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jueves, 31 de julio de 2014

Socios a la fuerza – Blink – Conclusión

-    Su nombre era Joan March…-

Seya mantenía la mano bien alta. Estaba lista para regalar a Ricky el tortazo de su vida. Su parte femenina le pedía que terminara el golpe pero su parte masculina le pedía usar mejor el puntapié. Lástima que el glorioso debate que transcurría en su cabeza se interrumpiera por una risita. Y luego otra. Y luego otra.

Todos los tripulantes de la “Milagros” conocían las hazañas de Joan March. Pero que el Gran Maestro del crimen, la Estafa Encarnada o el Gran Contrabandista, como le llamarían algunos, se dirigiera a ellos con un mensaje abrió la lata de la risa floja.

-    Je, je… Oh vamos Makro – medio farfullaba Balboa – nos estas gastando una bromita ¿Es eso verdad? ¡Joan March, ni más ni menos! –

Riki salió de la zona de impacto como pudo y se puso cuidadosamente en pie. Sus manos y su boca se movían y, aunque ponía mucha energía en sus gestos, no decía nada de nada. Nino no paraba de sonreír. Estaba extasiado recordando sus momentos de “actor” de cine mudo…

-    Si no me creéis,- dijo Makro – dejad que os lo muestre.

El pequeño ser se acercó a la consola de la “Milagros”. Muy solemnemente acarició con su palma de la mano la parpadeante luz que tantos problemas había traído. Una voz muy severa, muy grave y muy mal grabada se apoderó del aire de la nave; y de los sistemas de evacuación de algún que otro tripulante.

“Si el capitán hace libre a su barco con delirios de distancia…  ¿Por qué perece éste mientras su nave inmortal sigue su rumbo? Porque la nave es el instrumento… y si muere el capitán, muerta será también  el alma que dio rumbo a su nave…. Y tras la muerte… solo se dejan los huesos… para que la carroña se alimente…”

“… ¿tengo razón?”

Todo el que no se había meado encima buscaba darle algún sentido al mensaje. Makro levantaba la mano que dio inicio al mensaje de forma solemne al ritmo que sus ojos y sus labios se agitaban nerviosamente. Había entrado en trance y estaba “hablando” con alguien que hacía mucho tiempo que nadie había visto. La expectación era máxima.

-    Joan March tiene algo oculto en esta nave. –  anunció a la tripulación - Y tú se lo has robado. - La mano acusadora de Makro apuntaba a Seya.
-    Que… ¿Yo? ¿Robar? – Era algo en efecto difícil de creer, incluso en una nave como la Milagros: Seya se estaba asustando. -
-    Seya, si tienes algún crimen oculto este es un buen momento para confesarlo… - dijo Balboa. –
-    Esta mujer ha robado un objeto valiosísimo. – espetaba Makro – algo que sólo un gran capitán sabrá valorar.
-    ¡Un mapa! – gritó el Gordo Cobb –
-    ¡Si! El mapa para encontrar la herencia de Joan March. – El asombro y la fascinación por la nueva revelación salió escupido una forma en la que solo el Gordo Cobb sabía expresar.
-    ¡Serás guarra! -
-     Eh! ¡Un respeto a mi tripulación! – clamó Balboa - Incluso a la que pueda estar a punto de saltar por la borda. A ver Seya. ¿Dónde está mi mapa?
-    El amuleto con coordenadas. – Makro parecía un duendecillo encantado – Lo sacaste del corazón de esta nave... y te lo quedaste. – El miedo de Seya fue “in crescento”.
-    Yo… yo… pero si no lo tengo.
-    ¿Cómo que no lo tienes Seya?
-    Yo… lo vendí…

Todo el mundo entendió lo que decía Seya pero nadie quiso oírlo. Especialmente el capitán Balboa. Ricky no dijo ni una palabra. Aunque eso sí, seguía gesticulando como para golpearse la cabeza, como intentando decir algo.

-    A ver si lo entiendo Seya. Me estás diciendo que el puto Joan March me ofrece su fortuna… ¿!y tú has perdido el mapa!?
-    Unas coordenadas ocultas en el metal de esta nave. – recordó Makro como poseído por un demonio.
-    ¡Pero Capitán! ¡Necesitábamos el dinero! Lo vendí en Valsan a un traficante llamado Jo. Era una chapita de nada con unos números. Brillaba un poco y pensé… ¡Ay capitán! como iba yo a saber…
-    ¡Un momento! ¿Has dicho Jo? ¿A ese ratero hijo de perra?  ¿Jo el rata, Jo el mierda, Jo el sífilis? ¿Hablas de ese Jo? – El esperanzador aliento del Gordo Cobb nunca había sabido tan bien.
-    ¿Conoces a ese tío? - Preguntó Nino.
-    ¡Claro! Pero no nos será muy útil. Ese pedazo de carroña tiene los días contados. Le debía dinero a una de las putas de Jijrion… y deber dinero es algo muy malo en Valsan.
-    Pero si Jijrion se lo ha cargado ¿sabrás donde lo habrán enterrado no?
-    Juas! ¿Enterrarlo? Y también querrás que le lleve flores. No, maldita sea. Pero quizás Lusi la Mimosa sepa algo. Esa es de las que dicen que sí a cambio de cualquier cosa.

La discusión seguía su rumbo y cada uno intentaba aportar su granito de arena. Todos menos Ricky, que se había quitado el cinturón y lo agitaba de forma brusca y obscena.

-    ¿Y qué demonios le pasa a este? – Pregunto Cobb
-    Yo lo arreglo. – Nino se acerco y con la palma de la mano abierta soltó un sopapo a la espalda de Ricky que desangeló todo el aire y la tensión que llevaba acumulado.
-    YO TENGO EL MAPAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!

El grito fue tan brusco que hasta el duendecillo Makro salió de su trance. Mientras la mandíbula de Ricky volvía a su sitio su dedo señalaba el cinturón que sostenía con la otra mano.

-    Conoci a Lusi la gorda el dia que desembarcamos en Valsan y le hice tantas guarradas que me quiso regalar algo y a mi me gustaron tanto las guarradas que me hacia que me lo puse en el cinturon de recuerdo cerca de mi…
-    ¡Suficiente para mí! – Con unos reflejos que sólo el dinero puede dar a alguien de su tamaño el gordo Cobb arrancó de un tirón la chapa del cinturón de la mano de Ricky, dio un salto hacia atrás y desenvainó un cuchillo.
-    Eh ¡eso es de mi cocina! – recriminó Nino.

El Gordo Cobb examinó la chapa mientras retrocedía lentamente. Tras examinarla medio segundo más se dio por satisfecho y se alejó unos pasos sosteniendo el cuchillo en forma amenazante.

-     Si sois unos chicos listos no os acercareis.
-    A ver como digo esto. – Balboa desenfundó su pistola y apuntó directamente a las partes nobles de Gordo Cobb - ¿A que no tienes cojones?
-    ¡Jajaja! Vamos Balboa, ¡eso sin balas eso no sirve!
-    ¿Cómo que sin balas? ¿Es que no le tienes aprecio a tus… cositas?
-    Mucho. Pero tu amigo me contó que vendisteis toda la munición en El Pantano.  – Balboa se giró hacia su Ricky de forma recriminante.
-    Ricky, ¿cómo se te ocurre?
-    ¡Silencio!  Tengo detrás de mí una cápsula de escape y vosotros no. Tengo el mapa y vosotros no. Y lo que es mejor, tengo un arma y vosotros no. A ver, esta pregunta  va para Míster Elocuente ¿Por qué no debería ir a por la herencia de Joan March? -
-    Porque… eh… – Balboa tragó saliva –porque si te vas nos vas a maldecir a todos.
-    Ja Ja Ja – reía el Gordo Cobb mientras se deslizaba como un inmenso jabalí hasta la trampilla de la entrada de la cápsula de escape - ¡Adiós tontainas!

Gordo Cobb selló la entrada, introdujo las coordenadas de la hebilla en la computadora y el modulo espacial salió disparado dejando a la “Milagros”, a su capitán y a sus tripulantes abandonada en aquella cueva.

-    Se… se… - de la emoción Seya no conseguía terminar la frase. –
-    Se ha ido. – dijo el capitán Balboa, dejando escapar una leve sonrisa –
-    Jajaja! – Nino se empezó a descojonar. Su hermano no tardó en seguirle la carcajada.
-    Jajaja. ¡Se ha ido! ¡El muy imbécil se lo ha creído! Nino eres un actor estupendo.
-    ¿Yo? ¿Y qué me dices de Seya? ¡O del Capitán! De verdad que ha sido increíble.
-    Muy buen trabajo chicos. Y Seya también. Pero aquí la estrella ha sido nuestro pequeño Makro. Por un momento hasta yo me he creído que hablaba con la nave. Con el graaaaaaan Joan March ¡Jajaja!
-    Capitán aun no me creo que hayamos engañado al Gordo Cobb con un simple contestador automático. Para cuando se dé cuenta que se ha llevado una chapa grabada por mi hermano se va a coger un cabreo muy gordo.
-    Jajaja. Ya lo creo que sí. Por cierto Makro. ¿Sabes por llaman a ese bastardo el Gordo Cobb, verdad? Pues porque es el mayor glotón de la galaxia. Entre sus cosas en la bodega hay centenares de pasteles. Tal y como acordamos puedes coger una caja grande y llevártela. ¿Y no olvides compartirla con tus amigos eh?-

Makro parecía excitado con la noticia. En efecto la bodega estaba repleta de cosas de Cobb. Un enorme, bien ordenado y dulce tesoro. Makro cogió una caja bien grande y con la boca llena de caramelos se fue de la “Milagros” bailando como un niño feliz.

-    Qué suerte aterrizar en un planeta donde sus habitantes son adictos al azúcar, ¿eh Seya? Vamos a sacar una buena tajada por esos dulces.
-    Lo malo de todo esto es que la próxima vez que veamos a Gordo Cobb no será tan divertido.
-    Oh. Seguro que si – dijo el capitán con la seguridad de alguien a quien le acaba de salir un plan perfecto. Seya se sintió reconfortada.
-    Por cierto capitán, ¿te acuerdas del cubo que lanzamos al espacio? El otro día me acorde de él. A pesar de haberlo lanzado a un sitio tan grande ¿No crees que haya alguna posibilidad de que alguien lo encuentre?
-    ¿Posibilidades? Hum… - dudaba el capitán Balboa. - Eso mejor pregúntaselo a un matemático.

Y la nave "Milagros" inició un nuevo rumbo en busca de más emociones, dinero y aventuras. Pero sobre todo de dinero.

viernes, 18 de julio de 2014

Socios a la Fuerza - Blink - Segunda Parte

- ¡Y “Destripahidráulicos” vuelve a morder la lona! [ZZZTTT] ¡Qué pegada tiene nuestro Titan Rojo, [ZZZTTT] ¿no crees, Karl?
- Ya lo creo, Garl. [ZZZTTT] Esta clase de pelea sucia es la que ha dado buen nombre [ZZZTTT] a los luchadores de la luna de Ashlan.
- ¡No cantemos victoria todavía, Karl! [ZZZTTT] ¡Sí, está pasando! ¡”Destripahidráulicos” [ZZZTTT] se está levantando...!”

A un lado de la pantalla holográfica, un jovencísimo Riki saltaba sobre la espalda de aquel mecanoíde de combate “Hellfrost-19”, dispuesto a clavar la punta de su martillo neumático en su sistema de cableado craneal.

Al otro lado de esa misma pantalla, con el peso de los años marcado en sus cicatrices y sus ojos grisáceos, el Riki de la actualidad reposaba recostado en el cómodo asiento del capitán, con sus manos cruzadas tras la nuca y los ojos cerrados. A su alrededor, por toda la cabina de la nave, pendían cables y más cables, dejando todos aquellos paneles abiertos de par en par como silencioso testimonio de lo que había sido una búsqueda totalmente infructuosa.

- ¿Quieres apagar eso de una maldita vez? – la ronca voz de Gordo Cobb estaba ahogada por sus propios brazos mullidos, entre los que trataba de esconder su cabeza. – Llevas horas con esa basura puesta en la holopantalla. ¡Si vuelvo a escuchar más estática de nuevo...!
- ¿Qué quieres que le haga? – Riki ni siquiera abrió los ojos y apenas se movió del cómodo asiento lo justo como para señalar al techo. – Estamos a más de cincuenta metros de profundidad, en mitad de un yacimiento de magnetita enriquecida...
- ... y si se corta la transmisión es posible que no podamos recibir mensajes del exterior. Ya, ya... – Gordo Cobb suspiró y fijó sus pequeños ojos de rata en aquella luz parpadeante. – Y todo por culpa de ese parpadeo del demonio...

A unos pocos metros, aquella luz seguía emitiendo su guiño intermitente, casi hipnótico. Apartando la vista y tras mover la cabeza como saliendo de alguna clase de trance, Gordo Cobb se pasó las manos por los mofletudos carrillos en un gesto de sincera desesperación.
 ¿¡Pero que estarán haciendo ahí afuera Balboa y los demás...!?
- Eh. – Riki se aseguró de sonar lo bastante tajante como para dejar claro a Cobb que no iba a tener mucha más paciencia que la que le estaba regalando. – Para empezar fuiste tú quien decidió quedarse aquí.
- ¿Y dejar sin vigilancia el cargamento? Ya os gustaría... – Cobb miró con ironía al corpulento ex – luchador, cuyos músculos aun eran lo bastante poderosos como para rellenar por completo el mono de mecánico que llevaba puesto en aquel momento.
 Je. Después de todo lo que hemos pasado... aun crees que vamos a robarte, ¿verdad? – Riki giró la vista y respondió con idéntica ironía a Cobb - ¿Sigues sin comprender que te necesitamos tanto como tu a nosotros?

Gordo Cobb se había incorporado y estaba a medio camino de la pequeña nevera en la que Seya solía guardar una botella de aguardiente Remosanto. Se detuvo, frenado en seco por esa sensación de impotencia que le hacía rechinar los dientes. Estaba harto. Harto de dormir en aquella sucia litera, aguantando los infernales ronquidos sincronizados de aquellos corpulentos hermanos. Harto de las raciones de comida sintética precocinada por Nino, de perder dinero en cada negocio, de no poder regresar a Valsan. Cobb miró la botella de aguardiente barato: hacía ya seis semanas que no probaba un trago decente.

- Gracias a tus contactos podemos movernos por el Diámetro Exterior, colega. – Riki se echó hacia delante y posó su vista en la parpadeante luz roja que los había obligado a hacer esta parada de emergencia. – En cuanto vuelvan el capitán, Seya y mi hermano podremos marcharnos... – Riki caminó por el lado de Cobb y le arrebató la botella de Remosanto de entre los dedos, justo antes de poder pegarle un solo trago - ¡Salud!

Cobb miró con desprecio infinito a Riki: él no tendría por qué aguantar semejante trato. Si hubiera sido uno de sus hombres en Valsan...

- En serio, Gord... – Riki se interrumpió a sí mismo y corrigió la frase, pues sabía lo mucho que le molestaba a Cobb que usaran su apodo delante suya. – Colega, una cosa es que nuestro capitán se crea el jodido Joan March reencarnado y otra muy distinta es que quiera acabar como él... – sin soltar la botella, Riki señaló a través de los ventanucos la negrura de la gruta en la que la “Milagros” se encontraba oculta - ¡Enterrado en las entrañas de este maldito planeta!
- Espera un segundo... – Gordo Cobb lo miró con los ojos todo lo abiertos que podían estar aquellas dos canicas de porcelana negra. – Por eso te ofreciste voluntario para quedarte aquí...
- ¿Se puede saber que...?
- Eres de los que se cree esa historia, ¿no? – la carcajada de Cobb resonó en la cabina y debió escucharse en el resto de la “Milagros”. – ¡No puedo creerlo!

De no haber sido por el zumbido de una comunicación entrante, es posible que a su llegada el capitán y los demás hubieran encontrado a Cobb con unos cuantos dientes de menos. Mientras el obeso señor del crimen reía como no lo había hecho en meses, Riki apenas murmuró un sonoro insulto al tiempo que se aproximaba a la consola de mandos.
-  ¡NO!

Riki frenó en seco: el vozarrón temeroso de Cobb había sido tan estremecedor que había logrado arrancarle un pequeño gritito de sorpresa. El corpulento mecánico miró al nuevo y más reciente socio de la “Milagros”, cuyo rostro se había asumido una mueca de puro terror.
 ¿Qué...?
- No lo hagas, Riki... – Cobb se incorporó del asiento del copiloto sobre el que se había dejado caer segundos antes, cuando era todo carcajadas y malicia. – ¡No contestes!
 ¿Pero...? – Riki hizo ademán de zafarse de las manos de Cobb quien se aferraba a su brazo como si de un salvavidas se tratase. Tanto miedo en las palabras de Cobb le hicieron dudar y, con una inquietud mal disimulada, Riki le preguntó... - ¿Qué es lo que pasa?
-  ¿Y si esa llamada...?

Cobb guardó silencio, mirando con una mueca de terror a través de uno de los ventanales de la cabina. Riki giró la cabeza y tragó saliva al mirar a través de ellos, que no mostraban otra cosa que la oscuridad total de la gruta.

Dando por cerrados unos inquietantes momentos en los que sólo se escuchaba el insistente zumbido de la holo-llamada; Cobb rompió el silencio.

- ¿Y si esa llamada...? – comenzó a repetir - ¿... es el fantasma de Joan March?

Riki giró lentamente la cabeza y miró a Cobb. La mueca de sincero terror de éste fue, poco a poco, convirtiéndose en una sonrisa burlona para, finalmente, transformarse de nuevo en una carcajada resonante.

 Gordo hijo de puta... – Riki lo apartó de un manotazo y dejó que diera con sus nalgas en el suelo.
- No se por qué te preocupas... – Cobb seguía en el suelo, con las lágrimas saltadas y riendo como un demente - Ya sabes lo que dice la canción, ¿no? ¡No podrá hacerte daño mientras no salgas de tu nave! ¡Esa es la maldición de El Gran Contrabandista!

Con la risa de Cobb resonando aun en la cabina, Riki abrió el canal de comunicación.

 Aquí la “Milagros”... – Riki miró la holo-pantalla pero en ella apenas si se veían siluetas a través de la nieve. - ¿Capitán? ¿Me recibe?
- [ZZZTTT] ... Riki... [ZZZTTT]... – durante un segundo apareció el rostro de Balboa en pantalla. – [ZZZTTT] ... recibes? Cambi... [ZZZTTT]
- Te recibo muy mal, Capitán... – Riki trataba de ajustar los parámetros de sincronización del bloqueo magnético de la nave.
- [ZZZTTT] ... astilleros. Tenemos a un técnico que... [ZZZTTT] ...
- Capitán, la señal es muy mala... – a Riki se le acababan los conmutadores para pulsar. – Repita por favor.
- [ZZZTTT] ... [ZZZTTT]...
- ¿Capitán?
- [ZZZTTT] ... [ZZZTTT] ... Joan March... [ZZZTTT]

Riki sintió un escalofrío al escuchar esas dos palabras. Apenas tuvo tiempo de girarse y mirar a Gordo Cobb, cuya risa había dejado de escucharse en ese preciso instante. Porque fue entonces cuando todas las lámparas, pantallas, conmutadores y demás fuentes de luz de la “Milagros” se apagaron al mismo tiempo.
Todas.
Menos la parpadeante luz roja, claro.

viernes, 11 de julio de 2014

Socios a la Fuerza - Blink - Primera Parte

Por mucho que mirasen, cada vez de más cerca, la luz roja seguía parpadeando en la consola de navegación de la Milagros. Riki, usando sus dotes de mecánico, probó a golpear tres veces con el índice la dichosa bombilla, pero ésta continuó con su constante alternancia, sin terminar de decidir si se quedaba encendida o se apagaba de una vez.

- ¿Y bien? - Preguntó el capitán Barbosa mirando horrorizado el recién afeitado cuero cabelludo de la piloto

- Tenemos un problema, Capi - dijo Seya señalando la parpadeante bombilla roja - La luz parpadea.

Durante el intervalo de 5 parpadeos nadie habló. Las caras de la tripulación y la del incrédulo Gordo Cobb se iluminaban de un hipnótico rojo en cada intermitencia. Cuando parecía que ya nadie diría nada, el capitán Barbosa, furibundo, rompió el silencio.

- ¡Pero qué demonios! ¡Por lo que a mi respecta, eso no es un problema, es una bombilla con problemas de bipolaridad! Ahora dime - dijo muy serio - ¿Qué es lo que de verdad le pasa a mi nave? ¡Y te lo advierto, ni se te ocurra decirme que tenemos una bombilla que parpadea!

Seya miró los cansados ojos del capitán por el periodo de un parpadeo. Después recorrió la cabina con la mirada antes de dar una respuesta. Salpicados por todos lados estaban los manuales de navegación de la nave que había consultado una y otra vez sin éxito. Seya los había releído una y otra vez buscando qué quería decirle esa bombillita.

Sobre sus rodillas y abierto estaba el manual referente a los indicadores de la consola. En él estaba detallado el uso y significado de cada una de las distintas bombillas, relojes, relés, palancas y mandos de toda la nave. De todos, menos el del parpadeo de la bombilla roja.

- Ni idea - Dijo por fin Seya cerrando el manual con un sonoro golpe. Su voz reflejaba alivio, como la de un niño cuando por fin se libra de un secreto - No tengo ni idea de lo que le pasa a la Milagros.

- ¡No me lo puedo creer! - La cabeza del Gordo Cobb giraba a un lado y otro, oscilando como haría un flan casero - Sois la peor cuadrilla de contrabandistas especiales que he visto en mi vida... ¡¿Hemos escapado de milagro de los cruceros de la Federación - y no precisamente gracias a vosotros - y ahora queréis tomar tierra porque se ha iluminado una bombilla?! ¿¡De verdad, acaso queréis que nos cojan, trabajáis para ellos?!

El capitán Barbosa hizo oídos sordos a las quejas del Gordo Cobb. Aunque era cierto lo que decía y en cualquier otro lugar del universo la mera presencia del gordo y su pútrido aliento, le haría temblar y replantearse las cosas, estaban en la Milagros. Su nave, y allí él era quién mandaba.

- La nave sigue volando sin problema alguno. No hay ruidos. Ni vibraciones extrañas. Todo parece funcionar correctamente. Todo menos esa maldita bombilla - Barbosa pensaba en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular, hasta que fijó su mirada en Riki, el mecánico -¿Has revisado la nave, Riki? ¿Los impulsores? ¿Los sistemas de navegación? ¿Conductos? ¿Casco? ¿Refrigeración?

Sí, Riki había revisado los cuatro motores y todos los sistemas críticos de la Milagros, sin encontrar nada fuera de lugar. Todo parecía estar bien. Entonces, ¿Cual era el problema? ¿Por qué debían parar a reparar una nave que parecía no necesitar reparación teniendo a la Federación buscándolos por todo el sector?

- ¡Porqué tenemos una luz parpadeante! - Seya repetía exasperada una y otra vez el mismo argumento - Una luz roja parpadeante en el panel nunca indica nada bueno. ¡Nunca! ¡Dios sabe que le puede pasar a la nave! ¡A lo mejor explota! Tenemos que bajar y reparar la nave - Concluyó

- Yo voto en contra - dijo Nino sin dejar de mirar a través de la cabina buscando naves de la Federación - ¿Quién está conmigo?

- ¡¿Votar?! ¡¿Os habéis creído que esto es una democracia?! - Rugió Barbosa volviéndose hecho un basilisco hacia Nino, el dotado cocinero - Vuelve a mencionar algo parecido a una votación y te mando a galeras. Nada de votaciones. Esta es mi nave y se hace lo que yo se diga.

Después de un severo silencio, Barbosa volvió a tomar la palabra. Miró fijamente a la androgina piloto y sin dejar de mirarla, si quiera para parpadear, dijo casi amenazando:

- Seya, tú eres mi piloto. He confiado a tus manos y tu criterio mi vida y la de mi tripulación más de una veintena de veces y aquí seguimos. Conoces mejor que nadie ésta nave. La quieres y la cuidas tanto como yo, ¡Que me lleven los diablos si de verdad comprendo tus razones para querer parar por esa insignificante luz! Pero confío en tí, como un padre confía en su hijo. Así que, ¡Preparad la nave! ¡Todos a sus puestos! ¡Comenzamos el descenso!

- ¡Pero Capitán! - Gritó incrédulo Riki - ¿Tiene que ser aquí, en la Antilla? ¿No podemos llegar hasta el siguiente planeta?

Barbosa contestó con mucha más calma de la que cualquiera de los presentes esperaba. Al fin y al cabo la pregunta tenía su sentido.

- Si es necesario parar a reparar, lo haremos ahora. No podemos arriesgarnos a una avería y quedarnos a la deriva, no cuando tenemos rastreándonos a la mitad de la flota del sector - Barbosa miraba ahora al Gordo Cobb. Todos sabían lo valioso de la carga que llevaban en la bodega - Además no es un mal sitio, posiblemente tengan los mejores mecánicos y equipo cualificado de todo el sector.

Barbosa tenía razón. Si en algún lado podían encontrar el fallo de la Milagros sería allí. La Antilla tenía los astilleros más grandes e importantes en decenas de sistemas de distancia. Al fin y al cabo era allí dónde la Federación fabricaba y ensamblaba sus más modernos Acorazados y Cruceros de guerra.

viernes, 21 de junio de 2013

Socios a la Fuerza - Indice

Grandes estudiosos de las Matemáticas y las ciencias en general han dictaminado que en la inmensidad del espacio existen las mismas posibilidades de cruzarse frente por frente con una patrulla armada de la Tropa Espacial desviado de su rumbo habitual que de tropezarse con un campo de asteroides sin registrar en la Carta Astral. Por tanto hoy era un día de suerte para el capitán Balboa y su tripulación de contrabandistas, ya que se toparon de bruces con las dos cosas a la vez.

Desde la inmensidad del espacio la persecución no era más que dos insignificantes puntos de luz, uno detrás de otro. Un poco más cerca, a una distancia prudencial, se podía ver a los asteroides abrirse como melones silenciosos al recibir los impactos de los disparos de la Tropa Espacial. Desde el interior de la Milagros la cosa no pintaba bien.

-    ¡Como apagues la puta música suelto el volante y dejo que nos cojan! 


Así comienza "Socios a la Fuerza". Puedes leerlo siguiendo nuestro índice:

Primera Parte - http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com.es/2013/05/socios-la-fuerza-primera-parte.html
Segunda Parte - http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com.es/2013/05/socios-la-fuerza-segunda-parte.html
Tercera Parte - http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com.es/2013/06/socios-la-fuerza-tercera-parte.html
Conclusión - http://loscuatromilcuatrocuentos.blogspot.com.es/2013/06/socios-la-fuerza-conclusion.html

Esperamos que os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

viernes, 14 de junio de 2013

Socios a la Fuerza - Conclusión


Durante miles de años los científicos y matemáticos han desvelado los grandes enigmas del universo. Pero hay otros muchos que hoy en día siguen siendo un auténtico misterio para ellos. Como por qué la materia aparece sólo en planetas determinados; por qué los rifles de impulsos dejan de funcionar cuando atraviesas la atmósfera del planeta Arfac… O por qué ciertos individuos que no comparten sexo, ni raza, ni planeta de origen tienen esas habilidades psíquicas tan especiales.

Pero si hay algo que podía descifrar esos misterios, o al menos eso dicen los sabios, ese algo lo tenía Balboa delante.

Era un cubo no más grande que una pelota de ciberball, con toda clase de grabados en cada una las seis caras.

- ¡Deja de babear, Balboa! ¡Tenemos que sacarlo de aquí!.- Cobb no paraba de dar ordenes a sus hombres mientras se dirigía a Balboa. Tenían que retrasar a los soldados de la tropa espacial.

Pero Balboa seguía observando el “grial” de todo contrabandista.

- Pero, ¿dónde lo encontraste?
- Un arqueólogo del sistema Drakor me dio una pista.- el gordo Cobb disfrutaba del momento. -Debí haberlo matado. Seguro que se lo ha contado todo al gran Canciller.

Balboa conocía bien las leyendas que rezaban sobre este objeto.

- Debemos evitar que caiga en sus manos. ¿Sabes lo que podría hacer con esto?
-Se lo que puedo hacer yo.
-¿La vas a vender?
- Ahh, Balboa. Por eso siempre serás un simple contrabandista del tres al cuarto. ¿Por qué vender la gallina de los huevos de oro cuando puedes hacerte rico vendiendo solo los huevos?

Una explosión acabó con esta breve conversación.
Un  soldado se acercó a Cobb corriendo.

- Señor, los soldados han penetrado nuestras defensas. Han entrado en las instalaciones.
- Retenerlos todo lo que podáis y que salgan los cazas- Cobb se giró a Balboa.-Seguimos con el plan. Mis naves distraerán a los cazas del Canciller mientras escapamos en tu navecilla.
- ¡Esa “navecilla” es tu única oportunidad de escapar de un viaje pagado a la penitenciaria de Lonnar. Así que ten más respeto-. A Balboa le había dolido ese comentario. -¿Y como vamos a salir de aquí si tienen bloqueada la salida?

- Uno no es el dueño de todo un planeta sin tener algunos truquillos en la manga- el gordo Cobb intentó poner una sonrisa de la de “tipo Balboa” pero con la barba, la boca con los dientes picados y los ojos de rata  parecía más bien decir “te voy a comer”. Cobb se dirigió a una pared totalmente desnuda y metálica donde abrió un pequeño panel con varios botones. Pulsando los adecuados, se abrió una puerta al fondo de la sala tras la cual había un túnel.

El Neo-metal resonaba en toda la nave.
- Señoras y caballeros, gordos y cubos espaciales abróchense los cinturones porque esto se va a mover! - Cobb miró a Baboa y éste no puedo esconder la sonrisa.
Pero Seya no les engañaba. Y es que uno de los Acorazados no se había comido el señuelo y perseguía a la pequeña Milagros.

- Dijiste que esta maldita nave era rápida- escupía Cobb a Balboa en el puesto de mando.
- Capitán, como ese gordo asqueroso no deje de insultar a mi nave, juro que me estrello contra el acorazado- para Seya, Cobb se había pasado. Insultar a la Milagros delante de ella…

La situación se complicaba: no conseguían dejar atrás al acorazado. Seya ponía toda su habilidad en esquivar las andanadas lasers que lanzaban. Gracias a ella y a los escudos manejados por Nino todavía no se habían convertido en polvo espacial. Balboa tenía que tomar una decisión. Miró a Riki y este le entendió perfectamente.

Después de haber tumbado a cientos de droides en su época de peleas ilegales no le costó mucho tumbar a uno de los guardias que habían subido con Cobb a la nave y, con su propia arma, apuntar al propio Cobb.

- ¡¿Que te crees que haces Balboa?! ¡Tenemos un trato! – los pequeños ojos de Cobb parecían salirse de sus cuencas.
- Voy a salvarte tu gordo y apestoso culo- Balboa cogió el cubo y salió del puente.
- ¡¿Dónde vas,  maldito gusano?!.- Cobb miraba de reojo a Riky. Éste seguía apuntándole.
 - Por favor. Hazlo. – Riky sonreía – Dame el gustazo de disparart…

En ese momento, el guardia de Cobb se abalanzó sobre Riky que disparó el arma sobre él. Apenas dos segundos que aprovechó Cobb para salir detrás de Balboa.

- ¡Te mataré Balboa! ¡Juro que te mataré!

Cuando Cobb alcanzó a Balboa la puerta de la cápsula de escape se cerraba tras él. Cobb se abalanzó sobre Balboa.

- ¡¿Qué has hecho, maldito?!
- He programado la cápsula para un salto cuántico aleatorio. Así quedará lejos del Canciller.

A través del cristal Cobb vio como la cápsula se desprendía de la Milagros y tras unos segundos de pausa, desaparecía.

- ¡Nooooooo!-. Balboa no puedo esquivar a Cobb que se abalanzó sobré el agarrándole el cuello. Por suerte llegaron Nino y Riky para evitar que Cobb le rompiera el cuello.

Entonces sintieron un golpe seco y todos los sistemas se apagaron. Sabían que era eso. Habían sido atrapados en el rayo tractor del acorazado. No era la primera vez que les pasaba.

Mientras en el puente de mando del gran acorazado “Independencia”, una figura alta y corpulenta miraba a través del gran ventanal como su gran nave de combate engullía a la pequeña Milagros. Sabía que el objeto que había venido a buscar se le había escapado pero dentro de esa nave se encontraba la única oportunidad para no decepcionar a su señor.
Pero esa… Esa ya es otra historia.

viernes, 7 de junio de 2013

Socios a la Fuerza - Tercera Parte

Poco podía hacer la Matemática fundamental para explicar lo que sintieron tanto Balboa como el resto de su tripulación al verse cubiertos bajo la sombra de aquella aterradora masa de metal. Sus estómagos se encogieron de repente – incluso el artificial que llevaba el propio Balboa – y un sudor frío recorrió la frente incluso de Gordo Cobb. La mirada inquieta en aquellos pequeños ojos de rata mostraron a Balboa la oportunidad que andaba buscando. 

- ¡Estamos jodidos, Cobb! – gritó Balboa bajo el atronador sonido de las turbinas - ¡Los dos sabemos que ni tu ni yo le gustamos a la Tropa Espacial!
- ¡Habla por ti, Balboa! – aquella masa de grasas y asquerosa sonrisa trataba de ocultar su miedo - ¡No soy yo al que buscan en todo Radio Central y tres cuartas partes del Diámetro Exterior! Quien sabe… ¡Lo mismo hasta me dan una jodida recompensa por tu trasero!

Y siguiendo la orden velada de su celulítico líder, los matones de Cobb alzaron de nuevo los cañones de sus rifles de impulsos, emitiendo su característico zumbido de recarga de energía. El capitán Balboa miró desesperado a su alrededor. La recompensa que el Gran Canciller había puesto por sus cabezas era “vivo o muerto”. Tendrían apenas treinta minutos antes que el primero de los acorazados tomase tierra en Valsan. Pero sólo unos segundos para escapar de Cobb y los suyos. 

- Unos segundos es más de lo que necesito, Capitán.

La maldición silenciosa que la mente de Balboa había comenzando a esbozar se vio interrumpida por el resonar en su cabeza de la voz de Seya. Instintivamente, Balboa se giró encarándose a ella. Esperaba que aun llevase el visor y el casco de piloto que jamás se ponía a la hora de estar a los mandos de la Milagros… y que paradójicamente siempre llevaba puesto cuando pisaban tierra firme. Seya solía decir que “hay más peligros a ras del suelo que sobre él” pero lo cierto es que el casco y el visor eran lo único que impedía a los demás ver el destello azulado que emitían sus globos cuando sus capacidades psíquicas se activaban. 

Y activadas como estaban, cuando Balboa se dio la vuelta ya no se encontraba en aquel túnel. Las estructuras de hierro ennegrecido y el suelo de polvo anaranjado se vieron sustituidos por paredes de delicado cristal reflectante, sobre los que se proyectaban filigranas y caprichosas formas que se antojaban escenas de delicado arte erótico. Cortinas de seda sintética y una suave alfombra carmesí rodeaban una enorme cama con forma de corazón, coronando el centro de la estancia. Balboa reconoció de inmediato la suite nupcial “Delicatessen”. 

Un súbito puñetazo cruzó la cara de Balboa cuando sus ojos se posaron en Seya. Ésta lucía el mismo aspecto andrógino de siempre… aunque el salto de cama no dejaba nada a la imaginación, pudiendo verse con total claridad hasta el último de los tatuajes rituales que decoraban su piel. 

- ¡Au! – Balboa se recompuso y se incorporó. - ¿Qué demonios…?
- Recuérdame, capitán, que te aseste una buena patada no-telepática en sus insignes pelotas cuando salgamos de aquí… - Seya se sentía sucia embutida en aquella prenda prostibularia – No quiero ni pensar quien es la pobre desgraciada a la que rompiste el corazón en este…
- Gordo Cobb está a punto de vendernos al Gran Canciller, Seya. – Balboa se notó súbitamente incómoda al notar que llevaba su viejo uniforme militar, el que tantas veces lució antes de “La Gran Caída”. - ¿En serio crees que es el mejor momento para tener una charla telepática?

En ese momento, Balboa miró la cama. Volvió a mirar a Seya. Y esbozó esa sonrisa que le había valido el apodo de “Sonrisas” Balboa en más de media docena de planetas. 

- Aunque si lo que quieres es un último revolcón telepático secreto… - sus manos apenas llegaron a acariciar los hombros de la chica cuando el puntapié de ella se estrelló contra sus gónadas. 
- Ésto es para que te quede claro que sigo cabreada por lo que pasó en Phelphegor – Seya dejó que Balboa recuperase el aliento antes de soltarle la bomba. – Pero no es eso por lo que estoy arriesgando mi vida…

Balboa alzó la vista, aun dolorido, cuando vio que la imagen telepática de Seya había comenzado a sangrar por la nariz. Como tantas otras cosas del Oscuro y Extenso Espacio, las Matemáticas no habían podido explicar aún por qué ciertas personas como Seya eran capaces de hacer lo que hacían. Lo que sí había podido deducir la ciencia era que no era algo gratuito. Cada vez que las empleaban, sus vidas se veían acortadas. A veces en minutos, a veces en horas… y otras, en días o semanas. Ver la sangre hizo que Balboa volviese a ser consciente del problema en el que andaban metidos.

- Mientras hacías tu duelo de miraditas con ese cerdo de Cobb, aproveché para entrar en su mollera… - Seya se dejo caer tendida sobre la enorme y sedosa cama en forma de corazón – Y sé por qué está tan asustado de ver llegar a la Tropa Espacial.

- ¡Eh!

La voz de Cobb y el sonido de uno de los rifles contusionadotes hizo que Balboa regresara al mundo real a tiempo de ver cómo Riki volaba por los aires, estampándose contra una vieja plancha de metal. El fortachón había encajado golpes peores cuando luchaba en la Liga Ilegal de Droidepeleas así que Balboa no tenía por qué preocuparse. Pero fuese como fuese, nadie trataba así a su tripulación. Nadie que no fuese él, claro.

- ¿¡A qué coño crees que estas jugando, Cobb!? – espetó Balboa con un súbito enfado que hizo que los matones del seboso señor del crimen frenasen sus gatillos. El veterano capitán caminó hasta colocarse a pocos centímetros de Cobb. Sentir su asqueroso aliento era un pequeño precio a pagar si conseguía convencerlo de tener todas las cartas.

- No estás en posición de ser tan gallito, Balboa… - a esa distancia ya no tenía que gritar para dejarse oír bajo el clamor de las turbinas. – En cuanto te ponga en manos de la Tropa Espacial, se largarán de mi planeta…
- ¿… antes de que sepan lo que escondes bajo la planta sintetizadora de Clorofila número tres? 

Cobb dejó sus gordos labios entre abiertos en gesto de sorpresa. Balboa sintió esa punzada que notaba siempre que el plan comenzaba a funcionar. Durante unos segundos sólo se escuchó el atronador rugir del acorazado estelar.

- ¿Has contado cuantos acorazados hay ahí arriba, Cobb? Vamos… Alguien con tanta experiencia como tú en los negocios debería reconocer una inspección planetaria cuando sufre una. – el silencio de Cobb era música para las oídos de Balboa – ¿Qué crees que te harán cuando lo descubran?
- No… No tienes prue…
- La única forma que tienes de librarte del marrón, Cobb… - Balboa lo interrumpió: sabía que a gente como Cobb no había que darles tiempo a replicar – … es sacándolo del planeta cuanto antes. Pero viendo las chatarras de impulso corto que tienes en los hangares, ninguno de tus pilotos llegaría muy lejos. Para dar esquinazo a la Tropa Espacial… - Balboa sonrió - … necesitarias “un milagro”.

Desde allí arriba podía verse la zona del astropuerto donde reposaba la inestimable amiga metálica de Balboa y su gente. La “Milagros” era hermosa en su desvencijada apariencia. Un recuerdo de cuando las naves se construían con algo más que metal y remaches. 

- ¿Qué… es lo que quieres?
- Materia suficiente como para llegar al siguiente cuadrante. Y los créditos que me prometiste.

Bajo la mordaza, Nino emitió unos lastimosos sonidos que recordaron a su capitán que había que incluir nuevas cláusulas al trato.

- Y lo quiero a él de vuelta. – Balboa regaló una sonrisa insolente a Cobb – No sabes lo difícil que es encontrar un cocinero decente ahí afuera.

Durante lo que pareció una eternidad, Cobb rumió las palabras del capitán Balboa. Sus ojillos pasaban de él al resto de su tripulación. Y de ellos, al cielo: a la enorme y amenazante máquina de guerra cuya sombra cubría todo el asentamiento que Cobb había levantado con sus propias manos. 
- Maldita sea tu alma, Balboa… - maldijo el gordo al tiempo que tendía su mullido bracito cubierto de cicatrices – Trato hecho.
- Trato hecho… "socio".
- Cierra la puta boca y sígueme…

Balboa vio como Cobb se retiraba junto a sus hombres. Al notar a Seya a su lado, Balboa susurró:

- Ya está hecho… y ahora, ¿dime qué es eso que vamos a tener que transportar?
- No tengo la menor idea, capitán. Pero si nos permite salir de ésta, supongo que vale la pena el riesgo, ¿no?

Mientras un aturdido Riki ayudaba a su hermano a incorporarse y liberarse de las esposas, Balboa sintió un escalofrío: Cobb había aceptado el trato con rapidez. Demasiada rapidez. ¿Qué demonios era eso que guardaba aquel seboso hijo de perra que había movilizado a toda la Tropa Espacial del cuadrante? 

viernes, 31 de mayo de 2013

Socios a la Fuerza - Segunda Parte

No son sólo los grandes estudiosos de las matemáticas los que aseguran que visto un planeta periférico vistos todos. Lo cierto es que cualquiera que haya viajado fuera del Radio Central, puede certificar que planetas como Valsan hay a miles. A cual más complicado de distinguir del anterior.

Terraformaciones nunca completadas, al no encontrarse más que trazas de Materia en ellos. Gigantescas maquinas mineras oxidándose desde hace décadas. Espaciopuertos con capacidad para varias docenas de Acorazados convertidos ahora en un laberinto de tenderetes a modo de zocos. Raquíticas ciudades hechas de acero y adobe. Escaso, por no decir inexistente, suministro con el resto de la Federación. Y abandono. Sobre todo abandono y olvido.

En lo único que se distingue un mundo periférico de otro es en su dirigente. No hablamos de los testimoniales cargos federales exiliados a modo de castigo administrativo. Hablamos del cacique que realmente gobierna estos mundos desde las sombras.

Estas colonias, ignoradas incluso por la Tropa Espacial, se convierten tras unos años de desgobierno en refugios para contrabandistas, saqueadores, gente de mal vivir. Mudos donde las guerras entre bandas, las luchas de poder y las matanzas son comunes hasta que se erige sobre el resto un Señor del Crimen. El más fuerte, el más poderoso, el más cruel.

Como bien sabe el capitán Balboa, el de Valsan no es otro que el Gordo Cobb. Nadie en su sano juicio se le ocurriría jugar con él, estafarle. Nadie excepto a un capitán desesperado.

Para sacar a la Milagros del planeta necesitaban dinero. Y todo el dinero de una manera u otra pasaba por las regordetas manos de Gordo Cobb ¿Qué mejor manera para conseguirlo que saltarse los intermediarios y sacar el dinero directamente de Cobb?

Una auténtica locura. Algo que nadie se atrevería hacer y por lo tanto, algo que nadie esperaría que sucediera. Pero aunque parezca increíble, el plan original de Balboa tuvo sus detractores

-    Balboa, sabes que te respeto como capitán – La voz de Seya era tranquila, aunque ella estaba claramente alterada – Pero vuelve a sugerirlo, aunque sea en broma, y esparzo tus sesos por la cubierta

Tras la negativa de Seya, Balboa hizo un pequeño ajuste en el plan introduciendo en él a Nino. Segun su propia opinión, con el cambio, el plan incluso mejoraba

-    Nino, sabes que apenas nos queda Materia para despegar – La nave era demasiado pequeña para no saber lo iba a suceder a continuación. Así que el resto de la tripulación, es decir Riki y Seya, hacía como que realizaba tareas rutinarias justo dónde Balboa y Nino hablaban para no perderse detalle - No tenemos dinero, ni armas. Y lo más importante, no queremos pasar el resto de nuestras vidas en este inmundo planeta cultivando Clorofila ¿Verdad hijo mío? – Nino ajeno a lo que estaba a punto de pasar afirmaba a todo con la cabeza -  Tengo un plan, y tu eres la clave.

-    Señor, lo que usted quiera – Cuando no estaba vomitando, Nino era altamente eficaz y eficiente y nunca se negaba a obedecer cualquier orden - ¡Señor!

-    Muy bien Nino. Recuerda lo que acabas de decir dentro de un instante – Balboa preparaba el terreno - Necesitamos que te infiltres en las filas del Gordo.

-    Sí, señor – Nino adoptó una postura aún más erguida de lo normal - Puedo solicitar acceso en la milicia personal de Cobb si es lo que quiere

-    Bueno, Nino, más bien había pensado en otra cosa – Por un instante Balboa titubeo, incluso llegó a pensar en cambiar de plan sobre la marcha. Pero si se lo había dicho a Seya y había sobrevivido, con Nino sería coser y cantar - Sabes cómo es la gente que viene a este planeta. Algunos vienen buscando cosas prohibidas en el Radio Central, drogas, peleas, apuestas... algunos incluso fantasías eróticas – Tras una breve pausa Balboa prosiguió -  Como decírtelo. Mira Nino, vas a ir al burdel de Jijrion. Con tus dotes y tu curriculum estarán encantados de dejarte trabajar allí una temporada. Por si no te reconocen, llévate un par de tus pelis de tus tiempos de gloria.

-    ¡Captian! ¿Va a usar la manguera de Nino para llenar a la Milagros? - Riki no pudo evitar dejar a un lado el hidráulico que hacía como que revisaba para intervenir - ¡Eso no me lo pierdo!

-    ¡No! – El tono seco de Balboa intentaba darle una seriedad de la que carecía la conversación - Sólo pretendo colarme por la puerta de atrás del Gordo Cobb

-    ¡Ja ja ja! – Ahora fue Seya la que interrumpió entre risas - ¡Mejor lo pones!

-    ¡Silencio! – La mirada de Balboa fue fulminante - Cobb tiene un despacho en la planta superior del burdel. Desde allí gestiona y guada información del resto de sus negocios. ¿Porqué justamente allí? Pues porque el burdel fue su primer negocio. En esa época, cuando Cobb no era más que otro mafioso de Jijrion, estuve varias veces en él. No era extraño que me llamara para hacer algún que otro trabajito – Cuando Balboa hablaba del pasado lo hacía de tal manera que todos podían casi revivir lo que contaba – Quería montar un nuevo negocio, un casino. Y para ello necesitaba que le consiguiera material. Ruletas, mesas, dados… pero no cualesquiera. Quería poderlos manipular, trucarlos, estar seguro de que la banca siempre ganaba. Yo se las busqué y les di también los códigos para manejarlas. Y sé que aún los guarda allí.

Es fácil Nino. Llegas al burdel y hablas con el responsable. Esperas tomando una copa a que alguien te mire un par de veces, quizás hasta se trate de un fan de tus pelis. Tras darle un poco de conversación subes con él a una habitación. Una vez allí lo noqueas y te lo quitas de enmedio. Te escabulles hasta el despacho. Entras, buscas los códigos y pasamos una noche divertida en casino. Fácil. Nada puede fallar. Llévate un comunicador para estar en contacto.

Hasta varias horas más tarde no hubo comunicación a través de la radio y cuando tuvo lugar, no fueron buenas noticias

-    Balboa – La voz del otro lado no es desde luego la de Nino - tengo a tu hombre

-    ¿Cobb? – a Balboa le fallaba la voz - ¿Eres tu?

-    ¿A quién esperabas Balboa? – La voz de Cobb a través del transmisor era igual de repelente que en vivo - ¿A Caperucita Roja?

-    Mira Cobb – Balboa necesitaba tiempo para pensar - No sé qué pensarás que ha pasado, pero no hagas nada al chico. Ha sido idea mía, él no tiene nada que ver

-    No me cabe la menor duda Balboa – El gordo Cobb parecía muy enfadado - Recuerdas lo que hice con los billetes. Pues creo que voy a hacer lo mismo contigo, viejo amigo. Nos vemos en la entrada del túnel 23 en una hora

Una hora más tarde Balboa, Riki y Seya estaban junto al ascensor oxidado que daba acceso al túnel 23. Del otro lado apareció un pequeño ejército con Cobb al frente. Y junto a él, Nino, esposado y con la cara amoratada.

Nadie dijo nada. Cobb miraba fijamente a Balboa. Balboa miró un instante a Nino reprochándose su imprudencia y a continuación fijó su vista en el gordo Cobb.

Así mantuvieron un duelo de miradas durante una eternidad, hasta que algo tapó por un instante el despiadado sol de Valsan. Entonces fue cuando Balboa dijo algo, pero el atronador sonido que cruzó la atmosfera en ese momento hizo que nadie oyera pudiera oírle.

No era la primer vez que oían ese ruido. Tanto los de un lado como los del otro miraron hacia arriba con miedo, adivinando lo que estaban a punto de ver. Atravesando la atmosfera se podía distinguir la impresionante figura de un Acorazado de la Tropa Espacial dispuesto a tomar tierra. Y detrás venían más.

viernes, 24 de mayo de 2013

Socios a la Fuerza - Primera Parte

Grandes estudiosos de las Matemáticas y las ciencias en general han dictaminado que en la inmensidad del espacio existen las mismas posibilidades de cruzarse frente por frente con una patrulla armada de la Tropa Espacial desviado de su rumbo habitual que de tropezarse con un campo de asteroides sin registrar en la Carta Astral. Por tanto hoy era un día de suerte para el capitán Balboa y su tripulación de contrabandistas, ya que se toparon de bruces con las dos cosas a la vez.

Desde la inmensidad del espacio la persecución no era más que dos insignificantes puntos de luz, uno detrás de otro. Un poco más cerca, a una distancia prudencial, se podía ver a los asteroides abrirse como melones silenciosos al recibir los impactos de los disparos de la Tropa Espacial. Desde el interior de la Milagros la cosa no pintaba bien.

-    ¡Como apagues la puta música suelto el volante y dejo que nos cojan!

Una de las manías de Seya, la piloto, era encender emisora Neo-Metal a un volumen escandaloso en los momentos de tensión, lo que ponía de los nervios al capitán Balboa. Tenía además un carácter andrógino que la hacía bastante imprevisible.

-    Y si no nos estrellamos contra uno de esas piedras a mi me caerían solo la mitad de años que a vosotros. - Seguía diciendo Seya mientras reía con una voz asombrosamente grave – ¡JA, JA, JA!

Junto a Seya estaba Nino. Nino había sido cocinero y tenía un programa de serie B en la televisión, pero los requisitos para mantener la audiencia acabaron convirtiéndolo en actor porno. Era bueno en las negociaciones, especialmente con las mujeres, pero esta vez tuvo que recular, alejar la mano del volumen de la radio y colaborar a su manera. 

-    Seya. Si sueltas ese volante estrellaré la nave yo mismo.

Pero Seya estaba inmersa en su juego y no escuchaba a nadie. Agarrando el volante con sus ganchudas manos conseguía hacer que la Milagros bailase con los asteroides como pez en el agua. Desde la posición privilegiada de Nino se podía ver como pasaban a escasos centímetros del puente las enormes piedras espaciales. No fue un espectáculo que pudiera disfrutar. Los movimientos eran bruscos e improvisados y acabo vomitándose encima.

Era en esos momentos cuando el capitán Balboa comprobaba como la felicidad era cuestión de perspectiva y de donde fijaras la vista. El olor ácido del vómito se le metía hasta el estomago pero se convenció de que todo valdría la pena si Seya era, además de rarita, una de las mejores pilotos de la galaxia. Tras jugar nerviosamente con su cadena de oro de la suerte, consiguió recuperar la compostura y el equilibrio, ponerse en pie y dirigirse zigzagueando hasta su puesto de mando.

-    Gracias por la cena Nino. – El capitán apagó de súbito la radio y esperó la reacción. Seya lanzo una mirada mitad de rabia mitad de gatito herido a la que el capitán ya se había acostumbrado. – Pues suelta el volante. – Seya tuvo dudas durante un segundo. – Ahora. Y sal de este sitio de una vez. Hemos despistado a la patrulla. -

Efectivamente. La Milagros se encontraba a salvo y Seya salió dulcemente del campo de asteroides. Era el momento de retomar la ruta prevista hasta el lugar donde debían hacer la entrega: Valsan, el planeta Rojo.

Valsan, también conocido como Valparaíso, era un planeta sin ley donde millonarios excéntricos iban a probar las mieles de las sustancias prohibidas. A pesar de ser un sitio muy atractivo para los contrabandistas corrían malos tiempos para el bandidaje y los trapicheos. Y aunque en estos tiempos cualquier negocio era bueno, Balboa sabia que ni siquiera el gordo de Cobb iba a aceptar una carga partida en mil pedazos por los golpes de los vaivenes la persecución.

No quedaba mucho tiempo y tras una rápida inspección el capitán Balboa ordeno colocar en una misma caja la carga que aun estaba en condiciones. Quizás enseñando solo esa caja Cobb se olvidaría de inspeccionar el resto. Sea como fuere, y como era habitual, antes de hacer una entrega el capitán Balboa se encerró en su camarote para rezarle una última oración al retrato de su ídolo Joan March, el Gran Contrabandista. Allí, en la tranquilidad, pudo reordenar también sus pensamientos mientras juguetea con su amuleto de oro. Era un ritual que siempre le funcionaba. Después de todo seguían con vida y aun podía tener un golpe de suerte más. Pero grandes estudiosos de las Matemáticas y las ciencias en general habían dictaminado que en la inmensidad del espacio es imposible tener dos golpes de suerte en un mismo día.

-    No hay negocio Balboa. Esto lo pagas tú de tu bolsillo.

-    Vosotros queríais una carga y aquí la tenéis. Creía que éramos hombres de negocios. 

El gordo Cobb tenía una barba larga y harapienta y los dientes picados de fumar sustancias prohibidas. Su aspecto era tan desagradable como su aliento.

-    ¿Sabes una cosa Balboa? Tienes toda la razón. Seamos razonables. Has traído la carga. Mira, aquí está el dinero. ¿Lo ves? Ahora cojo estos papelitos y los rompo en dos pedazos. Y ahora en otros dos. Y otros dos más. – Los minúsculos trozos de dinero salían volando en todas direcciones. – Y este ultimo billetito para ti enterito, a cambio de esa caja que está intacta. ¿Ves? Es un trato justo. –

El capitán Balboa pudo comprobar que si había algo peor que el aliento de Cobb eso era su sonrisa. La repugnancia que le produjo le dio ganas de vomitar.

-    La rueda nunca para de girar, Cobb. – maldijo mientras escupía violentamente contra el suelo.

-    Y si lo hace no dudes en avisarme. ¡Hasta la vista Balboa!
Al alejarse el vehículo de gordo Cobb el capitán aun pudo escuchar las mofas sobre la Milagros, ya que por lo visto se llamaba igual que una de las  rameras del burdel de Jijrion. Al capitán mantenía la compostura lo mejor que pudo, pero ese teatro de las apariencias no iba con Riki. Y Riki estaba claramente ofendido.

-    ¡Suig my piel! ¿Por qué no hemos disparado a ese gordo come mierda? –Riki era el hermano gemelo de Nino, pero en lugar de las nobles artes culinarias se había dedicado a la construcción y la mecánica. Era conocido como “el tenazas”, pues era único a la de fijar tuercas con las manos desnudas. En sus ratos libres se había dedicado a la lucha clandestina, cosa que extrañaba a menudo. 

-    Vendimos la munición en El Pantano. Tampoco tenemos cargas de fuel para llegar muy lejos y el negocio no ha salido precisamente bien, ¿no crees?

-    Joder jefe. ¿Y ahora qué? ¿Alguna idea de cómo salir de este planeta de cocosos y puteros? Aunque no se, este sitio tiene algo que me gusta. No sé si me entiende… - El capitán le contestó con una astuta sonrisa.

-    Te gusta este sitio Riki? Pues ahora que lo dices, si que tengo una idea.