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viernes, 22 de junio de 2012

LAS AVENTURAS DE LOS GOONBOYS - La Última Aventura - 2ª Parte (Conclusión)


Al abrir la puerta, un torrente salió disparado del interior. Los envolvió a todos durante unos segundos; arrastrándolos con la suficiente fuerza como para dejar a cada uno de ellos en un extremo distinto de la gruta. Superada la sorpresa inicial y frotándose los ojos, el primero en reaccionar fue Luis.
- ¿Estáis… - intercaló varios escupitajos - ¿Estáis bien?
- Pero, pero… - Paula trataba de secarse la blusa - ¡Esto no es agua!
- Es pintura. – Gregorio rebuscaba torpemente sus gafas, empapado como todos los demás. – Pintura blanca.
- ¡Mirad! – sin importarle estar calada hasta los huesos, María fue donde yacía el cuerpo inerte de Marcos. La corriente lo había arrastrado fuera de la habitación.
- Déjame ver… - Luis corrió hasta ponerse a su altura. Ayudado por Paula, Gregorio caminó chapoteando hasta donde estaba el cuerpo de su amigo.
- ¿Cómo… cómo está…? – Paula lo preguntó con un tono que, por un brevísimo instante, hizo sentir celos a Luis. Éste la miró durante un segundo. En ese tiempo que tardó en responder, Marcos abrió los ojos súbitamente y pegó una brusca bocanada de oxígeno. María, Paula y Gregorio no pudieron evitar lanzar un grito mientras que Luis consiguió mantener cierta compostura lanzando un rotundo “joder”.
- Mar… ¿Marcos? – Paula se acercó a él y le tomó la mano. Él la miró y luego, miró a Luis. Una sonrisa se dibujó en sus labios en aquel momento.
- “Grande”…
Y volvió a perder el conocimiento.
- ¡Marcos!
- Tranquila, Paula… - Luis comprobaba sus constantes vitales – Está bien, está estable…
- Creo que deberíamos empezar a movernos. – Gregorio trataba de limpiar sus gafas, en un gesto que siempre repetía cuando estaba nervioso.- A fin de cuentas, los monjes aun podrían…
- No lo creo. – María se colocó frente a él, sonriendo con una picardía que, de repente, a Gregorio se le antojaba preciosa. – Mira.
La que, pese a los años, nunca había dejado de ser la más pequeña de los Goonboys, señaló el hueco que había en el techo de la gruta. Era el mismo por el que habían caído.
- Pero entonces, eso significa… - Paula sonreía mientras Luis hacia gala de esa mirada tan divertida de asombro que ponía cuando los engranajes de su cabeza hacían horas extra.
- Que hemos vuelto a nuestro tiempo, ¿no?
- Mucho más que eso, “Grande”… - esta vez fue Gregorio quien miró a María con la satisfacción de quien está más cerca de resolver un misterio. – Mira.
María volvió la vista a la pared donde estaba la compuerta de la habitación blanca y abrió la boca de puro asombro. Paula y Luis dudaron por un segundo y volvieron la vista a su vez. Su reacción fue idéntica. Puro estupor. En lugar de la puerta que había dado a esa habitación imposible, había ahora un lienzo. O lo que quedaba de él. Si alguna vez hubo algo pintado en su superficie, ahora era poco menos que un vestigio, pues la pintura se había estropeado, derramada por todo el suelo de la gruta.
- Pistonudo… - consiguió articular un anonadado Luis.
Y, por un instante, sus tres amigos sintieron algo más allá del asombro que toda esa mágica aventura les había hecho sentir hasta ahora.
A fin de cuentas, hacía más de veinte años que ninguno de ellos había escuchado aquella muletilla de labios de “Grande”.


- Gracias, guapa… – Marcos miró a Paula mientras aceptaba la taza de caldo caliente que le tendía Paula. Ella no respondió y se limitó a desviar la mirada de forma rápida. Volvió a sentarse junto a Luis, en el sofá que tenían en frente. Marcos sintió el silencio incómodo y reaccionó rápido. – Así que… - sopló sobre la taza humeante - ¿los pintores han vuelto?
Su voz resonaba con eco en el salón desnudo de la que había sido la casona de los abuelos de Gregorio. Hacía menos de una hora que habían vuelto y apenas unos diez minutos que Marcos había despertado. Gregorio, por segundos, se daba cuenta de que la magia de todo lo que habían vivido juntos corría el riesgo de desvanecerse. Carraspeó, dispuesto a hablar. Ni siquiera tenía pensada una respuesta a la pregunta de Marcos. Tan sólo quería decir algo – lo que fuese – con tal de prolongar un poco más esa sensación.
La sensación de que los Goonboys habían vuelto.
- Bueno…
- Esto…
Gregorio miró a María y ésta le devolvió la mirada, ambos entre divertidos y un poco avergonzados. Luis soltó una falsa tos que sonó a “tortolitos” y Paula, aun riéndose, le propinó un cariñoso codazo. Marcos los miró y sintió una punzada de añoranza. Pensó que el chiste que había hecho “Grande” era el que hubiera hecho él hace un millón de años.
- Creo… - Gregorio retomó la compostura como pudo.- Creo que es posible que nos enfrentemos a una nueva saga de pintores.
- Pensaba que acabamos con el último… - Luis entornó la vista tratando de ordenar sus recuerdos. - ¿Cuándo fue…?
- ¿Fue en aquellas navidades en las que nevó ceniza?
- No. – Paula volvió a saborear ese peculiar placer de ser la que tenía razón. A memoria no la ganaba nadie. – Eso fue el Fantasma del Deshollinador, ¿recordáis?
Todos sonrieron al recordar aquella aventura, que había permanecido en sus cabezas adormilado hasta ese instante.
- Es verdad… - Gregorio miraba a Paula con una mezcla de admiración y añoranza. – El último pintor del Nuevo Siglo fue…
- Esteban Deveraux. – las palabras habían salido de los labios de Marcos de una forma natural, automática. – Quizá por eso su voz me sonaba tan familiar…
- ¡Ostras, si! - Luis estaba asombrado de cómo, poco a poco, iban recordándolo todo. - ¡Fue durante aquella excursión de fin de curso! ¿Os acordáis?
Los ojos de Gregorio se iluminaron súbitamente. María lo miró y supo que había dado con algo grande.
- No sólo eso, amigos. – Gregorio los miró a todos, uno por uno, hasta acabar en María. -¿Recordáis lo que nos trajimos como souvenir?
Durante unos instantes, los recuerdos se hicieron de rogar. Todos acabarían por llegar a su misma conclusión pero fue María la que comenzó a dar saltitos de emoción, abrazando incluso al propio Gregorio.
- ¡Es verdad! – Paula se sorprendió de no haber sido ella la que cayese en la cuenta. - ¡Sus diarios!
- Deben estar arriba. Voy a buscarlos… - Gregorio dio un par de zancadas en dirección a las escaleras de la buhardilla. – Quizá nos indiquen donde empezar a buscar…
En ese momento, algo rompió la magia. Algo electrónico. Frío. Real.
Una marcha nupcial de ocho bits comenzó a sonar en el vibrante bolsillo de Marcos. Éste, sobresaltado, rebuscó en él y sacó su móvil, leyendo la pantalla luminosa y parpadeante. Gregorio, como el resto de sus amigos, sabían que aquella llamada era algo más que la prometida de Marcos preguntándole dónde demonios se había metido. Era el mundo real llamándoles a todos de vuelta. Marcos abrió el móvil…
… tan sólo para volverlo a cerrar.
Sus amigos apenas podían creer lo que acababa de hacer. Sonriendo con una picardía recién recuperada, Marcos miró a Gregorio.
- Y bien, Gregor… ¿a qué esperas para bajarnos esos polvorientos cuadernos? ¡Este misterio no va a resolverse solo!
A medio camino de la buhardilla, desde las escaleras, Gregorio se detuvo para mirar a sus amigos, permitiéndose un instante de pura felicidad.

Quizá por eso, pasados tantos - tantísimos años - fue ése y no otro el último de los cuadros que pintó.

Al otro lado de la pintura, en el pasado, Gregorio volvía a subir la escalera camino a la buhardilla. El anciano que contemplaba la pintura, desde el futuro, sabía que acabaría encontrando los diarios de Deveraux. Concretamente en la tercera caja de la pila del fondo. Sabía que, tras un par de días de indagaciones, conseguirían encontrar a la hija ilegítima del que ellos habían creído el último de los pintores del Nuevo Siglo. Descubrirían que la chica, en efecto, había heredado ciertas dotes de su padre. Pero no sólo desvelarían que ella era inocente de todo lo concerniente al secuestro de Marcos: además, Nina - que así se llamaba la hija de Deveraux - sería la primera incorporación a la renovada plantilla de los Goonboys. A esa aventura en la que la ayudaron a escapar de unos traficantes con los que se había involucrado, la seguirían muchas otras. El caso de las piedras flotantes. La campana de silencio que cubrió durante seis días y seis noches la pequeña localidad de San Benedicto. Los inquietantes “ladrones de sueños” a los que tuvieron que enfrentarse en un plano onírico, más allá de la propia realidad.

Todos y cada uno de esos episodios tenía un cuadro dedicado. Los últimos años los había dedicado íntegramente a eso. A pintar. El anciano se dejó caer pesadamente en el sofá que, como un triste trono, coronaba aquella buhardilla, atestada como nunca de recuerdos… pero tan acogedora como el mausoleo en el que se había convertido.

El anciano contempló, agonizante, los cuadros de todas las aventuras que los Goonboys habían vivido juntos. ¡Qué grandes aventuras! ¡Y no sólo las suyas! Cuando quisieron darse cuenta, eran sus propios hijos quienes andaban resolviendo misterios y enfrentándose a fuerzas del mal. Fueron tiempos increíbles: la vieja guardia y la nueva generación, resolviendo misterios. Codo con codo.
La mueca plácida y feliz del anciano se truncó cuando posó la mirada en uno de los últimos lienzos. Era el que mostraba a un Marcos ya adulto, encerrado en la habitación blanca.
Aquel misterio le había obsesionado, perseguido a lo largo de los años. Siguió rondando su cabeza mientras sus propios compañeros Goonboys envejecían. Fueron muriendo, uno tras otro, y él seguía sin encontrar respuesta al enigma. ¿Quién había urdido aquel plan? Siguió investigando mientras eran los hijos de los Goonboys los que comenzaban a pintar canas. Para entonces, el anciano ya llevaba décadas encerrado en aquella buhardilla, ajeno al resto del mundo. Había leído los diarios de Deveraux tantas veces que era capaz de recitarlo de principio a fin. Había incluso aprendido a pintar por su cuenta y riesgo, desentrañando por sí mismo algunos de los arcanos secretos de aquella esotérica sociedad secretas de artistas malditos.

Y seguían pasando los años. Y seguía sin encontrar la respuesta. Y seguía sin morir.

Y así, un día como cualquier otro, el anciano finalmente lo entendió.
Sólo había una respuesta posible para el enigma. Una respuesta terrible, lógica y que durante mucho tiempo había estado ante sus ojos. En cada uno de los lienzos que, de forma totalmente autodidacta, había aprendido a pintar.

Según lo que había leído en los diarios de Deveraux, no era el primer pintor del Nuevo Siglo que mataba a su maestro para recibir “el don”.

Claro que en toda su historia, aquella sociedad secreta de pintores jamás habían contado con un autodidacta…
… hasta aquel momento.

Unas palomas revolotearon entre las fantasmagóricas vías de luz que apenas si dejaba pasar el único ventanuco de la buhardilla. Una punzada de dolor dejó claro al anciano que el veneno había entrado en su última fase. Por supuesto, la magia de los cuadros había empezando a funcionar desde el momento en que aquella dosis mortal de veneno había entrado en su organismo. Había experimentado los primeros efectos cuando, apenas una hora antes, secuestró a Marcos en aquel callejón, justo detrás del local donde celebraba su despedida de soltero. En aquel momento sólo había sido un poco de sangre en la nariz.

Ahora siente que está a punto de dar el último paso. Siente el miedo. La duda. Sus ojos pasean por la ingente cantidad de lienzos que decoran las paredes de la buhardilla.
¿Y si todo eso no es más que el producto de su enferma imaginación? ¿Y si sólo es un triste anciano con demencia senil; que lleva demasiados años solo, encerrado en aquella buhardilla?
¿Y si la única magia de la pintura… es la que lo ha hecho enloquecer?

Entonces escucha las voces. Vienen del último cuadro, el que tiene aun la pintura fresca.
María y Paula enzarzadas en una discusión mientras, de vez en cuando, Marcos intercede para hacerlas enfadar más aún. Luego llega Luis y trata de poner un poco de paz… cosa que aprovecha de nuevo Marcos para provocarle.

Y un joven -y a la vez adulto y a la vez anciano- Gregorio los mira desde el presente y las escaleras; desde el futuro y postrado agonizante en aquel sofá.
Sabe que eso es real.
Y, cerrando los ojos, emprende la última aventura.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Las Aventuras de los Goonboys - La Última Aventura - Cuarta Parte

Marcos estaba medio adormilado cuando escucho aquella voz con una dulzura indescriptible.

- Eh Marcos, despierta. Estás bien? Venga tenemos que salir de aquí. Marcos intentaba abrir los ojos y ponerse en pie. No había comido en varias horas y el dolor de cabeza se le había acentuado.

- De… de verdad….? Nos vamos de aquí…? – La salud se le iba con cada palabra.

- PUES CLARO QUE NO!!!!! ja ja ja ja!!! – el grito fue demoledor, seguido de un flash cegador. – Tus amigos no están colaborando Marcos… Esta última frase le dolía muchísimo más que el frio, el dolor de cabeza y sentirse el muñeco de un carcelero psicópata. Cada vez le costaba más levantar la cabeza para hablar.

- Ellos ven… - su voz era temblorosa y muy suave.

- Si no hablas más alto no podre oír lo que dices, Marcos… - “Un juego. Todo esto para él no es más que un maldito juego.”

- Ellos vendrán maldito loco!!! – Pensar en sus amigos y el enemigo al que se enfrentaban le habían dado el brío y la furia de antaño.

Se hizo un silencio tan incomodo que hasta empezó a dudar de lo que acababa de decir. “Por qué le estaba haciendo esto?” Fue volviendo lentamente a la esquina de la habitación con un profundo vacio interior. La voz volvió a pronunciarse en un tono casi paternal.

- Todo esto me duele Marcos. Pero es lo justo. –

Marcos rebuscaba en sus recuerdos intentando encontrar algo que decir. Había recuperado la memoria por completo.- “Justicia dice?” - Aquel día casi se ahoga y fue el principio del fin de su infancia. - “De qué mierda de justicia hablaba? Ese sitio es un asco.“ - Introdujo la mano en el bolsillo impulsivamente, como buscando el móvil y poder pedir ayuda. Pero era inútil, las veces que lo intentó no sirvieron de nada. El silencio por fin se rompió.

- Dime una cosa Marcos. Cómo crees que van a superar las pruebas que les he puesto con una embarazada en el grupo?

- Qué??? Quién está embarazada???

- Tic-tac-tic-tac-tic-tac. ja ja ja ja!!!

Paula miró a Luis y luego al resto de amigos presentes.

- A mí esto me da mucho miedo – Luis asentía mientras observaba su sándwich aun sin estrenar. El viaje a San Gonzalo había despertado viejos recuerdos, todos ligados a viejas aventuras: El lago y su misteriosa agua caliente, aquel juguetero que intentó robar el pueblo, el hermano gemelo del alcalde, el jardín de aquel flautista amigo de las ratas o aquella en la que pilló a Gregorio y María besándose. Miraba los dos panes como si todos esos recuerdos estuvieran allí metidos y estuviera meditando si hincarles el diente o no.

- A mí también – dijo Gregorio – Esto es muy serio. Pero creo que... -

- Como vamos a entrar sin un mapa? Y si tardamos mucho? y si le pasa algo a Marcos? - María hablaba a un tono muy alto y sus ojos estaban muy abiertos.

- Ya tenemos la pista que necesitabamos no? Aunque mira, si te vas a poner asi podriamos llevarnos una ouija - dijo Paula impaciente

- Y de donde vamos a sacar una ouija? - El terror se habia convertido en nerviosismo.

- Aquella que usabamos tiene que estar en una en las cajas. Si la encontramos... –

- No te acuerdas la de cosas que había aquí? - dijo María recriminando con cierto enfado. Era evidente que no se veían mucho – Tiene que haber un montón de cajas.

- 24 cajas y 7 bolsas de basura, para ser exactos. – Dijo Gregorio acostumbrado a que todo quede muy claro. - Pero que... -

- Tampoco son tantas – Interrumpio Paula – en los conciertos siempre estais metiendo y sacando cosas de cajas no? -

- Pero lo que buscamos no es un piano querida hermanita, sino un tablero asi de fino. Además, dejaríamos todo hecho un desastre. Creo que sería mejor llamar a la policía, o a un detective privado. Ay Gregorio!! esto no me gusta nada... -

- Oye que a mí no me importa volver a empaquetar, de verdad. Pero calmaos un segundo, yo creo que... -

- Eso no será necesario… - Dijo Luis mientras se ponía en pie. Ya no quedaba ni rastro del sándwich. Miró a Paula durante unos segundos y se dirigieron a la puerta. – Seguidme hasta la Iglesia. Quiero comprobar algo – Su tono era aún dubitativo, pero por fin alguien tomaba de verdad la iniciativa. Gregorio tendio la mano a Maria y a pesar de las protestas consiguio que esta se pusiese en pie y caminase lo mas rapido posible.

En pocos minutos se encontraban frente a la Iglesia. Era como la recordaban pero mucho más deteriorada. El negro campanario no había sido reparado y habían sellado el pozo. La vegetación había crecido y se estaba apoderando de los muros de la Iglesia y de toda la valla perimetral, en la que se apoyaba un cartel que dictaba “Próximamente: El barrio alto de San Gonzalo. Arquitectos: Leopoldo Cruz & Marcos Martin”. A Gregorio se le empañaron las gafas, María y Luis se quedaron boquiabiertos y Paula se dejó caer en la puerta buscando un punto de apoyo. La reja cedió y crujió al abrirse.

“Ñññññññññññññiek….”

Varios gatos huyeron hacia los arboles. Una vez arriba se quedaron observando a los recién llegados con sus ojos brillantes. Luis se adelantó e hizo un gesto hacia la parte trasera, donde estaba el cementerio. Era un sitio realmente feo. Había mucho desorden y las tumbas que quedaban en pie eran de mala calidad.

- Veréis. – ahora sí que le temblaba la voz.- En la clínica tratamos a mucha gente pobre. En el fondo no son malas personas. Si tú les ayudas ellos te tratan bien y te cuentan cosas. Cosas que hacen, aunque a ti te parezcan que están mal. Sabíais que muchos de ellos entierran a sus muertos en sus casas porque no tienen dinero para pagar el cementerio? Entonces, no sé, se me ocurre que si, como dice Gregorio, lo que buscamos es la entrada de los mártires, pues habrá que buscar una fosa o algo…

- Eso es colega – Gregorio estaba tan asombrado como emocionado – Una fosa. Un sitio marcado con piedras, un árbol o un…

- O un montón de huesos… - todos se giraron donde estaba María – Es aquí chicos.

Así concluye la primera parte de Las Aventuras de los Goonboys – La última aventura. Muy pronto podrás leerla al completo.

jueves, 10 de mayo de 2012

Las Aventuras de los Goonboys - La Última Aventura - Tercera Parte


- Paula, Luís, cuánto tiempo... Gracias por venir - Dijo Gregorio lentamente, sin saber muy bien por dónde empezar.

Paula y Luís, recién llegados de la ciudad y con más recelo que simpatía, se miraban de forma cómplice. Llevaban casados cinco años, aunque sus vidas habían estado entrelazadas desde antes de lo que su memoria podía alcanzar, por lo que eran capaces de reconocer los pensamientos del otro con apenas una fugaz mirada.

- Mucho tiempo, sí - repuso Paula con tono impaciente. - ¿Qué pasa Gregorio? ¿A qué viene esta premura? Teníamos pensado pasar el fin de semana en casa de los padres de Luís, pero nos llamó María al borde de los nervios, sin explicarnos nada pero rogándonos venir a toda prisa. Hemos tenido que dejar a la niña con los abuelos. ¿Qué es eso tan urgente que necesita nuestra presencia inmediata?

- Lo sé, lo siento, pero parece que es algo realmente grave - Continuó María, mientras sacaba la foto del bolso y se la mostraba a su hermana y su cuñado. - Se trata de Marcos. Esta mañana encontré esta fotografía en la puerta de casa. Como podéis ver, aparece la fecha, es de hoy mismo. No sabía quien la podía haber dejado ahí, ni con qué motivo, hasta que se la enseñé a Gregor.

Paula y Luís, casi más molestos que extrañados, miraban atentamente la foto sin decir palabra, esperando que alguien les explicase el por qué de esa inoportuna broma.

- Sí, es Marcos, y la cosa pinta muy mal. Tenemos que volver a la iglesia de San Judas.

Luís y Paula no necesitaron más detalles para saber exactamente a lo que se refería. Había pasado mucho tiempo, pero se acordaban perfectamente de aquel día en que su ansia de aventuras había llegado al límite, costándoles un susto de muerte, y en cierto modo, su férrea amistad. Todo empezó como siempre: un libro destartalado, la polvorienta buhardilla, cinco amigos y un nuevo misterio. Era leyenda popular, aunque poco extendida, que en la iglesia de San Judas se oían extraños cánticos nocturnos. No eran habituales, pero cuando alguien los oía siempre era en noche de luna nueva. Algunos se burlaban de esa vieja historia de fantasmas, pero los que realmente habían oído los cánticos, apenas querían hablar del tema. Gregorio había leído acerca de la leyenda y de la supuesta procedencia de esos extraños cánticos ocultos, y había compartido la historia con sus amigos. Como siempre, decidieron comprobar la veracidad del asunto por su cuenta y riesgo, pero algo se torció, y no sólo no consiguieron encontrar el pasadizo a las catacumbas, sino que Marcos casi... No querían ni acordarse. Todo sucedió demasiado rápido. Escucharon un sonido tenue pero melódico. De repente el campanario comenzó a arder y se asustaron tanto que Marcos resbaló. Era un simple pozo vacío, pero comenzó a salir agua del suelo. Si no llega a ser por la rapidez con que María corrió a buscar ayuda...

- Pero, ¿qué tiene que ver esta foto con la iglesia? - Preguntó Luís, sin saber muy bien como encajar las piezas.

- ¿No lo entiendes? - Se impacientó Gregorio. - Lo dice claramente: "Acabad lo que dejasteis a la mitad, esta vez sin ayuda, y le encontraréis." Han vuelto a por nosotros, saben que aquel día descubrimos su lugar sagrado y quieren que regresemos...

- Pero, ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Dónde está Marcos? - Luís había crecido, desde luego, ya no era aquel niño gordinflón que no paraba de hablar, pero parecía estar reviviendo sus miedos más remotos. - ¿Y a qué se refiere con eso de "esta vez sin ayuda"?

- La ouija... - Paula rebuscó en su memoria e hizo uso de su intuición. - Fue la ouija la que nos dio la pista clave para encontrar el lugar exacto donde debía estar la entrada. Pero algo falló. Esta noche hay luna nueva. Debemos volver a buscarla.

- ¿Y si volvemos a fallar? ¿Y si no encontramos el pasadizo? ¿Qué pasará con Marcos? - El terror se reflejaba en los ojos de María.

- Esta vez no fallaremos - dijo Gregorio de repente, levantando la vista del ajado tomo que sostenía entre sus manos. - Nuestra ignorancia infantil hizo que confundiésemos el detalle más importante: No era Judas Iscariote el que dio nombre a la iglesia, sino Judas Tadeo, el santo de las causas difíciles y desesperadas - Las investigaciones realizadas por su ex-mujer en el campo religioso parecían tener por fin una verdadera utilidad. - Estábamos buscando en el lugar equivocado. El campanario ardió antes de que pudiésemos encontrar la verdadera entrada, la de los mártires, no la de los traidores. Si hay algún modo de encontrar a marcos, la respuesta tiene que estar allí…

Caminaba de un lado a otro de la habitación, con la desesperación corriendo por sus venas y el agua cubriéndole las espinillas. La voz había desaparecido, pero el líquido seguía manando, despacio, sin tregua. Debían haber pasado dos horas, quizá tres. Tras comprender que aquello no era una broma de mal gusto sino algo mucho más turbio, y después de sufrir un frenético pero efímero ataque de ansiedad, decidió hacer acopio de tranquilidad y analizar la situación:
La foto, sus viejos amigos del pueblo, el nivel del agua subiendo… Aquello le trajo el intenso recuerdo de un verano en San Gonzalo en el que Gregorio, como de costumbre, había conseguido despegarlos de su maravillosa poltrona veraniega para introducirlos en una nueva y enigmática aventura que, en esta ocasión, no fue muy afortunada. Se trataba de unas voces que provenían de la iglesia. Recordaba algo de una antigua secta o un grupo de monjes satánicos, o algo semejante; una leyenda sacada de uno de los viejos libros de la buhardilla. Parecía emocionante, pero se convirtió en una pesadilla. La noche se posaba sobre sus cabezas y no encontraban la entrada al pasadizo, pasaron horas discutiendo. Ya se daban por vencidos y emprendían camino de vuelta a casa cuando escucharon las voces. Provenían de la iglesia, a sus espaldas. Pararon en seco, y a pesar del miedo que corría por sus venas, decidieron volver y seguir las voces. Cada vez más cerca, tenía que ser allí, ¿dónde estaba la entrada?  De repente había gritado, sin querer, pero lo había hecho… Las voces cesaron al tiempo que sus amigos le miraban entre asombrados y acusadores. ¿Los habían descubierto? No pudieron saberlo, el campanario comenzó a arder y salieron corriendo. El pozo, no lo vio y cayó dentro… Nunca en la vida había sentido tanto terror… Hasta ahora.

Se trataba de la continuación de aquella aventura inacabada, estaba seguro, pero de nada le servía la certeza de lo inevitable. Estaba atrapado, sin salida.
 “¿Vendrán a buscarme? Y si no lo hacen, o no lo consiguen…”

viernes, 4 de mayo de 2012

Las Aventuras de los Goonboys - La Última Aventura - Segunda Parte


Gregorio Astarloa nunca antes había visto la habitación tan blanca, tan limpia y lo que más le entristecía, tan vacía en sus cuarenta años de vida. Había pasado sus vacaciones en San Gonzalo, como en los viejos tiempos. Pero en vez de viviendo increíbles aventuras junto a sus amigos como cuando era crío, lo había hecho sólo. Embalando, organizando y deshaciéndose de los mil cachivaches que poblaban la casa de sus abuelos.

Abajo estaban todas las cajas con los recuerdos y las cosas que quería conservar. Al día siguiente, a primera hora, un camión de mudanzas las llevaría a la capital y allí las amontonaría tal cual en el trastero de su casa, en esas asépticas cajas de cartón, de dónde posiblemente nunca jamás más volvieran a salir. 

No quería pasar la noche en la vieja casa, le desconsolaba la idea de pensar que sería su última noche allí, era demasiado para él. Pero antes de ir al hotel había sentido la necesidad de subir a echar un último vistazo a la buhardilla, dónde tantas horas, tantos recuerdos y tantas aventuras había vivido.

Gregorio miró por el pequeño ventanuco de la buhardilla un instante, aunque sin  realmente mirar. Su cabeza no dejaba de dar vueltas. ¡Maldita sea! – Sus ojos comenzaron a volverse vidriosos - ¡¿Qué había sido de ese chico intrépido, valiente, soñador que lograba meter siempre a sus amigos en los más extraños entuertos y aventuras?! Es más ¿Dónde quedaron sus amigos? ¿Cuándo desaparecieron de su vida sin darse apenas cuenta? ¿Dónde quedó la magia, la alegría, la fantasía?... ¿Cuándo perdió todo lo que le importaba para convertirse en lo que hoy era?

Recolocó sus gafas con cuidado, aunque ya no podía ver a través de ellas por las lágrimas que afloraban en sus ojos. Contable. Eso era él. Un triste contable gris de la capital que ganaba lo justo para sobrevivir. Divorciado, sin saber aún porqué, medio calvo ya, y que comía en casa de sus padres, se decía a sí mismo, para estar con ellos un rato. Así era su vida ahora. Lo más emocionante de la semana era tomar una cerveza con su compañero de trabajo en un bar de mala muerte intendo disimular y no parecer muy desesperado de cara a las desesperadas solteronas del local… ¡Joder!

Vender la casa era lo lógico. Tras la muerte de sus abuelos, no tenía mucho sentido conservarla. Pero una cosa era la lógica y otra eran los sentimientos. Los de la inmobiliaria le habían dicho que tenía que vaciarla si quería venderla… pero ahora con toda la casa vacía se sentía como si le arrebataran una parte de sí mismo, una parte de su historia, de su vida… Es cierto, hacía años que no venía al pueblo y sus amigos, esos a los que tanto echaba de menos, esos a los que tantas veces había querido llamar y nunca había hecho, esos que seguramente no se acordarían a estas alturas ya de él, esos a los que tenía tantas ganas de abrazar de contarles que había tenido un mal sueño, que había soñado que se convertía en alguien gris, en alguien sin sueños, en… en un contable… sus amigos habían desaparecido hacía décadas.

El molesto timbre de la puerta sacó a Gregorio de su ensimismamiento. Debía ser el de la mudanza, o vete a saber quién. Tras secarse las lágrimas y carraspear un par de veces, Gregorio colocó nuevamente sus gafas y comenzó a bajar torpemente las escaleras de la buhardilla. Cuando por fin abrió la puerta, delante se encontró una mujer con un rubio teñido nada sutil, con mirada seria y cara de preocupación. No obstante era suficientemente atractiva y familiar cómo para perturbarle.

- Buenas tardes – dijo trabándose y colocándose nerviosamente las gafas - ¿Qué desea?

- No me reconoces, ¿Verdad? No me extraña – Dijo la extraña con una triste sonrisa - Gregor… soy María… ¿Puedo pasar?

Algo se estremeció en el interior de Gregorio cuando tras un instante eterno, reconoció por fin en esa mujer de tristes ojos a la pequemaza de María. De pié en el salón, rodeados de cajas repletas de tesoros de otro tiempo, el silencio fue el único protagonista de la escena mientras los dos amigos se miraban de arriba a abajo una y otra vez para acostumbrarse al nuevo aspecto que el tiempo les había dado. Por fin María rompió el silencio

- Sé que esto es raro, Gregorio, ni siquiera sé que hago aquí – María titubeaba – Ayer pasé por tu calle y vi luz dentro, estuve a punto de llamar, pero no me atreví y hoy… hoy no sabía... no sabía a quién acudir […]

- Me alegra tanto verte, María – Impulsivamente Gregorio la interrumpió abrazándola tan fuerte como quién se aferra a un clavo ardiendo – tanto, tanto, tanto

- Yo… - María se separó delicadamente de los brazos de Gregorio - No sé si es una broma o qué… alguien acaba de dejar esto en mi casa y… 

María le enseñó una foto. En ella salía un hombre trajeado dentro de una habitación, blanca, hermética, claustrofóbica. Su cara pálida y blanquecina reflejaba el terror que sentía, quizás por el agua que comenzaba a encharcar la habitación.

Instintivamente Gregorio dio la vuelta a la foto, había algo escrito por detrás. 

- ¿No me digas que no sabes quién es? – Era la primera frase – Es vuestro amigo, Marco, algo crecidito, pero con sus mismos miedos... Acabad lo que dejasteis a la mitad, esta vez sin ayuda, y le encontraréis. Eso sí, daos prisa o el agua no sólo le cubrirá los tobillos.

¿Ya está? ¿Eso era todo? Gregorio no entendía nada. ¿Qué quieres que haga con esto? estuvo a punto de preguntar a María hasta que se fijó en su mirada. Y esa mirada cambió todo. Hacía años que nadie le miraba así, confío en ti, decían esos ojos, Gregor, eres el único que puede solucionar esto, es lo que haces siempre, salvar a los Goonboys.

Como si un viejo resorte por fin se hubiera desatascado en su cabeza, Gregorio comenzó a pensar a toda velocidad. 

- Tenemos que volver a juntarnos todos, tenemos que rescatarle – De un golpe Gregorio volvía a recuperar su entusiasmo - María, avisa a tu hermana Paula y a Luis

- Pero – María parecía dudar - Viven en la ciudad

- Tu convénceles de que vengan, en menos de una hora pueden estar aquí – Le apremiaba él - ¡Tenemos que acabarlo!

- Acabar ¿El qué? – María no sabía de los que le hablaba Gregorio

- Nuestra última aventura – dijo al fin Gregorio - ¿No te acuerdas María? Fue la última vez que nos juntamos todos, salió todo mal.

Entonces María lo recordó. Fue el último verano que pasaron todos juntos. No parecía una aventura más peligrosa que la de la cueva de las brujas o la del Conde de Peña Alta… pero las cosas se pusieron feas, Marco resbaló y cayó a un pozo. Intentaron sacarle pero no pudieron. El agua del pozo comenzó a subir lentamente y a punto estuvo de morir ahogado si no hubiera llegado la policía y los bomberos a tiempo. Después de eso, las ganas de nuevas aventuras desaparecieron. Fue la última aventura de los Goonboys y aunque ese verano se siguieron viendo, quizás por el incidente, quizás porque se hacían inexorablemente mayores, el grupo fue separandose poco a poco.

- Nos vemos dentro de una hora junto al lago -  Coge linternas y cuerdas, yo mientras rebuscaré información en estas cajas, en los viejos libros de mi abuelo… y prepararé unos sándwiches, como en los viejos tiempos.

- Allí estaré – Dijo María antes de darle a Gregorio un furtivo beso en la boca y salir corriendo hacia su casa como casi treinta años atrás.

viernes, 27 de abril de 2012

Las Aventuras de Los Goonboys - LA ÚLTIMA AVENTURA (I) - Primera Parte

Era la habitación más blanca, más limpia y más vacía que Marcos había visto en sus cuarenta años de vida. Aquel fue su primer pensamiento claro desde que, segundos atrás, se había despertado en el suelo impoluto de aquella celda imposible. Unos segundos en los que apenas había logrado superar aquella fase inicial de mareo y desorientación.

- Joder… la cabeza… - Se llevó las manos a las sienes: un martillo neumático hacía horas extras en el interior de su cerebro. El dolor y el mareo no ayudaban a poner en orden los recuerdos de las horas anteriores. Y además… ¿qué era ese saborcillo que tenía pegado en el paladar?

Mientras trataba de incorporarse, aferrado a esas paredes lisas y frías, fragmentos de su pasado reciente empezaban a formar una imagen del rompecabezas.

“¡Enhorabuena, campeón!”

Como un fogonazo, Marcos se vio ante el umbral del despacho de Leopoldo, su socio en el estudio de arquitectura. Sentado tras su despacho, con la corbata mal anudada, Leo le hacía un gesto de “me gusta” con el pulgar en alto. Su cara redonda y regordeta lucían una mezcla de envidia sana y alegría sincera.

“Aquí lo tiene: limpieza y planchado… como lo pidió, don Martín”.

En otro recuerdo fugaz, la dependienta de la tintorería le hacía entrega de su mejor traje y de la factura.

De regreso al presente, con un gesto nervioso, Marcos rebuscó en los bolsillos de ese mismo traje, el cual notó arrugado y sucio, lleno de polvo y arenisca. Sus dedos sacaron el contenido de los bolsillos, como quien espera encontrar en ellos alguna clase de respuesta.

El resguardo de la tintorería. Un par de tarjetas de presentación. Un móvil…

“TK, corazón.”

Alicia le había escrito ese mensaje. Marcos recordó haberlo leído mientras el taxi lo llevaba hasta…

“¡Viva el novio!”

El fogonazo de un nuevo recuerdo se entremezcló con las luces estroboscópicas de una discoteca. Carlos, Julián, “el Peri” y unos cuantos más lo rodeaban con copas, risas y mucho alcohol en las venas.

- Hijos de puta… - Marcos sonrió mientras comprobaba que el móvil estaba sin batería. Alzó un poco más la voz, mirando para todos lados de esa extraña habitación.- ¿Seréis hijos de puta? ¿¡Dónde cojones me habéis metido, panda de cabrones?!

Posiblemente había sido idea de “el Peri”. Perico era un devoto de las películas de terror y se jactaba de haber visto “Saw” unas treinta veces.

- La verdad es que os lo habéis currado, si señor… - Marcos habló para todos los rincones de la estancia. El miedo había dejado paso a una sincera admiración por sus colegas: se lo habían trabajado a base de bien. ¿Cómo demonios – pensó – habían montado aquella sala de forma que pareciese que no...

… que no tenía puerta.

- Venga, tíos. – Marcos trató de apartar aquel último pensamiento e intentó sonreír. – Esto ha tenido gracia pero ya está, ¿vale?

Esperó unos instantes. En realidad fueron apenas veinte segundos. Pero para Marcos el tiempo comenzaba a dilatarse… tanto como su sensación de inquietud.

- Tíos… - Dio un par de golpes en una de las paredes: parecían macizos. Como un bunker. – No tiene gracia, ¿vale?

Más silencio. Marcos volvió a comprobar el móvil y sintió que su pulso se aceleraba. Nunca creyó haber sido claustrofóbico. Claro que nunca nadie lo había encerrado en una habitación como esa.

El sonido de acople de un sistema de audio le sobresaltó. Su dolor de cabeza se intensificó durante un instante, como si alguien hubiese clavado un alfiler al rojo en su oído interno.

- Tus amigos no pueden oírte, Marcos.

La voz sonaba distorsionada, con interferencias similares a la de una vieja transmisión por radio. Marcos trató de ubicar la procedencia del sonido pero la estructura de la estancia hacía imposible dicha labor. Como arquitecto no podía más que admirar al diseñador del entorno. Como rehén de alguna clase de psicópata, en cambio…

- ¡Tios, dejáos ya de chorradas!

- Tus amigos no pueden oirte, Marcos. – repitió la voz, con un leve punto de impaciencia.

Marcos deambuló por la estancia, frenético, llevándose las manos a la cabeza. Miró a todas partes y trató de lanzar una amenaza sin que se le notase su miedo. Hacía años que no se sentía así. Hacía tantos años ya…

- Mira, no sé quien cóño eres, pero mis amigos siguen en esa discoteca y me estarán buscando…

- No me refería a esos amigos, Marcos. – la voz parecía extrañamente divertida.- ¿Por qué no miras en el bolsillo de atrás del pantalón?

Durante un instante, Marcos pensó que aquella persona – fuese quien fuese – le trataba con una inquietante familiaridad. Su mano rebuscó en el bolsillo y sus dedos toparon con algo. Marcos reconoció el tacto de una vieja Polaroid.

“No puede ser…”

Su corazón, que había estado latiendo como el motor de un Fórmula 1, se detuvo en seco cuando reconoció a los niños que posaban juntos en aquella vieja fotografía. La voz no había mentido. Eran sus amigos. Sus viejos amigos.

Luis. María. Gregorio… Paula.

- No… - las palabras no podían salir de su garganta – No puede ser…

Las piernas de Marcos habían empezado a fallarle y, apoyado contra una de las paredes blancas – infinitas - de la estancia, fue deslizándose hasta quedar arrinconado, acorralado. Con su mirada fija en la foto, incapaz de reaccionar.

Tan absorto estaba que apenas si se percató de que una fina capa de agua había comenzado a manar de unos diminutos orificios que había a ras del suelo.

La voz sentenció lo que parecía obvio.

- Dime una cosa, Marcos… ¿Crees que tus viejos amigos llegarán a tiempo de rescatarte esta vez? – la locura tintineaba en cada una de sus palabras – Tic-tac-tic-tac-tic-tac.