viernes, 4 de abril de 2014
La Leyenda de Kwon Ji - Primera Parte
viernes, 14 de febrero de 2014
El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Primera Parte
viernes, 18 de octubre de 2013
El Pacto de las Viudas - Primera Parte
“¿Por qué me duele tanto la cabeza?”Aun no había abierto los ojos y Caroline, en sus pensamientos, ya estaba quejándose. A medida que sus párpados se abrían, notó el color rojizo y anaranjado que lo cubría todo.
“¿Por qué hace tanto calor? ¿Y qué es ese ruido...?”
El ático estaba en llamas. El fuego cubría las paredes, cebándose en una carísima colección de lienzos abstractos. Incluso el propio vestido de Caroline comenzaba a ser pasto de las llamas. Intentó ponerse de pie, tosiendo a más no poder. Entonces notó que algo tiraba de ella desde el suelo. Miró a su muñeca y, en lugar de la pulsera de diamantes que siempre llevaba consigo topó con algo muy diferente. Eran unas esposas. Y al otro lado de ellas había un corpulento individuo tendido en el suelo, aparentemente sin sentido. Cubría su rostro con una máscara e iba enfundado en un esperpéntico traje de gomaespuma. Bajo la luz de las llamas Caroline reconoció el tema del disfraz: un payaso. Un payaso salido de una pesadilla.
Aturdida y confusa, Caroline miró a su alrededor. Aquel era el ático de Madison, no había duda de ello. Pero desde luego tenía mejor aspecto cuando lo visitó por primera vez. Recordó haber pensado que era lo más parecido al paraíso del diseño y el estilo. Ahora era un infierno de fuego y humo. Era increíble pensar lo mucho que podían cambiar las cosas en sólo tres días. Pero en aquellos tres días habían pasado tantas cosas...
SETENTA Y DOS HORAS ANTES.
- ¡Caroline! – Madison se levantó del sofá de diseño y corrió hasta ella haciendo repicar los tacones de sus Manolo´s sobre el mármol. – ¡Qué alegría que hayas podido venir al final!
- ¿Y perderme tu puesta de largo newyorquina? – Caroline respondió a Madison con esos mismos besos que no llegaban a tocar nunca las mejillas - ¡Ni muerta!
- Ese es el espíritu, cariño... – la tomó de la mano y casi la arrastró a través del inmenso salón – Ven, ¡déjame que te presente!
- ¡Menudo ático! – Caroline bajó la voz a modo de confidencia - ¿Quién es el afortunado al que has dejado que pague todo esto?
- Ahora mismo lo vas a conocer – Madison guiñó uno de sus ojos verdes y se aclaró la voz antes de proceder a la presentación oficial. – Caroline... éste es Hugh. Hugh... Caroline.
No aparentaba más de cuarenta y pocos. Levantó la vista tras unas elegantes gafas de Hugo Boss y clavó dos ojazos azules que hicieron sentir una punzada de envidia a Caroline. El arquitecto que había cazado la golfa de Madison no sólo era millonario... ¡además estaba como un tren!
- Encantado de conocerte por fin, Caroline... – tomó por la cintura a Madison – Maddie me ha hablado de ti...
- Oh, espero que no te haya contado... demasiado. – Caroline lanzó una exagerada mirada de complicidad a Madison.
- Bueno, os dejo solas. – Hugh la besó fugazmente en los labios y dedicó una cortés mirada a Caroline – Tengo dos reuniones que no pueden esperar...
- ¡No olvides que hemos quedado en Giordano´s a las siete y media! – Madison escuchó la puerta cerrándose y con un gesto de contrariedad buscó su móvil – Mejor le mando un mensaje. ¡Seguro que se le olvida...!
- Bueno, viendo lo bien que le sientan esos pantalones de Armani, creo que podré perdonarle que sea olvidadizo.
- ¡Oye! – Madison propinó una palmada en las piernas de Caroline a modo de reprimenda. - ¿Le estabas mirando el culo a mi novio?
- Ya sé, ya sé...
- “Se mira pero no se toca”.- dijeron ambas al unísono. Acto seguido, rieron recordando una vieja anécdota. Cuando las carcajadas cesaron, Madison dejó su copa de champagne de lado y miró inquisitivamente a su vieja amiga.
- Bueno... ¿y no tienes tú nada que contarme?
Caroline mojó los labios en el champagne y se acicaló el pelo, haciéndose la interesante.
- Desde que firmé el contrato con Cosméticos Dubois, Maddie, he tenido que ser muy discreta con respecto a mi vida privada... – miró para ambos lados como si los paparazzi pudieran estar escuchando – Pero entre tú y yo... puede que haya encontrado a...
Con un oportuno sentido del dramatismo, el timbre sonó dejando el chisme en su mejor momento.
- Seguro que es Suzanne... – dijo Madison poniéndose en pié y encaminándose a la puerta principal. Sus ojos, sin embargo, dedicaron a Caroline esa mirada tan suya de “quiero que luego me lo cuentes todo... con pelos y señales”.
Caroline escuchó los pasos de Madison perderse por el pasillo mientras su mirada hacía un recorrido a través de aquel inmenso salón. Los ventanales mostraban la envidiable vista que sólo un ático ubicado en la planta treinta del mejor barrio de Manhattan podía regalarte. Caroline sostuvo su copa y disfrutó en silencio de la vista. No puedo evitar sentir un poco de envidia, pues la suerte de Madison con los hombres parecía haber dado un salto cuántico. Le bastó recordar el historial de su vieja amiga en lo que a relaciones se trataba para que, de repente, Caroline se sintiese culpable. Madison había sufrido mucho en el pasado y se merecía ser feliz. Se merecía...
... ¿gritar?
Caroline escuchó el primer grito. Fue corto, como de sorpresa. Había dejado la copa sobre la mesa y corría por el pasillo cuando escuchó los que siguieron al primero. Encontró a Madison junto a la puerta principal, sentada en el suelo y gritando fuera de sí. Se abrazó a ella histérica. No dejaba de gritar, presa del pánico. En el suelo alguien había dejado una rata muerta con un puñal clavado en su panza, con una nota atravesada. En ella, Caroline sólo pudo reconocer un extraño emblema.
- Las viudas... – la voz de Madison era un hilo de voz, quebrado por el miedo y el llanto – Las viudas me han encontrado.
viernes, 28 de junio de 2013
Las Tres Reglas - Primera Parte
viernes, 24 de mayo de 2013
Socios a la Fuerza - Primera Parte
Desde la inmensidad del espacio la persecución no era más que dos insignificantes puntos de luz, uno detrás de otro. Un poco más cerca, a una distancia prudencial, se podía ver a los asteroides abrirse como melones silenciosos al recibir los impactos de los disparos de la Tropa Espacial. Desde el interior de la Milagros la cosa no pintaba bien.
- ¡Como apagues la puta música suelto el volante y dejo que nos cojan!
Una de las manías de Seya, la piloto, era encender emisora Neo-Metal a un volumen escandaloso en los momentos de tensión, lo que ponía de los nervios al capitán Balboa. Tenía además un carácter andrógino que la hacía bastante imprevisible.
- Y si no nos estrellamos contra uno de esas piedras a mi me caerían solo la mitad de años que a vosotros. - Seguía diciendo Seya mientras reía con una voz asombrosamente grave – ¡JA, JA, JA!
Junto a Seya estaba Nino. Nino había sido cocinero y tenía un programa de serie B en la televisión, pero los requisitos para mantener la audiencia acabaron convirtiéndolo en actor porno. Era bueno en las negociaciones, especialmente con las mujeres, pero esta vez tuvo que recular, alejar la mano del volumen de la radio y colaborar a su manera.
- Seya. Si sueltas ese volante estrellaré la nave yo mismo.
Pero Seya estaba inmersa en su juego y no escuchaba a nadie. Agarrando el volante con sus ganchudas manos conseguía hacer que la Milagros bailase con los asteroides como pez en el agua. Desde la posición privilegiada de Nino se podía ver como pasaban a escasos centímetros del puente las enormes piedras espaciales. No fue un espectáculo que pudiera disfrutar. Los movimientos eran bruscos e improvisados y acabo vomitándose encima.
Era en esos momentos cuando el capitán Balboa comprobaba como la felicidad era cuestión de perspectiva y de donde fijaras la vista. El olor ácido del vómito se le metía hasta el estomago pero se convenció de que todo valdría la pena si Seya era, además de rarita, una de las mejores pilotos de la galaxia. Tras jugar nerviosamente con su cadena de oro de la suerte, consiguió recuperar la compostura y el equilibrio, ponerse en pie y dirigirse zigzagueando hasta su puesto de mando.
- Gracias por la cena Nino. – El capitán apagó de súbito la radio y esperó la reacción. Seya lanzo una mirada mitad de rabia mitad de gatito herido a la que el capitán ya se había acostumbrado. – Pues suelta el volante. – Seya tuvo dudas durante un segundo. – Ahora. Y sal de este sitio de una vez. Hemos despistado a la patrulla. -
Efectivamente. La Milagros se encontraba a salvo y Seya salió dulcemente del campo de asteroides. Era el momento de retomar la ruta prevista hasta el lugar donde debían hacer la entrega: Valsan, el planeta Rojo.
Valsan, también conocido como Valparaíso, era un planeta sin ley donde millonarios excéntricos iban a probar las mieles de las sustancias prohibidas. A pesar de ser un sitio muy atractivo para los contrabandistas corrían malos tiempos para el bandidaje y los trapicheos. Y aunque en estos tiempos cualquier negocio era bueno, Balboa sabia que ni siquiera el gordo de Cobb iba a aceptar una carga partida en mil pedazos por los golpes de los vaivenes la persecución.
No quedaba mucho tiempo y tras una rápida inspección el capitán Balboa ordeno colocar en una misma caja la carga que aun estaba en condiciones. Quizás enseñando solo esa caja Cobb se olvidaría de inspeccionar el resto. Sea como fuere, y como era habitual, antes de hacer una entrega el capitán Balboa se encerró en su camarote para rezarle una última oración al retrato de su ídolo Joan March, el Gran Contrabandista. Allí, en la tranquilidad, pudo reordenar también sus pensamientos mientras juguetea con su amuleto de oro. Era un ritual que siempre le funcionaba. Después de todo seguían con vida y aun podía tener un golpe de suerte más. Pero grandes estudiosos de las Matemáticas y las ciencias en general habían dictaminado que en la inmensidad del espacio es imposible tener dos golpes de suerte en un mismo día.
- No hay negocio Balboa. Esto lo pagas tú de tu bolsillo.
- Vosotros queríais una carga y aquí la tenéis. Creía que éramos hombres de negocios.
El gordo Cobb tenía una barba larga y harapienta y los dientes picados de fumar sustancias prohibidas. Su aspecto era tan desagradable como su aliento.
- ¿Sabes una cosa Balboa? Tienes toda la razón. Seamos razonables. Has traído la carga. Mira, aquí está el dinero. ¿Lo ves? Ahora cojo estos papelitos y los rompo en dos pedazos. Y ahora en otros dos. Y otros dos más. – Los minúsculos trozos de dinero salían volando en todas direcciones. – Y este ultimo billetito para ti enterito, a cambio de esa caja que está intacta. ¿Ves? Es un trato justo. –
El capitán Balboa pudo comprobar que si había algo peor que el aliento de Cobb eso era su sonrisa. La repugnancia que le produjo le dio ganas de vomitar.
- La rueda nunca para de girar, Cobb. – maldijo mientras escupía violentamente contra el suelo.
- Y si lo hace no dudes en avisarme. ¡Hasta la vista Balboa!
Al alejarse el vehículo de gordo Cobb el capitán aun pudo escuchar las mofas sobre la Milagros, ya que por lo visto se llamaba igual que una de las rameras del burdel de Jijrion. Al capitán mantenía la compostura lo mejor que pudo, pero ese teatro de las apariencias no iba con Riki. Y Riki estaba claramente ofendido.
- ¡Suig my piel! ¿Por qué no hemos disparado a ese gordo come mierda? –Riki era el hermano gemelo de Nino, pero en lugar de las nobles artes culinarias se había dedicado a la construcción y la mecánica. Era conocido como “el tenazas”, pues era único a la de fijar tuercas con las manos desnudas. En sus ratos libres se había dedicado a la lucha clandestina, cosa que extrañaba a menudo.
- Vendimos la munición en El Pantano. Tampoco tenemos cargas de fuel para llegar muy lejos y el negocio no ha salido precisamente bien, ¿no crees?
- Joder jefe. ¿Y ahora qué? ¿Alguna idea de cómo salir de este planeta de cocosos y puteros? Aunque no se, este sitio tiene algo que me gusta. No sé si me entiende… - El capitán le contestó con una astuta sonrisa.
- Te gusta este sitio Riki? Pues ahora que lo dices, si que tengo una idea.
viernes, 15 de febrero de 2013
La Venganza De Un Buen Hombre - Primera Parte
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sábado, 2 de junio de 2012
LAS AVENTURAS DE LOS GOONBOYS - La última aventura, 2ª parte. Capítulo primero.
La brisa de verano acariciaba juguetona el vestido de Paula. Era un vestido blanco, moteado con flores de diversos colores alegres que bailoteaban al compás del viento, rozando un esbelto cuerpo que ya insinuaba ciertas formas de mujer. Lo que iban a hacer estaba mal. Él lo sabía y sospechaba que ella también. Pero quizás eso le hacía desearlo más. O tal vez fuera que en ese momento no le importaba en absoluto. Solo podía pensar en una cosa. En hacer algo que llevaba tiempo anhelando secretamente. Llevaban días hablándose en silencio, diciéndose mil cosas con fugaces miradas. Por fin había reunido el valor… No, no el valor, sino el ansia suficiente para escribir una nota nerviosa que decía únicamente: “A las siete en el parque Rojo”.
Todos conocían perfectamente aquel frondoso parque de las afueras tras la búsqueda infructuosa del tesoro del bandolero “El Tuerto”. No se habían dicho ni una sola palabra desde que se encontraran en la puerta, temerosos de estropear el momento. Sus pies les habían llevado al pequeño claro del viejo banco bajo el sauce llorón. Allí el tiempo se había congelado. Sus ojos estaban clavados en los de ella mientras su corazón golpeaba su pecho a mil por hora con escandalosa insistencia. Torpemente cogió su mano. Estaba fría como un témpano y… ¿Estaba temblando? Notaba su espalda empapada de sudor.
–“¡Vamos, tío! ¡No te quedes ahí plantado como un idiota! ¡Lánzate!”-
No había marcha atrás. Cerró los ojos y…
Era de noche. Lo sabía porque un frío gélido y húmedo le hacía temblar de forma descontrolada. El agotamiento y la fiebre le habían hecho perder la noción de la realidad y su mente vagaba libre entre sueños y recuerdos de un aterrador realismo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Días? ¿Semanas? No había comido nada desde hacía una eternidad y el agua, que le cubría hasta medio cuerpo, tenía un desaconsejable sabor ácido al que había terminado por sucumbir. Nada que ver con el dulce aroma de los labios de la pequeña Paula. Había sido su primer encuentro a solas. Su primer beso. Y probablemente el principio del fin de su amistad. Pero ¿Qué pre-adolescente puede resistirse a la imperiosa llamada de la carne? Había pensando mucho en sus viejos amigos. ¡Cuántas increíbles aventuras juntos y qué forma más vulgar de perder el tesoro más preciado que les unía!
Se habían creído tan especiales… Habían derrotado brujas, encantadores de ratas, sectas, ladrones, secuestradores, ¡hasta a un hombre lobo! Y, sin embargo, habían sucumbido al más común de los males: la culpa, la vergüenza, los celos, el distanciamiento, el tiempo y, finalmente, el olvido.
¡No! ¡No podía hacer eso! Auto compadecerse no iba a sacarle de ahí. ¡Él era un hombre de éxito, astuto y con iniciativa! Tras una carrera mediocre en la universidad, había descubierto la forma de prosperar explotando sus habilidades de vendedor. Había guardado en un oscuro rincón de su ser sus inquietudes artísticas para focalizar sus esfuerzos en algo mucho más práctico: el dinero. ¿Por qué invertir meses en diseñar retorcidas figuras geométricas cuando podía ganar mucho más intermediando en la construcción de viviendas unifamiliares? ¡Que hagan arte otros! Él quería fortuna y mujeres.
Tan solo se había dejado llevar por su romanticismo una vez al adquirir los terrenos de la abandonada iglesia de su pueblo natal. En su fuero interno pretendía hacer algo hermoso para curar traumas que se le habían enquistado en el alma. Pero su socio no estuvo de acuerdo. Quizás si le hubiera contado sus auténticas razones, si le hubiera explicado… No, Don Leopoldo nunca lo hubiera entendido. Demasiados años haciendo negocios juntos. No comprendería que hicieran algo sin lucrarse. Serían viviendas de lujo entonces. ¡Qué ironía tan grande! La supuesta base secreta de una secta demoníaca en la que había estado a punto de morir ahogado, convertida en un barrio para estrellas de la tele, jugadores de fútbol, tiburones de mercados de valores y políticos jubilados.
Había pensado mucho en sus amigos pero también en quién podía ser el loco que le había secuestrado. De los innumerables enemigos que habían podido forjarse a los únicos a los que no habían dado un buen escarmiento eran los de la iglesia de San Judas. La coincidencia era demasiado clara como para ignorarla. No había tenido el valor de ir en persona a la iglesia, a pesar de que había ordenado sellar el pozo, pero se había documentado. El templo estaba dedicado a Judas Tadeo y no Judas Iscariote, como había supuesto el sabelotodo de Gregorio. Su primer párroco había sido un tal Don Ricardo Casasgrandes. Al parecer no había sido un tipo cualquiera. Un contacto de la archidiócesis de Valencia le había contado una historia sobre una congregación que trataba directamente con El Vaticano especializada en temas de posesiones y exorcismos. Según los archivos, Casasgrandes se había retirado voluntariamente a San Gonzalo tras muchos años de activismo con los “Discípulos de San Tadeo”. Años después habían llegado los rumores sobre cánticos a media noche pero desde la alta cúpula eclesiástica nunca se les otorgó credibilidad
¿Y si…? ¿Y si el viejo cura no vino tan solo buscando el feliz retiro deseado por todos? ¿Y si trajo consigo algún terrible secreto? ¿Podría haberse pasado al otro bando? ¿Y si se había aliado con aquellos a los que había combatido en nombre de Dios? Había vivido suficientes aventuras como para creer en la existencia de demonios y demás seres sobrenaturales. ¿Y si alguien más aparte de ellos sufrió las consecuencias del incendio? Habían asumido que el incendio había sido provocado para tapar huellas pero… ¿y si lo causaron ellos? ¿Y si fue un accidente? Un accidente que él había provocado con su grito. Un accidente que destrozó un culto que había sobrevivido décadas en la sombra. Y ahora él había vuelto para construir pistas de pádel sobre las tumbas de los santos.
Marcos intentó incorporarse pero las fuerzas le fallaron. Se apoyó en la áspera pared y gritó con todas sus fuerzas. Pero sólo salió un graznido ronco. La tos le tumbó de nuevo en el suelo y a punto estuvo de ahogarse. Desesperado volvió a erguirse con la ayuda de sus débiles brazos y lo intentó de nuevo.
-Ey... ¡Ey!... ¡¡EY!! ¡hijo de puta! ¡ja, ja, ja! ¡MALDITO HIJO DE PUTA! ¡DÉJATE DE JUEGOS, CABRÓN DE MIERDA! ¡¡YA SE QUIEN ERES!! ¡¡MIS AMIGOS Y YO TE VAMOS A JODER DEL TODO ESTA VEZ!!-
viernes, 27 de abril de 2012
Las Aventuras de Los Goonboys - LA ÚLTIMA AVENTURA (I) - Primera Parte
- Joder… la cabeza… - Se llevó las manos a las sienes: un martillo neumático hacía horas extras en el interior de su cerebro. El dolor y el mareo no ayudaban a poner en orden los recuerdos de las horas anteriores. Y además… ¿qué era ese saborcillo que tenía pegado en el paladar?
Mientras trataba de incorporarse, aferrado a esas paredes lisas y frías, fragmentos de su pasado reciente empezaban a formar una imagen del rompecabezas.
“¡Enhorabuena, campeón!”
Como un fogonazo, Marcos se vio ante el umbral del despacho de Leopoldo, su socio en el estudio de arquitectura. Sentado tras su despacho, con la corbata mal anudada, Leo le hacía un gesto de “me gusta” con el pulgar en alto. Su cara redonda y regordeta lucían una mezcla de envidia sana y alegría sincera.
“Aquí lo tiene: limpieza y planchado… como lo pidió, don Martín”.
En otro recuerdo fugaz, la dependienta de la tintorería le hacía entrega de su mejor traje y de la factura.
De regreso al presente, con un gesto nervioso, Marcos rebuscó en los bolsillos de ese mismo traje, el cual notó arrugado y sucio, lleno de polvo y arenisca. Sus dedos sacaron el contenido de los bolsillos, como quien espera encontrar en ellos alguna clase de respuesta.
El resguardo de la tintorería. Un par de tarjetas de presentación. Un móvil…
“TK, corazón.”
Alicia le había escrito ese mensaje. Marcos recordó haberlo leído mientras el taxi lo llevaba hasta…
“¡Viva el novio!”
El fogonazo de un nuevo recuerdo se entremezcló con las luces estroboscópicas de una discoteca. Carlos, Julián, “el Peri” y unos cuantos más lo rodeaban con copas, risas y mucho alcohol en las venas.
- Hijos de puta… - Marcos sonrió mientras comprobaba que el móvil estaba sin batería. Alzó un poco más la voz, mirando para todos lados de esa extraña habitación.- ¿Seréis hijos de puta? ¿¡Dónde cojones me habéis metido, panda de cabrones?!
Posiblemente había sido idea de “el Peri”. Perico era un devoto de las películas de terror y se jactaba de haber visto “Saw” unas treinta veces.
- La verdad es que os lo habéis currado, si señor… - Marcos habló para todos los rincones de la estancia. El miedo había dejado paso a una sincera admiración por sus colegas: se lo habían trabajado a base de bien. ¿Cómo demonios – pensó – habían montado aquella sala de forma que pareciese que no...
… que no tenía puerta.
- Venga, tíos. – Marcos trató de apartar aquel último pensamiento e intentó sonreír. – Esto ha tenido gracia pero ya está, ¿vale?
Esperó unos instantes. En realidad fueron apenas veinte segundos. Pero para Marcos el tiempo comenzaba a dilatarse… tanto como su sensación de inquietud.
- Tíos… - Dio un par de golpes en una de las paredes: parecían macizos. Como un bunker. – No tiene gracia, ¿vale?
Más silencio. Marcos volvió a comprobar el móvil y sintió que su pulso se aceleraba. Nunca creyó haber sido claustrofóbico. Claro que nunca nadie lo había encerrado en una habitación como esa.
El sonido de acople de un sistema de audio le sobresaltó. Su dolor de cabeza se intensificó durante un instante, como si alguien hubiese clavado un alfiler al rojo en su oído interno.
- Tus amigos no pueden oírte, Marcos.
La voz sonaba distorsionada, con interferencias similares a la de una vieja transmisión por radio. Marcos trató de ubicar la procedencia del sonido pero la estructura de la estancia hacía imposible dicha labor. Como arquitecto no podía más que admirar al diseñador del entorno. Como rehén de alguna clase de psicópata, en cambio…
- ¡Tios, dejáos ya de chorradas!
- Tus amigos no pueden oirte, Marcos. – repitió la voz, con un leve punto de impaciencia.
Marcos deambuló por la estancia, frenético, llevándose las manos a la cabeza. Miró a todas partes y trató de lanzar una amenaza sin que se le notase su miedo. Hacía años que no se sentía así. Hacía tantos años ya…
- Mira, no sé quien cóño eres, pero mis amigos siguen en esa discoteca y me estarán buscando…
- No me refería a esos amigos, Marcos. – la voz parecía extrañamente divertida.- ¿Por qué no miras en el bolsillo de atrás del pantalón?
Durante un instante, Marcos pensó que aquella persona – fuese quien fuese – le trataba con una inquietante familiaridad. Su mano rebuscó en el bolsillo y sus dedos toparon con algo. Marcos reconoció el tacto de una vieja Polaroid.
“No puede ser…”
Su corazón, que había estado latiendo como el motor de un Fórmula 1, se detuvo en seco cuando reconoció a los niños que posaban juntos en aquella vieja fotografía. La voz no había mentido. Eran sus amigos. Sus viejos amigos.
Luis. María. Gregorio… Paula.
- No… - las palabras no podían salir de su garganta – No puede ser…
Las piernas de Marcos habían empezado a fallarle y, apoyado contra una de las paredes blancas – infinitas - de la estancia, fue deslizándose hasta quedar arrinconado, acorralado. Con su mirada fija en la foto, incapaz de reaccionar.
Tan absorto estaba que apenas si se percató de que una fina capa de agua había comenzado a manar de unos diminutos orificios que había a ras del suelo.
La voz sentenció lo que parecía obvio.
- Dime una cosa, Marcos… ¿Crees que tus viejos amigos llegarán a tiempo de rescatarte esta vez? – la locura tintineaba en cada una de sus palabras – Tic-tac-tic-tac-tic-tac.
viernes, 20 de enero de 2012
Los Saqueadores de Sueños - Primera Parte

Lo miras y lo único que ves es al prototipo de hijo de perra sin escrúpulos que nos ha llevado al filo del colapso económico. Cameron Wells. Veintisiete años. Lo bastante mayor como para ser socio de uno de las consultoras financieras más influyentes a este lado del continente americano, Hallyfax and Brothers. Lo bastante joven como para no haber vivido en su piel ninguna guerra, ninguna tragedia. Criado entre algodones desde la cuna, yendo a los mejores colegios. Capitán del equipo de lacrosse en la Universidad. Ojos azules, complexión atlética – cortesía del remo y las sesiones de Pilates – y una sonrisa encantadoramente embaucadora.
Pero por debajo de todo ese disfraz de aparente prosperidad, Cameron Wells tiene un secreto. No es la clase de secreto que se oculta en unos libros de cuentas falseados. No es su orientación sexual ni tiene un sótano lleno de cadáveres. No. Su secreto es, en cierta medida, más complejo que todo eso.
Comenzó hará un año, más o menos. Por aquel entonces, la crisis no había hecho más que empezar y había negocio en el aire. Phill, el ejecutivo de ventas que había sido como un mentor para Cameron, reunió a todos los chicos del departamento y les dio “la charla”: durante un par de semanas iban a dormir poco y a ganar mucho. La promesa fue cierta, pero Cameron estuvo cerca de tres días sin dormir.
Fue tras aquel maratón cuando comenzó a soñar con La Granja.
No se trataba de ningún lugar conocido por Cameron. No era el lugar donde hubiera pasado los veranos, ni donde un abuelo de raíces pueblerinas le hubiese enseñado a pescar. Cameron se había criado en un cosmopolita barrio residencial de Chicago: su contacto con la naturaleza se reducía a alguna visita al zoo cuando era niño y los documentales de Nacional Geographic.
Sin embargo, aquel lugar parecía real. Era un sueño, por supuesto… pero había algo más. Cuando despertaba, Cameron aun era capaz de sentir el olor de los pinos, el tacto de la resina de sus troncos, la brisa del viento del atardecer. Y la calma, y el silencio. La primera vez que soñó, Cameron pensó que había sido secuestrado: vagó por las distintas dependencias de la Granja, tratando de encontrar a quien quiera que lo hubiese sedado y llevado hasta allí. No había teléfono, ni vehículo alguno. Curiosamente tampoco había acceso alguno por el que salir: el bosque rodeaba la solitaria propiedad, dejando prácticamente ninguna opción a escapar de allí que no fuera campo a través.
Aquella primera vez, Cameron despertó en cuanto intentó atravesar el bosque. Durante toda aquella primera mañana, pudo retener las sensaciones de aquel lugar pero no tardó en olvidarse de todo. Sin embargo, la noche siguiente volvió a soñar con La Granja. Y la siguiente. Y la siguiente.
Pronto, Cameron fue comprendiendo lo que era todo aquello. Era un refugio. Durante el día pasaba las horas tratando con gente que no le importaban una mierda, hablando con personas cuyo único valor para él residía en su potencial como inversores. En aquel lugar, natural, aislado, ajeno… podía sentirse libre.
Creo que eso va a cambiar esta noche. Después de hoy, su refugio no volverá a ser igual. Nada lo será. Hemos estado vigilando a Cameron desde que descubrimos su refugio y, pese a que no es la clase de persona a quien solemos reclutar, son tiempos difíciles. La Tragedia está cada día – cada minuto – más próxima a nosotros. Y no podemos descartar a ningún soñador… por muy cretino que nos parezca.
lunes, 11 de abril de 2011
Javi - Primera Parte
Probablemente, mirado desde fuera, mis medidas no eran tan reducidas como para considerarme diminuto pero el constante machaque de los matones del cole me provocó un insoportable complejo de inferioridad. En una ocasión intenté rebelarme a mi infortunio y enfrentarme a mis opresores, más con desesperación que con valentía. Cuadré los hombros, alcé la barbilla y planté bien fuerte los pies en el suelo tal como había visto hacer a los héroes de las series de acción de la tele... Y me llevé un buen par de moratones de propina a casa y la moral hecha un guiñapo. No olviden que las hienas siempre atacan en manada y yo no era más que un enjuto llanero solitario. No tenía ninguna posibilidad.
Tampoco ayudaba en absoluto el que mi tío fuera el profe de física y matemáticas, uno de los seres mas temidos y odiados del universo... Del nuestro al menos, que era lo que importaba al fin y al cabo. Pobre hombre... Me avergüenza reconocer que, ciego de dolor e ignorancia, llegué a odiarle por creerle el origen de mis desgracias. Tan confuso y perdido estaba yo. Mi tío Enrique, ó Don Enrique García, como se le conocía en el colegio, fue lo mas parecido a una figura paterna que jamás tuve. Severo e implacable en todo a lo referente a la disciplina y a los deberes del alumno, ocultaba en su interior a un ser sabio y fascinante. Claro que tardamos en salvar el abismo que nos separaba. No era culpa suya que su horizonte fuera mucho más basto e insondable que el de un niño de once años.
Cierta vez me oyó quejarme amargamente de mi infortunio y de los compañeros que me había tocado sufrir. Entonces levantó la mirada de sus papeles y me dijo: “Javier...”; siempre se dirigía a mí por ni nombre de pila completo y no por un diminutivo como el resto de la gente, algo tan simple pero significativo y que no supe entender y apreciar aquel entonces; “... a toda hipotenusa siempre acompañan un par de catetos”. Enseguida percibí un desafío y, tan arrogante como puede serlo un chaval sabelotodo y acomplejado de mi edad, contesté: “Yo no puedo ser la hipotenusa. ¡Ellos son mucho más grandes que yo!”. Y entonces sonrió levemente, pero con un intenso brillo los ojos que nunca le había visto, un destello que captó toda mi atención e hizo que sus siguientes palabras se grabaran en mi memoria para siempre: “Te equivocas. Aún no lo sabes pero existen hipotenusas que no pueden medirse con números racionales, aunque sus catetos sean reales, vulgares. La humanidad tardó siglos en resolver el enigma, así que no te preocupes, tienes tiempo para darte cuenta”.
Ojalá mi tío pudiera verme ahora.







