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lunes, 29 de octubre de 2012

LOS DICTADORES - Cuarta Parte. Conclusión.


Los sueños suelen ser grandes aliados de aquellos que, como yo, han consagrado su vida a la escritura. La caída de los gruesos muros de la consciencia, permite vislumbrar horizontes jamás imaginados. Son, podría decirse, mágica fuente de inspiración que riega los campos de la palabra.

Pero el obsequio de Morfeo puede ser una prisión más angustiosa y aterradora que el Psijushka cuando es precedido de una revelación tan abrumadora como la que yo recibí. Me asaltaron espantosas pesadillas que amenazaban con quebrar por siempre mi cordura mientras mi mente, libre de corpóreas ataduras, intentaba asimilar los últimos acontecimientos.

En ocasiones me encontraba en un gigantesco juego de ajedrez. Convertido en un insignificante peón, estaba a punto de ser sacrificado en una partida jugada por dos titánicas Matrioskas, una de marfil y otra de ébano. En cada turno, las colosales figuras se abrían para descubrir otra en su interior… ¡Pero del color opuesto! La partida comenzaba de nuevo mientras los peones caían indiscriminadamente, cubriendo el tablero de sangre.

Otras veces, yo era un diminuto roedor cojo y tuerto que frenéticamente intentaba huir por los tenebrosos pasillos de los calabozos. Era perseguido por un ser humanoide deforme y sin rostro. De su cuello colgaban ensangrentadas condecoraciones hechas con dientes humanos y en sus manos portaba una enorme edición de mi libro, con la que planeaba aplastarme. Desde las celdas orientadas al norte, soldados de albo uniforme jaleaban enfebrecidos al cazador. Los habitáculos orientados al sur contenían a una masa vestida de negro que alargaba sus huesudas manos intentando atraparme. Todos pidiendo mi muerte… Todos esperando el momento en que mi propia obra acabase con mi miserable vida.

Pero la escena más turbadora era aquella en la que me encontraba de nuevo en “el patio”, junto a la camilla de operaciones. Oculto bajo las sábanas yacía indefenso un Bukovsky de doble rostro. En mi mano portaba el reloj de “Cantor”, conectado a cientos, miles de barriles de dinamita. El segundero avanzaba inexorable hacia la detonación ¿Qué debía hacer? ¿Desconectaba la bomba? ¿Dejaba vivir al ser maquiavélico que nos había sacrificado para ganar una guerra? ¿Era capaz de matarlo? ¿Tenía derecho a hacerlo?

Asustado, descubrí que en el fondo admiraba el retorcido plan del líder negro. Convertir el gulag en una trampa mortal, dejarse cazar para atraer a Solznivik a la ratonera, someterse a esa arriesgada cirugía… ¡Todo para usurpar su identidad! Tal artimaña tan solo estaba al alcance de una mente maestra. Seguramente se dejaría utilizar como rehén para la negociación de la rendición del Ejército Negro. ¡Se convertiría en General de Ejército Blanco de la noche a la mañana! ¡Obtendría la victoria con la muerte de unos cientos en lugar de cientos de miles!

Mi cerebro bullía hallando cada vez más incógnitas a medida que se adentraba en la maraña de intrigas ¿Cuánto tiempo llevaría tejiendo esta siniestra red? ¿Cuántos implicados? ¿Cuántos sacrificios perpetrados por la causa? Pero la pregunta más importante me asaltó al evocar las fatídicas palabras de “Cantor” ¿Buscaba la destrucción de sus enemigos o únicamente ansiaba conquistar el poder? ¿Era Valdimir Bukovsky un héroe o un usurpador sin escrúpulos? Una cosa estaba clara. Sea como fuere, nadie que conociera el plan saldría vivo del gulag.

Un intenso dolor me arrastró a la realidad. Me encontraba de nuevo en mi camilla. “Tatuado” atenazaba con fuerza el muñón que una vez fuera mi mano izquierda. Al ver que despertaba, dejó de apretar y se acercó a mi oído. De reojo, me pareció vislumbrar que alguien nos acompañaba pero las palabras del cirujano atrajeron enseguida toda mi atención.

-Lo siento, señor. Tenemos poco tiempo.- Me susurró. -También le pido disculpas por el golpe en la nuca. Pensé que…, que iba a hacer una tontería.- Condicionado, comencé a sentir un lacerante palpitar en la parte trasera de mi cabeza. -Escúcheme con atención. La operación ha terminado con éxito. Sabe a lo que me refiero. Mañana entregarán a los rehenes y se rendirán, pidiendo a cambio que les dejen abandonar este cuadrilátero infernal con vida.-

Un destello de esperanza iluminó mi corazón. ¿Sería el fin de nuestro cautiverio? “Tatuado” pareció intuir mis pensamientos porque rápidamente matizó. -No, solo los militares. Los presos seguiremos aquí. Bueno, algunos… Yo no veré el amanecer.-

Desolado, me quedé mirando intensamente al techo de la habitación mientras evocaba la dantesca imagen de Valdimir Bukovsky. Sentía el aliento de “Tatuado” en mi calcinada oreja. Parecía que él esperara algún tipo de reacción por mi parte. Sin embargo, cientos de preguntas murieron en mi garganta. Tenía demasiado miedo de conocer las respuestas.

-Es largo de explicar.- Continuó. -No podía elegir. Ellos tienen a mi familia ¿Sabe? He hecho todo lo que me han ordenado. Pero ahora tenemos la oportunidad de actuar, de hacer algo que no se esperan. Quiero… Queremos pedirle un enorme favor, señor.-

Oí un crujir de telas a mi derecha y me giré para ver a “Manos Rotas”, que se estaba desnudando en silencio.

-Quítese su uniforme y póngase el de “Manos Rotas”.- Me indicó “Tatuado”. Aturdido, no reaccioné. No conseguía comprender. -Pero…- Protesté.

El obispo se arrodilló junto a mi lecho, tendiéndome su uniforme. Su cuerpo blanquecino parecía ya el de un cadáver. -Ellos cuentan con tapar el agujero, con ocultar el rastro de lo que aquí ha pasado. El diablo cambiará de rostro y nadie lo sabrá jamás, hijo mío.- Declaró con voz muy queda, algo quebrada por la emoción. -Pero Dios nos ha indicado una senda diferente. Una forma de propagar nuestra palabra. Tú serás su mensajero.-

“Tatuado” comenzó a desabrocharme el uniforme. No tuve fuerzas para oponer ninguna resistencia. Cuando hubo acabado, se lo entregó a “Manos Rotas” que se vistió rápidamente. Entre los dos me enfundaron el mono con el número tres dos siete del sacerdote. Me pareció tremendamente áspero y pesado, como si estuviera cosido con el mismo material que las paredes de esta prisión infernal.

-Debe de ocupar el lugar de “Manos Rotas”, sobrevivir y contar nuestra historia, tal y como hizo una vez. Su condena vence pronto, si no lo ha hecho ya. No lo sabemos con seguridad. Probablemente aún siga aquí en este agujero unos años pero algún día le soltarán, creyendo que es un sacerdote inofensivo y entonces podrá escribirlo todo, para las generaciones futuras. No diga ni una palabra hasta entonces. Finja que sufre amnesia desde el ataque si lo ve necesario. Los guardias que lleguen mañana no tendrán forma de reconocerlo. No nos conocen a ninguno de nosotros. Todos estamos de acuerdo y los que sobrevivan le ayudarán a mantener el engaño.-

-¿Y “Manos Rotas”?- Pregunté, sabiendo ya la respuesta.

-Le matarán, pensando que es usted.- Dijo fríamente el cirujano, con la dureza de quien ha aceptado ya su propio destino. Para mayor desasosiego, me percaté en ese momento del material de cirugía que esperaba detrás de “Tatuado”. Aún le quedaba trabajo por hacer para que el amable rostro del clérigo quedase destrozado por heridas similares a las mías.

Tragué saliva e intenté no dar un respingo cuando se me acercó aún mas para decirme las últimas palabras que oiría de su boca. -Una cosa más.- Comenzó. -Quiero que guarde esto con sumo cuidado. No se lo enseñe a nadie hasta que llegue el momento. Usted sabrá cuándo. Si no me equivoco, algún día puede salvarle la vida y ser su salvoconducto a la libertad. Esta partida aún no ha acabado y hay más jugadores en liza.-

Nos despedimos con un amargo y fugaz apretón de manos.

“Tatuado” tenía razón. Todo ocurrió tal y como él predijo. Bueno, casi todo. Nadie volvió a verles, ni a él ni a “Ratón”. Intento de fuga, creí oír en los comedores. Los militares del Ejército Negro que quedaban en el gulag liberaron a los oficiales del Ejército Blanco a cambio de no ser ejecutados. Se rumoreaba que el propio Mijail Solznivik se encontraba entre los liberados y que, agradecido, permitió que muchos de sus captores “encalasen sus uniformes”.

El resto es historia conocida por todos. Ignoro los detalles pues a los presos nos llegaban las noticas del exterior con cuentagotas. Ni el Ejército Negro, ni el Ejército blanco se alzaron con la victoria. Ni siquiera el Ejército Verde que intentara forjar desesperadas alianzas. La Revolución del Proletariado triunfó sobre todos ellos y el Ejército Rojo se hizo con el poder. Ahora todos servimos a la Madre Rusia como buenos camaradas.

No sé qué fue del auténtico Valdimir Bukovsky.


Nunca abandoné los sólidos muros del Psijushka. Pero, a pesar de todo, me las arreglé para cumplir mi tarea. El actual director del gulag es muy religioso y ordenó construir una capilla cuando se enteró que tenía un obispo encerrado en sus celdas. Mis servicios clericales me canjearon muchas libertades y muchas excepciones al “Código del Psijushka”. Contribuí a hacer la vida de mis compañeros algo más llevadera y ellos nunca desvelaron mi auténtica identidad. Con el tiempo acabé cogiendo cariño al papel que me había tocado interpretar.

Si está leyendo estas palabras, es porque ha descubierto mi relato. Tardé mucho en decidir cómo ocultarlo. Creo que logré aprender de los viejos errores. Al final opté por camuflarlo como alegoría de las artimañas del diablo en un extenso, complejo y aburrido libro sobre religión y filosofía en el comunismo. Logré publicarlo con el apoyo de nuestro devoto director. ¡Si supiera la verdad! Agradezco al señor que haya permitido que la censura no lo destruyera.

También ayudó cierto emblema de una estrella dorada sobre campo rojo. Me la entregó un cirujano amigo mío. Le llamábamos “Tatuado”. El único que no se equivocó de bando. Si nos reunimos en el más allá, le diré que tan sólo erró en una cosa. Quizás la más importante. Nunca me liberaron. Ni a “Mula”, ni a “Calambres”, ni a “Bufidos”, ni a “Dentadura”… Nunca nos liberaron a ninguno. Jamás. Al final da igual de qué color vistan y qué ideología defiendan. Todos dicen ser salvadores. Todos dicen ser libertadores. Todos son dictadores.

viernes, 27 de julio de 2012

JUSTICIA - Capítulo Primero

Estaba mareado y me costaba mucho respirar. Cada bocanada suponía un esfuerzo monstruoso y el aire llegaba a mis pulmones húmedo y cálido.

 -¿Dónde…?- Me preguntaba.

Intenté abrir los ojos pero unas agujas invisibles atravesaron mis cuencas hasta punzar mi cerebro. Quise gritar pero tan solo alcancé a emitir un lamentable quejido. ¡Me faltaba el oxígeno! Me sentí desfallecer y anticipé mi inminente caída al duro suelo… Pero algo me mantenía sujeto. Contuve las nauseas. El sabor de la bilis se agarró amargo y ácido a mi garganta.

-¿Por qué gira todo al mi alrededor?-.

Probé de nuevo a levantar los párpados. Oscuridad. Algo me cubría la cara, empapada por mi propio aliento. La sien me palpitaba con fuerza. Instintivamente quise alzar mi brazo para mitigar el rítmico tormento pero unas ataduras me lo impedían.

-¿Cómo…?.-

Mis sentidos despertaban y recé por poder enterrarlos en el limbo.

-El dolor… ¡Dios!-

En la confusión, una voz parecía llegar desde lo lejos.

-… fin has despertado. Por un momento llegué a temer que te fueras a perder toda la diversión. Hubiera sido una desconsideración por tu parte después de todas las molestias que me he tomado. ¡tsk, tsk! Avô. Los dos sabemos que te gusta ser el centro de atención y no hemos hecho nada más que empezar. ¡Je, je, je!-

-¿Qué…? ¿Quién?-

Quise saber, desconcertado. La voz tenía un acento familiar. Me costaba pensar con claridad. Extranjero…

-Ha pasado mucho tiempo. Pero estoy seguro de que no me has olvidado. Yo te prometo que me he acordado de ti cada día de estos últimos ocho años. ¿Cómo no iba a hacerlo? Me jodiste a base de bien.-

Sudamericano. Mi captor se movía nervioso a mi espalda, de un lado a otro hablándome con esa musicalidad que tanto gusta a las muchachitas. Me costaba entenderle. De repente oí el ruido.

-Por un tiempo intenté olvidarlo, pasar página. Intenté perdonarte, decirme que son cosas que pasan; que no eras más que un viejo chiflado. Di una imagen de tranquilidad. Traté de… ¡¿Por qué coño tuviste que aparecer en ese programa?! Cuando te vi bailando en la televisión, con toda esa gente aplaudiéndote. ¡Después de lo que hiciste! Tú recibías alabanzas mientras yo me pudría en el olvido. ¡Me jodiste la vida! ¡Era mi gran oportunidad! Tantos años luchando, tanto esfuerzo, tanta preparación… ¡Para que llegue un loco y lo mande todo a la merda!-

Casi ni le escuchaba. Estaba hipnotizado por ese ruido.

-Pensé que ibas a matarme. Que llevabas una pistola, un canivete o algo por el estilo. Ojalá lo hubieras hecho. Todo hubiera acabado allí. ¿Te haces una idea de lo duros que fueron esos últimos kilómetros? La incredulidad, los calambres, la desesperación… No sé cómo fui capaz de llegar a la meta.-

Sonaba como metálico, peligroso…

-Pero, ¿Sabes qué fue lo peor? No que Williams se llevase el oro que me pertenecía; tampoco recibir ese ridículo premio al espíritu olímpico ¡Que le follen al espíritu olímpico! Lo que realmente me reconcomió por dentro fue que tu único castigo fuera una multa de 3.000 míseros euros. ¡Merda em Deus! ¡Eso es lo que vale mi sueño! ¡Una vida de sacrificio! ¡La ilusión de toda una nación!-

Shhhhhriiiiiink… El miedo comenzó a apoderarse de mí.

 -Y encima tú parecías no tener ni idea de lo que habías hecho, ahí plantado con tu estúpido traje irlandés. No me lo podía creer. Era demasiado ridículo para ser cierto. Lo único que querías era ser famoso para poder hablar de la vuelta de Jesucristo, del fin del mundo y de todas esa porcaria.-

Acero contra piedra, besándose, rozándose afiladamente… Cada vez más cerca de mí.

-No es justo. ¿Sabes? En este sucio mundo no hay justicia. Los ricos, los poderosos vagan a sus anchas riéndose de nosotros, fornicando sobre nuestros derechos. Dejando que en las calles el fuerte se coma al débil, que nos matemos entre nosotros, que afloren nossas miserias para que quedemos a su merced.-

El filo helado acarició mi brazo mientras elevaba el tono de su sermón. Como un relámpago, pasaron por mi mente imágenes de decenas de mártires torturados por su fe. San Basílides, San Basus, San Eusebio, San Eutiquio… sus cuerpos trepanados y desmembrados por la ignorancia y la herejía.

-Pero todo eso se va a acabar, ¿Me oyes? Se terminó el agachar a cabeça y decir que são coisas que pasan. Llegó el momento de reaccionar. De dar el justo castigo a quienes infligen impunemente daño al prójimo; de quienes siembran dolor y desdicha sobre la faz de la tierra.-

De pronto me quitaron lo que me cubría la cabeza y la intensa luz me cegó, clavando aún más las agujas en mi cerebro. El alivio de respirar aire renovado me hizo olvidar por un instante donde estaba hasta que…

-Es hora de hacer Justicia. Empezando por ti, Séamus.-

Un rostro se formó ante mí. Un rostro oscuro, demacrado, curtido por años al sol y la intemperie. Un rostro que yo conocía pero que había olvidado. Un rostro que me miraba con odio feroz… El rostro de mi muerte.

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THE MORNING STAR:
STEPHEN REDGRAVE: “A los alborotadores más les vale quedarse en casa”
LONDRES, miércoles, 25 de Julio de 2012, 10:38.—

Séamus Kavanag agrediendo a Elder de Asis en 2004.

Quedan tan solo dos días para que den comienzo los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y el jefe de Scotland Yard, Stephen Redgrave, ha lanzado un ‘aviso a navegantes’ anunciado que las fuerzas de seguridad londinenses tienen “orden de extremar las medidas disuasorias con el fin de garantizar la seguridad tanto de asistentes cómo de atletas”. Mr. Redgrave respondía así a los rumores sobre un posible boicot a la maratón por grupos activistas contrarios a los recortes anunciados por el gobierno. La carrera, que recorrerá la capital británica, se considera una de las más vulnerables a este tipo de actos de protesta.

En los Juegos Olímpicos de Grecia de 2004, el sacerdote católico irlandés Séamus Kavanag, de 57 años, atacó al corredor Elder de Asis cuando éste se encontraba en primera posición, a 5 kilómetros de finalizar la maratón. El maratonista brasileño se recuperó y terminó la carrera, pero tuvo que conformarse con la medalla de bronce.


El agresor fue condenado a un año de cárcel, que no cumplió por no tener antecedentes en el país helénico, y una multa de 3.000€ (2.421 Libras). El jefe de Scotland Yard aseguró que “se aplicará la pena máxima que permita la ley a aquellos que pretendan perturbar el buen desarrollo de los Juegos Olímpicos”. “Aquellos con antecedentes provocando disturbios en eventos deportivos tendrán prohibida la entrada a los recintos”.

Séamus Kavanag, expulsado de la iglesia católica por sus sermones sobre la llegada del apocalipsis, volvió a aparecer en las portadas al alcanzar las semifinales del programa “Britania Tiene Talento” interpretando danza tradicional irlandesa. La pregunta parece ser: ¿Es posible evitar que gente como Séamus sean los protagonistas en nuestras olimpiadas de Londres?



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N.A.: Esta es una historia ficticia basada en hechos reales ocurridos durante las olimpiadas de Grecia del 2004 y descritos en el artículo periodístico, imaginario también. Los nombres utilizados han sido cambiados para no perjudicar a nadie.

sábado, 2 de junio de 2012

LAS AVENTURAS DE LOS GOONBOYS - La última aventura, 2ª parte. Capítulo primero.


  La brisa de verano acariciaba juguetona el vestido de Paula. Era un vestido blanco, moteado con flores de diversos colores alegres que bailoteaban al compás del viento, rozando un esbelto cuerpo que ya insinuaba ciertas formas de mujer. Lo que iban a hacer estaba mal. Él lo sabía y sospechaba que ella también. Pero quizás eso le hacía desearlo más. O tal vez fuera que en ese momento no le importaba en absoluto. Solo podía pensar en una cosa. En hacer algo que llevaba tiempo anhelando secretamente. Llevaban días hablándose en silencio, diciéndose mil cosas con fugaces miradas. Por fin había reunido el valor… No, no el valor, sino el ansia suficiente para escribir una nota nerviosa que decía únicamente: “A las siete en el parque Rojo”.

  Todos conocían perfectamente aquel frondoso parque de las afueras tras la búsqueda infructuosa del tesoro del bandolero “El Tuerto”. No se habían dicho ni una sola palabra desde que se encontraran en la puerta, temerosos de estropear el momento. Sus pies les habían llevado al pequeño claro del viejo banco bajo el sauce llorón. Allí el tiempo se había congelado. Sus ojos estaban clavados en los de ella mientras su corazón golpeaba su pecho a mil por hora con escandalosa insistencia. Torpemente cogió su mano. Estaba fría como un témpano y… ¿Estaba temblando? Notaba su espalda empapada de sudor.
 –“¡Vamos, tío! ¡No te quedes ahí plantado como un idiota! ¡Lánzate!”-
No había marcha atrás. Cerró los ojos y…

  Era de noche. Lo sabía porque un frío gélido y húmedo le hacía temblar de forma descontrolada.  El agotamiento y la fiebre le habían hecho perder la noción de la realidad y su mente vagaba libre entre sueños y recuerdos de un aterrador realismo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Días? ¿Semanas? No había comido nada desde hacía una eternidad y el agua, que le cubría hasta medio cuerpo, tenía un desaconsejable sabor ácido  al que había terminado por sucumbir. Nada que ver con el dulce aroma de los labios de la pequeña Paula. Había sido su primer encuentro a solas. Su primer beso. Y probablemente el principio del fin de su amistad. Pero ¿Qué pre-adolescente puede resistirse a la imperiosa llamada de la carne? Había pensando mucho en sus viejos amigos. ¡Cuántas increíbles aventuras juntos y qué forma más vulgar de perder el tesoro más preciado que les unía!

  Se habían creído tan especiales… Habían derrotado brujas, encantadores de ratas, sectas, ladrones, secuestradores, ¡hasta a un hombre lobo! Y, sin embargo, habían sucumbido al más común de los males: la culpa, la vergüenza, los celos, el distanciamiento, el tiempo y, finalmente, el olvido.
¡No! ¡No podía hacer eso! Auto compadecerse no iba a sacarle de ahí. ¡Él era un hombre de éxito, astuto y con iniciativa! Tras una carrera mediocre en la universidad, había descubierto la forma de prosperar explotando sus habilidades de vendedor. Había guardado en un oscuro rincón de su ser sus inquietudes artísticas para focalizar sus esfuerzos en algo mucho más práctico: el dinero.  ¿Por qué invertir meses en diseñar retorcidas figuras geométricas cuando podía ganar mucho más intermediando en la construcción de viviendas unifamiliares? ¡Que hagan arte otros! Él quería fortuna y mujeres.

  Tan solo se había dejado llevar por su romanticismo una vez al adquirir los terrenos de la abandonada iglesia de su pueblo natal. En su fuero interno pretendía hacer algo hermoso para curar traumas que se le habían enquistado en el alma. Pero su socio no estuvo de acuerdo. Quizás si le hubiera contado sus auténticas razones, si le hubiera explicado… No, Don Leopoldo nunca lo hubiera entendido. Demasiados años haciendo negocios juntos. No comprendería que hicieran algo sin lucrarse. Serían viviendas de lujo entonces. ¡Qué ironía tan grande! La supuesta base secreta de una secta demoníaca en la que había estado a punto de morir ahogado, convertida en un barrio para estrellas de la tele, jugadores de fútbol, tiburones de mercados de valores y políticos jubilados.

  Había pensado mucho en sus amigos pero también en quién podía ser el loco que le había secuestrado. De los innumerables enemigos que habían podido forjarse a los únicos a los que no habían dado un buen escarmiento eran los de la iglesia de San Judas.  La coincidencia era demasiado clara como para ignorarla. No había tenido el valor de ir en persona a la iglesia, a pesar de que había ordenado sellar el pozo, pero se había documentado. El templo estaba dedicado a Judas Tadeo y no Judas Iscariote, como había supuesto el sabelotodo de Gregorio. Su primer párroco había sido un tal Don Ricardo Casasgrandes. Al parecer no había sido un tipo cualquiera. Un contacto de la archidiócesis de Valencia le había contado una historia sobre una congregación que trataba directamente con El Vaticano especializada en temas de posesiones y exorcismos. Según los archivos, Casasgrandes se había retirado voluntariamente a San Gonzalo tras muchos años de activismo con los “Discípulos de San Tadeo”. Años después habían llegado los rumores sobre cánticos a media noche pero desde la alta cúpula eclesiástica nunca se les otorgó credibilidad

  ¿Y si…? ¿Y si el viejo cura no vino tan solo buscando el feliz retiro deseado por todos? ¿Y si trajo consigo algún terrible secreto? ¿Podría haberse pasado al otro bando? ¿Y si se había aliado con aquellos a los que había combatido en nombre de Dios? Había vivido suficientes aventuras como para creer en la existencia de demonios y demás seres sobrenaturales. ¿Y si alguien más aparte de ellos sufrió las consecuencias del incendio? Habían asumido que el incendio había sido provocado para tapar huellas pero… ¿y si lo causaron ellos? ¿Y si fue un accidente? Un accidente que él había provocado con su grito. Un accidente que destrozó un culto que había sobrevivido décadas en la sombra. Y ahora él había vuelto para construir pistas de pádel sobre las tumbas de los santos.

  Marcos intentó incorporarse pero las fuerzas le fallaron. Se apoyó en la áspera pared y gritó con todas sus fuerzas. Pero sólo salió un graznido ronco. La tos le tumbó de nuevo en el suelo y a punto estuvo de ahogarse. Desesperado volvió a erguirse con la ayuda de sus débiles brazos y lo intentó de nuevo.
-Ey... ¡Ey!... ¡¡EY!! ¡hijo de puta! ¡ja, ja, ja! ¡MALDITO HIJO DE PUTA! ¡DÉJATE DE JUEGOS, CABRÓN DE MIERDA! ¡¡YA SE QUIEN ERES!! ¡¡MIS AMIGOS Y YO TE VAMOS A JODER DEL TODO ESTA VEZ!!-