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jueves, 31 de julio de 2014

Socios a la fuerza – Blink – Conclusión

-    Su nombre era Joan March…-

Seya mantenía la mano bien alta. Estaba lista para regalar a Ricky el tortazo de su vida. Su parte femenina le pedía que terminara el golpe pero su parte masculina le pedía usar mejor el puntapié. Lástima que el glorioso debate que transcurría en su cabeza se interrumpiera por una risita. Y luego otra. Y luego otra.

Todos los tripulantes de la “Milagros” conocían las hazañas de Joan March. Pero que el Gran Maestro del crimen, la Estafa Encarnada o el Gran Contrabandista, como le llamarían algunos, se dirigiera a ellos con un mensaje abrió la lata de la risa floja.

-    Je, je… Oh vamos Makro – medio farfullaba Balboa – nos estas gastando una bromita ¿Es eso verdad? ¡Joan March, ni más ni menos! –

Riki salió de la zona de impacto como pudo y se puso cuidadosamente en pie. Sus manos y su boca se movían y, aunque ponía mucha energía en sus gestos, no decía nada de nada. Nino no paraba de sonreír. Estaba extasiado recordando sus momentos de “actor” de cine mudo…

-    Si no me creéis,- dijo Makro – dejad que os lo muestre.

El pequeño ser se acercó a la consola de la “Milagros”. Muy solemnemente acarició con su palma de la mano la parpadeante luz que tantos problemas había traído. Una voz muy severa, muy grave y muy mal grabada se apoderó del aire de la nave; y de los sistemas de evacuación de algún que otro tripulante.

“Si el capitán hace libre a su barco con delirios de distancia…  ¿Por qué perece éste mientras su nave inmortal sigue su rumbo? Porque la nave es el instrumento… y si muere el capitán, muerta será también  el alma que dio rumbo a su nave…. Y tras la muerte… solo se dejan los huesos… para que la carroña se alimente…”

“… ¿tengo razón?”

Todo el que no se había meado encima buscaba darle algún sentido al mensaje. Makro levantaba la mano que dio inicio al mensaje de forma solemne al ritmo que sus ojos y sus labios se agitaban nerviosamente. Había entrado en trance y estaba “hablando” con alguien que hacía mucho tiempo que nadie había visto. La expectación era máxima.

-    Joan March tiene algo oculto en esta nave. –  anunció a la tripulación - Y tú se lo has robado. - La mano acusadora de Makro apuntaba a Seya.
-    Que… ¿Yo? ¿Robar? – Era algo en efecto difícil de creer, incluso en una nave como la Milagros: Seya se estaba asustando. -
-    Seya, si tienes algún crimen oculto este es un buen momento para confesarlo… - dijo Balboa. –
-    Esta mujer ha robado un objeto valiosísimo. – espetaba Makro – algo que sólo un gran capitán sabrá valorar.
-    ¡Un mapa! – gritó el Gordo Cobb –
-    ¡Si! El mapa para encontrar la herencia de Joan March. – El asombro y la fascinación por la nueva revelación salió escupido una forma en la que solo el Gordo Cobb sabía expresar.
-    ¡Serás guarra! -
-     Eh! ¡Un respeto a mi tripulación! – clamó Balboa - Incluso a la que pueda estar a punto de saltar por la borda. A ver Seya. ¿Dónde está mi mapa?
-    El amuleto con coordenadas. – Makro parecía un duendecillo encantado – Lo sacaste del corazón de esta nave... y te lo quedaste. – El miedo de Seya fue “in crescento”.
-    Yo… yo… pero si no lo tengo.
-    ¿Cómo que no lo tienes Seya?
-    Yo… lo vendí…

Todo el mundo entendió lo que decía Seya pero nadie quiso oírlo. Especialmente el capitán Balboa. Ricky no dijo ni una palabra. Aunque eso sí, seguía gesticulando como para golpearse la cabeza, como intentando decir algo.

-    A ver si lo entiendo Seya. Me estás diciendo que el puto Joan March me ofrece su fortuna… ¿!y tú has perdido el mapa!?
-    Unas coordenadas ocultas en el metal de esta nave. – recordó Makro como poseído por un demonio.
-    ¡Pero Capitán! ¡Necesitábamos el dinero! Lo vendí en Valsan a un traficante llamado Jo. Era una chapita de nada con unos números. Brillaba un poco y pensé… ¡Ay capitán! como iba yo a saber…
-    ¡Un momento! ¿Has dicho Jo? ¿A ese ratero hijo de perra?  ¿Jo el rata, Jo el mierda, Jo el sífilis? ¿Hablas de ese Jo? – El esperanzador aliento del Gordo Cobb nunca había sabido tan bien.
-    ¿Conoces a ese tío? - Preguntó Nino.
-    ¡Claro! Pero no nos será muy útil. Ese pedazo de carroña tiene los días contados. Le debía dinero a una de las putas de Jijrion… y deber dinero es algo muy malo en Valsan.
-    Pero si Jijrion se lo ha cargado ¿sabrás donde lo habrán enterrado no?
-    Juas! ¿Enterrarlo? Y también querrás que le lleve flores. No, maldita sea. Pero quizás Lusi la Mimosa sepa algo. Esa es de las que dicen que sí a cambio de cualquier cosa.

La discusión seguía su rumbo y cada uno intentaba aportar su granito de arena. Todos menos Ricky, que se había quitado el cinturón y lo agitaba de forma brusca y obscena.

-    ¿Y qué demonios le pasa a este? – Pregunto Cobb
-    Yo lo arreglo. – Nino se acerco y con la palma de la mano abierta soltó un sopapo a la espalda de Ricky que desangeló todo el aire y la tensión que llevaba acumulado.
-    YO TENGO EL MAPAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!

El grito fue tan brusco que hasta el duendecillo Makro salió de su trance. Mientras la mandíbula de Ricky volvía a su sitio su dedo señalaba el cinturón que sostenía con la otra mano.

-    Conoci a Lusi la gorda el dia que desembarcamos en Valsan y le hice tantas guarradas que me quiso regalar algo y a mi me gustaron tanto las guarradas que me hacia que me lo puse en el cinturon de recuerdo cerca de mi…
-    ¡Suficiente para mí! – Con unos reflejos que sólo el dinero puede dar a alguien de su tamaño el gordo Cobb arrancó de un tirón la chapa del cinturón de la mano de Ricky, dio un salto hacia atrás y desenvainó un cuchillo.
-    Eh ¡eso es de mi cocina! – recriminó Nino.

El Gordo Cobb examinó la chapa mientras retrocedía lentamente. Tras examinarla medio segundo más se dio por satisfecho y se alejó unos pasos sosteniendo el cuchillo en forma amenazante.

-     Si sois unos chicos listos no os acercareis.
-    A ver como digo esto. – Balboa desenfundó su pistola y apuntó directamente a las partes nobles de Gordo Cobb - ¿A que no tienes cojones?
-    ¡Jajaja! Vamos Balboa, ¡eso sin balas eso no sirve!
-    ¿Cómo que sin balas? ¿Es que no le tienes aprecio a tus… cositas?
-    Mucho. Pero tu amigo me contó que vendisteis toda la munición en El Pantano.  – Balboa se giró hacia su Ricky de forma recriminante.
-    Ricky, ¿cómo se te ocurre?
-    ¡Silencio!  Tengo detrás de mí una cápsula de escape y vosotros no. Tengo el mapa y vosotros no. Y lo que es mejor, tengo un arma y vosotros no. A ver, esta pregunta  va para Míster Elocuente ¿Por qué no debería ir a por la herencia de Joan March? -
-    Porque… eh… – Balboa tragó saliva –porque si te vas nos vas a maldecir a todos.
-    Ja Ja Ja – reía el Gordo Cobb mientras se deslizaba como un inmenso jabalí hasta la trampilla de la entrada de la cápsula de escape - ¡Adiós tontainas!

Gordo Cobb selló la entrada, introdujo las coordenadas de la hebilla en la computadora y el modulo espacial salió disparado dejando a la “Milagros”, a su capitán y a sus tripulantes abandonada en aquella cueva.

-    Se… se… - de la emoción Seya no conseguía terminar la frase. –
-    Se ha ido. – dijo el capitán Balboa, dejando escapar una leve sonrisa –
-    Jajaja! – Nino se empezó a descojonar. Su hermano no tardó en seguirle la carcajada.
-    Jajaja. ¡Se ha ido! ¡El muy imbécil se lo ha creído! Nino eres un actor estupendo.
-    ¿Yo? ¿Y qué me dices de Seya? ¡O del Capitán! De verdad que ha sido increíble.
-    Muy buen trabajo chicos. Y Seya también. Pero aquí la estrella ha sido nuestro pequeño Makro. Por un momento hasta yo me he creído que hablaba con la nave. Con el graaaaaaan Joan March ¡Jajaja!
-    Capitán aun no me creo que hayamos engañado al Gordo Cobb con un simple contestador automático. Para cuando se dé cuenta que se ha llevado una chapa grabada por mi hermano se va a coger un cabreo muy gordo.
-    Jajaja. Ya lo creo que sí. Por cierto Makro. ¿Sabes por llaman a ese bastardo el Gordo Cobb, verdad? Pues porque es el mayor glotón de la galaxia. Entre sus cosas en la bodega hay centenares de pasteles. Tal y como acordamos puedes coger una caja grande y llevártela. ¿Y no olvides compartirla con tus amigos eh?-

Makro parecía excitado con la noticia. En efecto la bodega estaba repleta de cosas de Cobb. Un enorme, bien ordenado y dulce tesoro. Makro cogió una caja bien grande y con la boca llena de caramelos se fue de la “Milagros” bailando como un niño feliz.

-    Qué suerte aterrizar en un planeta donde sus habitantes son adictos al azúcar, ¿eh Seya? Vamos a sacar una buena tajada por esos dulces.
-    Lo malo de todo esto es que la próxima vez que veamos a Gordo Cobb no será tan divertido.
-    Oh. Seguro que si – dijo el capitán con la seguridad de alguien a quien le acaba de salir un plan perfecto. Seya se sintió reconfortada.
-    Por cierto capitán, ¿te acuerdas del cubo que lanzamos al espacio? El otro día me acorde de él. A pesar de haberlo lanzado a un sitio tan grande ¿No crees que haya alguna posibilidad de que alguien lo encuentre?
-    ¿Posibilidades? Hum… - dudaba el capitán Balboa. - Eso mejor pregúntaselo a un matemático.

Y la nave "Milagros" inició un nuevo rumbo en busca de más emociones, dinero y aventuras. Pero sobre todo de dinero.

viernes, 14 de junio de 2013

Socios a la Fuerza - Conclusión


Durante miles de años los científicos y matemáticos han desvelado los grandes enigmas del universo. Pero hay otros muchos que hoy en día siguen siendo un auténtico misterio para ellos. Como por qué la materia aparece sólo en planetas determinados; por qué los rifles de impulsos dejan de funcionar cuando atraviesas la atmósfera del planeta Arfac… O por qué ciertos individuos que no comparten sexo, ni raza, ni planeta de origen tienen esas habilidades psíquicas tan especiales.

Pero si hay algo que podía descifrar esos misterios, o al menos eso dicen los sabios, ese algo lo tenía Balboa delante.

Era un cubo no más grande que una pelota de ciberball, con toda clase de grabados en cada una las seis caras.

- ¡Deja de babear, Balboa! ¡Tenemos que sacarlo de aquí!.- Cobb no paraba de dar ordenes a sus hombres mientras se dirigía a Balboa. Tenían que retrasar a los soldados de la tropa espacial.

Pero Balboa seguía observando el “grial” de todo contrabandista.

- Pero, ¿dónde lo encontraste?
- Un arqueólogo del sistema Drakor me dio una pista.- el gordo Cobb disfrutaba del momento. -Debí haberlo matado. Seguro que se lo ha contado todo al gran Canciller.

Balboa conocía bien las leyendas que rezaban sobre este objeto.

- Debemos evitar que caiga en sus manos. ¿Sabes lo que podría hacer con esto?
-Se lo que puedo hacer yo.
-¿La vas a vender?
- Ahh, Balboa. Por eso siempre serás un simple contrabandista del tres al cuarto. ¿Por qué vender la gallina de los huevos de oro cuando puedes hacerte rico vendiendo solo los huevos?

Una explosión acabó con esta breve conversación.
Un  soldado se acercó a Cobb corriendo.

- Señor, los soldados han penetrado nuestras defensas. Han entrado en las instalaciones.
- Retenerlos todo lo que podáis y que salgan los cazas- Cobb se giró a Balboa.-Seguimos con el plan. Mis naves distraerán a los cazas del Canciller mientras escapamos en tu navecilla.
- ¡Esa “navecilla” es tu única oportunidad de escapar de un viaje pagado a la penitenciaria de Lonnar. Así que ten más respeto-. A Balboa le había dolido ese comentario. -¿Y como vamos a salir de aquí si tienen bloqueada la salida?

- Uno no es el dueño de todo un planeta sin tener algunos truquillos en la manga- el gordo Cobb intentó poner una sonrisa de la de “tipo Balboa” pero con la barba, la boca con los dientes picados y los ojos de rata  parecía más bien decir “te voy a comer”. Cobb se dirigió a una pared totalmente desnuda y metálica donde abrió un pequeño panel con varios botones. Pulsando los adecuados, se abrió una puerta al fondo de la sala tras la cual había un túnel.

El Neo-metal resonaba en toda la nave.
- Señoras y caballeros, gordos y cubos espaciales abróchense los cinturones porque esto se va a mover! - Cobb miró a Baboa y éste no puedo esconder la sonrisa.
Pero Seya no les engañaba. Y es que uno de los Acorazados no se había comido el señuelo y perseguía a la pequeña Milagros.

- Dijiste que esta maldita nave era rápida- escupía Cobb a Balboa en el puesto de mando.
- Capitán, como ese gordo asqueroso no deje de insultar a mi nave, juro que me estrello contra el acorazado- para Seya, Cobb se había pasado. Insultar a la Milagros delante de ella…

La situación se complicaba: no conseguían dejar atrás al acorazado. Seya ponía toda su habilidad en esquivar las andanadas lasers que lanzaban. Gracias a ella y a los escudos manejados por Nino todavía no se habían convertido en polvo espacial. Balboa tenía que tomar una decisión. Miró a Riki y este le entendió perfectamente.

Después de haber tumbado a cientos de droides en su época de peleas ilegales no le costó mucho tumbar a uno de los guardias que habían subido con Cobb a la nave y, con su propia arma, apuntar al propio Cobb.

- ¡¿Que te crees que haces Balboa?! ¡Tenemos un trato! – los pequeños ojos de Cobb parecían salirse de sus cuencas.
- Voy a salvarte tu gordo y apestoso culo- Balboa cogió el cubo y salió del puente.
- ¡¿Dónde vas,  maldito gusano?!.- Cobb miraba de reojo a Riky. Éste seguía apuntándole.
 - Por favor. Hazlo. – Riky sonreía – Dame el gustazo de disparart…

En ese momento, el guardia de Cobb se abalanzó sobre Riky que disparó el arma sobre él. Apenas dos segundos que aprovechó Cobb para salir detrás de Balboa.

- ¡Te mataré Balboa! ¡Juro que te mataré!

Cuando Cobb alcanzó a Balboa la puerta de la cápsula de escape se cerraba tras él. Cobb se abalanzó sobre Balboa.

- ¡¿Qué has hecho, maldito?!
- He programado la cápsula para un salto cuántico aleatorio. Así quedará lejos del Canciller.

A través del cristal Cobb vio como la cápsula se desprendía de la Milagros y tras unos segundos de pausa, desaparecía.

- ¡Nooooooo!-. Balboa no puedo esquivar a Cobb que se abalanzó sobré el agarrándole el cuello. Por suerte llegaron Nino y Riky para evitar que Cobb le rompiera el cuello.

Entonces sintieron un golpe seco y todos los sistemas se apagaron. Sabían que era eso. Habían sido atrapados en el rayo tractor del acorazado. No era la primera vez que les pasaba.

Mientras en el puente de mando del gran acorazado “Independencia”, una figura alta y corpulenta miraba a través del gran ventanal como su gran nave de combate engullía a la pequeña Milagros. Sabía que el objeto que había venido a buscar se le había escapado pero dentro de esa nave se encontraba la única oportunidad para no decepcionar a su señor.
Pero esa… Esa ya es otra historia.

viernes, 7 de junio de 2013

Socios a la Fuerza - Tercera Parte

Poco podía hacer la Matemática fundamental para explicar lo que sintieron tanto Balboa como el resto de su tripulación al verse cubiertos bajo la sombra de aquella aterradora masa de metal. Sus estómagos se encogieron de repente – incluso el artificial que llevaba el propio Balboa – y un sudor frío recorrió la frente incluso de Gordo Cobb. La mirada inquieta en aquellos pequeños ojos de rata mostraron a Balboa la oportunidad que andaba buscando. 

- ¡Estamos jodidos, Cobb! – gritó Balboa bajo el atronador sonido de las turbinas - ¡Los dos sabemos que ni tu ni yo le gustamos a la Tropa Espacial!
- ¡Habla por ti, Balboa! – aquella masa de grasas y asquerosa sonrisa trataba de ocultar su miedo - ¡No soy yo al que buscan en todo Radio Central y tres cuartas partes del Diámetro Exterior! Quien sabe… ¡Lo mismo hasta me dan una jodida recompensa por tu trasero!

Y siguiendo la orden velada de su celulítico líder, los matones de Cobb alzaron de nuevo los cañones de sus rifles de impulsos, emitiendo su característico zumbido de recarga de energía. El capitán Balboa miró desesperado a su alrededor. La recompensa que el Gran Canciller había puesto por sus cabezas era “vivo o muerto”. Tendrían apenas treinta minutos antes que el primero de los acorazados tomase tierra en Valsan. Pero sólo unos segundos para escapar de Cobb y los suyos. 

- Unos segundos es más de lo que necesito, Capitán.

La maldición silenciosa que la mente de Balboa había comenzando a esbozar se vio interrumpida por el resonar en su cabeza de la voz de Seya. Instintivamente, Balboa se giró encarándose a ella. Esperaba que aun llevase el visor y el casco de piloto que jamás se ponía a la hora de estar a los mandos de la Milagros… y que paradójicamente siempre llevaba puesto cuando pisaban tierra firme. Seya solía decir que “hay más peligros a ras del suelo que sobre él” pero lo cierto es que el casco y el visor eran lo único que impedía a los demás ver el destello azulado que emitían sus globos cuando sus capacidades psíquicas se activaban. 

Y activadas como estaban, cuando Balboa se dio la vuelta ya no se encontraba en aquel túnel. Las estructuras de hierro ennegrecido y el suelo de polvo anaranjado se vieron sustituidos por paredes de delicado cristal reflectante, sobre los que se proyectaban filigranas y caprichosas formas que se antojaban escenas de delicado arte erótico. Cortinas de seda sintética y una suave alfombra carmesí rodeaban una enorme cama con forma de corazón, coronando el centro de la estancia. Balboa reconoció de inmediato la suite nupcial “Delicatessen”. 

Un súbito puñetazo cruzó la cara de Balboa cuando sus ojos se posaron en Seya. Ésta lucía el mismo aspecto andrógino de siempre… aunque el salto de cama no dejaba nada a la imaginación, pudiendo verse con total claridad hasta el último de los tatuajes rituales que decoraban su piel. 

- ¡Au! – Balboa se recompuso y se incorporó. - ¿Qué demonios…?
- Recuérdame, capitán, que te aseste una buena patada no-telepática en sus insignes pelotas cuando salgamos de aquí… - Seya se sentía sucia embutida en aquella prenda prostibularia – No quiero ni pensar quien es la pobre desgraciada a la que rompiste el corazón en este…
- Gordo Cobb está a punto de vendernos al Gran Canciller, Seya. – Balboa se notó súbitamente incómoda al notar que llevaba su viejo uniforme militar, el que tantas veces lució antes de “La Gran Caída”. - ¿En serio crees que es el mejor momento para tener una charla telepática?

En ese momento, Balboa miró la cama. Volvió a mirar a Seya. Y esbozó esa sonrisa que le había valido el apodo de “Sonrisas” Balboa en más de media docena de planetas. 

- Aunque si lo que quieres es un último revolcón telepático secreto… - sus manos apenas llegaron a acariciar los hombros de la chica cuando el puntapié de ella se estrelló contra sus gónadas. 
- Ésto es para que te quede claro que sigo cabreada por lo que pasó en Phelphegor – Seya dejó que Balboa recuperase el aliento antes de soltarle la bomba. – Pero no es eso por lo que estoy arriesgando mi vida…

Balboa alzó la vista, aun dolorido, cuando vio que la imagen telepática de Seya había comenzado a sangrar por la nariz. Como tantas otras cosas del Oscuro y Extenso Espacio, las Matemáticas no habían podido explicar aún por qué ciertas personas como Seya eran capaces de hacer lo que hacían. Lo que sí había podido deducir la ciencia era que no era algo gratuito. Cada vez que las empleaban, sus vidas se veían acortadas. A veces en minutos, a veces en horas… y otras, en días o semanas. Ver la sangre hizo que Balboa volviese a ser consciente del problema en el que andaban metidos.

- Mientras hacías tu duelo de miraditas con ese cerdo de Cobb, aproveché para entrar en su mollera… - Seya se dejo caer tendida sobre la enorme y sedosa cama en forma de corazón – Y sé por qué está tan asustado de ver llegar a la Tropa Espacial.

- ¡Eh!

La voz de Cobb y el sonido de uno de los rifles contusionadotes hizo que Balboa regresara al mundo real a tiempo de ver cómo Riki volaba por los aires, estampándose contra una vieja plancha de metal. El fortachón había encajado golpes peores cuando luchaba en la Liga Ilegal de Droidepeleas así que Balboa no tenía por qué preocuparse. Pero fuese como fuese, nadie trataba así a su tripulación. Nadie que no fuese él, claro.

- ¿¡A qué coño crees que estas jugando, Cobb!? – espetó Balboa con un súbito enfado que hizo que los matones del seboso señor del crimen frenasen sus gatillos. El veterano capitán caminó hasta colocarse a pocos centímetros de Cobb. Sentir su asqueroso aliento era un pequeño precio a pagar si conseguía convencerlo de tener todas las cartas.

- No estás en posición de ser tan gallito, Balboa… - a esa distancia ya no tenía que gritar para dejarse oír bajo el clamor de las turbinas. – En cuanto te ponga en manos de la Tropa Espacial, se largarán de mi planeta…
- ¿… antes de que sepan lo que escondes bajo la planta sintetizadora de Clorofila número tres? 

Cobb dejó sus gordos labios entre abiertos en gesto de sorpresa. Balboa sintió esa punzada que notaba siempre que el plan comenzaba a funcionar. Durante unos segundos sólo se escuchó el atronador rugir del acorazado estelar.

- ¿Has contado cuantos acorazados hay ahí arriba, Cobb? Vamos… Alguien con tanta experiencia como tú en los negocios debería reconocer una inspección planetaria cuando sufre una. – el silencio de Cobb era música para las oídos de Balboa – ¿Qué crees que te harán cuando lo descubran?
- No… No tienes prue…
- La única forma que tienes de librarte del marrón, Cobb… - Balboa lo interrumpió: sabía que a gente como Cobb no había que darles tiempo a replicar – … es sacándolo del planeta cuanto antes. Pero viendo las chatarras de impulso corto que tienes en los hangares, ninguno de tus pilotos llegaría muy lejos. Para dar esquinazo a la Tropa Espacial… - Balboa sonrió - … necesitarias “un milagro”.

Desde allí arriba podía verse la zona del astropuerto donde reposaba la inestimable amiga metálica de Balboa y su gente. La “Milagros” era hermosa en su desvencijada apariencia. Un recuerdo de cuando las naves se construían con algo más que metal y remaches. 

- ¿Qué… es lo que quieres?
- Materia suficiente como para llegar al siguiente cuadrante. Y los créditos que me prometiste.

Bajo la mordaza, Nino emitió unos lastimosos sonidos que recordaron a su capitán que había que incluir nuevas cláusulas al trato.

- Y lo quiero a él de vuelta. – Balboa regaló una sonrisa insolente a Cobb – No sabes lo difícil que es encontrar un cocinero decente ahí afuera.

Durante lo que pareció una eternidad, Cobb rumió las palabras del capitán Balboa. Sus ojillos pasaban de él al resto de su tripulación. Y de ellos, al cielo: a la enorme y amenazante máquina de guerra cuya sombra cubría todo el asentamiento que Cobb había levantado con sus propias manos. 
- Maldita sea tu alma, Balboa… - maldijo el gordo al tiempo que tendía su mullido bracito cubierto de cicatrices – Trato hecho.
- Trato hecho… "socio".
- Cierra la puta boca y sígueme…

Balboa vio como Cobb se retiraba junto a sus hombres. Al notar a Seya a su lado, Balboa susurró:

- Ya está hecho… y ahora, ¿dime qué es eso que vamos a tener que transportar?
- No tengo la menor idea, capitán. Pero si nos permite salir de ésta, supongo que vale la pena el riesgo, ¿no?

Mientras un aturdido Riki ayudaba a su hermano a incorporarse y liberarse de las esposas, Balboa sintió un escalofrío: Cobb había aceptado el trato con rapidez. Demasiada rapidez. ¿Qué demonios era eso que guardaba aquel seboso hijo de perra que había movilizado a toda la Tropa Espacial del cuadrante? 

viernes, 31 de mayo de 2013

Socios a la Fuerza - Segunda Parte

No son sólo los grandes estudiosos de las matemáticas los que aseguran que visto un planeta periférico vistos todos. Lo cierto es que cualquiera que haya viajado fuera del Radio Central, puede certificar que planetas como Valsan hay a miles. A cual más complicado de distinguir del anterior.

Terraformaciones nunca completadas, al no encontrarse más que trazas de Materia en ellos. Gigantescas maquinas mineras oxidándose desde hace décadas. Espaciopuertos con capacidad para varias docenas de Acorazados convertidos ahora en un laberinto de tenderetes a modo de zocos. Raquíticas ciudades hechas de acero y adobe. Escaso, por no decir inexistente, suministro con el resto de la Federación. Y abandono. Sobre todo abandono y olvido.

En lo único que se distingue un mundo periférico de otro es en su dirigente. No hablamos de los testimoniales cargos federales exiliados a modo de castigo administrativo. Hablamos del cacique que realmente gobierna estos mundos desde las sombras.

Estas colonias, ignoradas incluso por la Tropa Espacial, se convierten tras unos años de desgobierno en refugios para contrabandistas, saqueadores, gente de mal vivir. Mudos donde las guerras entre bandas, las luchas de poder y las matanzas son comunes hasta que se erige sobre el resto un Señor del Crimen. El más fuerte, el más poderoso, el más cruel.

Como bien sabe el capitán Balboa, el de Valsan no es otro que el Gordo Cobb. Nadie en su sano juicio se le ocurriría jugar con él, estafarle. Nadie excepto a un capitán desesperado.

Para sacar a la Milagros del planeta necesitaban dinero. Y todo el dinero de una manera u otra pasaba por las regordetas manos de Gordo Cobb ¿Qué mejor manera para conseguirlo que saltarse los intermediarios y sacar el dinero directamente de Cobb?

Una auténtica locura. Algo que nadie se atrevería hacer y por lo tanto, algo que nadie esperaría que sucediera. Pero aunque parezca increíble, el plan original de Balboa tuvo sus detractores

-    Balboa, sabes que te respeto como capitán – La voz de Seya era tranquila, aunque ella estaba claramente alterada – Pero vuelve a sugerirlo, aunque sea en broma, y esparzo tus sesos por la cubierta

Tras la negativa de Seya, Balboa hizo un pequeño ajuste en el plan introduciendo en él a Nino. Segun su propia opinión, con el cambio, el plan incluso mejoraba

-    Nino, sabes que apenas nos queda Materia para despegar – La nave era demasiado pequeña para no saber lo iba a suceder a continuación. Así que el resto de la tripulación, es decir Riki y Seya, hacía como que realizaba tareas rutinarias justo dónde Balboa y Nino hablaban para no perderse detalle - No tenemos dinero, ni armas. Y lo más importante, no queremos pasar el resto de nuestras vidas en este inmundo planeta cultivando Clorofila ¿Verdad hijo mío? – Nino ajeno a lo que estaba a punto de pasar afirmaba a todo con la cabeza -  Tengo un plan, y tu eres la clave.

-    Señor, lo que usted quiera – Cuando no estaba vomitando, Nino era altamente eficaz y eficiente y nunca se negaba a obedecer cualquier orden - ¡Señor!

-    Muy bien Nino. Recuerda lo que acabas de decir dentro de un instante – Balboa preparaba el terreno - Necesitamos que te infiltres en las filas del Gordo.

-    Sí, señor – Nino adoptó una postura aún más erguida de lo normal - Puedo solicitar acceso en la milicia personal de Cobb si es lo que quiere

-    Bueno, Nino, más bien había pensado en otra cosa – Por un instante Balboa titubeo, incluso llegó a pensar en cambiar de plan sobre la marcha. Pero si se lo había dicho a Seya y había sobrevivido, con Nino sería coser y cantar - Sabes cómo es la gente que viene a este planeta. Algunos vienen buscando cosas prohibidas en el Radio Central, drogas, peleas, apuestas... algunos incluso fantasías eróticas – Tras una breve pausa Balboa prosiguió -  Como decírtelo. Mira Nino, vas a ir al burdel de Jijrion. Con tus dotes y tu curriculum estarán encantados de dejarte trabajar allí una temporada. Por si no te reconocen, llévate un par de tus pelis de tus tiempos de gloria.

-    ¡Captian! ¿Va a usar la manguera de Nino para llenar a la Milagros? - Riki no pudo evitar dejar a un lado el hidráulico que hacía como que revisaba para intervenir - ¡Eso no me lo pierdo!

-    ¡No! – El tono seco de Balboa intentaba darle una seriedad de la que carecía la conversación - Sólo pretendo colarme por la puerta de atrás del Gordo Cobb

-    ¡Ja ja ja! – Ahora fue Seya la que interrumpió entre risas - ¡Mejor lo pones!

-    ¡Silencio! – La mirada de Balboa fue fulminante - Cobb tiene un despacho en la planta superior del burdel. Desde allí gestiona y guada información del resto de sus negocios. ¿Porqué justamente allí? Pues porque el burdel fue su primer negocio. En esa época, cuando Cobb no era más que otro mafioso de Jijrion, estuve varias veces en él. No era extraño que me llamara para hacer algún que otro trabajito – Cuando Balboa hablaba del pasado lo hacía de tal manera que todos podían casi revivir lo que contaba – Quería montar un nuevo negocio, un casino. Y para ello necesitaba que le consiguiera material. Ruletas, mesas, dados… pero no cualesquiera. Quería poderlos manipular, trucarlos, estar seguro de que la banca siempre ganaba. Yo se las busqué y les di también los códigos para manejarlas. Y sé que aún los guarda allí.

Es fácil Nino. Llegas al burdel y hablas con el responsable. Esperas tomando una copa a que alguien te mire un par de veces, quizás hasta se trate de un fan de tus pelis. Tras darle un poco de conversación subes con él a una habitación. Una vez allí lo noqueas y te lo quitas de enmedio. Te escabulles hasta el despacho. Entras, buscas los códigos y pasamos una noche divertida en casino. Fácil. Nada puede fallar. Llévate un comunicador para estar en contacto.

Hasta varias horas más tarde no hubo comunicación a través de la radio y cuando tuvo lugar, no fueron buenas noticias

-    Balboa – La voz del otro lado no es desde luego la de Nino - tengo a tu hombre

-    ¿Cobb? – a Balboa le fallaba la voz - ¿Eres tu?

-    ¿A quién esperabas Balboa? – La voz de Cobb a través del transmisor era igual de repelente que en vivo - ¿A Caperucita Roja?

-    Mira Cobb – Balboa necesitaba tiempo para pensar - No sé qué pensarás que ha pasado, pero no hagas nada al chico. Ha sido idea mía, él no tiene nada que ver

-    No me cabe la menor duda Balboa – El gordo Cobb parecía muy enfadado - Recuerdas lo que hice con los billetes. Pues creo que voy a hacer lo mismo contigo, viejo amigo. Nos vemos en la entrada del túnel 23 en una hora

Una hora más tarde Balboa, Riki y Seya estaban junto al ascensor oxidado que daba acceso al túnel 23. Del otro lado apareció un pequeño ejército con Cobb al frente. Y junto a él, Nino, esposado y con la cara amoratada.

Nadie dijo nada. Cobb miraba fijamente a Balboa. Balboa miró un instante a Nino reprochándose su imprudencia y a continuación fijó su vista en el gordo Cobb.

Así mantuvieron un duelo de miradas durante una eternidad, hasta que algo tapó por un instante el despiadado sol de Valsan. Entonces fue cuando Balboa dijo algo, pero el atronador sonido que cruzó la atmosfera en ese momento hizo que nadie oyera pudiera oírle.

No era la primer vez que oían ese ruido. Tanto los de un lado como los del otro miraron hacia arriba con miedo, adivinando lo que estaban a punto de ver. Atravesando la atmosfera se podía distinguir la impresionante figura de un Acorazado de la Tropa Espacial dispuesto a tomar tierra. Y detrás venían más.