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viernes, 5 de julio de 2013

Las Tres Reglas - Segunda Parte

Peter Corvac yacía en el suelo con el cerebro hecho añicos y un escape de sangre saliendo de su ojo derecho. Una sangre tan roja como otra cualquiera. Tan roja como la que caía por mi frente tras casi ser arrollado por el descapotable blanco. La visión de “Bullraker” levantándolo con una sola mano con la intención de tirármelo encima me había dejado en estado de shock, así que hice aquello para lo que había sido entrenado.

- Mierda… mierda. ¡Mierda! ¡¡Mierda!! – Acababa de matar a un Dios con mi 9mm. Uno de los más famosos en todo el mundo.  Y para colmo mi turno empezaba en menos de tres minutos.

Lentamente volví a guardar la pistola. Por suerte el aguacero caía con fuerza suficiente como para llevarse el rastro de sangre hacia lo más profundo de las alcantarillas. Ahora el problema era el coche, que seguía improvisadamente aparcado junto a un kiosco y con una puerta reventada. El coche y un cadáver de 200 kilos que costó un sobreesfuerzo subir al maletero del magullado descapotable.

Me aseguré que no hubiera moros en la costa. No tardé mucho en encontrar un callejón oscuro. Quité el freno de mano y empujé el coche como a las mulas de la granja. A pesar de los golpes aun conservaba un tacto muy suave y una carrocería interior acojonante. Las llaves aun seguían puestas y pensé, una vez más, lo que McCarthy habría dicho en una situación semejante:

- “Ahora no es tiempo para jueguecitos, chaval”.-

Pero el coche parecía demasiado caro, demasiado lujoso como para dejarlo ahí sin más. Nunca antes había visto nada igual. Ese coche tenía algo hipnótico que me atrajo con una fuerza irresistible. Como un gato a la caza de un ratón salté al interior del vehículo. El asiento era lo más cómodo sobre lo que me había sentado jamás. ¿Funcionarían los demás cachivaches? La llave seguía en el contacto. La cogí y la giré. El rugido del motor hizo que se me pusieran los pelos de punta. Una sensación de fuerza y seguridad infinitas se apoderaron de mí. Sentía que si aceleraba lo suficiente podría atravesar el muro que tenía delante sin hacerme un solo rasguño. Por suerte la Navidad se había llevado a sus casas a todos los posibles curiosos de la calle.

- “Suficiente”. –

Era el momento de echarle huevos. Conociendo los procedimientos policiales lo mejor sería ir a la comisaría, empezar mi turno y no levantar sospechas. Era lo más indicado dadas las circunstancias. Cogí las llaves del coche. Las motos de la policía de Chicago son bastante rápidas. Además, me salté todos los semáforos que me encontré. Dicho esto, llegué 20 minutos tarde a la comisaria.

- ¡Vaya, pero si el pajarito ha llegado! – El capitán Nash apareció como una tormenta. Alto, fuerte, un viejo bulldog. Era el puto amo de la comisaría. Tenía dos excusas para abroncarme. Y vaya si lo hizo. – ¿Y qué es esta mierda a la que hueles? ¿Has estado bebiendo, novato? –

Cuando la cosa se pone peliaguda con Nash es como si el techo descendiera medio metro sobre nuestras cabezas. La comisaría entera se encogía de hombros, como esperando a que la tormenta cesase. Esta vez la tormenta iba a tardar en irse. Y mi cabeza rugía como el motor del descapotable.

- Primer aviso agente Carroll. Al segundo estas fuera del cuerpo. –

- “Cuando esto acabe tendré suerte si solo me despiden.”- pensé.

Habría firmado mi entrada de turno a la hora habitual si el cabrón de Nash no me hubiera seguido y vigilado hasta archivo, que estaba casi vacío de agentes. Parte de la comisaria se había ocultado en la sala de reuniones para ver el partido. Los “Capas Rojas” de Bullraker iban perdiendo por dos tantos y muchos de sus fans se acordaban de él.

- Si Bullraker estuviera jugando la cosa seria diferente. –

- “Y tanto que sería diferente” –

Por suerte el Capitán dejó de olerme el culo y nadie me prestaba atención, por lo que aproveché para poner en práctica la segunda regla que todo policía de Chicago debe saber. “Si quieres conseguir algo de Joanna, la de recursos armamentísticos, lo único que funciona es la psicología inversa”. ¿Magia arcana? ¿Ausencia absoluta de vida sexual? Nadie lo sabía. Lo cierto era que no existía ninguna otra forma de convencerla. Dejé caer el estropicio de casco frente a la ventana que da acceso al arsenal, asegurándome que el ruido llamara su atención. La cara que puso Joanna al ver el estado de su tan querido material era un poema. Seguí actuando como el que deja los restos de una colilla en un cenicero e hice como el que se largaba cagando leches. La reacción de Joanna no se hizo esperar.

- Espeeera un momento jovencito, ¿qué es esto? -

- ¿Cómo dices? Oh nada nada, esta noche no necesito casco. -

- No esté usted tan seguro agente Carroll. Mmmmm... si si, aquí está. Según mi calendario esta noche tiene turno en los Fens. El casco forma parte del equipo obligatorio. -

- Eso dicen los viejos sabuesos. Pero ya he patrullado ese barrizal otras veces y no hay nada que temer. – Intenté parecer más duro de lo que había sido nunca y eso despertó la curiosidad de Joanna.

- Vaya, si tenemos a todo un hombre con nosotros. Si si, ya veo, todo un hombrecito. Bueno, en ese caso tengo aquí algo para ti. Un casco nuevecito. De este roto ya me encargo yo de que lo arreglen. Venga ahora vete. Fens necesita que la protejan. –

- Joder Joanna, lo cogeré solo con tal de no escucharte más la palabra hombrecito. – Mientras me alejaba en dirección a la puerta pude escuchar a Joanna murmurar “si si, claro, claro…”. A los pocos minutos recibí un mensaje de mi banco, la muy hija de puta me había cobrado el salario de toda una semana por el casco nuevo. Adiós al viaje post-navideño a Wyoming.

Al salir de la comisaría me di cuenta de que llevaba mucho tiempo aguantando la respiración. La lluvia azotaba la ciudad sin piedad. De un brinco me subí a la moto y como un rayo volví al lugar donde había dejado el coche. Y al gigantesco cadáver de Bullraker, claro. Ahora el problema era deshacerse de semejante masa de músculos sin llamar la atención. Pero ¿cómo hacer añicos algo que es duro como el diamante? ¿Sería mejor hundirlo? ¿Intentar fingir un suicidio? Eso no me iba a funcionar. Tarde o temprano lo encontrarían y la bala me delataría. Miré de nuevo al coche y un fugaz pensamiento me vino a la cabeza.

- “¿Sería capaz?” –

Me hice con un destornillador que encontré bajo la tapicería del maletero del descapotable y desmonté el monitor de mi moto. Ahora tendría un walky-talky del tamaño de un melón. Era mejor no llamar la atención. Si no hacía mis comunicaciones rutinarias con Central mandarían a alguien a por mí.

-Joder. En que puto momento me metí en este lío. -

Miré al cielo suplicando que no hubiera avisos ni emergencias. Que me dieran un poco más de tiempo para llegar al único sitio donde podría encontrar lo que necesitaba. Tenía que llegar a casa de Peter Corvac. Necesitaba algo que solo podría encontrar en la casa de un Dios.

El motor volvió a rugir como un dinosaurio. Encendí las luces y pise el acelerador hasta el fondo. El coche se despegó del suelo a una velocidad espectacular. A pesar de la puerta rota el bólido iba como la seda. Era como volar en un animal hambriento de asfalto. Un animal muy hermoso. Un animal que me distrajo hasta tal punto que tardé medio viaje en darme cuenta que en el asiento trasero estaba McCarthy jugueteando con su 9mm.

viernes, 28 de junio de 2013

Las Tres Reglas - Primera Parte


- ¿Es tu cumpleaños? No jodas, novato… - McCarthy volcó la petaca y el aguardiente barato hizo supurar el negrísimo café de mi taza.
- Ya ves… - intenté hacer un gesto para que se detuviera. – Tío, ¡que en cinco minutos empieza mi turno!
- Es Navidad, joder. – McCarthy acompañó la afirmación con un buen trago directo de la petaca. – Y vas a pasar tu puto cumpleaños patrullando por los Fens, así que más vale que te des una alegría…

Miré en silencio a McCarthy mientras apuraba su aguardiente casero. “¿Es así como acabo?” pensé en ese instante. “¿Con cincuenta y dos años? ¿Con sobrepeso al filo de lo tolerado en el cuerpo? ¿Con una ex mujer que se bebe la mitad de tu salario y un alcoholismo que se traga la otra mitad?”.

- Ahh… - McCarthy acompañó su satisfacción con un sonoro eructo. Me miró y se dio la vuelta, pensando que mi atención estaba en la pantalla plana del Flagherty´s. - ¿Qué? ¿Qué pasa? – atendió apenas tres segundos al partido de Superball que enfrentaba a los “Capas Rojas” de Chicago con los “Enmascarados” de Boulder. –No has sido tan capullo como para apostar contra los Capas Rojas, ¿verdad, novato?

Hacía dos meses y medio que había llegado a la ciudad. Era tiempo más que suficiente como para haber aprendido las tres cosas que un poli jamás debía hacer en Chicago. Primera regla. Jamás debías apostar tu dinero contra el equipo local, porque acabarías perdiéndolo. Nadie por aquel entonces sabía por qué (aún hoy creo que nadie lo sabe). Pero el caso es que bastaba que un poli apostase contra ellos para que perdiesen. ¿Maldición gitana? ¿Puñetera casualidad? ¿Qué cojones iba yo a saber por aquel entonces? Tenía veintidós años, un proyecto de barba pelirroja que parecía no atreverse a crecer… y toda la inseguridad que pueda tener un chico criado en una granja de Wyoming.

- ¿Seguro que no quieres que te acerque a casa…? – me ponía la chaqueta reglamentaria mientras McCarthy hacía gestos para llamar al barman – Me pilla de camino a la comisaría…
- Tranquilo, novato… Me quedaré esperando a Santa Claus. – usó la petaca para señalar con ironía el televisor – Si ellos existen… ¿por qué no el bueno de Santa?

En la pantalla del monitor, “Titan” cruzaba la línea de las cincuenta yardas con apenas dos zancadas. Había aumentado cuatro veces su tamaño y ni la telequinesis combinada de los defensas de los “Enmascarados” frenó un ápice su avance. Con el clamor del público, “Titan” recuperó su tamaño original mientras dos de sus compañeros se posaban de nuevo sobre el terreno de juego. Decían que aquello era como ver a los dioses jugando al fútbol. O al menos lo decían aquellos que habían podido pagar los doscientos pavos que costaba la entrada más barata del Coliseum.

- Unidad doce, unidad doce… - el country-rock irlandés aun se escuchaba de fondo, procedente del Flagherty´s. – Conteste unidad doce…
- Aquí unidad doce… -  puse en marcha la moto y me coloqué el casco, conectando el micrófono que llevaba incorporado – Tranqui, Collins. Voy de camino…
- ¿Has visto el pase que acaba de marcarse “Titan”? – recordé las palabras de McCarthy y el tono de Collins se me antojó el de un niño de tres años sentado en el regazo de un barbudo vestido de rojo. - ¡Ha sido cojon…!

Desconecté la radio sabiendo que me caería un buen rapapolvo al llegar a la comisaría. Pero la voz chillona de Collins resonando en alta fidelidad por los altavoces del casco era más de lo que estaba dispuesto a soportar en esa noche de mierda. Sólo quería llegar cuanto antes a la central, firmar mi turno y empezar a patrullar cuanto antes. Además, estaba a menos de diez manzanas de la comisaría y todo el mundo parecía haberse encerrado en sus casas para degustar la cena navideña viendo el partido más importante de la temporada. ¿Qué cojones podía salir mal?

- ¡Hijo de la Gr…! – traté de hacer algo parecido a un giro. Imposible recordar qué movimiento fue el que hizo la moto pero lo cierto es que al menos aquel deportivo blanco no me llevó por delante. Una milésima de segundo más tarde y hubiera acabado empotrado contra el muro. En su lugar, mi moto se limitó a patinar por el asfalto helado dejándome a mi tendido sobre él.

Me levanté con la agilidad de un muñeco de trapo, quitándome el casco y notando el calor de la sangre caer por mi frente.
- Joder… - la cara de idiota que se te queda cuando te ves sangrar es impagable. Alcé la vista, comprobando que el deportivo blanco había decidido emplear un viejo puesto de periódicos como improvisado aparcamiento. La estática del casco me indicaba que la radio había pasado a mejor vida. – Eh… ¡Los del coche! – di un par de pasos, sacando mi nueve milímetros de la cartuchera. - ¿Están… están bien?

Daba pasos cortos, sosteniendo mi arma con las dos manos y el cañón bajo. Me gustaría pensar que estaba siendo fiel a lo que me habían enseñado en la academia. Pero lo cierto es que estuve a punto de apretar el gatillo cuando la puerta del deportivo salió despedida, arrancada de sus goznes.

- No… No se mueva. – Tartamudeé, encañonándolo con toda la sangre fría que pude acumular. Tambaleándose como un pelele, aquella mole de casi dos metros me miró como el elefante que se topa con una insolente hormiga.
- ¿Cómo has dicho? - Llevaba un traje de color blanco con aspecto de costar más que la hipoteca de cualquiera de los edificios que nos rodeaban. Y aunque nunca llegué a saber lo que había dentro de la botella que dejó caer al suelo vacía. Pero le había llevado a ese punto de la embriaguez en la que se alterna la amistad eterna con la violencia más salvaje. - ¿Me has dado una puta orden, piojo?

Hasta aquel momento no había visto a ninguno de ellos en persona. Dos meses y medio en la gran ciudad y no me había molestado ni una sola vez en mirar al cielo, en busca de uno de esos “dioses” que alternaban los titulares de los diarios deportivos con las portadas y los escándalos de la prensa rosa. Podían aplastar un acorazado con las manos o hacer que un huracán arrasara el condado. Y pasaban la mayor parte dando entrevistas o acudiendo a infames realities de televisión.

- Vas a lamentarlo, microbio… - escuché rechinar el chasis del deportivo mientras las manos de aquella mole se hundían en el metal como si fuese mazapán. Lo levantó por encima de su cabeza con una facilidad que me dejó petrificado. Pasó tan deprisa que mi cerebro apenas si pudo reaccionar de otra manera. 

Aquel monstruo era Peter Corvac. “Bullraker”, según la Liga de Deporte Supremo. Titular de los “Capas Rojas” durante las últimas tres temporadas y que esa noche no podía jugar por una amonestación adquirida en el último partido. ¿Queréis saber otro detalle curioso? Además de tener la fuerza de mil hombres, el noventa y nueve por ciento de su piel tenía la dureza del diamante.
El puto noventa y nueve por ciento.

La bala de mi nueve milímetros entró destrozando su globo ocular derecho, adentrándose hasta su masa encefálica. Las paredes internas de su cráneo, indestructibles como eran, sólo empeoraron la situación: la bala rebotó innumerables veces, convirtiendo su cerebro en algo parecido al pudin de manzana. El deportivo cayó al suelo. “Bullraker” no tardó en seguir su ejemplo.


No recuerdo el tiempo que me quedé allí, empuñando mi arma y con el estampido del disparo resonando en mi cabeza. Había matado a un dios. Y el cielo, con el resonar de un trueno sordo y el inicio de una impertinente llovizna, me sacó de mis pensamientos. Recordándome que estaba de mierda hasta el cuello.