El Dr Dorne miraba al techo tumbado sobre una de las camillas. A su lado yacían los cuerpos vacíos de Maria Cruz y Mike Callahan. A sus pies y sobre una mesa había colocado al perro. Llevaba un rato dándole vueltas, sabía que el can era la última pieza del rompecabezas. Había repasado todas las enfermedades que el animal le podía haber transmitido a Mike pero los resultados fueron negativos.
De repente una pareja con ganas de fiesta entró en la sala, creían que no había nadie. A los dos jóvenes se le cambiaron la cara y les bajó el lívido al ver al doctor.
- ¡Maldita sea!, ¡iros a fornicar a otra parte!- Gritaba mientras le lanzaba a los recién entrados una bandeja con varios vasos de muestra. A Dorne le molestaba enormemente la simplicidad por la que se regía el ser humano.
Y como si alguien hubiera encendido la luz... - ¡Claro!, ¡es más simple que todo eso!-. Sonriendo, Dorne se incorporó y de un salto se bajó de la camilla.
...
Amanecía un nuevo año en la ciudad. El comisario Walters era un hombre mayor, en torno a los cincuenta y pocos años. Era policía experimentado en este trabajo, había vivido muchos fines de años ocupado, con muchos casos cerrados a sus espaldas y muchos sucesos que acontecían esa noche. Pero sin duda, el caso de esa madrugada había entrado en su top 5 de los hechos mas raros en todos sus años de carrera.
Con su décima taza de café aún humeante revisaba escrupulosamente el informe que desde el deposito le había hecho llegar el Dr Dorne. Le dio un sorbo a la taza y continuó escribiendo su informe.
“María Cruz Lopez fue encontrada muerta en su casa sin síntomas externos en su cuerpo que pudiesen indicar que su muerte había sido violenta. Según el reporte del forense la causa del fallecimiento fue una muerte súbita tras sufrir un fuerte ataque de estrés. Todo hace indicar que la causa se debió a la noticia que recibió del fallecimiento de sus padres y de su per…”
John, le dio sorbo a la taza del café y decidió borrar las últimas cuatro palabras.
“Mike Callahan fue encontrado en su coche a unas manzanas del hospital donde habían perecido los padres de Maria Cruz Lopez. Según unos enfermeros de urgencia un hombre llegó al hospital en un coche de la misma marca y modelo del de Sr Callahan, tiró al señor y señora Cruz al suelo y salió huyendo en ese mismo coche…”
-Loco-, dejó escapar Walters de sus labios. Se levantó con la taza de café en la mano. Dio media vuelta y miró a través de la ventana del cuarto piso de la comisaría la calle nevada. Jóvenes y lo que no lo eran tanto volvían a su casa, o continuaban la fiesta que habían empezado ya hacía tantas horas.
-Esta ciudad, estas fechas, los vuelve a todos locos-.
Levantó levemente los hombros resignado y volvió a sentarse delante del ordenador.
“... El Sr Callahan se encontraba ya muerto cuando llegaron las ambulancias. La causa de la muerte no eran sus visibles heridas en las manos, ni su alto estado de embriaguez antes de su muerte, según rezaba el informe toxicológico, al menos no solo por eso. De acuerdo a la opinión del Dr Dorne la causa de la muerte fue un falló sistémico total debido a una reacción alérgica grave por inhalación de pelo de animal unido a las bajas defensas de la víctima por la pérdida de sangre y consumo de alcohol.
Las razones por la que el Mike Callahan atacó a los padres de la señorita Maria Cruz Lopez son desconocidas aunque probablemente fuera por accidente debido al estado de embriaguez que se encontraba."
El comisario Walters hizo una pausa, reclinándose sobre su asiento, le dio el último sorbo al café y envió el informe.
-Otro caso cerrado, feliz año nuevo-.Y apagó el ordenador
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lunes, 11 de mayo de 2015
jueves, 31 de julio de 2014
Socios a la fuerza – Blink – Conclusión
- Su nombre era Joan March…-Seya mantenía la mano bien alta. Estaba lista para regalar a Ricky el tortazo de su vida. Su parte femenina le pedía que terminara el golpe pero su parte masculina le pedía usar mejor el puntapié. Lástima que el glorioso debate que transcurría en su cabeza se interrumpiera por una risita. Y luego otra. Y luego otra.
Todos los tripulantes de la “Milagros” conocían las hazañas de Joan March. Pero que el Gran Maestro del crimen, la Estafa Encarnada o el Gran Contrabandista, como le llamarían algunos, se dirigiera a ellos con un mensaje abrió la lata de la risa floja.
- Je, je… Oh vamos Makro – medio farfullaba Balboa – nos estas gastando una bromita ¿Es eso verdad? ¡Joan March, ni más ni menos! –
Riki salió de la zona de impacto como pudo y se puso cuidadosamente en pie. Sus manos y su boca se movían y, aunque ponía mucha energía en sus gestos, no decía nada de nada. Nino no paraba de sonreír. Estaba extasiado recordando sus momentos de “actor” de cine mudo…
- Si no me creéis,- dijo Makro – dejad que os lo muestre.
El pequeño ser se acercó a la consola de la “Milagros”. Muy solemnemente acarició con su palma de la mano la parpadeante luz que tantos problemas había traído. Una voz muy severa, muy grave y muy mal grabada se apoderó del aire de la nave; y de los sistemas de evacuación de algún que otro tripulante.
“Si el capitán hace libre a su barco con delirios de distancia… ¿Por qué perece éste mientras su nave inmortal sigue su rumbo? Porque la nave es el instrumento… y si muere el capitán, muerta será también el alma que dio rumbo a su nave…. Y tras la muerte… solo se dejan los huesos… para que la carroña se alimente…”
“… ¿tengo razón?”
Todo el que no se había meado encima buscaba darle algún sentido al mensaje. Makro levantaba la mano que dio inicio al mensaje de forma solemne al ritmo que sus ojos y sus labios se agitaban nerviosamente. Había entrado en trance y estaba “hablando” con alguien que hacía mucho tiempo que nadie había visto. La expectación era máxima.
- Joan March tiene algo oculto en esta nave. – anunció a la tripulación - Y tú se lo has robado. - La mano acusadora de Makro apuntaba a Seya.
- Que… ¿Yo? ¿Robar? – Era algo en efecto difícil de creer, incluso en una nave como la Milagros: Seya se estaba asustando. -
- Seya, si tienes algún crimen oculto este es un buen momento para confesarlo… - dijo Balboa. –
- Esta mujer ha robado un objeto valiosísimo. – espetaba Makro – algo que sólo un gran capitán sabrá valorar.
- ¡Un mapa! – gritó el Gordo Cobb –
- ¡Si! El mapa para encontrar la herencia de Joan March. – El asombro y la fascinación por la nueva revelación salió escupido una forma en la que solo el Gordo Cobb sabía expresar.
- ¡Serás guarra! -
- Eh! ¡Un respeto a mi tripulación! – clamó Balboa - Incluso a la que pueda estar a punto de saltar por la borda. A ver Seya. ¿Dónde está mi mapa?
- El amuleto con coordenadas. – Makro parecía un duendecillo encantado – Lo sacaste del corazón de esta nave... y te lo quedaste. – El miedo de Seya fue “in crescento”.
- Yo… yo… pero si no lo tengo.
- ¿Cómo que no lo tienes Seya?
- Yo… lo vendí…
Todo el mundo entendió lo que decía Seya pero nadie quiso oírlo. Especialmente el capitán Balboa. Ricky no dijo ni una palabra. Aunque eso sí, seguía gesticulando como para golpearse la cabeza, como intentando decir algo.
- A ver si lo entiendo Seya. Me estás diciendo que el puto Joan March me ofrece su fortuna… ¿!y tú has perdido el mapa!?
- Unas coordenadas ocultas en el metal de esta nave. – recordó Makro como poseído por un demonio.
- ¡Pero Capitán! ¡Necesitábamos el dinero! Lo vendí en Valsan a un traficante llamado Jo. Era una chapita de nada con unos números. Brillaba un poco y pensé… ¡Ay capitán! como iba yo a saber…
- ¡Un momento! ¿Has dicho Jo? ¿A ese ratero hijo de perra? ¿Jo el rata, Jo el mierda, Jo el sífilis? ¿Hablas de ese Jo? – El esperanzador aliento del Gordo Cobb nunca había sabido tan bien.
- ¿Conoces a ese tío? - Preguntó Nino.
- ¡Claro! Pero no nos será muy útil. Ese pedazo de carroña tiene los días contados. Le debía dinero a una de las putas de Jijrion… y deber dinero es algo muy malo en Valsan.
- Pero si Jijrion se lo ha cargado ¿sabrás donde lo habrán enterrado no?
- Juas! ¿Enterrarlo? Y también querrás que le lleve flores. No, maldita sea. Pero quizás Lusi la Mimosa sepa algo. Esa es de las que dicen que sí a cambio de cualquier cosa.
La discusión seguía su rumbo y cada uno intentaba aportar su granito de arena. Todos menos Ricky, que se había quitado el cinturón y lo agitaba de forma brusca y obscena.
- ¿Y qué demonios le pasa a este? – Pregunto Cobb
- Yo lo arreglo. – Nino se acerco y con la palma de la mano abierta soltó un sopapo a la espalda de Ricky que desangeló todo el aire y la tensión que llevaba acumulado.
- YO TENGO EL MAPAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!
El grito fue tan brusco que hasta el duendecillo Makro salió de su trance. Mientras la mandíbula de Ricky volvía a su sitio su dedo señalaba el cinturón que sostenía con la otra mano.
- Conoci a Lusi la gorda el dia que desembarcamos en Valsan y le hice tantas guarradas que me quiso regalar algo y a mi me gustaron tanto las guarradas que me hacia que me lo puse en el cinturon de recuerdo cerca de mi…
- ¡Suficiente para mí! – Con unos reflejos que sólo el dinero puede dar a alguien de su tamaño el gordo Cobb arrancó de un tirón la chapa del cinturón de la mano de Ricky, dio un salto hacia atrás y desenvainó un cuchillo.
- Eh ¡eso es de mi cocina! – recriminó Nino.
El Gordo Cobb examinó la chapa mientras retrocedía lentamente. Tras examinarla medio segundo más se dio por satisfecho y se alejó unos pasos sosteniendo el cuchillo en forma amenazante.
- Si sois unos chicos listos no os acercareis.
- A ver como digo esto. – Balboa desenfundó su pistola y apuntó directamente a las partes nobles de Gordo Cobb - ¿A que no tienes cojones?
- ¡Jajaja! Vamos Balboa, ¡eso sin balas eso no sirve!
- ¿Cómo que sin balas? ¿Es que no le tienes aprecio a tus… cositas?
- Mucho. Pero tu amigo me contó que vendisteis toda la munición en El Pantano. – Balboa se giró hacia su Ricky de forma recriminante.
- Ricky, ¿cómo se te ocurre?
- ¡Silencio! Tengo detrás de mí una cápsula de escape y vosotros no. Tengo el mapa y vosotros no. Y lo que es mejor, tengo un arma y vosotros no. A ver, esta pregunta va para Míster Elocuente ¿Por qué no debería ir a por la herencia de Joan March? -
- Porque… eh… – Balboa tragó saliva –porque si te vas nos vas a maldecir a todos.
- Ja Ja Ja – reía el Gordo Cobb mientras se deslizaba como un inmenso jabalí hasta la trampilla de la entrada de la cápsula de escape - ¡Adiós tontainas!
Gordo Cobb selló la entrada, introdujo las coordenadas de la hebilla en la computadora y el modulo espacial salió disparado dejando a la “Milagros”, a su capitán y a sus tripulantes abandonada en aquella cueva.
- Se… se… - de la emoción Seya no conseguía terminar la frase. –
- Se ha ido. – dijo el capitán Balboa, dejando escapar una leve sonrisa –
- Jajaja! – Nino se empezó a descojonar. Su hermano no tardó en seguirle la carcajada.
- Jajaja. ¡Se ha ido! ¡El muy imbécil se lo ha creído! Nino eres un actor estupendo.
- ¿Yo? ¿Y qué me dices de Seya? ¡O del Capitán! De verdad que ha sido increíble.
- Muy buen trabajo chicos. Y Seya también. Pero aquí la estrella ha sido nuestro pequeño Makro. Por un momento hasta yo me he creído que hablaba con la nave. Con el graaaaaaan Joan March ¡Jajaja!
- Capitán aun no me creo que hayamos engañado al Gordo Cobb con un simple contestador automático. Para cuando se dé cuenta que se ha llevado una chapa grabada por mi hermano se va a coger un cabreo muy gordo.
- Jajaja. Ya lo creo que sí. Por cierto Makro. ¿Sabes por llaman a ese bastardo el Gordo Cobb, verdad? Pues porque es el mayor glotón de la galaxia. Entre sus cosas en la bodega hay centenares de pasteles. Tal y como acordamos puedes coger una caja grande y llevártela. ¿Y no olvides compartirla con tus amigos eh?-
Makro parecía excitado con la noticia. En efecto la bodega estaba repleta de cosas de Cobb. Un enorme, bien ordenado y dulce tesoro. Makro cogió una caja bien grande y con la boca llena de caramelos se fue de la “Milagros” bailando como un niño feliz.
- Qué suerte aterrizar en un planeta donde sus habitantes son adictos al azúcar, ¿eh Seya? Vamos a sacar una buena tajada por esos dulces.
- Lo malo de todo esto es que la próxima vez que veamos a Gordo Cobb no será tan divertido.
- Oh. Seguro que si – dijo el capitán con la seguridad de alguien a quien le acaba de salir un plan perfecto. Seya se sintió reconfortada.
- Por cierto capitán, ¿te acuerdas del cubo que lanzamos al espacio? El otro día me acorde de él. A pesar de haberlo lanzado a un sitio tan grande ¿No crees que haya alguna posibilidad de que alguien lo encuentre?
- ¿Posibilidades? Hum… - dudaba el capitán Balboa. - Eso mejor pregúntaselo a un matemático.
Y la nave "Milagros" inició un nuevo rumbo en busca de más emociones, dinero y aventuras. Pero sobre todo de dinero.
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viernes, 25 de abril de 2014
La Leyenda de Kwon Ji - Conclusión
Bien conocía Kwon Ji las viejas tradiciones. Aquellas que le habían sido inculcadas cuando su destino aun parecía encauzado a la grandeza: el orden celestial, que asignaba a cada ser un lugar en la estructura de la vida. Igual que las plantas eran pasto de insectos, los insectos de los sapos y los sapos de las zariguellas; así debía ser el orden entre esclavos, súbditos, comerciantes y señores. Y por encima de todos ellos, al igual que los grandes espíritus estaban por encima de todas las cosas, lo estaba la familia real.
“Algún día, hijo mío… todo este reino será tuyo.”
Paseando por los campos, Kwon Ji recordaba las palabras de su padre. Con la fortuna robada al mar, sus negocios se habían extendido por todo el reino como la hiedra que cubre los muros de un palacio: cubriéndolos de arriba abajo… pero incapaz de penetrar sus inexpugnables muros. Porque, aunque sus riquezas podían rivalizar con las del propio rey usurpador, Kwon Ji bien sabía que todo el oro del reino no bastaba como para permitirle a un comerciante poner los pies en suelo real.
Llegó pues el festival de la primavera. Y con él, la noticia que recorrió de las gélidas praderas del norte a las cálidas playas del sur. Los mensajeros reales clavaron carteles en toda aldea, pueblo o ciudad del país. No hubo hombre, mujer o niño que no hablase con emoción del torneo de la Flor Dorada.
La tradición se remontaba varios siglos atrás, cuando otro rey se vio con una única hija como sucesora. Para encontrar un esposo digno, se convocó un torneo de artes marciales al que acudieron luchadores de todo el reino. En aquella primera ocasión, según los textos que se conservaban de aquella época ignota, habían llegado a competir cientos de luchadores dispuestos a morir sobre la arena con tal de aspirar a la mano de la hija del rey.
Y aunque en esta ocasión los aspirantes no superaron la veintena, Kwon Ji tropezó con una dolorosa realidad. Sus manos eran las de un cultivador de arroz. Su mente era la de un comerciante. No había nada de guerrero en él. Y aunque su fortuna podía pagar las lecciones de los mejores maestros de lucha, el implacable tiempo no iba a darle la oportunidad de aprender ni las más básicas nociones. Necesitaría meses o años para llegar a ser un rival digno sobre la arena del torneo y Kwon Ji apenas si contaba con pocas semanas antes del comienzo del festival.
“Algún día, hijo mío… serás un gran rey.”
Eran las promesas vacías de su padre fuente de largas noches en vela. Pero en aquella ocasión fueron las voces procedentes del exterior de su enorme casa, las que despertaron a Kwon Ji. Se encontraba por aquel entonces en una región muy alejada de la capital. Acompañado de sus criados, el rico comerciante salió a la calle donde un grupo de soldados llevaban enjaulado a un coloso de casi tres metros de alto. Sus ropas eran de cuero curtido a mano y sus ojos dejaban ver la ausencia casi total de inteligencia. Poco menos que un animal salvaje: probablemente uno de tantos bandidos que malvivían ocultos en las zonas altas de montaña.
Una perturbadora idea comenzó a fraguarse en la mente de Kwon Ji. No le resultó ni difícil ni caro comprar el silencio de los guardias que lo custodiaban en los calabozos donde el gigante aguardaba su castigo fatal. Allí, Kwon Ji le ofreció una posibilidad de ser libre. Hubo promesas de riqueza y poder, si… pero al gigante parecía bastarle la posibilidad de escapar de la horca y seguir aplastando a sus enemigos bajos sus grandes y poderosas manos.
El titán jamás llegaría a ser ahorcado al amanecer. Y en el camino de regreso a la capital, Kwon Ji elaboró un eficaz disfraz con el que ocultar la identidad del brutal luchador. Así, cuando fue presentado ante los miles de asistentes al torneo de la Flor Dorada, nadie pudo ver el rostro de aquel que se ocultaba bajo aquella máscara de diablo rojo. Pero del primero entre los nobles hasta el último mendigo que allí se había reunido enmudecieron cuando el bruto colosal acabó con su último adversario… tal y como había hecho con todos los anteriores. Fue entonces cuando pronunció torpemente su nombre.
“Kwon Ji”. Para la inmensa mayoría de los presentes aquel nombre fue tan poco revelador como podía serlo esa tosca y anónima máscara que cubría su rostro. Lo repitió una vez, dos, tres… mientras el auténtico Kwon Ji contemplaba el espectáculo, oculto entre la multitud, disfrutando de la mirada de temor que, pese a la distancia, pudo ver en los ojos del rey usurpador. El pánico se adueñó del corazón de aquel que aun recordaba el nombre del justo heredero. Era el mismo nombre que él mismo había ordenado borrar de todo grabado, texto y legajo del reino. Y, olvidando lo sagrado de las leyes que regían el torneo, el usurpador dio orden a su guardia personal de prender allí mismo al colosal guerrero.
El bruto murió bajo el peso letal de más de cien saetas disparadas por los arqueros reales. Los que presenciaron su muerte, sobre la rojiza arena, no pudieron olvidar la interminable angustia que sufrió. Como tampoco olvidaron su nombre. “Kwon Ji”. El torneo quedó aplazado para el mes siguiente pero lo cierto es que jamás llegaría a convocarse de nuevo: apenas dos semanas necesitó el auténtico Kwon Ji para, empleando toda su riqueza e influencia, convertir la muerte de aquel heroico y brutal luchador en un mártir cuya deshonrosa ejecución sería capaz de iniciar una revuelta.
El mismo día que tendría que haberse convocado de nuevo el torneo, las largo tiempo descontentas legiones de vasallos y siervos tomaron al asalto el palacio real. Sería faltar a la verdad decir que fueron las manos de Kwon Ji las que dieron muerte al cruel usurpador. Nadie sabe a ciencia cierta quien seccionó el cuello del rey o quien arrancó sus ojos de las órbitas. Mientras las columnas de humo se fundían con la noche y las llamas iluminaban la ladera de la montaña, el ahora rico comerciante apuraba su té dentro de su palanquín, apenas a unos metros de las puertas del lugar y escoltado por sus guardaespaldas. Contempló impasible el saqueo y, una vez hubo concluido, decidió recorrer a solas los pasillos del palacio. El eco de la revuelta se perdía en el horizonte, al igual que los recuerdos de su infancia regresaban a su cabeza. En su caminar, Kwon Ji giró la vista a uno de los telares que cubrían las paredes, contemplando los pies desnudos que se escondían tras él. Descorrer el telar dejó al descubierto a la bella heredera del usurpador, cubierta por magulladuras, lágrimas y sangre. Sus temblorosas manos empuñaban un puñal.
“Algún día, hijo mío… tú también conocerás el amor.”
La hoja se hundió en el pecho de Kwon Ji al igual que su mirada lo hizo en los ojos iracundos de la hermosa princesa. Las pisadas de ella se alejaron mientras la vida abandonaba el cuerpo del rico comerciante, el cultivador de arroz y el niño a quien jamás prepararon para luchar. Pero lo cierto es que nadie hubiera inmortalizado una leyenda en honor a alguien así. Y si lo hicieron, sin embargo, para aquel heredero perdido que osó participar en el torneo de la Flor Dorada para recuperar su reino. “La leyenda de Kwon Ji”, la llamaron. No debe resultaros extraño pues las leyendas no son más veraces que las promesas hechas por un padre a su hijo: tan auténticas como la esperanza que las nutren… y tan falsas como los sueños que despiertan.
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