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viernes, 20 de abril de 2012

El Peor Robo del Mundo. Conclusión


Luis Saravia se miraba al espejo mientras se preguntaba como carajo se había metido en esa situación. Con el pelo corto y negro su cara, llena de arrugas, le hacía parecer bastante mayor de lo que era. Vestía un traje negro alquilado. Se había quitado la americana mientras se limpiaba la sangre de la cara.
Cuando salío de su ensimismamiento, se dió cuenta del ruido que había fuera del baño. Se puso la americana, cogió la pistola y salió del baño. Fuera, su compañera en esta aventura, una brasileña de 1.80, morena, con el pelo largo y bastante mala leche, acababa de golpear y lanzar al suelo al director del banco.

- ¡Se puede saber que te pasa, “Dr. Jekill”!, No puedo vigilar a todos yo sola!-





Esperamos que os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

El Peor Robo del Mundo. Conclusión


Fue mejor para él estar inconsciente, así no tuvo que ver cómo María encañonó a su hija Laura… ni tampoco tuvo que presenciar su propia muerte.

- ¡Para! – la voz de María parecía temblar tanto como la mano con la que empuñaba el arma  -  ¡Para de una vez o te juro por Dios que disparo!

- Ya te he dicho que yo no fui – la voz de la adolescente era ahora suave, pausada, pero sus ojos parecían brillar de lo rojo que se habían tornado – Yo no he empezado esto, yo no he hecho nada, sólo intento defederme. Pero lo voy a acabar. Baja el arma, mamá, si no quieres acabar pegándote un tiro en tu propia boca de retorcida beata. 

Mientras su madre, aterrorizada, tiraba el arma al suelo y se acurrucaba en una esquina balbuceando fragmentos inconexos del Padrenuestro, María comenzó a recorrer la pequeña sucursal con la mirada, tenía que estar en algún lado, casi podía sentir su presencia, pero ¿dónde? Ya había fallado dos veces al intentar adivinar quién era el que trataba de meterse en su mente.

Su madre le había hecho creer que su don era algo divino, un regalo de Dios. Qué la Palabra le había sido dada para malvivir a base de pequeñas estafas. Pero ella siempre había sabido que ni Dios ni el Diablo habían tenido algo que ver en todo esto, estaba convencida que era algo igualmente incomprensible, pero mucho más mundano y hoy iba a confirmarse su teoría.

Cuando vio caer la primera vez a plomo al atracador que se hacía llamar Dr Jekyll con los ojos inyectados en sangre supo, de alguna manera, que iban a por ella, que la habían descubierto. Todo este tiempo había tratado de pasar desapercibida, intentando ocultar su naturaleza, su don, porque sabía que no podía ser la única especial, la única con poderes en todo el mundo. 

Y si había más como ella, era seguro que alguien había descubierto su existencia, que alguien buscaría provecho de su naturaleza, que alguien los cazaría y los utilizaría para su propio provecho… Pero los que querían cazarla a ella, habían elegido el peor día para hacerlo, el día del peor robo del mundo y en toda la confusión de la situación, en un primer intento, habían fallado el blanco. 

Quizás si su madre se hubiera quedado quieta no les hubiera descubierto, pero su reacción les había revelado todo lo que necesitaban. Su madre la había descubierto. Apenas un segundo después, justo antes de caer al suelo, había oido una voz en su interior

- Así que eras tú… Ya te tenemos, Palomita – el tono era ambiguo, casi inhumano, ¿Eran risas eso que oía? – Venga, no te resistas, déjame entrar, te va a gustar, ya lo verás…

- ¡No! – gritó ella para sus adentros, pero fue en balde. Sintió como hurgaban en su cerebro, cómo su cuerpo dejaba de obedecerla y cómo, poco a poco, la realidad estaba más lejos...

Pero de alguna manera Laura se había zafado de la inmovilización mental a la que le estaban sometiendo, fintó sobre sí misma y cómo si de un golpe de boxeo se tratara y lanzó un upper cut al Hurgador que le permitió retomar el control de su cuerpo.

El miedo, la inexperiencia le había hecho pensar que la cazadora era Mr Hyde, ahora en frío no tenía sentido, pero ¡que demonios sabía ella! ¡Estaba muy asustada! ¡Le estaba apuntando con una pistola! ¡Ella era la mala! Usó la Palabra con ella, luego con la cajera, pero después de deshacerse del banquero aún notaba cerca al Hurgador, tratando de volver a entrar en su mente, la había cagado bien cagada, no eran ninguno de los dos, pero no podía rendrise ahora, tenía que plantar cara a su asaltante… ¿Pero, quién podía ser? 

Al principio los que trataban de cazarla creyeron que el poseedor del don era Dr Jekyll, así que él no podía ser su cazador, Mr Hyde estaba muerta, lo mismo que el guarda de seguridad y el encargado de la sucursal. Su madre era imposible que fuera el Hurgador, el hombre del maletín estaba inconsciente, si fuera la cajera se habría dado cuenta al usar la Palabra, los policías que desde fuera no dejaba de gritar y amenazar acababan de llegar hacía un rato… 

Entonces Laura lo vio. A un par de metros tenía un cartel amarillo que avisaba que el pavimento estaba mojado. Junto a la puerta que daba a las dependencias más internas de la sucursal había un carrito de la limpieza. Recordó que cuando entró junto con su madre en la sucursal, la señora de la limpieza estaba fregando el suelo observando todo lo que sucedía. Cuando la cosa se complicó, la mujer ya no estaba, simplemente se había desvanecido… Pero ahora Laura sabía a quién buscar, quién había empezado todo esto.

- Sal – dijo en el tono imperativo de la Palabra la joven. Los pocos que quedaban conscientes en la sucursal vieron como del interior salía una mujer joven ataviada como una limpiadora que no pudo dejar de obedecer lo que le pedía la adolescente - ¿Sólo tú? ¿Cómo pensabas hacerlo? – Laura notaba como las garras de la Hurgadora trataban de meterse en su mente, cuanto más cerca con más ímpetu lo trataba, pero esta vez no la iba a coger desprevenida - ¡Habla! – Laura usó la Palabra, pero la Hurgadora seguía sin decir nada

Fuera, los policías comenzaban a desplegarse. Habían llegado varios coches patrulla y un par de tanquetas de refuerzo.

- No me mires así, Palomita – la voz de la mujer era más agradable de lo que se podía esperar - Esto iba a ser algo fácil, pero se ha complicado poco a poco, cada vez más. Ahora es tarde, no hay nada que hacer, no hay solución… Anda, ve con tu madre y abrázala

- ¡No me des órdenes! – Laura ya no notaba las fauces de la Hurgadora sobre ella y comenzaba a envalentonarse - ¡Puedo obligarte a salir ahí y que te vuelen la cabeza como hice con la de antes!

- No te molestes ¿Ves esa ambulancia de ahí? La que tiene las luces apagadas, esos, lo van a hacer por ti – La agente encubierta señalaba más allá de las tanquetas - Dentro están mis compañeros. Cuando el Objetivo (¡Cómo iba a saber que eras tú! ¡Simplemente nos dijeron que el objetivo estaría dentro!) cayera al suelo desmayado ellos entrarían para auxiliarlo y se lo llevarían a la base… y misión cumplida, robo realizado… 

- Pero todo ha salido mal… - la voz de Laura comenzaba a temblar

- Sí – la Hurgadora sonreía sin ganas- Ha salido mal y ellos tienen ordenes. Nosotras no somos tan importantes como puedas creer, somos simples peones, piezas prescindibles. No van a correr riesgos, quedar al descubierto... No hace falta que te diga lo que va a pasar, lo sabes ¿Verdad? 

- Van a hacerles ver que… - Laura estaba aterrada – ¡Oh Dios!

- Eso mismo, sólo Dios sabe qué van a hacerles ver…

Laura corrió hacía su madre justo cuando las luces de la ambulancia comenzaron a destellar. Segundos después una treintena de policías entraban en la pequeña sucursal al grito de ¡Tiren todas las armas! disparando contra todo lo que se encontraba dentro.

viernes, 30 de marzo de 2012

El Peor Robo del Mundo. Segunda Parte


Y fue en aquel preciso instante cuando María Almeida sintió una punzada de auténtico terror. Contempló, nerviosa, las caras de sorpresa de todos los allí presentes, incluida la propia atracadora. Ésta se aproximó al cuerpo de su cómplice, sin dejar de apuntar su arma a Luis y Marta. No necesitó encañonar al también atónito José León, quien seguía abrazado a su maletín como quien se aferra a un salvavidas durante un naufragio. La propia hija de María había enmudecido ante la súbita y fulminante caída del atracador. Todos estaban demasiado sorprendidos como para percatarse de que María Almeida había dejado de abrazar a su hija. La soltó, alejándose de ella, como quien se da cuenta por primera vez que su adorable cachorro se ha convertido en un Rotweiller.

La joven Laura notó el cese de aquel abrazo consolador y miró a su madre. Hacía años que no veía aquella mirada en sus ojos. Concretamente, cuatro años atrás. En aquella época, Laura aun dormía con pijamas decorados por personajes de “La Aldea del Arce” y no comprendía por qué su cuerpo había comenzado a cambiar. Tampoco comprendía por qué su padre se había convertido en un monstruo que gritaba a su madre cada noche. Laura solía espiar las terribles discusiones desde el borde de la puerta entreabierta de su habitación. Y fue una noche, cuatro años atrás, en la que su padre, con sus casi cien kilos de peso, alzó su brazo para descargar un fuerte puñetazo contra su madre. La ira y el desprecio despertaron en el corazón de aquella niña de apenas once años. Pero algo más lo hizo en su cerebro. Algo muy especial.

De aquella noche, Laura solo recordaba haberle gritado algo a su padre, entre lágrimas de pura furia. Recordaba haberle visto mirarla con los ojos muy abiertos, casi llorosos, coger su gabardina, su sombrero y su paraguas. Y acto seguido, desaparecer por la puerta… para no volver jamás. La policía llegó a la mañana siguiente: un camión había atropellado a su padre al cruzar la calle, apenas dos manzanas más allá. Los testigos aseguraban que andaba de forma mecánica, como si estuviera sonámbulo. Aquella había sido la versión oficial y la historia tal como Laura la había asumido.

O al menos lo fue hasta hacía unos seis meses.

Fue entonces, cuando se consumió el último euro del seguro de vida que su marido había contratado, el momento en que una desesperada María Almeida sentó a su hija en la cocina de su embargadísimo piso. Hasta entonces, María había tratado de olvidar y enterrar el recuerdo de lo que su hija había hecho aquella noche. Unas palabras que, por el contrario, habían quedado inmortalizadas. “Te odio: ¡ojalá te atropelle un camión!”. El deseo de una niña dolida, enfadada y de tan solo once años… y que aquel hombre había cumplido sin temor alguno.

María Almeida siempre había sido una mujer devota. Creía en los santos y en los milagros. Y cuando aquello sucedió comprendió que Dios había bendecido a su hija. Y si no había querido abusar de aquel don había sido porque habría estado mal. Pero en aquella situación desesperada, María decidió que si aquella bendición había salvado su vida de manos de un marido maltratador… quizá también pudiera salvarlas del embargo. Así, desde hacía meses, bajaba con su hija a la sede de aquella pequeña entidad bancaria. Y así, desde hacía meses, el don de Laura las había permitido retirar fondos manipulando las mentes de sus responsables. Eran cantidades pequeñas, por supuesto: ya no solo por no abusar del don que Dios le había dado a su hija, sino porque María sabía que llamar la atención atraería consigo graves problemas. En el fondo, siempre había temido que las acabaran descubriendo.

Pero jamás imaginó que aquello pudiese suceder. Ya no sólo que las pillara un atraco como éste. Sino que su hija hiciese aquello. De forma fría. Implacable.

María se separó de Laura, arrastrándose por el suelo. La chica la miró, entre sorprendida y aun sollozante.

- ¿Ma… mamá?

- No… No te me acerques… -

María trató de ponerse en pié. En su cabeza, de repente, todo había adquirido un nuevo sentido. Aquel don no había sido dado por Dios… sino por el Diablo. Y ellas, como auténticas fariseas, habían abusado de él. Lo habían corrompido. Y ese hombre que yacía en el suelo era la muestra.

- Joder… ¿Qué coño hacéis las dos? – Rossana encañonó a la madre. - ¡Vuelve al suelo, zorra!

María siguió alejándose de Laura. Y por un segundo Rossana pensó que la madre parecía más asustada de su propia hija que de la pistola que la encañonaba. Aunque aquello no tenía puto sentido, claro.

- No… No te me acerques... – el rostro de María era arcilla blanca. Pánico absoluto.

- Mamá… Te juro que no he sido yo… ¡No he sido yo! – Laura trataba, aun con lágrimas en los ojos, de llegar a su madre. – No he sido…

- ¡Joder! ¡Al suelo las d…!

Pero Rossana no llegó a terminar la frase. La adolescente se desplomó sobre el suelo de mármol de la sucursal. Sus ojos, abiertos de par en par, estaban inyectados en sangre. Inertes. A María Almeida le faltó el aire en sus pulmones y su boca se abrió, sin poder articular ni el más ínfimo quejido de pavor, sorpresa y dolor.

Fue la única que no reaccionó cuando, de repente, comenzaron a sonar todos los teléfonos de la sucursal.

[Continuará]

sábado, 24 de marzo de 2012

El Peor Robo del Mundo. Primera Parte

Luis Saravia se miraba al espejo mientras se preguntaba como carajo se había metido en esa situación. Con el pelo corto y negro su cara, llena de arrugas, le hacía parecer bastante mayor de lo que era. Vestía un traje negro alquilado. Se había quitado la americana mientras se limpiaba la sangre de la cara.
Cuando salío de su ensimismamiento, se dió cuenta del ruido que había fuera del baño. Se puso la americana, cogió la pistola y salió del baño. Fuera, su compañera en esta aventura, una brasileña de 1.80, morena, con el pelo largo y bastante mala leche, acababa de golpear y lanzar al suelo al director del banco.

- ¡Se puede saber que te pasa, “Dr. Jekill”!, No puedo vigilar a todos yo sola!-.

Rossana era el nombre real de Mr. Hyde y se refería a las seis personas que tenían retenidas en el interior del banco.
Además, de Luis Padilla, el atractivo y valiente director del banco estaban Marta Ferreiro, una chica joven, rubia que trabajaba en el banco de cajera; José León, un hombre pequeño y regordete que trabajaba en una empresa de seguros y cliente de toda la vida del banco; María Almeida, una mujer de unos cuarenta años, ama de casa y Laura Almeida, su hija adolescente.
Luis yacía en el suelo dolorido por el golpe que la habría propinado Rossana, pero más herido en su orgullo por lo fácil que le había reducido una chica cuando la había cogido desprevenida. Marta intentaba limpiarle la cara de la sangre que le recorria la mejilla desde el ojo. José permanecía sentado y callado con la espalda pegada a la pared y agarrado fuertemente a su maletín como si su vida dependiera de ello. María intentaba consolar a su hija que no paraba de llorar.

Luis echó un vistazo al otro extremo de la sala, donde yacía cubierto por una manta el cuerpo sin vida del guardia de seguridad de la sucursal. La voz de Rossana lo volvió a traer al presente.

-¡Dile que se calle por dios!- gritaba Rossana mientras apuntaba con su pistola a la pequeña rubia de 15 años.
- Venga ya, Mr Hyde, déjala-, intentaba tranquilizarla Luis.
- No me toques los cojones, si hubieras tenido huevos no estaríamos en esta situación- replicó Rossana.

Y es que tenía razón pensaba Luis. Aunque él había tenido la idea de este golpe y había convencido a la brasileña para que le ayudase, en el momento crucial se vino abajo y eso que el plan no era malo. A pesar de que solo era una sucursal en una barrio de clase media, este banco recibía el ingreso de la mayor parte de los establecimientos de la zona. Solo había que dar el golpe antes de que trasladaran toda la pasta.
Todavía se preguntaba como el guardia de seguridad había sospechado de él pero cuando se acercó se puso nervioso y empezó a sudar y a tartatamudear. El guardia le pidió la documentación y cuando fue a mostrasela este vió el arma. No había comenzado su plan cuando ya se veía apuntado por una pistola. Entonces Rossana, le pegó un tiro al guardia. Fue un disparo limpio, el de seguridad cayó desplomado y ahí se jodió todo. La policía no tardó en llega y coger posiciones fuera del banco.

- Dr Jekill, vigila tu ahora a estos tengo que ir al baño-.
-¿Dr Jekill?, ¿estas bien?.

Luis, se encontraba mirando al infinito, quieto. Con lo ojos color rojo sangre. Entonces, soltó la pistola y cayó desplomado al suelo.

[continuará]