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viernes, 15 de noviembre de 2013

El Pacto de las Viudas - Indice

“¿Por qué me duele tanto la cabeza?”
Aun no había abierto los ojos y Caroline, en sus pensamientos, ya estaba quejándose. A medida que sus párpados se abrían, notó el color rojizo y anaranjado que lo cubría todo.

“¿Por qué hace tanto calor? ¿Y qué es ese ruido...?”

El ático estaba en llamas. El fuego cubría las paredes, cebándose en una carísima colección de lienzos abstractos. Incluso el propio vestido de Caroline comenzaba a ser pasto de las llamas. Intentó ponerse de pie, tosiendo a más no poder. Entonces notó que algo tiraba de ella desde el suelo. Miró a su muñeca y, en lugar de la pulsera de diamantes que siempre llevaba consigo topó con algo muy diferente. Eran unas esposas. Y al otro lado de ellas había un corpulento individuo tendido en el suelo, aparentemente sin sentido. Cubría su rostro con una máscara e iba enfundado en un esperpéntico traje de gomaespuma. Bajo la luz de las llamas Caroline reconoció el tema del disfraz: un payaso. Un payaso salido de una pesadilla.
 

viernes, 8 de noviembre de 2013

El Pacto de las Viudas - Conclusión

El payaso balbuceó algo que Caroline fue incapaz de entender. Había oído las palabras, pero su cerebro era incapaz de interpretarlas. Le picaban los ojos, se sentía mareada y el humo le estaba provocando nauseas. Era como si se hubiese tomado toda una ronda completa de Sex on the Beach ella sola y ahora estuviera pagando las consecuencias. La imagen del combinado, con su sombrillita de colores chillones, el frescor de la brisa en una terraza de Tribeca, era deliciosa. Pero se resquebrajó cuando una llamarada lamió el vestido de Caroline, devolviéndola al infierno.

El calor la estaba deshidratando, notaba sus labios cortarse y su cutis agrietarse, iba descalza y su vestido estaba chamuscado, pero no iba a darse por vencida. Habían logrado atravesar ya casi toda la planta inferior. Únicamente debían recorrer el pasillo que daba al amplio hall y podrían salir. Con las pocas fuerzas que aún le quedaban ayudó al payaso a tenerse en pie mientras buscaba el mejor camino.

Sin querer, su mirada se topó con el reloj de metacrilato que presidía el salón. Se estaba derritiendo, adquiriendo las formas del cuadro de Dalí. Marcaba las once. Justo en ese momento el desfile de Madison estaría comenzando, debían darse prisa si querían llegar.

Esquivando las llamaradas que salían de un lado y otro e intentando aspirar la menor cantidad del asfixiante humo, Caroline y el payaso seguían avanzando por lo que hacía solo unas horas era uno de los áticos más chic de toda Manhatan. A gatas lograron alcanzar la puerta del apartamento. Caroline alargó su mano hacia el pomo de la puerta y cayó al suelo desplomada.


24 HORAS DESPUÉS

El día parecía querer acompañar la tristeza que invadía a Madison. El día antes, cuando acabó el desfile no apareció el señor Wilkinson para invitarle a subirse a la pasarela a recibir sus merecidos aplausos. Tampoco lo hizo Hugh, con esa sorpresa que seguro le había estado preparando y que explicaría y compensaría de sobra el haber estado desaparecido las últimas horas. No, nada de eso pasó. Fue un policía de servicio el que se acercó a ella. En vez de su soñado ramo de rosas, traía consigo un papel, una nota. Simple, escueta – Lo lamento – dijo en voz baja al entregársela.

Una infinita fila de limusinas negras descansaban en el camino central de Green Wood, el cementerio de las celebridades de Nueva York. El ceniciento cielo y la suficiente perspectiva, daban a la imagen una estremecedora belleza. Esas enormes berlinas con sus conductores reunidos en pequeños corrillos, compartiendo cigarros y jugando con sus viseras tenían un macabro atractivo. De fondo, la silueta de la eterna promesa del éxito, de los sueños truncados, de los bulevares de luces apagadas. La silueta recortada de Manhattan completaba el encuadre.

A escasos cincuenta metros, cientos de personas se aglutinaban alrededor del reverendo Hoffman. Cincuenta y cinco años enterrando los cuerpos más floridos de la alta sociedad neoyorkina le habían convertido en una especie de estrella de los sepelios. Rodeado de curiosos, paparazis y allegados más o menos dudosos, Hoffman sabía que expresión poner en cada momento para darle más dramatismo o fuerza a las fotos. Hoffman terminó de recitar la última oración justo cuando la primera palada de tierra comenzó a cubrir el ataúd. Junto con ella cientos de rosas cayeron al interior del agujero entre sollozos.

Pese a la cantidad de gente congregada, el silencio reinaba en la escena. Se trataba no obstante de un silencio aparente, de falso respeto. Si alguien caminaba por entre las cámaras que disparaban sin parar buscando captar cualquier mínimo detalle, o por entre las ricas pamelas negras y los estudiados trajes de rallas oscuras, podía oír un susurro. Continúo y monótono, siempre presente.

Madison no lo podía oír, pero sabía que estaba allí. Y que de una manera u otra el susurro hablaba de ella. Así había sido apenas una hora antes en el entierro de Caroline, así era ahora en el de Hugh. Aún quedaba mucho por concretar, las causas exactas del incendio, las extrañas circunstancias que lo rodeaban, pero a nadie le importaba, el veredicto ya había sido decidido. Las esposas que ataban los dos cuerpos y todo lo que daba a entender había sido suficiente para ello.

Madison Welsh, la nueva tendencia de la Gran manzana. Hugh Stark, el chico bueno de Nueva York. La pareja perfecta. Guapos, ricos y en la cumbre. Nada estridentes, reservados, esquivos con la prensa rosa. Era la relación ideal y de la manera más inesperada y morbosa se convierte en titular siempre soñado por la prensa del corazón. La pareja de tres y su desgraciado desenlace.   

Madison aguantaba estoicamente al lado de los padres de Hugh mientras uno a uno, todos los asistentes iban pasando frente a ella para darle el pésame. Incluso con los ojos rojos, llorosos, podía ver como se acercaban únicamente para verla de cerca, en su momento más bajo. Para poder contar luego a sus amigas lo mal que lo estaba pasando la pobre.

La desencajada cara de Madison pareció romperse del todo cuando Katherine Crushlow se acercó para darle el pésame. Vestía un insultante vestido rojo que estilizaba y hacía aún más atractiva su deliciosa y madura figura

- ¿Cómo te atreves? - La voz de Madison sonó ronca, salía de lo más adentro de su ser - ¿Qué haces tú aquí? Vete ahora mismo o llamaré a la policía

- Querida – Dijo Katherine sonriendo abiertamente – Hazlo. Pero no por mí, hazlo para que se lleven a toda esta gente que ha venido a reírse de tu dolor

- Vete, por favor – Zanjó Madison evitando entrar al trapo

- Vamos mi niña, cariño, ¿Sigues sin verlo? - Los ojos de Katherine eran fríos, calculadores – ¿Aún estás enfadada por lo de la rata? o quizás ¿por la visita al hospital? No queríamos asustarte a ti, cariño. Era a esa arpía, que decía ser tu amiga y a tu novio a los que pretendíamos avisar. Pero los muy cerdos no se dieron por enterados, ¡En tu propio ático, Madison!, ¡Seguro que hasta se ponía tus zapatillas! Así que hicimos lo único que se puede hacer por una buena amiga como tú. Llámame, ¿vale? - Y sin esperar respuesta alguna, se alejó entre comentarios a lo inapropiado de su vestimenta.


EPILOGO:

Madison cabalgaba a lomos de un encapuchado. De la máscara, que cubría completamente la cabeza, caían unas peludas orejas de burro. No se podía ver el rostro, pero por el torso, se trataba de un hombre muy joven.

El silencio de Madison y su juguete chocaba con la gran sonoridad de los gemidos, alaridos, gritos y suplicas de las otras chicas y sus juegos.

Katherine observaba desde el piso de arriba la escena. Le divertía ver como sus mujeres sometían a esos hombres. Cómo los humillaban hasta hacerlos desaparecer. Decir que disfrutaba con ello, era quedarse corto.

Pero hoy, aunque todas se esforzaban mucho, sólo tenía ojos para Madison. La había echado mucho  de menos.

Esa dulzura maquillada de rabia y odio. Esa inseguridad recubierta de frío latex. Por mucho que intentara disimularlo, cada vez que Madison denigraba a un hombre, que lo degradaba a la condición de objeto, realmente buscaba otra cosa. De alguna manera Madison esperaba que al acabar la sesión, ese pobre infeliz se hubiera enamorado de ella. Que se convirtiera en su príncipe azul, que le abrazara, que le dijera lo especial que era, que se acostaran juntos y al despertarse estuviera a su lado para llamarle Princesa.

Katherine sonrió. Ninguna de las otras chicas le había hecho sentir durante la ausencia de Madison nada parecido a lo que sentía ahora. Era esa inocencia, esa contradicción perpetua de Madison la que la cautivaba.

- Te he echado de menos Maddie - dijo Katherine para sí misma mientas echaba el último sorbo a su Martini – No vuelvas a irte nunca más Maddie - Katherine no podía de despegar sus ojos de ella. El burrito parecía estar a punto de desmayarse, pero ella seguía castigándole en silencio con la fusta. Golpeándole cada vez más fuerte y agitándose cada vez más deprisa. Katherine observaba extasiada como Madison comenzaba a respirar más y más profundamente, como si le faltara el aliento y muy en silencio, de una manera casi imperceptible, comenzaba a gemir, casi avergonzada, mientras una lágrima recorría su mejilla.

Katherine se mordió sus labios hasta hacerlos sangrar sintiendo en su interior una enorme ola de placer  - Deberías saberlo ya Maddie, nadie rompe con las Viudas. Nadie rompe conmigo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

El Pacto de las Viudas - Tercera Parte


Los Picasso, Braque y Matisse ardían en las paredes del piso de Madison. Caroline hacía un esfuerzo enorme para arrastrar el pesado cuerpo del payaso sobre el suelo de mármol. La puerta de entrada aún estaba lejos y el humo y las llamas hacía que no parara de toser y llorar. La idea de que jamás saldría viva del piso con el peso muerto de su compañero pasó por su mente como un rayo. Alcanzó un jarrón muy caro y tremendamente bonito que contenía una quemada flor de lys y tiró toda el agua que contenía sobre el rostro del hombre inconsciente. Presa del pánico gritó, lloró y clavó sus uñas de porcelana en el cuerpo del payaso pero este no reaccionó. Estaba desesperada, no sabía qué hacer, demasiado cansada para seguir cargando con ese enorme y pesado saco.
Pasado el ataque de ira, pensó en que quizás la máscara no le permitiera respirar bien. Se la quitó y el rostro que descubrió no era el que pensaba.

24 HORAS ANTES

Mientas Caroline andaba rápidamente por las calles de un lujoso barrio de la ciudad pensaba en lo que hacía unas horas le había contado su amiga Madison.

-Todo empezó como un pequeño grupo de apoyo de chicas que no habíamos tenido mucha suerte con los hombres. Entre nosotras nos dimos fuerza y ánimos para tomar las riendas de nuestras relaciones. Decidimos que antes de que nos dejaran ellos lo haríamos nosotras. Como si estuvieran muertos para nosotras.
Pero algunos chicos se ponían un poco pesados y había que dejarles claro como estaban las cosas y quienes eran las que mandaban. Alguno, incluso, bueno, no salió muy bien parado. - Madison no paraba de llorar. – Entonces me fui a Europa, huyendo de todo esto, de las chicas. Cuando volví, creía haber dejado todo eso atrás, que las viudas habían desaparecido que podría empezar de nuevo con Hugh. Pero estaba equivocada-.

Cuando acabó de contarle la historia a Madison le entró un ataque de histeria, la tuvieron que sedar y la doctora Kadie anuló su salida del hospital hasta que vieran su evolución.  Fue entonces,  mientras Caroline intentaba localizar a Hugh para advertirle, cuando a Madison en sus sueños se le escapó un nombre Katherine Crushlow.

Caroline observaba su edición especial de Iphone nuevo decorado con diamantes de svarowsky. Gracias a las cuentas de Katherine en las redes sociales supo que era una mujer que estaba a punto de llegar a los 40 años. Abogada de éxito y que vivía en una gran casa en Queens. Contemplaba la gran mansión de dos pisos de altura a la vez que la foto que tenía en el móvil y que Katherine había alguna vez usado como perfil de facebook. En la imagen aparecía ella con varias mujeres más.
Los manolo´s hacían crujir los escalones de madera del gran porche de entrada. Llamó al timbre y un atractivo mayordomo abrió la puerta.

-Eh, hola, quería ver a la señora Crushlow -.

Sin mediar palabra el mayordomo se dio la vuelta y desapareció en la sombras. Al cabo de unos minutos llegó la señora de la casa. Una mujer de unos cuarenta años, muy atractiva, con un impresionante pelo largo liso y que vestía un traje de noche largo, azul eléctrico.

-Hola, soy… – se adelantó Caroline.
-¡Se quien es! - . Le cortó Katherine. La mujer sonreía. – Es la amiga de Madison. Por favor, pase -.
La abogada avanzaba por los mal iluminados pasillos del pequeño palacio.
-Solo quería hablar un momento con usted. Sobre Madison, está muy afecta… - Katherine la volvió a cortar. – Querida, tenemos tiempo, por favor, déjame invitarte a una copa.- La dueña de la casa se apartó mientras invitaba a Caroline a entrar en una sala.

El bolso de Gucci que Caroline cuidaba como si fuera su hijo se le cayó al suelo.  En la amplia sala perfectamente iluminada una decena de mujeres practicaban toda clase de perversiones con hombres semidesnudos;  una mujer vestida de amazonas lanzaba flechas a un atractivo Cupido, una mujer vestida de Bella comía sobre un hombre disfrazado como la Bestia, una chica vestida de maestra de ceremonias hacía pasar por un aro a latigazos a un hombre caracterizado como un tigre.  En el fondo de la sala, estaba Hugh, vestido solamente con unos calzoncillos de Armani y atado a una cama. Parecía inconsciente o peor, muerto. Caroline se dio la vuelta intentando escapar pero chocó con un… ¿payaso?. Era el hombre que había ido al hospital vestido con un horrible disfraz.

-¡Niña!, ¿ya te quieres ir?. ¡Si la fiesta solo acaba de empezar! - . Katherine la cogió de la manó y la sentó en una silla, no muy lejos de la cama donde Hugh yacía atado inmóvil. El aire de la sala estaba muy cargado y olía raro.

La cabeza de Caroline empezó a dar vueltas, se sentía muy débil. Katherine, a su lado, observaba al resto de mujeres, feliz, satisfecha, con una copa de vino en la mano.

-¿Qué queréis de m…?- apenas alcanzó a decir antes de caer inconsciente. Katherine la miró, como la madre que mira a la hija antes de darle una importante lección. Le acarició la cara. – Cariño, solo cuidamos de nuestras hermanas -.

[continuará]

viernes, 25 de octubre de 2013

El Pacto de las Viudas - Segunda Parte





A medida que Caroline arrastraba al corpulento individuo por el salón, el humo y el fuego seguían devorando el lujoso ático de Madison, el cual se hacía más y más pequeño a cada segundo. Entre las llamas, el esfuerzo y el dolor de cabeza Caroline se estaba poniendo de muy mal humor.

“Maldito payaso. Venga muévete ya…”

Pero el payaso estaba despertando y un empujón le hizo perder el equilibrio. En la caída casi derribó la mesa en la que tres días antes había estado tomando champagne con Madison. Todo estaba tal y como lo habían dejado: las copas a medio terminar y la botella abierta en la cubitera. Ahora con tanto fuego alrededor en lugar de burbujas de la botella salía un humo que parecía venido del mismísimo infierno.

El hombre tiraba de su muñeca mientras intentaba levantarse. Caroline le lanzó uno de sus zapatos, luego el otro. Ninguno consiguió impresionar al aun aturdido payaso. Hicieron falta tres golpes de botella de Champagne en la cabeza para que ésta se rompiera y el hombre disfrazado volviera a caer inconsciente al suelo.

No estaba precisamente orgullosa de desperdiciar así un champagne tan bueno... pero tras los últimos días se le había puesto de un humor de perros. Y con razón.

CUARENTA Y OCHO HORAS ANTES

- ¿Y dices que en el restaurante empezó a oír voces? - Caroline charlaba con Hugh en los pasillos del Hospital Jefferson, donde habían pasado la noche.
- Si. Cuando el maître estaba explicándonos la carta de postres se levantó sin más y se fue del restaurante. Cuando salí a por ella estaba en un callejón gritando como una loca. Que si el maître era uno de ellos, que como no había captado las indirectas... “¿Es que no le oyes? No para de decir rata. Rata por aquí, rata por allá… ¡es uno de ellos!”. “¿Quieres calmarte? No ha dicho rata sino nata. Fresas con NATA…”.
- ¿Y quién no se habría puesto así en su situación? Con toda esa historia de las viudas en la cabeza yo no habría sido capaz ni de ir a la cena. Y lo de la rata ya fue el colmo.
- Lo sé ¿Cómo puede haber gente así por el mundo? Es de locos… Si tan solo hubiera podido ver a quien puso ahí a ese bicho le habría dado una buena lección.
- Seguro que le habrías quitado las ganas de volver. Oye, me gustaría poder ayudarla. No me gusta la pinta de todo este asunto. Lo de la rata muerta es de muy mal gusto.
- Ya me he encargado de eso. - A pesar de la penumbra del pasillo del hospital los ojos de Hugh brillaban como dos gotas de agua. – Ahora lo importante es que se recupere. Los médicos dijeron que es solo un ataque de ansiedad pero... ¡de verdad que nunca la había visto tan fuera de sí! Sólo espero que lo que le hayan dado pase pronto el efecto. –

Dicho y hecho: como en un cuento de hadas, el deseo del arquitecto no se hizo esperar.

- Ya está despertando. – Suzanne asomó la cabeza a través de la puerta haciendo un gesto con la mano a Caroline para que ella y Hugh pasaran a la habitación.

Caroline se acercó a la camilla de un salto y, entre el susto y el efecto de las pastillas, la cara de Madison le recordó a uno de esos cuadros abstractos del ático.

- ¿Cómo estas preciosa? Te traigo chocolate de ese que te gusta. Te habría traído más si Suzanne no se lo hubiera comido casi todo. – Suzanne, lejos de sentirse culpable, respondió con esa mirada de gatito degollado que tan bien le funcionaba.
- ¿Cómo estas cariño? – Hugh se acercó a la camilla y cogió suavemente la mano de Madison. - Menudo susto nos has dado. – En el momento oportuno saco un ramo enorme de rosas y los ojos de Madison se abrieron como platos.
- ¿Para mí? Gracias. Sólo ha sido un mareo. De verdad, ya estoy bien, ya puedo… – Madison se irguió de la camilla como un gato – ¡El desfile! ¿Qué hora es? ¡el desfile! –
- No te preocupes por eso. El desfile es dentro de dos días. Ahora tienes que descansar y seguir actuando como si nada de esto hubiera pasado. No podemos levantar sospechas. - Por cómo giró la cabeza, Caroline supo que Madison no estaba nada de acuerdo con eso de descansar.
- ¿Cómo quieres que descanse? ¡Qué horror de día llevo! Dime por favor que me pude despedir de los Wilkinson...
- Ya lo hice yo por los dos. De verdad que no te tienes que preocupar de nada. Me inventé una buena excusa y pagué la cena. Eso les bastó a esos dos viejos aburridos.
- Pssssssssss…. – Madison pidió silencio a su novio. - Por Dios... ¡no les llames así, Hugh! Que son los organizadores. ¡Que escándalo! ¿Y si les da por cancelar el desfile? – Madison se llevó el ramo de rosas a la cara en parte intentando ocultar su apuro y en parte para olerlas mejor. - ¿Y la rata? ¿Qué hiciste con ella?
- La rata ya estará en el plato de algún restaurante de Chinatown. Eso… y mira, toda esta historia de las viudas… Podemos hacerlo. Juntos. Si sólo es dinero lo que quieren esas… furcias, pues allá que se lo lleven a su tumba. Tu nueva colección va a ser un bombazo. Saldremos adelante. – fue escuchando a Hugh cuando Caroline tuvo claro que, de todos los momentos en los que había envidiado a Madison, éste era sin duda el peor de ellos.
- Ay cariño, pero ¿y si vuelven? ¿y si no nos dejan en paz? – Madison seguía hablando con el ramo de flores en la cara. Una lástima, pensó Caroline, ya que se perdió como Hugh casi rompió el botón de su camisa de tanto sacar pecho.
- Para que te quedes más tranquila he contratado un guardaespaldas privado. Me lo recomienda la firma. Es de total confianza. El señor Silvestri será muy discreto y se encargará de que no te pase nada cuando yo no esté. – Madison dejó caer levemente el ramo para ver a Hugh con sus propios ojos.
- ¿Qué? ¿Un guardaespaldas? – Por un momento la piedra que tenia Hugh por pecho volvió al sitio del que provenía. – Hugh. Mi vida… - El abrazo de Madison casi lo dejó sin aliento – Eres el mejor. – Suzanne y Caroline se miraron entusiasmadas e hicieron ese sonidito de amigas emocionadas tan particular.

Casi de forma premeditada y sin ningún tipo de aviso la puerta se abrió y entró en la habitación un cincuentón con barbas y bastón que los miró de forma desafiante, rompiendo toda la magia del momento. Todos gritaron del susto y Madison lanzó las rosas al aire.

- ¿Pero usted quién es? – Preguntó Hugh mientras cogía las manos de Madison para calmarla.
- Madonna ¿Y tú? Oh, es coña. No se preocupen por mí. Es que he oído la palabra bombones y no he podido resistirme. – El hombre se acercó cojeando a la mesa y señaló la caja con un dedo - ¿Puedo?
- Claro que no, ¿quien se ha creído que es?
- Demasiado tarde. – Con un gesto infantil metió la mano en la caja de bombones y se llevó un puñado a la boca. Con la misma arrogancia con la cual entró se dirigió a la puerta. A pesar de estar huyendo encontró tiempo de lanzar unas últimas palabras. – Por cierto a tu novia le darán el alta mañana a primera hora. La doctora Kadie vendrá ahora a contárselo en persona. Gracias por los bombones. – La habitación entera no podía salir de su asombro.
- Qué asco de hombre. - Madison, Hugh y Caroline se repugnaron con aquel individuo. Suzanne más bien lo contrario.

Por su parte, la doctora Kadie llegó poco después, confirmando el alta de Madison para la mañana siguiente y pidiendo disculpas por el comportamiento de su singular medico. Dicho eso, todos se organizaron para hacer los respectivos turnos en el hospital. Caroline se pidió el primero. Quería aprovechar lo antes posible para estar a solas con Madison y poder ponerse al fin al día. Había muchos detalles del desfile que se moría por conocer. Caroline sabía que no había pastillas para dormir capaces de interponerse entre dos amigas y una buena sesión de preguntas, tan solo que esta vez Madison fue más rápida.

-Ahora sí que no te escapas. – Madison levantó los hombros y empezó a dar palmaditas con las manos. - Quiero que me lo cuentes todo… y no omitas ningún detalle. – Caroline acercó su silla al borde de la camilla y empezó su confesión de buena amiga.
- Como te iba diciendo, creo que he encontrado a… -

Toc, toc, toc…

El ruido de la puerta interrumpió por segunda vez la frase de Caroline, la cual dedicó una sonrisa a Madison como diciendo “No me lo puedo creer”.

- Ahora no Silvestri. Estamos ocupadas. – Madison no podía esperar más y cogió de las manos a su amiga. – Venga cuéntamelo ya. ¿Es guapo?

Toc, toc, toc…

Como si de un deja-vu se tratara la puerta se abrió de forma tan brusca como cuando entró aquel extraño médico cojo. Pero esta vez fue un hombre corpulento con rostro muy serio el que se presentó ante ellas.

- Buenas noches. Tengo dos mensajes para la señoría Welsh. El primero es que el señor Silvestri está… descansando. – A medida que se aproximaba, proyectaba su gigantesca sombra sobre Caroline. – El segundo es privado. Por favor señorita, si hace el favor de dejarnos solos...

Coraline miro al desconocido de arriba a abajo.

- ¡No voy a dejarla sola con un ogro como tú! – Sus palabras provocaron la risa del hombre y el asombro de Madison.
- ¡Caroline! No creo que cabrearle sea una buena idea. – El hombre, vestido my elegantemente, hizo un gesto de aprobación con la cabeza ante el comentario de Madison y señaló con su mano la dirección en la que se encontraba la puerta.
- Una cosa más señorita, si se le ocurre pedir ayuda... mataré a su amiga aquí mismo.

Fue un tortazo de esos que dejan un severo dolor en la palma. Pero Caroline no iba a permitir que el escozor de su mano estropeara una salida más que digna. “Esta por la rata”. Cerró la puerta y miró el pasillo de arriba abajo. No había ni rastro de Silvestri, así que no tuvo más remedio que esperar a que ese “mensajero” terminara de hablar. En realidad la espera no fue de más de un minuto pero a Caroline se le hizo eterna. Si ella estaba sufriendo no se quiera imaginar por lo que estaría pasando Madison a solas con ese bruto. Cuando la puerta volvió a abrirse Caroline lanzó una mirada inquisitiva al hombre de negro como diciendo “La próxima te dolerá de verdad”. Cuando entró en la habitación Madison estaba sollozando como un bebé.

- Ya pasó cariño. – Caroline la abrazó con todas sus fuerzas. – Ya se fue ese animal. – Si la seguía abrazando quizás conseguiría que se olvidara de todo por un segundo. - ¿Que te ha dicho? ¿Quieres que llame a la policía? Si hay algo que necesites, dinero o lo que sea ya sabes que puedes contar conmigo.
- No. No es dinero lo que quieren… - del disgusto, Madison apenas podía soltar dos palabras seguidas. - quieren… - Caroline notó como la fuerza de Madison volvió por unos segundos – Quieren a Hugh.

Y de la rabia, ambas rompieron a llorar.

viernes, 18 de octubre de 2013

El Pacto de las Viudas - Primera Parte

“¿Por qué me duele tanto la cabeza?”
Aun no había abierto los ojos y Caroline, en sus pensamientos, ya estaba quejándose. A medida que sus párpados se abrían, notó el color rojizo y anaranjado que lo cubría todo.

“¿Por qué hace tanto calor? ¿Y qué es ese ruido...?”

El ático estaba en llamas. El fuego cubría las paredes, cebándose en una carísima colección de lienzos abstractos. Incluso el propio vestido de Caroline comenzaba a ser pasto de las llamas. Intentó ponerse de pie, tosiendo a más no poder. Entonces notó que algo tiraba de ella desde el suelo. Miró a su muñeca y, en lugar de la pulsera de diamantes que siempre llevaba consigo topó con algo muy diferente. Eran unas esposas. Y al otro lado de ellas había un corpulento individuo tendido en el suelo, aparentemente sin sentido. Cubría su rostro con una máscara e iba enfundado en un esperpéntico traje de gomaespuma. Bajo la luz de las llamas Caroline reconoció el tema del disfraz: un payaso. Un payaso salido de una pesadilla.

Aturdida y confusa, Caroline miró a su alrededor. Aquel era el ático de Madison, no había duda de ello. Pero desde luego tenía mejor aspecto cuando lo visitó por primera vez. Recordó haber pensado que era lo más parecido al paraíso del diseño y el estilo. Ahora era un infierno de fuego y humo. Era increíble pensar lo mucho que podían cambiar las cosas en sólo tres días. Pero en aquellos tres días habían pasado tantas cosas...

SETENTA Y DOS HORAS ANTES.

- ¡Caroline! – Madison se levantó del sofá de diseño y corrió hasta ella haciendo repicar los tacones de sus Manolo´s sobre el mármol. – ¡Qué alegría que hayas podido venir al final!
- ¿Y perderme tu puesta de largo newyorquina? – Caroline respondió a Madison con esos mismos besos que no llegaban a tocar nunca las mejillas - ¡Ni muerta!
- Ese es el espíritu, cariño... – la tomó de la mano y casi la arrastró a través del inmenso salón – Ven, ¡déjame que te presente!
- ¡Menudo ático! – Caroline bajó la voz a modo de confidencia - ¿Quién es el afortunado al que has dejado que pague todo esto?
- Ahora mismo lo vas a conocer – Madison guiñó uno de sus ojos verdes y se aclaró la voz antes de proceder a la presentación oficial. – Caroline... éste es Hugh. Hugh... Caroline.
No aparentaba más de cuarenta y pocos. Levantó la vista tras unas elegantes gafas de Hugo Boss y clavó dos ojazos azules que hicieron sentir una punzada de envidia a Caroline. El arquitecto que había cazado la golfa de Madison no sólo era millonario... ¡además estaba como un tren!
- Encantado de conocerte por fin, Caroline... – tomó por la cintura a Madison – Maddie me ha hablado de ti...
- Oh, espero que no te haya contado... demasiado. – Caroline lanzó una exagerada mirada de complicidad a Madison.
- Bueno, os dejo solas. – Hugh la besó fugazmente en los labios y dedicó una cortés mirada a Caroline – Tengo dos reuniones que no pueden esperar...
- ¡No olvides que hemos quedado en Giordano´s a las siete y media! – Madison escuchó la puerta cerrándose y con un gesto de contrariedad buscó su móvil – Mejor le mando un mensaje. ¡Seguro que se le olvida...!
- Bueno, viendo lo bien que le sientan esos pantalones de Armani, creo que podré perdonarle que sea olvidadizo.
- ¡Oye! – Madison propinó una palmada en las piernas de Caroline a modo de reprimenda. - ¿Le estabas mirando el culo a mi novio?
- Ya sé, ya sé...
- “Se mira pero no se toca”.- dijeron ambas al unísono. Acto seguido, rieron recordando una vieja anécdota. Cuando las carcajadas cesaron, Madison dejó su copa de champagne de lado y miró inquisitivamente a su vieja amiga.
- Bueno... ¿y no tienes tú nada que contarme?
Caroline mojó los labios en el champagne y se acicaló el pelo, haciéndose la interesante.
- Desde que firmé el contrato con Cosméticos Dubois, Maddie, he tenido que ser muy discreta con respecto a mi vida privada... – miró para ambos lados como si los paparazzi pudieran estar escuchando – Pero entre tú y yo... puede que haya encontrado a...
Con un oportuno sentido del dramatismo, el timbre sonó dejando el chisme en su mejor momento.
- Seguro que es Suzanne... – dijo Madison poniéndose en pié y encaminándose a la puerta principal. Sus ojos, sin embargo, dedicaron a Caroline esa mirada tan suya de “quiero que luego me lo cuentes todo... con pelos y señales”.
Caroline escuchó los pasos de Madison perderse por el pasillo mientras su mirada hacía un recorrido a través de aquel inmenso salón. Los ventanales mostraban la envidiable vista que sólo un ático ubicado en la planta treinta del mejor barrio de Manhattan podía regalarte. Caroline sostuvo su copa y disfrutó en silencio de la vista. No puedo evitar sentir un poco de envidia, pues la suerte de Madison con los hombres parecía haber dado un salto cuántico. Le bastó recordar el historial de su vieja amiga en lo que a relaciones se trataba para que, de repente, Caroline se sintiese culpable. Madison había sufrido mucho en el pasado y se merecía ser feliz. Se merecía...
... ¿gritar?

Caroline escuchó el primer grito. Fue corto, como de sorpresa. Había dejado la copa sobre la mesa y corría por el pasillo cuando escuchó los que siguieron al primero. Encontró a Madison junto a la puerta principal, sentada en el suelo y gritando fuera de sí. Se abrazó a ella histérica. No dejaba de gritar, presa del pánico. En el suelo alguien había dejado una rata muerta con un puñal clavado en su panza, con una nota atravesada. En ella, Caroline sólo pudo reconocer un extraño emblema.
- Las viudas... – la voz de Madison era un hilo de voz, quebrado por el miedo y el llanto – Las viudas me han encontrado.