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viernes, 18 de julio de 2014

Socios a la Fuerza - Blink - Segunda Parte

- ¡Y “Destripahidráulicos” vuelve a morder la lona! [ZZZTTT] ¡Qué pegada tiene nuestro Titan Rojo, [ZZZTTT] ¿no crees, Karl?
- Ya lo creo, Garl. [ZZZTTT] Esta clase de pelea sucia es la que ha dado buen nombre [ZZZTTT] a los luchadores de la luna de Ashlan.
- ¡No cantemos victoria todavía, Karl! [ZZZTTT] ¡Sí, está pasando! ¡”Destripahidráulicos” [ZZZTTT] se está levantando...!”

A un lado de la pantalla holográfica, un jovencísimo Riki saltaba sobre la espalda de aquel mecanoíde de combate “Hellfrost-19”, dispuesto a clavar la punta de su martillo neumático en su sistema de cableado craneal.

Al otro lado de esa misma pantalla, con el peso de los años marcado en sus cicatrices y sus ojos grisáceos, el Riki de la actualidad reposaba recostado en el cómodo asiento del capitán, con sus manos cruzadas tras la nuca y los ojos cerrados. A su alrededor, por toda la cabina de la nave, pendían cables y más cables, dejando todos aquellos paneles abiertos de par en par como silencioso testimonio de lo que había sido una búsqueda totalmente infructuosa.

- ¿Quieres apagar eso de una maldita vez? – la ronca voz de Gordo Cobb estaba ahogada por sus propios brazos mullidos, entre los que trataba de esconder su cabeza. – Llevas horas con esa basura puesta en la holopantalla. ¡Si vuelvo a escuchar más estática de nuevo...!
- ¿Qué quieres que le haga? – Riki ni siquiera abrió los ojos y apenas se movió del cómodo asiento lo justo como para señalar al techo. – Estamos a más de cincuenta metros de profundidad, en mitad de un yacimiento de magnetita enriquecida...
- ... y si se corta la transmisión es posible que no podamos recibir mensajes del exterior. Ya, ya... – Gordo Cobb suspiró y fijó sus pequeños ojos de rata en aquella luz parpadeante. – Y todo por culpa de ese parpadeo del demonio...

A unos pocos metros, aquella luz seguía emitiendo su guiño intermitente, casi hipnótico. Apartando la vista y tras mover la cabeza como saliendo de alguna clase de trance, Gordo Cobb se pasó las manos por los mofletudos carrillos en un gesto de sincera desesperación.
 ¿¡Pero que estarán haciendo ahí afuera Balboa y los demás...!?
- Eh. – Riki se aseguró de sonar lo bastante tajante como para dejar claro a Cobb que no iba a tener mucha más paciencia que la que le estaba regalando. – Para empezar fuiste tú quien decidió quedarse aquí.
- ¿Y dejar sin vigilancia el cargamento? Ya os gustaría... – Cobb miró con ironía al corpulento ex – luchador, cuyos músculos aun eran lo bastante poderosos como para rellenar por completo el mono de mecánico que llevaba puesto en aquel momento.
 Je. Después de todo lo que hemos pasado... aun crees que vamos a robarte, ¿verdad? – Riki giró la vista y respondió con idéntica ironía a Cobb - ¿Sigues sin comprender que te necesitamos tanto como tu a nosotros?

Gordo Cobb se había incorporado y estaba a medio camino de la pequeña nevera en la que Seya solía guardar una botella de aguardiente Remosanto. Se detuvo, frenado en seco por esa sensación de impotencia que le hacía rechinar los dientes. Estaba harto. Harto de dormir en aquella sucia litera, aguantando los infernales ronquidos sincronizados de aquellos corpulentos hermanos. Harto de las raciones de comida sintética precocinada por Nino, de perder dinero en cada negocio, de no poder regresar a Valsan. Cobb miró la botella de aguardiente barato: hacía ya seis semanas que no probaba un trago decente.

- Gracias a tus contactos podemos movernos por el Diámetro Exterior, colega. – Riki se echó hacia delante y posó su vista en la parpadeante luz roja que los había obligado a hacer esta parada de emergencia. – En cuanto vuelvan el capitán, Seya y mi hermano podremos marcharnos... – Riki caminó por el lado de Cobb y le arrebató la botella de Remosanto de entre los dedos, justo antes de poder pegarle un solo trago - ¡Salud!

Cobb miró con desprecio infinito a Riki: él no tendría por qué aguantar semejante trato. Si hubiera sido uno de sus hombres en Valsan...

- En serio, Gord... – Riki se interrumpió a sí mismo y corrigió la frase, pues sabía lo mucho que le molestaba a Cobb que usaran su apodo delante suya. – Colega, una cosa es que nuestro capitán se crea el jodido Joan March reencarnado y otra muy distinta es que quiera acabar como él... – sin soltar la botella, Riki señaló a través de los ventanucos la negrura de la gruta en la que la “Milagros” se encontraba oculta - ¡Enterrado en las entrañas de este maldito planeta!
- Espera un segundo... – Gordo Cobb lo miró con los ojos todo lo abiertos que podían estar aquellas dos canicas de porcelana negra. – Por eso te ofreciste voluntario para quedarte aquí...
- ¿Se puede saber que...?
- Eres de los que se cree esa historia, ¿no? – la carcajada de Cobb resonó en la cabina y debió escucharse en el resto de la “Milagros”. – ¡No puedo creerlo!

De no haber sido por el zumbido de una comunicación entrante, es posible que a su llegada el capitán y los demás hubieran encontrado a Cobb con unos cuantos dientes de menos. Mientras el obeso señor del crimen reía como no lo había hecho en meses, Riki apenas murmuró un sonoro insulto al tiempo que se aproximaba a la consola de mandos.
-  ¡NO!

Riki frenó en seco: el vozarrón temeroso de Cobb había sido tan estremecedor que había logrado arrancarle un pequeño gritito de sorpresa. El corpulento mecánico miró al nuevo y más reciente socio de la “Milagros”, cuyo rostro se había asumido una mueca de puro terror.
 ¿Qué...?
- No lo hagas, Riki... – Cobb se incorporó del asiento del copiloto sobre el que se había dejado caer segundos antes, cuando era todo carcajadas y malicia. – ¡No contestes!
 ¿Pero...? – Riki hizo ademán de zafarse de las manos de Cobb quien se aferraba a su brazo como si de un salvavidas se tratase. Tanto miedo en las palabras de Cobb le hicieron dudar y, con una inquietud mal disimulada, Riki le preguntó... - ¿Qué es lo que pasa?
-  ¿Y si esa llamada...?

Cobb guardó silencio, mirando con una mueca de terror a través de uno de los ventanales de la cabina. Riki giró la cabeza y tragó saliva al mirar a través de ellos, que no mostraban otra cosa que la oscuridad total de la gruta.

Dando por cerrados unos inquietantes momentos en los que sólo se escuchaba el insistente zumbido de la holo-llamada; Cobb rompió el silencio.

- ¿Y si esa llamada...? – comenzó a repetir - ¿... es el fantasma de Joan March?

Riki giró lentamente la cabeza y miró a Cobb. La mueca de sincero terror de éste fue, poco a poco, convirtiéndose en una sonrisa burlona para, finalmente, transformarse de nuevo en una carcajada resonante.

 Gordo hijo de puta... – Riki lo apartó de un manotazo y dejó que diera con sus nalgas en el suelo.
- No se por qué te preocupas... – Cobb seguía en el suelo, con las lágrimas saltadas y riendo como un demente - Ya sabes lo que dice la canción, ¿no? ¡No podrá hacerte daño mientras no salgas de tu nave! ¡Esa es la maldición de El Gran Contrabandista!

Con la risa de Cobb resonando aun en la cabina, Riki abrió el canal de comunicación.

 Aquí la “Milagros”... – Riki miró la holo-pantalla pero en ella apenas si se veían siluetas a través de la nieve. - ¿Capitán? ¿Me recibe?
- [ZZZTTT] ... Riki... [ZZZTTT]... – durante un segundo apareció el rostro de Balboa en pantalla. – [ZZZTTT] ... recibes? Cambi... [ZZZTTT]
- Te recibo muy mal, Capitán... – Riki trataba de ajustar los parámetros de sincronización del bloqueo magnético de la nave.
- [ZZZTTT] ... astilleros. Tenemos a un técnico que... [ZZZTTT] ...
- Capitán, la señal es muy mala... – a Riki se le acababan los conmutadores para pulsar. – Repita por favor.
- [ZZZTTT] ... [ZZZTTT]...
- ¿Capitán?
- [ZZZTTT] ... [ZZZTTT] ... Joan March... [ZZZTTT]

Riki sintió un escalofrío al escuchar esas dos palabras. Apenas tuvo tiempo de girarse y mirar a Gordo Cobb, cuya risa había dejado de escucharse en ese preciso instante. Porque fue entonces cuando todas las lámparas, pantallas, conmutadores y demás fuentes de luz de la “Milagros” se apagaron al mismo tiempo.
Todas.
Menos la parpadeante luz roja, claro.

viernes, 13 de junio de 2014

La Historia del Pirata de Pata de Palo... de Helado - Segunda Parte

- Contar la historia del corsario sería imposible sin hablaros antes del gran y temible… - el viejo Cuervo hizo una pausa y luego soltó el nombre de la criatura con calculado efecto dramático. - … ¡Leviatán!

Los tres chiquillos dieron un respingo que, de haber sido yo un humano, probablemente me hubiera arrancado una carcajada.

- ¿Qué es un “levitán”? – preguntó Claude frotándose la nariz.
- Leviatán, Claude. Se llama "leviatán"… - el viejo Cuervo se incorporó apoyado en su bastón y caminó hasta una de las estanterías de su biblioteca. – Creo… creo que puedo enseñároslo... - Tomó entre manos un pesado volumen encuadernado en cuero y lo mostró a los chiquillos, quienes se mostraron sorprendidos. A esa distancia y con la poca luz que emitían los candiles me fue imposible atisbar su forma pero debía ser temible, a juzgar por el gesto de los tres.
- Es muy feo… - comentó Lauren con un mohín de asco.
- Y grande. – el viejo Cuervo volvió a tomar asiento una vez hubo dejado el libro en su lugar. – ¡Casi tres veces el tamaño del galeón que nuestro pirata protagonista tenía bajo su mando!

Y dicho aquello, el viejo Cuervo alzó su bastón y señaló a una de las paredes de la habitación. Bajo la titilante luz, la embarcación protagonista de aquella pintura al óleo casi parecía mecerse bajo el huracán que la azotaba.

- Tres palos, una enorme bodega… y más cañones a cada lado de los que un buen hombre osaría contar… - el tono de voz del viejo dejaba entrever cierta melancolía de un tiempo mejor – “La Tempestad Ciega” era un galeón como jamás se haya construido otro.
- Sí, bueno… - Claude se movió impaciente, sentado en el suelo y mirando la pintura. – Pero, ¿y su pierna? ¿Cómo la perd…?
- ¡La perdió por impaciente! – propinándole un pequeño coscorrón, el viejo Cuervo cortó en el acto la propia impaciencia del chico. – Precisamente por eso… Por impaciente.

Si os digo la verdad, estaba a punto de salir por la ventana: había escuchado ya muchas historias de piratas. Pero por algún motivo que mis plumas no alcanzaban a entender, una emoción más humana que animal me mantuvo allí, posado. Había oído hablar a muchos sobre esa “curiosidad”. ¿Quizá eso mismo era lo que impulsaba, año tras año, a los tres chiquillos a regresar a la casa del viejo Cuervo?

- Aquel no había sido un buen año para nuestro feroz pirata, ¿sabéis? - continuó el viejo Cuervo - No señor. Había acabado con una tripulación cansada y descontenta en algún punto próximo a Tortuga. Casi sin oro y casi sin ron, el capitán pirata no podía esperar más tiempo para iniciar su campaña anual de saqueo de barcos españoles.
- ¿Y el leviatán? ¿Qué tiene que ver con…? – interrumpió Roxane, tendida en el suelo mientras movía los pies con impaciencia. Siendo consciente que el viejo Cuervo había captado ese nervioso vaivén, Roxane lo detuvo en el acto: ¡no quería acabar recibiendo un coscorrón como el de Claude! – Perdón…
- Las aguas que había entre Tortuga y la ruta de las naves comerciales españolas eran el territorio de esta terrorífica criatura. De haber tenido más tiempo, el capitán habría podido esperar a que pasara la temporada de celo, momento en el cual los leviatanes salían a la superficie para…

Por algún motivo, el viejo Cuervo dejó la frase a medias, como si hubiera topado con algo que no debía revelar a los críos. Si yo, un simple pájaro de estancia pasajera, me había percatado de ello… ¿cómo no iban a captarlo tres críos que habían crecido escuchando las historias de aquel viejo narrador?

- ¿Qué le pasaba a los leviatanes? – preguntó curiosa Lauren.
- Que salen a jugar con otros miembros de su especie… - el viejo Cuervo hizo un gesto a modo de “pero eso carece de importancia” y continuó – La cuestión es que atravesar ese territorio era casi un suicidio… o al menos así lo parecía hasta que el viejo capitán recibió un oportuno consejo por parte del que había sido su antiguo cocinero.
- ¡¡El tuerto de Antioquía!! – a los tres chiquillos les encantaba el cuento de aquel cocinero a quien ese viejo y cruel pirata había obligado a comerse su propio ojo cuando descubrió que había intentado asesinarlo envenenando su comida.
- En efecto… - sonrió el viejo, complacido de comprobar que sus historias permanecían en el recuerdo de su joven audiencia. – Por aquel entonces, el tuerto había montado su propia cofradía pirata y tenían una nave que rivalizaba con “La Tempestad Ciega”.
- Entonces fue el tuerto, ¿no? – Claude se incorporó como activado por un resorte e hizo ademán de lanzar una estocada en el pecho de Lauren. - ¡Seguro que tuvieron una pelea en una taberna de Tortuga y…!
- En realidad… No. - cortó el viejo Cuervo, sonriendo con ironía. - Los piratas tenían prohibido pelear entre ellos mientras tuvieran un pie en la isla. Así que cuando ambos se encontraron en aquella taberna, acabaron ebrios por el ron y recordando viejos buenos tiempos…
- Jo, pues qué rollo… - comenzó a decir Roxane, jugueteando con uno de sus tirabuzones rubios.
- No os equivoquéis. – respondió el viejo – Ni todo el ron del Caribe hubiera podido calmar la sed de venganza que el tuerto tenía contra su antiguo capitán. Así que, lejos de recomendarle mantenerse con el navío amarrado a tierra, el tuerto compartió con su antiguo patrón un falso secreto que supuestamente él mismo había empleado para burlar al leviatán en más de una ocasión.

Debió ser esa palabra, “secreto”, la que hizo que los tres pares de ojos jóvenes intercambiasen miradas de interés.

- “Si la atención del leviatán no quieres llamar…” – entonó el viejo Cuervo con voz grave – “… un cargamento de helados en la bodega habrás de llevar.”

El esfuerzo de la interpretación de la voz del traicionero cocinero pirata costó al viejo Cuervo una sonora cadena de toses. Lauren se incorporó y le acercó un vaso de agua. Aprovechando que el momento, la chiquilla preguntó…

- Entonces, ¿al monstruo no le gustaban los helados?
- Eso si que no me lo creo… - comentó Claude, cruzando los brazos con incredulidad. - ¡A todo el mundo le gustan los helados!

Y yo mismo hubiera lanzado un graznido afirmativo si ello no hubiera significado revelar mi presencia – y sé bien lo mal que se toman los humanos encontrar a un pájaro de supuesto mal agüero como yo revoloteando por sus casas. En cualquier caso, esos críos también sabían que desde la criatura más noble del reino animal hasta la alimaña más monstruosa, no había ser vivo al que no le tentase el sabor dulzón de un helado.

- En efecto… - sonrió el viejo Cuervo. – De hecho, el leviatán es una de las pocas criaturas capaces de seguir el rastro gélido de un delicioso helado. Pero por aquel entonces eso no era sabido por todos. Y si el pérfido cocinero tuerto le dijo aquello a su viejo capitán fue precisamente para lo contrario: para garantizar que aquel monstruo marino daba buena cuenta de “La Tempestad Ciega”.

viernes, 10 de enero de 2014

La Chica de Caterham - Segunda Parte


Quien más y quien menos ha vivido alguna experiencia similar en algún momento de la vida. Me refiero a ser víctima de una casualidad próxima a lo milagroso. Para algunos, que estamos mejor dotados que otros para los cálculos matemáticos, nos es más fácil comprender lo maravilloso de esas coincidencias casi mágicas. Tanto que siempre buscamos el por qué de ellas. Pero para la mayoría, la casualidad es simplemente eso: una casualidad sin mayor significado que ninguno. Sin patrones o significados ocultos.

Quizá fue por eso por lo que el doctor Lorrenz tardó tanto en pensar en ello. Él siempre fue un hombre más versado en descifrar los misterios de la mente humana que en advertir patrones aleatorios de posibilidad. También ayudó, sin embargo, que Lorrenz no conociese a fondo la historia de Lady Weapon. O que lo hubiese cegado la emoción ante lo que parecía el primer paso en firme de su investigación.

- ¿Qué…? – casi puedo imaginar la voz del doctor temblando ante la expectación - ¿Qué puedes decirme de esa mujer, Olvido?

- Que soy yo…

Y me consta que eso y nada más fue lo único que consiguió Lorrenz sacar en claro de la joven. Cuando llegó el momento de acabar con la sesión y de regresar a su habitación, Olvido le hizo una peculiar petición al doctor.

- ¿Puedo quedármela?

Por lo que sé, Larranz le concedió ese pequeño capricho. Si ese fue el primero de los errores que más adelante iría cometiendo el buen doctor, no lo tengo aun muy claro. En cualquier caso, en Silverwood ninguno de los pacientes es considerado peligroso y no existen fuertes medidas de seguridad al respecto.

Uno de los guardias del turno de noche reportó al día siguiente que Olvido había pasado la noche en vela, con la mirada fija en la diapositiva. No fue la única en perder el sueño: el propio doctor Lorrenz se quedó trabajando hasta la madrugada, investigando el personaje de Lady Weapon. En aquel momento, sabía lo mismo que la mayor parte de la gente: era alguna clase de superhéroe de cómic de la cual habían hecho varias películas bastante taquilleras. Su éxito había sido tal que incluso Lorrenz, a quien en realidad nunca le gustó demasiado el cine… ni los superhéroes, reconoció el iconográfico traje de la joven. La imagen que había hecho reaccionar a la joven debía ser un fotograma sacado de una de sus películas y Lorrenz comenzó a indagar.

Tras un par horas de teclear en buscadores de Internet, el doctor se había convertido en un improvisado experto en la materia: descubrió que el personaje había sido creado por un autor polaco, llegado a Estados Unidos durante la década de los treinta. La historia de una mujer venida del espacio, aparentemente humana pero dotada de asombrosos poderes fue una de las primeras referencias superheroicas del siglo veinte. Luego vendrían muchas más pero Lady Weapon – bajo la frase por la que era siempre definida “la mujer más poderosa del mundo” – se convertiría en un icono del imaginario popular.

¿Por qué ese personaje de ficción había despertado ese sentimiento de identificación en Olvido? Imagino que esa pregunta fue la que llevó a Lorrenz a seguir indagando en la historia ficticia del personaje. Como profano, el buen doctor sólo conocía los detalles que todo el mundo había oído en algún momento de su vida: que era superfuerte, que podía volar y lanzar poderosos rayos de energía… y que ocultaba su rostro bajo una máscara.

¿Pueden imaginar el escalofrío que sintió Lorrenz al descubrir cual había sido la primera historia de Lady Weapon? Aquellas tiras de prensa iniciales mostraban cómo un joven científico conducía su coche a través de un bosque hasta tropezar – y casi atropellar en el camino – a una misteriosa joven, desnuda y sin recuerdo alguno de sus orígenes.

Estén seguros de que, al menos por un segundo, pasó por la cabeza del doctor la idea loca de estar ante la auténtica y genuina Lady Weapon. Imagino que no tardó en llegar a una conclusión más sensata y “científica”: quizá la Olvido pre-amnesia conocía bien la historia de Lady Weapon y, al ver su imagen, el paralelismo entre su situación y la primera historia de la superheroina provocó esa respuesta identificativa.

Como digo, las casualidades son la cómoda excusa con la que justificamos muchas veces lo milagroso. Pero, ¿fue casualidad que Lorrenz, cansado de probar la terapia de estimulación visual mediante las tarjetas básicas que indicaba el protocolo quisiera probar con imágenes aleatorias? ¿Fue casualidad que el doctor no tuviese tiempo para preparar las dispositivas por sí mismo y que tuviese que pedir ayuda para ello?

Casualidad o no, hace cinco días, Lorrenz apareció a eso de las tres de la madrugada por el piso que ambos compartíamos y me preguntó…

- Cuando hiciste las diapositivas ¿de donde sacaste la imagen esa de aquella superhéroe?


En ese punto, entré a formar parte de la historia de Olvido. Aunque en ese momento no podía imaginarme que acabaría implicado hasta el punto en el que ahora mismo estamos.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Las Aventuras de los Goonboys - Especial Navidad – El Fantasma del Deshollinador – Parte II



Por un momento María pensaba que Gregorio le estaba gastando una broma. Ese sabelotodo de Gregorio... pues esta vez no se iba a quedar con ella.

- ¿Con que está nevando ceniza eh? Pues toma ceniza. – María lanzó la pseudo-bola que acababa de hacer con cuatro copos y está, en lugar de salir disparada, se le escurrió de entre los dedos esparciendo una ráfaga de polvo.
- ¡Ja, ja, ja! – Paula no pudo contener la risa.

Mientras María se quitaba los restos de cenizas de las manos Marcos preparaba lo que parecía una bola digna de un Titán. Su objetivo iba a ser Paula pero la mirada inquisidora de la muchacha hizo que se lo pensara dos veces. Fue el tiempo justo para que Luis, con un leve barrigazo, consiguiera desequilibrar y derribar a su amigo.

- Ffffffff… Puf- Todo el montón de ceniza que sostenía Marcos se le escapó de las manos y le cayó directamente encima. Como si esa ceniza le hubiera atravesado la piel y hubiese penetrado hasta el hueso el humor de Marcos cambió súbitamente. Su gesto se oscureció como el carbón.

- Maldita foca. – La brusquedad de las palabras hizo que la guerra de bolas se detuviera. Luis no sabía muy bien cómo enfrentarse a la situación. 
- Eh, que todos hemos visto como se lo ibas a tirar a Paula. –
- ¿Quieres ver cómo te tiro a ti? ¿O espero una hora a que haya ceniza suficiente para esa barriga? Ten más cuidado o la próxima te enteras -
- Bueno, no os peleéis. – Gregorio se había apartado unos metros para salvarse de las bolas - ¿Qué os parece si vamos a un sitio donde no nos caiga ceniza encima? ¿Si? ¿Yupi? – Gregorio levantó el dedo pulgar buscando la complicidad de sus compañeros. Paula cogió a Luis por el brazo y se puso a andar con él.

Pero Marcos se había puesto de un humor de perros y no quiso aceptarlas. Sin mediar palabra se sacudió la ceniza de la cabeza y manos en los bolsillos se fue por donde había venido. Los chicos estaban asombrados.

- ¿Qué mosca le ha picado? – se preguntaba María.
- No tengo ni idea. Nunca le había visto así. – respondió Gregorio.
- ¿Debería ir a hablar con él? Quizás si le pido perdón se calme un poco – Pero las miradas se dirigieron hacia la pequeña Paula. A partir de ese momento ya no tendría que disimular más.
- Esto… si bueno. Ya voy yo. – dijo la muchacha mientras se alejaba tras las huellas de Marcos. – ¿Nos vemos mañana vale? ¡Pasadlo bien en la bolera!

Pero la tormenta empezó a apretar y después de la bronca nadie estaba de humor para aventurarse hasta la bolera, así que los tres amigos decidieron volver a sus casas. 

El camino se hizo un poco largo y sobre todo raro. El ambiente en el pueblo no era el habitual: ni un solo adorno, ni una sola canción, ni un solo Papa Noel de pega en los comercios… La gente iba por la calle como molesta. Todo el mundo estaba de tan mal humor como Marcos. Paula decía que María era inmune al efecto gris, que ya era una pedorra de serie. Fue la única risa que se escuchó en todo el pueblo.

A la tarde siguiente los muchachos se habían reunido, como era habitual, en la pastelería de la señora Abush. Era la pastelería más entrañable de la ciudad. Sus forjados de madera los mantendrían a salvo de las ceniza, que no paraba de caer y su gran chimenea los mantenía calientes. Pero si el día anterior el ambiente estaba viciado en el pueblo de San Gonzalo esa tarde la cosa iba a peor.

- Os lo juro. – Decían María y Paula al unísono.- Con lo que nos costó empaquetarlo todo y cargarlo en el coche ¿y para qué? ¿Para dejarlos en la caja? De verdad que no les entiendo. – Por lo visto sus padres habían decido a ultimísima hora no colgar y no dejar que nadie colgara un solo adorno de Navidad.
- Pues eso no es nada. – replicaba Gregorio. – Esta mañana quería ir con mi abuelo a comprar un regalo y no os podéis imaginar cómo se ha puesto. Como un loco. Y ha estado toda la mañana dándome una tabarra con que si la crisis por aquí, la crisis por allá ¿Es que los adultos se han vuelto locos?
- Pues más o menos como esté de aquí – dijo Paula señalando a Marcos. – No sabéis lo que me ha costado convencerle para que viniera. - La cara de Marcos seguía siendo de muy pocos amigos.
- Menos mal que a la señora Abush no le ha picado ningún bicho raro. – como invocada por las dulces palabras la señora Abush apareció por la mesa con una bandeja de pasteles de limón recién hechos y tazas de chocolate caliente. Con su habitual sonrisa las dejó sobre la mesa y le dio uno a cada niño.
- Que aproveche niños. Menos mal que habéis venido porque me estaba muriendo de aburrimiento. – La señora Abush era la típica mujer con el síndrome maternal por triplicado. A veces de intentar agradar se hacía incluso pesada. Pero por suerte o por desgracia era la única adulta del pueblo que aún conservaba el buen humor. 
- Y menos mal que está usted aquí, señora Abush. – dijo Luis encantado con la nueva bandeja de pasteles. – Con una sonrisa de oreja a oreja la mujer se fue satisfecha a hacer otros menesteres.
- “Y menos mal que está usted aquí, bri bri bri”. – La burla de Marcos era casi una ofensa. 

¡Brrrrm!

- Tsss, déjalo ya. – insistió Paula.
- Uy que bien huelen los pasteles – dijo María intentando cambiar de tema. – ¿verdad que si?
- Y tanto. Huelen, huelen… a Navidad. – fue lo mejor que se lo ocurrió a Gregorio para seguir la corriente.
- ¿Navidad? Pues yo ya estoy harto de esta.

¡Brrrrm!

- ¿Pero qué dices? Si son las mejores vacaciones después del verano. – protestó Luis. –
- Quizás para ti, gordito. A mi tanta dulzura me pone enfermo.

¡Brrrrrrrrrrm!

- Esperad. – Interrumpió María - ¿No lo habéis oído?
- Yo si – dijo Luis
- Y yo – dijeron Gregorio y Paula.
- Yo no he oído nada ni ganas que tengo de oírlo. – Marcos seguía erre que erre con su discurso. – Siempre las mismas canciones, las mismas tonterías una y otra vez ¡Todas las Navidades son iguales! – La señora Abush, que pasaba por allí con otro cargamento de dulces, intentó calmar las aguas.
- Uy pero eso no es verdad. En Navidad siempre hay alguna sorpresita. Un poquito de canela, un poquito de chocolate, una personita nueva… - El guiñó de la pastelera no pudo ser más cutre. Lo dicho: el típico síndrome maternal.
- No seas ridícula, vieja loca. – esta vez la respuesta fue tan ofensiva que Paula se dio por aludida. Luis, de nuevo, salió en su defensa.
- No te pases Marcos. La intención de la señora Abush es buena.
- ¿Buenas intenciones? ¡Ja! Siempre el mismo rollo. Las buenas intenciones. ¿Creéis que vais a cambiar el mundo con vuestras buenas intenciones?

¡Brrrrrrrrrrm!

- Zambombadas, Belenes vivientes, Los Reyes Magos, la obsesión por los regalos. ¡Son todos la misma mierda! Os portáis bien una semana al año por puro egoísmo. – Marcos cogió uno de los pasteles. ¿Queréis saber lo que pienso yo de vuestra maldita Navidad? ¡Esto! – con la furia de uno de los Nuevos Titanes arrojo el pastel hacia el fuego de la chimenea. El efecto fue inmediato.

“¡!BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRROOMMMMMMMM!!“

La señora Abush hizo lo que cualquier madre con el instinto triple maternal hubiera hecho en su lugar.

- Salid de aquí niños – Chilló la pobre mujer.

Pero era demasiado tarde. Primero fue en la pared, luego en el suelo y por ultimo en el enorme horno de leña. Toda la pastelería crujía violentamente. Perecía que el techo de madera se iba a caer en pedazos. Que un trueno la iba a partir en dos. Pero el trueno pasó. Y como suele ocurrir, después del trueno viene el diluvio. Pero esta vez era una lluvia de asqueroso, denso y gris polvo. De cada cañería, tubería y rejilla salió disparado como un geiser un humo que se extendía inundando paredes, niños, pasteles y pasteleras.

Y así fue como vimos por primera vez al fantasma del deshollinador. Fue algo muy fugaz, casi instantáneo. De la chimenea salió una figura en bicicleta ataviada con ropas negras, una soga, un plomo, un cepillo, una cadena y tres baquetas. Pero no era una figura sino una sombra. Con su fondo de ceniza, su alta galera y su cara tiznada de hollín resultaba aun más siniestra. Su frac parecía de tinieblas rasgadas y su sombrero una chimenea andante. Su cara era un autentico misterio. Imposible de reconocer. Imposible dibujar un rasgo entre tanta oscuridad. Lo que sí estaba claro es que estaba allí. Estaba allí y que le puso algo a Marcos en la mano. Tal y como llegó, fugaz, se escapó en su bicicleta hacia la ciudad gruñendo como un animal salvaje y creando el caos allá por donde pasaba.

- Coff coff - ¿Qué ha sido eso? – la pastelería se veía echa una pena. Donde antes había alegría y pasteles ahora tan solo quedaba una patina gris que, a pesar de ser muy fina, se sentía muy pesada.
- Ha sido ese maldito fantasma. – respondió la pastelera, que ya no sonreía como antes.
- ¿Estáis todos bien? – preguntó Luis.
- María y yo estamos bien.
- Si – dijo Gregorio
- ¿Y Marcos?
- Marcos ¿estás ahí? – pero no hubo respuesta. Marcos estaba embobado mirando su nuevo regalo, que escondía receloso al resto de los presentes.
- ¿Qué es lo que te ha dado? – Preguntó Paula – déjamelo ver. – Pero Marcos no estaba por colaborar. Gregorio intentó persuadirle pero no hubo manera. Marcos tenía el puño encerrado con mucha fuerza.

Al final fue de nuevo Luis el que consiguió, gracias a otro leve barrigazo, que Marcos volviera a perder el equilibrio, abrir la mano y liberara el regalo que el fantasma del deshollinador le había hecho como premio a su insolencia navideña. El brillo era casi cegador. Su belleza inmensa. Todos se quedaron embobados mientras el botón giraba por los aires primero hacia arriba, luego hacia abajo, hasta desaparecer entre el manto de ceniza.

Fue un espectáculo hermosísimo. Y es que el oro sobre la ceniza es aun más dorado. Y este pequeño botón, obsequiado con muy malas intenciones, era de oro puro.

viernes, 25 de octubre de 2013

El Pacto de las Viudas - Segunda Parte





A medida que Caroline arrastraba al corpulento individuo por el salón, el humo y el fuego seguían devorando el lujoso ático de Madison, el cual se hacía más y más pequeño a cada segundo. Entre las llamas, el esfuerzo y el dolor de cabeza Caroline se estaba poniendo de muy mal humor.

“Maldito payaso. Venga muévete ya…”

Pero el payaso estaba despertando y un empujón le hizo perder el equilibrio. En la caída casi derribó la mesa en la que tres días antes había estado tomando champagne con Madison. Todo estaba tal y como lo habían dejado: las copas a medio terminar y la botella abierta en la cubitera. Ahora con tanto fuego alrededor en lugar de burbujas de la botella salía un humo que parecía venido del mismísimo infierno.

El hombre tiraba de su muñeca mientras intentaba levantarse. Caroline le lanzó uno de sus zapatos, luego el otro. Ninguno consiguió impresionar al aun aturdido payaso. Hicieron falta tres golpes de botella de Champagne en la cabeza para que ésta se rompiera y el hombre disfrazado volviera a caer inconsciente al suelo.

No estaba precisamente orgullosa de desperdiciar así un champagne tan bueno... pero tras los últimos días se le había puesto de un humor de perros. Y con razón.

CUARENTA Y OCHO HORAS ANTES

- ¿Y dices que en el restaurante empezó a oír voces? - Caroline charlaba con Hugh en los pasillos del Hospital Jefferson, donde habían pasado la noche.
- Si. Cuando el maître estaba explicándonos la carta de postres se levantó sin más y se fue del restaurante. Cuando salí a por ella estaba en un callejón gritando como una loca. Que si el maître era uno de ellos, que como no había captado las indirectas... “¿Es que no le oyes? No para de decir rata. Rata por aquí, rata por allá… ¡es uno de ellos!”. “¿Quieres calmarte? No ha dicho rata sino nata. Fresas con NATA…”.
- ¿Y quién no se habría puesto así en su situación? Con toda esa historia de las viudas en la cabeza yo no habría sido capaz ni de ir a la cena. Y lo de la rata ya fue el colmo.
- Lo sé ¿Cómo puede haber gente así por el mundo? Es de locos… Si tan solo hubiera podido ver a quien puso ahí a ese bicho le habría dado una buena lección.
- Seguro que le habrías quitado las ganas de volver. Oye, me gustaría poder ayudarla. No me gusta la pinta de todo este asunto. Lo de la rata muerta es de muy mal gusto.
- Ya me he encargado de eso. - A pesar de la penumbra del pasillo del hospital los ojos de Hugh brillaban como dos gotas de agua. – Ahora lo importante es que se recupere. Los médicos dijeron que es solo un ataque de ansiedad pero... ¡de verdad que nunca la había visto tan fuera de sí! Sólo espero que lo que le hayan dado pase pronto el efecto. –

Dicho y hecho: como en un cuento de hadas, el deseo del arquitecto no se hizo esperar.

- Ya está despertando. – Suzanne asomó la cabeza a través de la puerta haciendo un gesto con la mano a Caroline para que ella y Hugh pasaran a la habitación.

Caroline se acercó a la camilla de un salto y, entre el susto y el efecto de las pastillas, la cara de Madison le recordó a uno de esos cuadros abstractos del ático.

- ¿Cómo estas preciosa? Te traigo chocolate de ese que te gusta. Te habría traído más si Suzanne no se lo hubiera comido casi todo. – Suzanne, lejos de sentirse culpable, respondió con esa mirada de gatito degollado que tan bien le funcionaba.
- ¿Cómo estas cariño? – Hugh se acercó a la camilla y cogió suavemente la mano de Madison. - Menudo susto nos has dado. – En el momento oportuno saco un ramo enorme de rosas y los ojos de Madison se abrieron como platos.
- ¿Para mí? Gracias. Sólo ha sido un mareo. De verdad, ya estoy bien, ya puedo… – Madison se irguió de la camilla como un gato – ¡El desfile! ¿Qué hora es? ¡el desfile! –
- No te preocupes por eso. El desfile es dentro de dos días. Ahora tienes que descansar y seguir actuando como si nada de esto hubiera pasado. No podemos levantar sospechas. - Por cómo giró la cabeza, Caroline supo que Madison no estaba nada de acuerdo con eso de descansar.
- ¿Cómo quieres que descanse? ¡Qué horror de día llevo! Dime por favor que me pude despedir de los Wilkinson...
- Ya lo hice yo por los dos. De verdad que no te tienes que preocupar de nada. Me inventé una buena excusa y pagué la cena. Eso les bastó a esos dos viejos aburridos.
- Pssssssssss…. – Madison pidió silencio a su novio. - Por Dios... ¡no les llames así, Hugh! Que son los organizadores. ¡Que escándalo! ¿Y si les da por cancelar el desfile? – Madison se llevó el ramo de rosas a la cara en parte intentando ocultar su apuro y en parte para olerlas mejor. - ¿Y la rata? ¿Qué hiciste con ella?
- La rata ya estará en el plato de algún restaurante de Chinatown. Eso… y mira, toda esta historia de las viudas… Podemos hacerlo. Juntos. Si sólo es dinero lo que quieren esas… furcias, pues allá que se lo lleven a su tumba. Tu nueva colección va a ser un bombazo. Saldremos adelante. – fue escuchando a Hugh cuando Caroline tuvo claro que, de todos los momentos en los que había envidiado a Madison, éste era sin duda el peor de ellos.
- Ay cariño, pero ¿y si vuelven? ¿y si no nos dejan en paz? – Madison seguía hablando con el ramo de flores en la cara. Una lástima, pensó Caroline, ya que se perdió como Hugh casi rompió el botón de su camisa de tanto sacar pecho.
- Para que te quedes más tranquila he contratado un guardaespaldas privado. Me lo recomienda la firma. Es de total confianza. El señor Silvestri será muy discreto y se encargará de que no te pase nada cuando yo no esté. – Madison dejó caer levemente el ramo para ver a Hugh con sus propios ojos.
- ¿Qué? ¿Un guardaespaldas? – Por un momento la piedra que tenia Hugh por pecho volvió al sitio del que provenía. – Hugh. Mi vida… - El abrazo de Madison casi lo dejó sin aliento – Eres el mejor. – Suzanne y Caroline se miraron entusiasmadas e hicieron ese sonidito de amigas emocionadas tan particular.

Casi de forma premeditada y sin ningún tipo de aviso la puerta se abrió y entró en la habitación un cincuentón con barbas y bastón que los miró de forma desafiante, rompiendo toda la magia del momento. Todos gritaron del susto y Madison lanzó las rosas al aire.

- ¿Pero usted quién es? – Preguntó Hugh mientras cogía las manos de Madison para calmarla.
- Madonna ¿Y tú? Oh, es coña. No se preocupen por mí. Es que he oído la palabra bombones y no he podido resistirme. – El hombre se acercó cojeando a la mesa y señaló la caja con un dedo - ¿Puedo?
- Claro que no, ¿quien se ha creído que es?
- Demasiado tarde. – Con un gesto infantil metió la mano en la caja de bombones y se llevó un puñado a la boca. Con la misma arrogancia con la cual entró se dirigió a la puerta. A pesar de estar huyendo encontró tiempo de lanzar unas últimas palabras. – Por cierto a tu novia le darán el alta mañana a primera hora. La doctora Kadie vendrá ahora a contárselo en persona. Gracias por los bombones. – La habitación entera no podía salir de su asombro.
- Qué asco de hombre. - Madison, Hugh y Caroline se repugnaron con aquel individuo. Suzanne más bien lo contrario.

Por su parte, la doctora Kadie llegó poco después, confirmando el alta de Madison para la mañana siguiente y pidiendo disculpas por el comportamiento de su singular medico. Dicho eso, todos se organizaron para hacer los respectivos turnos en el hospital. Caroline se pidió el primero. Quería aprovechar lo antes posible para estar a solas con Madison y poder ponerse al fin al día. Había muchos detalles del desfile que se moría por conocer. Caroline sabía que no había pastillas para dormir capaces de interponerse entre dos amigas y una buena sesión de preguntas, tan solo que esta vez Madison fue más rápida.

-Ahora sí que no te escapas. – Madison levantó los hombros y empezó a dar palmaditas con las manos. - Quiero que me lo cuentes todo… y no omitas ningún detalle. – Caroline acercó su silla al borde de la camilla y empezó su confesión de buena amiga.
- Como te iba diciendo, creo que he encontrado a… -

Toc, toc, toc…

El ruido de la puerta interrumpió por segunda vez la frase de Caroline, la cual dedicó una sonrisa a Madison como diciendo “No me lo puedo creer”.

- Ahora no Silvestri. Estamos ocupadas. – Madison no podía esperar más y cogió de las manos a su amiga. – Venga cuéntamelo ya. ¿Es guapo?

Toc, toc, toc…

Como si de un deja-vu se tratara la puerta se abrió de forma tan brusca como cuando entró aquel extraño médico cojo. Pero esta vez fue un hombre corpulento con rostro muy serio el que se presentó ante ellas.

- Buenas noches. Tengo dos mensajes para la señoría Welsh. El primero es que el señor Silvestri está… descansando. – A medida que se aproximaba, proyectaba su gigantesca sombra sobre Caroline. – El segundo es privado. Por favor señorita, si hace el favor de dejarnos solos...

Coraline miro al desconocido de arriba a abajo.

- ¡No voy a dejarla sola con un ogro como tú! – Sus palabras provocaron la risa del hombre y el asombro de Madison.
- ¡Caroline! No creo que cabrearle sea una buena idea. – El hombre, vestido my elegantemente, hizo un gesto de aprobación con la cabeza ante el comentario de Madison y señaló con su mano la dirección en la que se encontraba la puerta.
- Una cosa más señorita, si se le ocurre pedir ayuda... mataré a su amiga aquí mismo.

Fue un tortazo de esos que dejan un severo dolor en la palma. Pero Caroline no iba a permitir que el escozor de su mano estropeara una salida más que digna. “Esta por la rata”. Cerró la puerta y miró el pasillo de arriba abajo. No había ni rastro de Silvestri, así que no tuvo más remedio que esperar a que ese “mensajero” terminara de hablar. En realidad la espera no fue de más de un minuto pero a Caroline se le hizo eterna. Si ella estaba sufriendo no se quiera imaginar por lo que estaría pasando Madison a solas con ese bruto. Cuando la puerta volvió a abrirse Caroline lanzó una mirada inquisitiva al hombre de negro como diciendo “La próxima te dolerá de verdad”. Cuando entró en la habitación Madison estaba sollozando como un bebé.

- Ya pasó cariño. – Caroline la abrazó con todas sus fuerzas. – Ya se fue ese animal. – Si la seguía abrazando quizás conseguiría que se olvidara de todo por un segundo. - ¿Que te ha dicho? ¿Quieres que llame a la policía? Si hay algo que necesites, dinero o lo que sea ya sabes que puedes contar conmigo.
- No. No es dinero lo que quieren… - del disgusto, Madison apenas podía soltar dos palabras seguidas. - quieren… - Caroline notó como la fuerza de Madison volvió por unos segundos – Quieren a Hugh.

Y de la rabia, ambas rompieron a llorar.