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jueves, 31 de julio de 2014

Socios a la fuerza – Blink – Conclusión

-    Su nombre era Joan March…-

Seya mantenía la mano bien alta. Estaba lista para regalar a Ricky el tortazo de su vida. Su parte femenina le pedía que terminara el golpe pero su parte masculina le pedía usar mejor el puntapié. Lástima que el glorioso debate que transcurría en su cabeza se interrumpiera por una risita. Y luego otra. Y luego otra.

Todos los tripulantes de la “Milagros” conocían las hazañas de Joan March. Pero que el Gran Maestro del crimen, la Estafa Encarnada o el Gran Contrabandista, como le llamarían algunos, se dirigiera a ellos con un mensaje abrió la lata de la risa floja.

-    Je, je… Oh vamos Makro – medio farfullaba Balboa – nos estas gastando una bromita ¿Es eso verdad? ¡Joan March, ni más ni menos! –

Riki salió de la zona de impacto como pudo y se puso cuidadosamente en pie. Sus manos y su boca se movían y, aunque ponía mucha energía en sus gestos, no decía nada de nada. Nino no paraba de sonreír. Estaba extasiado recordando sus momentos de “actor” de cine mudo…

-    Si no me creéis,- dijo Makro – dejad que os lo muestre.

El pequeño ser se acercó a la consola de la “Milagros”. Muy solemnemente acarició con su palma de la mano la parpadeante luz que tantos problemas había traído. Una voz muy severa, muy grave y muy mal grabada se apoderó del aire de la nave; y de los sistemas de evacuación de algún que otro tripulante.

“Si el capitán hace libre a su barco con delirios de distancia…  ¿Por qué perece éste mientras su nave inmortal sigue su rumbo? Porque la nave es el instrumento… y si muere el capitán, muerta será también  el alma que dio rumbo a su nave…. Y tras la muerte… solo se dejan los huesos… para que la carroña se alimente…”

“… ¿tengo razón?”

Todo el que no se había meado encima buscaba darle algún sentido al mensaje. Makro levantaba la mano que dio inicio al mensaje de forma solemne al ritmo que sus ojos y sus labios se agitaban nerviosamente. Había entrado en trance y estaba “hablando” con alguien que hacía mucho tiempo que nadie había visto. La expectación era máxima.

-    Joan March tiene algo oculto en esta nave. –  anunció a la tripulación - Y tú se lo has robado. - La mano acusadora de Makro apuntaba a Seya.
-    Que… ¿Yo? ¿Robar? – Era algo en efecto difícil de creer, incluso en una nave como la Milagros: Seya se estaba asustando. -
-    Seya, si tienes algún crimen oculto este es un buen momento para confesarlo… - dijo Balboa. –
-    Esta mujer ha robado un objeto valiosísimo. – espetaba Makro – algo que sólo un gran capitán sabrá valorar.
-    ¡Un mapa! – gritó el Gordo Cobb –
-    ¡Si! El mapa para encontrar la herencia de Joan March. – El asombro y la fascinación por la nueva revelación salió escupido una forma en la que solo el Gordo Cobb sabía expresar.
-    ¡Serás guarra! -
-     Eh! ¡Un respeto a mi tripulación! – clamó Balboa - Incluso a la que pueda estar a punto de saltar por la borda. A ver Seya. ¿Dónde está mi mapa?
-    El amuleto con coordenadas. – Makro parecía un duendecillo encantado – Lo sacaste del corazón de esta nave... y te lo quedaste. – El miedo de Seya fue “in crescento”.
-    Yo… yo… pero si no lo tengo.
-    ¿Cómo que no lo tienes Seya?
-    Yo… lo vendí…

Todo el mundo entendió lo que decía Seya pero nadie quiso oírlo. Especialmente el capitán Balboa. Ricky no dijo ni una palabra. Aunque eso sí, seguía gesticulando como para golpearse la cabeza, como intentando decir algo.

-    A ver si lo entiendo Seya. Me estás diciendo que el puto Joan March me ofrece su fortuna… ¿!y tú has perdido el mapa!?
-    Unas coordenadas ocultas en el metal de esta nave. – recordó Makro como poseído por un demonio.
-    ¡Pero Capitán! ¡Necesitábamos el dinero! Lo vendí en Valsan a un traficante llamado Jo. Era una chapita de nada con unos números. Brillaba un poco y pensé… ¡Ay capitán! como iba yo a saber…
-    ¡Un momento! ¿Has dicho Jo? ¿A ese ratero hijo de perra?  ¿Jo el rata, Jo el mierda, Jo el sífilis? ¿Hablas de ese Jo? – El esperanzador aliento del Gordo Cobb nunca había sabido tan bien.
-    ¿Conoces a ese tío? - Preguntó Nino.
-    ¡Claro! Pero no nos será muy útil. Ese pedazo de carroña tiene los días contados. Le debía dinero a una de las putas de Jijrion… y deber dinero es algo muy malo en Valsan.
-    Pero si Jijrion se lo ha cargado ¿sabrás donde lo habrán enterrado no?
-    Juas! ¿Enterrarlo? Y también querrás que le lleve flores. No, maldita sea. Pero quizás Lusi la Mimosa sepa algo. Esa es de las que dicen que sí a cambio de cualquier cosa.

La discusión seguía su rumbo y cada uno intentaba aportar su granito de arena. Todos menos Ricky, que se había quitado el cinturón y lo agitaba de forma brusca y obscena.

-    ¿Y qué demonios le pasa a este? – Pregunto Cobb
-    Yo lo arreglo. – Nino se acerco y con la palma de la mano abierta soltó un sopapo a la espalda de Ricky que desangeló todo el aire y la tensión que llevaba acumulado.
-    YO TENGO EL MAPAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!

El grito fue tan brusco que hasta el duendecillo Makro salió de su trance. Mientras la mandíbula de Ricky volvía a su sitio su dedo señalaba el cinturón que sostenía con la otra mano.

-    Conoci a Lusi la gorda el dia que desembarcamos en Valsan y le hice tantas guarradas que me quiso regalar algo y a mi me gustaron tanto las guarradas que me hacia que me lo puse en el cinturon de recuerdo cerca de mi…
-    ¡Suficiente para mí! – Con unos reflejos que sólo el dinero puede dar a alguien de su tamaño el gordo Cobb arrancó de un tirón la chapa del cinturón de la mano de Ricky, dio un salto hacia atrás y desenvainó un cuchillo.
-    Eh ¡eso es de mi cocina! – recriminó Nino.

El Gordo Cobb examinó la chapa mientras retrocedía lentamente. Tras examinarla medio segundo más se dio por satisfecho y se alejó unos pasos sosteniendo el cuchillo en forma amenazante.

-     Si sois unos chicos listos no os acercareis.
-    A ver como digo esto. – Balboa desenfundó su pistola y apuntó directamente a las partes nobles de Gordo Cobb - ¿A que no tienes cojones?
-    ¡Jajaja! Vamos Balboa, ¡eso sin balas eso no sirve!
-    ¿Cómo que sin balas? ¿Es que no le tienes aprecio a tus… cositas?
-    Mucho. Pero tu amigo me contó que vendisteis toda la munición en El Pantano.  – Balboa se giró hacia su Ricky de forma recriminante.
-    Ricky, ¿cómo se te ocurre?
-    ¡Silencio!  Tengo detrás de mí una cápsula de escape y vosotros no. Tengo el mapa y vosotros no. Y lo que es mejor, tengo un arma y vosotros no. A ver, esta pregunta  va para Míster Elocuente ¿Por qué no debería ir a por la herencia de Joan March? -
-    Porque… eh… – Balboa tragó saliva –porque si te vas nos vas a maldecir a todos.
-    Ja Ja Ja – reía el Gordo Cobb mientras se deslizaba como un inmenso jabalí hasta la trampilla de la entrada de la cápsula de escape - ¡Adiós tontainas!

Gordo Cobb selló la entrada, introdujo las coordenadas de la hebilla en la computadora y el modulo espacial salió disparado dejando a la “Milagros”, a su capitán y a sus tripulantes abandonada en aquella cueva.

-    Se… se… - de la emoción Seya no conseguía terminar la frase. –
-    Se ha ido. – dijo el capitán Balboa, dejando escapar una leve sonrisa –
-    Jajaja! – Nino se empezó a descojonar. Su hermano no tardó en seguirle la carcajada.
-    Jajaja. ¡Se ha ido! ¡El muy imbécil se lo ha creído! Nino eres un actor estupendo.
-    ¿Yo? ¿Y qué me dices de Seya? ¡O del Capitán! De verdad que ha sido increíble.
-    Muy buen trabajo chicos. Y Seya también. Pero aquí la estrella ha sido nuestro pequeño Makro. Por un momento hasta yo me he creído que hablaba con la nave. Con el graaaaaaan Joan March ¡Jajaja!
-    Capitán aun no me creo que hayamos engañado al Gordo Cobb con un simple contestador automático. Para cuando se dé cuenta que se ha llevado una chapa grabada por mi hermano se va a coger un cabreo muy gordo.
-    Jajaja. Ya lo creo que sí. Por cierto Makro. ¿Sabes por llaman a ese bastardo el Gordo Cobb, verdad? Pues porque es el mayor glotón de la galaxia. Entre sus cosas en la bodega hay centenares de pasteles. Tal y como acordamos puedes coger una caja grande y llevártela. ¿Y no olvides compartirla con tus amigos eh?-

Makro parecía excitado con la noticia. En efecto la bodega estaba repleta de cosas de Cobb. Un enorme, bien ordenado y dulce tesoro. Makro cogió una caja bien grande y con la boca llena de caramelos se fue de la “Milagros” bailando como un niño feliz.

-    Qué suerte aterrizar en un planeta donde sus habitantes son adictos al azúcar, ¿eh Seya? Vamos a sacar una buena tajada por esos dulces.
-    Lo malo de todo esto es que la próxima vez que veamos a Gordo Cobb no será tan divertido.
-    Oh. Seguro que si – dijo el capitán con la seguridad de alguien a quien le acaba de salir un plan perfecto. Seya se sintió reconfortada.
-    Por cierto capitán, ¿te acuerdas del cubo que lanzamos al espacio? El otro día me acorde de él. A pesar de haberlo lanzado a un sitio tan grande ¿No crees que haya alguna posibilidad de que alguien lo encuentre?
-    ¿Posibilidades? Hum… - dudaba el capitán Balboa. - Eso mejor pregúntaselo a un matemático.

Y la nave "Milagros" inició un nuevo rumbo en busca de más emociones, dinero y aventuras. Pero sobre todo de dinero.

viernes, 18 de julio de 2014

Socios a la Fuerza - Blink - Segunda Parte

- ¡Y “Destripahidráulicos” vuelve a morder la lona! [ZZZTTT] ¡Qué pegada tiene nuestro Titan Rojo, [ZZZTTT] ¿no crees, Karl?
- Ya lo creo, Garl. [ZZZTTT] Esta clase de pelea sucia es la que ha dado buen nombre [ZZZTTT] a los luchadores de la luna de Ashlan.
- ¡No cantemos victoria todavía, Karl! [ZZZTTT] ¡Sí, está pasando! ¡”Destripahidráulicos” [ZZZTTT] se está levantando...!”

A un lado de la pantalla holográfica, un jovencísimo Riki saltaba sobre la espalda de aquel mecanoíde de combate “Hellfrost-19”, dispuesto a clavar la punta de su martillo neumático en su sistema de cableado craneal.

Al otro lado de esa misma pantalla, con el peso de los años marcado en sus cicatrices y sus ojos grisáceos, el Riki de la actualidad reposaba recostado en el cómodo asiento del capitán, con sus manos cruzadas tras la nuca y los ojos cerrados. A su alrededor, por toda la cabina de la nave, pendían cables y más cables, dejando todos aquellos paneles abiertos de par en par como silencioso testimonio de lo que había sido una búsqueda totalmente infructuosa.

- ¿Quieres apagar eso de una maldita vez? – la ronca voz de Gordo Cobb estaba ahogada por sus propios brazos mullidos, entre los que trataba de esconder su cabeza. – Llevas horas con esa basura puesta en la holopantalla. ¡Si vuelvo a escuchar más estática de nuevo...!
- ¿Qué quieres que le haga? – Riki ni siquiera abrió los ojos y apenas se movió del cómodo asiento lo justo como para señalar al techo. – Estamos a más de cincuenta metros de profundidad, en mitad de un yacimiento de magnetita enriquecida...
- ... y si se corta la transmisión es posible que no podamos recibir mensajes del exterior. Ya, ya... – Gordo Cobb suspiró y fijó sus pequeños ojos de rata en aquella luz parpadeante. – Y todo por culpa de ese parpadeo del demonio...

A unos pocos metros, aquella luz seguía emitiendo su guiño intermitente, casi hipnótico. Apartando la vista y tras mover la cabeza como saliendo de alguna clase de trance, Gordo Cobb se pasó las manos por los mofletudos carrillos en un gesto de sincera desesperación.
 ¿¡Pero que estarán haciendo ahí afuera Balboa y los demás...!?
- Eh. – Riki se aseguró de sonar lo bastante tajante como para dejar claro a Cobb que no iba a tener mucha más paciencia que la que le estaba regalando. – Para empezar fuiste tú quien decidió quedarse aquí.
- ¿Y dejar sin vigilancia el cargamento? Ya os gustaría... – Cobb miró con ironía al corpulento ex – luchador, cuyos músculos aun eran lo bastante poderosos como para rellenar por completo el mono de mecánico que llevaba puesto en aquel momento.
 Je. Después de todo lo que hemos pasado... aun crees que vamos a robarte, ¿verdad? – Riki giró la vista y respondió con idéntica ironía a Cobb - ¿Sigues sin comprender que te necesitamos tanto como tu a nosotros?

Gordo Cobb se había incorporado y estaba a medio camino de la pequeña nevera en la que Seya solía guardar una botella de aguardiente Remosanto. Se detuvo, frenado en seco por esa sensación de impotencia que le hacía rechinar los dientes. Estaba harto. Harto de dormir en aquella sucia litera, aguantando los infernales ronquidos sincronizados de aquellos corpulentos hermanos. Harto de las raciones de comida sintética precocinada por Nino, de perder dinero en cada negocio, de no poder regresar a Valsan. Cobb miró la botella de aguardiente barato: hacía ya seis semanas que no probaba un trago decente.

- Gracias a tus contactos podemos movernos por el Diámetro Exterior, colega. – Riki se echó hacia delante y posó su vista en la parpadeante luz roja que los había obligado a hacer esta parada de emergencia. – En cuanto vuelvan el capitán, Seya y mi hermano podremos marcharnos... – Riki caminó por el lado de Cobb y le arrebató la botella de Remosanto de entre los dedos, justo antes de poder pegarle un solo trago - ¡Salud!

Cobb miró con desprecio infinito a Riki: él no tendría por qué aguantar semejante trato. Si hubiera sido uno de sus hombres en Valsan...

- En serio, Gord... – Riki se interrumpió a sí mismo y corrigió la frase, pues sabía lo mucho que le molestaba a Cobb que usaran su apodo delante suya. – Colega, una cosa es que nuestro capitán se crea el jodido Joan March reencarnado y otra muy distinta es que quiera acabar como él... – sin soltar la botella, Riki señaló a través de los ventanucos la negrura de la gruta en la que la “Milagros” se encontraba oculta - ¡Enterrado en las entrañas de este maldito planeta!
- Espera un segundo... – Gordo Cobb lo miró con los ojos todo lo abiertos que podían estar aquellas dos canicas de porcelana negra. – Por eso te ofreciste voluntario para quedarte aquí...
- ¿Se puede saber que...?
- Eres de los que se cree esa historia, ¿no? – la carcajada de Cobb resonó en la cabina y debió escucharse en el resto de la “Milagros”. – ¡No puedo creerlo!

De no haber sido por el zumbido de una comunicación entrante, es posible que a su llegada el capitán y los demás hubieran encontrado a Cobb con unos cuantos dientes de menos. Mientras el obeso señor del crimen reía como no lo había hecho en meses, Riki apenas murmuró un sonoro insulto al tiempo que se aproximaba a la consola de mandos.
-  ¡NO!

Riki frenó en seco: el vozarrón temeroso de Cobb había sido tan estremecedor que había logrado arrancarle un pequeño gritito de sorpresa. El corpulento mecánico miró al nuevo y más reciente socio de la “Milagros”, cuyo rostro se había asumido una mueca de puro terror.
 ¿Qué...?
- No lo hagas, Riki... – Cobb se incorporó del asiento del copiloto sobre el que se había dejado caer segundos antes, cuando era todo carcajadas y malicia. – ¡No contestes!
 ¿Pero...? – Riki hizo ademán de zafarse de las manos de Cobb quien se aferraba a su brazo como si de un salvavidas se tratase. Tanto miedo en las palabras de Cobb le hicieron dudar y, con una inquietud mal disimulada, Riki le preguntó... - ¿Qué es lo que pasa?
-  ¿Y si esa llamada...?

Cobb guardó silencio, mirando con una mueca de terror a través de uno de los ventanales de la cabina. Riki giró la cabeza y tragó saliva al mirar a través de ellos, que no mostraban otra cosa que la oscuridad total de la gruta.

Dando por cerrados unos inquietantes momentos en los que sólo se escuchaba el insistente zumbido de la holo-llamada; Cobb rompió el silencio.

- ¿Y si esa llamada...? – comenzó a repetir - ¿... es el fantasma de Joan March?

Riki giró lentamente la cabeza y miró a Cobb. La mueca de sincero terror de éste fue, poco a poco, convirtiéndose en una sonrisa burlona para, finalmente, transformarse de nuevo en una carcajada resonante.

 Gordo hijo de puta... – Riki lo apartó de un manotazo y dejó que diera con sus nalgas en el suelo.
- No se por qué te preocupas... – Cobb seguía en el suelo, con las lágrimas saltadas y riendo como un demente - Ya sabes lo que dice la canción, ¿no? ¡No podrá hacerte daño mientras no salgas de tu nave! ¡Esa es la maldición de El Gran Contrabandista!

Con la risa de Cobb resonando aun en la cabina, Riki abrió el canal de comunicación.

 Aquí la “Milagros”... – Riki miró la holo-pantalla pero en ella apenas si se veían siluetas a través de la nieve. - ¿Capitán? ¿Me recibe?
- [ZZZTTT] ... Riki... [ZZZTTT]... – durante un segundo apareció el rostro de Balboa en pantalla. – [ZZZTTT] ... recibes? Cambi... [ZZZTTT]
- Te recibo muy mal, Capitán... – Riki trataba de ajustar los parámetros de sincronización del bloqueo magnético de la nave.
- [ZZZTTT] ... astilleros. Tenemos a un técnico que... [ZZZTTT] ...
- Capitán, la señal es muy mala... – a Riki se le acababan los conmutadores para pulsar. – Repita por favor.
- [ZZZTTT] ... [ZZZTTT]...
- ¿Capitán?
- [ZZZTTT] ... [ZZZTTT] ... Joan March... [ZZZTTT]

Riki sintió un escalofrío al escuchar esas dos palabras. Apenas tuvo tiempo de girarse y mirar a Gordo Cobb, cuya risa había dejado de escucharse en ese preciso instante. Porque fue entonces cuando todas las lámparas, pantallas, conmutadores y demás fuentes de luz de la “Milagros” se apagaron al mismo tiempo.
Todas.
Menos la parpadeante luz roja, claro.