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lunes, 10 de marzo de 2014

El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Cuarta Parte

Desde su tumba de cristal Awender observaba a los dos gigantescos titanes batirse en su particular combate a muerte. Por un lado, Sirina, titán del río Cielo y por la otra parte Shiro, el dios Dragón.
Hacía horas que Darrell había dejado ese lugar, o al menos, eso le parecía a Awender, ya que en este lugar el tiempo dejaba de tener sentido. Pensaba que fuera habrían pasado ya días o quizás solo minutos; quien sabe; no disponía del conocimiento necesario para afirmarlo con certeza.
De lo que sí estaba seguro era de que no sabía si había hecho lo correcto dándole a Darrell la localización de su hija Tessa. Conocía al hechicero desde que apenas podía hacer levitar, y no sin esfuerzo, un pequeño libro y sabía que ese niño jamás pondría en peligro la vida de él o de su hija. Pero si alguien había cambiado en los últimos años, ese era Darrell. Ahora era un hombre nuevo, sabio, con conocimientos y grandes poderes; Eso no se conseguía sin sacrificios. Y él ya no confiaba en este hechicero. Por desgracia, era su única esperanza.
-Estás muy equivocado.-
Awender se giró de inmediato. En el umbral de la gran puerta que daba acceso a la sala, una figura cubierta de una túnica esmeralda avanzaba con pasos seguros.
-¿Cómo has dicho?. ¿Quién eres tú? – Awender estaba ya harto que los hechiceros entraran y salieran de este lugar como les diera en gana. Si este lugar iba a ser su tumba quería que fuese solo para él.
El extraño seguía acercándose a Awender.
-¡He dicho que te detengas!-
Cuando el extraño se acercó a una distancia suficiente se quitó la capucha que cubría su rostro. Era un hombre, alto, de la edad de Awender, con la piel tostada, ojos pequeños y pintados bajo unas finas pestañas. Todo el pelo de su cara se concentraba en una larga y fina perilla. Un lunar pensó Awender para sí mismo.
-Perdona mi intrusión Awender, mi nombre es Al-thair, sumo sacerdote del panteón del río Cielo y fiel seguidor de nuestra señora Sirina.-
Awender miró de reojo a los dos titanes.
-¡Largo de aquí!, ¡estoy harto de los tejemanejes de tu señora!. ¡Nunca saldrá de esta prisión!.-
-Cálmate, Awender, no hay necesidad de enervarse. Comprendo tu enfado y tu impotencia. Pero, sabes que Darrell no te ha contado toda la verdad, en el fondo… lo sabes–. El recién llegado hizo una pausa. -¿Quieres saberla?.-

Awender titubeó. Quería decirle al sacerdote que se largara, pero también quería saber que tenía que decir. La duda de Awender fue considerada por Al-thair como una invitación a continuar hablando. - El conjuro necesario para hacer de Tessa el recipiente adecuado. El mismo que utilizaron sobre ti. ¿Sabes cuanta gente murió antes de que acertaran contigo?.-el sacerdote no dejó que contestara. -Darrell si lo sabe. Pero claro, es vuestra única esperanza. Está claro que el hechicero ha decidido correr el riesgo. La pregunta es, ¿quieres correrlo tú?. Awender miraba al lunar. Era como escuchar de otra persona lo que él mismo pensaba. Se giró y observó a los dos titanes.

-Te voy a contar por qué os habéis metido en este lio. Algo que debía haberte contado tu “amigo”. Darrell, como todos los hechiceros, ansía el saber más que nada; el conocimiento y el poder. En esa torre suya, hacen cosas inimaginables incluso para mí, cuyo poder depende únicamente de los designios de mi diosa. En la búsqueda de ese poder, los hechiceros manipulan el espacio y el tiempo; en ese viaje le robó objetos a mi diosa, conocimientos prohibidos para los mortales porque están llenos de poder. Mi diosa quiere recuperarlos y por eso lleva tanto tiempo intentando materializarse en ese plano.-

Al-thair se acercó a Awender y alargó su brazo hasta tocarle el hombro.

-Mi señora Sirina solo busca a Darrell. No hay necesidad de poner en peligro a Tessa, ni al resto de tus amigos –

Awender se giró, bruscamente, en tensión… pero tras unos segundos su cuerpo se volvió a relajar. -¿Qué he de hacer?-.



Lady Tessa observaba el exterior, la cubierta del barco, desde el ojo de buey del camarote donde la habían encerrado.
Apenas llevaba un par de días con estos dos hombres, Raudo el pícaro y Darrell el hechicero, y fue suficiente para darse cuenta de que eran personajes con recursos. En ese tiempo, además de raptarla, habían conseguido eludir la guardia de su padre y de su prometido y todo eso mientras conseguían robar un barco.
A través de la pequeña obertura veía como el hechicero, concentrado, hacía alardes de su gran poder manejando el barco él solo y lo hacía navegar por las aguas del gran río del imperio.
Mientras lo observaba pensaba la reveladora historia que unos días atrás había contado el hechicero, palabras, que por supuesto no creía, pero sus intentos de escapar de sus captores habían siempre fracasado.
El ruido de la cerradura al abrirse la sacó de su ensimismamiento. Rápidamente se puso a un lado de la puerta.

-Lady Tessa prepárese a degustar un auténtico manjar- Raudo entraba en la sala despreocupadamente con una bandeja en las manos. La princesa aprovechó este momento para intentar huir pero no contaba con que Raudo era más rápido de lo que parecía. Con un diestro movimiento le puso el pié delante para que la cautiva tropezara.

Tras dejar la bandeja en la mesa, el pícaro se giró y con la mejor de sus sonrisas le ofreció la mano.

-Permíteme que le ayude a levantarse. Le hemos dicho que por su propia seguridad debe quedarse con nosotros.- De mala gana, Tessa aceptó su ayuda. – ¡Yo estaba muy segura en mi
palacio hasta que ustedes dos vinieron!.- A pesar de la ira de la chica Raudo mantenía la tranquilidad,-Comprendo su postura, pero debe creer lo que le decimos y, por favor, debe comer. Si le pasara algo no quiero pensar lo que Awender nos haría.- Tessa estaba enfadada pero también muy hambrienta así que aceptó comer lo que Raudo le había traído.

El pícaro la observaba mientras Tessa se tomaba rápidamente la sopa. Tenía unos ojos preciosos, no le extrañaba que esas gemas azules hubieran encandilado a uno de los hombres más poderosos del Imperio.
La chica se percató que la observaba y volvió a recuperar la compostura, tomando la sopa de manera mucho más delicada.
-¿A dónde vamos?- preguntó, después de limpiarse delicadamente los labios.
Raudo sonrió, - no lo sabemos. Lo único que conseguimos averiguar es que Awender partió en un barco unas horas antes que nosotros rio abajo. Espero que nuestro amigo sea capaz de seguir la pista de tu padre.–

De pronto unos finos hilos de niebla empezaron a entrar en el camarote. Raudo extrañado salió al exterior. La nada rodeaba al barco, apenas veía a Darrell que unos metros adelante seguía sentado y concentrado. Maldijo ya que él poco podía hacer, solo  rezar al dios embaucador para que el poder del hechicero le permitiese navegar incluso en estas adversas condiciones.



Tae miraba a su amigo y no podía creer lo que veía. –¿Si.. rina?, ¡por todos los monstruos de la mar de las tempestades!,  ¿cómo es posible?, ¡qué has hecho con mi amigo!-. El cuerpo de Awender lo miraba con asco, como si fuera insignificante, el pirata se sentía muy pequeño. – AHHh, pAReCE qUE, aL FiN y aL cabo, No eREs sOlO MUScuLOs.-. ¿Dónde demonios me llevas?-Tae alargaba la conversación mientras intentaba librarse de sus ataduras.-Espero que no le hayas hecho daños a los demás, si no, ¡juro que te echaré a la fosa de los mil océanos!-

Entonces, alguien entró en la bodega. Tae no lo conocía. Un especie de sacerdote, túnica esmeralda, de piel tostada y ojos pintados. Iba acompañado de dos guardias con sus máscaras puestas. Cuando llegó a la altura de Sirina hincó la rodilla.

-Mi señora, ya hemos llegado-

Sirina, se giró, -ExCELentE. Coged aL PriSIOnero-.

Cuando le subieron a la cubierta Tae no podía ver lo que creía. Una tenue niebla rodeaba el barco. Apenas podía ver a 10 metros de distancia. El barco avanzaba, meciéndose lentamente por las tranquilas aguas del río. A ambos lados se levantaban grandes estatuas tanto de antiguos como de nuevos dioses del mar. Tae reconoció a Davos, Lana, Abson, Shiro, Sirina... Todo el entorno era como fantasmal. De lejos el viento traía gritos hasta los oídos de Tae. Alrededor suyo los hombres de Sirina temblaban de miedo. No había duda, estaban en la zona de penumbra, un plano intermedio entre el mortal y el de los dioses, pero, en teoría, pensaba Tae, era solo una leyenda.
El barco se paró en un embarcadero.

Sirina miró a Tae. – AHoRa SoLO quEDA esPERar qUE llEQuEn Tus AMigOS-

[continuará]

viernes, 28 de febrero de 2014

El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Tercera Parte

- ¡Venga ya! – Exclamó Raudo tras recorrer atónito la desastrada taberna - ¿Es que nunca vamos a terminar de encontrarnos los cuatro? Impostores, Dioses, raptos y desapariciones... ¡Así como queréis que echemos esa partida a los dados que tenemos pendiente!

- ¡Desatadme de una vez, bribones del tres al cuarto! ¡Viles raptores! ¡Ya veréis cuando os cojan los hombres de mi padre! – Era la tercera vez que la joven Lady Tessa se libraba de la mordaza que le habían tenido que poner no sólo para evitar que su timbre de voz se clavaba en los oídos del ladrón y del mago como finos alfileres, también para evitar los mordiscos que lanzaba en cuanto podía – ¿Qué buscáis? ¿Dinero? ¿Quizás joyas por mi rescate? Pues nada de eso os será dado. Será la muerte lo que halléis. Colgados, desmembrados frente al templo de Diosa Roja, como viles cuatreros que sois. Y eso si no os encuentran antes los sirvientes de mi prometido, el hijo Sultán de Glamour. Ellos sí que os harán sufrir y desear los duros picos de los cuervos del templo clavándose en vuestros ojos. No sois más que ratas, alimañanas, ¿Qué digo? Peor aún, sois como chinches de alimañas[...]

Lady Tessa habría continuado indefinidamente con su amenazante monólogo de no ser por el leve gesto y el aún más imperceptible murmullo de Darrell. No había tenido que usar ese viejo y simple hechizo desde la época en los caminos vez que tuvo que cerrar la boca a Raudo. Pero la hija de Awender era terriblemente Tenaz y pese a tener sellados los labios, no dejaba de emitir molestos sonidos mientras su cara se teñía de un rojo cada vez más iracundo

- Se ve que has perdido práctica amordazando damas –  Comentó divertido el mago mientras - ¿En qué más has perdido práctica, embaucador?

- Créeme, todo lo demás funciona bien – Respondió el hábil embustero frotándose el dolido antebrazo por un certero mordisco de la hija de Awender - Desde luego, no se puede negar que el genio lo ha heredado de su padre. No poderla callar ni amordazada debe haberlo sacado de su madre

Lo que a simple vista hubiera pasado por ser un asalto y un rapto por parte de los Garras Rojas se había convertido en algo mucho más complicado. Tras observar con detenimiento lo que hasta ahora había sido el lujoso y seguro centro de operaciones de Raudo en Glamour, estaba claro que la cosa no era tan simple.

Una botella a medio beber. Los cuerpos abatidos, abandonados y sin registrar con sus máscaras aún la cara. El temible hacha de Tae apoyada apaciblemente tras la silla. El sarcófago que protegía el cuerpo de Awender, o más bien de la dolorosa aura mágica que brotaba del cuerpo de Awender intacta.

No, definitivamente no habían sido los Garras Rojas los que se habían llevado a sus amigos, ¿Qué había pasado entonces? ¿Era posible que esas marcas en el suelo indicasen que Awender se había levantado por sus propios medios y se hubiera marchado cargado con Tae?

Mientras Raudo observaba desde una prudencial distancia el enrojecido rostro de Lady Tessa buscando parecidos con su padre, comenzó a hablar casi sin querer. Pese a los años, el pícaro seguía siendo incapaz de mantener la boca cerrada mucho tiempo.

- Tenemos que averiguar dónde están nuestros amigos, qué ha pasado con ellos, rescatarlos de dónde quiera que estén, librar a Awender de uno de los dioses que su cuerpo alberga, pasándoselo a su hija - esa a la que acabamos de raptar y ha resultado ser la prometida del hijo del Sultán - y ya de paso salvar a media Glorantha de la devastación de la malvada Sirina – Mientras hablaba, Raudo golpeaba distraídamente con el pie la máscara de uno de los Garras Roja caídos bajo el hacha de Tae.

Y todo ello, claro está – prosiguió diciendo el truhán - mientras evitamos las centurias del Sultán, que a estas horas deben estar ya removiendo cielo y tierra por encontrar a – Raudo hizo una burlona reverencia – la noble hija de nuestro querido amigo Awender, el ejército personal de Lord Arlyan y a los Garras Rojas... Bueno, eso que sepamos. Darrell, recuérdame cómo nos hemos metido en este lío.

Raudo intentando ser ingenioso, había planteado una cuestión que hasta ahora no se había parado realmente a pensar ¿Cómo habían acabado metidos en todo este lío? Con una seriedad poco habitual en él, se giró hacía el mago. Éste ocultó su rostro un poco más entre las sombras de su túnica.

- ¿Qué es lo que ha pasado realmente aquí, Darrell? Yo tenía mi tranquila vida persiguiendo faldas en la corte, picoteando flores, un día aquí y otro allá, ¡ah! y asesorando en mis ratos libres a los nobles, cuando recibí esa carta que venía firmada por ti... Hacía casi 15 años que no había tenido noticia tuya. Será divertido volver a encontrarnos todos, me dije, y acudí a la cita. Pero no, decididamente no ha sido divertido.

Raudo continúo hablando a la par que hacía un repaso de todo lo sucedido desde que la aventura le sacara del placido retiro en el que se había albergado - Esa noche en la taberna del Paso del Dragón no fuiste tú el que apareció. Se trataba de un siervo de Sirina, la vengativa y cautiva diosa de las aguas, el que se sentó esa noche con nosotros.

El impostor nos engañó haciéndonos creer que eras tú, diciéndonos que Glorantha estaba en peligro y mandándonos a una falsa y terrible misión para distraernos. Para llevarnos lejos y que no llegaras a reencontrarte con nosotros. Y así hicimos, pero en el último momento, cuando teníamos la daga en el cuello de la Nauhel, la bella Sacerdotisa del Lago del Cielo Caído, nos dimos cuenta que todo era un farsa. Que habíamos sido engañados y que no debíamos acabar con su preciosa vida. Y lo supimos porque tú mismo habías estado en su templo poco tiempo antes y le habías dado un amuleto protector... por si acaso, nos dijiste cuando nos explicaste de qué se trataba todo. Pero las cosas nunca se hacen porque sí. Y menos cuando quién está detrás es un mago.

Después de eso seguimos buscándote mientras los Garra Roja seguían nuestros pasos. Y de nuevo uno de los siervos de Sirina logró engañarnos usando sus viles artimañas, sí deliciosas pero viles. Nos encaminamos hacia la Mina de las Cien Estaciones dónde creíamos que daríamos contigo. Pero fue con la propia Sirina con la que topamos. Con ella y con la inesperada aparición del Dios Dragón. Tras una terrible lucha entre ellos todo acabó cuando, tras tantísimo tiempo, el maldito tatuaje de Awender brilló con más fuerza que nunca atrapando a los ambos Dioses. Y casualidades de la vida, todo pasó cuando te encontrabas justo al lado.

La energía de los dos Dioses fue demasiado para Awender, que cayó rendido mientras las fuerzas que atrapa en su interior aún luchan por escapar. Y aquí estamos, en Glamour, con la hija secreta de Awender. Esa de la que nadie, salvo tu, había oído jamás hablar. Los Dioses siempre son caprichosos, pero los magos lo son aún más.

- Vamos Darrell – Dijo por fin Raudo mirándole directamente a los ojos - ¿Qué me he perdido?

- Es mejor que no sepas más, amigo – Contestó Darrell desde la oscuridad de su túnica – confía en mí y todo saldrá bien.

- Creía que el embaucador del grupo era yo. No, no iré a ningún lado contigo hasta que me cuentes lo que escondes.

Darrell conocía demasiado bien a Raudo como para saber que hablaba en serio. Meditó por un momento cómo enfrentarse a lo que tenía que contar y con voz temblorosa comenzó su relato

- ¿Recuerdas el día nos separamos para seguir cada uno con su camino? Tae añoraba sus mares y sus puertos, tú buscabas el gran engaño y las mil conquistas, Awender seguiría con sus armas y su sombría figura y yo deseaba vagar en el interior de la Torre Espiral y sus libros. Pero uno de los cuatro se alejó de su senda. No, no me mires así Raudo. No fui yo.

Fue Awender el que abandonó la senda del guerrero. Sí, durante una corta etapa de su vida colgó sus armas y las cambió por una sencilla vida aislado del mundo. Durante una corta etapa de su vida fue feliz.

Fue una casualidad la que llevó a Awender a toparse con una decena de oscuros orcos acosando, atemorizando, divirtiéndose a costa de una joven y bella mujer que se encontraba sola y asustada, bañándose en el interior de una poza. Desde el borde, los orcoides emitían sus intimidantes gritos sabedores de su efecto, lanzaban piedras y amagaban a la joven con sus lanzas.

Awender, sin dudarlo, se lanzó a salvar a la hermosa dama acabando en un instante con sus atacantes. Cuando lo hizo, ella salió de las aguas. Desnuda, hermosa y agradecida. Y Awender no pudo hacer otra cosa que enamorarse de ella.

Pero Dero no era una mujer cualquiera. Era una Nereida, una ninfa del agua. Y pese a que pertenecían a mundos distintos, juntos vivieron una historia de amor. Ella abandonaba las aguas a las que pertenecía todas las noches para reunirse con él – No puedo quedarme más allá del amanecer, es mi naturaleza - le decía siempre antes de desaparecer en las aguas.

Pasaban la noche en la pequeña cabaña que el guerrero había construido junto a la poza. Fue allí donde concibieron y nació Lady Tessa – Al oír su nombre, la muchacha palideció de golpe - Una niña preciosa, completamente humana, que no podía vivir en las aguas de su madre.

Dero debía abandonar cada día a su amor y a su hija y volver a la poza. Hasta que un día no lo hizo – Entiéndelo – decía cada día con una tonalidad más grisacea – No puedo alejarme de vosotros, aunque enferme por ello. Durante una luna estuvo en tierra firme, sin separarse de Awender ni de la pequeña Tessa.

Pero Dero tenía que volver a las aguas si no quería morir. Debía volver aunque solo fuera un día para recuperar su vitalidad. Así lo hizo. Cuando cayó la noche Awender fue a buscarla a la poza. Pero lo que encontró fue su cuerpo inerte flotando en ella.

Fue entonces cuando Awender vino a buscarme. Venía cargando con el cuerpo de su amada y con su pequeña y preciosa hija. Quería que le devolviera a la vida, pero yo no podía. Nadie podía. Hice lo imposible, pero Dero era una criatura de las aguas y ningún mortal podía devolverla a este mundo.

Leí las estrellas, estudié nuevos hechizos, recorrí la senda que no debí nunca emprender para intentar traerla de vuelta pero lo único que vi fueron avisos, advertencias. No sobre la madre, que ya nada se podía hacer por ella, si no por la hija.

Nadie debía saber de su existencia, nadie debía relacionarla con su madre, su padre, con nosotros... Intenté averiguar de mil maneras distintas el porqué de las advertencias, pero nada me era revelado, los Dioses no lo permitían.

Incapaz de saber más sólo había una cosa clara, la niña debía crecer en el total anonimato. Nadie debía saber jamás nada de sus orígenes. No fue fácil convencer a Awender de que debía abandonar a Tessa, su hija. Debía hacerlo por el bien de Glorantha, por nuestro bien y sobre todo por la seguridad de su hija. Debía alejarse para siempre, y al final logré convencerlo.

La niña fue entregada en una de las llamadas casas de acogida de Glamour, una institución a medio camino entre un orfanato y un mercado de esclavos. Allí fue donde creció hasta que fuera comprada por Lord Arlyan. Awernder y yo prometimos no visitar ni tener contacto jamás con la niña. Yo cumplí nuestro pacto, e hice todo lo posible por no saber nunca más de la niña. Él en cambio nunca llegó a cumplir la promesa. Siempre cuidó y preocupó de ella desde la distancia, la vigilaba, seguía sus pasos...

- Mmmm – Fue la callada exclamación de Lady Tessa ante las revelación de Darrell. Raudo y ella miraban al mago con incredulidad hasta que Raudo irrumpió  – Y ¿Qué tiene todo esto que ver con Sirina?

- Todo – Darrell se quitó la capucha y agachó la cabeza – Todo tiene que ver con Sirina y todo es mi culpa. Culpa mía, sólo mía. De mi ego, de mi curiosidad, de mi ansia por saber más allá de lo que nos está permitido.

Nunca dejé de pensar en Awender, en Dero, en la pequeña Tessa… pero sobre todo en porqué no me estaba permitido saber más allá de esas advertencias. Todos estos años de estudio en la Torre Espiral han estado siempre orientados a averiguar por qué había que esconder a la niña, qué había detrás. Quería descubrir la verdad que se me había negado anteriormente por todos los cauces. Quería saber hasta dónde podía llegar.

Como mi impostor os contó en la taberna, he estado todo éste tiempo estudiando los entresijos que unen tiempo y materia. Si no había otra manera había decidido que yo mismo tiraría de los hilos, jugaría con ellos para ver lo qué pasó y lo que está por pasar, jugaría a ser un Dios. Y así, explorando nuestro plano del tiempo algo inesperado ocurrió.

En mi viaje descubrí la razón que hacía volver cada amanecer a Dero a la poza. Dero era una nereida de Rio Cielo, una sirviente de Sirina. Debía volver a la poza todas las noches, no sólo por su naturaleza acuática, también por no despertar la ira de su ama, a la que debía rendir pleitesía cada noche.

Pero cuando Dero tras dar a luz decidió no volver a la poza, Sirina notó su ausencia. Durante una luna Sirina esperó paciente su vuelta. No le importaba esperar el tiempo que hiciera falta para castigar ofensa ya que
siendo una Nereida, Dero debía volver alguna vez a su poza si no quería morir.

Cuando al fin Dero apareció en las aguas, la enloquecida Sirina pidió explicaciones, pero Dero no dijo nada – Ha sido un error, mi Diosa, nunca más volverá a pasar, perdóname dijo – Pero de sus labios no salía nada más, por mucho que la terrible diosa le preguntaba. Debía proteger a su hija y a Awender aunque eso significase enfadar aún más a la cautiva Diosa.

Cada vez más iracunda Sirina golpeaba a Dero, buscando una explicación, castigando su osadía, repitiendo sus preguntas una y otra vez… Vi como Dero dio su vida para proteger a Tessa, su amada hija, a Awender, su amado hombre.

Y entonces sucedió lo inesperado, mientras observaba este hilo del tiempo, Sirina me descubrió espiando, observando su historia. Mirándome a los ojos supo de la existencia del amor de Dero por un humano y su traición, y supo también del fruto de su amor, Tessa.

Yo intenté ocultar mis pensamientos, pero su poder era inmenso y apenas pude crear un laberinto de imágenes con el resto de mis recuerdos, mis aventuras para confundirla… Mezclé la historia con la del resto de mis amigos, con las vuestras, para proteger a Awender, a Tessa. Y para hacerlo os he puesto en peligro a todos.

Escapé como pude de las garras de Sirina. Volví, al borde de la muerte a nuestro plano, a nuestro tiempo. Intenté avisaros sobre el peligro que nos acechaba, unirnos de nuevo para intentar solucionarlo, pero ella se me adelantó. Ahora Sirina busca a la hija de Dero.

Ahora sé porqué se me negaba saber.

***

Tae despertó con la agradable sensación de sentirse mecido por las aguas. Durante un instante pensó que se el dolor de cabeza que era debido a alguna buena borrachera que se había ganado a pulso en alguna travesía con su galeón y sonrió orgulloso. Pero al intentar llevarse las manos a la cabeza, se dio cuenta que estaba atado. Abrió los ojos extrañado, para encontrarse frente a él la realidad, con la forma de Awender.

Algo desorientado y extrañado le observó un instante. Vestía una larga túnica roja, a juego con esa ola de energía que le envolvía, cada vez con un color más brillante, cada vez más grande.

- Rápido Awender – le apremió tras ver que no había nadie más en la bodega -  desátame y tomemos el barco.

- ¿QUieRes… dEJar dE lLAmaRMe AsÍ? - AÚn nO TE haS dADo cUEntA… De qUiÉN SoY? Tú MEjoR qUE NAdiE, MarINERo, DEberIA SaberLO. tÚ MEjoR qUE NAdiE, MarINERo… DEberIA SABer A dÓNde NaVEGaMoS

viernes, 21 de febrero de 2014

El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Segunda Parte

- ¿Lyra? ¡Lyra! ¿¡Dónde te has metido!?
La chillona voz de Lady Tessa amenazaba con hacer trizas las delicadas copas de cristal que Lyra colocaba con calculado mimo sobre cada una de las mesas.
- Ah, estás ahí… - Lady Tessa caminó hasta ella, con paso rápido y vigoroso. Sus cabellos tintados de un imposible blanco y recogidos en un aún más imposible tocado daban a Lady Tessa ese aspecto inhumano que tan de moda se había puesto entre la casta pudiente de Glamour. Sus ojos azules, que podían ser tan amables como fríos, se clavaron en los de la criada de gesto pacífico.
- Mi señora, estaba terminando de supervisar las copas para el convite. He tenido que sacar las de cristal de Myr, ya que las que mandó traer desde Buen Puerto aun no han…
- ¡Es igual! ¡No importa! – el tono de reproche en la voz de su ama dejó claro a Lyra que había otra cosa que la importunaba aún más - ¡Mira ésta monstruosidad!
Para ilustrar sus palabras, la joven noble retiró parte de la tela que envolvía su cuello de cisne no sin antes mirar para ambos lados, asegurándose que no había nadie más en los jardines traseros de la mansión que pudiese ser testigo de ese "horror". Lyra, que pese a su juventud no gozaba de buena vista, afinó la mirada tratando de ver algo.
- Mi señora, no veo que…
- ¡¿Es que no lo ves, estúpida?! – con los dedos, Lady Tessa bajó un poco más la tela, dejando al descubierto un diminuto sarpullido, probablemente provocado por alguna clase de chinche. - ¡Mira que monstruosidad!
- Mi señora, es sólo una picadura… - Lyra suspiró, tratando de calmar a la joven noble de uno de sus habituales berrinches. – Apenas se ve, se lo aseguro…
- ¿Que apenas…? – dio un par de pasos hacia atrás, separándose de la criada y dedicándole una mirada que mezclaba desprecio y prepotencia a partes iguales: dos cosas a las que Lyra estaba ya más que acostumbrada. - ¡Cómo se nota que la tuya es una casta inferior! Puede que para las de tu clase, una… una abominación como ésta no importe a la hora de retozar como animales con algún bruto campesino en los establos...

Avergonzada, Lyra bajó la vista mientras Lady Tessa caminó hasta la balconada del jardín. Su mirada se desvió con un halo de ensoñación hasta una de las torres más espectaculares que destacaban entre los techos y cúpulas de Glamour.
- Pero cuando la  más codiciada de las doncellas de la casta noble de la capital va a entregar su más preciado tesoro al hombre más influyente, rico y apuesto de todo el Imperio… - dejó escapar un sincero suspiro antes de continuar. – Entonces lo mínimo que se exige a dicha doncella es una belleza perfecta. - se dio la vuelta y pasó por delante de la criada, no sin antes mirarla con renovado desdén. – Pero, ¿qué puede entender una simple criada de tales menesteres? 

Y durante un segundo, los ojos de ambas mujeres se encontraron. Las dos tenían más o menos la misma edad. De hecho, aunque Lady Tessa hubiese tenido a bien olvidarlo, lo cierto es que ambas llegaron juntas al palacio de Lord Arlyan, hacía ya más de veinte años. Por aquel entonces, aquel general veterano de mil guerras era ya lo bastante mayor como para no dejar descendencia. Y su última mujer había muerto dándole tan sólo tres varones, a cada cual más decepcionante e inútil que el anterior. Aquello lo había forzado a buscar entre los hospicios de Glamour, rebuscando entre las docenas de críos a quienes sus familias abandonaban en la calle. Críos como Tessa y Lyra. Ninguna de las dos recordaba a sus padres y aunque no eran hermanas, la amistad entre ambas era tan fuerte en aquella época que ni el enviado de Lord Arlyan tuvo el valor de separarlas. Así, ambas acabaron viviendo en el hogar de uno de los nobles más poderosos de Glamour (y todo el Imperio Lunar).

- … me has oído?
La irritante e indignada voz de Lady Tessa trajo de vuelta a Lyra de aquel viaje por el pasado.
- Sí, señora. – mintió la servicial criada, apretando los dientes.
- Muy bien… Estaré en mis aposentos - la joven noble regresó al interior del palacio, perdiéndose tras unas hermosas cortinas de color púrpura. Su voz se dejó escuchar a través de ellas al tiempo que sus pisadas se alejaban. – Que no se me moleste hasta la hora de la cena…

Lyra permaneció allí, de pié, mirando las mesas que había repartidas a lo largo y ancho del jardín. Las contempló con la amargura de saber que todo aquello bien podía haber sido suyo. La providencia las había sacado a Tessa y a ella de las calles, si. La misma providencia que hizo llegar a Lyra a su nuevo hogar padeciendo terribles fiebres. Aquella muestra de debilidad hizo pensar al anciano general que la otra chiquilla – que parecía hacer gala de mejor salud – era la idónea para convertirse en su heredera. Contra todo pronóstico, Lyra sobrevivió a las fiebres. Para entonces ya era tarde: Tessa ya había sido presentada en sociedad. Fue la propia Tessa quien impidió que Lyra fuese devuelta a las calles, convirtiéndola en su criada personal desde tan temprana edad. Con el paso de los años, esa excusa que sirvió para salvarla de las calles acabó convirtiéndose en una terrible realidad. A Lyra le costaba recordar en qué momento la amistad infantil dejó paso a la conciencia de clase de la que hacía gala Lady Tessa. Y lo cierto era que a día de hoy no quedaba absolutamente nada de la niña impetuosa, valiente y bravucona que tantas veces había protegido a Lyra en los difíciles tiempos del hospicio.

- Maldita niña mimada… - la criada dejó escapar las palabras con un rencor fermentado durante años, mirando con desprecio la delicada copa de cristal que sostenía entre los dedos. – ¡Maldita zo…!

Había alzado el brazo para estrellarla contra el suelo y dejar que su destrozo pagase su frustración y desprecio. Sin embargo fue otro sonido de cristales al romperse el que frenó el gesto de Lyra. Ésta giró la cabeza, fijando la vista en el ventanal de la tercera planta del torreón que rodeaba la propiedad. A través de la cristalera del mismo, tres figuras enzarzadas en combate cayeron a plomo. Las dos primeras, enfundadas de arriba abajo en extraños ropajes negras golpearon con dureza el suelo: sus cuerpos se quedaron ahí, tendidos inertes y con sus rostros ocultos bajo máscaras que representaban alguna clase de demonio o criatura similar.

La tercera figura fue la única en caer de pié, incorporándose sobre una de las mesas del convite nupcial tras destrozar con su aterrizaje parte de la carisima colección de copas de Myr de Lady Tessa. Aunque pintaba canas y su gesto jovial estaba marcado por más arrugas de las que le hubiera gustado lucir, la sonrisa de aquel hombre consiguió sonrojar a la sorprendida criada.

-  Señorita… - Raudo hizo un gesto a modo de caballeroso saludo dedicado a la atónita Lyra.
-  ¿Qui… quien…?
Nadie que quiera dañarte.

La segunda voz venía de su espalda: una voz marcada por la edad, con un leve tono de cansancio. A través de la misma puerta por la que antes había salido Lady Tessa, un misterioso encapuchado la contemplaba. Una nubecilla de vapor terminaba aun de desvanecerse, dejando claro que el conjuro de invisibilidad había dejado de funcionar. Vestía una túnica de color gris y sus rasgos permanecían ocultos bajo la amplia capucha.
- ¿Qué…? – Lyra esgrimió la copa ante él como si con ella pudiese hacer frente al misterioso anciano. - ¿Qué queréis?
- No queremos hacerte daño… - Darrell dio un par de pasos hacia delante. – Sólo hemos venido por Lady Tessa.

Lyra miró a los dos en silencio. Mientras, Raudo recogía sus dagas, clavadas ambas en el pecho de cada uno de los dos asesinos enmascarados; el hechicero comenzó a invocar mentalmente un sencillo conjuro de persuasión. Prefería reservar energías para más adelante pero no tenía tiempo para lidiar con una fiel sirvienta que estuviese dispuesta a dar la vida por su...

- La encontraréis en la segunda planta, tercera cámara a la izquierda. – Lyra señaló con la copa uno de los muros que rodeaban la suntuosa propiedad. – Si os dais prisa puedo despejaros la salida del servicio. – Lyra se encaminó en esa dirección bajo la atónita mirada de Darrell. – Distraeré a los guardias el tiempo suficiente como para que podáis escapar con ella. - La criada los miró por última vez antes de desaparecer tras una esquina. - ¿A qué esperáis? ¡Daos prisa!

Darrell aun estaba petrificado por la súbita respuesta de la joven criada cuando notó la mano de Raudo en su hombro.
- Hay que reconocerlo, Darrell… - comentó orgulloso. – Ni mi sonrisa más encantadora puede convencerlas tan rápido como tus conjuros.
- Sí… mis conjuros… - comentó Darrell, convencido de no haber terminado el conjuro de sugestión.
- Aunque también hay que reconocer que la hija de Awender no se lo ha montado nada mal… - el embaucador paseó la vista a través de los suntuosos jardines y la hermosa fachada del palacio, dejando escapar un silbido de aprobación. – Si llego a saber que el viejo Awender tenía una hija tan bien posicionada…
- Vamos. – Darrell sentía que Raudo empezaba a sentir demasiada curiosidad sobre la joven que habían venido a buscar. Y el veterano hechicero bien sabía que ciertos aspectos de la historia de la chica era mejor mantenerlos ocultos de momento. – Tenemos que darnos prisa. – señaló los cuerpos de los asesinos enmascarados. – Si ellos nos han encontrado, puede que también hayan dado con Tae.
- No te preocupes por él… Esa posada donde lo dejamos vigilando el cuerpo de Awender es mi refugio de confianza aquí en Glamour. - comentó Raudo desenfadado. – ¡Te apuesto medio lunar de oro a que ese buey de mar anda ahora saqueando mi reserva de licor y cantando viejas canciones pirata!

***

- ¡Muere, aborto de ballenato bicéfalo! – gritó Tae con el rostro desencajado por la furia homicida. - ¡¡MUERE!!

El hacha se hundió por enésima vez en el torso de su adversario. El golpe fue suficiente como para que aquella mole de dos metros quince se desplomase hacia atrás. El sonido de los muebles rompiéndose, el choque del metal y los gritos de furia y dolor habían dejado paso al más mortal de los silencios. Jadeante, Tae miró a su alrededor, cortando el aire con su hacha. La luz del exterior se filtraba por las pequeñas grietas que dejaban al descubierto los tablones que cegaban las ventanas de la taberna. Una propiedad que Raudo había adquirido hacía años y que le servía de cubil para cierta clase de transacciones… de dudosa naturaleza. Ahora, el interior del local – que gozaba de todas las comodidades – hacía justicia al aspecto abandonado y destrozado que mostraba su fachada.

Pero Tae no pensaba en lo que diría su viejo camarada al ver su refugio en semejante estado. Se limitó a reír, triunfante, sintiendo el calor de la sangre que manchaba su semblante.

- ¡¿Nadie más?! – miró desafiante a su alrededor: dos docenas de cuerpos se apilaban en el suelo, todos ellos enfundados en esas ropas de color negro y luciendo aquellas máscaras demoníacas. - ¿¡Ninguno de vosotros – escoria bastarda de una sirena podrida – quiere un segundo asalto!? – Tae aguardó unos segundos a que los cadáveres diesen su improbable respuesta. - ¡JA! Ya me lo imaginaba…

Con paso torpe, sintiendo el dolor de las múltiples heridas que aquellos misteriosos asesinos habían conseguido infligirle, Tae caminó hasta la barra. Apartó uno de los cuerpos, dejándolo caer pesadamente al suelo, y estiró el brazo lleno de cortes para alcanzar la botella que había dejado a la mitad: probablemente aquellos asaltantes habían entrado por el tejado, lo que les había permitido pillarlo por sorpresa antes de poder dar cuenta de aquel delicioso licor de miel.

 A vuestra salud… - Tae llevó la botella a sus labios, dispuesto a saciar la inevitable sed que siempre seguía a la batalla. 
Pero algo le detuvo.
Había alguien a su espalda. ¿Un último atacante? Probablemente. Tae contuvo la respiración un solo segundo y, con un movimiento brusco, se dispuso a sacrificar su último trago con tal de estrellar la botella contra la cabeza de su asaltante. Pero su brazo apenas había realizado la mitad del viaje antes que una mano firme y fuerte lo tomase por la muñeca, frenándolo en seco. Un movimiento rápido de un arte marcial - que Tae no hubiese podido pronunciar incluso de haberlo reconocido - acabó por voltearlo y dejarlo en el suelo, tendido sobre él.

- ¡Por todas las…! – los dedos de Tae llegaron a tocar la empuñadura de su hacha… pero se detuvieron al reconocer las facciones de su atacante. - ¿A… Awender?

Estaba de pie, delante de él. Envuelto en la penumbra de la taberna, podían verse pequeños fulgores de luz rojiza que emanaban de las grietas que cubrían la piel del viejo asesino… como si alguna clase de fuerza estuviese creciendo dentro de su maltrecho cuerpo.

- No… puedo… dejar… que lo hagáis…
- ¿Qué…?

Pero Tae no llegaría a terminar la pregunta: un brusco golpe, tan certero como eficaz, dejó fuera de combate al viejo señor de los piratas.

viernes, 14 de febrero de 2014

El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Primera Parte

Awender despertó sobre un frío suelo de piedra. Todavía sentía las heridas de la batalla en la que acababa de participar; estaba magullado y apenas podía mover el brazo derecho. Se levantó y miró a su alrededor. La noche terminaba y despuntaba el alba. Se encontraba en un campo yermo, miró al cielo, las estrellas comenzaban a desaparecer, estrellas que no reconocía. Volvió la vista a la tierra para observar a lo lejos una reluciente construcción. Decidió andar hacia ella.
En un primer momento le había parecido  que se encontraba a varios días de viaje pero para su sorpresa en unos minutos se encontraba delante de un inmenso palacio de marfil y cristal. El castillo estaba enclavado en lo alto de un risco y solo se podía acceder a él a través de un reluciente puente.
El guerrero avanzaba por las desnudas y amplias estancias del palacio mientas ascendía por inmensas escaleras. Sentía la necesidad de que tenía que encontrar algo entre esas paredes aunque no sabía decir exactamente el qué. Entonces llegó a lo que parecía la sala del trono. Una estancia más grande que el resto, con unos pilares tan altos como montañas y una paredes tan relucientes que el guerrero se reflejaba en ella. El asesino andaba por la sala, el sonido de sus pasos rebotaba contra las paredes lo que hacía creer a Awender que no estaba solo. Una gran balconada al final de la sala permitía ver la vista que se escondía detrás del palacio; un inmenso lago de agua cristalina donde en ese momento y a lo lejos los dos dioses que Awender conocía muy bien seguían luchando.
- Buenas noches, viejo amigo - Awender reconoció inmediatamente la voz que venía detrás de él y se giró con una mueca de alegría en su rostro. 
- Darrell. Me alegra verte -. 
Sin duda el más joven de los compañeros era el que peor había envejecido. Cierto que aún conservaba algunos rasgos de aquél  enjuto y aniñado joven que era Darrell en el momento de su primer encuentro  pero también era cierto que estos rasgos quedaban ocultos la mayor parte de las veces por la cantidad de arrugas que tenía en la cara y en las mano y su pelo encanecido. Detalles que no pasaban desapercibidos a Awender.
- ¿Te encuentras bien, niño? - Ambos se fundieron en un fuerte abrazo. - Te encuentro bastante desmejorado.-
Darrell sonreía, con un gesto de la mano invocó dos sillas de cristal e invitó a su amigo a tomar asiento. 
- En los últimos años he estado estudiando y lidiando con magias muy peligrosas. Fuerzas de la naturaleza que agotan el alma y el cuerpo. Pero me encuentro bien.-
Tras unos segundos de silencio. Awender soltó la pregunta que le recorría la cabeza desde el momento en que se despertó.
- ¿Estoy muerto?-
- Si por muerto te refieres a que tus días de dolor y lucha han acabado me temo que la respuesta es no.
El asesino miraba la estancia. Aunque nunca lo reconocería, guardaba la esperanza de que ese último acto heroico hubiera servido para acabar con la amenaza de los dos dioses y ya de paso purgar muchos de sus antiguos pecados.
Darrell volvió a romper el silencio. -¿Reconoces el sitio?-. Awender dudó por un momento y Darrell continuó hablando. -Esta fue la morada del Innominado durante decenas de años, aquí luchamos y vencimos a los seguidores del dios Moander. Sin duda nuestra más legendaria herencia.- Awender miraba a su amigo. Sin duda conocía el sitio pero era como si su mente hubiera necesitado de una pequeña ayuda para recordarlo. Eso le desconcertaba; y el desconcierto le enfadaba.
- ¡Que haces aquí Darrell!. Tenemos encerrados a Sirina y Shiro. Ningún daño pueden hacer ya.-
Darrell miraba fijamente a su amigo. -Te mueres compañero. Ningún humano puede aguantar la esencia de dos dioses, ni siquiera tu. Y cuando mueras...-, - se volverán a liberar - Awender acabó la frase.
- Necesitamos encontrar a alguien que comparta contigo la carga -Darrell no paraba de mirar fijamente a su amigo.
- ¡Alias!- Awender lo dijo con la certeza de alguien que da con la solución de un problema.
- Alias está muerta, amigo mio-
-¡Es verdad!-. Awender se reprochaba no recordar eso. Se tapó la cara con ambas manos. - ¿que me está pasando, Darrell?. 
-Es este sitio. Igual que le pasó al Innominado, afecta a tus recuerdos. Por eso debemos darnos prisa. Debemos encontrar a la otra persona que puede ayudarte a sobrellevar esta carga y así liberarte de esta cárcel.-
Entonces Awender comprendió a quién se refería Darrell y fue como si cien dagas le atravesaran el pecho.
El guerrero se levantó de su asiento tirándolo al suelo. - ¡Jamás!, ¿te enteras?, ¡JAMAS! - 
El hechicero miraba impasible como su amigo le miraba apuntándole con el dedo, con un rictus de odio en la cara. 
-¡No me he pasado los últimos años de mi vida protegiéndola para que ahora los de tu calaña le pongan la mano encima!-.
Darrell siempre había intuido el odio que Awender sentía por los hechiceros, desde luego entendible, sobre todo, a partir de lo que descubrió con el tatuaje. Y al fin y al cabo, aunque su amigo, él era uno de ellos.
-Awender, ten en cuenta... -. -¡NO!, ¡escúchame bien!. ¡No digas nada, no quiero que me engatuses con tus hechizos!- Awender cogió la silla tirada en el suelo y la lanzó contra Darrell. Esta, atravesó la figura del hechicero estrellándose y rompiéndose en mil pedazos contra la pared.
Awender cayó de rodillas. El odio y la impotencia recorrían su cuerpo. Golpeó con su manos desnudas el brillante suelo de la sala hasta llenarlo de rojo sangre. Darrell se acercó y le puso la mano en el hombro a su amigo.
- ¿Por qué ella Darrell?-
- Es tu hija Awender, comparte tu maldición. Ahora mismo ella es la única esperanza de Glorantha-
Awender se volvió a levantar y miró fijamente a los ojos azules de su amigo.
- Prométeme que vivirá -
- Os prometo que, ambos, viviréis -
Awender miró al infinito, hacia la encarnada lucha de ambos dioses.
...
Tae y Raudo observaban atónitos los cuerpos de sus dos amigos. Ambos sentados en sus respectivos asientos dentro de un círculo de velas. Solo habían pasado un par de días de su encuentro con Darrell y unas cinco horas desde que el hechicero entró en trance. Desde entonces ningún gesto, ningún movimiento hasta que de pronto y sin previo aviso, Darrell volvió a abrir los ojos y sonriendo se dirigió a sus amigos.
-  Recoged las cosas, partimos hacia Glamour -
[continuará]

viernes, 6 de septiembre de 2013

El Fiero Paso del Dragón - La Búsqueda - Conclusión

- ¡Mil millones de tormentas! – Tae había agarrado las cabezas de aquella pareja de sucios servidores de Sirina, chocándolas entre sí con fuerza suficiente como para que ambos cayesen al tembloroso suelo de la caverna. Luego buscó con la mirada a sus compañeros. - ¡Este barco se hunde!

- Estamos preparados para morir por nuestra ama y señora… - la afiladísima hoja de aquella extraña espada de metal negro chocaba una y otra vez con “dazzle” y “stone” mientras Awender, en total silencio, mantenía a raya a su insidioso adversario - ¿Podéis decir vosotros…?

Antes de poder terminar su discurso, un gigantesco tentáculo cenagoso lo aplastó, llevándose consigo la mayor parte de la cornisa sobre la que Awender y él habían estado batallando.

- ¡Awender! – Tae sintió como sus brazos reaccionaban de forma instantánea al ver como su compañero perdía el equilibrio: el colosal tentáculo había desmoronado toda una sección de la gruta. El viejo pirata aferró por una de las muñecas a Awender, quien apenas pudo contener una punzada de dolor al sentir como la inercia rompía ligamentos musculares de su brazo. Ni el más duro entrenamiento como asesino había logrado hacerle invulnerable a la edad. - ¡Sujétate fuerte, por Orlanth!

Awender pendía a metros y metros de altura, viendo como las rocas de la cornisa se precipitaban contra el lago subterráneo donde dos dioses batallaban, provocando con cada uno de sus titánicos golpes el desplome de toda la montaña.

- Tus amigos están perdidos… - las sinuosas formas de aquella bruja embaucadora se intuían a través de los pliegues de sus empapadas ropas. El sentido común de Raudo trataba de concentrase en su peligrosa situación y no en las curvas de su adversaria. Las palabras de la bruja ayudaron. – Esta será nuestra tumba. Pero estamos preparados para morir por Sirina.
- Marenna, marenna… - Raudo esquivaba sus ataques, intuyendo que las uñas de esa embaucadora estarían impregnadas de algún siniestro veneno. - ¿Después de todo lo que compartimos? ¿Después de todas esas promesas de amor que nos susurramos…? – con un movimiento tan rápido como inusual para alguien de su edad, Raudo se colocó tras ella y clavó su cuchillo entre sus costillas provocando un impacto letal. – Siempre supe que acabaría rompiéndote el corazón.

Raudo empujó el cuerpo de la traicionera bruja, sacando el cuchillo de su cuerpo y dejándolo caer al fondo del lago. Pero la sonrisa irónica del bribón no duró mucho: con el sonido de lo que a Raudo se le antojó el ruido de dos montañas haciendo el amor, contempló como las figuras entrelazadas de los dos colosos se precipitaban sobre él.

- ¡Hora de no estar aquí! – Sus pies y manos olvidaron por un segundo que los años habían hecho mella en sus huesos y Raudo escaló a toda velocidad los riscos de piedra. Acababa de alcanzar uno de los túneles de salida cuando los titanes cayeron de nuevo sobre el lago levantando otra enorme ola, intensificando el temblor y provocando nuevos desprendimientos. Sus rugidos rivalizaban con los quejidos de la pobre montaña. Cubierto de grava y polvo, Raudo tosió apartando algunas de las rocas que le habían caído encima. Se frotó los ojos sin poder creer que, de nuevo, la suerte había sonreído al truhán. Uno de los últimos desprendimientos había despejado el acceso a un túnel paralelo. Y en él, una de esas veloces vagonetas de factura enana contemplaba a Raudo como si fuese una bendición de los dioses. Con una mueca agradecida, miró al inestable techo de la gruta y susurro – Sabía que la dulce Assanti, protectora de los tramposos, no abandonaría a su devoto servidor.

- ¡¡Raudo!! – el grito de Tae se dejó sentir por encima incluso del rumor de los dioses batallando. El truhán vio como el fornido pirata apenas podía seguir sosteniendo a Awender: el suelo de la cornisa había cedido y el propio Tae había tenido que agarrarse a uno de los resquicios para no compartir el destino de su compañero.

Raudo se dispuso a llegar hasta ellos. Pero en su pelea contra Sirina, el dios dragón no estaba teniendo su mejor día. Demasiado tiempo de aislamiento habían limado su fiereza primigenia: los tentáculos del terrorífico kraken lo envolvían y, en un desesperado acto de cólera, abrió sus fauces dejando que un torrente de fuego fundido decorase los muros de la gruta. En el proceso, convirtió gran parte de la roca en cristal… dejando a Raudo sin posibilidad de alcanzar a sus amigos.

- ¡Márchate! – Awender gritó a Tae, sabiendo lo imposible que sería convencer al tozudo pirata.
- Condenado lunar… - apretaba sus dientes al tiempo que sus músculos parecían a punto de estallar por el esfuerzo - ¡Que me cuelguen del palo mayor si dejo que mueras!
- Si no me sueltas… ¡moriremos los dos!

Tae estaba a punto de invocar una de sus célebres blasfemias cuando la tela de la camisola de Awender cedió. El asesino mantuvo los ojos abiertos al sentir como la gravedad reclamaba su cuerpo. Vio como Tae gritaba su nombre, aunque no pudo oírlo. El rugido de los dos dioses iba siendo más y más ensordecedor a medida que caía. Poco antes de sentir el impacto contra el agua, Awender vio como su tatuaje brillaba.

- “El maldito tatuaje. No brillaba desde…”

El pensamiento terminó de una forma tan abrupta como el impacto contra el agua. Para él todo se volvió oscuro.
Para sus dos compañeros, sin embargo, fue todo lo contrario: un estallido de luz azulada lo envolvió todo, consiguiendo que incluso dos furibundos dioses cesaran su pelea durante apenas un instante. El mismo tiempo que duró la ceguera de Raudo y Tae. Cuando su sentido de la vista regresó, aquellas dos colosales moles habían desaparecido. Awender, sin embargo, yacía tumbado sobre la superficie del lago, envuelto en un aura azulada.

- ¡¡Awender!! – los brazos de Tae se movían por los resquicios de roca, ejercitando una rutina parecida a la entrenada durante años de subidas y bajadas por escalas de innumerables barcos. Chapoteando a través del lago, alcanzó el cuerpo inerte de su compañero de aventuras. - ¡¡Viejo bastardo, abre los ojos!!

Pero el tacto de la piel de Awender era frío, probablemente a causa de esa extraña aureola azulada que lo envolvía. Tae salió del agua, esquivando las rocas que llovían del techo, cada vez más grandes.
- ¡Aquí, Tae! – Raudo agitó la antorcha guiando los pasos de su compañero hacia el hueco abierto en el resquebrajado muro de la caverna.
- Es Awender… - el brusco pirata acomodó como pudo el cuerpo de su amigo en el interior de la vagoneta, la cual quedó iluminada bajo esa luz azulada. – No sé que…
- ¡Ya lo averiguaremos luego! – todo se venía abajo y el sentido de supervivencia de Raudo le gritaba que la montaña estaba a punto de colapsar.  Y presionando las runas de activación, gritó – Próxima parada… ¡el exterior!

***

Con el rugido sordo de la montaña entonando su canto del cisne, la figura envuelta en la túnica púrpura alzó la mirada. Se encontraba lo bastante cerca como para sentir el temblor del suelo aunque a esa distancia los fragmentos arrastrados por el desplome de la colosal mina no lo alcanzarían. Conocía bien el terreno. Había pasado meses estudiándolos.

Fue entonces cuando el encapuchado escuchó el chirriar del metal contra los raíles, seguido de una pequeña explosión de piedra y gravilla. Reventando el acceso sellado por tablones de un viejo túnel, una vagoneta sin control salió disparada como el virote de una ballesta. Tras innumerables tumbos, el improvisado salvoconducto que había permitido escapar a Tae y Raudo quedó volcado bocabajo, con las ruedas girando con la inercia de la carrera.

- Yo maldigo a todos y cada uno de los dioses… - murmuró un dolorido Raudo mientras se escabullía de la siniestrada vagoneta. Se incorporó, acariciando sus lacerados brazos y piernas. - ¿Estás bien, pirata de agua dulce…?
- Sí… - un aturdido Tae sacó a rastras el cuerpo de Awender, aun inerte y recubierto por aquella parpadeante burbuja de energía azulada. – Pero no puedo decir lo mismo de nuestro amigo.
- Que me maldigan tres veces… - Raudo se aproximó y tomó con cuidado el brazo de Awender. El viejo truhán puso una mirada mortalmente seria, dejando claro a Tae que aquello eran malas noticias. – Es el condenado tatuaje de donde brota la energía.
- Y eso no es todo… - Tae escupió y realizó un gesto de protección contra malos augurios. – Esa especie de aura…  
- Sí. Está creciendo.

La voz del recién llegado los hizo reaccionar como activados por un resorte bien engrasado. Tae se incorporó tomando una enorme roca entre las manos, a modo de improvisado proyectil. Raudo se llevó la mano a su daga. Pero ninguno de los dos llegaría a lanzar ataque alguno.

- No puedo decir que haya salido como pensaba… - el encapuchado alzó las manos en gesto apaciguante. – Pero reconozco que pudo haber sido mucho peor.

El misterioso personaje retiró su capucha y la sorpresa hizo que tanto Raudo como Tae dejasen caer sus armas. Pese a la edad, aquellas facciones conservaban el mismo aire aniñado e inocente que conocieron años atrás.

- El cuerpo de Awender fue diseñado para contener a un dios… no a dos. - dijo Darrell sin ocultar su tono de preocupación. – Si queremos salvar a Awender y a toda Glorantha, vamos a tener que darnos prisa.

viernes, 30 de agosto de 2013

El Fiero Paso del Dragón - La Búsqueda - Tercera Parte

A medida que las burbujas iban ascendiendo a la superficie del lago se alzaban olas que avanzaban al lugar donde Raudo, Tae y Awender contemplaban lo que a priori era una figura no más alta que ellos. No obstante, a varios metros de esa figura, dos columnas enormes, como viejos arboles blancos, de grandes ramas y sin tan siquiera una sola hoja  se alzaban hasta lo más alto de la caverna.

La figura tenía un aspecto parcialmente humano. A medida que la humedad se retiraba del ambiente su aspecto se tornaba más y más fantasmal. Llevaba una oscura corona adornada con un juego de calaveras de cuyas bocas salían fantasmales tentáculos. Estos entraban y salían a su antojo. De su espalda salían restos flotantes de piel que bien podrían haber sido manos en otro tiempo. Una enorme y pesada capa se desplomaba sobre sus lánguidos hombros dándole una extraña majestuosidad. El efecto era debido a que la silueta que dibujaba la tela era mucho más musculosa que el hombre que parecía portarla.

Un hombre; eso era mucho decir. Una momia si acaso. Su piel era casi transparente y sus ojos vidriosos y muy serios. Lo que parecía una barba era en realidad un halo de luz que se hundía en el lago y cubría el espacio donde deberían estar sus piernas.  Sus huesudos brazos se entrecruzaban esperando una respuesta de sus visitantes. Pero la comitiva, incluso una tan habituada a situaciones extravagantes, no sabía muy bien que decir. La figura rompió el silencio por ellos.

-    Si nada tenéis que decir. ¡Marchaos! – Los tres visitantes se miraron y respondieron al unísono.
-    ¿¿Cuál es tu nombre??
-    He recibido muchos nombres, y muchos más están por llegar. Algunos se recuerdan más tiempo que otros, pero al final todos se olvidan.

Tras varias peleas, dormir en el suelo, comer raciones y bajar hasta las entrañas de una montaña, ninguno de los héroes estaba para filosofías. Tae, el curtido Señor de la Costa, menos que nadie.

-    ¡Maldita seas criatura! ¡Tienes a nuestro amigo atrapado! Suéltalo ahora mismo o te ahogaré con tus propias barbas. – La criatura mantuvo su pose, impasiva ante las amenazas.
-    ¿Atrapado? Qué sabrás tu lo que es estar atrapado. Yo llevo aquí más de lo que tú te atreverías a llamar una eternidad. Cientos de héroes como vosotros han venido en busca de tesoros y gloria. Todos fracasaron. Como vosotros también fracasareis.
-    ¿Y por qué demonios nos has traído aquí? - Tae sentía unas ganas tremendas de golpear algo.
-    Yo no os he traído. Habéis venido vosotros.
La mano de Raudo se poso sobre el hombro de Tae para calmarle. Era una señal de que quería hablar.
-    ¿Y Las señales? ¿Todos esos trucos? ¿Toda esa magia?
-    Si. Hay magia en mí. O al menos la hubo. Pero no se de qué trucos hablas.
-    ¿No sabes nada de la bruja en el Lago del Cielo caído?
-    Siempre hubo aspirantes a Dioses intentando dominar el mundo exterior. Harlin fue el último en buscar ese poder aquí. Pero sus oscuros métodos también fracasaros.
-    ¿Harlin el Enano? Pero la leyenda dice…
-    Las leyendas son para humanos tontos. – La resignación caía en sus palabras.- Si. Tenéis una existencia corta y predecible. Componéis canciones, escribís mitos y rezáis las más absurdas oraciones una otra y otra vez. Llevo toda la eternidad obligado a escucharos. Obligado a recibir ofrendas y sirvientes que de nada me sirven. Incluso sacrificios. Si. Harlin no era diferente. Hace mucho tiempo cavó estos túneles. Harlim el Enano. Intentó convencerme, doblegarme y utilizarme a su voluntad. En cuanto se aburrió abandono la mina y me dejó abandonado, como tantos otros han hecho. – Desde luego no era la historia más épica de nuestros héroes.

-    ¿Y por qué estás aquí?
-   Yo... no lo recuerdo... vine a hacer algo… y lo olvide. Llevo aquí tanto tiempo que ya no importa.

La sorpresa y la indignación eran palpables. Por un lado Raudo quería saber más. Quería saber quién y por qué los habían traído hasta aquella caverna. Tae estaba a punto de meterse en el agua a, según él, rescatar a Darrell, solo a Darrell, y salir de allí. Pero las burbujas ya no estaban. Habían sido arrastradas por la corriente. Se alejó en su búsqueda justo en el momento en el que la historia se ponía interesante. 

-    Hace poco vino un mortal. Uno que busca algo de verdadero valor. Vendrá pronto.

Los ojos de los héroes se abrieron como platos.

-    ¿Recuerdas cómo era?
-   ¿Recordarías tú a un insecto entre un conjunto de millones? No, no lo recuerdo. – los ojos del solitario Dios abandonaron a nuestros héroes y se giraron en otra dirección. - Si nada tenéis que decir. ¡Marchaos!

Raudo y Awender vieron lo que parecía imposible. ¿Les estarían engañando sus ojos? Darrell, la adivina y una comitiva de diez personajes armados hasta los dientes se levantaban de su tumba acuática.

-    ¿Darrell? – Pregunto Awender sin mucha fe.

Sin mediar palabra los doce sacaron de entre sus ropajes unos colgantes que no dejaban lugar a dudas la hostilidad de los nuevos invitados. El ahora conocido falso Darrell pronunció unas palabras, dejando ver su verdadero rostro.

-    Ya no hacen falta mascaras, ¿verdad caballeros? Bueno, este aburrido de ahí es Shiro, el Dios Dragón.
-    ¡La puta del Mar! Gritó Tae desde lo alto de una roca. – Por suerte para él el aspecto de la adivina permanecía, sin ningún atisbo a cambiar como lo había hecho el del falso Darrell.
-    Os estamos realmente agradecidos. Ese mago amigo vuestro ha sido un estorbo todo este tiempo. Confieso que estuvo a punto de estropearnos el plan. Y seguro que lo hubiera hecho si hubiéramos dejado que os encontrara. Pero con vuestros… viajes – sonreía con una satisfacción capaz de herir cualquier orgullo - Nos habéis hecho ganar tiempo. – El pensamiento era también unísono esta vez.
-    “Maldito hijo de…”
-   No hace falta que disimuléis. Estáis cansados, debilitados. Viejos. – esto último lo dijo alzando la voz – Y también vuestro amigo. Que venga si quiere. Que venga a contemplar el resurgir del Mar ¡Arrodillaos ante el resurgir de la Diosa Sirina!

La comitiva al completo hundió sus amuletos en el agua mientras rezó una rápida oración. Cuando terminaron volvieron a colgárselo al cuello y se pusieron en posición de combate. Lo mismo hicieron los héroes, “dazzle” y “stone” habían sido las primeras en ver la luz. Shiro era el único que permanecía inerte ante el espectáculo.

-    Otro insignific…

La rapidez con la que los tentáculos arrastraros el fantasmal cuerpo de Shiro a las aguas los cogió de sorpresa. El lago entero se retorcía. No paraban de salir más y más tentáculos, cada uno más grande que el anterior. Los dos árboles que surgieron con Shiro aparecían y desaparecían con los golpes. Se escuchaban gritos agudos surgidos del más oscuro de los infiernos. Gritos no humanos. Gritos que se convirtieron en un gran estruendo cuando las dos enormes figuras, enzarzadas en una batalla por la vida y la muerte, abandonaron por unos segundos las profundidades. Kraken y Dragón frente a frente. Cada uno luchando por ganar su territorio. Un Kraken horripilante de resbaladizos tentáculos y un Dragón de retorcidos y arrugados cuernos, como viejos arboles, de una piel tan sucia y abandonada como su parlante y deprimido jinete que, aun así, no iba a renunciar a la victoria.

La batalla por la supervivencia en la Mina de las Cien Estaciones no había hecho sino comenzar.