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viernes, 18 de octubre de 2013

La Caja de Turing - Indice

El capitán Daniel Santana miraba tumbado en su catre como el ventilador daba vueltas sin parar intentando refrescar la habitación que él llamaba hogar. Como siempre, después de cada misión no podía pegar ojo. Miraba a su alrededor. La calurosa habitación se componía apenas de un catre, un escritorio y un pequeño lavabo.
 
Cansado de dar vueltas en la cama, el en otra época llamado capitán del batallón segundo de las fuerzas especiales, decidía ir al gimnasio con la esperanza de que el esfuerzo físico le ayudara a descansar. Mientras corría en la cinta, Santana miraba en el espejo de la sala a ese latino de ahora treinta tacos y se maldecía de cómo “el procedimiento” le había hecho envejecer de manera tan notable. Cuando llegó a la base hacía 5 años tenía el pelo negro y apenas arrugas. Ahora, el pelo cano era escaso y las arrugas inundaban sus facciones.
 

viernes, 11 de octubre de 2013

La Caja de Turing - Conclusión

La teatral presentación del enigmático personaje quedó enfatizada por un tenebroso fulgor azulado que parecía emanar de la caja, como si percibiera la cercanía de su creador. Una enfermiza luminiscencia impregnó la sala de operaciones. Todos los presentes quedaron congelados, inmóviles, hipnotizados por el magnetismo de la alargada figura plantada al final de la escalera.

- Creo que la creencia popular afirma que quien calla otorga. Consecuentemente tomaré su silencio como cortés saludo de bienvenida y aceptación de mi autoridad, dadas las circunstancias…- Comenzó a decir altivamente.

- ¡¿Pero quién coño se cree usted que es?! – Reaccionó bruscamente el Mayor Andrew.

- No tengo por costumbre derrochar mi tiempo repitiendo las cosas… Y espero que al menos se percaten de que tiempo no es precisamente algo que nos sobre en estos momentos. – Contestó Turing, dedicando una condescendiente mirada al veterano militar.

- Mayor, reconozco al profesor Turing de fotos y vídeos de los archivos. Puedo confirmar su identidad. Lo qué no sé es cómo diablos ha llegado hasta aquí ni cómo se ha enterado de todo esto. Se suponía que había desaparecido. – Intervino Emil Carter.

- He estado dedicado a mis asuntos y, como ustedes comprenderán, no dejé a mi creación sin la debida vigilancia. – Contestó Turing, mientras se quitaba tranquilamente la oscura gabardina y la acomodaba en el respaldo de una solitaria silla, junto a su peculiar sombrero y su viejo paraguas.

Mark y Henry intercambiaron significativas miradas. La afirmación del recién llegado implicaba serias brechas en la seguridad que ellos habían pasado por alto. Sabían a ciencia cierta que eso provocaría aún más al Mayor Andrew. Y no es que estuviera tranquilo precisamente.

- Vamos señores. Hace años, le abrí a la humanidad las puertas a un nuevo universo y ustedes lo han mantenido todo en secreto como advenedizos, utilizando el… Perdón, mi Caja como sistema de espionaje, permitiendo el acceso únicamente a las grandes multinacionales que colaboran en campaña. – En las manos del profesor había aparecido un dispositivo similar a una Tablet y éste lo tecleaba con dificultad mientras hablaba, sin levantar la vista de la pequeña pantalla. – Así que dejen de preocuparse por mí y centrémonos en lo que nos ha reunido en este ajetreado día: la vida de esos tres soldados y… Ah, bueno, sí, y el fin de la sociedad moderna, tal y como la conocemos. – Dicho esto, pulsó una última vez su dispositivo portátil y las dos pantallas del sistema de monitorización de los soldados volvieron a funcionar.

- ¡Señor, los soldados Darko, Fargo y dela Cruz mantienen constantes vitales estables, aunque siguen sin contactar con Central! – Anunció la Doctora Duvall.

Emil Carter se sumergió desesperadamente en la cascada de códigos que brotaba de los monitores, buscando entre el galimatías algo que él pudiera entender. ¿El fin de la sociedad moderna? ¿Pero qué cojones…? Una cosa estaba clara. Los sensores de su equipo detectaban ahora una presencia viva al otro lado. Eso ya planteaba un puto rompecabezas. La Caja era la única puerta de entrada, por lo que no era posible que hubiera “alguien” al otro lado ¿Verdad? Pero eso era lo de menos. El problema era que, fuera lo que fuera lo que estaba llamando al timbre, era jodidamente gigantesco. Si “eso” tenía hambre, dudaba que bastara con un telefonazo a Pizza Hut.

Era hora de tomar la iniciativa. – Profesor, lamentaría ser grosero pero, ¿Puede explicarnos qué coño está pasando? – Dijo Emil Carter, encarando al creador de la Caja.

- Dar una correcta sinopsis que todos los presentes pudieran entender nos costaría demasiados giros de las manecillas. – Turing comenzó a hurgar en sus bolsillos buscando algo mientras hablaba, aparentemente ajeno a la terrible tensión del momento. – Pero podría decirse que el ciberespacio creado por mi Caja, bueno en realidad no lo ha creado, existía desde tiempos inmemoriales, aunque no como Ella les permite percibirlo ahora por supuesto, ha resultado ser, inter alia, evidentemente, en palabras sencillas, un nexo interdimensional.-

- ¿Un nexo interdimen…? – Comenzó a preguntar Emil Carter.

Turing no pareció darse por aludido. – La raza humana vive ajena a los horrores que habitan en los confines del universo. Y créanme cuando les digo que es mucho mejor así. Es por eso que es imperante… ¡Ah! ¡Aquí está! – El profesor sacó un papelillo arrugado del bolsillo interno izquierdo de su chaleco, lo desplegó con parsimonia y dijo grandilocuentemente: - El código de alerta es “Alpha-Bravo-7785-Rojo-0643-Alerta-Centauro”.

- ¿Qué? – Emil Carter se disponía a interpelar al profesor Turing cuando se percató de la palidez del rostro del Mayor Andrew. - ¿Qué le ocurre, Mayor? –

El militar parecía haber envejecido veinte años de un solo golpe. Emil Cater podía ver cómo perlas de sudor afloraban en la frente de su superior, amenazando con caer sobre sus desorbitados ojos azules. Aun así, hubo que reconocerle que no titubeó al contestar. – Código de confirmación de alerta: “Beta-Sigma-3128-Rojo-9617-Alerta-Alpha”. Desde este mismo instante, como oficial de mayor rango presente, asumo ineludiblemente el mando en cuestiones de Seguridad Nacional, en caso de romperse las comunicaciones con la cúpula directiva. –

- Bien, hemos cumplido con el protocolo. – Interrumpió Turing mientras se atusaba el perfilado bigote y lanzaba descuidadamente el papelillo a algún oscuro rincón. – Si no me equivoco, debemos llevar un rato incomunicados. Pueden comprobarlo. Las líneas debieron cortarse tras la desconexión de la caja. Gran idea, por cierto, eso de apagar todos los sistemas de contención de amenazas. ¿Tienen por costumbre desmontar la puerta para evitar que entren en sus casas? –

Enfatizando el significado de las palabras del profesor, lo que parecía un nuevo tentáculo de energía comenzó a asomar por la superficie de la Caja. La doctora Duvall gritó aterrorizada mientras corría escaleras arriba, buscando inútilmente cómo escapar. Las compuertas habían sido selladas en algún momento. Emil Carter sospechaba que Turing tenía algo que ver. ¿Una medida de precaución?
Ajeno a ello, la escolta del Mayor Andrew formó en fila apuntando con sus fusiles automáticos al haz de luz, esperando la orden de disparar.

- ¡Es inútil Mayor! – Continuó Turing, alzando la voz. - ¡Sus balas no le harán daño! ¡Ningún arma de este mundo puede hacerlo! ¿No lo entiende? Es un axioma que debe asimilar ipso facto si pretendemos evitar el desastre. -

El oficial tragó saliva mientras parecía analizar sus bazas. Finalmente pareció tomar una decisión y preguntó. – De acuerdo, ¿Qué propone entonces? –

- Escúcheme con atención. Hoy tomará la decisión más dura de toda su carrera; una que probablemente lamentará el resto de su vida, pero no tiene opción. La alternativa sería dejar que El Horror vagara libremente por La Tierra, destruyendo esta ficción de seguridad, llamada sociedad, que hemos construido para poder vivir cuerdos. Puedo asegurarle, sin miedo a equivocarme, que el Capitán Santana no andaba muy desencaminado. “Él” tiene hambre y nada podrá detenerlo hasta que se sacie. –

Emil Carter dividía su atención entre aquel apéndice luminiscente que emanaba de la Caja, los códigos regurgitados por las pantallas y las temibles palabras del profesor Turing. Su corazón palpitaba frenéticamente y su mente parecía procesar datos a toda velocidad, colocada de adrenalina. Un pensamiento destacó fugazmente sobre los demás. – No, no, no… Espere ¿No pretenderá? –

La sentencia del profesor desgarró las consciencias de los presentes, tan aterradora como la Maldad Primigenia que asomaba a nuestra dimensión. – Sacrificium. Una ofrenda a la deidad para aplacar su avidez y que vuelva a su santuario. –

- ¡Está loco! – Espetó Emil Carter. - ¿Pretende que entreguemos la vida de seres humanos inocentes a esa cosa? –

- ¡No sea usted necio! La vida no, sino el alma. Debemos entregar la esencia de diez millares de sujetos en un formato que el ente pueda usar para alimentarse. De esta forma, se mantendría en el ciberespacio, sin entrar en nuestro plano. Sólo así, ganaremos tiempo para volver a levantar las defensas de mi caja y, entonces quizás, encontrar la manera de hacerle regresar de donde quiera que venga. – El profesor apoyaba cada afirmación con aspavientos. Su excitación se hacía cada vez más evidente, en contraste con su parsimonia inicial.

- ¿Quiere que metamos el alma de ciudadanos estadounidenses en un chip y se lo entreguemos a un ser de otro mundo, mientras el resto corremos a refugiarnos a casa? – Todos los esquemas lógicos y morales de Emil Carter se rebelaban ante la mera idea. ¡Tenía que haber otra forma de acabar con eso!

- Si mi hipótesis es correcta, bastará con que marquemos el camino. Este departamento lleva años espiando a sus conciudadanos, quebrantando no solo las leyes sino también la confianza que éstos habían depositado en sus gobernantes. Por ende las monsergas éticas están fuera de lugar ¿No cree? Ustedes limítense a hacer la selección. Yo haré el resto. Y dense prisa, “Él” se impacienta. –

- ¿La selección? – Preguntó suspicaz el Mayor Andrew…

- No tienen por qué ser ciudadanos inocentes. Eso está en sus manos. Para algo sirve el Código de Alerta Centauro. Le sugiero que comience por los sujetos con nivel #8, marcados  en su base de datos como de amenaza terrorista y continúe bajando hasta los condenados por delitos de sangre, que creo recordar nivel #4. Estimo que con eso le bastará. Sus técnicos sabrán hacer la consulta. Yo tengo que preparar “el conducto”. – Y dicho esto, el profesor Turing se acercó a la silla donde dejara sus pertenencias y extrajo del interior de su sombrero un pequeño artefacto. Se trataba de un candil de aspecto vulgar y vetusto.

- Yo, imposible. No podemos… - Protestó el Mayor Andrew. El pánico brotaba de todos sus poros en forma de lágrimas carnales.

- ¡Asúmalo! Los sacrificios han sido utilizados por distintas civilizaciones desde los albores de la historia. Y, aunque muy pocos lo sepan, estoy en disposición de asegurarle que han sido muy efectivos. Pero no le pido que lo entienda o esté de acuerdo ¡Facilíteme los datos y salvaremos el país que usted ha jurado proteger! –

Turing dio la espalda al Mayor Andrew sin esperar réplica. Haciendo uso de un viejo mechero de gasolina, encendió el candil. Con reverencia, se acercó a la Caja para sentarse en el suelo a unos metros de ella.

- Ah, se me olvidaba. – Dijo. – Alguien tendrá que entrar ahí y depositar la dádiva. – Colocó el candil cerca de él, se desabrochó chaleco y camisa y comenzó a canturrear una rítmica letanía.

-Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn… –

[…]

Me llamo Emil Carter. Soy Oficial del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos. Dejo este documento codificado a modo de baliza con pocas esperanzas de que alguien lo encuentre, pero siento que debo hacerlo. El archivo adjunto es la grabación de la cámara de seguridad nº 5, que el ingeniero Mark Adams me facilitó a escondidas antes de la inmersión en la Caja. Creo que explican los hechos. No hicieron falta palabras para saber que estábamos todos de acuerdo. Me dispongo a perpetrar un acto abyecto. En pocos segundos el sacrificio estará hecho. No nos atrevemos a no hacerlo. Las consecuencias serían demasiado terribles. Mi alma está condenada por ello. La de todos nosotros está. Pero no iremos solos al infierno. Me siento incapaz de describir la aberración que estoy viendo dentro de la Caja. Es como si… Todas las pesadillas imaginables se concentraran en una. Me arrancaría los ojos si pudiera. Pero aun así estoy seguro de que podría sentirla. Tal es mi maldición. Y tal mi penitencia. Tan solo espero no equivocarme con lo que voy a hacer. No me fío del Profesor Turing. No sé justificarlo pero mi instinto me dice que estoy en lo cierto. Esa cosa que cantaba… Me removió las entrañas despertando un miedo primario, visceral.

Acabo de provocar una divergencia en mi código de respuesta pasiva. Es la señal. Mis compañeros destruirán ese maldito candil y después la Caja. Una buena explosión. Hemos incluido todos nuestros datos en el sacrificio… y los del profesor Turing. Nadie saldrá de aquí. También hemos introducido un virus en el paquete. Uno jodidamente cabrón. Lo mejor que tenemos. No sé si funcionará. Espero que sí. En todo caso, está hecho. Es el fin. Martha, te quiero. Lo siento mucho. Dios se apiade de todos nosotros.

viernes, 4 de octubre de 2013

La Caja de Turing - Tercera Parte

Ante el infranqueable muro que era el Mayor, Emil Carter recordó la parte mala de trabajar en el ejército estadounidense. Estar en el ejército. Aunque normalmente nadie se metía en su trabajo, cuando alguien lo hacía, era hasta el fondo.

Carter, británico de nacimiento, se había alistado hacía unos diez años en el ejército de los EE.UU. Era la única empresa con recursos ilimitados en su área, Cybertecnología e Interfaces Hombre-Máquina de última generación. Sólo ellos y quizás alguna turbia empresa china tenían recursos suficientes para avanzar más allá de los límites establecidos, para trabajar con la Caja de Turing.

En su momento tuvo que elegir entre aguantar de vez en cuando la férrea disciplina militar al más puro estilo la chaqueta metálica o emigrar a China. La elección fue fácil, no le gustaban los rollitos de primavera.

-    Oficial Científico Carter, no se lo repetiré más veces. ¡Si le digo que no va a entrar ahí, es que no va a entrar ahí! ¿Comprende? –  alterado, el Mayor Andrew parecía aún más grande y amenazante de lo que ya era de por sí  - ¡Ni usted ni nadie va a entrar ahí! No estamos dialogando Oficial, ¿se entera? Como superior le estoy dando una orden directa que espero acate o tendré que tomar medidas ¿lo entiende?

-    Pero podemos… – el leve fruncimiento del ceño del Mayor fue suficiente para que Carter cediera y aceptara entrar en el juego de la jerarquía – Señor, seguimos teniendo tres hombres dentro, señor. Sugiero una operación de rescate para sacarlos antes de que lo que ha acabado con Santana acabe con ellos.

-    No

-    Señor – Carter probaba uno a uno con todas las tácticas de dialogo posible, como si se enfrentara a una firme cerradura con un desordenado manojo de llaves - Señor, son mis hombres. Entiéndalo, no puedo dejarles ahí. Los monitores indican que están en coma, si no los sacamos morirán en breve. Y tampoco podemos traerlos de vuelta en este estado, tenemos que entrar a rescatarles

-    No

Carter estaba a punto de estallar. No aguantaba la terquedad del Mayor. Tenía que entrar, tenía que salvar a sus chicos, decía para sus adentros. Aunque lo cierto es que había una razón más. Podían ser los delirios de un moribundo, pero las últimas palabras de Santana le habían  hecho sentir una curiosidad que no sentía desde las prácticas en el instituto con el señor Milles, su profesor de ciencias, una curiosidad que había perdido por este proyecto hacía ya demasiado tiempo.

Emil conocía bien Santana. Había leído su historial, repasado sus pruebas psicotécnicas. Después de cada misión estudiaba con asombro las gráficas que monitorizaban su cerebro dentro de la Caja. Superaba como nadie las pruebas de estrés a las que sometían periódicamente a los reclutas. Su mente estaba perfectamente estructurada. Podría estar muriéndose, pero aún en ese estado, estaba seguro que Santana sabría diferenciar la realidad de una alucinación traumática. Si decía que había visto a Dios, es que había visto a Dios y eso hacía al doctor sentirse de nuevo vivo. 

-    Señor – Dijo por fin el doctor Carter reponiéndose del último no del Mayor – Si no va a dejar entrar a nadie, ¿qué propone?

El Mayor Andrew miró durante unos segundos a los ojos de Carter antes de lanzar la frase que sabía sería lapidaria para el doctor.

-    Apagar la Caja. No espero que lo comprenda doctor, pero ese trasto es demasiado peligroso

La expresión de Carter estaba entre la incredulidad y el más profundo terror

-    ¿Apagar la caja? ¡No puede hacer eso! ¡Por Dios Andrew, si la apagas no volverá nunca a encenderse! ¡Su cerebro olvidará todo lo que ha aprendido! – Carter estaba fuera de sí, encarándose al Mayor, cuando comenzó a vocear – ¡¿Siete años de trabajo a la basura?! ¡No! ¡No dejaré que la apague, no precisamente ahora! ¡Me da igual que me acusen de deserción, de traición, no se lo permitiré!

-    Carter – Andrew puso una mano sobre el hombro del doctor de modo conciliador – Tranquilícese. No puede impedirlo, la orden ya ha sido dada. El protocolo de apagado fue activado hace diez minutos.

Cómo si hubiera estado coordinado, en ese momento las alarmas comenzaron de nuevo a sonar en todo el complejo. Una voz metálica  anunciaba que la Caja había sido aislada de la red. Se había completado la primera fase del apagado.

Durante casi tres horas Carter estuvo en una esquina de la sala de control, sentado en el suelo. Sólo, en silencio. Ese día había perdido a cuatro de sus hombres, a cuatro de sus amigos. Estaba a punto de perder el trabajo de sus últimos siete años y casi lo más importante para él, había perdido el último e inesperado atisbo de curiosidad científica que no sabía que le quedaba. Intentado no pensar ni sentir nada, miraba con ojos vacíos como una veintena de hombres acataban sin titubear las órdenes del Mayor.

La Caja poco a poco iba muriendo. Por fin, de las miles de luces que normalmente parpadeaban en su interior, no quedó ninguna encendida. La Caja había sido apagada.

Una voz grave y seca le sacó de su ensimismamiento, era el Mayor Andrew

-    De verdad que lo siento doctor - Andrew parecía sincero - Eran órdenes de arriba.

Carter no respondió. Simplemente miró al Mayor un instante y luego volvió a hundir la cabeza entre las piernas. Y así se hubiera quedado si no fuera por el atronador sonido que inundó una vez más la sala. En mitad de la noche, el sonido de la alarma era aún más atronador. 

-    ¡Control, informe! – Bramó el Mayor sorprendido ante la nueva incidencia 

-    Señor – La contestación vino de la mano de Mark, que estaba monitorizando los sistemas – Sé que es una locura, pero según las lecturas, la Caja se ha vuelto a encender.

Al oír la respuesta, Carter se puso en pie de un salto. Sus ojos fueron directos a la Caja, que volvía a brillar. Lo hacía con una intensidad que nunca antes había visto. Las luces de la sala titilaron y se apagaron durante un instante. Carter sintió una leve vibración bajo sus zapatos. Eran los generadores de emergencia poniéndose en funcionamiento

-    Señor – continuó diciendo Mark – Se ha disparado el consumo de energía. La Caja está consumiendo toda la energía de la base, los generadores han arrancado automáticamente para mantener los sistemas vitales en funcionamiento. Señor, no sabemos que está pasando dentro de la Caja, algo nos impide entrar en el sistema de monitorización. Lo único que sabemos con seguridad es que está funcionando de nuevo.

-    Avisen al Pentágono. Declare situación de emergencia – el Mayor gritaba por encima del taladrante sonido de la alarma – ¡Y apaguen de una vez la dichosa alarma!

Carter buscó las enormes pantallas de plasma dónde se mostraban los códigos de la Caja. Los miraba con detenimiento, pero era incapaz de comprenderlos. Eran códigos nuevos, completamente extraños para él.

-   Señor – Se trataba de uno de los hombres que había traído el Mayor que se acercaba corriendo a su posición – Nos informan desde fuera que se está sobrecargando la red eléctrica. Si no paramos el consumo de la Caja, en breve dejaremos sin suministro a la mitad del estado.

-    ¿He dicho alguna vez lo que odio a ese maldito cacharro? - El Mayor negaba con la cabeza lamentando la situación - Soldado, desconecte la alimentación de toda la base ¡De inmediato!

Carter miraba cómo el joven soldado se acercaba a una de las consolas. Mientras introducía las claves de seguridad, algo le decía que no era buena idea. Echó un nuevo vistazo a las pantallas... y entonces volvió a ver los códigos - ¡No puede ser! - Gritó desesperadamente - ¡No! ¡Detente! - pero ya era tarde.

De la Caja salió una especie de tentáculo de energía que golpeó y abrazó brutalmente al soldado, haciendole volar por la sala durante un instante. Cuando lo dejó caer, el cuerpo estaba completamente calcinado.

Tras el fulminante ataque, la sala de control se quedó en penumbra, únicamente iluminada por las luces parpadeantes de la Caja. A oscuras y en silencio. Todos lo que habían contemplado la situación estaban en estado de shock. Sin poder asimilar lo que acababan de ver. Sólo se podía oír la carne del soldado creptar y a lo lejos unos ritmicos pasos acercándose.

Era una figura alta la que bajaba ruidosamente por las pobremente iluminadas escaleras del centro de control. Se trataba de un hombre de edad indeterminada, con gafas de pasta y un bigote bien recortado. Vestía como de otra época, con gabardina oscura, paraguas y un elegante sombrero de ala ancha.

-    Buenas noches caballeros. Creo que necesitan mi ayuda – Dijo el extraño a la audiencia – Soy Turing, Walter Louis Turing.

viernes, 27 de septiembre de 2013

La Caja de Turing - Segunda Parte

Las sirenas resonaban por todo el complejo. A ambos lados del corredor, las distintas puertas de los cubículos de reposo se abrían dejando salir a los apurados técnicos, enfundándose sus batas de laboratorio. Las pisadas de aquel enjambre de técnicos y expertos repicaban en el metálico suelo del pasillo.
- Vamos, vamos… - el oficial científico Emil Carter se sentía como un pastor intentando apaciguar a un asustado rebaño ante el aullido del lobo – Recordad lo que hemos ensayado en los simulacros y todo irá bien.
El equipo llegó a las terminales de control donde los analistas de guardia, de pié ante las terminales, trataban frenéticos de averiguar qué demonios estaba pasando dentro de aquella caja. Las tazas de café estaban en el suelo, hechas pedazos. Era un pequeño detalle pero a Carter le bastó para saber que aquello era algo más serio que cualquier cosa para la que los hubiesen preparado.
- ¿Qué tenemos? – preguntó Carter apartando a Henry de la terminal. Mark miró a su compañero y, ante un asentimiento de cabeza de él, respondió.
- Son el equipo de Santana, señor… - Mark señaló las lecturas que vomitaba uno de los monitores. – Es…
- No es lo que tenemos, señor. – Henry apretó un par de botones y en una de las pantallas apareció el escáner cerebral de los sujetos conectados. – Es lo que no tenemos.
- Santa María, madre de Dios… - Carter se ajustó sus gafas de pasta mientras sus ojos paseaban ante algo imposible. Pasó casi un minuto entero tratando de que su mente pudiese concebir lo que estaba viendo. Y después, volvió la vista a Henry. – ¿Habéis comprobado…?
Carter no terminó la frase: apenas si podía pensar con el estridente resonar de las alarmas taladrándole la cabeza. Cerró los ojos en gesto de incomodidad y conectó el altavoz de la galería de pruebas.
- ¿¡Quiere alguien apagar eso, por favor!?
Abajo, los miembros del equipo técnico detuvieron por un instante sus labores de supervisión del estado de los cuerpos de los navegantes. Una de las más jóvenes, la doctora Duvall, asintió y bajó la palanca de la alarma.
- Gracias… - Carter se llevó los dedos a las sienes y los cerró con fuerza: apenas le quedaba un mes para dejar el programa. ¿No podía haber pasado esto en un turno que no fuese el suyo? – Vamos a ver. ¿Habéis comprobado…?
- Dos veces, señor. – Mark le entregó una larga ristra de papel de impresora. Carter miró a través de sus gafas los resultados. – No hay duda, señor. Es…
- Sí. Lo es. – Carter no dejó que el analista terminase su conclusión. No quería escucharlo en voz alta. - Alguien va a tener que avisar al Mayor Andrew.
El silencio sepulcral se hizo en la sala. Carter miró a los dos analistas y mostró una mueca de ironía.
- Tranquilos… - volvió la vista a los resultados vomitados por la impresora - Yo seré quien lo haga.

La base de operaciones mantenía un protocolo de aislamiento de clase Omega. Eso significaba que debía mantenerse un estricto silencio en sus comunicaciones con el exterior que solo debía ser roto en caso de emergencia. En los pasillos del Pentágono solía decirse que no había peor señal de mal agüero que recibir una llamada de “los de la Caja”.
- Tenemos otro caso, señor.
Carter había optado por no andarse con rodeos. El lo llamaba la teoría del esparadrapo: todo dolía menos si acababas con ello de forma rápida y fulminante. Mientras el pétreo rostro del Mayor Andrew se mantenía impertérrito ante la noticia, Carter aguardó en silencio la respuesta del militar de calva brillante y penetrantes ojos azules.
- Usted y su equipo científico, doctor Carter… - el militar medía sus palabras como si fuesen fichas tácticas en un mapa de operaciones. – Nos prometieron que no volveríamos a perder más hombres. Los protocolos que introdujeron…
- Se han cumplido a rajatabla, señor. Hemos marcado límites en los tiempos entre conexión y conexión. Hemos realizado comprobaciones de respuestas activas en el procesamiento de la Caja. Y…
- ¿Dice que las lecturas eran normales?
- Así es, señor. – Carter mostró el pliego de papel de impresora. – Casi todo estaba en orden. Tan sólo hemos encontrado una pequeña divergencia en el código de respuesta pasiva de la soldado Fargo…
- En cristiano, doctor Carter.
- Señor… La soldado Fargo, siguiendo los nuevos protocolos que enseñamos en la fase de entrenamiento, emitió un mensaje cifrado. Fue lo que llevó a Santana…
- ¿Santana? – el militar se colocó unos anticuados anteojos de montura metálica y consultó sus propios informes – Según mis informes el capitán Santana no formaba parte de ese operativo…
- Lo sabemos, señor. Él… - Carter pensó sus palabras durante un instante que se le antojó eterno. – Fue él quien captó la llamada de emergencia de Fargo. Tras leerlo, obligó a los analistas a que le abriesen una vía de acceso y luego se introdujo en la Caja. No sabemos…
La alarma volvió a sonar, sumiendo la sala de conferencias en un color rojizo parpadeante. La pantalla que antes mostraba la imagen del Mayor Andrew ahora dejaba ver un mensaje de alerta. Carter maldijo infinidad de veces en silencio mientras corría escaleras abajo, rumbo al nivel inferior de la inmensa cámara. Allí, el equipo técnico estaba rodeando el cuerpo del capitán Santana que, minutos antes, seguía conectado a la máquina.
- Dejadme pasar, ¡dejadme pasar! – los miembros del equipo de Carter rodeaban al veterano como los testigos de la resurrección de Lázaro. El propio Carter estuvo a punto de santiguarse cuando vio a Santana abrir los ojos. Con las pocas energías que le quedaban, alzó el brazo y señaló al cielo.
- Dios… - su voz sonaba quebrada, agonizante.- Dios tiene…
Apenas un susurro, la última palabra quedó tan sólo al alcance de la joven doctora Duvall. Ésta se incorporó con una mirada desencajada por el terror. El pitido del medidor de constantes vitales marcó línea plana y el resto del equipo se volcó en una desesperada lucha por devolver la vida a Santana.
Carter dio un paso atrás y miró a la aterrorizada doctora Duvall.
- ¿Qué…? – se acercó a ella. - ¿Qué ha dicho Santana?
- Que tiene hambre. – la joven mantenía la mirada fija en la enorme Caja que flotaba en el aire sobre ellos. – Ha dicho que Dios tiene hambre.

viernes, 20 de septiembre de 2013

La Caja de Turing - Primera Parte

El capitán Daniel Santana miraba tumbado en su catre como el ventilador daba vueltas sin parar intentando refrescar la habitación que él llamaba hogar. Como siempre, después de cada misión no podía pegar ojo. Miraba a su alrededor. La calurosa habitación se componía apenas de un catre, un escritorio y un pequeño lavabo.
Cansado de dar vueltas en la cama, el en otra época llamado capitán del batallón segundo de las fuerzas especiales, decidía ir al gimnasio con la esperanza de que el esfuerzo físico le ayudara a descansar. Mientras corría en la cinta, Santana miraba en el espejo de la sala a ese latino de ahora treinta tacos y se maldecía de cómo “el procedimiento” le había hecho envejecer de manera tan notable. Cuando llegó a la base hacía 5 años tenía el pelo negro y apenas arrugas. Ahora, el pelo cano era escaso y las arrugas inundaban sus facciones.
Tras la ducha y un nuevo fracaso en el intento de descansar decidió acercarse a la sala de operaciones. El pasillo que conducía desde la zonas de barracones hasta la sala de control era estrecho, tenuemente iluminado y a estas horas de la noche tan silencioso como una tumba. Su entrada en la sala de control apenas inmutó a Mark y Henry, los dos analistas de guardia que observaban, taza de café en mano, las pantallas donde aparecían las constantes vitales de los tres agentes de campo que trabajaban en ese momento.
A través del gran ventanal de la sala de control, situada en una zona alta de la sala de operaciones, Daniel Santana observaba a Douglas Darko, Helene Fargo y Oscar de la Cruz. Tres buenos soldados, pensaba el capitán, que demostraron, al igual que él, ser lo suficientemente fuertes mentalmente para soportar la carga de este trabajo. El traje y el casco de inmersión les daban un aspecto futurista. Y encima de ellos, casi a la altura del ventanal,  “la caja de Turing” como la llamaban cariñosamente. Era un inmenso cubo de aspecto tan simple que nadie diría que era el sistema de vigilancia de comunicaciones más avanzado del mundo, obra del ingeniero Walter Louis Turing. Sobre el cubo dos grandes pantallas de plasma mostraban la información que los operadores obtenían en campo. A ojo de novato, solo aparecían códigos y números sin sentido, pero bajo la mirada de un experto, en la pantalla aparecían zonas del país, ciudades y nombres de personas que podrían ser una amenaza.
Santana se preguntaba sobre la legalidad del proyecto, sobre la moral, no era la primera vez que se hacía esta pregunta, pero su respuesta era, de nuevo, la misma; después del 11S, ¿Qué se podía hacer?. No se podía permitir que algo así volviese a pasar aunque para eso se tuviese que vigilar a todos y cada uno de los ciudadanos que pisaban este país.
Entonces, y a través de las pantallas, el capitán se dio cuenta de algo inusual en los códigos, algo que no había visto nunca. Mark y Henry no parecían haberse dado cuenta.
-          ¡Métanme en la caja! -  podía ser cualquier cosa, podía no ser peligroso pero Santana no quería arriesgarse. Había muchas cosas sobre esa máquina que todavía desconocían.
-          Pero señor, ¡todavía no han pasado las 12 horas reglamentarias entre sesiones! – era Mark quien respondía al capitán aunque sin mucho convencimiento.
-          ¡¿Quieres despertar al mayor Andrew y discutir de protocolos con él a estas horas de la noche?!.
Eso fue suficiente para que Mark no volviera a protestar y comenzara el proceso mientras Santana iba a prepararse.
A pesar de que llevaba ya muchos años visitando este lugar de ciencia ficción todavía Daniel no dejaba de sorprenderse. El infinito vacío, la malla compuesta por líneas verdes haciendo las veces de cielo y tierra. La realidad dejaba de tener sentido en este mundo. Nada era lo que parecía ser.  Se miró las manos y recordó la primera vez que se conectó. Apenas podía mantener la forma de un cubo volador. Los años y el entrenamiento le habían permitido elegir el avatar que adoptar en este mundo y cualquiera que lo observara vería un fantasma humanoide con una túnica negra y roída.
Al activar el programa de detección y cifrado aparecieron ante sus ojos toda clase de fuentes de comunicaciones: redes alámbricas e inalámbricas, teléfonos, bases de datos, etc. Grandes fortalezas medievales hacían de bases de datos de grandes empresas; bolas brillantes y metálicas que pasaban a gran velocidad cerca del fantasma  representaban las comunicaciones entre usuarios; naves futuristas que sobrevolaban lentamente la zona hacían las veces de firewall protegiendo las redes de accesos no permitidos. Era otro mundo que refulgía de vida.
No había nada en esta zona que interesara a Daniel. Activó un programa de enrutamiento y seguimiento y una especie de máquina teleportadora apareció ante él. El fantasma se fue transportando a diferentes zonas del espacio, teóricamente infinito, siguiendo la señal de la anomalía.
Tras varios saltos algo llamó la atención de Santana. Se acercó y observó que ante él yacía flotando la imagen de la samurái que hacía de avatar de la soldado Fargo.  Se giró a la derecha y vio a Douglas Darko o más bien a la imagen de este mundo, un boxeador grande y negro, y más allá la especie de águila robótica señal de identidad de Oscar de la Cruz. Los tres estaban inconscientes pero vivos, de hecho sus señales no informaban de nada extraño por lo que los analistas del exterior no se habrían percatado de esta situación.
Inmediatamente Daniel activó el programa de comunicaciones con el exterior, un pequeño prisma con un fulgor azulado apareció delante de él. Pero nadie respondió a su llamada. Estaba solo y con la sensación de que no tardaría en averiguar qué o quién  había dejado a sus compañeros en ese estado.


[continuará]