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viernes, 6 de septiembre de 2013

El Fiero Paso del Dragón - La Búsqueda - Conclusión

- ¡Mil millones de tormentas! – Tae había agarrado las cabezas de aquella pareja de sucios servidores de Sirina, chocándolas entre sí con fuerza suficiente como para que ambos cayesen al tembloroso suelo de la caverna. Luego buscó con la mirada a sus compañeros. - ¡Este barco se hunde!

- Estamos preparados para morir por nuestra ama y señora… - la afiladísima hoja de aquella extraña espada de metal negro chocaba una y otra vez con “dazzle” y “stone” mientras Awender, en total silencio, mantenía a raya a su insidioso adversario - ¿Podéis decir vosotros…?

Antes de poder terminar su discurso, un gigantesco tentáculo cenagoso lo aplastó, llevándose consigo la mayor parte de la cornisa sobre la que Awender y él habían estado batallando.

- ¡Awender! – Tae sintió como sus brazos reaccionaban de forma instantánea al ver como su compañero perdía el equilibrio: el colosal tentáculo había desmoronado toda una sección de la gruta. El viejo pirata aferró por una de las muñecas a Awender, quien apenas pudo contener una punzada de dolor al sentir como la inercia rompía ligamentos musculares de su brazo. Ni el más duro entrenamiento como asesino había logrado hacerle invulnerable a la edad. - ¡Sujétate fuerte, por Orlanth!

Awender pendía a metros y metros de altura, viendo como las rocas de la cornisa se precipitaban contra el lago subterráneo donde dos dioses batallaban, provocando con cada uno de sus titánicos golpes el desplome de toda la montaña.

- Tus amigos están perdidos… - las sinuosas formas de aquella bruja embaucadora se intuían a través de los pliegues de sus empapadas ropas. El sentido común de Raudo trataba de concentrase en su peligrosa situación y no en las curvas de su adversaria. Las palabras de la bruja ayudaron. – Esta será nuestra tumba. Pero estamos preparados para morir por Sirina.
- Marenna, marenna… - Raudo esquivaba sus ataques, intuyendo que las uñas de esa embaucadora estarían impregnadas de algún siniestro veneno. - ¿Después de todo lo que compartimos? ¿Después de todas esas promesas de amor que nos susurramos…? – con un movimiento tan rápido como inusual para alguien de su edad, Raudo se colocó tras ella y clavó su cuchillo entre sus costillas provocando un impacto letal. – Siempre supe que acabaría rompiéndote el corazón.

Raudo empujó el cuerpo de la traicionera bruja, sacando el cuchillo de su cuerpo y dejándolo caer al fondo del lago. Pero la sonrisa irónica del bribón no duró mucho: con el sonido de lo que a Raudo se le antojó el ruido de dos montañas haciendo el amor, contempló como las figuras entrelazadas de los dos colosos se precipitaban sobre él.

- ¡Hora de no estar aquí! – Sus pies y manos olvidaron por un segundo que los años habían hecho mella en sus huesos y Raudo escaló a toda velocidad los riscos de piedra. Acababa de alcanzar uno de los túneles de salida cuando los titanes cayeron de nuevo sobre el lago levantando otra enorme ola, intensificando el temblor y provocando nuevos desprendimientos. Sus rugidos rivalizaban con los quejidos de la pobre montaña. Cubierto de grava y polvo, Raudo tosió apartando algunas de las rocas que le habían caído encima. Se frotó los ojos sin poder creer que, de nuevo, la suerte había sonreído al truhán. Uno de los últimos desprendimientos había despejado el acceso a un túnel paralelo. Y en él, una de esas veloces vagonetas de factura enana contemplaba a Raudo como si fuese una bendición de los dioses. Con una mueca agradecida, miró al inestable techo de la gruta y susurro – Sabía que la dulce Assanti, protectora de los tramposos, no abandonaría a su devoto servidor.

- ¡¡Raudo!! – el grito de Tae se dejó sentir por encima incluso del rumor de los dioses batallando. El truhán vio como el fornido pirata apenas podía seguir sosteniendo a Awender: el suelo de la cornisa había cedido y el propio Tae había tenido que agarrarse a uno de los resquicios para no compartir el destino de su compañero.

Raudo se dispuso a llegar hasta ellos. Pero en su pelea contra Sirina, el dios dragón no estaba teniendo su mejor día. Demasiado tiempo de aislamiento habían limado su fiereza primigenia: los tentáculos del terrorífico kraken lo envolvían y, en un desesperado acto de cólera, abrió sus fauces dejando que un torrente de fuego fundido decorase los muros de la gruta. En el proceso, convirtió gran parte de la roca en cristal… dejando a Raudo sin posibilidad de alcanzar a sus amigos.

- ¡Márchate! – Awender gritó a Tae, sabiendo lo imposible que sería convencer al tozudo pirata.
- Condenado lunar… - apretaba sus dientes al tiempo que sus músculos parecían a punto de estallar por el esfuerzo - ¡Que me cuelguen del palo mayor si dejo que mueras!
- Si no me sueltas… ¡moriremos los dos!

Tae estaba a punto de invocar una de sus célebres blasfemias cuando la tela de la camisola de Awender cedió. El asesino mantuvo los ojos abiertos al sentir como la gravedad reclamaba su cuerpo. Vio como Tae gritaba su nombre, aunque no pudo oírlo. El rugido de los dos dioses iba siendo más y más ensordecedor a medida que caía. Poco antes de sentir el impacto contra el agua, Awender vio como su tatuaje brillaba.

- “El maldito tatuaje. No brillaba desde…”

El pensamiento terminó de una forma tan abrupta como el impacto contra el agua. Para él todo se volvió oscuro.
Para sus dos compañeros, sin embargo, fue todo lo contrario: un estallido de luz azulada lo envolvió todo, consiguiendo que incluso dos furibundos dioses cesaran su pelea durante apenas un instante. El mismo tiempo que duró la ceguera de Raudo y Tae. Cuando su sentido de la vista regresó, aquellas dos colosales moles habían desaparecido. Awender, sin embargo, yacía tumbado sobre la superficie del lago, envuelto en un aura azulada.

- ¡¡Awender!! – los brazos de Tae se movían por los resquicios de roca, ejercitando una rutina parecida a la entrenada durante años de subidas y bajadas por escalas de innumerables barcos. Chapoteando a través del lago, alcanzó el cuerpo inerte de su compañero de aventuras. - ¡¡Viejo bastardo, abre los ojos!!

Pero el tacto de la piel de Awender era frío, probablemente a causa de esa extraña aureola azulada que lo envolvía. Tae salió del agua, esquivando las rocas que llovían del techo, cada vez más grandes.
- ¡Aquí, Tae! – Raudo agitó la antorcha guiando los pasos de su compañero hacia el hueco abierto en el resquebrajado muro de la caverna.
- Es Awender… - el brusco pirata acomodó como pudo el cuerpo de su amigo en el interior de la vagoneta, la cual quedó iluminada bajo esa luz azulada. – No sé que…
- ¡Ya lo averiguaremos luego! – todo se venía abajo y el sentido de supervivencia de Raudo le gritaba que la montaña estaba a punto de colapsar.  Y presionando las runas de activación, gritó – Próxima parada… ¡el exterior!

***

Con el rugido sordo de la montaña entonando su canto del cisne, la figura envuelta en la túnica púrpura alzó la mirada. Se encontraba lo bastante cerca como para sentir el temblor del suelo aunque a esa distancia los fragmentos arrastrados por el desplome de la colosal mina no lo alcanzarían. Conocía bien el terreno. Había pasado meses estudiándolos.

Fue entonces cuando el encapuchado escuchó el chirriar del metal contra los raíles, seguido de una pequeña explosión de piedra y gravilla. Reventando el acceso sellado por tablones de un viejo túnel, una vagoneta sin control salió disparada como el virote de una ballesta. Tras innumerables tumbos, el improvisado salvoconducto que había permitido escapar a Tae y Raudo quedó volcado bocabajo, con las ruedas girando con la inercia de la carrera.

- Yo maldigo a todos y cada uno de los dioses… - murmuró un dolorido Raudo mientras se escabullía de la siniestrada vagoneta. Se incorporó, acariciando sus lacerados brazos y piernas. - ¿Estás bien, pirata de agua dulce…?
- Sí… - un aturdido Tae sacó a rastras el cuerpo de Awender, aun inerte y recubierto por aquella parpadeante burbuja de energía azulada. – Pero no puedo decir lo mismo de nuestro amigo.
- Que me maldigan tres veces… - Raudo se aproximó y tomó con cuidado el brazo de Awender. El viejo truhán puso una mirada mortalmente seria, dejando claro a Tae que aquello eran malas noticias. – Es el condenado tatuaje de donde brota la energía.
- Y eso no es todo… - Tae escupió y realizó un gesto de protección contra malos augurios. – Esa especie de aura…  
- Sí. Está creciendo.

La voz del recién llegado los hizo reaccionar como activados por un resorte bien engrasado. Tae se incorporó tomando una enorme roca entre las manos, a modo de improvisado proyectil. Raudo se llevó la mano a su daga. Pero ninguno de los dos llegaría a lanzar ataque alguno.

- No puedo decir que haya salido como pensaba… - el encapuchado alzó las manos en gesto apaciguante. – Pero reconozco que pudo haber sido mucho peor.

El misterioso personaje retiró su capucha y la sorpresa hizo que tanto Raudo como Tae dejasen caer sus armas. Pese a la edad, aquellas facciones conservaban el mismo aire aniñado e inocente que conocieron años atrás.

- El cuerpo de Awender fue diseñado para contener a un dios… no a dos. - dijo Darrell sin ocultar su tono de preocupación. – Si queremos salvar a Awender y a toda Glorantha, vamos a tener que darnos prisa.

miércoles, 25 de julio de 2012

El Fiero Paso del Dragón - Indice

Pese al repentino chaparrón, dentro de la taberna el ambiente era cálido, acogedor y lo más importante, estaba seco. Los encharcados caminos se habían vaciado de golpe y la taberna, que servía de refugio, estaba a reventar. Había un ambiente casi festivo en su interior, más que una faena, parecía que la repentina lluvia era una bendición de los Dioses.
Gentes de toda Glorantha y toda condición comían, bebían, reían y charlaban animadamente mientras secaban las ropas que el inesperado aguacero les había calado. El Paso del Dragón era...


Así comienza "El Fiero Paso del Dragón". Puedes leerlo siguiendo nuestro índice:

Esperamos que os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

viernes, 13 de julio de 2012

El Fiero Paso del Dragón - Tercera Parte


Se cumplía el octavo ciclo lunar desde el comienzo de la temporada de lluvias. Como cada año, miles de viajeros de todo el continente llegaban para honrar al Culto del Lago Cielo. Los Caelanos, como eran conocidos, se habían granjeado la confianza de gentes de todo credo y condición. Su popularidad se debía en gran parte a que fueron los fundadores de este culto quienes consiguieron apaciguar las iras de la diosa Sirina, Titán del Río Cielo. Desde entonces – el Culto consiguió abrirse paso y captar adeptos en familias de muy distintos reinos. No era extraño encontrar a consejeros Caelanos en cortes Lunares o asistiendo con sabiduría a señores de la guerra Norteños. Su objetivo, sin embargo, era siempre la paz. Gracias a su condición como pacificadores, cada año se celebraba el conocido “Caelarum”: el culto abría únicamente entonces sus puertas a los visitantes, quienes tomaban la ciudad que rodeaba el hermoso palacio de Trishanta, el auténtico centro neurálgico de la organización.

Con los primeros rayos de sol, las murallas de la ciudad se abrieron y comenzó el trasiego de la aduana. La mayor parte de los viajeros realizaban su peregrinaje por tierra. Pero unos pocos, los más ricos, tomaban la ruta fluvial. Ambos, por supuesto, tenían que pasar sin excepción por unos férreos controles. Desde el puesto de observación del acceso del río, uno de los vigías comenzó a golpear la plancha de metal que servía como alarma. Varios hombres salieron de las dependencias del puerto y miraron en dirección al punto al que señalaba el vigía. En la distancia podía apreciarse la silueta de un elegante pecio. Una frondosa columna de humo se alzaba en el aire. Se fletaron dos barcas para interceptar la nave siniestrada. Apenas se encontraban a diez metros de ella cuando, entre las llamas que cubrían la proa, las dotaciones de ambas barcas se vieron sorprendidas por un ataque procedente del interior del barco. Los guardias estaban listos para tomar sus arcos y ballestas cuando se percataron de que lo que se les estaba arrojando no era ninguna clase de proyectil. O al menos, no en el sentido tradicional de la palabra. Tardaron menos de un segundo en percatarse de que lo que arrojaban eran cuerpos. A todas luces eran humanos, cubiertos de arriba abajo con ropas de color gris, ocultando sus rostros con máscaras de cáñamo tallado para representar el rostro de alguna clase de demonio.

-¡¿Queréis que os lo diga más claro, ratas de mal puerto?! – la voz atronadora del antiguo titán pirata retumbó por encima del crepitar de las llamas y del chocar de los aceros. Con una carcajada y un asaltante en cada mano, Tae los arrojó por la borda como había hecho con los otros cuatro. - ¡¡Fuera de mi barco!!

Desde el exterior, la guardia mercenaria contratada por los Caelanos no podían ver cuanto acontecía dentro del barco: pese a brillar el sol en el cielo, el humo impedía ver nada más que sombras y el sonido de la pelea. La puerta del castillo de popa se abrió de golpe, dejando salir a un visiblemente agotado Raudo, quien había olvidado el aspecto más físico de las peripecias pasadas. Sus elegantes ropas estaban visiblemente chamuscadas y mientras aferraba bajo el brazo izquierdo un cofre de madera, mantenía a raya a dos de sus asaltantes con lo que antaño había sido la tapadera de un barril.

- ¡¡Tae!! ¡Hay que salir de aquí!
- ¿¡Y Awender?! – Tae golpeó con fuerza la cabeza de uno de sus asaltantes, que cayó fulminado.
- ¡No hay tiempo! – y sin pensarlo dos veces, Raudo saltó al agua, abrazado a aquel cofre al que protegía como si valiese más que su propia vida.

El castillo de popa comenzaba a derrumbarse al tiempo que las maderas que lo sostenían a flote eran consumidas por el pavoroso incendio. Mientras varios de los guardias ayudaban a Raudo a salir del agua, el resto del pecio comenzó a zozobrar para, en apenas unos minutos, sumergirse por completo. 

- ¿Qué…? – Quien comandaba aquel pelotón de guardias era un chico joven, con marcado acento lunar: posiblemente el hijo de una buena familia que había pagado bien para darle un destino plácido y fuera de riesgos como era Lago Cielo. Raudo “leyó” todo aquello con un simple vistazo a sus ropas, sus facciones y su lenguaje no verbal. - ¿Quiénes sois? ¿Y qué os ha pasado?
- Nos… - Raudo exageró su falta de aliento, aunque lo cierto es que no tuvo que forzarlo demasiado – Nos emboscaron en los afluentes de Cormyria… - varias toses añadieron dramatismo a su relato. Debieron entrar escondidos… entre los barriles de agua… cuando repostamos en Cörm.
- Señor… - uno de los guardias mostró al joven cabecilla lunar el tatuaje en forma de Garra Roja que llevaba uno de los enmascarados atacantes en el cuello.
- Garras Rojas… - contempló con desprecio la marca. – Escoria semiorca. Suelen conformarse con asaltar caravanas aisladas en tierra. - el joven lunar miró a Raudo – Habéis tenido suerte, señor, de salir con vida.
- Eso díselo al amigo que acaba de hundirse con su barco… - sus ojos estaban fijos en la espuma y las burbujas que brotaban a la superficie allá donde, segundos atrás, había habido una embarcación en llamas. “Esto no era parte del plan, malditos sean los Dioses” pensó el bueno de Raudo.

Entonces, sin previo aviso, un gran arcón de madera surgió de las profundidades. Brotó al exterior junto a dos o tres barriles y algún que otro paquete que llevaba la siniestrada nave en el vientre de carga. Aferrado al arcón para mantenerse a flote, Tae escupía tragos enteros de agua. Pese a su titánica complexión, había tenido que abrirse camino hasta la superficie en continuo forcejeo con los últimos de los Garras Rojas. 

Una vez en tierra, arropados por las mantas y al calor de una pequeña hoguera que había ante el puesto de jefe de guardias, Tae y Raudo aguardaban a que Shäelor, el joven lunar al mando de aquel destacamento, terminase de verificar la autenticidad de los papeles de viaje que ambos extranjeros traían consigo. 

- Espero que tus contactos diplomáticos no nos fallen, viejo amigo… - susurró el fornido pirata.
- No es eso lo que me preocupa – de forma casi imperceptible al ojo humano, en un perfecto truco de prestidigitación, Raudo hizo aparecer un pequeño pedazo de papel entre sus dedos – Mira lo que robé del bolsillo de uno de esos Garras Rojas.

Discretamente, Tae entornó la vista y trató de leer aquel puñado de pequeñas líneas escritas en lengua negra. 

- Lo siento, viejo amigo… - devolvió el papel a Raudo – Pero lo único que recuerdo de la lengua negra es “¿Cuánto?”, “Muere” y “Si tengo que seguir viendo tu fea cara, prefiero que vomites en mi boca”.
- Dice “Objetivos rumbo a Thrishanta. No deben llegar con vida. La mitad del pago a la entrega de sus cabezas.” – de nuevo, Raudo hizo desaparecer el papel entre los dedos al sentir que ya no están solos.

Shäelor salió de su tienda acompañado de dos de sus hombres. Entregó unos papeles a Raudo, quien no se había separado ni un segundo de aquel cofre que portaba bajo el brazo.

- Todo en regla, mi señor. – inclinó de forma cortés su cabeza – Lamento su accidentada llegada a esta tierra de paz.
- No se preocupe, capitán. – le dedicó su mejor sonrisa de embaucador – Pero lo cierto es que estoy ansioso de llegar a una buena posada, tomar un buen baño y poder cambiarme de ropas.
- Me temo, señor, que debo inspeccionar su carga… - y señaló el cofre.
- Ah, esto… - Raudo le miró con una mezcla de inocencia y desdén – Es sólo un presente para la sacerdotisa. Quisiéramos poder entregárselo en persona…
- No va a ser posible, señor. 
- ¿En serio? Tenía entendido…

Antes de poder terminar la frase, el cofre le fue arrebatado de las manos por el propio capitán.

- Mi buen Shäelor creo que está cometiendo un terrible error… -

Ignorando las palabras de Raudo, el capitán lo entregó a uno de sus soldados, quien abrió el sello que mantenía cerrado el cofre.

- Está cometiendo un terrible error… - Raudo se preparaba para subir el tono de su protesta cuando del interior del cofre el perplejo soldado sacó una elegante túnica de ricos bordados en piedras preciosas. La delicadeza de la tela era incomparable a nada de lo que ninguno de los allí presentes hubiera visto antes. Y por supuesto, era totalmente inofensivo.

- Por favor, dime que no has arriesgado la vida protegiendo ropajes de mujer… - susurró Tae al oído de Raudo, tratando de contener una sonora carcajada.
- Lo siento, señor… - algo avergonzado, Shäelor inclinó su cabeza ante Raudo – Me aseguraré personalmente de que llegue a manos de la sacerdotisa.
- Más le vale. Porque esto…
- ¡Mi señor!

La voz de uno de los soldados de aquel puesto aduanero interrumpió la enérgica y ensayada protesta de Raudo. Éste y Tae se dieron la vuelta, descubriendo que varios de los guardias habían abierto el gran arcón de madera en el que Tae había salido a flote. Los semblantes de todos ellos revelaban una mezcla de sorpresa y temor. Shäelor se acercó y miró al interior del arcón. Dentro, reposaba un cuerpo envuelto en una túnica mortuoria que tan solo dejaban al descubierto el semblante del difunto. Aunque muchos conociesen su fama como asesino, lo cierto es que muy pocos sabían cual era el auténtico aspecto de Awender. Inerte, dentro de aquel arcón su piel lucía el cenizo aspecto de un cuerpo embalsamado. Al igual que sus rasgos faciales, las runas que cubrían la mortaja también eran de origen lunar. Habiendo reconocido el rito que se había practicado al cadáver, Shäelor susurró una breve plegaria y volvió la vista a Raudo y Tae, quienes se habían acercado.

- Lo… Lo siento, mi señor – el joven capitán lunar apenas podía contener la vergüenza – No sabíamos que…
- Ésto, Capitán Shäelor, es un atropello diplomático. – empezó a decir Raudo, en tono de patente amenaza.
- Pero mi señor, ¿cómo íbamos a saber que…
- ¿Qué es el cuerpo sin consagrar del consorte de la Señora de Ain-Thal-Shal? – Raudo caminó en torno al atemorizado capitán como un buitre en torno a su presa - ¿Preguntando, quizá? Pero no. Usted dejó que sus hombres abrieran el arcón. Y ahora, habiendo violado su sagrado aislamiento, tendremos que devolver su cuerpo a su viuda sin que haya recibido la bendición de la sacerdotisa. – Raudo niega con la cabeza de forma dramática – Me temo que esto no va a gustar a la Señora de Ain-Thal-Shal. No, señor…
- ¡Espere, mi señor!

Raudo se dio la vuelta y reconoció la mirada en los ojos desesperados de aquel joven capitán. Era esa mirada que tantas veces Raudo había conseguido poner en cientos de influyentes personas por toda Glorantha a lo largo de los años. Y lo que justo después dijo el joven capitán Shäelor sonó a victoria en oídos de Raudo.

- Seguro que podemos llegar a un acuerdo…

viernes, 6 de julio de 2012

El Fiero Paso del Dragón - Segunda Parte


No eran muchos los que tenían la oportunidad de ver un archimago y este no solo era conocido sino también temido por su gran poder. Toda la taberna seguía los pasos de Darrell con la mirada. Cada una de sus pisadas producía un ruido en la sala como el  de una poderosa galera negra, pero no eran los pies los que producían el estrepito sino el miedo en los corazones que palpitaban como tambores. Al llegar a la mesa se encontró de frente con sus viejos amigos. Muy lentamente giró su cuerpo hasta encarar al resto de los presentes y con la mirada perdida empezó a levantar los brazos, dibujando dos curvas. Sus dedos se tensionaron como garras y su boca se abrió para dejar escapar una exclamación:
- Bu!
Se produjo una estampida hacia la puerta y la taberna no tardó en quedar totalmente vacía. El que no pudo salir por la puerta se sirvió de una de las pocas ventanas. Mientras el calvo Tae encendía la vela que había sobre la mesa Darrell tomó asiento y se dirigió hacia sus viejos compañeros de viaje:
- Tae, Awender, Raudo… ¡Cuanto tiempo sin veros! – sus ojos mostraban una solemnidad y calma extraordinarias - Pero aun recuerdo nuestras aventuras como si fuese ayer. De eso no os quepa duda.
- Im–presionante viejo amigo. – Raudo hizo honor a su nombre e inicio la ronda de halagos - Te felicito. Has ahuyentado incluso a mis espías. Recuérdame que les descuente esta misión de la paga. – su sonrisa era tan redonda como su panza.
- Caramba Darrell – dijo Tae golpeándole brusca pero amistosamente – Que buen aspecto tienes. Casi tengo ganas de abrazarte si no fuera porque das un miedo de cojones, ¡¡ja ja ja!! Venga, llenemos nuestras jarras con algo realmente fuerte ¡¡por los viejos tiempos!!
- Enhorabuena archimago – Awender era el menos sorprendido – Tienes mejor aspecto que la última vez que te vi. Que te traes entre manos?
- No voy a decir que fue fácil – Incluso cerca de la chimenea sus palabras eran más calurosas que las brasas – Y eso es algo que me gustaría celebrar algún día. Pero por muchas ganas que tenga de veros no os he reunido aquí para eso.
- Seguro que no quieres nada? ¡¡Que invito yo!! – empezó a sacar un montón de monedas hasta que se fijo en el rostro serio del archimago - Os lo dije, para mí que sigue siendo el mismo empollón de siempre ¡¡ja ja ja!! Al menos cuéntanos como te va hombre. Sigues pasando las estaciones metido en la torre esa tan alta?
- Y tú sigues igual de pesado – no pudo evitar una leve sonrisa antes de responder – Sigo en la Torre Espiral, si. Es un espacio seguro para la Magia, y no quedan muchos hoy en dia. También es una Biblioteca de la que muy pocos consiguen obtener el derecho de beber de su sabiduría. No es casualidad que solo los grandes magos hayan pisado sus viejas piedras. Ahora ando estudiando los entresijos que unen tiempo y materia pero estoy aun muy lejos de dominarlos. Si salimos de esta acabaré pidiendo ayuda a otros magos… - Su cara se había puesto aun más seria.
Los héroes se miraron los unos a los otros, esperando una historia que no llegaba.
- Que quieres decir con salir de esta? – dijo Awender.- Ha ocurrido algo?
- Aun no pero… pero ocurrirá. Y por mucho que me duela reconocerlo no puedo hacerle frente yo solo. Media Generthela está en peligro.
- Peligros peligros… ¡¡nada contra lo que no hayamos derrotado antes!! De que se trata esta vez? Habrá recompensa? – A Tae se le iluminaban los ojos.
- Es complicado de explicar. Estaba explorando un plano del tiempo y algo inesperado ocurrió. Ese algo se convirtió en una revelación, algo mucho más poderoso que una premonición. Lo que yo vi era real y pude sentirlo ¡¡Era el Caos!! ¡¡El Caos absoluto!!
- Tranquilo viejo amigo – le consoló Raudo.- Cuéntanos que fue lo que viste.
- Si pudiera os lo mostraría aquí mismo. – Dijo con rabia – Todo estaba rodeado de lluvia y guerra. La sangre y el agua se derramaban y recorrían el suelo libremente formando ríos infernales. Otros ríos estaban podridos de cadáveres, el mar creciente dominaba el horizonte y feroces criaturas salían de sus profundidades para alimentarse. Antiguos Dioses habían sido despertados. Dioses malignos y poderosos. Yo… - Ahora parecía agotado – Necesito vuestra ayuda. Necesito que hagáis algo que para mí es impensable. Algo que está fuera de mi naturaleza. Y os lo pido como amigos, los amigos en los que más puedo confiar. Por nuestros viejos tiempos.
- De que se trata Darrell? – le tranquilizo Awender. –
- Un acto horrible. – bajó el tono todo lo que pudo - Necesito que asesinéis por mí.
Se hizo un silencio incómodo entre los cuatro héroes. Las palabras cayeron pesadas en la mesa. Esta vez la chimenea no se apago pero hacía más frio que nunca. Darrell los miraba fijamente temiéndose la respuesta.
- Asesinar a quien viejo amigo? – Raudo parecía preocupado solo a medias – Conozco a muchísima gente que se lo merece por quien Awender lo haría totalmente gratis.
- Esta persona no se lo merece, al menos todavía – sus ojos estaban muy abiertos - pero es la clave para evitar el Caos. Se trata de Nauhel, la más bella de las sacerdotisas. – Tae puso entonces mucha más atención a la historia – Esta sacerdotisa es tan bella que pronto seducirá al mismísimo Frey, el Dios de la Lluvia. Ella sirve en un Culto antiquísimo cerca el Lago del Cielo Caído que mantiene a una diosa encerrada en un lago. Esa diosa es Sirina, Titán del Rio Cielo, Diosa de las Aguas Dulces y la Magia Oscura que por sus malas artes fue desterrada de su hogar por Njördr, el Dios del Mar. Nauhel es bondadosa y cumple con su deber de custodiar a Sirina encerrada. Pero la Titán del Rio Cielo aprovechará la debilidad propia del romance para suplantar el corazón de Nauhel y mediante sucias artimañas utilizar la lluvia de su amado. Derramará toda el agua que sea necesaria para que el Rio Cielo crezca y se una de nuevo al mar, liberándose de su cárcel acuática.
- Joder Darrell – interrumpió Tae - por un momento pensé que era algo serio de verdad. Que mal podría traer un poco de lluvia? ¡¡Tengo una flota entera a mi disposición!!
- Creo que es un poco más complejo que todo eso, verdad viejo amigo? – Dijo Raudo suavemente.
- Es una situación delicada. – continuó Darrell – Cuando el Dios Frey sienta que su amor ha sido una farsa arrojará una lluvia tan intensa que traerá la ruina a todo el Norte de Generthela. La lluvia caerá sin pausa y el Rio Cielo se desbordará salvajemente. Habrá inundaciones que obligarán a abandonar todo hogar para sobrevivir. Los hombres de las cavernas tendrán que emigrar, también las bestias del valle, los trolls, los arboles vivientes y muchos otros monstruos. Si se rompen las fronteras entre territorios se producirán encuentros violentos y vendrán la miseria y la guerra. No lo veis? Sería una lucha desesperada por la supervivencia, volverían los cultos a dioses que costó mucho erradicar y reinaría el Caos. La vida que lleváis ahora se perdería para siempre.
- Y si matamos a la Sacerdotisa se acabarían los problemas? – Awender tenía el rostro lleno de sombras.
- Evitaríamos una historia de amor y una tragedia. Creo que es un cambio justo. Al morir ella no se produciría la Gran Lluvia pero tenéis que actuar con mucho cuidado. El Templo del Rio Cielo es muy influyente en la zona y acceder a él no es sencillo. No debéis llamar la atención. Sé que entre los tres podéis evitar que os descubran y no le confiaría esta misión a nadie más. Pero tenéis que daros prisa, el encuentro del Dios Frey con la Sacerdotisa será en esta época de lluvias. No se hará esperar mucho. Os haré ganar tiempo usando los poderes de la Torre Espiral y os ayudare a salir si las cosas se ponen feas.
- Un momento, a ver si lo he entendido – interrumpió Tae – Tu no vienes con nosotros?
- Llamaría demasiado la atención – apuntó Awender -
- Así es. Y creo que de algún modo al explorar ese plano en el tiempo provoqué una precipitación de los hechos. Tengo que volver a retrasarlo pero necesito el poder de mi torre. Mirad, os he preparado una embarcación cerca de Iristhold apenas a dos días de viaje. No tendréis problemas para reconocerla. Es la forma más rápida de llegar al Lago del Cielo Caído y en su desembocadura se encuentra el Templo del Rio Cielo. En las bodegas hay algunos regalos para vosotros, todo el equipo que necesitéis y una mercancía muy valiosa para el templo. Será vuestro regalo para el Culto. Así os dejarán pasar. Es época de peregrinaje, no os será difícil mezclaros entre la gente. Aprovechad las largas colas que se forman para mostrar los respetos a la Sacerdotisa y justificareis vuestra estancia. Una vez dentro tendréis un día aproximadamente antes de levantar sospechas. Bueno, que me decís? Lo haréis? – Tuvo sus dudas pero para su alivio la respuesta no se hizo esperar. -
- Te ayudaré Darrell – asintió Awender. –
- Espero que la recompensa valga la pena archimago – espetó Tae – Tu qué dices Raudo?
- No se – dijo Raudo – parece muy peligroso.
- Lo es, pero sin tu habilidad para el disfraz no lo conseguirían, Raudo. – respondió preocupado.
- De eso puedes estar seguro. No te preocupes viejo amigo, había decidido ir de todos modos. Tengo algunos asuntos que resolver por allí. Venga, pongámonos en marcha cuanto antes.
Los tres aventureros cogieron sus cosas y se dirigieron hacia la puerta. Antes de salir Darrell les dirigió una última mirada. Sus ojos decían “Gracias” y sus labios dijeron “Hasta pronto amigos, tened cuidado.”Una vez fuera Tae, Awender y Raudo vieron una aglomeración de curiosos que no se atrevía acercarse a menos de treinta metros y que a pesar de la lluvia no se decidían a irse. Desataron sus caballos y se dirigieron al camino. Raudo comento en voz baja:
- Hay algo en todo esto que no me gusta. Más nos vale tener los ojos bien abiertos. Venga, salgamos de aquí cuanto antes. – Y así lo hicieron.
Dentro de la taberna solo quedaba la luz de la vela. Darrell la apagó de un soplido y se dirigió hacia el patio trasero, donde los altos muros le ocultaban del exterior. Había elegido bien el lugar. Había algunas pisadas recientes en los muros de los pocos que usaron el patio para escapar. Tras un silbido corto apareció de entre las ramas dos pequeños halcones a los que ató un mensaje a cada uno en una pata y liberó. Se quitó un colgante con un medallón que representaba el rostro de una horrible mujer que colocó sobre la cubierta del pozo. Se arrodilló ante él suspirando una plegaria. De las oscuras aguas empezó a salir un halo frio de vapor que rodeó al colgante y al falso archimago, devolviéndole su verdadero rostro.
- Bendito sea el destino y tu presencia oh todopoderosa. Los hombres ya han iniciado la marcha. No ha sido nada fácil pero cumplí tu voluntad como el más fiel de tus sirvientes.
- Ahora que has cumplido. Estás listo para recibir tu recompensa, humano? – su voz era fría y a la vez húmeda.
- Estoy listo.
Sin demora unos enormes tentáculos surgieron del pozo y agarraron al hombre violentamente, arrastrándole hasta las profundidades. Se escucho un violento crujido y luego el silencio. El colgante permanecía en su sitio, impasivo, y el halo volvió a las profundidades de las que había surgido, olvidando una palabra entre la lluvia:
- Sea.

viernes, 29 de junio de 2012

El Fiero Paso del Dragón - Primera Parte



Pese al repentino chaparrón, dentro de la taberna el ambiente era cálido, acogedor y lo más importante, estaba seco. Los encharcados caminos se habían vaciado de golpe y la taberna, que servía de refugio, estaba a reventar. Había un ambiente casi festivo en su interior, más que una faena, parecía que la repentina lluvia era una bendición de los Dioses.

Gentes de toda Glorantha y toda condición comían, bebían, reían y charlaban animadamente mientras secaban las ropas que el inesperado aguacero les había calado. El Paso del Dragón era paso obligado de comerciantes y caravanas que iban y venían del Imperio Lunar. Un lugar de encuentros, negocios, acuerdos y alianzas. Un continuo intercambio de mercancías y también de culturas. Una región enriquecida gracias al comercio y, precisamente por ello, una zona también peligrosa.

Eran muchas las bandas de cuatreros que, atraídos por la riqueza que las caravanas y mercados generaban, subsistían como viles canallas, atracando y asaltando a viajeros y comerciantes.

Podía distinguirse entre la concurrencia de la taberna de esa noche a ricos comerciantes, dueños de enormes caravanas venidas del sur, extravagantes Lunares, buscando un buen negocio, aventureros, en busca de fortuna, campesinos y agricultores, que venían a intentar vender su exigua mercancía. Y también podía verse hoy, en una mesa al fondo de la estancia junto a la chimenea, tres peculiares figuras hablando en un tono apenas audible.

El grupo de jóvenes aventureros, ya algo borrachos, comenzaron a corear una canción muy conocida por estos lares, mientras el resto les jaleaban. Los tres hombres que se encontraban junto a la chimenea giraron sus cabezas y callaron un instante para oírla

En el Fiero Paso del Dragón
No tienes a la suerte
Si temes a la Muerte
En el Fiero Paso del Dragón
No desoigas lo que digo en mi canción [...]

La canción era una vieja tonada que hablaba de cuatro héroes que, según se cuenta, lucharon mucho tiempo atrás contra el Caos encarnado en un blasfemo dios conocido como Mohander. Cuando los aventureros terminaron de desgañitarse y echaron mano a sus cervezas, los tres hombres volvieron a su pequeño coloquio

-        Hacía tanto tiempo que no la escuchaba… - Dijo el que parecía más joven de ellos mirando a los otros dos con cara de pícaro. Aparentaba unos cuarenta años y vestía ropas coloridas, muy pomposas. Su incipiente barriga hacía ver que no tenía preocupaciones y que disfrutaba de una buena vida – Buenos tiempos, ¿eh?

-        Sí, ¡Grandes tiempos! Aventuras, correrías, hachas bien afiladas y chicas en cada puerto – Fornido e impresionante, el hombre que tomaba la palabra hablaba con marcado acento costero. Tenía la cabeza completamente afeitada y estaba lleno de cicatrices y tatuajes. No obstante sus ropas y sus enormes collares de ricos brillantes decían de él que se trataba de un hombre de dinero -  Pero ¡Por los Dioses que no me puedo quejar! ¡Muy bien me van bien las cosas! Tranquilidad, dinero, exoticas mujeres... ¡Eh, tú!, estás muy callado – dijo mirando al tercer hombre – No has terminado de contar que haces exactamente

-       Recojo a niños abandonados y de la calle en mi escuela - El tercer hombre tenía un semblante serio y vestía con ropas elegantes pero poco llamativas, negras, cómodas, sin adornos. Pese a la edad, de los tres era el que sin duda estaba en mejor forma – les enseño, les formo, les doy un oficio y una oportunidad de sobrevivir en este mundo.

-        Sí, he oído hablar de esa escuela tuya – Intervino el que tenía cara de pícaro – Dicen que de allí salen los mejores asesinos que puedas comprar de toda Generthela

-       No. No son asesinos, son hombres de honor, otra cosa lo que cada uno les mande que hagan cuando les contrata – Apuntilló secamente el hombre que vestía de negro – Y no. Tampoco se compran, son hombres libres. Al acabar su entrenamiento ellos deciden si se quedan en la escuela aceptando trabajos que me solicitan o si prefieren vivir su vida de otra manera… Son libres y cultos, dudo mucho que sepáis leer o contar mejor que ellos.

-       ¡De eso no estaría yo tan seguro, Awender! – Dijo el calvo con una gran sonrisa – Dónde me ves soy el nuevo Señor de la Costa. Todos los piratas y bucaneros me pagan para poder salir a la mar. Y recibo un diezmo de sus ganancias. Así que contar, te puedo asegurar que pocos mejor que yo saben, ¡Ja ja ja!

-       Quién lo iba a pensar del viejo Tae ¡Pero si se ha convertido en todo un hombre de negocios! – Terció el pícaro en tono de sorna - ¿Qué será lo siguente?

-       No sé, lo pones difícil, Raudo – Awender no pudo contener una sonrisa en su contestación - ¿Un ladrón profesional, un embaucador, un mentiroso, un bribón cómo tu siendo consejero en la corte?
-       ¡Ja ja ja! - Rió ruidosamente Tae - ¡Touché!

-  Bueno, chicos – Comenzó a decir Raudo – Ha sido genial veros, pero creo que ya nos podemos ir. Ya os dije que se trataba de una broma. No va a venir.

En ese mismo instante la puerta de la posada se abrió de par en par. Una ráfaga de viento apagó el fuego de la chimenea. Lo mismo le sucedió a la concurrencia, que enmudeció al ver quién era el que entraba en la taberna. Envuelto en una impresionante túnica negra, el mago comenzó a aproximarse a los viejos héroes. Casi todos en la posada le conocían, se trataba de Darrell, el gran archimago.