viernes, 10 de febrero de 2012

Los Saqueadores de Sueños - Conclusión

Creíamos controlar, o al menos tener localizado, a todos los potenciales soñadores del mundo. Y de pronto aparece un tal Phill a darnos lecciones en nuestra propia casa. Phill, un personaje secundario, una simple línea en el historial de Cameron Wells, un don nadie que se convierte como por arte de magia en nuestro mayor enemigo, en el nuevo protagonista de la historia del mundo de los sueños.

Hace un año Cameron Wells comenzó a soñar con La Granja, durante todo este tiempo le hemos estado vigilando sin que lo supiera, jugando al gato y al ratón con él. Hace apenas tres horas íbamos a infiltrarnos y tratar de hacernos con él, de usar su potencial en nuestra organización. Un trabajo fácil, rutinario, tan cómodo... la incursión soñada por todos nuestros activos. Ahora, somos nosotros los que soñamos por sobrevivir a lo que ya conocemos cómo La Tragedia.

Cuando Cameron volvió de su paseo, más allá de la Granja, con Phill, nuestros hombres le esperaban dentro de la cabaña. Allí estaban, con su habitual exceso de confianza, con sus formas chulescas hasta casi rozar lo desagradable. Pero el halo de superioridad que suele ir con los nuestros se desvaneció cuando un afectado Cameron comenzó a explicar lo que había visto en la Ciudad Esmeralda, los planes de Phill.

Nuestros infiltrados volvieron a toda prisa para informar de la situación... fue cuando las alarmas se dispararon en la Compañía. Pasábamos de ser cazadores a cazados. De allanar sueños a intentar escondernos como hacen las alimañas en los más oscuros recovecos del subconsciente de alguien… No sé que es peor de todo, que nadie en toda la organización se percatara en este tiempo de la existencia de Phill y su ejército o qué pese a todos nuestros efectivos y entrenamiento no hayamos podido reaccionar ni hacer nada para pararle.

Hace apenas una hora, ese brutal ejército salido de la nada, ha atacado y masacrado de manera coordinada a nuestros soñadores activos. Casi todos han caído. No van a despertar. Ahora no son más que vegetales flotando en nuestras vainas del sueño.

Es pronto para saber de dónde ha sacado Phill semejante ejercito. De hecho es pronto para saber de dónde ha salido el maldito Phill. Pero por lo poco que hemos podido averiguar, todo apunta a que se trata de sonámbulos, de insomnes… Nunca se nos ocurrió pensar en el papel de ellos en los sueños, siempre nos centramos en los soñadores, pero no estudiamos a que los que no pueden disfrutar de él. Y parece que, de alguna manera, ellos también tienen su hueco en este mundo. Ha resultado que las proyecciones de estos insomnes son figuras que actúan sin voluntad propia dentro de el mundo onírico, que actúan sin imaginación, sin intereses propios... un ejército perfecto.

No sabemos y quizás nunca lleguemos a saber quién es Phill, pero desde luego no es nuevo en este mundo y mi intuición dice que no es este su primer encuentro con la Compañía. Es un maestro, un estudioso, un conquistador. Es todo lo que siempre hemos querido y creído ser, es nuestro propio espíritu que viene a atormentarnos.

Y ahora, en este momento tan crítico se nos plantea el gran dilema, se me plantea el gran dilema como responsable de la Compañía. El mayor dilema en todos estos años. El mayor dilema de mi vida. Sabemos prácticamente todo lo que se puede saber de Cameron Wells. Conocemos sus aficiones, gustos y ambiciones. Sabemos qué ama y qué detesta de sí mismo. Sabemos dónde estudió, que chicas ha conocido y en qué circunstancias, cuál es su amor secreto, sus ilusiones, sus decepciones... pero no sabemos qué le ha contado Phill en la Ciudad Esmeralda.

Cameron Wells, ese ambicioso chico que cuando está despierto es capaz de provocar hambrunas en el tercer mundo con tal de que el precio del grano se dispare y las acciones de su compañía suban un centavo, dice que Phill es un loco, un insaciable acaparador de sueños... Dice que le da miedo el plan de Phill. Dice que quiere unirse a nosotros. Dice que desde La Granja podemos plantar cara a Phill... a ese hombre que hace sólo un año le llevara más allá de sus límites sabiendo que su cerebro reaccionaría buscando refugio en el mundo de los sueños...

Tengo que decidir.

Es mi responsabilidad, es mi obligación.

Los pocos activos que quedan van camino de La Granja. En cuanto acabe el backup de toda la información de la Compañía y acabe éste último informe a modo de resumen de los úlitmos hechos iré con ellos. Espero acertar al creer que es nuestra única esperanza.

Es la hora de ir a la Granja, de usar el refugio de Cameron como último bastión. Es hora de soñar.

lunes, 6 de febrero de 2012

Los Saqueadores de Sueños - Tercera Parte


Como he dicho, la vida de Cameron Wells iba a cambiar esta noche, y cambió, vaya si cambió pero no de la forma que nosotros habíamos previsto. El dispositivo de infiltración estaba preparado. Cuatro soñadores, de los mejores disponibles, estaban preparados para ser introducidos en el sueño de Cameron, en la granja. Una misión como otras tantas, pero diferente a su vez, por la naturaleza del sujeto.

De pronto, todas las alarmas empezaron a sonar. Algo imprevisto ocurrió, un nuevo elemento entraba en juego, un nuevo soñador. Era poderoso y anuló todas nuestras conexiones con Cameron.



Cameron miraba sorprendido a la sombra que había aparecido ante él. Siguió el rayo rojizo que salía de su corazón y se sumía en las sombras de donde partía. La figura dió unos pasos hacia adelante y las líneas que rodeaban al hombre sin rostro empezaron a tomar formas.

- ¡Phil!-susurró Cameron, ¿que haces aquí?-

Phil Perry salía de las sombras disfrutando de la escena. Con la mano izquierda sujetaba la copa de vino mientras con la derecha se guardaba el puntero laser en un bolsillo interior de la chaqueta.

- Me has decepcionado Cameron -. Phil se dirigió hacia una de las ventanas de la cabaña. Te hemos dado un don, la capacidad de hacer cosas que un humano es capaz siquiera de soñar, ¿y tu que haces?. Te quedas aquí, en esta... granja. Phil escupía las palabras, como si le dieran asco.

Cameron solamente escuchaba, callado. Seguía con la mirada a Phil, que se había alejado de la ventana y se había sentado en una silla.

- ¡Ni siquiera has podido atravesar el bosque!. No se, quizás me equivoqué al elegirte-. Phil ya no miraba a Camerón y tampoco sonreía.

- ¡Lo he intentado!, ¡pero siempre tropiezo!- Phil se levantó tirando la silla al suelo. -Eso es porque todavía no has aceptado tu nueva condición. Te has escondido en este, este... refugio. Para no aceptar lo que todavía eres-. ¿Y que soy?- suplicó Cameron.

Phil se dirigió a la puerta. -Ven conmigo-

Salieron de la cabaña de la granja y se dirigieron al bosque. Cameron miraba hacia todos lados, nervioso. Cuando empezaron a atravesar los primeros arboles se paró. Phil seguía andando.Sin mirar atrás. Cameron respiró hondo, cerró los ojos y dio un paso. Luego otro. Primero despacio, luego más rápido hasta que se puso a la altura de Phil. Andaron durante un buen rato. Phil no hablaba, miraba hacia adelante. Cameron lo seguía callado. Entonces el bosque terminó, de pronto, sin previo aviso, lo arboles desaparecieron. En su lugar una ciudad esmeralda se levantaba ante ellos. A los pies de la ciudad miles de figuras les esperaban. Camerón jamás había visto nada igual, ni en sus sueños.

-¿Que es esto?- dijo Cameron. - Phil lo miró. -Esto es un ejercito-. -¿Un ejercito?, ¿Para que?-. -Por el control del mundo de los sueños-



Pasaron unas horas hasta que volvimos a poder conectar con Cameron y pudimos mandar a nuestros espías. Apenas tardaron unos minutos en despertar y no nos gustó nada lo que nos contaron.

[continuará]

viernes, 27 de enero de 2012

Los Saqueadores de Sueños - Segunda Parte



A Cameron no se le había pasado por la cabeza que pudiera existir un lugar así. Su vida era un camino de rosas. No le faltaba el dinero, las mujeres le adoraban y su popularidad iba en aumento. Que más daría que ninguna de esas cosas le importase? Lo tenía todo. Y aun así no podía evitar sentirse parte de una broma macabra.

Así que Cameron hizo lo que la mayoría habrían hecho en su situación: empezó a trabajar menos, a beber más y a hablar más de la cuenta. Por suerte para él, sus momentos de placer en la granja se prolongaban más y más. Ya se había acostumbrado a soñar. Amaba esa sensación por encima de todas las cosas. Si se despertaba antes de tiempo se pasaba el día cabreado y gritando. Lo que más le molestaba era que los sobresaltos se repitirieran en el mismo momento: al intentar atravesar el bosque.

Algunas veces conseguía adentrarse en la maleza, pero el ímpetu y la carrerilla que tomaba para dicha acción hacían que tropezara y se chocara con algún árbol, piedra o cualquier otro elemento del bosque. Camero podía sentir tanto el dolor como las heridas cuando se despertaba por las mañanas. Llego a obsesionarse y a acercarse al borde lo menos posible. La cabaña se convirtió en su santuario Se sentaba frente al fuego de la chimenea, haciendo planes… El mismo fuego que seguía sintiendo cada día al despertarse, con ese olor a madera quemada que se repetía cuando volvía a dormirse. “Quizás sea fuego lo que necesita ese condenado bosque”, pensó. Casualidad o no, en el corazón del Amazonas comenzó a brotar el peor incendio de los últimos tiempos.

¿Y a quien le importaba un vulgar incendio cuando hay trabajo por hacer? Los sueños se terminan y no puedes hacer nada. El dinero, el poder, hay cabrones que lo saben conservar muy bien. Cabrones como Phil Perry, el mentor de Cameron, que disfrutaba de esa conviccion día tras día. Todo el mundo que ha trabajado alguna vez para Phil sabe de su pasión por el trabajo y también de su temperamental carácter. Hoy ni siquiera se molestaba en disimularlo.

- Cuanto imbécil suelto! – Gritaba a todo el que se cruzaba en su camino – ¿Es que nadie en todo el departamento va a explicarme donde cojones está Cameron? Y ni se os ocurra malgastar saliva para escupirme excusas de mierda.

- Señor, ¿no ha escuchado las noticias? Hay una humareda enorme. La ciudad está colapsada. Los que quedamos en el edificio hemos pasado la noche aquí. Apenas está llegando gente esta mañana.

- Me importa una mierda. Nuestros clientes de Japón están rompiendo relaciones sin dar una maldita explicación y ¡¡necesito a mis hombres aquí!! ¡¡¡A todos!!! Esto me huele a traición. Como algún gilipollas se haya ido de la lengua se va a arrepentir de haber nacido. Así que ya estáis moviendo el culo.

Rojo de rabia Phil salió como una bala de la habitación tras dar un sonoro portazo. Una vez en la soledad de su despacho abrió su caja fuerte. Dentro había documentos, pasaportes, una pistola, unos chips y divisas como para comprarse una isla. La consternación hizo que cerrara los ojos y se hundiera en sus pensamientos. Se hizo la oscuridad. Y también la luz.

La puerta de la Granja se abrió. Cameron no recordaba haberse quedado dormido ni haber entrado en la cabaña. Si lo que buscaba era placer, hacia algo de frio y el ambiente estaba enrarecido. Si lo que buscaba era soledad, se llevó una gran decepción. Un hombre alto, corpulento y sonriente estaba de pie frente a la chimenea con un vaso de vino en la mano. Se encontraba de espaldas a él. Dio un pequeño sorbo de manera magnánima y sin soltar la copa dijo voz alta:

- Un vino delicioso. Muy a la altura de este lugar.

Cameron no pudo fingir su asombro al ver al hombre sin rostro. Era una sombra sobre otra, con dos finas líneas brillantes en sus ojos. Las formas de la cara quedaban ocultas tras esa fachada de oscuridad y misterio. Vestía de forma muy elegante, pero lo que más llamaba la atención era esa sonrisa suya tan embaucadora. No se explicaba de dónde había sacado el vino ni la copa.

- ¿Quieres que te cuente un secreto? – Dijo la sombra sin dejar de sonreír- Era la misma sonrisa que le había llevado al éxito, solo que esta vez la usaba contra él. Se había quedado tan aturdido que no se había dado cuenta del puntero rojo que le apuntaba directamente al corazón.

viernes, 20 de enero de 2012

Los Saqueadores de Sueños - Primera Parte


Lo miras y lo único que ves es al prototipo de hijo de perra sin escrúpulos que nos ha llevado al filo del colapso económico. Cameron Wells. Veintisiete años. Lo bastante mayor como para ser socio de uno de las consultoras financieras más influyentes a este lado del continente americano, Hallyfax and Brothers. Lo bastante joven como para no haber vivido en su piel ninguna guerra, ninguna tragedia. Criado entre algodones desde la cuna, yendo a los mejores colegios. Capitán del equipo de lacrosse en la Universidad. Ojos azules, complexión atlética – cortesía del remo y las sesiones de Pilates – y una sonrisa encantadoramente embaucadora.

Pero por debajo de todo ese disfraz de aparente prosperidad, Cameron Wells tiene un secreto. No es la clase de secreto que se oculta en unos libros de cuentas falseados. No es su orientación sexual ni tiene un sótano lleno de cadáveres. No. Su secreto es, en cierta medida, más complejo que todo eso.

Comenzó hará un año, más o menos. Por aquel entonces, la crisis no había hecho más que empezar y había negocio en el aire. Phill, el ejecutivo de ventas que había sido como un mentor para Cameron, reunió a todos los chicos del departamento y les dio “la charla”: durante un par de semanas iban a dormir poco y a ganar mucho. La promesa fue cierta, pero Cameron estuvo cerca de tres días sin dormir.

Fue tras aquel maratón cuando comenzó a soñar con La Granja.

No se trataba de ningún lugar conocido por Cameron. No era el lugar donde hubiera pasado los veranos, ni donde un abuelo de raíces pueblerinas le hubiese enseñado a pescar. Cameron se había criado en un cosmopolita barrio residencial de Chicago: su contacto con la naturaleza se reducía a alguna visita al zoo cuando era niño y los documentales de Nacional Geographic.

Sin embargo, aquel lugar parecía real. Era un sueño, por supuesto… pero había algo más. Cuando despertaba, Cameron aun era capaz de sentir el olor de los pinos, el tacto de la resina de sus troncos, la brisa del viento del atardecer. Y la calma, y el silencio. La primera vez que soñó, Cameron pensó que había sido secuestrado: vagó por las distintas dependencias de la Granja, tratando de encontrar a quien quiera que lo hubiese sedado y llevado hasta allí. No había teléfono, ni vehículo alguno. Curiosamente tampoco había acceso alguno por el que salir: el bosque rodeaba la solitaria propiedad, dejando prácticamente ninguna opción a escapar de allí que no fuera campo a través.

Aquella primera vez, Cameron despertó en cuanto intentó atravesar el bosque. Durante toda aquella primera mañana, pudo retener las sensaciones de aquel lugar pero no tardó en olvidarse de todo. Sin embargo, la noche siguiente volvió a soñar con La Granja. Y la siguiente. Y la siguiente.

Pronto, Cameron fue comprendiendo lo que era todo aquello. Era un refugio. Durante el día pasaba las horas tratando con gente que no le importaban una mierda, hablando con personas cuyo único valor para él residía en su potencial como inversores. En aquel lugar, natural, aislado, ajeno… podía sentirse libre.

Creo que eso va a cambiar esta noche. Después de hoy, su refugio no volverá a ser igual. Nada lo será. Hemos estado vigilando a Cameron desde que descubrimos su refugio y, pese a que no es la clase de persona a quien solemos reclutar, son tiempos difíciles. La Tragedia está cada día – cada minuto – más próxima a nosotros. Y no podemos descartar a ningún soñador… por muy cretino que nos parezca.

viernes, 13 de enero de 2012

O´Clock Club - La Apuesta - Indice

El Club O’clock fue fundado en 1841 como uno de los más elitistas clubs de caballeros de todo el imperio inglés. Creado por el excéntrico Sir Allan Watch, su retorcido método de selección de nuevos socios es de por sí un misterio. Muchos bromean diciendo que es tan desconcertante que el propio Sir Allan Watch nunca fue admitido. Personalmente no lo creo, pero tendría su gracia, al fin y al cabo nunca nadie le ha visto dentro del Club.



Esperamos que  os guste tanto como a nosotros, ¡un saludo a todos!

viernes, 23 de diciembre de 2011

O´Clock Club - La Apuesta - Cuarta Parte


Justo hoy es lunes, el día más interesante de la semana en el Club de Caballeros O'clock. Y hoy, además, va a ser un lunes especialmente interesante pues a las 17:55 de esta tarde, ni un minuto más, ni un minuto menos, vencerá el plazo que tiene el Señor Morgan para defender el honor del bien amado Sir Bagman y, de paso, el suyo propio.


Nadie en el club, ni siquiera el veterano General Lee, podía recordar una apuesta que hubiera despertado tanta expectación. Tal era la concurrencia en el edificio de la calle Pall Mall que si el siempre previsor y eficiente Evans Moore no hubiera contratado personal de refuerzo los caballeros habrían tenido que servirse el té de las 16:00 ellos mismos.


Contrariamente a lo que cualquiera se pueda imaginar, reinaba un tenso silencio en todo el recinto. Las últimas noticias recibidas hablaban de un atentado en el mismo hotel de Roma donde el Señor Morgan y su prometida, la señorita Helen Sullivan, estaban alojados. A nadie se le escapaba la coincidencia de que Sir Bagman hubiese encontrado la muerte en su hotel de El Cairo mientras buscaba pistas sobre el paradero de su última gran quimera: La Biblioteca de Alejandría, odisea que la pareja de enamorados había decidido continuar. Los partidarios de los jóvenes aventureros se temían lo peor, aunque lograban mantener la compostura, como correspondía a su categoría de gentleman, fingiendo indiferencia y comentando las noticias más banales de la semana.


Solo un hombre sonreía ante tan trágicos presagios. El frondoso bigote del infame Sir Edward se agitaba divertido ante la dulce expectativa del triunfo. Su plan parecía haber tenido éxito. Quizás ese matón de Douglas se había excedido en su cometido. Sus misión había sido entorpecer y, en su caso destruir, los descubrimientos de la pareja. Nunca hubiera imaginado que ese idiota sería capaz de tomar medidas tan drásticas. Pero se sentía satisfecho. Llega un momento en que un hombre debe hacer cualquier cosa para salvaguardar su buen nombre y su posición social. No podía permitir que un jovenzuelo, que ni siquiera era Sir, le pusiera en ridículo delante de los demás socios. Así aprenderían a respetarlo.


El vetusto reloj del salón marcó solemnemente las 17:30 y Sir Edward, de naturaleza impaciente, se dispuso a proclamar su innegable victoria cuando, de pronto, la puerta se abrió de par en par con un ímpetu que dejó a más de uno con la boca abierta. Y no era para menos, pues allí, en el umbral, se encontraban el Señor Morgan y la señorita Sullivan elegantemente vestidos y con porte triunfal.


El primero en reaccionar fue Evans Moore quien, solícito como siempre, se ofreció a recoger el abrigo de la señorita Sullivan. Al tomar el capote que cubría los anchos hombros del señor Morgan, todos pudieron ver cómo llevaba el brazo izquierdo recogido en cabestrillo. Andrew dejó, no sin cierta vanidad, que los socios del club contuvieran las cientos de preguntas que rugían por salir de sus bocas mientras observaban las señales del conocido atentado. Sendos arañazos surcaban su rostro, uno de ellos peligrosamente cerca de su ojo izquierdo, aún algo amoratado.


Tras la dramática pausa, el aventurero dio dos pasos al frente, adentrándose en el salón y se dirigió a los presentes con voz segura. -Caballeros, me alegro de volver a verles. Realmente, no se imaginan cuánto. Sería un enorme placer saludarles uno a uno, pero veo que no nos queda mucho tiempo y aún tengo un buen número de cosas que contarles.-


-Primero quisiera pedirles disculpas por no haberme puesto en contacto con el club para informarles de nuestro estado desde la explosión de Roma, hecho que supongo conocerán pues apareció en la prensa nacional italiana, pero desde que supimos que alguien trataba de asesinarnos decidimos pasar lo más desapercibidos que nos fuera posible durante nuestro viaje de vuelta a la Gran Bretaña.-


De entre el murmullo nervioso destacó la voz del señor Rickson haciendo la pregunta que todos pensaban -¿Pero cómo diantres pudo usted sobrevivir a una explosión semejante? ¡Los periódicos contaron que su habitación quedó totalmente destruida!-


-Pues en realidad podría decirse que sigo aquí en parte gracias a usted.- Contestó el aludido. -Déjenme explicarles lo que ocurrió. Debo reconocer que me había dado por vencido. No conseguía relacionar ninguna de las pistas que teníamos. Estaba totalmente seguro de que Sir Bagman no había muerto por accidente, como decían las noticias, y eso solo podía significa que nuestro querido descubridor había dado con algo importante, lo suficientemente importante como para que lo asesinaran. Pero estaba atascado en un callejón sin salida. Hasta que... Hasta que imaginarle a usted brindando a la salud de Sir Edward con ese magnífico Sherry que nunca falta en el club me dio la pieza que me faltaba.-


-Me sentí tan emocionado por la clarividencia que salí corriendo con las pistas, que ahora tenían otro significado para mí, para contárselo todo a mi prometida. Aún me cuesta creer mi inmensa fortuna. La explosión me sorprendió cuando ya había salido de la habitación y lo que ustedes ven son las secuelas del ataque de la puerta, que salió disparada con una fuerza demoníaca. Lo próximo que recuerdo es despertar en un coche camino a la estación de ferrocarril.-


El enamorado señor Morgan se giró y sonrió a su prometida mientras le tendía la mano para que se acercara. -Mi amada Helen me encontró inconsciente en el pasillo y, venciendo al impulso de pedir ayuda y llevarme a un hospital, consiguió arrastrarme por una salida de incendios y sobornó a un joven italiano para que nos sacara discretamente de allí. Ella misma se encargó de mis heridas. Eso probablemente nos salvó la vida a ambos, pues no tengo duda alguna de que los asesinos aún se encontraban al acecho.-


Miradas de aprobación y admiración se dirigieron a la señorita Sullivan quien agachó la cabeza ruborizada, como correspondía a una dama de su posición. -Sin duda alguna, el miedo a perderle a usted sacó a flote una fuerza y una determinación que la señorita desconocía que poseía. Es usted muy afortunado, señor Morgan- Sentenció el General Lee. -Pero díganos: ¿Qué fue lo que descubrió?-


-Mmm... Creo que lo mejor es que me acompañen al hall de entrada.- Con calma, los socios del club se dirigieron a la entrada sin dejar de escuchar a su interlocutor -Es curioso cómo a veces los detalles más ínfimos son los que te dan la clave para desvelar enormes misterios. Como ustedes sabrán, soy un gran aficionado a la historia y a la mitología. Una de las cuatro piezas de las que se componía el escudo de las tumba romana me recordaba a otra que había visto alguna vez. Señores, ¿Alguien sabe decirme donde están las bodegas donde se produce este magnífico vino con las que el club parece tener algún tipo de relación, vistas las provisiones que de él tenemos?-


-El Sherry o Jerez proviene obviamente de la provincia de Cádiz, en la exótica España. Un lugar con un espléndido clima, por cierto.- Contestó raudo Sir Stone, un caballero adinerado de grandes y velludas orejas y conocida afición por las mujeres sureñas. -Desconozco, sin embargo, si alguno de los socios tiene intereses en las bodegas. ¡Quizás sean del mismo Allan Watch!- Su broma, aplaudida por muchos, tuvo una gran aceptación.


Andrew sonrió enigmático y continuó. -¡Correcto! Y tal vez sepan que la provincia de Cádiz fue colonizada por los fenicios hace miles de años y que consideraban aquel lugar como uno de los más recónditos del mundo. Más allá se extendía el gran océano que conducía al fin. Yo, desde luego, si tuviera que esconder algo tan grande como una biblioteca, lo haría en el sitio más lejano posible.-


-¿Adonde quiere usted llegar?- Preguntó el señor Wilkinson, un diminuto empresario, dueño de una fundidora, que se había enriquecido con la construcción de piezas de máquinas de vapor. –Mire nuestro Hall de entrada, ¿Qué es lo que ve?- Inquirió Andrew. –Pues… Una señorial puerta de noble madera, una mesilla de mármol, nuestro querido emblema y ese horrible león que no se por qué conservamos.- Contestó el empresario.

-¡Exacto!- Exclamó entusiasmado el aventurero. -Nuestro querido emblema: un reloj escoltado por dos magníficas columnas. ¿Qué me dirían ustedes si les cuento que, según la leyenda, el dios fenicio Melkart fundó la ciudad de Cádiz tras abrir el Estrecho de Gibraltar con su portentosa fuerza para comunicar las aguas del mar Mediterráneo con las del océano Atlántico?-


-¿Y eso, qué tiene que ver?- Protestó el señor Wilkinson.


-Pues que por esa hazaña, que posteriormente se le atribuyera al Heracles griego y más tarde aún al Hércules romano, es la causante de que el escudo de la ciudad sea el propio semidiós, cuyo símbolo era el león, escoltado por dos enormes columnas, Calpe y Abila, que representan los dos continentes que separó: Europa y África. Y precisamente- prosiguió entusiasmado Andrew –el símbolo del león, que no el héroe romano, entre dos columnas formaba parte del escudo que hallamos en las catacumbas de la capital italiana ¡Pero le doy la razón! ¡Ese león disecado es horrible! Evans, ¿Sería usted tan amable de descolgarlo? Me temo que yo no me encuentro en condiciones en este momento- El mayordomo, sin mediar palabra, salió a buscar una escalera.

Andrew dio la espalda al fiero animal y dirigiéndose al condecorado militar preguntó -General Lee, usted conocía bien a Sir Bagman ¿Le recuerda alguna vez llevando bastón?- El General contestó de inmediato. -No, nunca. Era un hombre orgulloso que no quería aceptar el paso de los años.-

-Eso pensaba yo.- Corroboró Andrew. -¿Para qué entonces llevar este bastón sino para ocultar estos antiquísimos y valiosísimos manuscritos que resultan ser fragmentos de una copia del diario de cierto centurión romano cuya misión era proteger una biblioteca oculta en algún lugar de la costa de la provincia Baética, región sur de Hispania.- El aventurero mostró un canutillo que mantenía oculto en su cabestrillo y lo dejó sobre la mesilla de la entrada a disposición de todos. Sin embargo, nadie vio pertinente comprobar su contenido, hipnotizados por las palabras del joven que continuaba hablando. -Aunque faltan algunas páginas, parece que en su lecho de muerte hizo jurar a sus hombres más fieles que continuarían su misión de guardar y proteger el secreto de la localización de dicha biblioteca, adoptando el símbolo del reloj de arena para representar la inmortalidad del conocimiento y que su juramente vencería al tiempo, pasando de generación en generación. El reloj de arena es otro de los símbolos que formaban el escudo de armas de la tumba que encontramos en Roma.-


-¿Y con eso considera que demuestra algo? ¡Ese diario bien podría ser una falsificación!- El acusador no era otro que Sir Edward. Su bigote hinchado delataba su inmenso nerviosismo. No solo temía perder la apuesta, sino también que su artimaña fuera descubierta. En ese momento regresó Evans Moore, junto con un ayudante, con la escalera y procedió a descolgar el león, desviando la atención de todos y evitando que la confrontación llegara a mayores.

-Por supuesto que no contaba con que fuera usted comprensivo, Sir Edward. Pero me dispongo a demostrar no solo que la biblioteca existe sino que este club y su enigmático fundador están estrechamente relacionados con ella ¿Ven este reloj?- El señor Morgan sacó de su bolsillo un pequeño reloj de plata roto y aplastado. -Estaba entre las pertenencias de Sir Bagman. Probablemente tenía un mecanismo para abrirse, sospecho que marcando las 08:30, que yo no supe descubrir. Sin embargo, como dice la vox populi “No hay mal que por bien no venga” y el duro impacto que sufrí con la explosión rompió el reloj y abrió dicho mecanismo. En su interior hallé, ya camino de Inglaterra, esta pequeña llave.-


Algunos de los presentes no pudieron contener una exclamación de sorpresa. -Pero… ¿Una llave? ¿Para abrir qué?- Preguntó confuso el señor Rickson. –Para abrir eso.- Justo en ese momento Evans Moore acaba de descubrir lo que Andrew señalaba con su brazo sano. El felino disecado había estado ocultando todos estos años una caja de caudales. -¡Por el sombrero de Napoleón!- Exclamó el General Lee. -¿A qué diantres está esperando? ¡Ábralo de una vez!-

-Querida Helen- dijo Andrew mientras le tendía a su prometida la pequeña llave dedicándole una intensa mirada cargada de amor y complicidad. -¿Quieres hacer los honores?-


La tensión era tal que se podían ver gotas de sudor humedeciendo los cuellos de las blancas y elegantes camisas de la más delicada de las sedas. El general Lee apenas podía mantener la compostura y el señor Wilkinson se frotaba nerviosamente su prominente frente. Incluso la habitualmente imperturbable ama de llaves Katherine J. Andrews estiraba el cuello tratando de ver qué iban a encontrar en aquella caja de seguridad que había permanecido oculta a la vista de todos durante casi treinta años.

Exactamente a las 17:52 de 1870, la por entonces señorita Sullivan abrió la caja fuerte oculta tras el león disecado que presidía la entrada al Club O’clock de la Calle Pall Mall, en pleno corazón de Londres. En su interior se hallaron un libro y una nota. El libro era antiquísimo y resultó ser el segundo tomo de la “Babiloniaka” del sacerdote babilónico Beroso del que solo se conservaban citas de historiadores, pues había sido destruido para siempre junto con la biblioteca de Alejandría. O al menos, eso se había creído hasta entonces. La nota, escrita con una elegante caligrafía decía simplemente:


“Enhorabuena, estaremos en contacto.

Sir Allan Watch.

PD: No pierdan el bastón.”


Este es el famoso relato de la apuesta entre el señor Morgan y Sir Edward, quien nunca pagó su libra porque desapareció sin ser visto mientras se abría la caja fuerte... Y sin saber que él no había tenido nada que ver con el atentado en Roma. Al menos así es cómo me lo contaron a mí, ya que yo aún no había pasado a formar parte de tan increíble aventura en la que sorteamos mil peligros, vimos maravillas jamás imaginadas, conocimos a emblemáticos personajes, frustramos los planes de una organización secreta que pretendía cambiar el curso de la historia y descubrimos por fin el secreto del enigmático Sir Allan Watch. Pero, como suele decirse, eso es otra historia.

viernes, 2 de diciembre de 2011

O´Clock Club - La Apuesta - Tercera Parte

En el manual de buenas maneras del O´Clock Club hay trescientas sesenta y cinco normas que todos sus miembros deben cumplir rigurosamente.

Por supuesto, no es lo mismo tamborilear sonoramente los dedos importunando así la lectura de otro miembro del club (norma doscientos veintidós) que zanjar una acalorada discusión mediante el uso vil de los puños u otras partes de la anatomía humana (norma catorce) Quien más y quien menos ha quebrantado alguna de las normas y en cada uno de los casos siempre se ha aplicado el correctivo oportuno. Si bien algunas de las normas nos puedan parecer excéntricas, los susodichos correctivos no se quedan atrás. Por ejemplo, el incumplimiento de la norma treinta y dos ("jamás permitir que el sonido del sorbo a nuestra copa se escuche por encima de la conversación") obliga al infractor a realizar sonoras gárgaras durante varios minutos con el mismo brebaje que bebía en el momento del sorbo. Todo ello, ante la mirada silenciosa y atenta de aquellos cuya conversación se vio interrumpida.

Lo más curioso del caso, sin embargo, es que si bien las normas están debidamente recopiladas en el manual de buenas maneras que todo miembro del club ha aprendido y memorizado; los correctivos son desconocidos por todos y cada uno de sus miembros hasta el momento en que se viola por vez primera cada una de las normas. Cuando se da el caso y uno de los miembros del club se salta una de ellas, Evans Moore es el encargado de telegrafiar al mismísimo Sir Allan Watch. Pasadas doce horas – ni un minuto más, ni un minuto menos - un mensajero aparece a las puertas del club portando un sobre lacrado con el emblema de la casa de los Watch. En su interior, escrito de su puño y letra, se encontrará el correctivo designado por Sir Watch ante la violación de dicha norma. Se dice que ha habido caballeros que se han saltado alguna de las normas guiados únicamente por la curiosidad de ver qué correctivo aplicaría el siempre excéntrico y misterioso Sir Watch en cada uno de los casos. Si bien es cierto que la mayor parte de las normas siguen sin haber sido rotas de momento.

Pero dejemos a un lado las curiosidades de este peculiar club y centrémonos en lo que pasa en uno de sus salones. Se puede captar la emoción contenida de los caballeros allí reunidos mientras el joven señor Rickson lee en voz alta el último telegrama recibido de los futuros señor y señora Morgan. Todos intercambian murmullos de aprobación y sorpresa escuchando cómo la joven pareja parece estar camino del enigma arqueológico que costó la vida del muy querido por todos Sir Bagman.

Sin embargo, apartado de la multitud, se encuentra Sir Eduard. Si hay algo que le moleste más a este caballero que las bromas sobre su poblado bigote, es dejar de ser el centro de atención. Y si hay algo que le moleste incluso más que eso último es perder una apuesta. Sosteniendo una copa de Jeréz, Sir Eduard aguarda el momento en que acaban de leer el telegrama para tratar de recuperar un poco de la atención perdida.

- Caballeros, por favor… Comparto la alegría de todos ustedes ante la fortuna del señor Morgan. Pero… ¿no creen que es un poco pronto para cantar victoria?

- ¡Paparruchas! – El general Lee alza su bastón como si aun fuese un fusil de cerrojo y Sir Eduard fuese algún miembro del Culto Tooghie, en las colonias británicas de la India - ¡Si el viejo Bagman decía que esa biblioteca existía, apuesto mi ojo sano a que la había encontrado!

- No lo pongo en duda, General… Pero incluso en el caso de que hayan dado con ella, tendrán que volver con pruebas de su hallazgo antes de que se cumpla el plazo. - Y dicho esto, disfruta del sabor del Jeréz antes de sonreír para sus adentros, pues ninguno de los allí presentes sabe de las intenciones de Sir Eduard.

A fin de cuentas, ninguno de sus compañeros del club es consciente de que Sir Eduard ha violado la norma cincuenta y cinco del manual de buenas maneras: "un caballero del O´Clock Club jamás hace trampas".

De momento dejemos a Sir Eduard y al resto de sus colegas disfrutar del té que, en menos de tres minutos, traerá la señora Andrews. Mucho más interesante es lo que ocurre al mismo tiempo en Roma, la ciudad eterna. O mejor dicho, bajo ella. Dejaremos las soleadas calles de tan hermosa ciudad por encima de nuestras cabezas y adentrémonos en ese laberinto de pestilentes alcantarillas que recorren su subsuelo. Es fácil perderse en este entramado de oscuros corredores pero nos será fácil guiarnos por el sonido de esos golpes metálicos contra la piedra. Pronto veremos la luz de los candiles que llevan consigo la señorita Hellen Sullivan y el joven señor Morgan. Mientras éste último, remangado y empapado en sudor por el esfuerzo, descarga fuertes golpes de pico contra una de las paredes; ella sostiene el candil, dividiendo su atención entre su futuro marido y el mapa que Sir Bagman ocultó entre sus anotaciones. A punto está de expresar su duda sobre lo certero de las indicaciones del fallecido aventurero cuando un sonoro "crack" deja claro que el joven Morgan ha encontrado lo que andaban buscando: un pasadizo oculto tras las paredes del alcantarillado. Unos pocos golpes más de pico bastan para dejar una entrada lo bastante grande como para que ambos entren en la cámara secreta.

Las estrechas dimensiones de la estancia dejan claro en seguida a ambos aventureros que su búsqueda está aun lejos de acabar: con apenas cinco metros de ancho y seis de largo, ambos jóvenes han de agachar su cabeza para no golpearse con el reducido techo. Las telarañas cubren el sepulcro sobre el que el candil de la señorita Sullivan vierte la práctica totalidad de la luz que es capaz de emitir. La joven pareja de aventureros comparte una mirada decepcionada pues no es lo que esperaban encontrar. Para su sorpresa, sin embargo, el interior del sepulcro está vacío y la única pista aparente es el extraño emblema que reposa grabado sobre la losa de la tumba.

En unas pocas horas, la intrépida pareja se encuentra ya de vuelta en su hotel. Los fuegos artificiales de alguna festividad local se dejan escuchar en el exterior, iluminando los aledaños de la Piaza Di Spagna así como el balcón de la suite del joven Morgan. Éste aun luce las sucias prendas cuyas manchas son testimonio de las horas pasadas en las alcantarillas. Con la mirada perdida, traza distraídos garabatos sobre su cuaderno de dibujo mientras con la otra mano juguetea con el bastón que encontraron entre las pertenencias de Sir Bagman. Los garabatos son repeticiones más o menos fieles y afortunadas del emblema encontrado en la misteriosa tumba.

No es extraño que ni la rotunda pirotecnia sea capaz de distraer al joven Morgan: su preocupación va más allá de las piezas de ese rompecabezas que, en apariencia, ha costado la vida de Sir Bagman… y que los ha llevado a un callejón sin salida. Se lleva las manos a la cabeza, calculando el tiempo que tardarán en volver a Londres. Aunque hubiesen encontrado la mítica segunda biblioteca de Alejandría en lugar de aquella tumba vacía, apenas si tendrían tiempo de llegar en el plazo de los dos meses acordados.

El joven señor Morgan se incorpora, un tanto frustrado, y decide que por esa noche ha tenido suficiente: tomará un poco el aire en el balcón y, tras haberse aseado debidamente, irá a buscar a Hellen a sus aposentos. Cenarán en uno de los mejores restaurantes de la ciudad y brindarán a la salud de Sir Bagman y - ¿por qué no? – a la de ese petulante de Sir Eduard, quien seguro disfrutará de lo lindo el volver a ser protagonista del O´Clock Club …

Es ese pensamiento y no otro el que hace que al señor Morgan esté a punto de caérsele al suelo el bastón de empuñadura de marfil. No es para menos pues acabamos de ser testigos de excepción de un momento de total y absoluta inspiración. La sonrisa se dibuja en el semblante de Morgan mientras las piezas encajan una por una. El bastón, el símbolo de la tumba, el club… Todo encaja.

Es el entusiasmo el que lleva al joven señor Morgan a correr hacia su escritorio, dispuesto a verificar si sus impresiones son acertadas. Su emoción está más que justificada: si sus suposiciones son ciertas, tendrán el tiempo justo de encontrar la mítica biblioteca y viajar de vuelta al O´Clock Club.

Pero dejemos al emocionado señor Morgan comprobar si sus teorías son ciertas o no. Lo que debe preocuparnos ahora es el balcón abierto de par en par que deja tras de sí. A través del mismo entra un objeto redondo y negro, cayendo al interior de la suite de forma pesada al principio, dando sonoros golpes contra el suelo de mármol. Los últimos metros los hace rodando sobre sí misma. Para entonces, la mecha está a punto de consumirse del todo.

La bomba estalla un cuarto de segundo después.