Notaba como el vagón se deslizaba lentamente por los raíles a pesar de que la oscuridad de la noche no me permitía ver más allá de la ventana. De vez en cuando la luz de un potente foco irrumpía el interior iluminando las caras de unos guardias cuyos rostros dibujaban la dureza de su trabajo y cuyos fusiles asomaban sombras horripilantes en las paredes. El movimiento de esas sombras fue lo más parecido a un saludo que tuve en todo el día, esa fue mi indigna bienvenida al gulag.
Así comienza "Los Dictadores". Para seguir leyendo, pincha en los enlaces de cada episodio:
- Primer Episodio: http://www.loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com.es/2012/08/los-dictadores-primera-parte.html
- Segundo Episodio: http://www.loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com.es/2012/09/los-dictadores-segunda-parte.html
- Tercer Episodio: http://www.loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com.es/2012/09/los-dictadores-tercera-parte.html
- Cuarto Episodio (Conclusión): http://www.loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com.es/2012/10/los-dictadores-cuarta-parte-conclusion.html
Esparamos que os guste.
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lunes, 29 de octubre de 2012
LOS DICTADORES - Cuarta Parte. Conclusión.
Los sueños suelen ser grandes aliados de aquellos que, como yo, han consagrado su vida a la escritura. La caída de los gruesos muros de la consciencia, permite vislumbrar horizontes jamás imaginados. Son, podría decirse, mágica fuente de inspiración que riega los campos de la palabra.
Pero el obsequio de Morfeo puede ser una prisión más angustiosa y aterradora que el Psijushka cuando es precedido de una revelación tan abrumadora como la que yo recibí. Me asaltaron espantosas pesadillas que amenazaban con quebrar por siempre mi cordura mientras mi mente, libre de corpóreas ataduras, intentaba asimilar los últimos acontecimientos.
En ocasiones me encontraba en un gigantesco juego de ajedrez. Convertido en un insignificante peón, estaba a punto de ser sacrificado en una partida jugada por dos titánicas Matrioskas, una de marfil y otra de ébano. En cada turno, las colosales figuras se abrían para descubrir otra en su interior… ¡Pero del color opuesto! La partida comenzaba de nuevo mientras los peones caían indiscriminadamente, cubriendo el tablero de sangre.
Otras veces, yo era un diminuto roedor cojo y tuerto que frenéticamente intentaba huir por los tenebrosos pasillos de los calabozos. Era perseguido por un ser humanoide deforme y sin rostro. De su cuello colgaban ensangrentadas condecoraciones hechas con dientes humanos y en sus manos portaba una enorme edición de mi libro, con la que planeaba aplastarme. Desde las celdas orientadas al norte, soldados de albo uniforme jaleaban enfebrecidos al cazador. Los habitáculos orientados al sur contenían a una masa vestida de negro que alargaba sus huesudas manos intentando atraparme. Todos pidiendo mi muerte… Todos esperando el momento en que mi propia obra acabase con mi miserable vida.
Pero la escena más turbadora era aquella en la que me encontraba de nuevo en “el patio”, junto a la camilla de operaciones. Oculto bajo las sábanas yacía indefenso un Bukovsky de doble rostro. En mi mano portaba el reloj de “Cantor”, conectado a cientos, miles de barriles de dinamita. El segundero avanzaba inexorable hacia la detonación ¿Qué debía hacer? ¿Desconectaba la bomba? ¿Dejaba vivir al ser maquiavélico que nos había sacrificado para ganar una guerra? ¿Era capaz de matarlo? ¿Tenía derecho a hacerlo?
Asustado, descubrí que en el fondo admiraba el retorcido plan del líder negro. Convertir el gulag en una trampa mortal, dejarse cazar para atraer a Solznivik a la ratonera, someterse a esa arriesgada cirugía… ¡Todo para usurpar su identidad! Tal artimaña tan solo estaba al alcance de una mente maestra. Seguramente se dejaría utilizar como rehén para la negociación de la rendición del Ejército Negro. ¡Se convertiría en General de Ejército Blanco de la noche a la mañana! ¡Obtendría la victoria con la muerte de unos cientos en lugar de cientos de miles!
Mi cerebro bullía hallando cada vez más incógnitas a medida que se adentraba en la maraña de intrigas ¿Cuánto tiempo llevaría tejiendo esta siniestra red? ¿Cuántos implicados? ¿Cuántos sacrificios perpetrados por la causa? Pero la pregunta más importante me asaltó al evocar las fatídicas palabras de “Cantor” ¿Buscaba la destrucción de sus enemigos o únicamente ansiaba conquistar el poder? ¿Era Valdimir Bukovsky un héroe o un usurpador sin escrúpulos? Una cosa estaba clara. Sea como fuere, nadie que conociera el plan saldría vivo del gulag.
Un intenso dolor me arrastró a la realidad. Me encontraba de nuevo en mi camilla. “Tatuado” atenazaba con fuerza el muñón que una vez fuera mi mano izquierda. Al ver que despertaba, dejó de apretar y se acercó a mi oído. De reojo, me pareció vislumbrar que alguien nos acompañaba pero las palabras del cirujano atrajeron enseguida toda mi atención.
-Lo siento, señor. Tenemos poco tiempo.- Me susurró. -También le pido disculpas por el golpe en la nuca. Pensé que…, que iba a hacer una tontería.- Condicionado, comencé a sentir un lacerante palpitar en la parte trasera de mi cabeza. -Escúcheme con atención. La operación ha terminado con éxito. Sabe a lo que me refiero. Mañana entregarán a los rehenes y se rendirán, pidiendo a cambio que les dejen abandonar este cuadrilátero infernal con vida.-
Un destello de esperanza iluminó mi corazón. ¿Sería el fin de nuestro cautiverio? “Tatuado” pareció intuir mis pensamientos porque rápidamente matizó. -No, solo los militares. Los presos seguiremos aquí. Bueno, algunos… Yo no veré el amanecer.-
Desolado, me quedé mirando intensamente al techo de la habitación mientras evocaba la dantesca imagen de Valdimir Bukovsky. Sentía el aliento de “Tatuado” en mi calcinada oreja. Parecía que él esperara algún tipo de reacción por mi parte. Sin embargo, cientos de preguntas murieron en mi garganta. Tenía demasiado miedo de conocer las respuestas.
-Es largo de explicar.- Continuó. -No podía elegir. Ellos tienen a mi familia ¿Sabe? He hecho todo lo que me han ordenado. Pero ahora tenemos la oportunidad de actuar, de hacer algo que no se esperan. Quiero… Queremos pedirle un enorme favor, señor.-
Oí un crujir de telas a mi derecha y me giré para ver a “Manos Rotas”, que se estaba desnudando en silencio.
-Quítese su uniforme y póngase el de “Manos Rotas”.- Me indicó “Tatuado”. Aturdido, no reaccioné. No conseguía comprender. -Pero…- Protesté.
El obispo se arrodilló junto a mi lecho, tendiéndome su uniforme. Su cuerpo blanquecino parecía ya el de un cadáver. -Ellos cuentan con tapar el agujero, con ocultar el rastro de lo que aquí ha pasado. El diablo cambiará de rostro y nadie lo sabrá jamás, hijo mío.- Declaró con voz muy queda, algo quebrada por la emoción. -Pero Dios nos ha indicado una senda diferente. Una forma de propagar nuestra palabra. Tú serás su mensajero.-
“Tatuado” comenzó a desabrocharme el uniforme. No tuve fuerzas para oponer ninguna resistencia. Cuando hubo acabado, se lo entregó a “Manos Rotas” que se vistió rápidamente. Entre los dos me enfundaron el mono con el número tres dos siete del sacerdote. Me pareció tremendamente áspero y pesado, como si estuviera cosido con el mismo material que las paredes de esta prisión infernal.
-Debe de ocupar el lugar de “Manos Rotas”, sobrevivir y contar nuestra historia, tal y como hizo una vez. Su condena vence pronto, si no lo ha hecho ya. No lo sabemos con seguridad. Probablemente aún siga aquí en este agujero unos años pero algún día le soltarán, creyendo que es un sacerdote inofensivo y entonces podrá escribirlo todo, para las generaciones futuras. No diga ni una palabra hasta entonces. Finja que sufre amnesia desde el ataque si lo ve necesario. Los guardias que lleguen mañana no tendrán forma de reconocerlo. No nos conocen a ninguno de nosotros. Todos estamos de acuerdo y los que sobrevivan le ayudarán a mantener el engaño.-
-¿Y “Manos Rotas”?- Pregunté, sabiendo ya la respuesta.
-Le matarán, pensando que es usted.- Dijo fríamente el cirujano, con la dureza de quien ha aceptado ya su propio destino. Para mayor desasosiego, me percaté en ese momento del material de cirugía que esperaba detrás de “Tatuado”. Aún le quedaba trabajo por hacer para que el amable rostro del clérigo quedase destrozado por heridas similares a las mías.
Tragué saliva e intenté no dar un respingo cuando se me acercó aún mas para decirme las últimas palabras que oiría de su boca. -Una cosa más.- Comenzó. -Quiero que guarde esto con sumo cuidado. No se lo enseñe a nadie hasta que llegue el momento. Usted sabrá cuándo. Si no me equivoco, algún día puede salvarle la vida y ser su salvoconducto a la libertad. Esta partida aún no ha acabado y hay más jugadores en liza.-
Nos despedimos con un amargo y fugaz apretón de manos.
“Tatuado” tenía razón. Todo ocurrió tal y como él predijo. Bueno, casi todo. Nadie volvió a verles, ni a él ni a “Ratón”. Intento de fuga, creí oír en los comedores. Los militares del Ejército Negro que quedaban en el gulag liberaron a los oficiales del Ejército Blanco a cambio de no ser ejecutados. Se rumoreaba que el propio Mijail Solznivik se encontraba entre los liberados y que, agradecido, permitió que muchos de sus captores “encalasen sus uniformes”.
El resto es historia conocida por todos. Ignoro los detalles pues a los presos nos llegaban las noticas del exterior con cuentagotas. Ni el Ejército Negro, ni el Ejército blanco se alzaron con la victoria. Ni siquiera el Ejército Verde que intentara forjar desesperadas alianzas. La Revolución del Proletariado triunfó sobre todos ellos y el Ejército Rojo se hizo con el poder. Ahora todos servimos a la Madre Rusia como buenos camaradas.
No sé qué fue del auténtico Valdimir Bukovsky.
Nunca abandoné los sólidos muros del Psijushka. Pero, a pesar de todo, me las arreglé para cumplir mi tarea. El actual director del gulag es muy religioso y ordenó construir una capilla cuando se enteró que tenía un obispo encerrado en sus celdas. Mis servicios clericales me canjearon muchas libertades y muchas excepciones al “Código del Psijushka”. Contribuí a hacer la vida de mis compañeros algo más llevadera y ellos nunca desvelaron mi auténtica identidad. Con el tiempo acabé cogiendo cariño al papel que me había tocado interpretar.
Si está leyendo estas palabras, es porque ha descubierto mi relato. Tardé mucho en decidir cómo ocultarlo. Creo que logré aprender de los viejos errores. Al final opté por camuflarlo como alegoría de las artimañas del diablo en un extenso, complejo y aburrido libro sobre religión y filosofía en el comunismo. Logré publicarlo con el apoyo de nuestro devoto director. ¡Si supiera la verdad! Agradezco al señor que haya permitido que la censura no lo destruyera.
También ayudó cierto emblema de una estrella dorada sobre campo rojo. Me la entregó un cirujano amigo mío. Le llamábamos “Tatuado”. El único que no se equivocó de bando. Si nos reunimos en el más allá, le diré que tan sólo erró en una cosa. Quizás la más importante. Nunca me liberaron. Ni a “Mula”, ni a “Calambres”, ni a “Bufidos”, ni a “Dentadura”… Nunca nos liberaron a ninguno. Jamás. Al final da igual de qué color vistan y qué ideología defiendan. Todos dicen ser salvadores. Todos dicen ser libertadores. Todos son dictadores.
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viernes, 14 de septiembre de 2012
Los Dictadores - Tercera Parte
Fue un fulgor tan intenso como instantáneo, apenas un abrir y cerrar de ojos. Después, oscuridad. Tuvieron que pasar días antes de que mis heridas me permitiesen recuperar el conocimiento. Mi ojo izquierdo había quedado destrozado. De mi mano izquierda no quedaba más que un pulgar truncado. Las marcas de quemaduras cubrirían el sesenta por ciento de mi cuerpo para el resto de mis días.
Y sin embargo, podía decirse que era un tipo afortunado. Como averiguaría mucho más tarde, de “Cantor” sólo encontraron un puñado de dientes que acabaron siendo adoptados por “Dentadura”, quien los guardó en su tarro como si fuesen suyos.
- Es usted un héroe, señor. –
Aun estaba aturdido, cegado por lo que creí era un potente foco. Intenté incorporarme, tratando de ver el rostro de m interlocutor. Su mano se posó en mi pecho, invitándome a no hacer esfuerzo alguno.
- No debería moverse, señor… - a contraluz, parecía corpulento y no pude distinguir sus facciones. Sin embargo, me bastó ver las marcas que cubrían sus antebrazos. Marcas púrpura de golpes, cortes y toda clase de heridas. Pese a sus anchas espaldas y aspecto patibulario, “Tatuado” había sido cirujano plástico en uno de los mejores hospitales de la capital, antes de la Gran Purga.
Iba a preguntar cuanto tiempo llevaba dormido cuando escuché los estampidos. Una tanda de cinco o seis disparos en perfecta sincronía. Apoyado en los brazos de “Tatuado”, me aproximé a la ventana, el hueco enrejado por el que había confundido la luz del sol con la de un foco. Cuando pasas tanto tiempo durmiendo entre las paredes de tu celda, olvidas como es la luz natural.
Aunque nunca antes había estado en ella, aquella sala debía ser la enfermería de la gran fortificación. Afuera, en mitad del cuadrilátero que formaba la zona negra, pude ver como un grupo de prisioneros cargaba con los cuerpos de varios miembros del ejército blanco, llevándolos hasta los hornos crematorios del “patio”. Al otro lado, un grupo de seis hombres, uniformados de negro, recargaban sus armas entre risotadas.
- Son soldados de Bukovsky. – “Tatuado” me sostenía, invitándome a regresar al camastro. Mientras regresábamos a él, pude ver que al menos tres docenas más de camas estaban ocupadas por pacientes que alternaban toses con leves gemidos de dolor. – Perdieron a muchos de los suyos cuando tomaron Psijushka, pero lo lograron gracias al acceso en el acantilado… Gracias a usted, señor.
“Tatuado” no pudo decirme mucho más: iba a seguir hablando cuando un par de soldados salieron de una puerta que había al fondo de la gran estancia. Llámandole a voces, con prisa y malos modales, le condujeron al interior de aquella misma habitación de la que salieron. Viendo la forma en que lo trataban, entre estos soldados y nuestros viejos carceleros la única diferencia era el color de su uniforme.
Durante los días siguientes apenas si volví a trabar contacto con “Tatuado”. De vez en cuando lo veía salir de aquella habitación, siempre escoltado por soldados de Bukovsky. En varias ocasiones, sus manos estaban cubiertas de sangre y en su rostro se notaba el cansancio de largas horas de trabajo. Una vez también ví salir de aquella habitación a “Calambres”, empujando un carro lleno de sábanas y ropas sucias. Conseguí reunir las fuerzas para llamarle entre susurros. Intercalando algunos de los espasmos musculares que le habían granjeado su apodo, se aproximó hasta mí, dejando caer la parte de arriba de un viejo y sucio uniforme de preso.
“Calambres” me contó que, en los últimos días, los soldados del Ejército Negro habían terminado de ajusticiar a los del bando Blanco. Gracias a él también pude saber que las detonaciones que nos impedían pegar ojo por las noches eran los obuses de advertencia que lanzaban las fuerzas de Mikjail Solzonvik, asediando el gulag. También supe que, pese a la llegada de nuestros supuestos libertadores, éstos mantenían a los prisioneros en sus celdas. Incluso les habían ordenado limpiar y poner a punto las instalaciones de los laboratorios.
- A…allí… ab… abajo… estan todos muy nervio… nerviosos… - consiguió decirme “Calambres”. – Han… han metido a algunos of… oficiales en nuestras celdas. Dicen que los us… usarán como rehenes si las fuerzas d… del Ejército Blanco si… siguen con el as… asedio. Uno… uno de ellos… asegura que Mikjail Solznivik se… se encontraba vi… visitando el gulag cuando ocurrió el ataque…
Uno de los soldados del Ejército Negro gritó a “Calambres” para que volviera a sus labores. Estaba tan preocupado de que el preso llevase el carrito hasta la salida de la enfermería que no me vio recoger la prenda que había caído del mismo. Viendo el número de la etiqueta sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral de arriba abajo. Aquel número pertenecía al prisionero que habían traído poco antes del ataque. El prisionero número cinco cero dos.
Por aquel entonces, las bombas lanzadas por el Ejército Blanco habían mermado tanto a la dotación de soldados de Bukovsky que les debió parecer innecesario dejar vigilancia en aquella habitación de la enfermería. Pensaban que todos los que estábamos allí teníamos cosas mejores que hacer como gemir moribundos y aguardar a la próxima dosis de morfina… si es que llegaba. Y tenían razón. Pero parecía como si mis terribles sospechas sobre lo que ocurría en aquella habitación tuvieran alguna clase de propiedad analgésica. Dos noches después de mi encuentro con “Calambres”, reuní el valor para, en mitad de la noche, levantarme y caminar hasta la habitación. Cada paso fue un calvario y estuve a punto de desmayarme cuando alcancé el pomo de la puerta.
Noté como el picaporte giraba, dejando claro que la puerta no estaba cerrada con llave. Aquello me sorprendió durante unos pocos segundos. El tiempo que tardé en comprobar que aquella no era una habitación cualquiera. Bajo la parpadeante luz de unos focos de intervención, las paredes reflectantes de un quirófano quedaron sumidas en una inquietante luminiscencia verdosa.
Lentamente, con el uniforme del preso cinco cero dos apretado entre mis manos, caminé hasta el hombre que yacía tendido en una gigantesca camilla de operaciones. Varias máquinas conectadas a su cuerpo lo mantenían con vida, emitiendo leves pitidos. Su rostro permanecía cubierto con una máscara de color verde aséptico. Tragué saliva mientras mis dedos temblorosos iban quitando, una a una, las capas del complejo vendaje. Bajo los focos del quirófano, creí reconocerle. No en vano, recordaba al semblante del mismo hombre que, hacía ya meses, me había visitado para proponerme una misión que cambiaría mi vida. Vladimir Bukovsky. Lider de los Ejércitos Negros. Entonces, fui retirando el resto de la venda, la que aún cubría la parte izquierda de su rostro.
Cuando la última de las tiras cayó al suelo, sentí como mi alma se rompía en mil pedazos, al tiempo que recordaba las últimas palabras de “Cantor”. “Luchábamos contra el enemigo equivocado”, dijo.
La parte izquierda del rostro de aquel hombre coincidía con la efigie que salía en los billetes de cinco rublos: el semblante de Mijail Solznovik, señor de los Ejércitos Blancos. Una plegaría entre el asombro, el desconcierto y el más absoluto terror salió de mis labios. Pero no hubo tiempo para más: sentí un súbito y fuerte golpe en la nuca que hizo que todo quedase sepultado en tinieblas.
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viernes, 7 de septiembre de 2012
Los Dictadores - Segunda Parte
En el Gulag se pasaba gran parte del tiempo solo, en la celda, en silencio. Escuchando solamente el ruido de las ratas recorriendo sus laberínticos túneles excavados en los gruesos muros de piedra. Este tiempo, en la celda, solía usarlo para dormir y pensar, pensar como había llegado a ese horrible lugar. Como un escritor de tres al cuarto sin exito había llegado a ser acusado de traición y condenado a pasar el resto de su vida en este Psijushka.Sin duda, todo cambió cuando llegó a mis manos un paquete. Contenía cantidad de información de campos de concentración diseminados por todo el país, nombres, localizaciones, presos, todo información secreta. Cuando pasé la etapa de miedo atroz decidí hacer con esa información lo que mejor sabía hacer, escribir un libro.
Obviamente no podía utilizar todo ese material de manera literal, sino, al día siguiente que se publicara tendría a toda la policia y al ejercito del pais en frente de mi casa, pero la información que contenía sería la base de una gran novela.
El libro tuvo mucho éxito y los opositores al regimen lo interpetaron como homenaje a la gente que sufría en esos campos. Por desgracia y por mucho que me esforcé por enmascarar toda esa información real fui acusado de alta traición al regimen y condenado a pasar el resto de mi vida en unos de esos campos de los que había escrito.
No se si fue casualidad, pero unos días antes de que me trasladaran recibí la visita de un hombre cuyo nombre era Vladimir Bukovsky. Me dijo que lideraba el ejercito negro, un grupo rebeldes que se oponía a la opresión que el ejercito blanco ejercía sobre todas las personas del país, y que me necesitaba para llevar a cabo su plan. Su objetivo era tomar el campo donde me iban a mandar y liberar a todos los presos. Por supuesto acepté, ya lo había perdido todo. ¿que más podía perder?.
Los días que precedieron al ataque los pasé limpiado el patio, las celdas o trabajando en la mina. Sin duda los peores momentos eran cuando te mandaban a limpiar el patio. Debido a los experimentos, los suelos de los laboratorios estaban lleno de vomitos y excrementos. Además tenías que trabajar escuchando los gritos de dolor y agonía de los presos. Este era otro lugar en el que la gente solía saltarse el código de silencio. Yo no podía contar nada de mi, tenía miedo que se descubriera el plan, pero el resto de presos tenía una necesidad atroz de contar que le había llevado a esa situación.
Como Dentadura, un alto cargo político del antiguo regimen, antes de que el ejército blanco se hiciera con el poder. Le llamaban así porque en uno de los experimentos perdió todos sus dientes y los llevaba siempre consigo en un frasco. O, Manos rotas, un obispo, llevaba una mano vendada y nunca la usaba. Todos suponían que se la había roto. Pero también había gente anónima en el Gulag, que no era importante y que había sido encerrada durante la Gran Purga.
Quedaban pocos día para el ataque y me las había arreglado bien para cumplir mi misión: debilitar la zona por donde atacaría el ejercito negro. Entre los documentos que recibí había descripciones claras, entre otros, de este campo y de su mina. La zona que excavé daba directamente al acantilado por donde entraría los hombres de Bukovsky. Cuando los guardias se dieran cuenta ya sería demasiado tarde.
Supe que había llegado el día del ataque porque, como estaba previsto en el plan, un nuevo preso llegó al Gulag. El día caía y faltaba poco para que nos sacaran de la mina para llevarnos a las celdas. Entonces, se produjo una gran estruendo en la superficie, seguido de mucho ruido. Los soldados, incluso los que estaban con nosotros en la mina, fueron a ver que pasaba.
Yo aproveché, pico en mano, para separarme del grupo. Cuando estaba apunto de llegar a la zona por donde debía entrar el ejercito escuché un ruido. Temiendo que alguien me hubiera seguido me escondí, pero el ruido no se acercaba, así que fui yo quien se dirigió donde estaba el ruido. Cuando estaba más cerca, el ruido se convirtió en palabras, provenía de un pequeño espacio en la mina, más húmedo de lo normal donde se guardaban los explosivos.
Entré y me encontré a Cantor. Hacía tiempo que no lo veía. Se encontraba en el suelo, entre varios barriles de dinamita. No paraba de repetir, - el enemigo, el enemigo, está aquí, el enemigo está entre nosotros, el enemigo se acerca.-. Mientras deliraba, con un pequeño destornillador, a ciegas, apretaba lo que parecía un pequeño reloj, el problema es que no era un reloj. Entonces giró la cabeza hacia donde yo estaba y mirándome me dijo, - estábamos equivocados Ratón, luchábamos contra el enemigo equivocado-.
[continuará]
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viernes, 31 de agosto de 2012
Los Dictadores - Primera Parte
Notaba como el vagón se deslizaba
lentamente por los raíles a pesar de que la oscuridad de la noche no me permitía
ver más allá de la ventana. De vez en cuando la luz de un potente foco irrumpía
el interior iluminando las caras de unos guardias cuyos rostros dibujaban la
dureza de su trabajo y cuyos fusiles asomaban sombras horripilantes en las
paredes. El movimiento de esas sombras fue lo más parecido a un saludo que tuve
en todo el día, esa fue mi indigna bienvenida al gulag.El Psijushka no era ni una cárcel ni un manicomio sino la peor mezcla posible de los dos. Se trataba de un recinto amurallado con unas dimensiones colosales situado al borde de un acantilado. Sus muros eran tan sólidos que aplacaban el ruido de las olas al crujir. Sobre ellos se disponían, alineados como soldados, los altos torreones. Siempre había guardias controlando que sus invitados no hicieran ningún acto no permitido, tal y como estaba estipulado en “El Código del Psijushka”, que debíamos cumplir a rajatabla. Hacia el Este se levantaba la gran fortificación de arsenales, cocinas, almacenes y oficinas que daba el nombre al lugar. Un soberano edificio de piedra construido a mano por los antiguos inquilinos. Los pocos que sobrevivieron al levantamiento del edificio no soportan la contemplarlo al amanecer, justo cuando los rayos del sol se alzan tras su blanquecina forma. Dicen que la sensación es como haber parido al mismísimo diablo, pero pronto cambiarían de opinión.
La zona negra, la de los presos, era un cuadrilátero que constaba del gulag y otros tres lados: uno para los calabozos, otro para la mina y otro para “el patio”. En el “el patio” se encontraban los laboratorios y era a priori la zona más desprotegida. Pero a pesar de su aparente debilidad nadie se atrevía a acercarse a sus puertas. La razón principal era que todo al que enviaban allí volvía casi inservible para el trabajo. En “el patio” se torturaba a los prisioneros con todo tipo de experimentos, tal y como había ordenado el general del Ejercito Blanco Mijail Solznivik. Los prisioneros sufrían experimentos tanto médicos como psicológicos, y eran devueltos a sus celdas con dolores y pesadillas que duraban incluso semanas. “Cantor” iba frecuentemente pero no era un tema del que le gustara hablar. Aunque la verdad era que no se nos permitía hablar mucho. Sólo en los calabozos y con dificultades.
Las celdas de los calabozos eran unos espacios generosos, con gruesos muros, de modo que para que te escucharan en la celda de al lado tenias que hablar a un volumen considerable. Y claro, siempre había un guardia cerca. Mi celda por suerte era diferente. Al preso de la celda contigua se lo llevaron al día siguiente de mi llegada porque no paraba de quejarse de que su comida estaba envenenada. Mientras se lo llevaban al patio seguía maldiciendo a los guardias, la comida y la mina, acusándoles de haberla envenenado también. Algo de razón tenía, pero le faltaba mucha información valiosa. Fue en ese momento turbulento cuando conocí a “cantor”, que susurraba por una pequeña rendija en la base de la pared:
- Eh, ratón. Estas ahí? -
Ya que no podíamos usar nuestros verdaderos nombres manteníamos un mote en función de nuestra celda. Ahí estaban los cucaracha, puerta rota, suicidio, bufidos, dentadura, calambres, manos rotas, cantor, mula... Era ley entre los presos recordar la historia de nuestros predecesores para que no se cayeran en el olvido aunque perecieran. “Cantor” no cantaba, pero hablaba sin parar:
-
Yo antes era relojero. Hay que tener unas manos muy hábiles para encajar todos esos engranajes. Es incluso más difícil de diseñar que un tren o una bomba, pero claro, hay que tener sensibilidad artística.-
Yo antes era relojero. Hay que tener unas manos muy hábiles para encajar todos esos engranajes. Es incluso más difícil de diseñar que un tren o una bomba, pero claro, hay que tener sensibilidad artística.-
Cantor decía que había trabajado para familias poderosas y que la fama de su maestro llegada hasta el Oeste de Europa. Una vez le pidieron trabajar en Londres en un grandioso reloj para una torre. El resultado fue tan satisfactorio que le acabaron arrancando los ojos para que no pudiera reproducir su obra. A cantor se lo ocurrió decir que le castigaron por ser extranjero y ahí empezaron sus problemas. Un día de debilidad se me ocurrió hacerle una pregunta personal:
Por qué quieres que te lleven “al patio”? – le dije -
- Cuando me siento débil me recuerda quienes son el enemigo. -
Asentí, satisfecho de su respuesta. Todo iba a pedir de boca. Sin embargo al cabo de unos días algunos de los presos más cultos se las apañaron para reconocerme. Se lo debieron contar a “cantor” porque el nerviosismo en su voz era palpable.
- Señor. Yo… solo quería decirle que su libro…yo... Es un
honor…
Después de tan lamentable actuación no me dirigió la palabra en varios días. Era lo mejor. Faltaba muy poco para que llegara el Ejercito Negro y pudiera tomar el gulag y su mina desde dentro. No podía permitir que nadie echara por tierra todo el plan, ni siquiera alguien tan útil como él.
Después de tan lamentable actuación no me dirigió la palabra en varios días. Era lo mejor. Faltaba muy poco para que llegara el Ejercito Negro y pudiera tomar el gulag y su mina desde dentro. No podía permitir que nadie echara por tierra todo el plan, ni siquiera alguien tan útil como él.
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