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lunes, 27 de enero de 2014

La Chica de Caterham - Cuarta Parte

Que interesante cómo se comporta a veces la mente humana.

Ahora que me voy acercando al final de la historia veo con más claridad que el primer error del Doctor Lorrenz no fue permitir que Olvido se quedase con la fotografía. Su primer error lo cometió mucho antes, cuando aun siendo universitario, puso todo su interés en el caso de una misteriosa chica que salía en televisión y había perdido la memoria.

Su segundo error lo cometió al solicitar el traslado para el centro de Salud Mental de Silverwood e intentar solucionar un caso dado por imposible. Apostarlo todo a un mismo caballo fue una acción demasiado arriesgada para una mente tan ambiciosa. Si Olvido no se curaba se convertiría en una obsesión casi enfermiza, como bien estaba ocurriendo. Y si se llegaba a curar el Doctor Lorrenz habría alcanzado la cima siendo aun un novato. Habría llegado a un punto en el que todo lo que le motivó a ser el mejor se desvanecería. ¿Qué sería de él entonces?

Pero todo esto lo aprendió el Doctor Lorrenz demasiado tarde. Sus llantos le delataban. Su mente se negaba a aceptar la verdad y eso, como bien sabrán, tiene un precio. Aunque discúlpenme, de nuevo me estoy adelantando a los acontecimientos.

Como iba diciendo; cuando la oscuridad se volvió luz yo me encontraba encerrado en una habitación. Podía gritar, podía golpear las paredes, pero nadie me escucharía. La falta de ventanas delataba una habitación subterránea. Pensé en escapar pero la puerta estaba cerrada con llave.

El resto ya se lo podrán figurar. Me refiero a cuando estas a punto de conseguir algo que llevas deseando mucho tiempo. A la larga espera entre el ‘ahora’ y ese cercano futuro. La emoción subiendo por el cuerpo imaginando todos los escenarios posibles para ir totalmente preparado al ansiado instante. Pues bien, mi momento había llegado. Iba a conocer por fin la historia de Olvido. Pero sobre todo, iba a conocer a la persona que estaba detrás de todo esto. La verdad es algo que, al igual que ustedes, se me había pasado por la cabeza. Pero de imaginármelo a vivirlo en mis propias carnes hay una gran diferencia.

Una llave empezó a juguetear con la cerradura y la puerta se abrió. Detrás de su hoja apareció Olvido.

- Rápido. Levántese y no haga ruido. Sígame. Hay que aprovechar que está durmiendo.-

Aun aturdido y con muchas dudas me levanté y salí de aquella habitación. Comprobé que seguíamos en la misma casa. Olvido se movía por los pasillos con gran habilidad mientras yo a duras penas la seguía hacia la salida.

Fue cuando llegué a aquella maldita sala llena de tubos de ensayos, de papeles, de pizarras llenas de esquemas, donde había sido emboscado. Se parecia mucho a los despachos de los profesores de la Universidad, toda llena de cajoneras, libros y papeles. Bajo la oscuridad una figura nos estaba esperando. Nos asustamos. Yo incluso más que Olvido. La figura encendió la luz y dejó ver su rostro. Se trataba de una mujer mayor, de unos 70 años. Su cara delataba una maldad infinita. Tenía rasgos  parecidos a los de Olvido, pero no era ella. A esta mujer le faltaba una pierna. Se mantenía en pie gracias a una aparatosa muleta.

Olvido estaba roja y petrificada de miedo, como cuando te pillan haciendo una travesura. Yo pensaba que se iba a desmayar allí mismo y me acerque a ayudarla. La vieja mujer no pareció darle importancia y comenzó a hablar:

- Por favor deje a la chica donde está y sea tan amable de sentarse. – Intenté acercarme un poco mas para comprobar que Olvido estaba bien pero el ruido de un casquillo hizo que me lo pensara don veces. La vieja me estaba apuntando con una pistola - He dicho que por favor. - Accedí a su invitación con más miedo que ganas. La vieja, impaciente siguió erre que erre con su historia. – Debería haberle metido una bala por su falta de modales. Entrar en mi casa a escondidas y encima de noche. Tiene suerte de que Katherina me contara a tiempo quien era usted. De lo contrario se habría arrepentido, se lo aseguro.  

Katherina. Así que ese era su verdadero nombre. Entre la confusión, el miedo y el asombro mi cara tenía que ser un poema en ese momento. La vieja seguía impaciente por hablar.

- Verá señor Walz. Voy a ir al grano. Está en una situación muy delicada. Aquí se plantea un gran dilema. Katherina está enferma y usted y ese amigo suyo, el doctor Lorrenz, quieren que se cure. Pero si se cura harán de ella una mujer muy desgraciada. Ella necesita olvidarlo todo y empezar desde cero. ¿Entiende lo que le digo? Si de verdad quieren que sea feliz déjenla en paz. No la estropeen más. Váyase por esa puerta y no vuelva nunca.

Yo deseaba que se tratase del algún sucio truco de la vieja. Que estuviera jugando con mi mente por algún oscuro motivo. Pero lo que el cerebro sueña muere por los ojos. Y ahí estaba la foto. Era tan real que no podía ser un truco. La vieja la había sacado y dejado encima de la mesa. Yo ya había tenido suficiente pero empezó a sacar otra, y luego otra más. Y así hasta que llenó la mesa con fotos de diferentes años. A pesar de los cambios de tono y de color reconocía a las personas que salían en todas ellas. Eran Olvido y Walter. Los dos vestidos de superhéroes. Los dos haciendo... haciendo… miré a la vieja temiéndome lo peor.

- ¿Lo entiende ya, verdad? Si. Sus ojos le delatan. Lo que está viendo son a un padre y a una hija fornicando. Esa pequeña guarra y ese pervertido se hacían fotos. Walter Krushovski, el gran visionario de los superhéroes ¡follándose a escondidas a su propia hija!

El pulso le empezó a temblar. Creí que había llegado el final. Pero se repuso y continuó con su historia. ¿Quiere que le cuente como empezó todo? Me refiero a las fantasías de superhéroes. ¿Quiere que le cuente como después de verse a escondidas con mi hija ese cerdo venia a mancillar mi cama como si nada? ¿Quiere que le cuente el día que les descubrí? ¿Cómo intenté matarle? ¿Cómo huyó y decidió alistarse en su centro de locos antes de hacerme frente? Un fraude de hombre. Eso es lo que era. ¡Y yo una idiota por enamorarme de él! –

Fue entonces cuando la vieja empezó a llorar desconsoladamente. No paraba de repetir que ella era una chica lista, con futuro. Una mujer de ciencia en un mundo de hombres y que lo echó todo a perder.

- Después de aquello fui muy duro con la niña. Lo reconozco. Pero usted tendrá que reconocer que hice bien mi deber como madre. Conseguí que Katherina olvidara, que hablara diferente, que se moviera diferente. En unos anhos podria empezar de cero y tener otra oportunidad. Yo le di esa identidad secreta que tanto ansiaba. Pero gracias a ustedes que la encontraron esa oportunidad se ha perdido. Y yo voy a enmendar el mayor error de mi vida. Por eso le he dejado vivir. Para poder agradecerle en persona lo mucho que…

Tras diecisiete horas llegó el instante. Ni más ni menos que diecisiete horas había pasado el Doctor Lorrenz escondido en aquel mueble sin luz y sin agua. Diecisiete horas inadvertidas sin mover un solo dedo para poder saber la verdad de todo aquello. Para resolver el caso de “La chica de Caterham”. Si yo vivía o moría no le importaba lo mas mínimo. En ese momento ya había pasado todo. La verdad había sido revelada. No era un final feliz. El Doctor Lorrenz no tenía sangre en las manos pero estaban sucias. Acababa de romperle el cuello a una vieja malvada. En cuanto acabó aparecieron sus lágrimas, sus llantos, su ira. Ya sabía cómo curar a Olvido. Estaba en la cima de su carrera. 

Olvido ya no fue Olvido nunca más. Decía el Doctor Lorrenz que hacía falta tan solo activar un pequeño resorte para devolverle la memoria. Y así fue. Aquella niña de las perversiones y de la madre malvada recordó todo al ver el cadáver de su progenitora frente a ella y, al igual que hizo su padre, salió corriendo de aquella casa para no volver jamás. Un padre que durante la guerra y a pesar de la fama decidió cambiar su apellido por el de William Dawson, más apto para su nuevo lugar de residencia.

Tras la experiencia dejé la carrera de psicólogo y me volví a dedicar a las matemáticas. El Doctor Lorrenz confesó su crimen a la policía y pasó un largo periodo en la cárcel. Las televisiones hablaron y hablaron del caso una y otra vez.

También sé de buena tinta que Katherina americanizó el antiguo apellido de su padre y se hizo llamar Katherina Crushlow. A la antiguamente conocida como “La chica de Caterham” no se la volvió a ver por Silverwood. Tan solo espero que allá donde esté encuentre su lugar en este mundo. Pero como ex-psiquiatra permítanme que les de un consejo. Si algún día se encuentran con “La chica de Caterham” en algún lugar o ese lugar les encuentra a ustedes, por su propio bien, salgan de allí para no volver nunca.


FIN

lunes, 29 de octubre de 2012

LOS DICTADORES - Cuarta Parte. Conclusión.


Los sueños suelen ser grandes aliados de aquellos que, como yo, han consagrado su vida a la escritura. La caída de los gruesos muros de la consciencia, permite vislumbrar horizontes jamás imaginados. Son, podría decirse, mágica fuente de inspiración que riega los campos de la palabra.

Pero el obsequio de Morfeo puede ser una prisión más angustiosa y aterradora que el Psijushka cuando es precedido de una revelación tan abrumadora como la que yo recibí. Me asaltaron espantosas pesadillas que amenazaban con quebrar por siempre mi cordura mientras mi mente, libre de corpóreas ataduras, intentaba asimilar los últimos acontecimientos.

En ocasiones me encontraba en un gigantesco juego de ajedrez. Convertido en un insignificante peón, estaba a punto de ser sacrificado en una partida jugada por dos titánicas Matrioskas, una de marfil y otra de ébano. En cada turno, las colosales figuras se abrían para descubrir otra en su interior… ¡Pero del color opuesto! La partida comenzaba de nuevo mientras los peones caían indiscriminadamente, cubriendo el tablero de sangre.

Otras veces, yo era un diminuto roedor cojo y tuerto que frenéticamente intentaba huir por los tenebrosos pasillos de los calabozos. Era perseguido por un ser humanoide deforme y sin rostro. De su cuello colgaban ensangrentadas condecoraciones hechas con dientes humanos y en sus manos portaba una enorme edición de mi libro, con la que planeaba aplastarme. Desde las celdas orientadas al norte, soldados de albo uniforme jaleaban enfebrecidos al cazador. Los habitáculos orientados al sur contenían a una masa vestida de negro que alargaba sus huesudas manos intentando atraparme. Todos pidiendo mi muerte… Todos esperando el momento en que mi propia obra acabase con mi miserable vida.

Pero la escena más turbadora era aquella en la que me encontraba de nuevo en “el patio”, junto a la camilla de operaciones. Oculto bajo las sábanas yacía indefenso un Bukovsky de doble rostro. En mi mano portaba el reloj de “Cantor”, conectado a cientos, miles de barriles de dinamita. El segundero avanzaba inexorable hacia la detonación ¿Qué debía hacer? ¿Desconectaba la bomba? ¿Dejaba vivir al ser maquiavélico que nos había sacrificado para ganar una guerra? ¿Era capaz de matarlo? ¿Tenía derecho a hacerlo?

Asustado, descubrí que en el fondo admiraba el retorcido plan del líder negro. Convertir el gulag en una trampa mortal, dejarse cazar para atraer a Solznivik a la ratonera, someterse a esa arriesgada cirugía… ¡Todo para usurpar su identidad! Tal artimaña tan solo estaba al alcance de una mente maestra. Seguramente se dejaría utilizar como rehén para la negociación de la rendición del Ejército Negro. ¡Se convertiría en General de Ejército Blanco de la noche a la mañana! ¡Obtendría la victoria con la muerte de unos cientos en lugar de cientos de miles!

Mi cerebro bullía hallando cada vez más incógnitas a medida que se adentraba en la maraña de intrigas ¿Cuánto tiempo llevaría tejiendo esta siniestra red? ¿Cuántos implicados? ¿Cuántos sacrificios perpetrados por la causa? Pero la pregunta más importante me asaltó al evocar las fatídicas palabras de “Cantor” ¿Buscaba la destrucción de sus enemigos o únicamente ansiaba conquistar el poder? ¿Era Valdimir Bukovsky un héroe o un usurpador sin escrúpulos? Una cosa estaba clara. Sea como fuere, nadie que conociera el plan saldría vivo del gulag.

Un intenso dolor me arrastró a la realidad. Me encontraba de nuevo en mi camilla. “Tatuado” atenazaba con fuerza el muñón que una vez fuera mi mano izquierda. Al ver que despertaba, dejó de apretar y se acercó a mi oído. De reojo, me pareció vislumbrar que alguien nos acompañaba pero las palabras del cirujano atrajeron enseguida toda mi atención.

-Lo siento, señor. Tenemos poco tiempo.- Me susurró. -También le pido disculpas por el golpe en la nuca. Pensé que…, que iba a hacer una tontería.- Condicionado, comencé a sentir un lacerante palpitar en la parte trasera de mi cabeza. -Escúcheme con atención. La operación ha terminado con éxito. Sabe a lo que me refiero. Mañana entregarán a los rehenes y se rendirán, pidiendo a cambio que les dejen abandonar este cuadrilátero infernal con vida.-

Un destello de esperanza iluminó mi corazón. ¿Sería el fin de nuestro cautiverio? “Tatuado” pareció intuir mis pensamientos porque rápidamente matizó. -No, solo los militares. Los presos seguiremos aquí. Bueno, algunos… Yo no veré el amanecer.-

Desolado, me quedé mirando intensamente al techo de la habitación mientras evocaba la dantesca imagen de Valdimir Bukovsky. Sentía el aliento de “Tatuado” en mi calcinada oreja. Parecía que él esperara algún tipo de reacción por mi parte. Sin embargo, cientos de preguntas murieron en mi garganta. Tenía demasiado miedo de conocer las respuestas.

-Es largo de explicar.- Continuó. -No podía elegir. Ellos tienen a mi familia ¿Sabe? He hecho todo lo que me han ordenado. Pero ahora tenemos la oportunidad de actuar, de hacer algo que no se esperan. Quiero… Queremos pedirle un enorme favor, señor.-

Oí un crujir de telas a mi derecha y me giré para ver a “Manos Rotas”, que se estaba desnudando en silencio.

-Quítese su uniforme y póngase el de “Manos Rotas”.- Me indicó “Tatuado”. Aturdido, no reaccioné. No conseguía comprender. -Pero…- Protesté.

El obispo se arrodilló junto a mi lecho, tendiéndome su uniforme. Su cuerpo blanquecino parecía ya el de un cadáver. -Ellos cuentan con tapar el agujero, con ocultar el rastro de lo que aquí ha pasado. El diablo cambiará de rostro y nadie lo sabrá jamás, hijo mío.- Declaró con voz muy queda, algo quebrada por la emoción. -Pero Dios nos ha indicado una senda diferente. Una forma de propagar nuestra palabra. Tú serás su mensajero.-

“Tatuado” comenzó a desabrocharme el uniforme. No tuve fuerzas para oponer ninguna resistencia. Cuando hubo acabado, se lo entregó a “Manos Rotas” que se vistió rápidamente. Entre los dos me enfundaron el mono con el número tres dos siete del sacerdote. Me pareció tremendamente áspero y pesado, como si estuviera cosido con el mismo material que las paredes de esta prisión infernal.

-Debe de ocupar el lugar de “Manos Rotas”, sobrevivir y contar nuestra historia, tal y como hizo una vez. Su condena vence pronto, si no lo ha hecho ya. No lo sabemos con seguridad. Probablemente aún siga aquí en este agujero unos años pero algún día le soltarán, creyendo que es un sacerdote inofensivo y entonces podrá escribirlo todo, para las generaciones futuras. No diga ni una palabra hasta entonces. Finja que sufre amnesia desde el ataque si lo ve necesario. Los guardias que lleguen mañana no tendrán forma de reconocerlo. No nos conocen a ninguno de nosotros. Todos estamos de acuerdo y los que sobrevivan le ayudarán a mantener el engaño.-

-¿Y “Manos Rotas”?- Pregunté, sabiendo ya la respuesta.

-Le matarán, pensando que es usted.- Dijo fríamente el cirujano, con la dureza de quien ha aceptado ya su propio destino. Para mayor desasosiego, me percaté en ese momento del material de cirugía que esperaba detrás de “Tatuado”. Aún le quedaba trabajo por hacer para que el amable rostro del clérigo quedase destrozado por heridas similares a las mías.

Tragué saliva e intenté no dar un respingo cuando se me acercó aún mas para decirme las últimas palabras que oiría de su boca. -Una cosa más.- Comenzó. -Quiero que guarde esto con sumo cuidado. No se lo enseñe a nadie hasta que llegue el momento. Usted sabrá cuándo. Si no me equivoco, algún día puede salvarle la vida y ser su salvoconducto a la libertad. Esta partida aún no ha acabado y hay más jugadores en liza.-

Nos despedimos con un amargo y fugaz apretón de manos.

“Tatuado” tenía razón. Todo ocurrió tal y como él predijo. Bueno, casi todo. Nadie volvió a verles, ni a él ni a “Ratón”. Intento de fuga, creí oír en los comedores. Los militares del Ejército Negro que quedaban en el gulag liberaron a los oficiales del Ejército Blanco a cambio de no ser ejecutados. Se rumoreaba que el propio Mijail Solznivik se encontraba entre los liberados y que, agradecido, permitió que muchos de sus captores “encalasen sus uniformes”.

El resto es historia conocida por todos. Ignoro los detalles pues a los presos nos llegaban las noticas del exterior con cuentagotas. Ni el Ejército Negro, ni el Ejército blanco se alzaron con la victoria. Ni siquiera el Ejército Verde que intentara forjar desesperadas alianzas. La Revolución del Proletariado triunfó sobre todos ellos y el Ejército Rojo se hizo con el poder. Ahora todos servimos a la Madre Rusia como buenos camaradas.

No sé qué fue del auténtico Valdimir Bukovsky.


Nunca abandoné los sólidos muros del Psijushka. Pero, a pesar de todo, me las arreglé para cumplir mi tarea. El actual director del gulag es muy religioso y ordenó construir una capilla cuando se enteró que tenía un obispo encerrado en sus celdas. Mis servicios clericales me canjearon muchas libertades y muchas excepciones al “Código del Psijushka”. Contribuí a hacer la vida de mis compañeros algo más llevadera y ellos nunca desvelaron mi auténtica identidad. Con el tiempo acabé cogiendo cariño al papel que me había tocado interpretar.

Si está leyendo estas palabras, es porque ha descubierto mi relato. Tardé mucho en decidir cómo ocultarlo. Creo que logré aprender de los viejos errores. Al final opté por camuflarlo como alegoría de las artimañas del diablo en un extenso, complejo y aburrido libro sobre religión y filosofía en el comunismo. Logré publicarlo con el apoyo de nuestro devoto director. ¡Si supiera la verdad! Agradezco al señor que haya permitido que la censura no lo destruyera.

También ayudó cierto emblema de una estrella dorada sobre campo rojo. Me la entregó un cirujano amigo mío. Le llamábamos “Tatuado”. El único que no se equivocó de bando. Si nos reunimos en el más allá, le diré que tan sólo erró en una cosa. Quizás la más importante. Nunca me liberaron. Ni a “Mula”, ni a “Calambres”, ni a “Bufidos”, ni a “Dentadura”… Nunca nos liberaron a ninguno. Jamás. Al final da igual de qué color vistan y qué ideología defiendan. Todos dicen ser salvadores. Todos dicen ser libertadores. Todos son dictadores.