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martes, 25 de marzo de 2014

El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Conclusión


Pícaro, apuesto y sagaz
Raudo es el amo del disfraz,
Mil mujeres llegó a enamorar
Su huella en Glorantha nos dejó

Aunque desde fuera aparentaba seguridad y sosiego, Raudo estaba realmente asustado. Sus piernas temblaban sin que él pudiera hacer nada por evitarlo, era por eso que canturreaba la vieja canción dentro su cabeza a modo de mantra. Sí, él era un pícaro, un embaucador, pero una cosa era engañar a una cortesana para que le dejara jugar bajo sus enaguas y otra era engañar a un Dios, o peor aún, a dos.

A un dragón llegó a engañar
¡Lastima! Dejó de funcionar, 
el hechizo que le hizo capaz
Su huella en Glorantha nos dejó

Sin embargo la cuarteta que acababa de cantar, en vez de aliviarle de sus temores, los había acrecentado.  ¿¡A un dragón llegó a engañar!?, ¡Lástima! ¿¡Dejó de funcionar!? ¿¡Dejó de funcionar!? ¿No podría haber elegido otra canción para relajarse? - Se preguntaba Raudo - otra cualquiera, la Balada del Bandido, por ejemplo.

¿Y si su engaño no llegaba a funcionar? Vale, hace años, cuando el dragón se dio cuenta del ardid, su furia fue terrible y apenas lograron escapar por los pelos. Pero no era a un dragón cualquiera al que iba a engañar hoy. Se trataba de Shiro, el Dios Dragón, y de regalo también estaba la temible Sirina.

Demonios, deja de pensar así o todo se irá al garete. No era el momento de tener dudas, era el momento de actuar - Además, ¿qué era lo peor que le podía pasar? ¿Morir? - Se dijo Raudo bromeando consigo mismo - La muerte no es nada comparada con una horda de maridos resentidos, y de hasta eso había salido Raudo.

Se suponía que el plan marchaba a las mil maravillas, pero por mucho que el archimago le dijera que estaba todo controlado, él no lo tenía tan claro.

Darrell, Lady Tessa y Raudo estaban en la Penumbra, un plano dimensional del cual desconocían todo excepto su nombre. Estaban en el centro de un circulo, desarmados y rodeados por dos centenares de hombres con máscaras demoníacas. Frente a ellos estaba la Diosa Sirina hablando a través del cuerpo de Awender, con su amigo Tae a sus pies, maniatado y malherido y por si fuera poco les acompañaba Al-thair. El altivo lunar de ojos perfilados era el sumo sacerdote de la Diosa. Se trataba de un hombre suficientemente poderoso para ser considerado como un gran contrincante por sí solo.

Fue precisamente Al-thair, con su larga perilla y ataviado con túnica esmeralda, el que tomó la palabra.

  - Por si no os habéis dado cuenta, os estábamos esperando - el Sacerdote de Sirina rompía así el silencio – ¿Ha sido agradable el viaje? ¿Algún inconveniente? Espero disculpen el recibimiento, pero tenemos que estar seguros de vuestras intenciones. Así que, díganme, ¿qué creen que han venido a hacer aquí?

  - Venimos a hacer un trato – Respondió rápidamente el mago - Podemos liberar a vuestra Diosa de su prisión... A cambio, claro, de liberar a nuestros amigos. El maltrecho cuerpo de nuestro amigo Awernder no aguantará mucho, todos lo sabemos. También sabemos que no tiene porqué ser bueno para vuestros fines.

Siendo dos los Dioses que están ahí dentro encerrado, puede pasar cualquier cosa si Awender muere. Quizás los dos se libren. Quizás uno de ellos quede atrapado para siempre en el cuerpo inerte de nuestro de amigo. O quizás - Darrell miró fijamente a los azulados ojos de Awender - ninguno logre escapar. Y, sinceramente, no creo que podáis correr el riesgo de perder a vuestra Diosa – Al-thair escuchaba sin mostrar emoción alguna

Ofrecemos sacar a tu Diosa del cuerpo de nuestro amigo y meterlo en el cuerpo de esta joven – Darrell señaló a Lady Tessa, que aún amordazada y maniatada mostraba su disconformidad pataleando y gimiendo todo lo que podía – Y una vez allí, dispondríamos de más tiempo para liberarla de su cautiverio.

  - ¡Callad! - la contestación del Sacerdote fue sonora y rotunda - ¿Creéis que somos estúpidos? Vosotros no vais a hacer nada, nada en absoluto. No os vais a acercar al cuerpo de mi Diosa. Os diré lo que haremos. Nos sentaremos a esperar el tiempo que haga falta hasta que las pocas fuerzas que le quedan a tuu amigo se terminen de esfumar. Esperaremos a que se consuma hasta que la muerte venga a por él y entonces y solo entonces podré fiarme de vuestra palabra y de vuestros actos ¿Cuanto tiempo creéis que le queda a vuestro amigo?, yo diría que muy poco.

  - Mira amigo – Intervino Raudo ante una larga mirada de desaprobación de Darrell – No creo que tengamos que tensar tanto la cuerda, ¡Siempre hay otra manera de hacer las cosas! Simplemente necesitamos un objeto que tenemos en el barco, sólo eso y Sirina podrá salir del cuerpo de Awender, ser libre, sin necesidad de transvasarse al cuerpo de Lady Tessa ni nada por el estilo.

  - TE REfieRES A EsO – Dijo Sirina señalando el ataúd de Alias mientras sus sirvientes lo sacaban de las bodegas del barco – ¿CREiais qUE No lO SaBÍAMos? ¿CreEis QuE sE Nos ESCaparíA Un SEPulCRO DE ALGuieN tAN ESPECIal? ¿EL SepulCRO de ALGuiEN Que PuedE CONTeneR UN DiOS en SU INTERioR y QUE POr TANto EstÁ CONStruidO PaRA PODer RETeneR a UN DIoS? - La Diosa hizo una pequeña pausa - ¡NO SErÉ Yo LA qUE acaBE ALLí DENTro, PEro GRaciAS Por TRAerlO!

Al-thair hizo una seña para que acercaran aún más el sarcófago hasta colocarlo al lado de Sirina. El lunar agarró con una mano el cuerpo de Awender y con la otra tocó el féretro. Comenzó entonces el Sacerdote, ante la pavorosa mirada de Darrell, a balbucear una larga y repetitiva plegaria. La repetía una y otra vez, una y otra vez, hasta que el cuerpo del sacerdote y todo lo que le rodeaba comenzó súbitamente a brillar.

XXX

Awender apenas podía soportar ya el castigo que el temible Dragón le infringía. Con la rodilla apoyada sobre el suelo de la arena trató de levantarse, pero no tuvo fuerzas y su cuerpo se desplomó. Sabiéndose vencedor, el Dragón avanzó lentamente para deleite de Shiro, que desde su enorme trono disfrutaba con el sufrimiento de su carcelero.

Awender esperaba el abrasante final que le llevaría de nuevo a reiniciar el ceremonial. A una nueva muerte, a una nueva lucha, a una nueva y más amarga derrota. No estaba seguro de poderlo aguantar de nuevo. Quizás había llegado el momento de darse por vencido, dejarlo de una vez, descansar para siempre… Pero en vez del calcinador aliento del Dragón, lo que sintió fue una mano sobre su hombro.

Al girarse, vio la oscura calva de Al-thair y su afilada perilla. Era la imagen del sirviente de Sirina, de su enemigo al fin y al cabo. Sin embargo, de alguna manera, su visión le hizo sentirse arropado.

  - Es el momento Awender – dijo entre susurros el sacerdote – Es la hora de liberarlo, de soltar al Dragón.

  - ¿Cómo puedo confiar en vosotros? – el abatido asesino apenas podía hablar, apenas podía pensar - ¿Cómo puedo confiar en ti?

  - Sabes que todo lo que te conté de tu amigo es cierto – Dijo Al-thair mientras le refrescaba la cara con un paño húmedo - Hazte un favor, haz un favor a tus amigos, a tus verdaderos amigos y suelta al Dragón.

Awender miró más allá del sacerdote, buscándola. Primero encontró su larga y rizada melena pelirroja. Estaba tras una de las puertas del anfiteatro, luego vio su rostro, su cuello, sus labios – Alias – susurró. Sabía que no era más que una imagen de su subconsciente,  de sus más profundos deseos y temores, pero aún así no podía dejar de mirarla, de buscar en sus ojos una respuesta.

Ella le devolvió la mirada, una mirada triste, una mirada que presentía muerte, una mirada tan amarga, que sólo podía significar una cosa.

XXX

Un enorme haz de luz salió del cuerpo de Awender. Pasó a través de Al-thair hasta introducirse en el interior del sepulcro de Alias, atravesando la tapa que permanecía cerrada. El cuerpo de Awender dejó de brillar, sin embargo su aspecto seguía siendo terrible.

  - MuCHo MEjor – Era la voz de Sirina la que salió por sus labios – HaBÍA demasiADA GenTE aQUÍ DentrO ¿Y EsaS CarAS? ¿AcaSO PenSABAIS quE VUEStro AMIgo RecUPERAríA EL conTROL DE Su CuerPO AhoRA QuE SolO ESTAmos LOs doS? ¡JA JA JA! Su VOLUtaD Es GrandE sÍ, PErO Su ESPÍritU NO PueDE LucHAR Ya, EStá agotaDO.

Los puños de Darrell comenzaron a temblar de rabia, su cara se descompuso de la ira

  - ¡Maldito Awender! - La voz de Darrell sonaba agria, agrietada - ¡Maldito traidor! ¡Te dejé bien claro lo que tenías que hacer! ¡Te lo dejé bien claro!

  - CaLLA HumANO MENtiroso y LadróN

  - ¡Sirina, aún nos necesitas! – Cortó Raudo en un tono dubitativo tras oir las palabras que Darrell había dicho de su amigo – El mago puede entrar y hablar con Awender. Seguro que puede convencerlo para dejarte libre de alguna manera. Mira, te sacamos de ese cuerpo y listo, todo olvidado.

  - nO – Las facciones de Awender eran ahora dantescas, Sirina debía estar muy enfadada – QuierO recUPERAR lO que ME RobÓ. PEro SoBRE TOdo LE Quiero a ÉL. Quiero al LadrÓN, DadmeLO ParA AcaBAR cON ÉL y ENTOncES PODréIS MarcHAR

  - ¡Eso nunca! - Bramó Raudo – Juntos seguro que podemos hacer algo, podemos llegar a un acuerdo, pero no nos puedes pedir eso. Darrell es nuestro amigo, moriremos antes de hacer lo que pides. Vamos - Raudo miró al sacerdote - Confía en mí, si trabajamos juntos, [...]

  - ¿Acaso creéis que vamos a fiarnos de vosotros, de cualquier acuerdo que nos ofrezcáis? - Interrumpió el sacerdote - ¿De ti, embaucador? - los pequeños ojos del Sacerdote brillaban con rabia y desprecio – Os hemos seguidos los pasos desde la reunión en la taberna, os conocemos muy bien. Lo siento, pero no vais a poder salir todos de aquí, queremos al mago. El resto podéis dar media vuelta y partir.

  - Si no salimos todos – Se apresuró a decir Raudo con gran determinación - No saldremos ninguno, no al menos sin luchar.

  - Realmente es fascinante – La media sonrisa que Al-thair mostraba parecía hasta cierto punto sincera – Dime Darrell, ¿Cómo lo haces? ¿Cómo consigues unos amigos tan fieles a pesar de todo?

Darrell comenzó a hacer un leve movimiento de manos del que el Sacerdote se percató inmediatamente.

  - Ni se te ocurra Darrell, una señal mía y estás muerto – dijo el lunar - Lo cierto es que llegado a este punto, no sé si deberíamos acabar contigo o proponerte como sumo sacerdote ¿No le has hablado a tus amigos de lo que robaste a la diosa Sirina? ¿No les has hablado de tus planes? ¿De esas reliquias de Mohander? Sí, habéis oído bien, reliquias de Mohander, ese dios al que desterrasteis de Glorantha hace tantos años.

Las facciones de Raudo y Tae cambiaron ante la revelación del Sacerdote.

 - Veo que no, veo que no les has hablado de ello. ¿Porqué no les cuentas la razón que te llevó a robar las reliquias que Sirina guardaba? ¿Porqué no les dices la verdad, que quieres traer de vuelta al Caos y que les estás utilizando para ello?

  - ¡Por las mil putas de los mares Darrell! -  Tae, malherido, no podía dar crédito a lo que oía. Con las pocas fuerzas que tenía levantó la cabeza para mirar directamente a los ojos del mago - ¡Dime que es mentira! ¡Dime que después de todo lo que pasamos juntos no has hecho eso! ¡Dilo o juro por la Gran Diosa que seré yo mismo quién te mate con mi hacha!

  - No. No. ¡No! - Una lagrima surcó la mejilla de Raudo por segunda vez en apenas unas horas sabiendo en lo más profundo de su ser que lo que decía el lunar sobre despertar a Mohander era cierto. Devastado se dejó caer al suelo de rodillas – No, no puede ser. Íbamos a encerrar a Sirina en el cuerpo inerte de Alias y después ¿¡Por todos los dioses Darrell, qué has hecho!?? ¡Dí que no es verdad! ¡¿Dime qué locura te ha llevado a eso?!

Pero Darrell no negó nada. Simplemente se quedó quieto frente a ellos, embulléndose más y más en la oscuridad de su túnica

  - No lo entendéis – Dijo por fin - Vuestro concepto de la vida es tan limitado, que no sois capaces de comprender más allá del plano más mundano. Las guerras, las luchas, las aventuras, ¿A quién importan? Lo importante es el conocimiento, perdurar, vivir para siempre, lograr sobrevivir hasta ser todo conocimiento.

Los imperios pasan, los dioses se olvidan, pero el Caos. El Caos siempre vuelve. Mohander no puede ser destruido, no puede ser vencido para siempre. ¿Sabéis porqué? Porque la vida es Caos, porque los hombres son Caos y desde el primer minuto de vida del mundo hasta el último, el Caos estará presente.

  - ¡Te arrancaré las agallas con mis propias manos – Bramaba Tae mientras golpeaba con sus cadenas el suelo – ¡Soltadme! ¡Suéltame Sacerdote y juro que Sirina no tendrá más que despojos después de acabar con él!

  - Vamos amigos – Retomó la palabra Darrell, ignorando la furia de sus amigos, en un tono que pretendía ser amistoso - Las señales en Glorantha son claras, seguro que os habéis percatado. Aunque yo no hiciera nada, él va a volver pronto. El Caos se expande de nuevo y su Señor acudirá a su llamada. Mohander volverá, hagamos lo que hagamos aquí y ahora. Estáis a tiempo de uniros a mí, de uniros a Mohander. Vamos ¿Acaso creeis que Sirina es mejor? Ella también lo sabía, fue gracias a ella que supe de la vuelta del Caos, la posicionándose, ansiando su vuelta.

Si no somos nosotros los que le despertemos, será ella... Vamos, no me podéis abandonad ahora, aún tenemos una oportunidad, aún tengo un as en la manga ¡Creed en mí! ¡Confiad en mi! ¡Solo hacía falta un pequeño empujón, un pequeño sacrificio divino! ¡Alimentémoslo con otro Dios para hacerlo despertar y tener al más poderoso de los dioses de nuestro lado!

  - Por... por eso buscabas encerrar a Sirina en el cuerpo Awender, ¡¿Para ofrecérsela a Mohander como sacrificio?! - Raudo no podía dejar de sollozar y negar con la cabeza, ¡¡Nos has utilizado una vez más!! - ¡Cómo había podido caer una vez más en las mentiras del mago!

  - ¡Escúchame Raudo, escúchame y abre la mente! - Bramaba desde lo más oscuro de su ser Darrell – ¡No lo ves! ¡Es inevitable, de una manera u otra y el sacrificio es inevitable! ¡Preferís el sacrificio de un Dios o el sacrificio de miles y miles de hombres! Vosotros elegís. Es ella o los miles de muertos que provocará Sirina con las lluvias! Contéstame Raudo ¿Estáis con ella o conmigo?

  - Definitivamente, eres mejor embaucador que mago – el hilo de voz de Raudo apenas era audible - No podemos estar contigo esta vez, no importan las consecuencias Darrell. Eres un monstruo, no puedo estar a tu lado. Esta ha sido tu última mentira – Las palabras salían de los temblorosos labios de Raudo con gran dificultad – No te reconozco. Tú no eres nuestro amigo. Tú no eres Darrell, sólo un loco

Ninguno de los presentes habría pensado que Darrell pudiera hablar así. No era ya sólo lo que decía, era también en tono, esa mirada turbia y enferma. Era prácticamente imposible reconocer en el despiadado y ambicioso hechicero que tenían en frente la imagen inocente y pueril de ese joven mago al que conocieron tanto tiempo atrás

Raudo siguió hablando sin poder contener las lágrimas, pero esta vez le hablaba a Sirina

– Déjanos marchar y nos iremos sin mirar atrás, haz con el hechicero lo que quieras, pero libera a mis amigos. Deja libre a Tae y hagamos lo que sea para que puedas salir del cuerpo de Awender, después de lo que acaba de pasar dudo que ponga impedimento alguno en hacer lo que sea para liberarte.

XXX

Sin mirar atrás, Raudo recogió el maltrecho cuerpo de Awender entre sus brazos y con Tae ayudado por Lady Tessa pusieron rumbo al barco que les había traído hasta la Penumbra.

Mientras el barco comenzaba a alejarse entre la niebla y pasaba bajo la atenta mirada de las gigantescas efigies de los todos los dioses del mar, en tierra, la Diosa Sirina ya libre de su cautiverio se encaró a Darrell.

  - No eres más que una hormiga – Dijo con el tono susurrante y peligroso de la mar – una simple hormiga que ha querido jugar a ser dios. Pero no lo eres, ni siquiera eres una hormiga reina. Eres una despreciable y estúpida hormiga recolectora. Tan despreciable que hasta tus amigos, el resto de las hormigas, te han dado la espalda. Me hubiera gustado que vieras tu cara al verlos marchar, al verles pedir clemencia ante mí, al oír como tu amigo Awender suplicando que se hiciera el ritual para liberarme. Ha sido dulce ver como te deseaban la muerte y hasta se ofrecían ellos mismos a matarte.

Podría haber acabado con ellos, pero he disfrutado y voy a disfrutar mucho más así. Al fin y al cabo no son más que hormigas, hormigas que se ahogarán cuando eche agua sobre su hormiguero. Créeme que entonces será más divertido y útil su sacrificio.

Dime, Darrell – Prosiguió la vengativa Diosa - ¿Dónde están mis reliquias? ¿Dónde las has escondido ¿No piensas hablar? No te preocupes, tengo muchas otras formas de hacer que me lo digas.

¿Sabes? Me has encerrado, me has humillado, me has robado y has intentando engañarme. Te aseguro que te espera una eternidad de dolor y sufrimiento, te aseguro que vas a desear la muerte como no has deseado nada en vida.

El silencio era la única respuesta que recibían las palabras de Sirina. Silencio y una sonrisa, cada vez más y más amplia, que acabó convirtiéndose en una enorme y sonora carcajada.

  - ¿Qué es lo que te hace tanta gracia, hechicero? – Preguntó la Diosa fuera de sus casillas.

  - Estaba recordando una vieja canción, casi tan vieja como tu – Comenzó a decir el mago riendo mientras su imagen, por un momento, pareció parpadear – ¿Sabes?, me gusta mucho. Es muy famosa en el Paso del Dragón, ya sabes cual es, ¿verdad? Estaba pensando que quizás hubiera que cambiar unos versos, creo que quedaría mejor:

¡A un Dios llegó a engañar!
¡Lastima! Dejó de funcionar, 
el hechizo que le hizo capaz,
Su huella en Glorantha nos dejó

Cuando acabó la rima ya no era Darrell a quién la Diosa tenía delante. Era el pícaro, el embaucador de Raudo. El hechizo había dejado de funcionar y había vuelto a su forma original.

Sirina gritó fuera de sí, comprendiendo el engaño, pero ya era tarde. Para confirmarlo, justo en ese momento se oyó un monstruoso estruendo que hizo temblar a toda la Penumbra.

Antes de que la Diosa o sus sirvientes pudieran reaccionar Raudo, con un rápido movimiento, saltó abriendo la tapa del sarcófago de Alias. El mismo sarcófago que había sido alimentado hacía unas horas con el Dios Dragón. De él comenzó a salir una terrible y gigantesca montaña de podredumbre y herrumbre, una montaña de Caos y maldad. Una montaña que arrasaría con todo lo que encontrase en este plano.

XXX

Desde el barco, al otro lado de la Penumbra, el verdadero Darrell había cerrado con toda la magia que había logrado aprender en estos años el nexo que la unía al resto de planos de este mundo. Había logrado encerrar en la Penumbra a Mohander, evitando que volviera a expandir el Caos de nuevo por Glorantha. Y allí se quedaría hasta el fin del tiempo y del espacio. También había acabado con el temible Dios Dragón y posiblemente Mohander se habría encargado ya de acabar con la malvada Diosa Sirina. Había logrado también rescatar a sus amigos. Bueno, a casi todos ellos.

En el barco ni Awender, ni Tae ni tan siquiera Lady Tessa terminaban de comprender lo que había pasado, ni desde cuando había tenido lugar el gran engaño. Estaban aún perplejos con el cambio de aspecto de Raudo y aún no eran conscientes de la gran victoria que acababan de presenciar frente al Caos.

  - Es una historia larga de explicar – es lo único que acertó a decir Darrell ante las miradas atónitas de sus compañeros – Pero lo importante ahora es rezar para nuestro amigo haya logrado engañar hoy también a la muerte.

lunes, 17 de marzo de 2014

El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Quinta Parte

- Venga, Darrell… - Raudo miraba a ambos lados, mientras los hilos de niebla seguían haciéndose más y más espesos, envolviendo por completo la embarcación - Maldita sea, ¡despierta de una…!

El terrible golpe que le hizo ver las estrellas vino a traición, por la espalda. A juzgar por el sonido metálico había sido un candil. Aun en el suelo, aturdido y confuso, la mente de Raudo empezó a atar los cabos. Rodaba por cubierta el arma del delito y entre la espesura de la niebla pudo ver la figura que, tras haberlo atacado, intentaba ahora soltar las amarras de uno de los pequeños botes del barco.

- Vamos, estúpidas cuerdas… - Lady Tessa trataba de hacer toda la fuerza posible para quitar aquellos nudos. De vez en cuando miraba en dirección a proa, donde apenas podía ver entre la niebla las figuras de sus captores: el hechicero, que no había dejado aquella pose de profunda concentración, y el viejo rufián a quien había logrado noquear y que comenzaba a ponerse en pie. – ¡Cuerdas del demonio…!

Con un silbido, una cuchilla tan alargada como afilada cruzó la cubierta y se clavó en el lugar donde apenas un instante antes se encontraban las delicadas manos de Lady Tessa. Ésta dejó escapar un chillido de sorpresa, dio un par de pasos hacia atrás para terminar cayendo sobre sus nalgas entre dos barriles. Sacando otro de sus cuchillos arrojadizos, Raudo se llevó la otra mano al cogote, afinando la vista mientras murmuraba la clase de cosas que jamás deben decírsele a una dama fina y elegante.

Lady Tessa se incorporó como buenamente pudo y corrió a través de la cubierta, bajando las escaleras que conducían a las bodegas. La niebla se había filtrado incluso allí abajo y moverse entre la gran cantidad de fardos que se acumulaban no era tarea apropiada para alguien que lucía un atuendo como el suyo. Escuchó rasgarse la tela cuando uno de los pliegues quedó atrapado por un clavo sobresaliente.

- Oh, no. Es seda de Lanemore… - por un segundo, y viendo el inmenso rasgado que a Tessa se le antojaba grande como una sima sin fondo, la joven había perdido la noción del tiempo. O quizá había subestimado la agilidad de su perseguidor. Puede que un poco de ambas cosas pues lanzó un nuevo gritito de alarma cuando Raudo deslizó con velocidad sus brazos en torno a su cintura y su cuello. Reaccionó de forma instintiva, clavando sus dientes en la mano del viejo truhán.

- ¡Ay! ¡Será…! – la rebeldía y el instinto de lucha que bullían en la joven sacaron una sonrisa de grata sorpresa en los ojos de Raudo. Ella le miró desafiante, colocándose frente a él mientras daba lentos pasos hacía atrás. – Estás acorralada, princesa. ¿Crees que esta bodega tiene otra salida que no sea la que tengo a mi espalda?

Para dar mayor crédito a las palabras de Raudo, la espalda de Tessa tropezó entonces con el fin de su huida. Miró a su espalda y vio uno de tantos enormes fardos que cargaba el navío en su vientre, en este caso un enorme bulto de tamaño rectangular cubierto por telas negras. Éstas se encontraban afianzadas mediante enganches. Afilados enganches. Tessa los miró por un segundo y luego miró a Raudo. Éste dio un paso. Otro más.

- ¡Espera! – Tessa le tendió una de las manos, en gesto de frenada.
- No voy a hacerte daño… - “por mucho que te lo merezcas, mocosa malcriada”, terminó de pensar.
- No es eso. – Raudo seguía caminando hacia ella. Tessa, con una de sus manos oculta tras su espalda, había comenzado a desatar uno de los afilados enganches. Pero necesitaba tiempo. Tenía que ganar tiempo. Y sabía cómo hacerlo. – Es la historia… la historia de ese hombre que decís que es mi padre…
- ¿Awender? – Raudo se detuvo. - ¿Qué pasa con él?
- La historia que tu amigo… - los ojos de Tessa indicaron la salida al exterior que tenía la bodega. – La que contó tu amigo el hechicero…
- Ya sé que te niegas a creerla, mocosa… - Raudo estaba a punto de dar un paso más adelante. Pero la extrañamente sincera desesperación en la voz de ella lo llevó a frenarse en seco.
- ¡No es que no me la crea, maldita sea la Luna Roja! – la chica esbozó una sonrisa de superioridad que, por un instante molestó a Raudo. Sobre todo por lo que dijo entonces. – ¿Tan estúpido eres que no reconoces uno de los cantares de bardo más populares de Glorantha?
- ¿De qué…?
- “El Romance de la Ninfa y el Caballero”. – si en algo era buena Tessa era sacando de sus casillas a los hombres. Y sabía que a ese viejo truhán con ínfulas de conquistador nada le molestaría más que descubrir que había sido víctima de un engaño. – Cámbiale los nombres al Caballero y la Ninfa… ¡y tendrás la historia que te contó tu amigo sobre ese supuesto padre mío!

Raudo frenó en seco las ganas que tenía de castigar la arrogancia de aquella mocosa impertinente. Su cabeza aun le daba vueltas por el golpe que Tessa le había propinado y quizá por eso tardase un segundo más de la cuenta en analizar lo que la chica le estaba contando. Pero un escalofrío le recorrió la espalda al comprender que tenía razón. Por supuesto formaba parte de una treta: la mano de Tessa empuñaba ya el enganche afilado y estaba a medio camino de clavarlo en el brazo de Raudo cuando éste la frenó en seco. Una cosa era que uno de sus mejores amigos en esta vida le hubiese colado una mentira propia de un estafador principiante. Otra muy distinta que una mocosa como esa lo pillase desprevenido.

- ¡Suéltame! – Tessa forcejeaba, mientras su voz iba pasando de la indignación al llanto. - ¡Te he dicho la verdad, te he dicho la verdad! ¡Tu amigo te ha mentido!

De repente, Raudo aflojó la presa sobre la joven y ésta cayó al suelo, víctima de su propio forcejeo. La joven se incorporó rápidamente, con un único pensamiento en la mente: huir. Corrió hasta las escaleras que la conducirían a cubierta. Pero al pisar los primeros peldaños comprendió que era innecesaria la urgencia. Miró atrás y vio como el viejo truhán se había quedado allí. Petrificado. Entre la penumbra de la bodega, apenas iluminada por un triste candil, y la niebla que conseguía filtrarse incluso en el vientre de la nave; a Tessa le costaba ver qué era lo que había hecho que Raudo se quedara paralizado.

El viejo truhán sintió como una lágrima le recorría la mejilla. Al quitar el enganche afilado, Tessa había provocado que la lona negra cayese al suelo, revelando la naturaleza de aquel inmenso fardo. Era de piedra, un sarcófago labrado con ricos bajorrelieves. Sobre la superficie había esculpido un rostro. Y un nombre grabado que Raudo dejó escapar entre los labios.
- Alias.

***

- ¡Si! ¡Así! – El rey se levantó de su trono de piedra con tal entusiasmo que a punto estuvo de volcar la copa de buen vino que tenía a su lado. - ¡Muy bien! ¡Así se hace, mi criatura!

A pocos metros del palco de honor del coliseo, en la arena, el enorme dragón lanzó un triunfante rugido que casi podía competir con el clamor de la multitud que asistía, entregada, al grotesco espectáculo: el cuerpo del último guerrero yacía en la arena, carbonizado de arriba abajo.

- Eso es, ¡lleváoslo! ¡Y no tardéis en traer al siguiente luchador, maldición! – el rey dedicó una fugaz mirada a los dos esclavos que retiraban el cuerpo del último de los desgraciados a quienes la montura del Dios Dragón había dado buena cuenta. Con su semblante momificado y recolocándose bien la barroca corona que coronaba su cabeza, el avatar de Shiro volvió a sentarse sobre su trono, dedicando un nuevo brindis a su criatura. – Hacía tiempo que no nos lo pasábamos tan bien, ¿verdad?

A modo de afirmación, el colosal dragón lanzó un nuevo rugido que atravesó el firmamento. Llegó incluso a hacer temblar los cimientos del mismo coliseo: algunos hilillos de arenisca cayeron sobre el chamuscado cuerpo que los esclavos habían dejado en el interior de una de las cámaras subterráneas. Pasados unos pocos segundos tras la marcha de los esclavos, el cadáver comenzó a moverse. Con movimientos doloridos, Awender se desprendió de las placas metálicas de la armadura, apretando los dientes de dolor y dejándolas caer una a una, con el cuidado necesario para no quemar sus dedos pues aun estaban calientes.

Más muerto que vivo, el viejo asesino caminó hasta uno de los abrevaderos que había en aquella cámara subterránea. Incluso allí se escuchaba el clamor de la multitud que, al igual que Shiro, ansiaban más espectáculo.

- ¿Cuanto tiempo crees que vas a poder engañarlo?

La voz de la joven vino de su espalda. Habían pasado años desde la última vez que la escuchó. Y sonaba en ese instante tan joven, fuerte y pasional como en aquella última ocasión. Antes de responder, cansado y con el semblante a medio lavar, aun cubierto de carbonilla; Awender dejó escapar un suspiro de amargura.

- Las veces que sea necesario… - Awender respondió, cerrando los ojos, incapaz de darse la vuelta y encararla. – Voy a seguir dándole espectáculo a Shiro para mantenerlo dentro de mi. Al menos hasta que me den la señal. Tal y como…

- Tal y como ese sacerdote lunar te dijo que hicieses… - Awender escuchó los pasos de la joven, pasando cerca suya. El viejo asesino permaneció quieto, petrificado. Incapaz de darse la vuelta y mirarla. Escuchó el entrechocar metálico de las piezas de una nueva armadura que la joven había dejado caer sobre el suelo de aquella mazmorra. – Aquí tienes. Lista y preparada para que vuelvas a montar el espectáculo.

Awender bajó la vista y miró a su derecha. Vio las piezas relucientes de una nueva armadura. Tan impresionante y bella como con la que, hacía apenas unos instantes, lo había calcinado el dragón. Estuvo a punto de levantar la vista cuando vio las botas de cuero de la joven que la había traído. Vio sus tobillos, firmes. El esfuerzo de haber salido a la arena - ¿Cuántas veces ya? ¿diez? ¿veinte? ¿puede que treinta? – en tantas ocasiones no era nada. Nada en absoluto. Nada en comparación con la fuerza de voluntad de la que tuvo que hacer acopio Awender para no seguir alzando la vista y poder mirarla.

- Es la hora. – el rechinar de cadenas acompañó a la afirmación de la joven, cuyos pasos se fueron alejando de Awender. – Espero que valga la pena tanto sufrimiento…

Awender alzó la vista cuando supo que estaba lo bastante lejos. Apenas vislumbró la silueta de la joven desapareciendo por uno de los pasadizos mal iluminados que recorrían el subsuelo del coliseo. Afuera, el clamor iba en aumento: Shiro se impacientaba. Agotado, dolorido y con la certera sensación de no poder aguantar mucho más, Awender comenzó a colocarse de nuevo las placas de la renovada armadura. Las heridas aun no habían cicatrizado – y aunque en el plano astral todo parecía curarse mucho más rápido, cada vez pasaba menos tiempo entre un combate y otro. Sintiendo la mordedura de cada corte, cada quemadura y cada contusión, Awender no se detuvo.

Valía la pena cada brizna de sufrimiento.
Ella lo valía.
Y así, Awender se colocó el casco que ocultaba su rostro. Dispuesto a salir una vez más a la arena y distraer al aburrido Dios Dragón. Mientras la portezuela se izaba ante él, el rumor de la multitud se iba convirtiendo en clamor. Justo antes de volver a pisar el ruedo, Awender suspiró con desesperanza.
- Espero que sepas lo que estás haciendo, viejo amigo… porque no creo que pueda aguantar mucho más.

***

Con un sonoro “tunk”, la embarcación chocó suavemente contra el embarcadero fantasmal. Darrell abrió los ojos y no le sorprendió que aquella niebla lo cubriese todo, apenas dejando ver pocos metros por delante. Se puso de pié, notando como sus músculos estaban entumecidos debido a las horas que había pasado en pose de meditación. Se aferró a uno de los cabos de cubierta y oteó el horizonte. Sentía las palpitaciones frenéticas de su corazón y notó como a punto estuvieron de detenerse al intuirse, entre la neblina, las colosales figuras de aquellas estatuas de los dioses.

- Dioses… - dejó escapar abrumado por lo que eso significaba – Lo he conseguido. Hemos llegado.
- ¿A dónde?

Darrell se dio la vuelta. Es posible que fuese el entusiasmo lo que le había impedido escuchar a Raudo a su espalda. El veterano hechicero prefirió pensar eso a imaginar que su viejo amigo estaba empleando tretas de embaucador con él.

- Te lo contaré mientras vamos para allá. – Darrell se dispuso a ir hacia su camarote. – No tenemos mucho tiempo y…

Con un movimiento rápido, Raudo puso la hoja de su cuchillo en el cuello de Darrell, cortando en seco tanto su marcha como su discurso. El viejo truhán tenía una mirada mortalmente seria, a la que acompañó con un pequeño truco de prestidigitación.

- Dime, hechicero… - sin dejar de presionar el cuchillo en su garganta con la izquierda, entre los dedos de la derecha hizo aparecer un pequeño pliego de varias páginas maldobladas - ¿Reconoces este panfleto?

“La Ninfa y el Caballero”: los ojos de Darrell se abrieron de par en par al comprender lo que estaba pasando.

- Puedo explicártelo…
- Claro que puedes explicarlo… - Raudo apretó suavemente el cuchillo: sabía que a Darrell le bastaba una palabra para convertirlo en humo. Pero, ¿la pronunciaría antes de cortarle las cuerdas vocales? – Y lo harás. Me vas a explicar AHORA MISMO porqué me contaste esa sarta de mentiras sobre Awender. Y de paso por qué tenemos en la bodega el sepulcro de Alias.
- ¿Dónde…? – Darrell miraba para todos lados - ¿Dónde está Tessa?
- No te preocupes por ella: duerme en tu camarote por cortesía de unas hierbas somníferas que yo mismo le he proporcionado. Pero… - Raudo esbozó una sonrisa – Lo has vuelto a hacer, ¿te das cuenta? ¡Otra vez estoy yo contestando a tus preguntas! Parece que al final vas a ser mejor embaucador que hechicero…
- Pues más nos vale, viejo amigo… - Darrell lo miró devolviéndole esa misma sonrisa pícara – Porque precisamente por eso estamos aquí.
- ¿Qué…? ¿De qué estas hablando?
- Si hemos venido hasta aquí, Raudo… - Darrell miró en dirección a las colosales estatuas. - … es para estafar a los Dioses.

viernes, 28 de febrero de 2014

El Fiero Paso del Dragón - Herencia - Tercera Parte

- ¡Venga ya! – Exclamó Raudo tras recorrer atónito la desastrada taberna - ¿Es que nunca vamos a terminar de encontrarnos los cuatro? Impostores, Dioses, raptos y desapariciones... ¡Así como queréis que echemos esa partida a los dados que tenemos pendiente!

- ¡Desatadme de una vez, bribones del tres al cuarto! ¡Viles raptores! ¡Ya veréis cuando os cojan los hombres de mi padre! – Era la tercera vez que la joven Lady Tessa se libraba de la mordaza que le habían tenido que poner no sólo para evitar que su timbre de voz se clavaba en los oídos del ladrón y del mago como finos alfileres, también para evitar los mordiscos que lanzaba en cuanto podía – ¿Qué buscáis? ¿Dinero? ¿Quizás joyas por mi rescate? Pues nada de eso os será dado. Será la muerte lo que halléis. Colgados, desmembrados frente al templo de Diosa Roja, como viles cuatreros que sois. Y eso si no os encuentran antes los sirvientes de mi prometido, el hijo Sultán de Glamour. Ellos sí que os harán sufrir y desear los duros picos de los cuervos del templo clavándose en vuestros ojos. No sois más que ratas, alimañanas, ¿Qué digo? Peor aún, sois como chinches de alimañas[...]

Lady Tessa habría continuado indefinidamente con su amenazante monólogo de no ser por el leve gesto y el aún más imperceptible murmullo de Darrell. No había tenido que usar ese viejo y simple hechizo desde la época en los caminos vez que tuvo que cerrar la boca a Raudo. Pero la hija de Awender era terriblemente Tenaz y pese a tener sellados los labios, no dejaba de emitir molestos sonidos mientras su cara se teñía de un rojo cada vez más iracundo

- Se ve que has perdido práctica amordazando damas –  Comentó divertido el mago mientras - ¿En qué más has perdido práctica, embaucador?

- Créeme, todo lo demás funciona bien – Respondió el hábil embustero frotándose el dolido antebrazo por un certero mordisco de la hija de Awender - Desde luego, no se puede negar que el genio lo ha heredado de su padre. No poderla callar ni amordazada debe haberlo sacado de su madre

Lo que a simple vista hubiera pasado por ser un asalto y un rapto por parte de los Garras Rojas se había convertido en algo mucho más complicado. Tras observar con detenimiento lo que hasta ahora había sido el lujoso y seguro centro de operaciones de Raudo en Glamour, estaba claro que la cosa no era tan simple.

Una botella a medio beber. Los cuerpos abatidos, abandonados y sin registrar con sus máscaras aún la cara. El temible hacha de Tae apoyada apaciblemente tras la silla. El sarcófago que protegía el cuerpo de Awender, o más bien de la dolorosa aura mágica que brotaba del cuerpo de Awender intacta.

No, definitivamente no habían sido los Garras Rojas los que se habían llevado a sus amigos, ¿Qué había pasado entonces? ¿Era posible que esas marcas en el suelo indicasen que Awender se había levantado por sus propios medios y se hubiera marchado cargado con Tae?

Mientras Raudo observaba desde una prudencial distancia el enrojecido rostro de Lady Tessa buscando parecidos con su padre, comenzó a hablar casi sin querer. Pese a los años, el pícaro seguía siendo incapaz de mantener la boca cerrada mucho tiempo.

- Tenemos que averiguar dónde están nuestros amigos, qué ha pasado con ellos, rescatarlos de dónde quiera que estén, librar a Awender de uno de los dioses que su cuerpo alberga, pasándoselo a su hija - esa a la que acabamos de raptar y ha resultado ser la prometida del hijo del Sultán - y ya de paso salvar a media Glorantha de la devastación de la malvada Sirina – Mientras hablaba, Raudo golpeaba distraídamente con el pie la máscara de uno de los Garras Roja caídos bajo el hacha de Tae.

Y todo ello, claro está – prosiguió diciendo el truhán - mientras evitamos las centurias del Sultán, que a estas horas deben estar ya removiendo cielo y tierra por encontrar a – Raudo hizo una burlona reverencia – la noble hija de nuestro querido amigo Awender, el ejército personal de Lord Arlyan y a los Garras Rojas... Bueno, eso que sepamos. Darrell, recuérdame cómo nos hemos metido en este lío.

Raudo intentando ser ingenioso, había planteado una cuestión que hasta ahora no se había parado realmente a pensar ¿Cómo habían acabado metidos en todo este lío? Con una seriedad poco habitual en él, se giró hacía el mago. Éste ocultó su rostro un poco más entre las sombras de su túnica.

- ¿Qué es lo que ha pasado realmente aquí, Darrell? Yo tenía mi tranquila vida persiguiendo faldas en la corte, picoteando flores, un día aquí y otro allá, ¡ah! y asesorando en mis ratos libres a los nobles, cuando recibí esa carta que venía firmada por ti... Hacía casi 15 años que no había tenido noticia tuya. Será divertido volver a encontrarnos todos, me dije, y acudí a la cita. Pero no, decididamente no ha sido divertido.

Raudo continúo hablando a la par que hacía un repaso de todo lo sucedido desde que la aventura le sacara del placido retiro en el que se había albergado - Esa noche en la taberna del Paso del Dragón no fuiste tú el que apareció. Se trataba de un siervo de Sirina, la vengativa y cautiva diosa de las aguas, el que se sentó esa noche con nosotros.

El impostor nos engañó haciéndonos creer que eras tú, diciéndonos que Glorantha estaba en peligro y mandándonos a una falsa y terrible misión para distraernos. Para llevarnos lejos y que no llegaras a reencontrarte con nosotros. Y así hicimos, pero en el último momento, cuando teníamos la daga en el cuello de la Nauhel, la bella Sacerdotisa del Lago del Cielo Caído, nos dimos cuenta que todo era un farsa. Que habíamos sido engañados y que no debíamos acabar con su preciosa vida. Y lo supimos porque tú mismo habías estado en su templo poco tiempo antes y le habías dado un amuleto protector... por si acaso, nos dijiste cuando nos explicaste de qué se trataba todo. Pero las cosas nunca se hacen porque sí. Y menos cuando quién está detrás es un mago.

Después de eso seguimos buscándote mientras los Garra Roja seguían nuestros pasos. Y de nuevo uno de los siervos de Sirina logró engañarnos usando sus viles artimañas, sí deliciosas pero viles. Nos encaminamos hacia la Mina de las Cien Estaciones dónde creíamos que daríamos contigo. Pero fue con la propia Sirina con la que topamos. Con ella y con la inesperada aparición del Dios Dragón. Tras una terrible lucha entre ellos todo acabó cuando, tras tantísimo tiempo, el maldito tatuaje de Awender brilló con más fuerza que nunca atrapando a los ambos Dioses. Y casualidades de la vida, todo pasó cuando te encontrabas justo al lado.

La energía de los dos Dioses fue demasiado para Awender, que cayó rendido mientras las fuerzas que atrapa en su interior aún luchan por escapar. Y aquí estamos, en Glamour, con la hija secreta de Awender. Esa de la que nadie, salvo tu, había oído jamás hablar. Los Dioses siempre son caprichosos, pero los magos lo son aún más.

- Vamos Darrell – Dijo por fin Raudo mirándole directamente a los ojos - ¿Qué me he perdido?

- Es mejor que no sepas más, amigo – Contestó Darrell desde la oscuridad de su túnica – confía en mí y todo saldrá bien.

- Creía que el embaucador del grupo era yo. No, no iré a ningún lado contigo hasta que me cuentes lo que escondes.

Darrell conocía demasiado bien a Raudo como para saber que hablaba en serio. Meditó por un momento cómo enfrentarse a lo que tenía que contar y con voz temblorosa comenzó su relato

- ¿Recuerdas el día nos separamos para seguir cada uno con su camino? Tae añoraba sus mares y sus puertos, tú buscabas el gran engaño y las mil conquistas, Awender seguiría con sus armas y su sombría figura y yo deseaba vagar en el interior de la Torre Espiral y sus libros. Pero uno de los cuatro se alejó de su senda. No, no me mires así Raudo. No fui yo.

Fue Awender el que abandonó la senda del guerrero. Sí, durante una corta etapa de su vida colgó sus armas y las cambió por una sencilla vida aislado del mundo. Durante una corta etapa de su vida fue feliz.

Fue una casualidad la que llevó a Awender a toparse con una decena de oscuros orcos acosando, atemorizando, divirtiéndose a costa de una joven y bella mujer que se encontraba sola y asustada, bañándose en el interior de una poza. Desde el borde, los orcoides emitían sus intimidantes gritos sabedores de su efecto, lanzaban piedras y amagaban a la joven con sus lanzas.

Awender, sin dudarlo, se lanzó a salvar a la hermosa dama acabando en un instante con sus atacantes. Cuando lo hizo, ella salió de las aguas. Desnuda, hermosa y agradecida. Y Awender no pudo hacer otra cosa que enamorarse de ella.

Pero Dero no era una mujer cualquiera. Era una Nereida, una ninfa del agua. Y pese a que pertenecían a mundos distintos, juntos vivieron una historia de amor. Ella abandonaba las aguas a las que pertenecía todas las noches para reunirse con él – No puedo quedarme más allá del amanecer, es mi naturaleza - le decía siempre antes de desaparecer en las aguas.

Pasaban la noche en la pequeña cabaña que el guerrero había construido junto a la poza. Fue allí donde concibieron y nació Lady Tessa – Al oír su nombre, la muchacha palideció de golpe - Una niña preciosa, completamente humana, que no podía vivir en las aguas de su madre.

Dero debía abandonar cada día a su amor y a su hija y volver a la poza. Hasta que un día no lo hizo – Entiéndelo – decía cada día con una tonalidad más grisacea – No puedo alejarme de vosotros, aunque enferme por ello. Durante una luna estuvo en tierra firme, sin separarse de Awender ni de la pequeña Tessa.

Pero Dero tenía que volver a las aguas si no quería morir. Debía volver aunque solo fuera un día para recuperar su vitalidad. Así lo hizo. Cuando cayó la noche Awender fue a buscarla a la poza. Pero lo que encontró fue su cuerpo inerte flotando en ella.

Fue entonces cuando Awender vino a buscarme. Venía cargando con el cuerpo de su amada y con su pequeña y preciosa hija. Quería que le devolviera a la vida, pero yo no podía. Nadie podía. Hice lo imposible, pero Dero era una criatura de las aguas y ningún mortal podía devolverla a este mundo.

Leí las estrellas, estudié nuevos hechizos, recorrí la senda que no debí nunca emprender para intentar traerla de vuelta pero lo único que vi fueron avisos, advertencias. No sobre la madre, que ya nada se podía hacer por ella, si no por la hija.

Nadie debía saber de su existencia, nadie debía relacionarla con su madre, su padre, con nosotros... Intenté averiguar de mil maneras distintas el porqué de las advertencias, pero nada me era revelado, los Dioses no lo permitían.

Incapaz de saber más sólo había una cosa clara, la niña debía crecer en el total anonimato. Nadie debía saber jamás nada de sus orígenes. No fue fácil convencer a Awender de que debía abandonar a Tessa, su hija. Debía hacerlo por el bien de Glorantha, por nuestro bien y sobre todo por la seguridad de su hija. Debía alejarse para siempre, y al final logré convencerlo.

La niña fue entregada en una de las llamadas casas de acogida de Glamour, una institución a medio camino entre un orfanato y un mercado de esclavos. Allí fue donde creció hasta que fuera comprada por Lord Arlyan. Awernder y yo prometimos no visitar ni tener contacto jamás con la niña. Yo cumplí nuestro pacto, e hice todo lo posible por no saber nunca más de la niña. Él en cambio nunca llegó a cumplir la promesa. Siempre cuidó y preocupó de ella desde la distancia, la vigilaba, seguía sus pasos...

- Mmmm – Fue la callada exclamación de Lady Tessa ante las revelación de Darrell. Raudo y ella miraban al mago con incredulidad hasta que Raudo irrumpió  – Y ¿Qué tiene todo esto que ver con Sirina?

- Todo – Darrell se quitó la capucha y agachó la cabeza – Todo tiene que ver con Sirina y todo es mi culpa. Culpa mía, sólo mía. De mi ego, de mi curiosidad, de mi ansia por saber más allá de lo que nos está permitido.

Nunca dejé de pensar en Awender, en Dero, en la pequeña Tessa… pero sobre todo en porqué no me estaba permitido saber más allá de esas advertencias. Todos estos años de estudio en la Torre Espiral han estado siempre orientados a averiguar por qué había que esconder a la niña, qué había detrás. Quería descubrir la verdad que se me había negado anteriormente por todos los cauces. Quería saber hasta dónde podía llegar.

Como mi impostor os contó en la taberna, he estado todo éste tiempo estudiando los entresijos que unen tiempo y materia. Si no había otra manera había decidido que yo mismo tiraría de los hilos, jugaría con ellos para ver lo qué pasó y lo que está por pasar, jugaría a ser un Dios. Y así, explorando nuestro plano del tiempo algo inesperado ocurrió.

En mi viaje descubrí la razón que hacía volver cada amanecer a Dero a la poza. Dero era una nereida de Rio Cielo, una sirviente de Sirina. Debía volver a la poza todas las noches, no sólo por su naturaleza acuática, también por no despertar la ira de su ama, a la que debía rendir pleitesía cada noche.

Pero cuando Dero tras dar a luz decidió no volver a la poza, Sirina notó su ausencia. Durante una luna Sirina esperó paciente su vuelta. No le importaba esperar el tiempo que hiciera falta para castigar ofensa ya que
siendo una Nereida, Dero debía volver alguna vez a su poza si no quería morir.

Cuando al fin Dero apareció en las aguas, la enloquecida Sirina pidió explicaciones, pero Dero no dijo nada – Ha sido un error, mi Diosa, nunca más volverá a pasar, perdóname dijo – Pero de sus labios no salía nada más, por mucho que la terrible diosa le preguntaba. Debía proteger a su hija y a Awender aunque eso significase enfadar aún más a la cautiva Diosa.

Cada vez más iracunda Sirina golpeaba a Dero, buscando una explicación, castigando su osadía, repitiendo sus preguntas una y otra vez… Vi como Dero dio su vida para proteger a Tessa, su amada hija, a Awender, su amado hombre.

Y entonces sucedió lo inesperado, mientras observaba este hilo del tiempo, Sirina me descubrió espiando, observando su historia. Mirándome a los ojos supo de la existencia del amor de Dero por un humano y su traición, y supo también del fruto de su amor, Tessa.

Yo intenté ocultar mis pensamientos, pero su poder era inmenso y apenas pude crear un laberinto de imágenes con el resto de mis recuerdos, mis aventuras para confundirla… Mezclé la historia con la del resto de mis amigos, con las vuestras, para proteger a Awender, a Tessa. Y para hacerlo os he puesto en peligro a todos.

Escapé como pude de las garras de Sirina. Volví, al borde de la muerte a nuestro plano, a nuestro tiempo. Intenté avisaros sobre el peligro que nos acechaba, unirnos de nuevo para intentar solucionarlo, pero ella se me adelantó. Ahora Sirina busca a la hija de Dero.

Ahora sé porqué se me negaba saber.

***

Tae despertó con la agradable sensación de sentirse mecido por las aguas. Durante un instante pensó que se el dolor de cabeza que era debido a alguna buena borrachera que se había ganado a pulso en alguna travesía con su galeón y sonrió orgulloso. Pero al intentar llevarse las manos a la cabeza, se dio cuenta que estaba atado. Abrió los ojos extrañado, para encontrarse frente a él la realidad, con la forma de Awender.

Algo desorientado y extrañado le observó un instante. Vestía una larga túnica roja, a juego con esa ola de energía que le envolvía, cada vez con un color más brillante, cada vez más grande.

- Rápido Awender – le apremió tras ver que no había nadie más en la bodega -  desátame y tomemos el barco.

- ¿QUieRes… dEJar dE lLAmaRMe AsÍ? - AÚn nO TE haS dADo cUEntA… De qUiÉN SoY? Tú MEjoR qUE NAdiE, MarINERo, DEberIA SaberLO. tÚ MEjoR qUE NAdiE, MarINERo… DEberIA SABer A dÓNde NaVEGaMoS