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viernes, 26 de noviembre de 2010

Larga Vida al Rey - Indice

Ante todo, disculpe el secretismo que rodea a esta carta y al paquete de anotaciones que la acompañan. La necesidad me ha llevado a emplear un pseudónimo y a ocultar la procedencia exacta de este paquete. Es posible que no le sea muy complicado rastrear el punto de partida pero voy a ahorrarle esa pequeña molestia [...] 

Así comienza Larga Vida al Rey, léelo al completo y fácilmente siguiendo nuestro indice

- Primera Parte: http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com/2010/11/larga-vida-al-rey-primera-parte.html


- Segunda Parte: http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com/2010/11/larga-vida-al-rey-segunda-parte.html


 - Tercera Parte: http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com/2010/11/larga-vida-al-rey-parte-3.html


- Desenlace: http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com/2010/11/larga-vida-al-rey-desenlace.html


Esperamos que  os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

Larga Vida al Rey - Desenlace

- Vamos Reed – dijo el Dr. Doom intentando meter en su juego a Reed Richards - ambos lo sabemos. Que estés aquí para salvarme la vida es sólo por una razón – Decía mientras se quitaba la pesada máscara que le cubría, dejando a la vista la deforme y monstruosa cara de Víctor

- No – La respuesta de Reed fue seca y tajante – ¿De verdad sigues culpándome por eso? Intenté avisarte de los fallos en tus cálculos y no me escuchaste… Somos humanos, ambos, aunque te pese. Todos nos equivocamos. Eso – dijo Reed señalando la cara de Víctor con dureza- es únicamente culpa de tu orgullo

- ¡Mentira! – Víctor se incorporó con esfuerzo y su voz se quebró al gritar, estaba muy débil - ¡Yo nunca me equivoco!, ¡Fuiste tú el que me saboteó!, ¡Yo nunca fallo! Errar es de humanos y yo no lo soy

- Pero lo fuiste, Víctor – Reed se sentó mirando cara a cara a su némesis - ¿No te das cuenta? Nos estamos muriendo y la única razón de ello son nuestras investigaciones en el Proyecto LÁZARO… Queríamos curar a gente y mira cómo hemos acabado… Culpa de nuestros fallos… Nos equivocamos Víctor, ¡Te equivocaste! Si no, no estaríamos así ¿Crees que me saboteé a mí mismo también?

- Quizás esta vez fuera sólo un error – Víctor estaba fuera de sus casillas, su juego se estaba volviendo en su contra - ¡Tu error!

- Ja, ja, ja – La risa de Reed estaba fuera de lugar en mitad de la agria conversación – Déjalo ya, Víctor. Estamos entre viejos amigos – El tono de Reed parecía ahora conciliador – Dejar de actuar, no es necesario, sabes que todo lo que te digo es cierto…

- Por lo que veo - Víctor sonreía sarcásticamente con las pocas fuerzas que tenía - ya está afectando la degeneración molecular a tu cerebro

- Dime Victor ¿Le dictaste directamente la carta al doctor Ollafsen o le dejaste al menos que usara sus propias palabras? Desde luego quedó muy convincente – El giro en la conversación había dejado a Víctor fuera de juego – Eso de prosperidad y progreso, de líder feroz y a la par de sabio… Doctor Ollafsen ¿Es lo que de verdad piensa?, ¿o es lo que él le hizo escribir?

Gustav Ollafsen se había mantenido a un lado, haciendo cómo que monitorizaba y chequeaba las decenas de máquinas que estaban conectadas a Víctor, cómo que no escuchaba, cómo que no estaba allí. Pero la alusión directa a su persona le volvía a hacer visible. Visiblemente nervioso su mirada se movía rápidamente de los ojos de Reed a los de Víctor. Gustav abrió la boca pero ninguna palabra salió de ella. Finalmente los temblores de su mano hablaron por él y le hicieron dejar caer el cuaderno dónde tomaba notas.

- No hace falta que digas nada, Gustav, ya has hecho suficiente – Reed ya tenía todo lo que necesitaba – Sabías que venía – La mirada de Reed se centraba ahora en Víctor - Tu le hiciste escribir esa carta como última esperanza… Hace mucho que sabes que estás enfermo, llevas meses investigando y no has obtenido nada ¿Verdad? No eres tan infalible ni omnipresente como dices ser, y lo sabes… Aquí tienes la cura Víctor – Reed alargó su elástico brazo hasta dejar el tarro justo delante de los ojos de Víctor – Pero, claro, tiene letra pequeña.

Durante unos segundos el silencio se hizo en la habitación, únicamente se escuchaban los engranajes rotatorios de los ingenios mecánicos conectados a Víctor.

- Bien, Richards – Víctor estaba dispuesto a escuchar por primera vez en su vida - ¿Qué dice la letra pequeña?

- Sólo hay una dosis de la cura, ésta. Es tuya a cambio de abandonar para siempre esa máscara, abandonar esta lucha sin sentido. Acepta todo lo que sabes, lo que has aprendido pero no quieres reconocer. Acepta tus errores y deja atrás al Doctor Doom. Vuelve a ser simplemente Víctor y tú te llevas la vida extra.

Esta vez el silencio fue total, ni siquiera las máquinas se atrevían a realizar ningún ruido. Víctor hizo un amago pero finalmente contuvo a su brazo. Una lágrima atravesó la abrupta cara de Víctor.

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Ben, más conocido como la Cosa, derribaba bajo unas enloquecidas luces de emergencia uno de los muros del palacio mientras Johnny – la antorcha humana – chamuscaba a los robots que se ponían en su camino y Sue Storm – La mujer invisible – los golpeaba con su campo de fuerza

- Esto pasa por no hacerme caso – decía la Cosa mientras terminaba de crear una nueva puerta en la sala con su enorme manaza – Si hubiéramos actuado cuando os dije

- ¡Lo que tu digas, pero calla de una vez! Ahora lo importante es Reed – Le gritó Sue – Céntrate en abrirnos el camino y todo estará bien

Aunque estaban alerta, los tres fantásticos se sorprendieron cuando las alarmas del castillo comenzaron a sonar. Algo no iba bien. En pocos segundos estaban rodeados de enormes robots hechos a imagen y semejanza del doctor Doom, los mismos que les habían “escoltado” hasta la sala donde estaban. Ahora los tres amigos se abrían camino como podían por el laberíntico interior del castillo buscando el camino por el que habían guiado a Reed.

Tras lo que les pareció una eternidad, por fin lo encontraron. Mientras saltaban chispas de las dos cabezas robóticas que la Cosa había entrechocado y Sue Storm repelía como podía otra pareja más de robots asesinos, la Antorcha con un vuelo rasante y se adelantaba a las cinco inteligencias artificiales en su tarea de echarle el guante a Reed Richards

- Agárrate, la cosa se está poniendo que arde – dijo la Antorcha intentando poner una pizca de humor en la escena, pero la cara de Reed era sombría. En su mano mantenía agarrada la única dosis de la cura que existía

- Simplemente salgamos de aquí – la voz de Reed era tan sombría como su cara – lo antes posible

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Reed mantenía el gesto duro y apagado. Desde que entraron en la nave y dejaron atrás al ejercito de robots, no había dicho nada. Todo el trayecto desde que lograron salir de Latveria lo habían hecho en silencio, hasta ese mismo instante

- He estado – titubeó al empezar a hablar Reed – He estado tan cerca de lograrlo…

- Vamos, Reed – la voz de Susan dulce y acogedora abrazaba a Reed, pero sus ojos agradecidos estaban clavados en la cura – No es culpa tuya, has intentado salvarle, viniste hasta aquí con las ideas claras, ha sido él quién ha querido ser curado

- Venga, si vamos a estar mejor sin él – Johnny era incapaz de comprendern la relación de amor odio entre Reed y Víctor – Deberíamos celebrar su muerte… ¡la muerte del Doctor Muerte!

- Nadie va a morir, Johnny – Mientras Reed hablaba los demás escuchaban incrédulos sus palabras – No era su cuerpo lo que he intentado curar. Las máquinas le mantendrán en un estado de letargo, vivo, mientras el doctor Ollafsen prepara la cura. Le di todos los datos de mi investigación, los pasos a seguir para lograr la cura antes de huir, antes de que llegaran los robots del Dr Doom . No me miréis así, es lo que debía hacer. Es lo correcto.

viernes, 19 de noviembre de 2010

LARGA VIDA AL REY - Tercera Parte

[Viene de LARGA VIDA AL REY, Segunda Parte]

- Esta es una idea de mierda.

Es lo único que podía decir La Cosa, mientras los cuatro fantásticos se dirijan hacia Latveria en su nave. Susan y La Antorcha se encontraban pilotando la nave. Reed Richards estaba tumbado en uno de los asientos, sin poder moverse, muy debilitado, con una barba prominente, y muy blanco. Había pasado prácticamente un mes investigando, ni siquiera sabia si Víctor seguiría vivo, pues no había recibido mas noticias desde Latveria. El silencio reinaba en la nave. Era una situación incomoda, el plan de Richards era una locura, un autentico suicidio, todos se habían puesto en su contra. Pero Richards no admitiría que se hiciera de otra forma. Si Víctor esta vivo, debía hacerlo, sería lo correcto.

Los cuatro fantásticos llegaron a Latveria. Tal y como aterrizo su nave, varios soldados robotizados, con la forma del Doctor Doom se acercaron a ellos. Con un gesto le fueron conduciendo hacia el castillo del Doctor Doom. Por el camino pudieron ver la pobreza que rodeaba a toda Latveria, pese a sus magnificas construcciones, y extravagantes invenciones mecánicas. Era una ciudad avanzada estructuralmente, pero que vivía en la indigencia, un dato importante, que demostraba en que se interesaba realmente Víctor.

Susan no pudo reprimir dar su opinión - Ojalá este muerto ya. Ningún mandatario seria tan despiadado con los suyos.- La antorcha asentía, por primera vez no tenía una sonrisa adolescente en su rostro. La cosa también dijo lo que pensaba. - Déjame que le ponga las manos encimas, y acabamos con esto.-

Reed Richards solo podía sonreír ante la opinión de sus compañeros. Le querían. Era más de lo que Víctor conseguiría en toda su vida. Aunque claro, quien le envió la carta no pensaba lo mismo.

Pronto accedieron al castillo, fueron llevados directamente por los soldados del Doctor Doom, a las dependencias de este mismo. Los soldados se interpusieron entre Reed Richards y sus compañeros. - Solo el puede acceder a las dependencias privadas.-. Todos miraron a Richards, suplicante, aun tenían la oportunidad de irse de allí. Total, si moría Víctor, ¿Qué perdería la humanidad? , ¿Un tirano Megalómano?

Reed sonrío a sus compañeros y se abrió la puerta de las dependencias. Cerro la puerta, y pensó que tal vez esta seria la ultima vez que vería a su familia fantástica. Víctor se encontraba tendido en la cama, a su lado, su sirviente más leal, la persona que le había mandado la carta a Richards. Reed se sentó en una silla, junto a la cama, donde se encontraba postrado Víctor. Víctor alzó la mirada hacia Reed, estaba demacrado, enclenque, prácticamente era un muerto en vida.

Víctor prácticamente susurrando, y balbuceando - Creí que me dejarías morir.-

Reed sonrío y le contesto - Mentira, sabias que vendría.

Víctor sonrío. Reese saco un frasco y lo puso sobre la mesilla de noche, entre el y Víctor.

Reed Richards continúo hablando. - Víctor. He conseguido la cura para nuestra enfermedad. Una formula muy difícil y elaborada. Conseguir solo un frasco, me ha llevado un mes. Otro, sabiendo ya la formula, me llevaría un par de semanas.-

Víctor asintió - No me quedan un par de semanas. Puede ser cuestión de horas-

Reed miro seriamente a Víctor. - Lo sé.-

Víctor escudriñaba a Reed, mientras continuaban hablando. - A ti también ¿Verdad?-.

Reed asintió. -Víctor, uno de los dos va a morir. La medicina es toda tuya-.

Susan, La cosa y Antorcha, sabían que quería Richards, y esperaban sentados en el salón, tristes, pensativos, aturdidos. La cosa se levanto como un resorte, y se dirigió a los demás. – No podemos permitir que lo haga.-. Susan miro a la cosa, y hablo con voz entrecortada. – Ya hemos discutido ese tema, y hemos perdido.-.

Víctor miró a Reed sorprendido. Se estaba sacrificando por él, había ido hasta allí para decírselo personalmente. Tanto odio, tanto recelo, para que al final, viniera su mayor Némesis a sacrificarse por el. Víctor no podía pensar en un acto desconsiderado por parte de Reed.

- ¿Que estas tramando Doctor Richards?

Reed Richard solo le devolvió una sonrisa.

[Continuará]

jueves, 11 de noviembre de 2010

LARGA VIDA AL REY - Primera Parte

Ante todo, disculpe el secretismo que rodea a esta carta y al paquete de anotaciones que la acompañan. La necesidad me ha llevado a emplear un pseudónimo y a ocultar la procedencia exacta de este paquete. Es posible que no le sea muy complicado rastrear el punto de partida pero voy a ahorrarle esa pequeña molestia.

De entrada, usted no me conoce. Mi nombre es Gustav Ollafsen y puedo asegurar que nunca habrá oído hablar de mí. Es lógico. Al contrario que usted o cualquiera de sus parientes más próximos, no he salido en la portada de ninguna revista ni en las cabeceras de los informativos. Mi labor es mucho más discreta aunque no menos importante. Sin embargo, ha sido su reputación la que me ha llevado a escribir esta carta aun a pesar del serio riesgo que entraña para mi seguridad. Sepa usted que al escribirle estas líneas estoy firmando mi propia sentencia de muerte. Incluso en el caso de que acepte mi petición de auxilio, aquella que le haré en breve, es probable que me haya costado la vida el mero hecho de haber recurrido a usted. No me importa. Un hombre de mi posición sabe que a veces hay que aceptar el más alto sacrificio si es el destino de toda una nación la que pende de un hilo.

Y ese es precisamente el caso. Mi pueblo se encuentra en grave peligro. No es algo nuevo pues nuestra nación siempre ha sido un pedazo de tierra fronteriza, presa fácil para nuestros belicosos vecinos. Mi familia puede dar buena cuenta de ello, ya que desde hace generaciones, los primogénitos Ollafsen hemos consagrado nuestras vidas a la medicina. Y no sólo hemos remendado heridas de campesinos y soldados: los Ollafsen hemos sido agraciados con una labor ejemplar, la de ser médicos personales de la realeza. Por eso os puedo asegurar que muchos hombres han ocupado el trono de nuestro pueblo. Y uno tras otro los hemos visto llegar y caer ante las continuas presiones de nuestros vecinos.

Hace poco menos de una década, la fortuna quiso que subiera al trono un hombre singular. Es posible que recordéis personalmente las circunstancias que rodearon su ascensión al trono. Y aunque mucho se ha escrito sobre él y se le ha señalado bajo muchos – y en ocasiones indecorosos – calificativos; permitidme que os lo describa tal y como yo, su humilde servidor, he conocido al hombre bajo la corona.

Se trata de un guerrero feroz a la par que sabio. Un individuo que cambió el rumbo de nuestro destino y que nos encauzó en una senda de progreso y prosperidad. Fue en aquel momento - y lo ha sido desde entonces - nuestro rey. ¡Y no encontrará un solo súbdito que, por encima del respeto o el temor, no le muestre pleitesía por ello!

Sin embargo, bajo la férrea imagen de implacable caudillo que nuestro soberano muestra al mundo, os puedo asegurar que existe un hombre tan frágil como pueda serlo cualquier otro. Y es por eso por lo que pido vuestra ayuda. En las notas adjuntas encontraréis los resultados que, en secreto, he recopilado de sus últimos análisis de tejidos. He conseguido mantener oculto a mi rey los datos pero será cuestión de semanas – quizá menos – que la enfermedad comience a dar cuenta de sus primeros síntomas.

Sé – como cualquier otro mortal que camine sobre la Tierra – que existe entre ustedes dos una rivalidad insondable. Pero también sé que sólo hay un genio que rivalice con el de nuestro amo y señor. Y como súbdito fiel y su leal siervo debo pediros, profesor Richards, que salvéis la vida de nuestro soberano.

Atentamente…

Gustav Ollafsen. Medico Personal de Su Majestad Victor Von Doom, Señor de Latveria