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lunes, 29 de noviembre de 2010

Aquellos Que Dejamos Atrás - Indice


- Tenía trece años, ¿sabes?

A lo lejos, una multitud de paraguas se reunía ante la fosa. En ella, lentamente, los operarios de la funeraria introducían un pequeño ataúd. A esa distancia, Pietro era incapaz de reconocer a ninguno de los presentes. Tampoco hubiera importado mucho, la verdad. De la pequeña a cuyo cuerpo daban sepultura apenas si conocía su nombre clave y su edad...
- Trece jodidos años... – ante el silencio de su compañero, Pietro insistió como si incluir un "jodidos" lo convirtiese en un argumento mejor. - ¿Crees que es justo?





Esperamos que  os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

viernes, 30 de julio de 2010

Aquellos que Dejamos Atras - Desenlace

Tras el terrible impacto el poste de teléfono había quedado roto por la mitad, dejando a medias cientos de conversaciones. Incrustada en él estaba la vieja Volkswagen T3 que había quedado destrozada. Danny, tras comprobar que sus compañeros estaban inconscientes mostraba la mejor de sus sonrisas a los dos desconocidos que se acercaban a él con cara de pocos amigos.

- ¡Wow chicos! he estado a punto de llevaros por delante, no os llegáis a apartar y acabáis debajo de la furgoneta – Dijo con su clásica media sonrisa forzada – Sois dos tipos con suerte, y yo soy Danny Dalton, encantado

- No me importa quién seas ni de donde has salido, pero ya estás tardando en darme una buena razón para no matarte ahora mismo y escupir sobre tu cadaver – bramó Preacher.
- Sería una pena estropear esta cara tan perfecta – No pudo evitar replicar Danny

Rojo y enfurecido, Preacher parecía crecer. La sotana negra comenzaba a estarle prieta y sus venas palpitaban con una fuerza brutal – Respira, se repetía Pietro para sus adentros, Respira tranquilizate o esto va a acabar muy mal – Mientras poco a poco volvía a su estado normal y antes de que el imprudente Dalton pudiera replicale de nuevo, Darrell intervino

- Creo que él no ha tenido tan buena suerte como nosotros – Darrell señalaba con su bastón el par de zapatos rojos que sobresalían de debajo de la Volkswagen

- Vaya, un pequeño fallo en el aterrizaje – Danny divertido se agachaba a echar un vistazo – Espero que no fuera vuestro amigo porque... creo que está... muerto

- Te voy a borrar esa sonrisa que tienes de la cara, niñato – Dijo Preacher voz en grito

- Tranquilo mago oscuro, guarda tus fuerzas para cuando aclaremos todo esto – Darrell apoyó su mano sobre el hombro de Preacher para tranquilizarlo... Le recordaba tanto ese hombre a su viejo amigo Awender que intentó por el bien de todos evitar que las cosas fueran a peor - ¿Dónde estamos?

- En Kansas desde luego no – dijo Danny socarronamente

- Muy bien listillo, ya sabemos dónde no estamos – dijo Preacher apretando su bastón – Ahora me gustaría saber dónde estamos y quienes sois vosotros.

- Yo soy Danny y esos de ahí son mis compañeros... Viajamos de un mundo a otro buscando nuestro hogar en ese trasto que se acaba de estrellar, y claramente éste es el mío, porque no hay gente tan rara de donde vengo yo – dijo mirando divertido el atuendo de los otros dos – Por cierto el de ahí abajo no creo que los vaya a echar en falta, y esos zapatos son preciosos. Piel de primerísima calidad de cocodrilo y son un 43, justo mi talla. Si no os importa, los míos sufrieron un pequeño percance en nuestro anterior salto

- Me llamo Darrel – dijo desconcertado el joven mago mientras veía al charlatán quitarle los zapatos al muerto, era algo que había visto cientos de veces en su mundo pero a lo que no se terminaba de acostumbrar – Seguidor de la luz y mago de Glorantha. He venido para ver por última vez al amor de mi vida, muerta en mi mundo.

- Mi nombre es Pietro y estoy aquí para devolver la vida a una inocente – Dijo Preacher sin hacer caso a las impertinencias de Danny – Lo último que recuerdo es haberme introducido por una especie de portal... - Pietro continúa hablando más para sí que para los demás – Parece que todos estamos fuera de nuestros mundos, en un lugar dónde no esperábamos estar y para bien o para mal juntos en esto

- Que bonito, casi se me saltan las lágrimas – Tras atarse los cordones de sus nuevos y flamantes zapatos, Danny echa una mirada debajo de la furgoneta - Y tu, ¿Quién eres?

Por lo inesperado, ninguno de los tres pudieron reprimir un respingo cuando una inesperada respuesta surgió de detrás de ellos. Era una voz suave, pausada, hermosa la que hablaba...

- Era uno de los Altos Inquisidores de la ciudad. Un ser despreciable, perseguidor de la libertad, de la cultura, de la vida – Al girarse los tres pudieron ver una figura estilizada con las manos esposadas – Llevaba semanas tras de mí y acababa de capturarme, por fortuna esa furgoneta apareció de la nada y le sepultó... no me aplastó a mi también por milímetros... Y ahora, si me soltáis podremos hablar con mayor tranquilidad

- Ya veo – Tras escudriñarla a fondo con un rápido gesto Pietro rompió las cadenas que esposaban a la joven – Nos debes una, cuéntanos que es eso de los Inquisidores

- De acuerdo, pero antes contadme... ¿Quienes sois vosotros y como habéis aparecido en mitad de esta nada?

Frente a una improvisada hoguera las cuatro figuras comenzaron a desvelar sus historias, primero con desconfianza, pero poco a poco con más detalles y mayor profundidad. Los tres hombres habían llegado a este mundo anhelando algo que habían perdido en sus respectivos mundos y la mujer hablaba de un mundo en el que difícilmente podrían encontrar lo que buscaban. Era este un lugar en el que el oscurantismo y el fanatismo habían triunfado, en el que el Gran Inquisidor subyugaba a todo aquel que se atrevía a sobresalir, a destacar, a discrepar, no había lugar más que para sus ideas...

Por fin el silencio se hizo entre los cuatro durante largo tiempo. Era un silencio para la reflexionar, para decidir su siguiente paso

- No me puedo quedar aquí mucho tiempo – Danny ya no hablaba como un engreido – Ya habéis visto como están mis amigos, necesito buscar medicinas para ellos

- Mis amigos pueden estar a punto de morir y lo han hecho para traerme aquí – A Pietro casi le temblaban las manos – Algo tiene que haber que podamos hacer... Hemos venido aquí por algo, alguien tiene que poder ayudarnos

- Sí, hay alguien. Es quién guía nuestra rebelión desde las sombras, llegó a nuestro mundo antes de que yo naciera. Es un hombre poderoso, un mago, una persona capaz de todo. Tenéis que ir a la ciudad, a Neverfield. Allí todos le conocen, cuando lleguéis preguntad por el Mago, el os ayudará. Yo cuidaré de vuestros amigos...

- Pero – Comenzó a decir Darrell dubitativo – Las luces de esa ciudad están a no menos de tres jornadas de camino, no tenemos tanto tiempo

- Cerca debe estar el transporte del inquisidor muerto – La cara de la muchacha se iluminói de pronto – De alguna manera me tendría que llevar presa a la ciudad...

- Ahí está – la voz de Preacher sonó profunda, como la de un lobo aullando a la luna – tras esas dunas

- Muy bien, seguid la carretera y tened cuidado de no abandonarla o nunca lo volveréis a ella. Yo soy una forajida, no puedo entrar en la ciudad, pero vosotros si. El transporte os abrirá las puertas de la ciudad, pero andar con cuidado por ella. Esos zapatos rojos que llevas son muy valiosos... muchos os ayudarán por llevarlos, pero otros muchos querrán mataros por lo que significan y aún muchos más por todo lo que se puede conseguir con ellos... Andad con cuidado, por favor.

- Una cosa más – Danny se giró antes de marcharse – Si es tan poderoso, ¿Cómo es que no habéis vencido al Gran Inquisidor o porqué no huis a otro mundo y le dejáis aquí solo?

- Si no fuera por él estaríamos ya muertos todos, mientras no lo esté no pienso abandonar, es mi mundo, voy a luchar por él

La carretera hacia el Neverfield es larga, recta, inagotable y cubierta de un rugoso asfalto amarillo. Durante las casi dos horas de camino los tres desconocidos apenas hablaban entre sí. Hicieron bien, pues en la ciudad necesitaron todo el aliento ahorrado para salvar sus vidas.

El mago parapetado, como escondido, tras las esquinas para invocar monstruos de metal. El sacerdote que resultó ser una bestia más fiera que un león y el joven Danny con sus zapatos rojos, que además de la lengua manejaba bien los puños. Los tres lograron camelar, esquivar y vencer a la guardia Inquisitorial que se ponía por delante y encontrar al Gran Mago, que les podría sacar de allí y devolverles lo que más querían.

Lograron llegar a su casa, el aeródromo abandonado. En él, cientos globos descinchados, ajados, decolorados, cubrían las pistas dándole un aspecto fantasmal. En uno de los hangares el viejo remendaba una tela hecha de retales de los más diversos colores. Tras percatarse de la visita de los tres improvisados compañeros giró la cabeza y levantó la mirada, lejana, perdida

- Supongo que os han dicho que yo os puedo ayudar – dijo el Mago con un hilillo de voz

- Así es Gran Mago – respondió raudo Darrell – Eres nuestra esperanza... Yo busco a mi amor perdido, él recuperar una amiga demasiado joven para morir y él quiere regresar con sus amigos a su hogar ¿Puede ayudarnos?

- Mira lo que tengo aquí – Dijo Danny Señalando sus flamantes zapatos rojos – no es que puedas o no puedas, es que tienes que ayudarnos. Hemos acabado con uno de los malos de su pueblo, es lo justo

- Ya veo – la voz del viejo Mago sonó como triste, como un sollozo - Soy vuestra esperanza... Miradme, solo soy un viejo, una sombra de lo que una vez fui – Dejó caer la aguja que tenía en sus manos – Yo también llegué aquí buscando a quién dejé atrás. Yo también vine aquí porque quise recuperar el pasado, lo amado, lo querido que ya no estaba...

- Ya le hemos entendido, viejo – Interrumpió bruscamente Danny – Ahora díganos que debemos hacer

- No, no me habéis entendido. Si pudiera ayudaros no estaría aquí, ni yo, ni posiblemente este sofá, si siquiera este mundo, ni nada... No hay manera de evitar lo que ya ha pasado. Hay que mirar hacia delante, no hay vuelta atrás – Entre sollozos el pequeño hombre logró continuar – Aquellos que dejamos atrás, ya nunca volverán.

viernes, 16 de julio de 2010

Aquellos que Dejamos Atrás - Segunda Parte


El débil viento apenas movía la túnica del hombre que permanecía arrodillado a un lado del camino. Delante de él, un pequeño monticulo de arena sobre el que reposaban varias piedras apenas mostraban que allí se había enterrado a alguien.

El chico, de unos veintimuchos,  rubio, con el pelo corto y vistiendo una túnica gris sin apenas bordados permanecía en silencio, arrodillado, como pidiendo perdón a quien fuera que estuviera allí enterrado.

De los arbustos, detrás de la tumba improvisada, apareció un hombre. El chico no pareció inmutarse por la aparición del extraño,  como si le estuviera esperando. El hombre, más mayor que el muchacho, alto, corpulento, vistiendo una armadura oscura y con más de una cicatriz en la cara se acercó a la tumba.

- ¿Cuantos años han pasado ya? - preguntó el hombre.

El chico, sin levantar la cabeza hizo un movimiento con la mano, y la tumba se cubrió con un manto de flores... entonces se puso de pie.

- ¿9 años?, ¿10 años?... Darrell, ¡mírame a la cara!. Vienes aquí cada año. Tienes que superarlo, ¡ella no va a volver! -.

Entonces el chico levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos y húmedos, como si hubiera estado llorando durante días.

-¿Acaso sabes lo que es amar a alguien con tanta fuerza que duela?.

- ¿Amar?, niño, ¡si apenas estuvisteis juntos una noche!.

- A veces no hace falta más que unos segundos para darte cuenta con quien quieres pasar el resto de tu vida.-

El silencio volvió a reinar entre los dos amigos. Ambos miraban la tumba. Se notaba que no era la primera vez que se encontraban en esta situación. Durante estos años, muchos eran los compañeros a los que habían tenido que enterrar.

-¿Sabes lo peor Awender?. Lo peor fue que no fui yo quien acabó con su asesino. ¡Ese ogro malnacido!.  Y pensar que estuvo un tiempo haciendose pasar por nuestro compañero. ¡Era necesario que yo la vengara!, ¡era lo mínimo que podía hacer por ella!.

El guerrero sonrió, apenas fue una leve muesca, pero era lo máximo que se podía sacar de esa vieja cara.

-Sabes perfectamente que no habrías podido hacerlo.

El hechicero vaciló.

-Si, tienes razón, entonces no era suficientemente poderoso...

-No, no me has entendido, incluso ahora, con el poder que has llegado a obtener, no podrías, tu no eres así, no eres un asesino, como yo...

Entonces el hechicero sonrió, aceptando que su compañero, su amigo, tenía razón, de nuevo...

- ¿A que has venido Awender?.

- ¿Que dirías si te digo que conozco la forma de que vuelvas a ver a Alice?.

El corazón del chico se puso a cien, sabía que el guerrero no bromeaba con esas cosas, bueno, Awender nunca bromeaba.

- Recoge tus cosas, nos vamos al Paso del Dragon.

[continuará]

viernes, 9 de julio de 2010

Aquellos Que Dejamos Atrás - Primera Parte


- Tenía trece años, ¿sabes?

A lo lejos, una multitud de paraguas se reunía ante la fosa. En ella, lentamente, los operarios de la funeraria introducían un pequeño ataúd. A esa distancia, Pietro era incapaz de reconocer a ninguno de los presentes. Tampoco hubiera importado mucho, la verdad. De la pequeña a cuyo cuerpo daban sepultura apenas si conocía su nombre clave y su edad...

- Trece jodidos años... – ante el silencio de su compañero, Pietro insistió como si incluir un "jodidos" lo convirtiese en un argumento mejor. - ¿Crees que es justo?

Pietro llevaba una gabardina gris, completamente empapada por la lluvia y bajo la que ocultaba su camisa negra y aquellos vaqueros gastados. Por no hablar del alzacuellos, claro. La figura de su compañero era apenas la sombra de una sombra: las nubes tapaban el sol, sumiendo aquella parte del cementerio en una fría penumbra. Bajo su túnica negra, lo único que se podía intuir del aspecto de Necromante eran las facciones de su barbilla, marcadas con una perilla elegantemente recortada.

- La muerte nunca es justa, Preacher.

- Te he dicho que no me llames así... – Tanteó sus bolsillos, en busca de un cigarrillo. Fue entonces cuando recordó haber prometido dejarlo. Se lo había prometido...

- Negar tu nombre es tan inútil como lo es negar la pérdida, Preacher.

- Ahórrame la mierda "zen", ¿quieres? – Miró el pitillo que se mojaba bajo las gotas de aquella molesta e insípida lluvia.- Si hubiese querido sermones, habría llamado a...

"¿A quien, Preacher?, ¿A quien habrías llamado? ¿A cualquiera de tus viejos camaradas de hazañas superheroicas? ¿Los mismos viejos amigos que te culpan de que Metal Queen esté ahora varios palmos bajo tierra?"

Pietro dejó la frase a la mitad, viéndose contestado por su propia conciencia. Por su parte, Necromante siempre había hecho justicia a su imagen siniestra y enigmática. De hecho, Pietro apenas si sabía gran cosa de él: tan sólo que parecía ser de origen egipcio y que, en la esquina de la 19 con la 22 era propietario de una tienda de antigüedades. Sabía eso...

... y que era el jodido Señor de los Muertos, claro.

- ¿Para qué me has traído aquí, Preacher? – Necromante preguntó aquello, rompiendo su imagen de encapuchado misterioso. Para no estropearla demasiado no miró a Pietro mientras lo hizo.

Éste lo miró sonriendo de forma triste y amarga, arrojando el cigarro mojado a la tierra.

- Quiero que la traigas de vuelta.

Durante un segundo Necromante pareció una estatua de ébano, inmóvil e inerte. Entonces giró la cabeza y clavó la oscuridad de su capucha en Pietro. No dijo nada, forzándole a repetir una petición que, a todas luces, le había sorprendido.

- Vamos... – Pietro no podía evitar disfrutar viendo a Necromante así, perplejo. - ¿Olvidas que aun tengo mis contactos en la Biblioteca Secreta Vaticana? Tienes dedicado un dossier de lo más completo...

- No puedo hacerlo.

- Mientes.

La contundencia de Pietro dejó claro que conocía el verdadero alcance de los poderes de Necromante. Éste se limitó a hacer lo que mejor se le daba: guardar silencio mientras Pietro preparaba un nuevo contraataque dialéctico...

- No sólo puedes hacerlo... Debes hacerlo.

Necromante lo miró de nuevo, con unos ojos cuyo aspecto bajo aquella penumbra sólo Dios conocía. Pietro sabía que aquello le había molestado. Cabrear al puñetero Señor de los Muertos era uno de esos momentos por los que aun le gustaba toda aquella farsa de enmascarados y superhéroes...

- Si, señor... – Pietro miró a los asistentes al funeral, quienes se iban alejando de la fosa mientras los operarios la cubrían de nuevo. – Fuiste tú quien nos reunió a todos, ¿no?

Necromante guardó silencio, escuchando aquellas dagas que su viejo camarada lanzaba en forma de palabras.

- Nos reuniste a todos para enfrentarnos a Underworld, el Inquisidor, la Corporación Senokrad, la Legión Cobra... – Pietro dio la espalda a los operarios que terminaban su trabajo y miró a su compañero.- Fuiste tú quien la metió en esto.

- Ella no... - ¿se lo parecía... o el viejo Necromante estaba farfullando?... – Nadie la obligó...

- Trece años. – la voz de Pietro resonó con ira mal disimulada.- Por el amor de Dios, ¿qué crío de trece años diría no a ser un superhéroe?

A modo de respuesta, unas últimas paladas de tierra dieron por concluida la ceremonia. Pietro intentó resguardarse de la lluvia mientras se apartaba de Necromante. Le había dado la espalda y caminado un par de metros cuando escuchó su voz.

- Jerusalén.

Pietro lo miró. Necromante no se había movido, aun bajo la sombra de uno de los ángeles que decoraba el camposanto.

- Reúne a la vieja guardia, Preacher. – lo miró desde la penumbra de su capucha.- Nos vamos a Jerusalén.