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viernes, 17 de mayo de 2013

La guerra en el tiempo: Origenes - Indice

William Jacques Barnes se miraba en el espejo roto del maloliente cuartucho que hacía de retrete de ese pub. Apenas tenía 16 años pero el pelo blanco y las cicatrices que tenía en la cara le hacía parecer mayor.

Cuando volvió a levantar la cabeza del lavabo, después de haber evacuado casi toda la cena, se quedó mirando la cicatriz que desde la frente hacia la oreja izquierda cruzaba su ojo.

viernes, 10 de mayo de 2013

La guerra en el tiempo: Origenes - Conclusión


William Jacques Barnes se miraba en el anodino espejo del cuarto de baño del Juzgado. Su rostro aparentaba el de un hombre de unos treinta y pocos años. Vestía con botas de cuero negras y el uniforme azul marino. Mientras esperaba una señal para actuar, echó un rápido vistazo a su cara, a esa cicatriz en el ojo izquierdo que, de una manera u otra e inevitablemente, todas sus versiones en el tiempo acababan teniendo.

Al instante oyó ruido en el pasillo, un golpe, una caída, gritos. También oyó al William de este tiempo y esta realidad vocear - ¿Que se siente al ser un héroe? ¡Gilipollas! –  y el posterior alboroto. Era hora de actuar. Salió del baño y se acercó al tumulto que se estaba formando junto a las escaleras. El William Jacques que acababa de viajar en el tiempo sacó de su traje una especie de granada de alta tecnología. La confusión y la conmoción por lo que acababa de suceder era tal que nadie parecía mostrar interés en él. Estaban demasiado ocupados gritando, llorando o tratando de agarrar y linchar al joven asesino. Así que únicamente él, Bad Williams, pareció verle y reconocerse.

Mientras William  activaba el dispositivo, la cara del joven Bad Williams se desencajaba de miedo. Al fin pudo reaccionar y temiendo que la bomba explotase comenzó a gritar  – ¡Ahí arriba! ¡Nos va a matar a todos, es un terrorista! ¡Detenedle! -  y entonces, Bad Williams y todos los presentes perdieron el conocimiento.

El dispositivo que William Jacques acababa de activar era una bomba temporal, a partir de este momento dispondría de 5 minutos durante el cual él sería la única persona que podía interaccionar en el continuo espacio-tiempo. El resto de los afectados de la explosión temporal se lo perderían todo. Estarían allí sus cuerpos, tendidos, petrificados. Vivos, pero anclados en el pasado. Cuando todo pasara, simplemente tendrían una sensación de haberse desvanecido, de perdida de conocimiento.

La primera vez que viajó atrás se impresionó al verse a sí mismo, ahora, cientos de veces más tarde, apenas sentía una leve curiosidad de ver que había sido de sí mismo en esta pervertida versión del mundo. Desde que los cambios en el tiempo comenzaron a aparecer, la historia era un auténtico caos y el estaba en el centro del huracán.

En su realidad, no hubo accidentes de tráfico, ni noches locas hasta arriba de droga, no llegó a ser presidente, ni por supuesto sicario de ningún mafioso, tampoco fue un guitarrista famoso ni un aburrido funcionario. Y todo porque, a diferencia de todas las demás versiones, él sí que llegó a visitar el parque de atracciones “AmazingWorld”. Allí una atracción basada en el libro de George Wellsla máquina del tiempo, le fascinó tanto que dejó de querer ser astronauta para querer convertirse en el primer viajero, ya no del espacio, sino en el tiempo... pero se le adelantaron.

Por paradójico que fuera para el inventor de la máquina del tiempo, no tenía tiempo ahora para pensar en esas cosas. Tenía que buscar pruebas, indicios, intentar averiguar algo en esta realidad, algún rastro, que le llevara a comprender qué había pasado. Averiguar cuando y porqué comenzaron los cambios y devolver todo a su estado normal. Por mucho que se esforzara, cada vez que arreglaba un cambio y creía que su mundo volvería a ser el que era, aparecían otros cambios. Todos estaban relacionados con su vida, con su viaje a “AmazingWorld”, a partir de ahí, tenían lugar las más dispares consecuencias. El resultado era que a día de hoy todos los cambios estaban tan cruzados, tan entremezclados, que su realidad era cada vez más inestable, más irreal. Hasta tal punto que estaba a punto de desaparecer para siempre.

Cuando Williams vio el cuerpo inerte de Gong-Gae en el suelo, con el cuello roto, el corazón le dio un vuelco. No había lugar a dudas, era el. Pero ¿Qué hacía ahí? ¿Qué hacía Gae en ese tiempo y con ese aspecto? En este año, tendría que ser un joven de 15 años. Gae había sido su compañero de cuarto en la universidad, su confidente, su amigo. Fue quién le ayudó a construir toda la electrónica que necesitaba su invento para lograr viajar en el tiempo.

Su cabeza intentaba atar cabos a gran velocidad. Tenía una corazonada. Pero para comprobarla tenía que volver a viajar a la realidad en la que llegaba a ser presidente. El problema era que tenía que asegurarse que cuando viajara a ese momento del futuro, la historia fuera la que esperaba que fuera. Para ello tenía que cambiar pasado o no serviría de nada.

El efecto de la bomba de tiempo aún duraría un par de minutos. Atravesando la inmóvil marabunta que le rodeaba, llegó hasta Bad Williamsy antes de que el tiempo volviera a contar para el resto de los presentes le llevó a toda prisa a rastras hacia el baño.

- ¡Calla de una vez, nos van a encontrar! – Dijo Williams mientras Bad Williams seguía aún gritando que tenía una bomba - Mira jovencito, tu y yo estamos en el mismo barco

- ¿Tu y yo? – el joven Williams no salía de su asombro

- Sí, tu y yo – Williams no tenía mucho tiempo - Yo y tu, tu y tu, yo y yo, como prefieras. Escúchame. Me da igual lo que hayas hecho en esta realidad. Sé que eres un buen tipo. ¿Te acuerdas de la noche antes del accidente? Te costó mucho dormirte, estabas tan ilusionado por ver “AmazingWorld” que no podías conciliar el sueño.

- Sí, lo recuerdo – el sicario estaba muy confundido. Estaba a punto de preguntar cómo lo sabía pero se dio cuenta de que era una tontería

- Bien, pues tienes que viajar al pasado, a esa noche, e impedir que hagáis ese viaje, impedir el accidente - Williams no tenía claro que su joven reflejo le estuviera comprendiendo - Te mandaré al pasado y, da igual como lo hagas, pero ¡no permitas que tenga lugar el accidente!

- Y... - De pronto el joven Williams se encontró con la oportunidad que había esperado toda su vida, la oportunidad de cambiar su vida  - ¿Cómo lo hago?

- Como te de la gana, yo que sé, lo que sea. Improvisa, seguro que se te ocurrirá algo - Williams puso su mano sobre el hombro del joven William - ¡Ah! recuerda que ese crío eres tú mismo, así que procura no tirarle por las escaleras como a Gae


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Mientras los médicos del presidente curaban sus heridas y Madeleine Sawnson y su equipo daban las explicaciones pertinentes, William pudo escabullirse por las entrañas de la Casa Blanca. Al pasar delante de la puerta del despacho oval escuchó al presidente, muy molesto, reprochar a Madeleine que si ella se hubiera encargado de su seguridad cuando le raptaron de crío, seguramente ahora estaría muerto.

Fue fácil llegar a la sala de comunicaciones, al fin y al cabo el presidente y él eran la misma persona. En las grabaciones de las cámaras de White Plains que encontró allí, se veía como el Prisionero Cero escapaba de su celda ayudado de un pequeño ejército.

Al ampliar la imagen Williams comprobó lo que se temía. Todos eran distintas versiones en el tiempo de Gong-Gae.

Ahora todo estaba claro, ahora sabía quién era el enemigo. La Guerra en el Tiempo había comenzado y de pronto fue consciente que él ya tenía también a su pequeño ejercito, que ya había reclutado a su primer soldado.

viernes, 3 de mayo de 2013

La guerra en el tiempo: Origenes - Capitulo 3

William Jacques Barnes se miraba en el espejo roto del maloliente cuartucho que hacía de retrete de ese pub. Apenas tenía 16 año, un pelo blanco y cicatrices en la cara que le hacía parecer mayor.

Cuando volvió a levantar la cabeza del lavabo, después de haber evacuado casi toda la cena, se quedó mirando la cicatriz que desde la frente hacia la oreja izquierda cruzaba su ojo.

Toda la habitación le empezaba a dar vueltas. Necesitaba tomar el aire. La atronadora música de la sala de baile hacia que sus oídos gritaran de dolor. Golpeándose con cada persona con la que se cruzaba Jacques consiguió salir al callejón al que daba la puerta de emergencia de la discoteca. Tras dar unos pasos más, cayó al suelo entre cubos de basura.

Un ruido de gritos le despertaron. No sabía cuando había estado inconsciente pero era todavía de noche. Los gritos venían del interior de la sala. Jacques, que permanecía oculto entre la basura, levantó la cabeza y vio como tres policías vigilaban la puerta de emergencia. El más joven, con rasgos asiáticos, contemplaba atentamente los alrededores del callejón en busca de algún imprevisto.

La pequeña siesta había hecho que le doliera menos la cabeza, pero su estomago seguía revuelto. No pudo evitar volver a vomitar, y tras varios ruidosos espasmos, los policías descubrieron su escondite. William Jacques Barnes se levantó sin pensárselo, todavía con las piernas débiles. Salió corriendo todo lo veloz que pudo pero un golpe en sus resentidas piernas consiguió aplacarle y derribarle al suelo. Unos firmes brazos lo retuvieron y amordazaron. Solo consiguió que su opresor cediera cuando lo golpeó en la cara con uno de los objetos que había esparcidos en el suelo. La sangre brotó, lo que no impidió que William Jacques Barnes fuese alzado y llevado a rastras hacia el furgón de policía como si de una vulgar caja se tratara. Al cerrarse la puerta vio como el agente de policía, con la cara aun ensangrentada, comprobaba que todo estaba perfectamente sellado. Tras permanecer un rato mirando a Jacques fijamente a los ojos, el agente desapareció de nuevo rumbo al callejón.

En cuestión de minutos la avenida Jackson se fue llenando con más agentes, furgones blindados y periodistas, mientras Jacques seguía encerrado en el coche patrulla. Con mucho esfuerzo y olvidando el dolor de los golpes consiguió girarse hacia la luna trasera y ver la lluvia de flashes que empezaba a envolver a la última persona a la que esperaría encontrar en aquel sitio: Palmieri.

“¡No! El nunca se dejaría atrapar con vida.” Pensó. Pero sus ojos no le engañaban. El misterioso agente asiático, el mismo que le había atrapado a él, estaba apresando a su segundo criminal de la noche.
Jacques pasó la noche en el calabozo junto a otros delincuentes de poca monta. Desde allí se escuchaban los voceríos de la comisaria. Un “héroe”, era la palabra que más se hacía notar en los tumultos. Jacques, aburrido, esperaba salir de allí en menos de una semana pero en lugar de eso, y para su sorpresa, fue trasladado a unos calabozos de mayor seguridad. Allí permaneció aislado, sin ningún contacto con el resto de prisioneros.
Habría pasado aproximadamente un mes cuando le llegó la notificación del juicio del Estado contra Luca Palmieri que se celebraría a la mañana siguiente. Iba a testificar como implicado.
A las pocas horas apareció un abogado de oficio, cuya falta de experiencia era casi un insulto. Tras una burda, rápida y muy directa charla, el abogado aconsejó a Jaques colaboración absoluta. Le recordó una y otra vez que no se le olvidara de dar todos los nombres que supiera. Esto podría ayudar a Jacques. La operación judicial se ha había mediatizado e iban a considerar cualquier información que les ayudase a buscar culpables.

A la mañana del juicio Jacques  se encontraba mejor que nunca. Los días de descanso y la comida le habían devuelto las fuerzas y había memorizado un discurso convincente. Le dieron ropa limpia y le llevaron a la sala. Reconoció a la mayor parte de los presentes, tanto por la parte de la policía como de los acusados. Hizo el juramento ante la Biblia y comenzó a responder a la batería de preguntas que le hizo la acusación. Todo parecía rutinario. Todo hasta que el Fiscal Johnson presentó al estrado los restos de una jarra de cerveza. Fue la primera de muchas pruebas.

- “Como pueden ver los miembros de jurado la presente jarra fue el objeto con el que el acusado Jaques Williams atacó al agente de policía Gong-Gae, creándole heridas permanentes. Este hecho se puedo corroborar con testigos. Pueden también comprobar en la siguiente foto las heridas sufridas por el agente de policía. Estas heridas fueron producto de una resistencia ante la ley, muy acorde con el estilo de vida del acusado…”

A partir de ese momento Jacques perdió totalmente el control de la situación. Primero porque la fotografía del agente Gong-Gae y su cicatriz le recordaban terriblemente a un oscuro suceso de su vida que prefería olvidar. “Pero, ¿sería posible tanta casualidad?”. No tuvo tiempo de pensarlo. La sucesión de crímenes y pruebas en las que se le incriminaba no tenía fin. La mayoría le eran totalmente desconocidas pero dada, por lo que no le costó mucho negarlo todo. “Ese truco no te va a salir bien, abogado”.
El discurso de Jacques fue convincente. Pero el del joven asiático lo fue aun más. Se llamaba Gong-Gae, y su recién estrenado cargo de capitán le daba una credibilidad superior. Juró que llevaba años con el caso y no dudó en señalar a Jacques y a  Palmieri como centro y causa de sus investigaciones.

- Este joven es en realidad el hijo de William y Sarah Barnes. Ambos fallecidos en trágico accidente de tráfico. Desde entonces se ha hecho con las calles de la ciudad. Junto con su socio Palmieri, como no podía ser menos. Señoría, estos hombres son un peligro para la ciudad.

Fue un giro inesperado en el juicio y la prensa pronto se hizo eco, apodando a Jacques como “Bad” Barnes, el superdotado del crimen. La alegación de Luca Palmieri no ayudó en absoluto a Jacques. La negación continua de los crímenes restó credibilidad a la escena y el jurado señaló a ambos como culpables de 47 asesinatos, 3 violaciones, asalto a mano armada, intimidación y cohecho. Luca fue condenado a cadena perpetua y trasladado a una prisión de máxima seguridad en Massachusetts, mientras que a “Bad” Barnes lo enviarían a un reformatorio de Oregón. El reformatorio era conocido como “el corredor de la muerte infantil”.

A la salida del juicio una maratón de periodistas corría para conseguir la tan preciada foto del arresto. Los micrófonos se agolpaban unos con otros buscando unas palabras del gran héroe del momento.

- ¿Cómo se encuentra?
- ¿Qué se siente al ser un héroe?
- ¿Nos puede contar algo del juicio?
- ¿Qué va a pasar con el resto de criminales en la ciudad? ¿Servirá esta detención como aviso para los demás criminales?
- ¿Va a cambiar algo esta detención?

Con aires de triunfalismo Gong-Gae miro a cámara, enseñando orgulloso su nueva cicatriz, y respondió, seguro de sí mismo:

- A partir de ahora todo va a cambiar.

El golpe fue brusco, rápido y violento. Instintivamente las cámaras se movieron como gacelas para grabarlo todo. Fue una imagen que daría la vuelta al mundo. Los periodistas caían unos sobre otros entre gritos de dolor y de angustia. Los intentos por librarse eran inútiles ya que lo que no hacia el descontrol de la masa lo haría la falta de espacio para mantener el equilibrio. El capitán Gong-Gae rodaba escaleras abajo y a su lado Jacques Williams, aun con las manos atadas. El crujido del cuello del recién estrenado capitán causó una angustia infinita a todos los presentes, incluido al propio Jacques.
Tan solo unos segundos antes Jacques había aprovechado un momento de desconcierto y su buen estado de forma para zafarse de los guardias, salir a toda prisa del edificio y golpear por la espalda a Gong-Gae mientras atendía a la prensa. No satisfecho con romperle el cuello, “Bad” Williams seguía pateando y escupiendo sobre el inmóvil y asiático cadáver.

- ¿¿Que se siente al ser un héroe?? ¡¡Gilipollas!!

Jacques se preparó para la marea de policías y agentes de seguridad que se abalanzaban sobre él con sus porras en la mano. Contaba con ello y estaba dispuesto a pagar el alto precio en golpes. Pero lo que ocurrió le sorprendió incluso a él.

viernes, 26 de abril de 2013

La guerra en el tiempo: Orígenes - Capítulo 2


William Jacques Barnes se miraba en el impoluto espejo del cuarto de baño presidencial. Había superado los cincuenta y en su rostro apenas se dejaban ver unas pocas arrugas. Desde su primera campaña, sus asesores de imagen habían insistido en la idea de tintar su pelo plateado. Creían que eso le hacía parecer mayor y que aquello alejaría al crucial voto juvenil. El mismo que le dio la mayoría en su primer mandato. Despedir a Eric y a su panda de snobs había sido una de las mejores decisiones que había tomado. Pero ni por asomo había sido de las más difíciles.

Salió al exterior, disfrutando del espléndido sol que entraba a través de las ventanas del despacho oval. Sobre el enorme escritorio de caoba decimonónica, una pila de documentos e informes que aguardaban la aprobación presidencial. William se ajustó las gafas mientras ordenaba los pliegos en grupos: la crisis nuclear de Corea del Norte tendría que esperar si los del gabinete económico europeo volvían a reunirse con los embajadores chinos. Y luego estaba el frente local, claro: habían estallado nuevos disturbios en la frontera con Méjico desde el desastre de la planta nuclear de San Bernardino. Entonces recordó el conflicto canadiense. Llevándose los dedos a las sienes, William se despojó de las gafas y cerró los ojos. Al abrirlos se topó la mirada serena pero poderosa de su padre. “Big” Barnes senior lo contemplaba desde su retrato, colgado en un lugar de honor entre el de Kennedy y Obama.

Era imposible pensar en su padre y no rememorar lo ocurrido cuando apenas contaba con diez años. Iba a ser un fin de semana a lo grande, en "AmazingWorld". ¿Cómo imaginar que la noche antes de partir, aquel joven desequilibrado entraría en su dormitorio y lo raptaría mientras sus padres dormían? William sabía que muchos habían bromeado de forma cruel con lo ocurrido. Algunos panfletos y periodicuchos de la oposición habían mencionado al día siguiente de su elección como presidente que “aquel secuestrador habría pedido más pasta de haber sabido lo lejos que llegaría aquel muchacho”. Pero lo cierto es que aquel hombre misterioso no pidió rescate. William pasó la mayor parte de aquellas setenta y dos horas inconsciente, pero recordaba aquella cicatriz en su rostro. Era el rostro de un chico joven, de apenas dieciséis o diecisiete años. Poco más recordaba de todo aquello. Los médicos dictaminarían luego que el individuo empleó alguna clase de calmante exótico para mantenerlo aletargado.

Del misterioso joven que había iniciado aquel espectáculo, poco más se supo: la policía no consiguió encontrar gran cosa después de que la granja en la que se escondió ardiese hasta los cimientos. De todo aquel incidente, el resto del mundo sólo recordaría aquello que, por otra parte, era el único recuerdo claro que William tenía de todo aquello: el de su padre abrazándolo al salir del coche patrulla. Aquella imagen dio la vuelta al mundo y se convirtió en todo un icono. Muchos expertos aseguraban que aquella había sido la propaganda del millón de dólares que había permitido al senador por California convertirse en presidente en apenas tres años.

El desagradable pitido del comunicador sacó a William de sus pensamientos, devolviéndolo al presente. La voz de su secretaria le informó que Madeleine Sawnson quería hablar urgentemente con él. Como directora de la Agencia para la Seguridad Nacional que era, recibir a Sawnson sin cita previa era sinónimo de malas noticias. Muy malas noticias.

Estaba a punto de responder a su secretaria cuando William notó el dolor. Intenso y prolongado, a lo largo de su pecho. “Un infarto” – fue lo primero que pensó, llevándose las manos al torso. Entonces notó la sangre filtrándose a través de su carísima camisa de lino italiano. ¿De dónde demonios provenía toda aquella sangre, maldita sea?

El grito de sorpresa había bastado para que dos miembros del equipo de seguridad entrasen con sus pistolas en ristre. Uno se acercó al presidente William Jaques Barnes para comprobar su condición. El otro comenzó a llamar por su comunicador al resto del personal, dando órdenes de sellar el edificio.

Las sirenas habían comenzado a resonar por toda la Casa Blanca, cuando Madeleine Sawnson entró en el despacho junto al resto del equipo de seguridad. Más tarde tendría que dar un buen montón de explicaciones tanto al propio presidente como al gabinete de seguridad de la Casa Blanca: tendría que explicarles que el “prisionero cero” había sido extraído de las dependencias secretas de White Plains, Nuevo Méjico. Unas instalaciones que, al igual que su único ocupante, llevaban siendo materia de alto secreto desde hacía más de cuarenta años.

Sí, tendría que dar muchas explicaciones. Pero entonces, Madeleine vio la mirada de incredulidad del guardaespaldas que estaba junto al presidente. Había abierto su camisa para buscar el orificio de bala. El presidente se miró el sangrante pecho, con una mezcla de terror, dolor y total desconcierto. La fuente de la sangre no había sido un proyectil. Eran cortes, realizados con alguna clase de cuchillo y reproduciendo un mensaje corto y conciso: “TODO VA A CAMBIAR”.

Y fue entonces cuando William Jaques Barnes perdió el conocimiento.

viernes, 19 de abril de 2013

La guerra en el tiempo: Origenes - Capitulo 1


William Jacques Barnes se miraba en el espejo roto del maloliente cuartucho que hacía de retrete de ese pub. Apenas tenía 16 años pero el pelo blanco y las cicatrices que tenía en la cara le hacía parecer mayor. 

Cuando volvió a levantar la cabeza del lavabo, después de haber evacuado casi toda la cena, se quedó mirando la cicatriz que desde la frente hacia la oreja izquierda cruzaba su ojo.

Apenas tenía diez años, sus padres William y Sarah Barnes, le recogieron de la escuela. Ese fin de semana lo pasarían en el mejor sitio del mundo: El parque de atracciones “AmazingWorld” al sur de Los Angeles. La carrera política de William que recientemente había sido elegido gobernador por el estado de California no había permitido que le dedicara mucho tiempo a su familia y quería compensarlo. La próspera vida de la familia Barnes cambió radicalmente cuando su coche se salió de la carretera y chocó frontalmente contra un camión. Los padres de William murieron en el acto, él pasó varios meses en el hospital pero sobreviviría no sin secuelas físicas.
Oficialmente fue un accidente. Nadie pudo explicar porqué el gobernador Barnes perdió el control de su coche. La autopsia no reveló la existencia de ninguna sustancia que pudiera reducir las habilidades del senador para conducir. Nada en la carretera pudo producir el desvío del coche. En resumen ninguna prueba indicaba que hubiese sido un atentado. Tras salir del hospital William fue a vivir con unos tíos por parte de madre que vivían en un pueblo de Texas. Nunca se adaptó. Las peleas con su primos y compañeros de clase eran continuas y acabó escapándose, volviendo a Los Ángeles.
Usando su segundo nombre, Jacques, y con 14 años estuvo sobreviviendo durante un año en la calle hasta que conoció a un pequeño mafioso local, Luca Palmieri. Jacques tenía la habilidad para recordar calles, caras, nombres y conocía bien el barrio en el que trabajaba Luca. Este empezó a utilizarlo como correo.

Toda la habitación le empezaba a dar vueltas. Necesitaba tomar el aire. La atronadora música de la sala de baile hacía que sus oídos gritaran de dolor. Golpeándose con cada persona con la que se cruzaba Jacques consiguió salir al callejón al que daba la puerta de emergencia de la discoteca. Tras dar unos paso más, calló al suelo entre unos cubos de basura.

El ruido de gritos le despertaron. No sabía cuando había estado inconsciente pero era todavía de noche. Los gritos venían del interior de la sala. Jacques que permanecía oculto entre la basura levantó la cabeza y vio como dos policías vigilaban la puerta de emergencia. La pequeña siesta había hecho que le doliera menos la cabeza pero seguía con el estomago revuelto. No pudo evitar volver a vomitar lo que le descubrió ante los policías.

Sin pensarlo se levantó, todavía con las piernas débiles, y salió corriendo internándose en el callejón con los policías detrás reclamándole que se detuviera. Luchando contra los dolores en las extremidades salto un verja, atravesó la avenida Jackson, y se internó en el parque wellington. En condiciones normales habría despistado a los polis sin problemas, pero el alcohol y las drogas le hacía mella. Viendo que no podía deshacerse de ellos se escondió bajo un puente, con el agua por las rodillas. Escuchaba los pasos de los policías sobre el puente de madera. Las luces de sus linternas iluminaban las aguas del pequeño río que cruzaba el parque. Jacques apenas tenía fuerza para sostenerse en pie y sentía que en cualquier momento podía volver a caer inconsciente.

Entonces oyó un par de golpes sordos y vio como los cuerpos de ambos policías cayeron al río justo delante de él. Arrastrándose se acercó la orilla, allí le esperaba un hombre, de unos treinta años. Vestido con botas de cuero negras y un uniforme azul marino. Albino y con una cicatriz en el ojo izquierdo. 

Entonces, William Jacques Barnes, cayó inconsciente.

[continuará]