, aventureros, en busca de fortuna, campesinos y agricultores, que venían a intentar vender su exigua mercancía. Y también podía verse hoy, en una mesa al fondo de la estancia junto a la chimenea, tres peculiares figuras hablando en un tono apenas audible.

El grupo de jóvenes aventureros, ya algo borrachos, comenzaron a corear una canción muy conocida por estos lares, mientras el resto les jaleaban. Los tres hombres que se encontraban junto a la chimenea giraron sus cabezas y callaron un instante para oírla

En el Fiero Paso del Dragón
No tienes a la suerte
Si temes a la Muerte
En el Fiero Paso del Dragón
No desoigas lo que digo en mi canción [...]

La canción era una vieja tonada que hablaba de cuatro héroes que, según se cuenta, lucharon mucho tiempo atrás contra el Caos encarnado en un blasfemo dios conocido como Mohander. Cuando los aventureros terminaron de desgañitarse y echaron mano a sus cervezas, los tres hombres volvieron a su pequeño coloquio

-        Hacía tanto tiempo que no la escuchaba… - Dijo el que parecía más joven de ellos mirando a los otros dos con cara de pícaro. Aparentaba unos cuarenta años y vestía ropas coloridas, muy pomposas. Su incipiente barriga hacía ver que no tenía preocupaciones y que disfrutaba de una buena vida – Buenos tiempos, ¿eh?

-        Sí, ¡Grandes tiempos! Aventuras, correrías, hachas bien afiladas y chicas en cada puerto – Fornido e impresionante, el hombre que tomaba la palabra hablaba con marcado acento costero. Tenía la cabeza completamente afeitada y estaba lleno de cicatrices y tatuajes. No obstante sus ropas y sus enormes collares de ricos brillantes decían de él que se trataba de un hombre de dinero -  Pero ¡Por los Dioses que no me puedo quejar! ¡Muy bien me van bien las cosas! Tranquilidad, dinero, exoticas mujeres... ¡Eh, tú!, estás muy callado – dijo mirando al tercer hombre – No has terminado de contar que haces exactamente

-       Recojo a niños abandonados y de la calle en mi escuela - El tercer hombre tenía un semblante serio y vestía con ropas elegantes pero poco llamativas, negras, cómodas, sin adornos. Pese a la edad, de los tres era el que sin duda estaba en mejor forma – les enseño, les formo, les doy un oficio y una oportunidad de sobrevivir en este mundo.

-        Sí, he oído hablar de esa escuela tuya – Intervino el que tenía cara de pícaro – Dicen que de allí salen los mejores asesinos que puedas comprar de toda Generthela

-       No. No son asesinos, son hombres de honor, otra cosa lo que cada uno les mande que hagan cuando les contrata – Apuntilló secamente el hombre que vestía de negro – Y no. Tampoco se compran, son hombres libres. Al acabar su entrenamiento ellos deciden si se quedan en la escuela aceptando trabajos que me solicitan o si prefieren vivir su vida de otra manera… Son libres y cultos, dudo mucho que sepáis leer o contar mejor que ellos.

-       ¡De eso no estaría yo tan seguro, Awender! – Dijo el calvo con una gran sonrisa – Dónde me ves soy el nuevo Señor de la Costa. Todos los piratas y bucaneros me pagan para poder salir a la mar. Y recibo un diezmo de sus ganancias. Así que contar, te puedo asegurar que pocos mejor que yo saben, ¡Ja ja ja!

-       Quién lo iba a pensar del viejo Tae ¡Pero si se ha convertido en todo un hombre de negocios! – Terció el pícaro en tono de sorna - ¿Qué será lo siguente?

-       No sé, lo pones difícil, Raudo – Awender no pudo contener una sonrisa en su contestación - ¿Un ladrón profesional, un embaucador, un mentiroso, un bribón cómo tu siendo consejero en la corte?
-       ¡Ja ja ja! - Rió ruidosamente Tae - ¡Touché!

-  Bueno, chicos – Comenzó a decir Raudo – Ha sido genial veros, pero creo que ya nos podemos ir. Ya os dije que se trataba de una broma. No va a venir.

En ese mismo instante la puerta de la posada se abrió de par en par. Una ráfaga de viento apagó el fuego de la chimenea. Lo mismo le sucedió a la concurrencia, que enmudeció al ver quién era el que entraba en la taberna. Envuelto en una impresionante túnica negra, el mago comenzó a aproximarse a los viejos héroes. Casi todos en la posada le conocían, se trataba de Darrell, el gran archimago.