Mostrando entradas con la etiqueta primera parte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta primera parte. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de abril de 2014

La Leyenda de Kwon Ji - Primera Parte


Desde su nacimiento, Kwon Ji no conoció otra cosa que no fuese la felicidad.

Aun envuelto en la sangre de su madre, su padre lo alzó ante la mirada de un millón de súbditos. Desde el balcón, el pequeño bebé  agitaba sus brazitos al viento, bien sujeto por las firmes y curtidas manos de su padre. Abajo, muchos metros por debajo del palacio real, dos millones de rodillas se inclinaron bajo un mismo gesto de sumisión y obediencia.

Algún día, hijo mío... todo este reino será tuyo.” 

Aquella fue la primera vez que su padre dedicó tales palabras a Kwon Ji. Pero no serían las últimas. Incontables veces en tantas otras circunstancias, su padre repetiría tales palabras entre orgullosas miradas dedicadas a su primogénito.

Y Kwon Ji, que no tenía motivos para dudar las palabras de su padre, las creyó como si los mismos dioses las hubiesen pronunciado.

Pasó el tiempo y Kwon Ji pasó de bebé a niño. Sus tutores le mostraron las sendas de la caligrafía, de la lectura y la etiqueta. El protocolo que todo futuro rey debía conocer. Más adelante habría tiempo para entrenarlo como guerrero y gobernante. De momento no era necesario adquirir sabiduría: bastaba con aparentar tenerla.

Cuando habiendo cumplido cinco años Kwon Ji recitó por primera vez las cuatrocientos veinte leyes del códice real, su padre lo miró con orgullo y dijo...

“Algún día, hijo mío... serás un gran rey.”

Y Kwon Ji, que no tenía motivos para creer que un gran rey como su padre podía equivocarse en algo, creyó sus palabras como si estuviesen escritas en el mismo firmamento celestial.

Pasó aun más tiempo y llegó el invierno. Y con él, la desgracia. La muerte de la reina vino acompañada de una nube oscura que cubrió los inmensos valles que rodeaban el palacio real. 

Ante el altar sobre el que reposaba el cuerpo de su esposa, el rey miró a su primogénito y, con una sonrisa de esperanza, le dijo...

“Algún día, hijo mío... tu también conocerás el amor.”

Y Kwon Ji, que hasta ese día no había visto lágrimas en los ojos de su padre, creyó sus palabras como si fuesen los cimientos de su propio destino.

El invierno dejó paso a la primavera. Pero las nubes oscuras permanecieron más tiempo del que nadie pudo imaginar. Las lluvias arrasaron los cultivos de los campesinos y el hambre recorrió las aldeas, acompañadas de sus dos viejas amigas: la enfermedad y la muerte. Era cuestión de tiempo que la última de las damas tuviese a bien presentarse ante las puertas de palacio, anunciándose bajo su violento nombre: ¡guerra!

Pero mientras todo eso sucedía fuera de su burbuja, Kwon Ji siguió viviendo rodeado de lujos, vistiendo las mejores sedas y comiendo de las ricas viandas que nunca faltaron a la mesa del rey.

Así fue hasta su duodécimo cumpleaños. A diferencia de todas las demás, esa mañana Kwon Ji despertó, no con el suave trinar de los petirrojos en el quicio de su ventana, sino con el retumbar de truenos en un cielo libre de tormentas. Kwon Ji vagó sin rumbo por los vacíos pasillos de palacio. Ni uno solo de sus infinitos siervos se presentó ante las insistentes voces del joven príncipe.

Entonces, los truenos retumbaron más próximos aún. La doble puerta cedió con el último de los embistes y los rebeldes irrumpieron en palacio con antorchas en las manos y furia en los ojos. 

Oculto entre telares, Kwon Ji contempló como el cabecilla de los rebeldes sostenía una pica. Y en el extremo superior estaba clavada la cabeza de su padre, el rey.

Y aquel día fue el primero en que Kwon Ji osó poner en duda todo cuanto su padre le había dicho.

viernes, 14 de febrero de 2014

El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Primera Parte

Awender despertó sobre un frío suelo de piedra. Todavía sentía las heridas de la batalla en la que acababa de participar; estaba magullado y apenas podía mover el brazo derecho. Se levantó y miró a su alrededor. La noche terminaba y despuntaba el alba. Se encontraba en un campo yermo, miró al cielo, las estrellas comenzaban a desaparecer, estrellas que no reconocía. Volvió la vista a la tierra para observar a lo lejos una reluciente construcción. Decidió andar hacia ella.
En un primer momento le había parecido  que se encontraba a varios días de viaje pero para su sorpresa en unos minutos se encontraba delante de un inmenso palacio de marfil y cristal. El castillo estaba enclavado en lo alto de un risco y solo se podía acceder a él a través de un reluciente puente.
El guerrero avanzaba por las desnudas y amplias estancias del palacio mientas ascendía por inmensas escaleras. Sentía la necesidad de que tenía que encontrar algo entre esas paredes aunque no sabía decir exactamente el qué. Entonces llegó a lo que parecía la sala del trono. Una estancia más grande que el resto, con unos pilares tan altos como montañas y una paredes tan relucientes que el guerrero se reflejaba en ella. El asesino andaba por la sala, el sonido de sus pasos rebotaba contra las paredes lo que hacía creer a Awender que no estaba solo. Una gran balconada al final de la sala permitía ver la vista que se escondía detrás del palacio; un inmenso lago de agua cristalina donde en ese momento y a lo lejos los dos dioses que Awender conocía muy bien seguían luchando.
- Buenas noches, viejo amigo - Awender reconoció inmediatamente la voz que venía detrás de él y se giró con una mueca de alegría en su rostro. 
- Darrell. Me alegra verte -. 
Sin duda el más joven de los compañeros era el que peor había envejecido. Cierto que aún conservaba algunos rasgos de aquél  enjuto y aniñado joven que era Darrell en el momento de su primer encuentro  pero también era cierto que estos rasgos quedaban ocultos la mayor parte de las veces por la cantidad de arrugas que tenía en la cara y en las mano y su pelo encanecido. Detalles que no pasaban desapercibidos a Awender.
- ¿Te encuentras bien, niño? - Ambos se fundieron en un fuerte abrazo. - Te encuentro bastante desmejorado.-
Darrell sonreía, con un gesto de la mano invocó dos sillas de cristal e invitó a su amigo a tomar asiento. 
- En los últimos años he estado estudiando y lidiando con magias muy peligrosas. Fuerzas de la naturaleza que agotan el alma y el cuerpo. Pero me encuentro bien.-
Tras unos segundos de silencio. Awender soltó la pregunta que le recorría la cabeza desde el momento en que se despertó.
- ¿Estoy muerto?-
- Si por muerto te refieres a que tus días de dolor y lucha han acabado me temo que la respuesta es no.
El asesino miraba la estancia. Aunque nunca lo reconocería, guardaba la esperanza de que ese último acto heroico hubiera servido para acabar con la amenaza de los dos dioses y ya de paso purgar muchos de sus antiguos pecados.
Darrell volvió a romper el silencio. -¿Reconoces el sitio?-. Awender dudó por un momento y Darrell continuó hablando. -Esta fue la morada del Innominado durante decenas de años, aquí luchamos y vencimos a los seguidores del dios Moander. Sin duda nuestra más legendaria herencia.- Awender miraba a su amigo. Sin duda conocía el sitio pero era como si su mente hubiera necesitado de una pequeña ayuda para recordarlo. Eso le desconcertaba; y el desconcierto le enfadaba.
- ¡Que haces aquí Darrell!. Tenemos encerrados a Sirina y Shiro. Ningún daño pueden hacer ya.-
Darrell miraba fijamente a su amigo. -Te mueres compañero. Ningún humano puede aguantar la esencia de dos dioses, ni siquiera tu. Y cuando mueras...-, - se volverán a liberar - Awender acabó la frase.
- Necesitamos encontrar a alguien que comparta contigo la carga -Darrell no paraba de mirar fijamente a su amigo.
- ¡Alias!- Awender lo dijo con la certeza de alguien que da con la solución de un problema.
- Alias está muerta, amigo mio-
-¡Es verdad!-. Awender se reprochaba no recordar eso. Se tapó la cara con ambas manos. - ¿que me está pasando, Darrell?. 
-Es este sitio. Igual que le pasó al Innominado, afecta a tus recuerdos. Por eso debemos darnos prisa. Debemos encontrar a la otra persona que puede ayudarte a sobrellevar esta carga y así liberarte de esta cárcel.-
Entonces Awender comprendió a quién se refería Darrell y fue como si cien dagas le atravesaran el pecho.
El guerrero se levantó de su asiento tirándolo al suelo. - ¡Jamás!, ¿te enteras?, ¡JAMAS! - 
El hechicero miraba impasible como su amigo le miraba apuntándole con el dedo, con un rictus de odio en la cara. 
-¡No me he pasado los últimos años de mi vida protegiéndola para que ahora los de tu calaña le pongan la mano encima!-.
Darrell siempre había intuido el odio que Awender sentía por los hechiceros, desde luego entendible, sobre todo, a partir de lo que descubrió con el tatuaje. Y al fin y al cabo, aunque su amigo, él era uno de ellos.
-Awender, ten en cuenta... -. -¡NO!, ¡escúchame bien!. ¡No digas nada, no quiero que me engatuses con tus hechizos!- Awender cogió la silla tirada en el suelo y la lanzó contra Darrell. Esta, atravesó la figura del hechicero estrellándose y rompiéndose en mil pedazos contra la pared.
Awender cayó de rodillas. El odio y la impotencia recorrían su cuerpo. Golpeó con su manos desnudas el brillante suelo de la sala hasta llenarlo de rojo sangre. Darrell se acercó y le puso la mano en el hombro a su amigo.
- ¿Por qué ella Darrell?-
- Es tu hija Awender, comparte tu maldición. Ahora mismo ella es la única esperanza de Glorantha-
Awender se volvió a levantar y miró fijamente a los ojos azules de su amigo.
- Prométeme que vivirá -
- Os prometo que, ambos, viviréis -
Awender miró al infinito, hacia la encarnada lucha de ambos dioses.
...
Tae y Raudo observaban atónitos los cuerpos de sus dos amigos. Ambos sentados en sus respectivos asientos dentro de un círculo de velas. Solo habían pasado un par de días de su encuentro con Darrell y unas cinco horas desde que el hechicero entró en trance. Desde entonces ningún gesto, ningún movimiento hasta que de pronto y sin previo aviso, Darrell volvió a abrir los ojos y sonriendo se dirigió a sus amigos.
-  Recoged las cosas, partimos hacia Glamour -
[continuará]

viernes, 18 de octubre de 2013

El Pacto de las Viudas - Primera Parte

“¿Por qué me duele tanto la cabeza?”
Aun no había abierto los ojos y Caroline, en sus pensamientos, ya estaba quejándose. A medida que sus párpados se abrían, notó el color rojizo y anaranjado que lo cubría todo.

“¿Por qué hace tanto calor? ¿Y qué es ese ruido...?”

El ático estaba en llamas. El fuego cubría las paredes, cebándose en una carísima colección de lienzos abstractos. Incluso el propio vestido de Caroline comenzaba a ser pasto de las llamas. Intentó ponerse de pie, tosiendo a más no poder. Entonces notó que algo tiraba de ella desde el suelo. Miró a su muñeca y, en lugar de la pulsera de diamantes que siempre llevaba consigo topó con algo muy diferente. Eran unas esposas. Y al otro lado de ellas había un corpulento individuo tendido en el suelo, aparentemente sin sentido. Cubría su rostro con una máscara e iba enfundado en un esperpéntico traje de gomaespuma. Bajo la luz de las llamas Caroline reconoció el tema del disfraz: un payaso. Un payaso salido de una pesadilla.

Aturdida y confusa, Caroline miró a su alrededor. Aquel era el ático de Madison, no había duda de ello. Pero desde luego tenía mejor aspecto cuando lo visitó por primera vez. Recordó haber pensado que era lo más parecido al paraíso del diseño y el estilo. Ahora era un infierno de fuego y humo. Era increíble pensar lo mucho que podían cambiar las cosas en sólo tres días. Pero en aquellos tres días habían pasado tantas cosas...

SETENTA Y DOS HORAS ANTES.

- ¡Caroline! – Madison se levantó del sofá de diseño y corrió hasta ella haciendo repicar los tacones de sus Manolo´s sobre el mármol. – ¡Qué alegría que hayas podido venir al final!
- ¿Y perderme tu puesta de largo newyorquina? – Caroline respondió a Madison con esos mismos besos que no llegaban a tocar nunca las mejillas - ¡Ni muerta!
- Ese es el espíritu, cariño... – la tomó de la mano y casi la arrastró a través del inmenso salón – Ven, ¡déjame que te presente!
- ¡Menudo ático! – Caroline bajó la voz a modo de confidencia - ¿Quién es el afortunado al que has dejado que pague todo esto?
- Ahora mismo lo vas a conocer – Madison guiñó uno de sus ojos verdes y se aclaró la voz antes de proceder a la presentación oficial. – Caroline... éste es Hugh. Hugh... Caroline.
No aparentaba más de cuarenta y pocos. Levantó la vista tras unas elegantes gafas de Hugo Boss y clavó dos ojazos azules que hicieron sentir una punzada de envidia a Caroline. El arquitecto que había cazado la golfa de Madison no sólo era millonario... ¡además estaba como un tren!
- Encantado de conocerte por fin, Caroline... – tomó por la cintura a Madison – Maddie me ha hablado de ti...
- Oh, espero que no te haya contado... demasiado. – Caroline lanzó una exagerada mirada de complicidad a Madison.
- Bueno, os dejo solas. – Hugh la besó fugazmente en los labios y dedicó una cortés mirada a Caroline – Tengo dos reuniones que no pueden esperar...
- ¡No olvides que hemos quedado en Giordano´s a las siete y media! – Madison escuchó la puerta cerrándose y con un gesto de contrariedad buscó su móvil – Mejor le mando un mensaje. ¡Seguro que se le olvida...!
- Bueno, viendo lo bien que le sientan esos pantalones de Armani, creo que podré perdonarle que sea olvidadizo.
- ¡Oye! – Madison propinó una palmada en las piernas de Caroline a modo de reprimenda. - ¿Le estabas mirando el culo a mi novio?
- Ya sé, ya sé...
- “Se mira pero no se toca”.- dijeron ambas al unísono. Acto seguido, rieron recordando una vieja anécdota. Cuando las carcajadas cesaron, Madison dejó su copa de champagne de lado y miró inquisitivamente a su vieja amiga.
- Bueno... ¿y no tienes tú nada que contarme?
Caroline mojó los labios en el champagne y se acicaló el pelo, haciéndose la interesante.
- Desde que firmé el contrato con Cosméticos Dubois, Maddie, he tenido que ser muy discreta con respecto a mi vida privada... – miró para ambos lados como si los paparazzi pudieran estar escuchando – Pero entre tú y yo... puede que haya encontrado a...
Con un oportuno sentido del dramatismo, el timbre sonó dejando el chisme en su mejor momento.
- Seguro que es Suzanne... – dijo Madison poniéndose en pié y encaminándose a la puerta principal. Sus ojos, sin embargo, dedicaron a Caroline esa mirada tan suya de “quiero que luego me lo cuentes todo... con pelos y señales”.
Caroline escuchó los pasos de Madison perderse por el pasillo mientras su mirada hacía un recorrido a través de aquel inmenso salón. Los ventanales mostraban la envidiable vista que sólo un ático ubicado en la planta treinta del mejor barrio de Manhattan podía regalarte. Caroline sostuvo su copa y disfrutó en silencio de la vista. No puedo evitar sentir un poco de envidia, pues la suerte de Madison con los hombres parecía haber dado un salto cuántico. Le bastó recordar el historial de su vieja amiga en lo que a relaciones se trataba para que, de repente, Caroline se sintiese culpable. Madison había sufrido mucho en el pasado y se merecía ser feliz. Se merecía...
... ¿gritar?

Caroline escuchó el primer grito. Fue corto, como de sorpresa. Había dejado la copa sobre la mesa y corría por el pasillo cuando escuchó los que siguieron al primero. Encontró a Madison junto a la puerta principal, sentada en el suelo y gritando fuera de sí. Se abrazó a ella histérica. No dejaba de gritar, presa del pánico. En el suelo alguien había dejado una rata muerta con un puñal clavado en su panza, con una nota atravesada. En ella, Caroline sólo pudo reconocer un extraño emblema.
- Las viudas... – la voz de Madison era un hilo de voz, quebrado por el miedo y el llanto – Las viudas me han encontrado.

viernes, 28 de junio de 2013

Las Tres Reglas - Primera Parte


- ¿Es tu cumpleaños? No jodas, novato… - McCarthy volcó la petaca y el aguardiente barato hizo supurar el negrísimo café de mi taza.
- Ya ves… - intenté hacer un gesto para que se detuviera. – Tío, ¡que en cinco minutos empieza mi turno!
- Es Navidad, joder. – McCarthy acompañó la afirmación con un buen trago directo de la petaca. – Y vas a pasar tu puto cumpleaños patrullando por los Fens, así que más vale que te des una alegría…

Miré en silencio a McCarthy mientras apuraba su aguardiente casero. “¿Es así como acabo?” pensé en ese instante. “¿Con cincuenta y dos años? ¿Con sobrepeso al filo de lo tolerado en el cuerpo? ¿Con una ex mujer que se bebe la mitad de tu salario y un alcoholismo que se traga la otra mitad?”.

- Ahh… - McCarthy acompañó su satisfacción con un sonoro eructo. Me miró y se dio la vuelta, pensando que mi atención estaba en la pantalla plana del Flagherty´s. - ¿Qué? ¿Qué pasa? – atendió apenas tres segundos al partido de Superball que enfrentaba a los “Capas Rojas” de Chicago con los “Enmascarados” de Boulder. –No has sido tan capullo como para apostar contra los Capas Rojas, ¿verdad, novato?

Hacía dos meses y medio que había llegado a la ciudad. Era tiempo más que suficiente como para haber aprendido las tres cosas que un poli jamás debía hacer en Chicago. Primera regla. Jamás debías apostar tu dinero contra el equipo local, porque acabarías perdiéndolo. Nadie por aquel entonces sabía por qué (aún hoy creo que nadie lo sabe). Pero el caso es que bastaba que un poli apostase contra ellos para que perdiesen. ¿Maldición gitana? ¿Puñetera casualidad? ¿Qué cojones iba yo a saber por aquel entonces? Tenía veintidós años, un proyecto de barba pelirroja que parecía no atreverse a crecer… y toda la inseguridad que pueda tener un chico criado en una granja de Wyoming.

- ¿Seguro que no quieres que te acerque a casa…? – me ponía la chaqueta reglamentaria mientras McCarthy hacía gestos para llamar al barman – Me pilla de camino a la comisaría…
- Tranquilo, novato… Me quedaré esperando a Santa Claus. – usó la petaca para señalar con ironía el televisor – Si ellos existen… ¿por qué no el bueno de Santa?

En la pantalla del monitor, “Titan” cruzaba la línea de las cincuenta yardas con apenas dos zancadas. Había aumentado cuatro veces su tamaño y ni la telequinesis combinada de los defensas de los “Enmascarados” frenó un ápice su avance. Con el clamor del público, “Titan” recuperó su tamaño original mientras dos de sus compañeros se posaban de nuevo sobre el terreno de juego. Decían que aquello era como ver a los dioses jugando al fútbol. O al menos lo decían aquellos que habían podido pagar los doscientos pavos que costaba la entrada más barata del Coliseum.

- Unidad doce, unidad doce… - el country-rock irlandés aun se escuchaba de fondo, procedente del Flagherty´s. – Conteste unidad doce…
- Aquí unidad doce… -  puse en marcha la moto y me coloqué el casco, conectando el micrófono que llevaba incorporado – Tranqui, Collins. Voy de camino…
- ¿Has visto el pase que acaba de marcarse “Titan”? – recordé las palabras de McCarthy y el tono de Collins se me antojó el de un niño de tres años sentado en el regazo de un barbudo vestido de rojo. - ¡Ha sido cojon…!

Desconecté la radio sabiendo que me caería un buen rapapolvo al llegar a la comisaría. Pero la voz chillona de Collins resonando en alta fidelidad por los altavoces del casco era más de lo que estaba dispuesto a soportar en esa noche de mierda. Sólo quería llegar cuanto antes a la central, firmar mi turno y empezar a patrullar cuanto antes. Además, estaba a menos de diez manzanas de la comisaría y todo el mundo parecía haberse encerrado en sus casas para degustar la cena navideña viendo el partido más importante de la temporada. ¿Qué cojones podía salir mal?

- ¡Hijo de la Gr…! – traté de hacer algo parecido a un giro. Imposible recordar qué movimiento fue el que hizo la moto pero lo cierto es que al menos aquel deportivo blanco no me llevó por delante. Una milésima de segundo más tarde y hubiera acabado empotrado contra el muro. En su lugar, mi moto se limitó a patinar por el asfalto helado dejándome a mi tendido sobre él.

Me levanté con la agilidad de un muñeco de trapo, quitándome el casco y notando el calor de la sangre caer por mi frente.
- Joder… - la cara de idiota que se te queda cuando te ves sangrar es impagable. Alcé la vista, comprobando que el deportivo blanco había decidido emplear un viejo puesto de periódicos como improvisado aparcamiento. La estática del casco me indicaba que la radio había pasado a mejor vida. – Eh… ¡Los del coche! – di un par de pasos, sacando mi nueve milímetros de la cartuchera. - ¿Están… están bien?

Daba pasos cortos, sosteniendo mi arma con las dos manos y el cañón bajo. Me gustaría pensar que estaba siendo fiel a lo que me habían enseñado en la academia. Pero lo cierto es que estuve a punto de apretar el gatillo cuando la puerta del deportivo salió despedida, arrancada de sus goznes.

- No… No se mueva. – Tartamudeé, encañonándolo con toda la sangre fría que pude acumular. Tambaleándose como un pelele, aquella mole de casi dos metros me miró como el elefante que se topa con una insolente hormiga.
- ¿Cómo has dicho? - Llevaba un traje de color blanco con aspecto de costar más que la hipoteca de cualquiera de los edificios que nos rodeaban. Y aunque nunca llegué a saber lo que había dentro de la botella que dejó caer al suelo vacía. Pero le había llevado a ese punto de la embriaguez en la que se alterna la amistad eterna con la violencia más salvaje. - ¿Me has dado una puta orden, piojo?

Hasta aquel momento no había visto a ninguno de ellos en persona. Dos meses y medio en la gran ciudad y no me había molestado ni una sola vez en mirar al cielo, en busca de uno de esos “dioses” que alternaban los titulares de los diarios deportivos con las portadas y los escándalos de la prensa rosa. Podían aplastar un acorazado con las manos o hacer que un huracán arrasara el condado. Y pasaban la mayor parte dando entrevistas o acudiendo a infames realities de televisión.

- Vas a lamentarlo, microbio… - escuché rechinar el chasis del deportivo mientras las manos de aquella mole se hundían en el metal como si fuese mazapán. Lo levantó por encima de su cabeza con una facilidad que me dejó petrificado. Pasó tan deprisa que mi cerebro apenas si pudo reaccionar de otra manera. 

Aquel monstruo era Peter Corvac. “Bullraker”, según la Liga de Deporte Supremo. Titular de los “Capas Rojas” durante las últimas tres temporadas y que esa noche no podía jugar por una amonestación adquirida en el último partido. ¿Queréis saber otro detalle curioso? Además de tener la fuerza de mil hombres, el noventa y nueve por ciento de su piel tenía la dureza del diamante.
El puto noventa y nueve por ciento.

La bala de mi nueve milímetros entró destrozando su globo ocular derecho, adentrándose hasta su masa encefálica. Las paredes internas de su cráneo, indestructibles como eran, sólo empeoraron la situación: la bala rebotó innumerables veces, convirtiendo su cerebro en algo parecido al pudin de manzana. El deportivo cayó al suelo. “Bullraker” no tardó en seguir su ejemplo.


No recuerdo el tiempo que me quedé allí, empuñando mi arma y con el estampido del disparo resonando en mi cabeza. Había matado a un dios. Y el cielo, con el resonar de un trueno sordo y el inicio de una impertinente llovizna, me sacó de mis pensamientos. Recordándome que estaba de mierda hasta el cuello.

viernes, 24 de mayo de 2013

Socios a la Fuerza - Primera Parte

Grandes estudiosos de las Matemáticas y las ciencias en general han dictaminado que en la inmensidad del espacio existen las mismas posibilidades de cruzarse frente por frente con una patrulla armada de la Tropa Espacial desviado de su rumbo habitual que de tropezarse con un campo de asteroides sin registrar en la Carta Astral. Por tanto hoy era un día de suerte para el capitán Balboa y su tripulación de contrabandistas, ya que se toparon de bruces con las dos cosas a la vez.

Desde la inmensidad del espacio la persecución no era más que dos insignificantes puntos de luz, uno detrás de otro. Un poco más cerca, a una distancia prudencial, se podía ver a los asteroides abrirse como melones silenciosos al recibir los impactos de los disparos de la Tropa Espacial. Desde el interior de la Milagros la cosa no pintaba bien.

-    ¡Como apagues la puta música suelto el volante y dejo que nos cojan!

Una de las manías de Seya, la piloto, era encender emisora Neo-Metal a un volumen escandaloso en los momentos de tensión, lo que ponía de los nervios al capitán Balboa. Tenía además un carácter andrógino que la hacía bastante imprevisible.

-    Y si no nos estrellamos contra uno de esas piedras a mi me caerían solo la mitad de años que a vosotros. - Seguía diciendo Seya mientras reía con una voz asombrosamente grave – ¡JA, JA, JA!

Junto a Seya estaba Nino. Nino había sido cocinero y tenía un programa de serie B en la televisión, pero los requisitos para mantener la audiencia acabaron convirtiéndolo en actor porno. Era bueno en las negociaciones, especialmente con las mujeres, pero esta vez tuvo que recular, alejar la mano del volumen de la radio y colaborar a su manera. 

-    Seya. Si sueltas ese volante estrellaré la nave yo mismo.

Pero Seya estaba inmersa en su juego y no escuchaba a nadie. Agarrando el volante con sus ganchudas manos conseguía hacer que la Milagros bailase con los asteroides como pez en el agua. Desde la posición privilegiada de Nino se podía ver como pasaban a escasos centímetros del puente las enormes piedras espaciales. No fue un espectáculo que pudiera disfrutar. Los movimientos eran bruscos e improvisados y acabo vomitándose encima.

Era en esos momentos cuando el capitán Balboa comprobaba como la felicidad era cuestión de perspectiva y de donde fijaras la vista. El olor ácido del vómito se le metía hasta el estomago pero se convenció de que todo valdría la pena si Seya era, además de rarita, una de las mejores pilotos de la galaxia. Tras jugar nerviosamente con su cadena de oro de la suerte, consiguió recuperar la compostura y el equilibrio, ponerse en pie y dirigirse zigzagueando hasta su puesto de mando.

-    Gracias por la cena Nino. – El capitán apagó de súbito la radio y esperó la reacción. Seya lanzo una mirada mitad de rabia mitad de gatito herido a la que el capitán ya se había acostumbrado. – Pues suelta el volante. – Seya tuvo dudas durante un segundo. – Ahora. Y sal de este sitio de una vez. Hemos despistado a la patrulla. -

Efectivamente. La Milagros se encontraba a salvo y Seya salió dulcemente del campo de asteroides. Era el momento de retomar la ruta prevista hasta el lugar donde debían hacer la entrega: Valsan, el planeta Rojo.

Valsan, también conocido como Valparaíso, era un planeta sin ley donde millonarios excéntricos iban a probar las mieles de las sustancias prohibidas. A pesar de ser un sitio muy atractivo para los contrabandistas corrían malos tiempos para el bandidaje y los trapicheos. Y aunque en estos tiempos cualquier negocio era bueno, Balboa sabia que ni siquiera el gordo de Cobb iba a aceptar una carga partida en mil pedazos por los golpes de los vaivenes la persecución.

No quedaba mucho tiempo y tras una rápida inspección el capitán Balboa ordeno colocar en una misma caja la carga que aun estaba en condiciones. Quizás enseñando solo esa caja Cobb se olvidaría de inspeccionar el resto. Sea como fuere, y como era habitual, antes de hacer una entrega el capitán Balboa se encerró en su camarote para rezarle una última oración al retrato de su ídolo Joan March, el Gran Contrabandista. Allí, en la tranquilidad, pudo reordenar también sus pensamientos mientras juguetea con su amuleto de oro. Era un ritual que siempre le funcionaba. Después de todo seguían con vida y aun podía tener un golpe de suerte más. Pero grandes estudiosos de las Matemáticas y las ciencias en general habían dictaminado que en la inmensidad del espacio es imposible tener dos golpes de suerte en un mismo día.

-    No hay negocio Balboa. Esto lo pagas tú de tu bolsillo.

-    Vosotros queríais una carga y aquí la tenéis. Creía que éramos hombres de negocios. 

El gordo Cobb tenía una barba larga y harapienta y los dientes picados de fumar sustancias prohibidas. Su aspecto era tan desagradable como su aliento.

-    ¿Sabes una cosa Balboa? Tienes toda la razón. Seamos razonables. Has traído la carga. Mira, aquí está el dinero. ¿Lo ves? Ahora cojo estos papelitos y los rompo en dos pedazos. Y ahora en otros dos. Y otros dos más. – Los minúsculos trozos de dinero salían volando en todas direcciones. – Y este ultimo billetito para ti enterito, a cambio de esa caja que está intacta. ¿Ves? Es un trato justo. –

El capitán Balboa pudo comprobar que si había algo peor que el aliento de Cobb eso era su sonrisa. La repugnancia que le produjo le dio ganas de vomitar.

-    La rueda nunca para de girar, Cobb. – maldijo mientras escupía violentamente contra el suelo.

-    Y si lo hace no dudes en avisarme. ¡Hasta la vista Balboa!
Al alejarse el vehículo de gordo Cobb el capitán aun pudo escuchar las mofas sobre la Milagros, ya que por lo visto se llamaba igual que una de las  rameras del burdel de Jijrion. Al capitán mantenía la compostura lo mejor que pudo, pero ese teatro de las apariencias no iba con Riki. Y Riki estaba claramente ofendido.

-    ¡Suig my piel! ¿Por qué no hemos disparado a ese gordo come mierda? –Riki era el hermano gemelo de Nino, pero en lugar de las nobles artes culinarias se había dedicado a la construcción y la mecánica. Era conocido como “el tenazas”, pues era único a la de fijar tuercas con las manos desnudas. En sus ratos libres se había dedicado a la lucha clandestina, cosa que extrañaba a menudo. 

-    Vendimos la munición en El Pantano. Tampoco tenemos cargas de fuel para llegar muy lejos y el negocio no ha salido precisamente bien, ¿no crees?

-    Joder jefe. ¿Y ahora qué? ¿Alguna idea de cómo salir de este planeta de cocosos y puteros? Aunque no se, este sitio tiene algo que me gusta. No sé si me entiende… - El capitán le contestó con una astuta sonrisa.

-    Te gusta este sitio Riki? Pues ahora que lo dices, si que tengo una idea. 

viernes, 15 de febrero de 2013

La Venganza De Un Buen Hombre - Primera Parte



Apareció de la nada, como todos los demás de la reunión. Afuera, la lluvia azotaba sin piedad los coches que se alineaban en el parking del centro cívico. Dentro las goteras llenaban algunos cazos y barreños que, repartidos por toda la galería, servían como banda sonora al drama y las tragedias confesadas en voz alta. Como los demás, aquel hombre tenía unos cuarenta y pocos. Como los demás, llevaba una pegatina en el pecho con un nombre de pila que, con toda seguridad, sería falso.

“Bob” – o al menos así lo bautizaba su pegatina – vestía sudadera de color negro, pantalones vaqueros y calzado deportivo muy gastado. Tenía la cabeza afeitada y su complexión era atlética, más fuerte que los demás. Algunos lo miraban, sentados en sus sillas plegables, preguntándose en silencio cómo lo hacía. Cómo cóño podía mantener esa figura con un cáncer corroyendo sus entrañas.

“Bob” permaneció en silencio, atendiendo cada una de las tristes historias que desfilaron durante la hora siguiente. El padre Ferris – un joven sacerdote recién salido del seminario – trataba de animar a los participantes, pidiendo aplausos entre intervenciones. “Bob” no aplaudía, limitándose a mordisquear un palillo con el que jugueteaba entre los labios. Escuchó impasible cómo “Ralph” había tenido que vender su casa para poder afrontar los primeros pagos de la quimioterapia. Ahora, su mujer, sus dos hijos y él dormían apiñados en el desván de su cuñado. Luego llegó el turno de “Adam”, a quien habían echado de su oficina al poco de descubrir su cáncer. Todas aquellas promesas de incentivos y cobertura médica ilimitada que la empresa le había hecho se esfumaron por un más que oportuno tecnicismo legal. Había dedicado diez años de su vida a esa empresa y no tardaron ni diez minutos en echarlo a la calle. El caso de “Tom” fue parecido... aunque en su caso fue toda la factoría la que había cerrado sus puertas para llevarla a un país donde no hubiese impedimento legal a la hora de contratar mano de obra infantil. La trasladaron después de haber estado en el pueblo casi cuarenta años, contaminando el aire y el agua... siendo posible cómplice del tumor que había condenado a “Tom” a morir en menos de un año.

“Bob” escuchó. Y escuchó. Y siguió mordisqueando su palillo hasta que éste cedió entre sus dientes. Entonces escupió a un lado, colando los diminutos fragmentos en una de las cazuelas que acumulaban agua de lluvia.

- Muy bien, “Tom”. Un aplauso para “Tom” – el eco de las palmas resonó con tristeza – Veo mucho valor reunido hoy aquí, si señor. – se escucharon las toses agónicas de “Ralph” – Aunque también veo que hay una nueva incorporación... – El padre Ferris se ajustó sus gafas de montura metálica para leer su etiqueta – “Bob”, ¿verdad? Cuéntanos, Bob... ¿cuál es tu histo...?
Cállate.

El padre Ferris no hubiera podido continuar la frase ni aunque le hubiese ido la vida en ello. El tono de voz de “Bob” era firme, autoritario. Como el de un general. Se puso de pié, eclipsando con su tamaño la escuálida figura del seminarista.

- A ellos no les interesa escuchar mi historia. – sus ojos azules pasaban de “Ralph” a “Adam”. De “Adam” a “Tom”. – Cuando un hombre sabe que va a morir con una certeza como la nuestra... – volvió a mirar al padre Ferris. – Siempre hay tíos como tú, para consolarlos. Para adormecerlos…

El seminarista tartamudeó algo parecido a una respuesta pero para entonces, “Bob” ya tenía la atención de todos los presentes.

- ¿Sabéis cuanto dinero mueve la industria de la quimioterapia? ¿O la de los demás tratamientos paliativos? - En su tono de voz había algo más que autoridad. Había una comprensión mutua. – Es muy rentable tener a los moribundos así, que sigan vivos cuanto más tiempo, mejor… - Ni “Ralph” ni “Adam” ni “Tom” le habían visto en su vida, pero podrían haber jurado sobre la biblia que “Bob” sabía lo que era estar desesperado.

Entonces, “Bob” sacó una pistola. Una calibre cuarenta y cinco. La había llevado todo ese tiempo oculta bajo la sudadera.

- Esto es intolerable... – el padre Ferris se incorporó – “Bob”, voy a tener que pedirte que...

Ocurrió tan rápido que, para cuando se dieron cuenta, la sangre salpicaba ya las prendas de todos los presentes. Los gritos del padre Ferris resonaban en la galería mientras se aferraba la rodilla. No volvería a caminar con normalidad en lo que le quedaba de vida.

- ¿Sabéis por qué ponen a tíos como él a dar charlas como estas?. – aunque todos se habían levantado de sus sillas, sólo “Adam” hizo el gesto de intentar salir de allí. “Bob” lo fulminó con la mirada. – Porque les acojona. Les acojona lo que un tío como vosotros puede llegar a hacer.
- Mi rodilla, joder… - la sangre manaba a chorros de la rodilla inútil del padre Ferris. Pero ninguno de los presentes movería un dedo por ayudarle. No. Había algo en las palabras de “Bob” que resultaba casi hipnótico.
- No ha sido culpa de la mala suerte. Ni de Dios. Vais a morir. En un mes, dos meses... - el calibre cuarenta y cinco pasaba de “Adam” a “Tom”, de “Tom” a “Ralph” – Y cuando eso pase, los hijos de puta que os han llevado hasta aquí van a seguir ganando pasta… Los banqueros que se llevaron tu casa, “Ralph” – el cañón del arma pasó a “Adam” – …los directivos de tu empresa… - y, finalmente, la pistola miró a los ojos a “Tom” - … los cabrones que envenenaron tu pueblo.

“Bob” los encañonó en silencio mientras los gemidos de dolor del padre Ferris se alejaban. Había tratado de ponerse en pié, torpemente, intentando alcanzar la salida. Poco antes de que alcanzase la salida, fue “Adam” quien hizo la pregunta.

-  ¿Qué… quieres de nosotros?

“Bob” lo miró y puso de nuevo el arma ante sus narices. Estaba a menos de un centímetro de su cara. A esa distancia, lo mataría en apenas un puñado de segundos. “Adam” se sorprendió al no sentir miedo… sino paz. Lo rápido y fácil que sería todo, pensó, si ese chiflado le volase los sesos en ese preciso instante. No más sesiones de “químio”. No más agonía.

Pero “Bob” sabía que aquello no iba a ser ni rápido ni fácil. Dejó que el arma se deslizase entre sus dedos, ofreciendola por la empuñadura a un atónito “Adam”.

- Estoy reclutando un ejército, “Adam”. – “Bob” miró a los otros dos – Vamos a demostrarle a unos cuantos hijos de puta lo que pueden hacer un puñado de tíos que no le tienen miedo a morir.

sábado, 2 de junio de 2012

LAS AVENTURAS DE LOS GOONBOYS - La última aventura, 2ª parte. Capítulo primero.


  La brisa de verano acariciaba juguetona el vestido de Paula. Era un vestido blanco, moteado con flores de diversos colores alegres que bailoteaban al compás del viento, rozando un esbelto cuerpo que ya insinuaba ciertas formas de mujer. Lo que iban a hacer estaba mal. Él lo sabía y sospechaba que ella también. Pero quizás eso le hacía desearlo más. O tal vez fuera que en ese momento no le importaba en absoluto. Solo podía pensar en una cosa. En hacer algo que llevaba tiempo anhelando secretamente. Llevaban días hablándose en silencio, diciéndose mil cosas con fugaces miradas. Por fin había reunido el valor… No, no el valor, sino el ansia suficiente para escribir una nota nerviosa que decía únicamente: “A las siete en el parque Rojo”.

  Todos conocían perfectamente aquel frondoso parque de las afueras tras la búsqueda infructuosa del tesoro del bandolero “El Tuerto”. No se habían dicho ni una sola palabra desde que se encontraran en la puerta, temerosos de estropear el momento. Sus pies les habían llevado al pequeño claro del viejo banco bajo el sauce llorón. Allí el tiempo se había congelado. Sus ojos estaban clavados en los de ella mientras su corazón golpeaba su pecho a mil por hora con escandalosa insistencia. Torpemente cogió su mano. Estaba fría como un témpano y… ¿Estaba temblando? Notaba su espalda empapada de sudor.
 –“¡Vamos, tío! ¡No te quedes ahí plantado como un idiota! ¡Lánzate!”-
No había marcha atrás. Cerró los ojos y…

  Era de noche. Lo sabía porque un frío gélido y húmedo le hacía temblar de forma descontrolada.  El agotamiento y la fiebre le habían hecho perder la noción de la realidad y su mente vagaba libre entre sueños y recuerdos de un aterrador realismo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Días? ¿Semanas? No había comido nada desde hacía una eternidad y el agua, que le cubría hasta medio cuerpo, tenía un desaconsejable sabor ácido  al que había terminado por sucumbir. Nada que ver con el dulce aroma de los labios de la pequeña Paula. Había sido su primer encuentro a solas. Su primer beso. Y probablemente el principio del fin de su amistad. Pero ¿Qué pre-adolescente puede resistirse a la imperiosa llamada de la carne? Había pensando mucho en sus viejos amigos. ¡Cuántas increíbles aventuras juntos y qué forma más vulgar de perder el tesoro más preciado que les unía!

  Se habían creído tan especiales… Habían derrotado brujas, encantadores de ratas, sectas, ladrones, secuestradores, ¡hasta a un hombre lobo! Y, sin embargo, habían sucumbido al más común de los males: la culpa, la vergüenza, los celos, el distanciamiento, el tiempo y, finalmente, el olvido.
¡No! ¡No podía hacer eso! Auto compadecerse no iba a sacarle de ahí. ¡Él era un hombre de éxito, astuto y con iniciativa! Tras una carrera mediocre en la universidad, había descubierto la forma de prosperar explotando sus habilidades de vendedor. Había guardado en un oscuro rincón de su ser sus inquietudes artísticas para focalizar sus esfuerzos en algo mucho más práctico: el dinero.  ¿Por qué invertir meses en diseñar retorcidas figuras geométricas cuando podía ganar mucho más intermediando en la construcción de viviendas unifamiliares? ¡Que hagan arte otros! Él quería fortuna y mujeres.

  Tan solo se había dejado llevar por su romanticismo una vez al adquirir los terrenos de la abandonada iglesia de su pueblo natal. En su fuero interno pretendía hacer algo hermoso para curar traumas que se le habían enquistado en el alma. Pero su socio no estuvo de acuerdo. Quizás si le hubiera contado sus auténticas razones, si le hubiera explicado… No, Don Leopoldo nunca lo hubiera entendido. Demasiados años haciendo negocios juntos. No comprendería que hicieran algo sin lucrarse. Serían viviendas de lujo entonces. ¡Qué ironía tan grande! La supuesta base secreta de una secta demoníaca en la que había estado a punto de morir ahogado, convertida en un barrio para estrellas de la tele, jugadores de fútbol, tiburones de mercados de valores y políticos jubilados.

  Había pensado mucho en sus amigos pero también en quién podía ser el loco que le había secuestrado. De los innumerables enemigos que habían podido forjarse a los únicos a los que no habían dado un buen escarmiento eran los de la iglesia de San Judas.  La coincidencia era demasiado clara como para ignorarla. No había tenido el valor de ir en persona a la iglesia, a pesar de que había ordenado sellar el pozo, pero se había documentado. El templo estaba dedicado a Judas Tadeo y no Judas Iscariote, como había supuesto el sabelotodo de Gregorio. Su primer párroco había sido un tal Don Ricardo Casasgrandes. Al parecer no había sido un tipo cualquiera. Un contacto de la archidiócesis de Valencia le había contado una historia sobre una congregación que trataba directamente con El Vaticano especializada en temas de posesiones y exorcismos. Según los archivos, Casasgrandes se había retirado voluntariamente a San Gonzalo tras muchos años de activismo con los “Discípulos de San Tadeo”. Años después habían llegado los rumores sobre cánticos a media noche pero desde la alta cúpula eclesiástica nunca se les otorgó credibilidad

  ¿Y si…? ¿Y si el viejo cura no vino tan solo buscando el feliz retiro deseado por todos? ¿Y si trajo consigo algún terrible secreto? ¿Podría haberse pasado al otro bando? ¿Y si se había aliado con aquellos a los que había combatido en nombre de Dios? Había vivido suficientes aventuras como para creer en la existencia de demonios y demás seres sobrenaturales. ¿Y si alguien más aparte de ellos sufrió las consecuencias del incendio? Habían asumido que el incendio había sido provocado para tapar huellas pero… ¿y si lo causaron ellos? ¿Y si fue un accidente? Un accidente que él había provocado con su grito. Un accidente que destrozó un culto que había sobrevivido décadas en la sombra. Y ahora él había vuelto para construir pistas de pádel sobre las tumbas de los santos.

  Marcos intentó incorporarse pero las fuerzas le fallaron. Se apoyó en la áspera pared y gritó con todas sus fuerzas. Pero sólo salió un graznido ronco. La tos le tumbó de nuevo en el suelo y a punto estuvo de ahogarse. Desesperado volvió a erguirse con la ayuda de sus débiles brazos y lo intentó de nuevo.
-Ey... ¡Ey!... ¡¡EY!! ¡hijo de puta! ¡ja, ja, ja! ¡MALDITO HIJO DE PUTA! ¡DÉJATE DE JUEGOS, CABRÓN DE MIERDA! ¡¡YA SE QUIEN ERES!! ¡¡MIS AMIGOS Y YO TE VAMOS A JODER DEL TODO ESTA VEZ!!-

viernes, 27 de abril de 2012

Las Aventuras de Los Goonboys - LA ÚLTIMA AVENTURA (I) - Primera Parte

Era la habitación más blanca, más limpia y más vacía que Marcos había visto en sus cuarenta años de vida. Aquel fue su primer pensamiento claro desde que, segundos atrás, se había despertado en el suelo impoluto de aquella celda imposible. Unos segundos en los que apenas había logrado superar aquella fase inicial de mareo y desorientación.

- Joder… la cabeza… - Se llevó las manos a las sienes: un martillo neumático hacía horas extras en el interior de su cerebro. El dolor y el mareo no ayudaban a poner en orden los recuerdos de las horas anteriores. Y además… ¿qué era ese saborcillo que tenía pegado en el paladar?

Mientras trataba de incorporarse, aferrado a esas paredes lisas y frías, fragmentos de su pasado reciente empezaban a formar una imagen del rompecabezas.

“¡Enhorabuena, campeón!”

Como un fogonazo, Marcos se vio ante el umbral del despacho de Leopoldo, su socio en el estudio de arquitectura. Sentado tras su despacho, con la corbata mal anudada, Leo le hacía un gesto de “me gusta” con el pulgar en alto. Su cara redonda y regordeta lucían una mezcla de envidia sana y alegría sincera.

“Aquí lo tiene: limpieza y planchado… como lo pidió, don Martín”.

En otro recuerdo fugaz, la dependienta de la tintorería le hacía entrega de su mejor traje y de la factura.

De regreso al presente, con un gesto nervioso, Marcos rebuscó en los bolsillos de ese mismo traje, el cual notó arrugado y sucio, lleno de polvo y arenisca. Sus dedos sacaron el contenido de los bolsillos, como quien espera encontrar en ellos alguna clase de respuesta.

El resguardo de la tintorería. Un par de tarjetas de presentación. Un móvil…

“TK, corazón.”

Alicia le había escrito ese mensaje. Marcos recordó haberlo leído mientras el taxi lo llevaba hasta…

“¡Viva el novio!”

El fogonazo de un nuevo recuerdo se entremezcló con las luces estroboscópicas de una discoteca. Carlos, Julián, “el Peri” y unos cuantos más lo rodeaban con copas, risas y mucho alcohol en las venas.

- Hijos de puta… - Marcos sonrió mientras comprobaba que el móvil estaba sin batería. Alzó un poco más la voz, mirando para todos lados de esa extraña habitación.- ¿Seréis hijos de puta? ¿¡Dónde cojones me habéis metido, panda de cabrones?!

Posiblemente había sido idea de “el Peri”. Perico era un devoto de las películas de terror y se jactaba de haber visto “Saw” unas treinta veces.

- La verdad es que os lo habéis currado, si señor… - Marcos habló para todos los rincones de la estancia. El miedo había dejado paso a una sincera admiración por sus colegas: se lo habían trabajado a base de bien. ¿Cómo demonios – pensó – habían montado aquella sala de forma que pareciese que no...

… que no tenía puerta.

- Venga, tíos. – Marcos trató de apartar aquel último pensamiento e intentó sonreír. – Esto ha tenido gracia pero ya está, ¿vale?

Esperó unos instantes. En realidad fueron apenas veinte segundos. Pero para Marcos el tiempo comenzaba a dilatarse… tanto como su sensación de inquietud.

- Tíos… - Dio un par de golpes en una de las paredes: parecían macizos. Como un bunker. – No tiene gracia, ¿vale?

Más silencio. Marcos volvió a comprobar el móvil y sintió que su pulso se aceleraba. Nunca creyó haber sido claustrofóbico. Claro que nunca nadie lo había encerrado en una habitación como esa.

El sonido de acople de un sistema de audio le sobresaltó. Su dolor de cabeza se intensificó durante un instante, como si alguien hubiese clavado un alfiler al rojo en su oído interno.

- Tus amigos no pueden oírte, Marcos.

La voz sonaba distorsionada, con interferencias similares a la de una vieja transmisión por radio. Marcos trató de ubicar la procedencia del sonido pero la estructura de la estancia hacía imposible dicha labor. Como arquitecto no podía más que admirar al diseñador del entorno. Como rehén de alguna clase de psicópata, en cambio…

- ¡Tios, dejáos ya de chorradas!

- Tus amigos no pueden oirte, Marcos. – repitió la voz, con un leve punto de impaciencia.

Marcos deambuló por la estancia, frenético, llevándose las manos a la cabeza. Miró a todas partes y trató de lanzar una amenaza sin que se le notase su miedo. Hacía años que no se sentía así. Hacía tantos años ya…

- Mira, no sé quien cóño eres, pero mis amigos siguen en esa discoteca y me estarán buscando…

- No me refería a esos amigos, Marcos. – la voz parecía extrañamente divertida.- ¿Por qué no miras en el bolsillo de atrás del pantalón?

Durante un instante, Marcos pensó que aquella persona – fuese quien fuese – le trataba con una inquietante familiaridad. Su mano rebuscó en el bolsillo y sus dedos toparon con algo. Marcos reconoció el tacto de una vieja Polaroid.

“No puede ser…”

Su corazón, que había estado latiendo como el motor de un Fórmula 1, se detuvo en seco cuando reconoció a los niños que posaban juntos en aquella vieja fotografía. La voz no había mentido. Eran sus amigos. Sus viejos amigos.

Luis. María. Gregorio… Paula.

- No… - las palabras no podían salir de su garganta – No puede ser…

Las piernas de Marcos habían empezado a fallarle y, apoyado contra una de las paredes blancas – infinitas - de la estancia, fue deslizándose hasta quedar arrinconado, acorralado. Con su mirada fija en la foto, incapaz de reaccionar.

Tan absorto estaba que apenas si se percató de que una fina capa de agua había comenzado a manar de unos diminutos orificios que había a ras del suelo.

La voz sentenció lo que parecía obvio.

- Dime una cosa, Marcos… ¿Crees que tus viejos amigos llegarán a tiempo de rescatarte esta vez? – la locura tintineaba en cada una de sus palabras – Tic-tac-tic-tac-tic-tac.

viernes, 20 de enero de 2012

Los Saqueadores de Sueños - Primera Parte


Lo miras y lo único que ves es al prototipo de hijo de perra sin escrúpulos que nos ha llevado al filo del colapso económico. Cameron Wells. Veintisiete años. Lo bastante mayor como para ser socio de uno de las consultoras financieras más influyentes a este lado del continente americano, Hallyfax and Brothers. Lo bastante joven como para no haber vivido en su piel ninguna guerra, ninguna tragedia. Criado entre algodones desde la cuna, yendo a los mejores colegios. Capitán del equipo de lacrosse en la Universidad. Ojos azules, complexión atlética – cortesía del remo y las sesiones de Pilates – y una sonrisa encantadoramente embaucadora.

Pero por debajo de todo ese disfraz de aparente prosperidad, Cameron Wells tiene un secreto. No es la clase de secreto que se oculta en unos libros de cuentas falseados. No es su orientación sexual ni tiene un sótano lleno de cadáveres. No. Su secreto es, en cierta medida, más complejo que todo eso.

Comenzó hará un año, más o menos. Por aquel entonces, la crisis no había hecho más que empezar y había negocio en el aire. Phill, el ejecutivo de ventas que había sido como un mentor para Cameron, reunió a todos los chicos del departamento y les dio “la charla”: durante un par de semanas iban a dormir poco y a ganar mucho. La promesa fue cierta, pero Cameron estuvo cerca de tres días sin dormir.

Fue tras aquel maratón cuando comenzó a soñar con La Granja.

No se trataba de ningún lugar conocido por Cameron. No era el lugar donde hubiera pasado los veranos, ni donde un abuelo de raíces pueblerinas le hubiese enseñado a pescar. Cameron se había criado en un cosmopolita barrio residencial de Chicago: su contacto con la naturaleza se reducía a alguna visita al zoo cuando era niño y los documentales de Nacional Geographic.

Sin embargo, aquel lugar parecía real. Era un sueño, por supuesto… pero había algo más. Cuando despertaba, Cameron aun era capaz de sentir el olor de los pinos, el tacto de la resina de sus troncos, la brisa del viento del atardecer. Y la calma, y el silencio. La primera vez que soñó, Cameron pensó que había sido secuestrado: vagó por las distintas dependencias de la Granja, tratando de encontrar a quien quiera que lo hubiese sedado y llevado hasta allí. No había teléfono, ni vehículo alguno. Curiosamente tampoco había acceso alguno por el que salir: el bosque rodeaba la solitaria propiedad, dejando prácticamente ninguna opción a escapar de allí que no fuera campo a través.

Aquella primera vez, Cameron despertó en cuanto intentó atravesar el bosque. Durante toda aquella primera mañana, pudo retener las sensaciones de aquel lugar pero no tardó en olvidarse de todo. Sin embargo, la noche siguiente volvió a soñar con La Granja. Y la siguiente. Y la siguiente.

Pronto, Cameron fue comprendiendo lo que era todo aquello. Era un refugio. Durante el día pasaba las horas tratando con gente que no le importaban una mierda, hablando con personas cuyo único valor para él residía en su potencial como inversores. En aquel lugar, natural, aislado, ajeno… podía sentirse libre.

Creo que eso va a cambiar esta noche. Después de hoy, su refugio no volverá a ser igual. Nada lo será. Hemos estado vigilando a Cameron desde que descubrimos su refugio y, pese a que no es la clase de persona a quien solemos reclutar, son tiempos difíciles. La Tragedia está cada día – cada minuto – más próxima a nosotros. Y no podemos descartar a ningún soñador… por muy cretino que nos parezca.

lunes, 11 de abril de 2011

Javi - Primera Parte

Espero me perdonen la redundancia pero yo de pequeño era muy pequeño, menudo... Y a menudo eso me suponía un enorme problema. El mundo puede ser un lugar cruel e inhóspito pero no hay nada más despiadado que un grupo de niños con una víctima en el punto de mira. Enclenque, esmirriao, canijo, ratita, renacuajo, gusano, chiguagua, bacteria, enano, pigmeo, gorgojo, garrapata, liliputiense, tapón, escupitajo, microbio eran algunos de los piropos que me lanzaban mis compañeros durante mi tierna infancia... Además de bolas de papel, trozos de tiza, borradores y cachos de bocadillo mordisqueados y baboseados, claro está. Pero el dardo envenenado que más me dolía era el mote de Brutus. Ahora pueden verlo como una tontería pero en aquellos días, el que me compararan con la Némesis del intrépido comedor de espinacas se antojaba un trago demasiado amargo para mí.

Probablemente, mirado desde fuera, mis medidas no eran tan reducidas como para considerarme diminuto pero el constante machaque de los matones del cole me provocó un insoportable complejo de inferioridad. En una ocasión intenté rebelarme a mi infortunio y enfrentarme a mis opresores, más con desesperación que con valentía. Cuadré los hombros, alcé la barbilla y planté bien fuerte los pies en el suelo tal como había visto hacer a los héroes de las series de acción de la tele... Y me llevé un buen par de moratones de propina a casa y la moral hecha un guiñapo. No olviden que las hienas siempre atacan en manada y yo no era más que un enjuto llanero solitario. No tenía ninguna posibilidad.

Tampoco ayudaba en absoluto el que mi tío fuera el profe de física y matemáticas, uno de los seres mas temidos y odiados del universo... Del nuestro al menos, que era lo que importaba al fin y al cabo. Pobre hombre... Me avergüenza reconocer que, ciego de dolor e ignorancia, llegué a odiarle por creerle el origen de mis desgracias. Tan confuso y perdido estaba yo. Mi tío Enrique, ó Don Enrique García, como se le conocía en el colegio, fue lo mas parecido a una figura paterna que jamás tuve. Severo e implacable en todo a lo referente a la disciplina y a los deberes del alumno, ocultaba en su interior a un ser sabio y fascinante. Claro que tardamos en salvar el abismo que nos separaba. No era culpa suya que su horizonte fuera mucho más basto e insondable que el de un niño de once años.

Cierta vez me oyó quejarme amargamente de mi infortunio y de los compañeros que me había tocado sufrir. Entonces levantó la mirada de sus papeles y me dijo: “Javier...”; siempre se dirigía a mí por ni nombre de pila completo y no por un diminutivo como el resto de la gente, algo tan simple pero significativo y que no supe entender y apreciar aquel entonces; “... a toda hipotenusa siempre acompañan un par de catetos”. Enseguida percibí un desafío y, tan arrogante como puede serlo un chaval sabelotodo y acomplejado de mi edad, contesté: “Yo no puedo ser la hipotenusa. ¡Ellos son mucho más grandes que yo!”. Y entonces sonrió levemente, pero con un intenso brillo los ojos que nunca le había visto, un destello que captó toda mi atención e hizo que sus siguientes palabras se grabaran en mi memoria para siempre: “Te equivocas. Aún no lo sabes pero existen hipotenusas que no pueden medirse con números racionales, aunque sus catetos sean reales, vulgares. La humanidad tardó siglos en resolver el enigma, así que no te preocupes, tienes tiempo para darte cuenta”. 

Ojalá mi tío pudiera verme ahora.