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lunes, 29 de noviembre de 2010

De un Marqués, un Puro y Su Humo - Indice

Cuando por fin se fueron las visitas, el Marqués se encerró en el enorme salón de al lado de la biblioteca. Cerró la enorme puerta de roble de doble hoja para que el servicio no le importunara y se dejó caer pesadamente en su enorme butacón de cuero corinto.


Al hacerlo resopló pesadamente como sólo un hombre de su talla puede hacer. Se desabrochó el incómodo último botón de la camisa, liberando su cuello y dejó que su mirada vagara por la habitación hasta topar con la chimenea. Tras observar absorto un instante su fuego, como sin ganas alargó sin mirar atrás el brazo y echó mano a la botella de coñac que había en la mesita. Era de ese tipo de botellas que no tienen etiqueta alguna. Tras servirse una buena copa volvió a dejar la botella sobre la mesita, justo en el mismo lugar dónde la había cogido y, aprovechando el viaje de su brazo, a tientas abrió el pequeño cajoncito que escondía la mesa para sacar un habano sensiblemente mejor que el que había ofrecido a sus invitados.

Así comienza De un Marqués, Un Puro y Su Humo, léelo al completo y fácilmente siguiendo nuestro indice

Primera Parte - http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com/2010/06/de-un-marques-un-puro-y-su-humo-primera.html

- Segunda Parte - http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com/2010/06/de-un-marques-un-puro-y-su-humo-segunda.html

 - Tercera Parte - http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com/2010/06/de-un-marques-un-puro-y-su-humo-tercera.html

 - Desenlace - http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com/2010/07/de-un-marques-un-puro-y-su-humo-final.html

Esperamos que  os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

viernes, 25 de junio de 2010

De un Marqués, un Puro y su Humo. Tercera Parte


Las trés de la mañana. El viejo reloj de pared dió la última campanada de la serie. Fue en ese momento cuando se despertó el Marqués. 

La sonrisa, con la que se había quedado dormido y que había mantenido durante todo su sueño, desapareció de su cara cuando vió las formas ascendentes y descendentes que formaban al Señor de Humo y que se mantenía, levitando, delante de él, absorto en sus propios pensamientos.

-¿Que haces aquí?- dijo el Marqués, con una voz grave y llena de rencor.
-He venido a verte- replicó el Señor de Humo. Su voz era tranquila y educada, como la de un mayordomo inglés.

El Marqués terminó su copa de coñac de un solo trago e hizo el ademán de apagar su puro, pero en el último momento se paró, como si hubiera recordado algo que pasó hace mucho tiempo, y lo dejó reposar en un cenicero.

-¡Te dije que no quería volver a verte!-, el Marqués se levantó de su asiento y atravesó al Hombre de Humo que durante un breve instante desapareció.

Pero la bella danza de hilos de humo, en colaboración con las corrientes de aire fria y caliente, hicieron que el Señor de Humo se formara, de nuevo, detŕas del Marqués. Lo hizo de una manera lenta, pausada, como si pidiera perdón por estar ahí, en esa habitación y haberle despertado de su sueño.

-He venido a disculparme-, susurró la figura fantasmagórica del Señor de Humo mientras terminaba de formarse.

-¿Ha disculparte?- dijo el Marqués, alzando la voz. -¡No has aparecido en veinte años!, ¡veinte putos años!. ¡Eramos amigos, joder!, y un dia, sin decir nada, no vuelves aparecer. ¡Me dejaste tirado!, ¿por qué?-, la voz del Marqués resonaba por toda la habitación.

-Tenía mis razones-, el Señor del Humo, impasible ante los gritos del Marqués seguía hablando tranquilo, como correspondía a su status. En otra época, él, también habría alzado la voz y perdido los papeles y habrían competido durante minutos a ver quien gritaba más fuerte. Pero esa época ya había pasado, y un Señor de Humo nunca hablaba ni alto, ni bajo, se expresaba con el nivel de voz que debía expresarse.

-¿Razones?, ¡que razones!. ¿Y por qué apareces ahora?, ¿por que quieres disculparte después de 20 años?-

-Porque, amigo mio, te estas muriendo...

[continuará]

viernes, 18 de junio de 2010

De un Marques, un Puro y su Humo - Segunda Parte

[Viene de... http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com/2010/06/de-un-marques-un-puro-y-su-humo-primera.html]

Había prosperado mucho desde la última vez que se vieron, eso tenía que reconocérselo.

Claro que por él también habían pasado los años.

Viendo al Marqués reclinado en su sueño, encajonado en aquel cómodo sillón; el Señor de Humo recordó la primera vez que se vieron las caras. Por aquel tiempo, él no era más que un Niño de humo: de esos que, de forma furtiva, habitan los servicios de colegios e institutos. Pero incluso entonces, el joven Marqués (que ni era marqués todavía ni era joven de espíritu) ya demostraba talento innato para forjar fortunas, pues atesoraba el dinero de los almuerzos ajenos mediante el estraperlo de cigarrillos usurpados del estanco de su padre.

Mientras revoloteaba entre los elegantes tapices del salón; el Señor de Humo dejó que sus recuerdos fluyesen con la misma agilidad con la que él danzaba por la habitación. Esos mismos recuerdos que le llevaron al tiempo en que fue un Joven de Humo, lozano, conquistador. Si, si... Conquistador. Porque a una sonrisa pícara siempre se le podía añadir el convidado de un cigarrillo para que alguna incauta se dejase caer en sus brazos. Y si no hubiera estado dormitando entre leves y sosegados ronquidos, bien que hubiera podido confirmarlo el buen Marqués: ¡cuantas jovenzuelas se habían dejado encandilar por el sabor prohibido de algún cigarrillo exótico!

Miraba a través del ventanal el Señor de Humo, contemplando los frondosos jardines de aquella suntuosa mansión. Y volvió a mirar al Marqués durmiente. Y supo entonces, viendo el rictus de su mentón y lo fruncido de su ceño que no era el Marques hombre que soliese reír a menudo.

¡Con las risas que habían echado en tiempos pasados, cuando era un Hombre de Humo de la Risa! Por supuesto, aquellos recuerdos estaban difuminados y, en ocasiones, le daban dolor de cabeza. Pero ya se sabe que si por algo no se caracterizan los Hombres de Humo de la Risa es por su buena memoria.

Muy diferentes eran el resto de los Hombres de Humo: aquellos no solo tenían buena memoria sino que tenían también la costumbre de hacerse notar de vez en cuando. Solían quedarse hasta altas horas de la noche, danzando en las gargantas ajenas. ¿Alguna vez has sentido esa sensación de plumas de ganso correteando por tu laringe? Pues ya sabes lo que son. Gente con poca clase los Hombres de Humo, pensó el Señor de Humo. Por suerte, él – como el propio Marqués y como todos los que hacen abundante fortuna – ya habían dejado atrás aquella fase.

Las campanadas de un viejo carillón sacaron de sus recuerdos al ensimismado Señor de Humo. El reloj le recordó que el tiempo corría y que si estaba allí, era por un buen motivo. Como buen Señor de Humo, su estricta educación le impedía salir de un puro sin que la situación (o la etiqueta) así lo exigiese. Sin embargo, existía un problema añadido. Un problema que quedó de manifiesto nada más ver como el puro seguía consumiéndose al tiempo que los ronquidos del Marqués se hacían más pausados y profundos.

Porque ¿a dónde iban los Señores de Humo cuando se apaga el fuego de su habano?

[Continuará]

De Un Marqués, Un Puro y Su Humo - Primera Parte

Cuando por fin se fueron las visitas, el Marqués se encerró en el enorme salón de al lado de la biblioteca. Cerró la enorme puerta de roble de doble hoja para que el servicio no le importunara y se dejó caer pesadamente en su enorme butacón de cuero corinto.

Al hacerlo resopló pesadamente como sólo un hombre de su talla puede hacer. Se desabrochó el incómodo último botón de la camisa, liberando su cuello y dejó que su mirada vagara por la habitación hasta topar con la chimenea. Tras observar absorto un instante su fuego, como sin ganas alargó sin mirar atrás el brazo y echó mano a la botella de coñac que había en la mesita. Era de ese tipo de botellas que no tienen etiqueta alguna. Tras servirse una buena copa volvió a dejar la botella sobre la mesita, justo en el mismo lugar dónde la había cogido y, aprovechando el viaje de su brazo, a tientas abrió el pequeño cajoncito que escondía la mesa para sacar un habano sensiblemente mejor que el que había ofrecido a sus invitados.

Dio un buen sorbo a la copa y encendió el puro de una larga calada. El humo que entró en sus pulmones le cambió del todo el humor y no pudo evitar que le hiciera sonreír. Había sido una noche larga y desagradable, pero ahora se encontraba tranquilo, feliz, tanto que sus pies se habían puesto a bailar sin que él se diera cuenta. Desde antes que llegaran sus invitados estaba deseando que se marcharan. Había sido la típica cena de compromiso en la que nadie quiere estar pero nadie puede permitirse faltar, en la que las conversaciones dan vueltas y más vueltas alrededor del asunto por el que todos estaban allí pero sin llegar nunca a tratarlo. Pero ya, gracias al cielo, se habían ido todos.

Con los ánimos renovados miró divertido su retrato que se encontraba colgado sobre la chimenea. En él salía reflejado con su perpetua mirada severa excelentemente plasmada, quizás por ello le gustase tanto ese cuadro. Riendo, recordó el día que mandó realizarlo y cómo el pintor le repetía una y otra vez – Sonría, Marqués, sonría usted – Y él le contestaba muy serio – Usted pinte y calle, que para eso le pago. A medida que iba fumando del puro y bebiendo de la copa, su felicidad iba aumentando, y se iba relajando cada vez más, hasta quedar profundamente dormido.

Si bien en las tremendas cabezadas que pegaba, se le bamboleaba tanto la cabeza que daba la impresión que fuera a caer en cualquier momento, mantenía bien firme la copa de coñac en su mano derecha y el oloroso puro encendido en la siniestra. El humo del puro, que subía recto hacía el techo se agitó en ese momento a causa del aire, ondulándose.

El fuego calentaba el aire más cercano a la chimenea y lo hacía subir, mientras que el aire más frío bajaba. Se creó así la corriente de aire que jugueteaba con el humo del puro, dándole caprichosas formas. Al principio fueron pequeños torbellinos con imposibles giros y anillos de humo concéntricos, pero al tiempo las figuras se volvieron más extrañas y complejas. Hasta que del humo del puro salió un Hombre de Humo. Bueno, un Señor de Humo, pues los Hombres de Humo bien se sabe que salen de los cigarros, y los señores de los Puros. Siempre ha habido clases, incluso para esto. [Continuará...]


Foto de Paula G. Furió con licencia Creative Commons, algunos derechos reservados.