jueves, 10 de mayo de 2012

Las Aventuras de los Goonboys - La Última Aventura - Tercera Parte


- Paula, Luís, cuánto tiempo... Gracias por venir - Dijo Gregorio lentamente, sin saber muy bien por dónde empezar.

Paula y Luís, recién llegados de la ciudad y con más recelo que simpatía, se miraban de forma cómplice. Llevaban casados cinco años, aunque sus vidas habían estado entrelazadas desde antes de lo que su memoria podía alcanzar, por lo que eran capaces de reconocer los pensamientos del otro con apenas una fugaz mirada.

- Mucho tiempo, sí - repuso Paula con tono impaciente. - ¿Qué pasa Gregorio? ¿A qué viene esta premura? Teníamos pensado pasar el fin de semana en casa de los padres de Luís, pero nos llamó María al borde de los nervios, sin explicarnos nada pero rogándonos venir a toda prisa. Hemos tenido que dejar a la niña con los abuelos. ¿Qué es eso tan urgente que necesita nuestra presencia inmediata?

- Lo sé, lo siento, pero parece que es algo realmente grave - Continuó María, mientras sacaba la foto del bolso y se la mostraba a su hermana y su cuñado. - Se trata de Marcos. Esta mañana encontré esta fotografía en la puerta de casa. Como podéis ver, aparece la fecha, es de hoy mismo. No sabía quien la podía haber dejado ahí, ni con qué motivo, hasta que se la enseñé a Gregor.

Paula y Luís, casi más molestos que extrañados, miraban atentamente la foto sin decir palabra, esperando que alguien les explicase el por qué de esa inoportuna broma.

- Sí, es Marcos, y la cosa pinta muy mal. Tenemos que volver a la iglesia de San Judas.

Luís y Paula no necesitaron más detalles para saber exactamente a lo que se refería. Había pasado mucho tiempo, pero se acordaban perfectamente de aquel día en que su ansia de aventuras había llegado al límite, costándoles un susto de muerte, y en cierto modo, su férrea amistad. Todo empezó como siempre: un libro destartalado, la polvorienta buhardilla, cinco amigos y un nuevo misterio. Era leyenda popular, aunque poco extendida, que en la iglesia de San Judas se oían extraños cánticos nocturnos. No eran habituales, pero cuando alguien los oía siempre era en noche de luna nueva. Algunos se burlaban de esa vieja historia de fantasmas, pero los que realmente habían oído los cánticos, apenas querían hablar del tema. Gregorio había leído acerca de la leyenda y de la supuesta procedencia de esos extraños cánticos ocultos, y había compartido la historia con sus amigos. Como siempre, decidieron comprobar la veracidad del asunto por su cuenta y riesgo, pero algo se torció, y no sólo no consiguieron encontrar el pasadizo a las catacumbas, sino que Marcos casi... No querían ni acordarse. Todo sucedió demasiado rápido. Escucharon un sonido tenue pero melódico. De repente el campanario comenzó a arder y se asustaron tanto que Marcos resbaló. Era un simple pozo vacío, pero comenzó a salir agua del suelo. Si no llega a ser por la rapidez con que María corrió a buscar ayuda...

- Pero, ¿qué tiene que ver esta foto con la iglesia? - Preguntó Luís, sin saber muy bien como encajar las piezas.

- ¿No lo entiendes? - Se impacientó Gregorio. - Lo dice claramente: "Acabad lo que dejasteis a la mitad, esta vez sin ayuda, y le encontraréis." Han vuelto a por nosotros, saben que aquel día descubrimos su lugar sagrado y quieren que regresemos...

- Pero, ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Dónde está Marcos? - Luís había crecido, desde luego, ya no era aquel niño gordinflón que no paraba de hablar, pero parecía estar reviviendo sus miedos más remotos. - ¿Y a qué se refiere con eso de "esta vez sin ayuda"?

- La ouija... - Paula rebuscó en su memoria e hizo uso de su intuición. - Fue la ouija la que nos dio la pista clave para encontrar el lugar exacto donde debía estar la entrada. Pero algo falló. Esta noche hay luna nueva. Debemos volver a buscarla.

- ¿Y si volvemos a fallar? ¿Y si no encontramos el pasadizo? ¿Qué pasará con Marcos? - El terror se reflejaba en los ojos de María.

- Esta vez no fallaremos - dijo Gregorio de repente, levantando la vista del ajado tomo que sostenía entre sus manos. - Nuestra ignorancia infantil hizo que confundiésemos el detalle más importante: No era Judas Iscariote el que dio nombre a la iglesia, sino Judas Tadeo, el santo de las causas difíciles y desesperadas - Las investigaciones realizadas por su ex-mujer en el campo religioso parecían tener por fin una verdadera utilidad. - Estábamos buscando en el lugar equivocado. El campanario ardió antes de que pudiésemos encontrar la verdadera entrada, la de los mártires, no la de los traidores. Si hay algún modo de encontrar a marcos, la respuesta tiene que estar allí…

Caminaba de un lado a otro de la habitación, con la desesperación corriendo por sus venas y el agua cubriéndole las espinillas. La voz había desaparecido, pero el líquido seguía manando, despacio, sin tregua. Debían haber pasado dos horas, quizá tres. Tras comprender que aquello no era una broma de mal gusto sino algo mucho más turbio, y después de sufrir un frenético pero efímero ataque de ansiedad, decidió hacer acopio de tranquilidad y analizar la situación:
La foto, sus viejos amigos del pueblo, el nivel del agua subiendo… Aquello le trajo el intenso recuerdo de un verano en San Gonzalo en el que Gregorio, como de costumbre, había conseguido despegarlos de su maravillosa poltrona veraniega para introducirlos en una nueva y enigmática aventura que, en esta ocasión, no fue muy afortunada. Se trataba de unas voces que provenían de la iglesia. Recordaba algo de una antigua secta o un grupo de monjes satánicos, o algo semejante; una leyenda sacada de uno de los viejos libros de la buhardilla. Parecía emocionante, pero se convirtió en una pesadilla. La noche se posaba sobre sus cabezas y no encontraban la entrada al pasadizo, pasaron horas discutiendo. Ya se daban por vencidos y emprendían camino de vuelta a casa cuando escucharon las voces. Provenían de la iglesia, a sus espaldas. Pararon en seco, y a pesar del miedo que corría por sus venas, decidieron volver y seguir las voces. Cada vez más cerca, tenía que ser allí, ¿dónde estaba la entrada?  De repente había gritado, sin querer, pero lo había hecho… Las voces cesaron al tiempo que sus amigos le miraban entre asombrados y acusadores. ¿Los habían descubierto? No pudieron saberlo, el campanario comenzó a arder y salieron corriendo. El pozo, no lo vio y cayó dentro… Nunca en la vida había sentido tanto terror… Hasta ahora.

Se trataba de la continuación de aquella aventura inacabada, estaba seguro, pero de nada le servía la certeza de lo inevitable. Estaba atrapado, sin salida.
 “¿Vendrán a buscarme? Y si no lo hacen, o no lo consiguen…”

viernes, 4 de mayo de 2012

Las Aventuras de los Goonboys - La Última Aventura - Segunda Parte


Gregorio Astarloa nunca antes había visto la habitación tan blanca, tan limpia y lo que más le entristecía, tan vacía en sus cuarenta años de vida. Había pasado sus vacaciones en San Gonzalo, como en los viejos tiempos. Pero en vez de viviendo increíbles aventuras junto a sus amigos como cuando era crío, lo había hecho sólo. Embalando, organizando y deshaciéndose de los mil cachivaches que poblaban la casa de sus abuelos.

Abajo estaban todas las cajas con los recuerdos y las cosas que quería conservar. Al día siguiente, a primera hora, un camión de mudanzas las llevaría a la capital y allí las amontonaría tal cual en el trastero de su casa, en esas asépticas cajas de cartón, de dónde posiblemente nunca jamás más volvieran a salir. 

No quería pasar la noche en la vieja casa, le desconsolaba la idea de pensar que sería su última noche allí, era demasiado para él. Pero antes de ir al hotel había sentido la necesidad de subir a echar un último vistazo a la buhardilla, dónde tantas horas, tantos recuerdos y tantas aventuras había vivido.

Gregorio miró por el pequeño ventanuco de la buhardilla un instante, aunque sin  realmente mirar. Su cabeza no dejaba de dar vueltas. ¡Maldita sea! – Sus ojos comenzaron a volverse vidriosos - ¡¿Qué había sido de ese chico intrépido, valiente, soñador que lograba meter siempre a sus amigos en los más extraños entuertos y aventuras?! Es más ¿Dónde quedaron sus amigos? ¿Cuándo desaparecieron de su vida sin darse apenas cuenta? ¿Dónde quedó la magia, la alegría, la fantasía?... ¿Cuándo perdió todo lo que le importaba para convertirse en lo que hoy era?

Recolocó sus gafas con cuidado, aunque ya no podía ver a través de ellas por las lágrimas que afloraban en sus ojos. Contable. Eso era él. Un triste contable gris de la capital que ganaba lo justo para sobrevivir. Divorciado, sin saber aún porqué, medio calvo ya, y que comía en casa de sus padres, se decía a sí mismo, para estar con ellos un rato. Así era su vida ahora. Lo más emocionante de la semana era tomar una cerveza con su compañero de trabajo en un bar de mala muerte intendo disimular y no parecer muy desesperado de cara a las desesperadas solteronas del local… ¡Joder!

Vender la casa era lo lógico. Tras la muerte de sus abuelos, no tenía mucho sentido conservarla. Pero una cosa era la lógica y otra eran los sentimientos. Los de la inmobiliaria le habían dicho que tenía que vaciarla si quería venderla… pero ahora con toda la casa vacía se sentía como si le arrebataran una parte de sí mismo, una parte de su historia, de su vida… Es cierto, hacía años que no venía al pueblo y sus amigos, esos a los que tanto echaba de menos, esos a los que tantas veces había querido llamar y nunca había hecho, esos que seguramente no se acordarían a estas alturas ya de él, esos a los que tenía tantas ganas de abrazar de contarles que había tenido un mal sueño, que había soñado que se convertía en alguien gris, en alguien sin sueños, en… en un contable… sus amigos habían desaparecido hacía décadas.

El molesto timbre de la puerta sacó a Gregorio de su ensimismamiento. Debía ser el de la mudanza, o vete a saber quién. Tras secarse las lágrimas y carraspear un par de veces, Gregorio colocó nuevamente sus gafas y comenzó a bajar torpemente las escaleras de la buhardilla. Cuando por fin abrió la puerta, delante se encontró una mujer con un rubio teñido nada sutil, con mirada seria y cara de preocupación. No obstante era suficientemente atractiva y familiar cómo para perturbarle.

- Buenas tardes – dijo trabándose y colocándose nerviosamente las gafas - ¿Qué desea?

- No me reconoces, ¿Verdad? No me extraña – Dijo la extraña con una triste sonrisa - Gregor… soy María… ¿Puedo pasar?

Algo se estremeció en el interior de Gregorio cuando tras un instante eterno, reconoció por fin en esa mujer de tristes ojos a la pequemaza de María. De pié en el salón, rodeados de cajas repletas de tesoros de otro tiempo, el silencio fue el único protagonista de la escena mientras los dos amigos se miraban de arriba a abajo una y otra vez para acostumbrarse al nuevo aspecto que el tiempo les había dado. Por fin María rompió el silencio

- Sé que esto es raro, Gregorio, ni siquiera sé que hago aquí – María titubeaba – Ayer pasé por tu calle y vi luz dentro, estuve a punto de llamar, pero no me atreví y hoy… hoy no sabía... no sabía a quién acudir […]

- Me alegra tanto verte, María – Impulsivamente Gregorio la interrumpió abrazándola tan fuerte como quién se aferra a un clavo ardiendo – tanto, tanto, tanto

- Yo… - María se separó delicadamente de los brazos de Gregorio - No sé si es una broma o qué… alguien acaba de dejar esto en mi casa y… 

María le enseñó una foto. En ella salía un hombre trajeado dentro de una habitación, blanca, hermética, claustrofóbica. Su cara pálida y blanquecina reflejaba el terror que sentía, quizás por el agua que comenzaba a encharcar la habitación.

Instintivamente Gregorio dio la vuelta a la foto, había algo escrito por detrás. 

- ¿No me digas que no sabes quién es? – Era la primera frase – Es vuestro amigo, Marco, algo crecidito, pero con sus mismos miedos... Acabad lo que dejasteis a la mitad, esta vez sin ayuda, y le encontraréis. Eso sí, daos prisa o el agua no sólo le cubrirá los tobillos.

¿Ya está? ¿Eso era todo? Gregorio no entendía nada. ¿Qué quieres que haga con esto? estuvo a punto de preguntar a María hasta que se fijó en su mirada. Y esa mirada cambió todo. Hacía años que nadie le miraba así, confío en ti, decían esos ojos, Gregor, eres el único que puede solucionar esto, es lo que haces siempre, salvar a los Goonboys.

Como si un viejo resorte por fin se hubiera desatascado en su cabeza, Gregorio comenzó a pensar a toda velocidad. 

- Tenemos que volver a juntarnos todos, tenemos que rescatarle – De un golpe Gregorio volvía a recuperar su entusiasmo - María, avisa a tu hermana Paula y a Luis

- Pero – María parecía dudar - Viven en la ciudad

- Tu convénceles de que vengan, en menos de una hora pueden estar aquí – Le apremiaba él - ¡Tenemos que acabarlo!

- Acabar ¿El qué? – María no sabía de los que le hablaba Gregorio

- Nuestra última aventura – dijo al fin Gregorio - ¿No te acuerdas María? Fue la última vez que nos juntamos todos, salió todo mal.

Entonces María lo recordó. Fue el último verano que pasaron todos juntos. No parecía una aventura más peligrosa que la de la cueva de las brujas o la del Conde de Peña Alta… pero las cosas se pusieron feas, Marco resbaló y cayó a un pozo. Intentaron sacarle pero no pudieron. El agua del pozo comenzó a subir lentamente y a punto estuvo de morir ahogado si no hubiera llegado la policía y los bomberos a tiempo. Después de eso, las ganas de nuevas aventuras desaparecieron. Fue la última aventura de los Goonboys y aunque ese verano se siguieron viendo, quizás por el incidente, quizás porque se hacían inexorablemente mayores, el grupo fue separandose poco a poco.

- Nos vemos dentro de una hora junto al lago -  Coge linternas y cuerdas, yo mientras rebuscaré información en estas cajas, en los viejos libros de mi abuelo… y prepararé unos sándwiches, como en los viejos tiempos.

- Allí estaré – Dijo María antes de darle a Gregorio un furtivo beso en la boca y salir corriendo hacia su casa como casi treinta años atrás.

viernes, 27 de abril de 2012

Las Aventuras de Los Goonboys - LA ÚLTIMA AVENTURA (I) - Primera Parte

Era la habitación más blanca, más limpia y más vacía que Marcos había visto en sus cuarenta años de vida. Aquel fue su primer pensamiento claro desde que, segundos atrás, se había despertado en el suelo impoluto de aquella celda imposible. Unos segundos en los que apenas había logrado superar aquella fase inicial de mareo y desorientación.

- Joder… la cabeza… - Se llevó las manos a las sienes: un martillo neumático hacía horas extras en el interior de su cerebro. El dolor y el mareo no ayudaban a poner en orden los recuerdos de las horas anteriores. Y además… ¿qué era ese saborcillo que tenía pegado en el paladar?

Mientras trataba de incorporarse, aferrado a esas paredes lisas y frías, fragmentos de su pasado reciente empezaban a formar una imagen del rompecabezas.

“¡Enhorabuena, campeón!”

Como un fogonazo, Marcos se vio ante el umbral del despacho de Leopoldo, su socio en el estudio de arquitectura. Sentado tras su despacho, con la corbata mal anudada, Leo le hacía un gesto de “me gusta” con el pulgar en alto. Su cara redonda y regordeta lucían una mezcla de envidia sana y alegría sincera.

“Aquí lo tiene: limpieza y planchado… como lo pidió, don Martín”.

En otro recuerdo fugaz, la dependienta de la tintorería le hacía entrega de su mejor traje y de la factura.

De regreso al presente, con un gesto nervioso, Marcos rebuscó en los bolsillos de ese mismo traje, el cual notó arrugado y sucio, lleno de polvo y arenisca. Sus dedos sacaron el contenido de los bolsillos, como quien espera encontrar en ellos alguna clase de respuesta.

El resguardo de la tintorería. Un par de tarjetas de presentación. Un móvil…

“TK, corazón.”

Alicia le había escrito ese mensaje. Marcos recordó haberlo leído mientras el taxi lo llevaba hasta…

“¡Viva el novio!”

El fogonazo de un nuevo recuerdo se entremezcló con las luces estroboscópicas de una discoteca. Carlos, Julián, “el Peri” y unos cuantos más lo rodeaban con copas, risas y mucho alcohol en las venas.

- Hijos de puta… - Marcos sonrió mientras comprobaba que el móvil estaba sin batería. Alzó un poco más la voz, mirando para todos lados de esa extraña habitación.- ¿Seréis hijos de puta? ¿¡Dónde cojones me habéis metido, panda de cabrones?!

Posiblemente había sido idea de “el Peri”. Perico era un devoto de las películas de terror y se jactaba de haber visto “Saw” unas treinta veces.

- La verdad es que os lo habéis currado, si señor… - Marcos habló para todos los rincones de la estancia. El miedo había dejado paso a una sincera admiración por sus colegas: se lo habían trabajado a base de bien. ¿Cómo demonios – pensó – habían montado aquella sala de forma que pareciese que no...

… que no tenía puerta.

- Venga, tíos. – Marcos trató de apartar aquel último pensamiento e intentó sonreír. – Esto ha tenido gracia pero ya está, ¿vale?

Esperó unos instantes. En realidad fueron apenas veinte segundos. Pero para Marcos el tiempo comenzaba a dilatarse… tanto como su sensación de inquietud.

- Tíos… - Dio un par de golpes en una de las paredes: parecían macizos. Como un bunker. – No tiene gracia, ¿vale?

Más silencio. Marcos volvió a comprobar el móvil y sintió que su pulso se aceleraba. Nunca creyó haber sido claustrofóbico. Claro que nunca nadie lo había encerrado en una habitación como esa.

El sonido de acople de un sistema de audio le sobresaltó. Su dolor de cabeza se intensificó durante un instante, como si alguien hubiese clavado un alfiler al rojo en su oído interno.

- Tus amigos no pueden oírte, Marcos.

La voz sonaba distorsionada, con interferencias similares a la de una vieja transmisión por radio. Marcos trató de ubicar la procedencia del sonido pero la estructura de la estancia hacía imposible dicha labor. Como arquitecto no podía más que admirar al diseñador del entorno. Como rehén de alguna clase de psicópata, en cambio…

- ¡Tios, dejáos ya de chorradas!

- Tus amigos no pueden oirte, Marcos. – repitió la voz, con un leve punto de impaciencia.

Marcos deambuló por la estancia, frenético, llevándose las manos a la cabeza. Miró a todas partes y trató de lanzar una amenaza sin que se le notase su miedo. Hacía años que no se sentía así. Hacía tantos años ya…

- Mira, no sé quien cóño eres, pero mis amigos siguen en esa discoteca y me estarán buscando…

- No me refería a esos amigos, Marcos. – la voz parecía extrañamente divertida.- ¿Por qué no miras en el bolsillo de atrás del pantalón?

Durante un instante, Marcos pensó que aquella persona – fuese quien fuese – le trataba con una inquietante familiaridad. Su mano rebuscó en el bolsillo y sus dedos toparon con algo. Marcos reconoció el tacto de una vieja Polaroid.

“No puede ser…”

Su corazón, que había estado latiendo como el motor de un Fórmula 1, se detuvo en seco cuando reconoció a los niños que posaban juntos en aquella vieja fotografía. La voz no había mentido. Eran sus amigos. Sus viejos amigos.

Luis. María. Gregorio… Paula.

- No… - las palabras no podían salir de su garganta – No puede ser…

Las piernas de Marcos habían empezado a fallarle y, apoyado contra una de las paredes blancas – infinitas - de la estancia, fue deslizándose hasta quedar arrinconado, acorralado. Con su mirada fija en la foto, incapaz de reaccionar.

Tan absorto estaba que apenas si se percató de que una fina capa de agua había comenzado a manar de unos diminutos orificios que había a ras del suelo.

La voz sentenció lo que parecía obvio.

- Dime una cosa, Marcos… ¿Crees que tus viejos amigos llegarán a tiempo de rescatarte esta vez? – la locura tintineaba en cada una de sus palabras – Tic-tac-tic-tac-tic-tac.

viernes, 20 de abril de 2012

El Peor Robo del Mundo. Conclusión


Luis Saravia se miraba al espejo mientras se preguntaba como carajo se había metido en esa situación. Con el pelo corto y negro su cara, llena de arrugas, le hacía parecer bastante mayor de lo que era. Vestía un traje negro alquilado. Se había quitado la americana mientras se limpiaba la sangre de la cara.
Cuando salío de su ensimismamiento, se dió cuenta del ruido que había fuera del baño. Se puso la americana, cogió la pistola y salió del baño. Fuera, su compañera en esta aventura, una brasileña de 1.80, morena, con el pelo largo y bastante mala leche, acababa de golpear y lanzar al suelo al director del banco.

- ¡Se puede saber que te pasa, “Dr. Jekill”!, No puedo vigilar a todos yo sola!-





Esperamos que os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

El Peor Robo del Mundo. Conclusión


Fue mejor para él estar inconsciente, así no tuvo que ver cómo María encañonó a su hija Laura… ni tampoco tuvo que presenciar su propia muerte.

- ¡Para! – la voz de María parecía temblar tanto como la mano con la que empuñaba el arma  -  ¡Para de una vez o te juro por Dios que disparo!

- Ya te he dicho que yo no fui – la voz de la adolescente era ahora suave, pausada, pero sus ojos parecían brillar de lo rojo que se habían tornado – Yo no he empezado esto, yo no he hecho nada, sólo intento defederme. Pero lo voy a acabar. Baja el arma, mamá, si no quieres acabar pegándote un tiro en tu propia boca de retorcida beata. 

Mientras su madre, aterrorizada, tiraba el arma al suelo y se acurrucaba en una esquina balbuceando fragmentos inconexos del Padrenuestro, María comenzó a recorrer la pequeña sucursal con la mirada, tenía que estar en algún lado, casi podía sentir su presencia, pero ¿dónde? Ya había fallado dos veces al intentar adivinar quién era el que trataba de meterse en su mente.

Su madre le había hecho creer que su don era algo divino, un regalo de Dios. Qué la Palabra le había sido dada para malvivir a base de pequeñas estafas. Pero ella siempre había sabido que ni Dios ni el Diablo habían tenido algo que ver en todo esto, estaba convencida que era algo igualmente incomprensible, pero mucho más mundano y hoy iba a confirmarse su teoría.

Cuando vio caer la primera vez a plomo al atracador que se hacía llamar Dr Jekyll con los ojos inyectados en sangre supo, de alguna manera, que iban a por ella, que la habían descubierto. Todo este tiempo había tratado de pasar desapercibida, intentando ocultar su naturaleza, su don, porque sabía que no podía ser la única especial, la única con poderes en todo el mundo. 

Y si había más como ella, era seguro que alguien había descubierto su existencia, que alguien buscaría provecho de su naturaleza, que alguien los cazaría y los utilizaría para su propio provecho… Pero los que querían cazarla a ella, habían elegido el peor día para hacerlo, el día del peor robo del mundo y en toda la confusión de la situación, en un primer intento, habían fallado el blanco. 

Quizás si su madre se hubiera quedado quieta no les hubiera descubierto, pero su reacción les había revelado todo lo que necesitaban. Su madre la había descubierto. Apenas un segundo después, justo antes de caer al suelo, había oido una voz en su interior

- Así que eras tú… Ya te tenemos, Palomita – el tono era ambiguo, casi inhumano, ¿Eran risas eso que oía? – Venga, no te resistas, déjame entrar, te va a gustar, ya lo verás…

- ¡No! – gritó ella para sus adentros, pero fue en balde. Sintió como hurgaban en su cerebro, cómo su cuerpo dejaba de obedecerla y cómo, poco a poco, la realidad estaba más lejos...

Pero de alguna manera Laura se había zafado de la inmovilización mental a la que le estaban sometiendo, fintó sobre sí misma y cómo si de un golpe de boxeo se tratara y lanzó un upper cut al Hurgador que le permitió retomar el control de su cuerpo.

El miedo, la inexperiencia le había hecho pensar que la cazadora era Mr Hyde, ahora en frío no tenía sentido, pero ¡que demonios sabía ella! ¡Estaba muy asustada! ¡Le estaba apuntando con una pistola! ¡Ella era la mala! Usó la Palabra con ella, luego con la cajera, pero después de deshacerse del banquero aún notaba cerca al Hurgador, tratando de volver a entrar en su mente, la había cagado bien cagada, no eran ninguno de los dos, pero no podía rendrise ahora, tenía que plantar cara a su asaltante… ¿Pero, quién podía ser? 

Al principio los que trataban de cazarla creyeron que el poseedor del don era Dr Jekyll, así que él no podía ser su cazador, Mr Hyde estaba muerta, lo mismo que el guarda de seguridad y el encargado de la sucursal. Su madre era imposible que fuera el Hurgador, el hombre del maletín estaba inconsciente, si fuera la cajera se habría dado cuenta al usar la Palabra, los policías que desde fuera no dejaba de gritar y amenazar acababan de llegar hacía un rato… 

Entonces Laura lo vio. A un par de metros tenía un cartel amarillo que avisaba que el pavimento estaba mojado. Junto a la puerta que daba a las dependencias más internas de la sucursal había un carrito de la limpieza. Recordó que cuando entró junto con su madre en la sucursal, la señora de la limpieza estaba fregando el suelo observando todo lo que sucedía. Cuando la cosa se complicó, la mujer ya no estaba, simplemente se había desvanecido… Pero ahora Laura sabía a quién buscar, quién había empezado todo esto.

- Sal – dijo en el tono imperativo de la Palabra la joven. Los pocos que quedaban conscientes en la sucursal vieron como del interior salía una mujer joven ataviada como una limpiadora que no pudo dejar de obedecer lo que le pedía la adolescente - ¿Sólo tú? ¿Cómo pensabas hacerlo? – Laura notaba como las garras de la Hurgadora trataban de meterse en su mente, cuanto más cerca con más ímpetu lo trataba, pero esta vez no la iba a coger desprevenida - ¡Habla! – Laura usó la Palabra, pero la Hurgadora seguía sin decir nada

Fuera, los policías comenzaban a desplegarse. Habían llegado varios coches patrulla y un par de tanquetas de refuerzo.

- No me mires así, Palomita – la voz de la mujer era más agradable de lo que se podía esperar - Esto iba a ser algo fácil, pero se ha complicado poco a poco, cada vez más. Ahora es tarde, no hay nada que hacer, no hay solución… Anda, ve con tu madre y abrázala

- ¡No me des órdenes! – Laura ya no notaba las fauces de la Hurgadora sobre ella y comenzaba a envalentonarse - ¡Puedo obligarte a salir ahí y que te vuelen la cabeza como hice con la de antes!

- No te molestes ¿Ves esa ambulancia de ahí? La que tiene las luces apagadas, esos, lo van a hacer por ti – La agente encubierta señalaba más allá de las tanquetas - Dentro están mis compañeros. Cuando el Objetivo (¡Cómo iba a saber que eras tú! ¡Simplemente nos dijeron que el objetivo estaría dentro!) cayera al suelo desmayado ellos entrarían para auxiliarlo y se lo llevarían a la base… y misión cumplida, robo realizado… 

- Pero todo ha salido mal… - la voz de Laura comenzaba a temblar

- Sí – la Hurgadora sonreía sin ganas- Ha salido mal y ellos tienen ordenes. Nosotras no somos tan importantes como puedas creer, somos simples peones, piezas prescindibles. No van a correr riesgos, quedar al descubierto... No hace falta que te diga lo que va a pasar, lo sabes ¿Verdad? 

- Van a hacerles ver que… - Laura estaba aterrada – ¡Oh Dios!

- Eso mismo, sólo Dios sabe qué van a hacerles ver…

Laura corrió hacía su madre justo cuando las luces de la ambulancia comenzaron a destellar. Segundos después una treintena de policías entraban en la pequeña sucursal al grito de ¡Tiren todas las armas! disparando contra todo lo que se encontraba dentro.

viernes, 6 de abril de 2012

El peor robo del mundo. Tercera parte

El ruido era para volverse loco. Una sinfonía arrítmica de melodías, canciones comerciales, sonidos de oficina… una mezcla que se hacía más molesta por segundos. Era difícil mantener la compostura. Incluso a Rossana las pupilas le daban vueltas del mareo. Se sentía rodeada, observada. Quiso decir algo, gritar de ira, pero la situación que estaba viviendo superaba con creces su dura infancia en las que la fuerza bruta había sido parte fundamental de su supervivencia. La brasileña sólo se inmuto al oír el fuerte golpe y el crepitar de los huesos. Giro la cabeza y vio como José León despegaba la cara del cristal de seguridad de la fachada principal, perdía el equilibrio y se volvía a dar otro fuerte golpe, esta vez contra el suelo, en una acrobacia torpe y descontrolada en la que su maletín se abrió.

De su nariz empezaron a deslizar unos surcos enormes de sangre que le recorrieron el brazo hasta la mano y de ahí al arma oculta en el maletín con la que planeaba atracar el banco. Demasiada presión para un hombre acostumbrado a amasar fortuna a base de documentos, contratos y abogados. Un hombre desesperado que lo había perdido todo en un abrir y cerrar de ojos. Presa del pánico, el desgraciado había intentado salir del banco por la vía fácil, que casualmente era la más dolorosa y también la menos efectiva. El golpe activó la alarma antirrobo del banco, que empezó a bramar como un estadio enfebrecido. El ruido pasó de insoportable a ensordecedor y si los tímpanos gritasen de dolor de seguro que habrían pedido ayuda. El estrés se había apoderado de la sala y había que tomar medidas.
- Joder que estoy aburrida de tanta inutilidad masculina. Voy a acabar con esto a mi manera. - Y era cierto que Rossana tenía balas de sobra para hacerlo.

Su corazón palpitaba de pura adrenalina y palpitó todavía más fuerte cuando se giró y vio a Laura encarándola a escasos centímetros. Cuando vio esos ojos ensangrentados, llenos de ira, buscando ajusticiamiento, el corazón estuvo a punto de atravesarle las costillas. No había pasado tanto miedo en su vida. Su mundo se esfumaba y dejaba de ser como lo había conocido. Notó cómo el sonido se desvanecía hasta llegar a desaparecer. Una sensación de eternidad, de ensimismamiento. Estaban ellas dos. Rossana y Laura. Laura y Rossana. Y las palabras que se llevaron su voluntad y la convirtieron en un soldado. Ahora buscaba Justicia. Justicia con mayúsculas. Se había convertido en juez, víctima y verdugo. Y lo sabía por las caras de incredulidad con que ellos la miraban. La miraban y la apuntaban con sus pistolas oficiales, amenazantes. Rossana se encontraba de repente en el exterior, frente a la entrada del banco, en la parte superior de la escalinata principal. Pero ya no era Rossana. En la acera de enfrente había seis policías: hombres que se habían ganado el ascenso a base de palizas y abusos a extranjeros y delincuentes de poca monta. No les gustaba Rossana porque su pulso era firme y su decisión, inapelable.
- (¡¡Los depredadores merecen morir!! ) – Le había dicho la niña.

En el interior el ruido no cesaba. Lo que aprovechó el valiente Luis Padilla para hacer lo que muchos no se atreverían con un ojo morado: reunió fuerzas para levantarse, ayudó a Marta a levantarse y la llevó hasta el despacho principal, para desde allí desconectar la alarma. Al menos ya no le dolerían los oídos y era indudable que estaba en un sitio privilegiado para ver todos los movimientos del interior del banco. Por suerte los teléfonos móviles empezaban a dejar de sonar y ya se podía distinguir alguna de las melodías remanentes. Éstas formaban una macabra sinfonía audiovisual con los trozos de sangre y vísceras que desde el exterior y al unísono con la música intentaban atravesar la puerta principal de vidrio sin conseguirlo. La escena era horripilante: Un atracador desmayado, la otra masacrada, un hombre inconsciente con las cervicales fracturadas y la nariz rota, un guardia asesinado y una mujer enfrentándose a sus demonios. Quiso activar el protocolo de emergencia, bloquear el sistema de cuentas, sellar la caja fuerte, asegurar las puertas. Podría aprovechar que Marta estaba a salvo para enfrentarse a los intrusos. Pero cuando miro a Marta para decirle que todo iba a salir bien descubrió que a quien iba a hablar ya no era Marta y que aquellos ojos no presagiaban nada bueno.
- Lo siento Marta. Hay demasiado en juego – El Director intentó golpearla con una pesada estatua que había encima de su mesa pero Marta fue más rápida y le clavo el abrecartas en el único ojo que le quedaba sano. Esta vez el dolor era mayor que la vergüenza.
- (¡¡Los avariciosos merecen morir!! ) – Le había dicho la niña.

A escasos metros del despacho Luis Saravia empezaba a recuperar el sentido. Deseaba que todo fuese un sueño, pero los ojos que le miraban eran muy reales.
- T.. Tu… Tu... N… nnn…. No t…. te… mu…mmm… muevas… - Dijo mientras apuntaba a la niña con la mano que no tenía pistola. La niña seguía mirándole.
- Y… di di di… dim… dime qu… que… quien… - Se estaba meando encima.

No sabría decir si fue cuando le llego el olor a sangre, cuando vio a María coger el arma del maletín, a las sombras de los policías preparándose para entrar en el edificio o cuando comprendió que estaba atracando un banco custodiado por un demonio vengativo y justiciero. Pero lo cierto es que cuando la cosa ya no podía ir a peor, Luis Saravia, agotado, se desmayo y cayó al suelo por segunda vez.

viernes, 30 de marzo de 2012

El Peor Robo del Mundo. Segunda Parte


Y fue en aquel preciso instante cuando María Almeida sintió una punzada de auténtico terror. Contempló, nerviosa, las caras de sorpresa de todos los allí presentes, incluida la propia atracadora. Ésta se aproximó al cuerpo de su cómplice, sin dejar de apuntar su arma a Luis y Marta. No necesitó encañonar al también atónito José León, quien seguía abrazado a su maletín como quien se aferra a un salvavidas durante un naufragio. La propia hija de María había enmudecido ante la súbita y fulminante caída del atracador. Todos estaban demasiado sorprendidos como para percatarse de que María Almeida había dejado de abrazar a su hija. La soltó, alejándose de ella, como quien se da cuenta por primera vez que su adorable cachorro se ha convertido en un Rotweiller.

La joven Laura notó el cese de aquel abrazo consolador y miró a su madre. Hacía años que no veía aquella mirada en sus ojos. Concretamente, cuatro años atrás. En aquella época, Laura aun dormía con pijamas decorados por personajes de “La Aldea del Arce” y no comprendía por qué su cuerpo había comenzado a cambiar. Tampoco comprendía por qué su padre se había convertido en un monstruo que gritaba a su madre cada noche. Laura solía espiar las terribles discusiones desde el borde de la puerta entreabierta de su habitación. Y fue una noche, cuatro años atrás, en la que su padre, con sus casi cien kilos de peso, alzó su brazo para descargar un fuerte puñetazo contra su madre. La ira y el desprecio despertaron en el corazón de aquella niña de apenas once años. Pero algo más lo hizo en su cerebro. Algo muy especial.

De aquella noche, Laura solo recordaba haberle gritado algo a su padre, entre lágrimas de pura furia. Recordaba haberle visto mirarla con los ojos muy abiertos, casi llorosos, coger su gabardina, su sombrero y su paraguas. Y acto seguido, desaparecer por la puerta… para no volver jamás. La policía llegó a la mañana siguiente: un camión había atropellado a su padre al cruzar la calle, apenas dos manzanas más allá. Los testigos aseguraban que andaba de forma mecánica, como si estuviera sonámbulo. Aquella había sido la versión oficial y la historia tal como Laura la había asumido.

O al menos lo fue hasta hacía unos seis meses.

Fue entonces, cuando se consumió el último euro del seguro de vida que su marido había contratado, el momento en que una desesperada María Almeida sentó a su hija en la cocina de su embargadísimo piso. Hasta entonces, María había tratado de olvidar y enterrar el recuerdo de lo que su hija había hecho aquella noche. Unas palabras que, por el contrario, habían quedado inmortalizadas. “Te odio: ¡ojalá te atropelle un camión!”. El deseo de una niña dolida, enfadada y de tan solo once años… y que aquel hombre había cumplido sin temor alguno.

María Almeida siempre había sido una mujer devota. Creía en los santos y en los milagros. Y cuando aquello sucedió comprendió que Dios había bendecido a su hija. Y si no había querido abusar de aquel don había sido porque habría estado mal. Pero en aquella situación desesperada, María decidió que si aquella bendición había salvado su vida de manos de un marido maltratador… quizá también pudiera salvarlas del embargo. Así, desde hacía meses, bajaba con su hija a la sede de aquella pequeña entidad bancaria. Y así, desde hacía meses, el don de Laura las había permitido retirar fondos manipulando las mentes de sus responsables. Eran cantidades pequeñas, por supuesto: ya no solo por no abusar del don que Dios le había dado a su hija, sino porque María sabía que llamar la atención atraería consigo graves problemas. En el fondo, siempre había temido que las acabaran descubriendo.

Pero jamás imaginó que aquello pudiese suceder. Ya no sólo que las pillara un atraco como éste. Sino que su hija hiciese aquello. De forma fría. Implacable.

María se separó de Laura, arrastrándose por el suelo. La chica la miró, entre sorprendida y aun sollozante.

- ¿Ma… mamá?

- No… No te me acerques… -

María trató de ponerse en pié. En su cabeza, de repente, todo había adquirido un nuevo sentido. Aquel don no había sido dado por Dios… sino por el Diablo. Y ellas, como auténticas fariseas, habían abusado de él. Lo habían corrompido. Y ese hombre que yacía en el suelo era la muestra.

- Joder… ¿Qué coño hacéis las dos? – Rossana encañonó a la madre. - ¡Vuelve al suelo, zorra!

María siguió alejándose de Laura. Y por un segundo Rossana pensó que la madre parecía más asustada de su propia hija que de la pistola que la encañonaba. Aunque aquello no tenía puto sentido, claro.

- No… No te me acerques... – el rostro de María era arcilla blanca. Pánico absoluto.

- Mamá… Te juro que no he sido yo… ¡No he sido yo! – Laura trataba, aun con lágrimas en los ojos, de llegar a su madre. – No he sido…

- ¡Joder! ¡Al suelo las d…!

Pero Rossana no llegó a terminar la frase. La adolescente se desplomó sobre el suelo de mármol de la sucursal. Sus ojos, abiertos de par en par, estaban inyectados en sangre. Inertes. A María Almeida le faltó el aire en sus pulmones y su boca se abrió, sin poder articular ni el más ínfimo quejido de pavor, sorpresa y dolor.

Fue la única que no reaccionó cuando, de repente, comenzaron a sonar todos los teléfonos de la sucursal.

[Continuará]