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miércoles, 1 de abril de 2015

Autopsia - Tercera Parte

 “…ajá… si… entiendo… se lo haré llegar. Hasta entonces no haga absolutamente nada. Le necesito fresco para este caso. Adiós”

Con estas pocas palabras dio por zanjada la conversación telefónica el Comisario Walters. De eso hacían ya 7 horas. 7 horas de larga e infructuosa espera sin poder objetivar nada nuevo. Le faltaba por lo menos una pieza para completar el puzle.

- Me muero de aburrimiento.- dijo para sus adentros. Para hacer tiempo lo había vuelto a examinar todo. La inspección visual la había repetido hasta tres veces. Había reclasificado todos de tejidos y hasta le había sobrado tiempo para realizar él mismo los exámenes complementarios y la identificación.

“El estudio macroscópico revela en el varón una objetivación de lesiones subcutáneas no visibles externamente  debidas a un mordisco. En el caso de la mujer la causa inmediata de la muerte se debe a una muerte súbita de origen genético por exposición a un fuerte estrés.”

7 Horas y 3 minutos tardó en aparecer por segunda vez el camillero con una bolsa negra y cerrada en la mano. No podía ser. Simplemente no podía ser verdad.

-    ¿Pero dónde está el cadáver?
-    El Comisario sólo le envía esto Dr. Dorme. Por el olor y el peso yo diría que está dentro.

La bolsa parecía sacada de un cubo de la basura. Esta imagen trajo de los nervios al Dr.Dorne. – Bueno bueno. Déjela ahí en la camilla y váyase a celebrar algo. – Sin el menor cuidado dio un jalón al nudo de la bolsa y la abrió de un sopetón.

-¡Perro! – gritó el Doctor. El camillero se giró sobre sí mismo indignado, pensando que se dirigía a él en tono de desprecio. Pero el buen Doctor gritaba al cielo dominado por la incredulidad. – ¡Hay un perro muerto en la bolsa!



Mike conducía a toda velocidad mientras doblaba la esquina de la calle de su ex. Ya asomaban las estrellas por última vez este año y el alcohol estaba haciendo todo su efecto anestésico en su mano rota y, determinantemente, en sus reflejos. – Puta hispana. A mí no me deja nadie.- Casi por instinto dio un último sorbo a la botella vacía y se dirigió a toda velocidad hacia la zona verde que hace de separador entre la casa y la calle. – Te voy a dejar el jardincito como el coño de tu puta madre. -

La cosa no pudo ir peor. En el momento en el que irrumpía en el jardín con su coche la mencionada señora, su marido y el tan querido perro de la familia hacían lo mismo, tan sólo que caminando al ritmo de las personas mayores desde el paso de peatones, sin ninguna oportunidad para reaccionar o esquivar el vehículo que les empotraba y que, a pesar de su intento por frenar, les lanzaba de frente contra los arbustos. Mike estaba perplejo. Acababa de atropellar a los padres de su ex el día de fin de año.

Por suerte para él el perro y los arbustos absorbieron la mayor parte del golpe y éstos aún se agitaban temblorosos al son de los aturdidos padres. O eso le parecía a él. Nervioso, descontrolado, desorientado, la situación le dominaba. Quería salir de allí aprovechando que no le había visto nadie. Pero si los padres le habían reconocido estaría perdido. Sin pensárselo dos veces se bajó del coche, cargó con la madre de forma muy poco heroica y la puso semiinconsciente en el asiento trasero del coche. Hizo lo mismo con el padre pero éste se defendió con uñas y dientes. Un mordisco alcanzó la hasta mano buena de Mike mientras dejaba al padre forcejeando en el asiento delantero del coche. – Me está bien empleado por gilipollas. -

– ¿Y qué cojones hago con el puto perro? – pensó.  Estaba muerto y bien muerto, con la lenua blanca. Cargó con él y lo lanzó como una piedra al maletero. – Mierda. Qué marrón. Venga Mike. Ahora al hospital. ¿Los dejas allí y desapareces por un tiempo eh? Venga que tu puedes hacerlo campeón. – Sacó el coche de la acera y condujo hacia el Hospital Central más próximo rezando porque sus pasajeros no perecieran durante el trayecto.

En ese momento salió Mary a medio vestir y medio maquillar por la puerta principal hacia el jardin. El ruido violento del coche la sacó de sus cámaras y salió como pudo a ver qué había pasado. No sabía nada del accidente ni del estado de sus padres. Lo que sí reconoció de inmediato fue el coche de su ex, que huía calle abajo con dos cabezas fácilmente reconocibles tras la cristalera. – ¡El pendejo está secuestrando a mis padres! –

Eso ya era ir demasiado. No hoy. No cuando sus invitados estaban a menos de una hora de llegar. Mary, mujer  de carácter y de amas tomar hizo lo que su instinto latino y sus nervios, que los tenía a flor de piel, le pedían: cogió las llaves de su coche y emprendió la persecución a toda velocidad para traer de vuelta a sus padres y evitar de que algo malo les pasara.

viernes, 2 de enero de 2015

Relato breve de Halloween. No compres lo que no puedes pagar - Tercera parte


https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjvJRNEPX37cCHl-MIZaMxdIno7RIhg-BdzaY9qd9hAr54f9rGihqF-j1RtUoPjNr1x07QBiY8e9c4YYyuJM5Ke0qbH88ewaASHYrO7iuv6mq2-rQN_QTQGAoo0phVavg4XskMHzL3EPc8/s1600/unnamed.jpgEsta vez no había nadie mirándola. Se encontraba sola con esa extraña calidez en la piel que la inundaba con memorias de otros tiempos, como un anhelo ya olvidado.

En el horizonte oscuro un lejano lucero nació. Había algo dentro de aquella luz. Intentó acercarse pero el lucero se desvanecía, como si la rechazara inseguro. Otro lucero surgió a sus espaldas. Dos luces. Dos ojos. “¿Sois vosotros?”. Pero cuanto más se acercaba más se desvanecía el lucero que la enfrentaba. Se acercó y se acercó hasta que lo hizo desaparecer. 

Un torrente de luz la hizo voltearse. El lucero que quedaba atrás se había hecho tan grande que la envolvía como a un insecto. Pero no había solo luz ahí. A través de él se podía ver. Podía ver cosas…

En esa noche oscura de lluvia uno de sus amigos corría a través del bosque. Pero ella no se mojaba. “¿Estaré a salvo aquí?” Su amigo se cercioró de que nadie le seguía y se detuvo a recuperar el aliento. “No te confíes”. La Muerte, aquella sombra incansable, husmeaba aquel páramo. Cerca. “Detrás de ti” “!Entre los matorrales!”. Ella corrió a avisar a su amigo a salvarle de aquella amenazadora visión que se alzaba terrorífica. Pero como le ocurre a la noche cada mañana en esa rueda del tiempo que se repite incansable, al acercarse al lucero, éste acabó desapareciendo.

“!No!” Su amigo estaba en peligro. “!Vuelve!” Irremediablemente lo que era una imagen clara se hizo poco a poco tenue luz, mientras que detrás de ella se intensificaba otra mas brillante y fuerte. De nuevo una imagen terrorífica la acosaba. Una de sus amigas había caído en un barrizal y no podía levantarse. Cuanto más luchaba contra la tierra más se hundía. Ella buscaba desesperadamente dónde agarrarse pero por culpa de la caída había perdido sus gafas. De nuevo la sombra en los matorrales. Esta vez sostenía una enorme piedra entre las manos. “Sal de ahí”. Pero su amiga no podía oírla. Intentó correr hacia ella y salvarla pero sus piernas no consiguieron tocar suelo. Por más que luchaba, por más que se esforzaba, apenas conseguía avanzar. “¿o es la imagen la que se hace más pequeña?”

No tuvo tiempo de averiguarlo. Cada esfuerzo hacia su amiga en peligro traía consigo una luz más  y más intensa sobre su cabeza. Un eco lejano arrastraba consigo risas y aplausos. El público estaba apareciendo de nuevo como escarchas de humo, como almas en pena. Todos llevaban mascaras horribles. Todos estaban mutilados. Todos la miraban reprochando. “Dejadme en paz”.

Esta vez la persona que apareció tras de sí en el lucero era ella misma. Tenía las manos llenas de sangre. Ya no podía correr más. Estaba cansada, mojada y horrorizada. Se había cobijado en una cueva. Estaba entre las sombras. “¿Estaré a salvo aquí?” Pero lo que nace en las sombras puede ver en las sombras. Y allí estaba la Muerte paciente, esperándola con su afilada hoja en, su máscara blanca, sus ojos sin vida… Su sed de sangre infinita.

Sabía lo que iba a pasar. Sabía que nadie vendría a ayudarla. Sabía que nadie podría oírla. Todo había acabado. “¿Todo?”. En el instante en el que la resignación hizomella sacó aún fuerzas para un últimogesto de valentía. Miró cara a cara a la Muerte. Tenía algo que decirle. Pero a quien se encontró de frente no era un ser mitológico. Era una persona. Una persona que conocía estaba dispuesta a asesinarla fríamente.

Todo se nubló. Todo se hizo oscuridad. El público la miraba y lloraba con ella. “El precio de vivir es el dolor”. No quería ver a nadie. Alguien la estaba presionando. Podía sentirlo todo de nuevo. Revivir la pesadilla. “Los muertos no sienten nada”.

Ahora estaba todo claro. Podía sentir a la persona en el otro lado. Podía sentir la llamada. El público se puso en pie y señaló hacia lo más alto. Sí, ese era el camino hacia la luz y el calor. Alguien la esperaba para hablar con ella. Alguien que tendrá que pagar un precio por hacerle revivir recuerdos que hace tiempo decidió olvidar.

Su espíritu dejó por un momento a un lado la Muerte y se manifestó en el mundo de los vivos. 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Las Aventuras de los Goonboys - Especial Navidad – El Fantasma del Deshollinador – Parte III


Marcos se levantó de la silla de un salto y empezó a dar vueltas como loco por aquella pastelería en la que ahora reinaban el desorden y las cenizas.

-¡Mi regalo! ¿Dónde está mi regalo? ¡Es mío, me lo ha dado a mí! –gritaba, cada vez con más vehemencia.

Pero el dorado botón se había desvanecido sin dejar el menor rastro. Marcos, lleno de furia y confusión, se paró en seco, dirigió su mirada hacia la puerta y, como si hubiera visto al mismísimo conejito de Alicia, salió del local disparado como un cohete.

María y Gregorio hicieron un amago de levantarse y salir detrás de él, pero en ese mismo instante la señora Abush, que había adivinado sus intenciones, situó su orondo cuerpo delante de los chicos y, con una voz sorprendentemente reconfortante, les dijo:

- Tranquilos, esperad. Dejad que le dé el aire un rato, le vendrá bien.

- ¿Y si le pasa algo? –respondió Paula elevando la voz más de lo deseado-, ¡el fantasma ha ido en esa dirección!

- No le pasará nada, te lo prometo –trató de serenarla la maternal pastelera poniéndole una mano en el hombro-. Esperad aquí un minuto, voy a ver si han quedado algunos pastelillos a salvo de las cenizas, dejad que os prepare un chocolate nuevo. Hay algo que debéis saber antes de ir a buscar a vuestro amigo…

En apenas un abrir y cerrar de ojos la señora Abush regresó con un plato lleno de impecables pasteles, esta vez de canela, y cuatro tazas de humeante chocolate. Luís y Paula se dejaron seducir inmediatamente por el aroma de los dulces. María y Gregorio, aún confusos y temerosos, tardaron algo más en ser capaces de disfrutar de las viandas. Los cuatro, sin embargo, escucharon atentamente las palabras de su narradora:

- “La historia que voy a contaros sucedió hace unos cuarenta años, cuando vosotros no habíais nacido y vuestros padres no eran más que chiquillos revoltosos. Por aquel entonces, San Gonzalo era una pequeña aldea, con muchas menos casas de las que tiene ahora y, por supuesto, también con mucha menos gente. Yo tendría diez o doce años y recuerdo que Casimiro era el deshollinador de la comarca. Vivía en una casita en el campo, a varios kilómetros de aquí, y siempre estaba de un lado para otro limpiando con brío las chimeneas de todos los vecinos de la región. Era un hombre alegre y divertido, como aquel que acompañaba a Mary Poppins, y todos estaban encantados con su buen trabajo. Un hermoso día de principios de diciembre, cuando San Gonzalo estaba a punto de vestirse con sus mejores galas navideñas y las primeras nieves ya habían teñido de blanco la plaza del pueblo, Casimiro, Casi para los amigos, recibió un extraño encargo. Don Fulgencio Ramos De Carrión, un huraño y amargado vejestorio que vivía en el caserón del Cerro Viejo, hizo llamar a Casimiro y le ofreció una caja llena de botones de oro a cambio de acumular la ceniza de todas las chimeneas del pueblo y depositarlas allí mismo, en el jardín de Don Fulgencio.”

- ¿Y para qué quería las cenizas el viejo de la colina? –preguntó María con el ceño fruncido.

- Eso es algo que nunca sabremos a ciencia cierta –contestó la señora Abush-, pero dejad que continúe con la historia. “Lo primero que pensó Casimiro al imaginarse los botones de oro en sus manos fue en la oportunidad de mandar coserlos en una maravillosa blusa que regalaría a su prometida, por lo que aceptó la oferta sin pensarlo dos veces, y sin preguntar siquiera la razón de tan insólita misión. En apenas unas semanas la montaña de ceniza que se acumulaba en la parcela de la colina era tan alta que podía verse desde el pueblo vecino. Casimiro recibió su pago y fue directo a casa de la costurera, a la que encargó fabricar la blusa más bonita del mundo con los botones de oro recibidos por el cumplimiento de su parte del trato. Llegó el día 31 de diciembre y Casimiro fue a recoger la blusa. ¡Era espectacular! Corrió a casa de su amada, pero ella no estaba allí. La buscó por todo el pueblo hasta que finalmente dio con una aldeana que recordó haberla visto subiendo al Cerro Viejo.”

- ¿A la casa del viejo que había dado los botones a Casimiro? –preguntó Luís, con los ojos como platos.

- Así es. Al parecer, la novia del deshollinador había subido a llevar un encargo a Don Fulgencio, pero eso Casimiro no lo sabía. “Entonces nuestro enamorado encaró la cuesta del cerro, con paso firme y decidido, hasta llegar a la altura de la casa, donde vio, desde una distancia prudente, cómo el dueño del terreno entregaba a su amada una blusa cuyos botones eclipsaban la luz del sol. Entonces abrió el paquete que llevaba en sus manos y vio que lo que en casa de la costurera era una resplandeciente botonadura dorada, ahora no eran más que círculos de vieja hojalata mal cosidos a la recia tela. Desolado por la humillación y consumido por la repentina cólera, Casimiro llegó corriendo a la puerta del caserón y, ante los perplejos y aterrados ojos de su prometida, cogió ambas blusas, las despedazó, y lanzó los botones a la montaña de ceniza con tanta fuerza que ésta se derrumbó, cayendo sobre las tres pobres víctimas.”

La señora Abush guardó silencio, uno tan largo que las palabras de Paula sobresaltaron a todos lo que se reunían alrededor del plato donde antes hubiera deliciosos pasteles.

- Pero, ¿cómo es posible que los botones de oro se convirtieran en hojalata? ¿Era Don Fulgencio un brujo? ¿Por qué fue allí la prometida de Casimiro? ¿Qué pasó después? –Las preguntas de Paula se atropellaban unas a otras en un mar de confusión.

- Poco se sabe al respecto –confesó la pastelera-. Lo único cierto es que la prometida del deshollinador, al igual que éste, había aceptado un trato de Don Fulgencio, pero los detalles de dicho acuerdo eran desconocidos incluso para la hermana de ella, de la que sabemos lo poco que sabemos. Al caer la montaña de ceniza, un humo gris envolvió San Gonzalo durante tres días y tres noches. Al cuarto día encontraron los cuerpos sin vida de Don Fulgencio, Casimiro y la prometida de éste. Todos los habitantes de San Gonzalo nos pasamos las navidades enteras barriendo ceniza y esparciéndola lo más lejos posible de nuestros hogares. Hubo quien afirmó incluso haber visto la sombra de Casimiro merodear por el pueblo durante aquellos nefastos días de penumbra gris. Sin embargo, el tiempo pasó, y aquella historia quedó apenas en el recuerdo de los pocos que continuamos viviendo aquí.

- Entonces –apuntó Gregorio entrecerrando los párpados-, si ha regresado después de tantos años, tiene que haber alguna razón…

- Corren rumores de que alguien ha comprado la destartalada casa del Cerro Viejo –intervino la señora Abush-. Quizá eso os dé alguna pista.

- Vamos chicos, no hay tiempo que perder –dijo María levantándose de la silla de un brinco-. Hay que buscar a Marcos, hay que hacer que vuelva en sí, hay que ir a la casa, hay que…

- ¡Sí, vamos! -Corearon los demás mientras dejaban atrás sus tazas vacías y la mesa llena de migajas.

Cuando ya habían cruzado el umbral de la puerta, Luís, que de repente había recordado algo, dio media vuelta y gritó:

- ¡Señora Abush, mañana le pagamos la merienda, sin falta!

- Tranquilo chico –respondió ella- y si necesitáis cualquier cosa, ¡no dudéis en avisarme!

Las dos parejas decidieron ir a casa de Marcos en primer lugar, pero, como habían sospechado, su amigo no se encontraba allí.

- Creo que debemos subir al Cerro –dijo Gregorio con voz grave, aunque algo temerosa…

viernes, 12 de julio de 2013

Las Tres Reglas - Tercera Parte


En el asiento trasero del coche de Bulraker, McCarthy jugueteaba con su pistola como si fuera un puñetero vaquero mientras que con la otra mano sostenía su inacabable petaca.

- Joooooder, nooovaaaato. ¿De doooonde has sacado este jooooodido bólido?

El sargento estaba borracho, muy borracho, incluso para él. El aliento que desprendía cuando hablaba habría hecho revivir al mismo Corvac si no estuviera bien escondido en el maletero de su coche.

- ¡No joooodas que los ha robado!.  Ja, quizás dentro de esa apariencia de mierda de poli de academia haya un hombre después de todo.

McCarthy no paraba de hablar y mi atención se iba alternando entre los torpes movimiento de su 9mm y la conducción del coche de Peter, la cual cada vez era más complicada por las condiciones meteorológicas. La lluvia había dado paso a la nieve. Navidad, puta navidad.
La casa de Bullraker, como la de todos estos “héroes del deporte”, se encontraba en los Alamos. Una pequeña ciudad a las afueras donde estos “dioses” vivían en sus gigantescas mansiones.
Me habría sido imposible discernir cual era la casa de la mole que tenía en el maletero si no fuera porque cuando  entramos en el barrio el piloto automático del coche se conectó tomando los mandos del vehículo y llevándonos directamente a la casa.
Estábamos acercándonos al edificio cuando pasó lo que tenía que pasar. El arma del sargento se disparó accidentalmente destrozando el sistema de control y estabilización del vehículo. Este aceleró, dirigiéndose directamente al garaje que ya tenía la compuerta abierta. Sin poder hacer nada para evitarlo el coche se estrelló contra el suelo. Tuve suerte de que el sistema de seguridad y anti choques del vehículo de Corvac aun funcionaban evitando que tanto yo como el sargento muriéramos en el accidente. Pero no todo iba a ser malo esa noche. MCarthy cayó inconsciente al golpearse contra la ventana lateral. Eso me daba tranquilidad y tiempo para pensar que hacer a continuación.
La mansión de Bullraker tenía 4 pisos. Era un apartamento grande, con muebles modernos y muy caros. Con mucho espacio diáfano, necesario para alguien de su envergadura. Las estanterías estaban llenas de trofeos y las paredes de cuadros y posters del propio Corvac, tanto jugando, como posando con trajes de marca; Y eso que el tío era feo como un pie.
Durante el par de meses que llevaba en la ciudad había oído mil historias sobre el origen de estos “superhombres”. Que si eran resultados de experimentos del gobierno, que si eran extraterrestres, que si eran mutantes, que si eran Dioses que habían bajado del Olimpo, que si venían de otra dimensión…

- De otra dimensión… - me dije en voz alta.

Parecía una locura pero tenía sentido que estos "dioses" vinieran de otra realidad. Todos aparecieron de repente; De la noche a la mañana. Aparecieron en lugares muy diferentes del planeta. Nunca salieron noticias, ni siquiera rumores, de objetos que pudiera provenir del espacio en la época que aparecieron.  Además, todas las grandes potencias del mundo se vieron sorprendida por su aparición.
Y si venían de otra dimensión, pensé, debían de existir una especie de portal.

Recorría el piso dándole vuelta a esa teoría. Cuando me fijé en un cuadro. En él aparecía Corvac levantando la copa de la naciones del 2010. Lo extraño del cuadro es que el cristal que lo protegía no reflejaba la luz.
Extendí el brazo para tocarlo y mi mano lo atravesó.

- ¡Un holograma!  –

Di un paso y atravesé la pared. Entré en una habitación diáfana, oscura. Unas tenues luces rojas apenas iluminaban la sala. En el centro había una silla. ¿Sería cierta la teoría?.

- Solo hay una manera de comprobarlo – dije en voz alta, aunque solo fuera para tranquilizarme y darme el valor de hacerlo.

Si funcionaba conseguiría deshacerme del cuerpo de Bullraker. Nadie sabría donde estaba. Nadie se atrevería a buscarlo allí de donde viniera.

- Pensarán que igual que vino se fue-

Tardé casi una hora en arrastrar el pesado cuerpo de Corvac hasta la habitación oculta. Y haciendo un último esfuerzo conseguí sentarlo en la silla. Entonces, recordé la tercera regla de lo que un poli jamás debía hacer en Chicago. Pero ya era tarde.

[continuará]

viernes, 7 de junio de 2013

Socios a la Fuerza - Tercera Parte

Poco podía hacer la Matemática fundamental para explicar lo que sintieron tanto Balboa como el resto de su tripulación al verse cubiertos bajo la sombra de aquella aterradora masa de metal. Sus estómagos se encogieron de repente – incluso el artificial que llevaba el propio Balboa – y un sudor frío recorrió la frente incluso de Gordo Cobb. La mirada inquieta en aquellos pequeños ojos de rata mostraron a Balboa la oportunidad que andaba buscando. 

- ¡Estamos jodidos, Cobb! – gritó Balboa bajo el atronador sonido de las turbinas - ¡Los dos sabemos que ni tu ni yo le gustamos a la Tropa Espacial!
- ¡Habla por ti, Balboa! – aquella masa de grasas y asquerosa sonrisa trataba de ocultar su miedo - ¡No soy yo al que buscan en todo Radio Central y tres cuartas partes del Diámetro Exterior! Quien sabe… ¡Lo mismo hasta me dan una jodida recompensa por tu trasero!

Y siguiendo la orden velada de su celulítico líder, los matones de Cobb alzaron de nuevo los cañones de sus rifles de impulsos, emitiendo su característico zumbido de recarga de energía. El capitán Balboa miró desesperado a su alrededor. La recompensa que el Gran Canciller había puesto por sus cabezas era “vivo o muerto”. Tendrían apenas treinta minutos antes que el primero de los acorazados tomase tierra en Valsan. Pero sólo unos segundos para escapar de Cobb y los suyos. 

- Unos segundos es más de lo que necesito, Capitán.

La maldición silenciosa que la mente de Balboa había comenzando a esbozar se vio interrumpida por el resonar en su cabeza de la voz de Seya. Instintivamente, Balboa se giró encarándose a ella. Esperaba que aun llevase el visor y el casco de piloto que jamás se ponía a la hora de estar a los mandos de la Milagros… y que paradójicamente siempre llevaba puesto cuando pisaban tierra firme. Seya solía decir que “hay más peligros a ras del suelo que sobre él” pero lo cierto es que el casco y el visor eran lo único que impedía a los demás ver el destello azulado que emitían sus globos cuando sus capacidades psíquicas se activaban. 

Y activadas como estaban, cuando Balboa se dio la vuelta ya no se encontraba en aquel túnel. Las estructuras de hierro ennegrecido y el suelo de polvo anaranjado se vieron sustituidos por paredes de delicado cristal reflectante, sobre los que se proyectaban filigranas y caprichosas formas que se antojaban escenas de delicado arte erótico. Cortinas de seda sintética y una suave alfombra carmesí rodeaban una enorme cama con forma de corazón, coronando el centro de la estancia. Balboa reconoció de inmediato la suite nupcial “Delicatessen”. 

Un súbito puñetazo cruzó la cara de Balboa cuando sus ojos se posaron en Seya. Ésta lucía el mismo aspecto andrógino de siempre… aunque el salto de cama no dejaba nada a la imaginación, pudiendo verse con total claridad hasta el último de los tatuajes rituales que decoraban su piel. 

- ¡Au! – Balboa se recompuso y se incorporó. - ¿Qué demonios…?
- Recuérdame, capitán, que te aseste una buena patada no-telepática en sus insignes pelotas cuando salgamos de aquí… - Seya se sentía sucia embutida en aquella prenda prostibularia – No quiero ni pensar quien es la pobre desgraciada a la que rompiste el corazón en este…
- Gordo Cobb está a punto de vendernos al Gran Canciller, Seya. – Balboa se notó súbitamente incómoda al notar que llevaba su viejo uniforme militar, el que tantas veces lució antes de “La Gran Caída”. - ¿En serio crees que es el mejor momento para tener una charla telepática?

En ese momento, Balboa miró la cama. Volvió a mirar a Seya. Y esbozó esa sonrisa que le había valido el apodo de “Sonrisas” Balboa en más de media docena de planetas. 

- Aunque si lo que quieres es un último revolcón telepático secreto… - sus manos apenas llegaron a acariciar los hombros de la chica cuando el puntapié de ella se estrelló contra sus gónadas. 
- Ésto es para que te quede claro que sigo cabreada por lo que pasó en Phelphegor – Seya dejó que Balboa recuperase el aliento antes de soltarle la bomba. – Pero no es eso por lo que estoy arriesgando mi vida…

Balboa alzó la vista, aun dolorido, cuando vio que la imagen telepática de Seya había comenzado a sangrar por la nariz. Como tantas otras cosas del Oscuro y Extenso Espacio, las Matemáticas no habían podido explicar aún por qué ciertas personas como Seya eran capaces de hacer lo que hacían. Lo que sí había podido deducir la ciencia era que no era algo gratuito. Cada vez que las empleaban, sus vidas se veían acortadas. A veces en minutos, a veces en horas… y otras, en días o semanas. Ver la sangre hizo que Balboa volviese a ser consciente del problema en el que andaban metidos.

- Mientras hacías tu duelo de miraditas con ese cerdo de Cobb, aproveché para entrar en su mollera… - Seya se dejo caer tendida sobre la enorme y sedosa cama en forma de corazón – Y sé por qué está tan asustado de ver llegar a la Tropa Espacial.

- ¡Eh!

La voz de Cobb y el sonido de uno de los rifles contusionadotes hizo que Balboa regresara al mundo real a tiempo de ver cómo Riki volaba por los aires, estampándose contra una vieja plancha de metal. El fortachón había encajado golpes peores cuando luchaba en la Liga Ilegal de Droidepeleas así que Balboa no tenía por qué preocuparse. Pero fuese como fuese, nadie trataba así a su tripulación. Nadie que no fuese él, claro.

- ¿¡A qué coño crees que estas jugando, Cobb!? – espetó Balboa con un súbito enfado que hizo que los matones del seboso señor del crimen frenasen sus gatillos. El veterano capitán caminó hasta colocarse a pocos centímetros de Cobb. Sentir su asqueroso aliento era un pequeño precio a pagar si conseguía convencerlo de tener todas las cartas.

- No estás en posición de ser tan gallito, Balboa… - a esa distancia ya no tenía que gritar para dejarse oír bajo el clamor de las turbinas. – En cuanto te ponga en manos de la Tropa Espacial, se largarán de mi planeta…
- ¿… antes de que sepan lo que escondes bajo la planta sintetizadora de Clorofila número tres? 

Cobb dejó sus gordos labios entre abiertos en gesto de sorpresa. Balboa sintió esa punzada que notaba siempre que el plan comenzaba a funcionar. Durante unos segundos sólo se escuchó el atronador rugir del acorazado estelar.

- ¿Has contado cuantos acorazados hay ahí arriba, Cobb? Vamos… Alguien con tanta experiencia como tú en los negocios debería reconocer una inspección planetaria cuando sufre una. – el silencio de Cobb era música para las oídos de Balboa – ¿Qué crees que te harán cuando lo descubran?
- No… No tienes prue…
- La única forma que tienes de librarte del marrón, Cobb… - Balboa lo interrumpió: sabía que a gente como Cobb no había que darles tiempo a replicar – … es sacándolo del planeta cuanto antes. Pero viendo las chatarras de impulso corto que tienes en los hangares, ninguno de tus pilotos llegaría muy lejos. Para dar esquinazo a la Tropa Espacial… - Balboa sonrió - … necesitarias “un milagro”.

Desde allí arriba podía verse la zona del astropuerto donde reposaba la inestimable amiga metálica de Balboa y su gente. La “Milagros” era hermosa en su desvencijada apariencia. Un recuerdo de cuando las naves se construían con algo más que metal y remaches. 

- ¿Qué… es lo que quieres?
- Materia suficiente como para llegar al siguiente cuadrante. Y los créditos que me prometiste.

Bajo la mordaza, Nino emitió unos lastimosos sonidos que recordaron a su capitán que había que incluir nuevas cláusulas al trato.

- Y lo quiero a él de vuelta. – Balboa regaló una sonrisa insolente a Cobb – No sabes lo difícil que es encontrar un cocinero decente ahí afuera.

Durante lo que pareció una eternidad, Cobb rumió las palabras del capitán Balboa. Sus ojillos pasaban de él al resto de su tripulación. Y de ellos, al cielo: a la enorme y amenazante máquina de guerra cuya sombra cubría todo el asentamiento que Cobb había levantado con sus propias manos. 
- Maldita sea tu alma, Balboa… - maldijo el gordo al tiempo que tendía su mullido bracito cubierto de cicatrices – Trato hecho.
- Trato hecho… "socio".
- Cierra la puta boca y sígueme…

Balboa vio como Cobb se retiraba junto a sus hombres. Al notar a Seya a su lado, Balboa susurró:

- Ya está hecho… y ahora, ¿dime qué es eso que vamos a tener que transportar?
- No tengo la menor idea, capitán. Pero si nos permite salir de ésta, supongo que vale la pena el riesgo, ¿no?

Mientras un aturdido Riki ayudaba a su hermano a incorporarse y liberarse de las esposas, Balboa sintió un escalofrío: Cobb había aceptado el trato con rapidez. Demasiada rapidez. ¿Qué demonios era eso que guardaba aquel seboso hijo de perra que había movilizado a toda la Tropa Espacial del cuadrante? 

viernes, 3 de mayo de 2013

La guerra en el tiempo: Origenes - Capitulo 3

William Jacques Barnes se miraba en el espejo roto del maloliente cuartucho que hacía de retrete de ese pub. Apenas tenía 16 año, un pelo blanco y cicatrices en la cara que le hacía parecer mayor.

Cuando volvió a levantar la cabeza del lavabo, después de haber evacuado casi toda la cena, se quedó mirando la cicatriz que desde la frente hacia la oreja izquierda cruzaba su ojo.

Toda la habitación le empezaba a dar vueltas. Necesitaba tomar el aire. La atronadora música de la sala de baile hacia que sus oídos gritaran de dolor. Golpeándose con cada persona con la que se cruzaba Jacques consiguió salir al callejón al que daba la puerta de emergencia de la discoteca. Tras dar unos pasos más, cayó al suelo entre cubos de basura.

Un ruido de gritos le despertaron. No sabía cuando había estado inconsciente pero era todavía de noche. Los gritos venían del interior de la sala. Jacques, que permanecía oculto entre la basura, levantó la cabeza y vio como tres policías vigilaban la puerta de emergencia. El más joven, con rasgos asiáticos, contemplaba atentamente los alrededores del callejón en busca de algún imprevisto.

La pequeña siesta había hecho que le doliera menos la cabeza, pero su estomago seguía revuelto. No pudo evitar volver a vomitar, y tras varios ruidosos espasmos, los policías descubrieron su escondite. William Jacques Barnes se levantó sin pensárselo, todavía con las piernas débiles. Salió corriendo todo lo veloz que pudo pero un golpe en sus resentidas piernas consiguió aplacarle y derribarle al suelo. Unos firmes brazos lo retuvieron y amordazaron. Solo consiguió que su opresor cediera cuando lo golpeó en la cara con uno de los objetos que había esparcidos en el suelo. La sangre brotó, lo que no impidió que William Jacques Barnes fuese alzado y llevado a rastras hacia el furgón de policía como si de una vulgar caja se tratara. Al cerrarse la puerta vio como el agente de policía, con la cara aun ensangrentada, comprobaba que todo estaba perfectamente sellado. Tras permanecer un rato mirando a Jacques fijamente a los ojos, el agente desapareció de nuevo rumbo al callejón.

En cuestión de minutos la avenida Jackson se fue llenando con más agentes, furgones blindados y periodistas, mientras Jacques seguía encerrado en el coche patrulla. Con mucho esfuerzo y olvidando el dolor de los golpes consiguió girarse hacia la luna trasera y ver la lluvia de flashes que empezaba a envolver a la última persona a la que esperaría encontrar en aquel sitio: Palmieri.

“¡No! El nunca se dejaría atrapar con vida.” Pensó. Pero sus ojos no le engañaban. El misterioso agente asiático, el mismo que le había atrapado a él, estaba apresando a su segundo criminal de la noche.
Jacques pasó la noche en el calabozo junto a otros delincuentes de poca monta. Desde allí se escuchaban los voceríos de la comisaria. Un “héroe”, era la palabra que más se hacía notar en los tumultos. Jacques, aburrido, esperaba salir de allí en menos de una semana pero en lugar de eso, y para su sorpresa, fue trasladado a unos calabozos de mayor seguridad. Allí permaneció aislado, sin ningún contacto con el resto de prisioneros.
Habría pasado aproximadamente un mes cuando le llegó la notificación del juicio del Estado contra Luca Palmieri que se celebraría a la mañana siguiente. Iba a testificar como implicado.
A las pocas horas apareció un abogado de oficio, cuya falta de experiencia era casi un insulto. Tras una burda, rápida y muy directa charla, el abogado aconsejó a Jaques colaboración absoluta. Le recordó una y otra vez que no se le olvidara de dar todos los nombres que supiera. Esto podría ayudar a Jacques. La operación judicial se ha había mediatizado e iban a considerar cualquier información que les ayudase a buscar culpables.

A la mañana del juicio Jacques  se encontraba mejor que nunca. Los días de descanso y la comida le habían devuelto las fuerzas y había memorizado un discurso convincente. Le dieron ropa limpia y le llevaron a la sala. Reconoció a la mayor parte de los presentes, tanto por la parte de la policía como de los acusados. Hizo el juramento ante la Biblia y comenzó a responder a la batería de preguntas que le hizo la acusación. Todo parecía rutinario. Todo hasta que el Fiscal Johnson presentó al estrado los restos de una jarra de cerveza. Fue la primera de muchas pruebas.

- “Como pueden ver los miembros de jurado la presente jarra fue el objeto con el que el acusado Jaques Williams atacó al agente de policía Gong-Gae, creándole heridas permanentes. Este hecho se puedo corroborar con testigos. Pueden también comprobar en la siguiente foto las heridas sufridas por el agente de policía. Estas heridas fueron producto de una resistencia ante la ley, muy acorde con el estilo de vida del acusado…”

A partir de ese momento Jacques perdió totalmente el control de la situación. Primero porque la fotografía del agente Gong-Gae y su cicatriz le recordaban terriblemente a un oscuro suceso de su vida que prefería olvidar. “Pero, ¿sería posible tanta casualidad?”. No tuvo tiempo de pensarlo. La sucesión de crímenes y pruebas en las que se le incriminaba no tenía fin. La mayoría le eran totalmente desconocidas pero dada, por lo que no le costó mucho negarlo todo. “Ese truco no te va a salir bien, abogado”.
El discurso de Jacques fue convincente. Pero el del joven asiático lo fue aun más. Se llamaba Gong-Gae, y su recién estrenado cargo de capitán le daba una credibilidad superior. Juró que llevaba años con el caso y no dudó en señalar a Jacques y a  Palmieri como centro y causa de sus investigaciones.

- Este joven es en realidad el hijo de William y Sarah Barnes. Ambos fallecidos en trágico accidente de tráfico. Desde entonces se ha hecho con las calles de la ciudad. Junto con su socio Palmieri, como no podía ser menos. Señoría, estos hombres son un peligro para la ciudad.

Fue un giro inesperado en el juicio y la prensa pronto se hizo eco, apodando a Jacques como “Bad” Barnes, el superdotado del crimen. La alegación de Luca Palmieri no ayudó en absoluto a Jacques. La negación continua de los crímenes restó credibilidad a la escena y el jurado señaló a ambos como culpables de 47 asesinatos, 3 violaciones, asalto a mano armada, intimidación y cohecho. Luca fue condenado a cadena perpetua y trasladado a una prisión de máxima seguridad en Massachusetts, mientras que a “Bad” Barnes lo enviarían a un reformatorio de Oregón. El reformatorio era conocido como “el corredor de la muerte infantil”.

A la salida del juicio una maratón de periodistas corría para conseguir la tan preciada foto del arresto. Los micrófonos se agolpaban unos con otros buscando unas palabras del gran héroe del momento.

- ¿Cómo se encuentra?
- ¿Qué se siente al ser un héroe?
- ¿Nos puede contar algo del juicio?
- ¿Qué va a pasar con el resto de criminales en la ciudad? ¿Servirá esta detención como aviso para los demás criminales?
- ¿Va a cambiar algo esta detención?

Con aires de triunfalismo Gong-Gae miro a cámara, enseñando orgulloso su nueva cicatriz, y respondió, seguro de sí mismo:

- A partir de ahora todo va a cambiar.

El golpe fue brusco, rápido y violento. Instintivamente las cámaras se movieron como gacelas para grabarlo todo. Fue una imagen que daría la vuelta al mundo. Los periodistas caían unos sobre otros entre gritos de dolor y de angustia. Los intentos por librarse eran inútiles ya que lo que no hacia el descontrol de la masa lo haría la falta de espacio para mantener el equilibrio. El capitán Gong-Gae rodaba escaleras abajo y a su lado Jacques Williams, aun con las manos atadas. El crujido del cuello del recién estrenado capitán causó una angustia infinita a todos los presentes, incluido al propio Jacques.
Tan solo unos segundos antes Jacques había aprovechado un momento de desconcierto y su buen estado de forma para zafarse de los guardias, salir a toda prisa del edificio y golpear por la espalda a Gong-Gae mientras atendía a la prensa. No satisfecho con romperle el cuello, “Bad” Williams seguía pateando y escupiendo sobre el inmóvil y asiático cadáver.

- ¿¿Que se siente al ser un héroe?? ¡¡Gilipollas!!

Jacques se preparó para la marea de policías y agentes de seguridad que se abalanzaban sobre él con sus porras en la mano. Contaba con ello y estaba dispuesto a pagar el alto precio en golpes. Pero lo que ocurrió le sorprendió incluso a él.

viernes, 5 de abril de 2013

La Septima Ola - Tercera Parte



…La cabecera de la NGS presentaba una noticia de última hora en la que se podían ver imágenes del magnificente recibimiento que La Unión había preparado en la plataforma de lanzamiento de Downtown City. De unas grandes naves descendían los que durante años fueron habitantes de Tierra Viva: unos salvajes que recibían el popular nombre de “los hermanos lejanos”. Eran seres humanos pero con unas formas muy estilizadas, tanto que incluso por televisión podían verse a los soldados desfilando con el entrecejo recelosamente fruncido. Mientras, en la tribuna, el presidente comentaba en privado para algunos micrófonos: “Estos hombres vivían en un estado primitivo y gracias al esfuerzo y sacrificio de muchos hombres buenos hemos conseguido salvarlos. Es el mayor despliegue de recursos de nuestra generación. Deberíamos estar orgullosos de la Unión. Bienvenidos. Bienvenidos a vuestra nueva casa.” El comensal de la tribuna aplaudía al desfile y a los recién llegados mientras la cabecera se desvanecía lentamente…

NGS

- ¡Ya lo han visto damas y caballeros de la Unión! En exclusiva para Meridiano Cero, la noticia  más boom del momento. Too bad si no ha llegado a tiempo para verlo porque me dicen por el pinganillo que su vecina si lo ha hecho. ¡Juas! – Pero dont worry, tenemos un invitado de lo más  amazing que les pondrá al día sobre el tema. ¡Cool!  Démosle la bienvenida a nuestro nuevo amiguito con un fuerte abrazo. - Bill Billet se levantó efusivamente de su sillón rojo para abrazar a un hombre realmente curioso que hacia su entrada en el escenario. Se parecía a uno de los tantos que habían bajado hace un momento de las naves. Su piel y su vello corporal era de un color negro intenso, casi eléctrico. Sus dientes y sus ojos tenían un color blanco puro y su estilizada figura media casi dos metros. Era difícil distinguir donde había hueso y donde músculo debido a la voluptuosidad de todos ellos. El abrazo parecía incomodarle, pero resistió el envite lo mejor posible. – Bienvenidos a La Unión. ¡Aloha! – Los labios de Bill Billet  no paraban de sonreír mientras ambos tomaban asiento. – Bueno bueno bueno, por qué no empiezas diciéndonos cómo te llamas para que La Unión sepa quién eres? – dijo Bill señalando la cámara principal con la palma de su mano.

- Ho… hola. Hola a todos. Mi nombre es Rupert. Eh… -

- ¡Hello Rupert! – Dijo Bill elevando el tono de voz. – Rupert viene ni más ni menos que de Tierra Viva. Wow! ¿Que tal el viaje, Rupert? Eres muy grande… –

- Bien… bien gracias. –

- Rupert cuéntanos, lo habéis tenido que pasar fatal todo este tiempo allí tan solos. ¿Cómo os relajabais? ¿Veíais Meridiano Cero a la hora de cenar? – Bill miraba a Rupert con cara angelical dando la respuesta por sentada-.

- No, eh… en Tierra Viva no… no teníamos televisión.- El público dejó escapar un murmullo de asombro. Bill siguió el juego abriendo exageradamente la boca y los ojos.

- ¿¿¿Whaaaaat??? Unbelievable ¿verdad que si? – Bill se dirigía a cámara constantemente – Que retro. Es como viajar en el tiempo. Como un cuento. Dinos más cosas Rupert. Algún secreto. Háblanos de Tierra Viva… –

-  Bueno… - A Rupert no le salían las palabras con facilidad. – Hace ya mucho tiempo que yo y mi pueblo estamos en Tierra Viva. Allí… en lo más profundo. Allí nací yo. Y mi padre. Y el padre de mi padre... Siempre hemos vivido allí, protegidos. Esa tierra es lo único que conocemos. Es un lugar peligroso pero es nuestra casa. De sus árboles comemos, de sus ríos bebemos. Un sitio… maravilloso. -

- Uy uy uy… Peligroso… Eso es muy excitante, Rupert. ¿Qué clase de peligros hay allí? -

- La Tierra… sus animales… por su forma de ser, o cuando algo les incomoda… se sienten atacados y reaccionan mal.-

- Entiendo Rubert, oki doki. Vosotros habéis vivido el conflicto más intensamente que nuestros televidentes. La Tierra se enfada y upsssss… sayonara baby.

- Algo así… Si… Estábamos de expedición buscando alimentos. Había sido un viaje difícil y queríamos volver a casa. Fue entonces cuando encontramos… algo. Algo que hacía mucho ruido, que volaba, que rompía los arboles. Nos asustamos. Quería hacernos daño. Entonces los… soldados de La Unión aparecieron. Nos… nos rescataron. Les dijimos que había más de los nuestros en otra parte de Tierra Viva y los soldados se ofrecieron a ayudarnos. Fue entonces cuando los enfrentamientos... se hicieron más intensos… más frecuentes…

- Esa criatura tan macabra, tan horrible… tan seductora… Debió ser muy duro para vosotros, Rupert. -

- Una guerra es algo… indescriptible. Pero esta vez… eran las mismas criaturas, la propia tierra la que nos atacaba. Aquello… tenía que ser controlado de alguna forma. Yo no paraba de preguntarme “¿qué le pasará a mi gente?”- Los ojos de Rupert se abrían y cerraban como controlando las emociones. -

- Algunos hombres locos dirían que ya no hay vuelta atrás. Que Tierra Viva ya no es lo que creíamos. Que nos odia. – Bill tocaba el brazo de Rupert como consolándole. Rupert comenzó a llorar desconsoladamente.

- Ya… ya no… Tierra Viva no… -

- Ohhh… lo sé amigo. Pero ahora tenéis una nueva casa y un gran futuro por delante. – Bill puso toda la carne en el asador para el clímax del programa.- Ese bicho gigante ya está para el museo. Tierra Viva ya no os molestará más. ¡Ciao, ciao! – Bill se dirigió ahora a la cámara principal, sediento de protagonismo. - ¿No es así hermanos? Porque ahora somos todos hermanos. !!Yupiii!! Un problema convertido es una solución. - Bill bajó el tono de voz como si le estuviera hablando a un niño. – Ya ya… vamos Rupert, oh… anímate… Tenemos que recibir a nuestro siguiente invitado. ¿Sabes que trabaja ni más ni menos que para los Laboratorios Phrma? Nos va a hablar de un producto revolucionario: El reconstituyente “Gente Viva”. Pero me dicen por el pinganillo que todo eso será después de la pausa… No se vayan. ¡Hasta pronto Unión! –

En ese mismo momento, a muchos kilómetros de allí, cerca de la costa de Norte de Tierra Viva, columnas de humo de varios colores llenaban el cielo y el horizonte. Bajo el incienso de productos químicos se encontraban los restos de una de las bases de Laboratorios Phrma reducidos a cenizas y escombros. En el interior, unas metalicas y brillantes formas sobresalen la maleza, desafiantes. Arriba en el cielo, en la cubierta de la Nave Nodriza Fuerza 1 del 1er Batallón de Asalto de las Fuerzas de la Unión, dos figuras importantes observaban el panorama: el General Llujmeh y Teniente-Coronel Svekinski. De fondo, una vista espectacular de la playa. Habían venido a ver el terreno personalmente. El Teniente-Coronel había usado toda su carisma para convencer al General pero a pesar de sus intentos no era capaz de reducir su euforia:

- ¿Cree que es seguro atacar de frente a esos mutantes, Señor? Ya ha visto de lo que son capaces. -

- Tengo ojos en la cara Teniente, gracias. Este será el mayor despliegue de tropas que vamos a vivir. Un sueño hecho realidad. Ya verás qué ejemplares para el salón.- Por la cubierta entró el Teniente Zuk con una llamada del presidente para el General. - Si, si. En seguida Señor Presidente. – El General Llujmeh colgó el teléfono y esperó a que el Teniente Zuk volviera a su puesto para dirigirse en tono solemne a su mano derecha. - Teniente Coronel Svekinski, avise a las tropas que comienza la “Operación Séptima Ola”. En breve recibirán las órdenes pertinentes. –

El Teniente-Coronel acató la orden recibida y desapareció por el puente de mando con un mal presentimiento en su cabeza. Un presentimiento que le helaba la sangre.