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viernes, 7 de enero de 2011

La Magia de la Pintura. Indice

Dick Van Dean nació en una pequeña aldea cerca de Amsterdan en 1723, llamada Wijde. Sus padres, muy pobres, no tenían dinero para criarlo, de manera que le acabaron vendiendo a un lugareño con dinero llamado Ruud Ulshof.

Rudd, era pintor y había hecho una pequeña fortuna vendiendo muchos de sus cuadros...


 

martes, 4 de enero de 2011

La Magia de la Pintura. Desenlace

Y por supuesto que quería salvarla. El Conde de Peña Alta se había sentido atraído ante el rostro de aquella mujer. Durante los días antes de la llega de Van Dean, había pasado las noches en vela esperando que el pintor la trajera consigo. Y su decepción fue monumental primero al ver que venia solo, y luego al enterarse de que estaba muerta.

Por ello la información de Van Dean le lleno de animo. Tenían todo lo necesario, Van Dean pondría su talento, y el Conde el diario donde se dibujaba el taller donde fue asesinada Lucilda Genovese, así que se pusieron manos a la obra, durante días, apenas comieron, solo lo justo que dictamina el cuerpo humano como necesario para sobrevivir.

Pero el conde tenia una pregunta rondando por su mente, ¿Porque
Van Dean quería viajar y salvar a Lucilda? , ¿Estaría tan enamorado de su rostro como el? desde luego, el conde tenia una cosa clara, nadie hace nada por nada.

Llego el día en que el cuadro estaba terminado, ambos miraban con satisfacción, el conde había ayudado consiguiendo todos los materiales que requería el pintor. También era un buen observador, y se fijaba en que el cuadro cumpliera hasta el mas mínimo detalle, para que no hubiera error posible. Al fin estaba terminado. Pero antes de cruzar el portal, tenían que saber una cosa mas. Si querían salvarla, necesitaban saber todo lo que había acontecido los días anteriores a su asesinato, cual eran las dudas de ella, que sospechaba, porque querrían matarla, y tal vez esas respuestas se encontraran en el diario, así que tanto el conde como Van Dean, se dedicaron a investigarlo a fondo:

"Los acontecimientos de los últimos días me perturban, no puedo dormir tranquila"

" Mi alma ira al infierno, me he condenado para siempre"

" Se que quiere matarme, pero no hasta que consiga que funcione"

Y la ultima entrada del diario. Del día 31 de Diciembre.

" Hay algo aun mas inexorable que el tiempo y el espacio, El Destino"

Van Dean y el conde llegaron a la conclusión de que podían sacar pocas pistas del diario, como si esperaran que escribiera el
nombre de su asesino, por si algún día alguien siglos mas adelante lo leyera y pudiera salvarla, absurdo.

El conde de Peña Alta llamo a sus sirvientes, y le pidió que trajeran todos los manjares que tuvieran disponibles en la mansión, y el
mejor vino. Había que celebrar el mas que posible triunfo. Van Dean estaba entusiasmado mirando el dibujo del diario, y el que había realizado,
era perfecto.

No se había atrevido a pintar a la mujer, pues solo tenia su rostro, y cualquier fallo podría distorsionar la realidad, y hacer sus esfuerzos
infructuosos. Así que decidió pintar solo el taller, y esperar a que llegara la mujer, y evitar su muerte antes de que ocurriera.

En cuanto al día de su muerte, tendrían que probar fortuna con el ultimo día del diario, y rezar porque mantuviera la costumbre de escribir todos los días, tal y como se podía observar en el mismo.

Van Dean estaba absorto en sus pensamientos cuando el Conde lo abordo.

- La mesa esta preparada, disfrutemos de una buena cena, al fin y al cabo, no sabemos cuando tendremos otra igual.

Van Dean y el conde cenaron, bebieron, y brindaron, todo lo que no habían hecho durante los días que tardo Van Dick en pintar el cuadro, y el conde dispensarle todo
lo necesario, y observar continuamente al pintor. Así que dieron buena cuenta de la Langosta, el pollo asado, y el vino añejo de la mejor cosecha. Para el conde era
una comida mas, pero para Van Dick era todo un lujo que estaba aprovechando hasta el final.

El Conde de Peña Alta sabia que el vino era muy bueno, pero también conocía perfecta mente la fuerza embriagadora que poseía, el había probado ya muchas botellas, pero cualquier novato, podía confundir su suavidad, y beber sin darse cuenta de que pronto se encontraría irremediablemente borracho. Así sucedió, y el Conde aprovecho el momento para preguntarle a Van Dick el motivo de su cruzada por salvar a esa mujer.

Van Dean se sorprendió a si mismo respondiendo. Van Dean contó, que generaciones atrás Lucilda Genovesse perteneció a la familia de Ulshof, su maestro, era el caso tipico de perdida de apellido familiar al casarse. Frederick Van Acken le contó que fue una mujer sin igual, la mayor inventora de todos los tiempos, y si consiguieran salvarla y traerla al tiempo actual, podria convertirse en una poderosa aliada para los pintores del nuevo siglo. Asi que Van Acken le encargo una importante y fundamental misión para los planes de su peculiar secta privada. Salvar a Lucilda Genovesse.

Siempre habían buscado la manera de impedir su asesinato, su familia durante generaciones había buscado una sola imagen del taller, algo lo suficientemente exacto, para poder viajar y salvarla, pero nunca habían encontrado nada. Entonces Van Acken habia descubierto la compra realizada por el Conde de Peña Alta, y decidio mandarle a él a comprobarlo.

El conde se mostró sorprendido por las palabras de Van Dean, no estaba enamorado, solo era un sirviente mas, un lacayo de una secta privada y muy selecta, con mucho poder. Pero en el caso de Van Dean, no era mas que un esclavo, en un juego de señores.

- Se podría decir que durante este tiempo he sido tu alumno señor Van Dean.-

Van Dean sonrió - Así es amigo mio, y ahora alumno y maestro salvaran a Lucilda Genovesse.-

El Conde de Peña Alta sonrió también a Van Dean, esa afirmación era lo que necesitaba, que Van Dean le considerara su alumno era lo que hacia que tuviera sentido lo que estaba apunto de hacer.

Bang...un disparo...una antigua pistola de duelo humeante...el cuerpo de Van Dean boca arriba, moribundo. La sonrisa del Conde de Peña Alta que miraba el cuadro con expresión de triunfo,

Ahora amor mio, te enseñare todo lo que he aprendido en estos dias, y moldearemos el mundo a nuestra imagen y semejanza.

Frederick Van Acken se entero poco despues de la muerte de Van Dean. En su rostro se dibujo una malefica sonrisa, potenciada aun mas por su cara desfigurada, y sus dientes practicamente negros. Su plan no habia hecho mas que comenzar...

Por otro lado, lo ultimo que Vio Van Dean fue al Conde atravesar el cuadro, la fecha solo tenia inscrito el año, así que el conde aparecería en cualquier momento durante ese periodo de tiempo. Entonces Van Dean abrió los ojos de par en par, entonces se dio cuenta de lo que acababa de hacer.

Se había prometido salvar la vida de Lucilda Genovesse, y sin embargo, en su interior sabia, que no solo había fracasado, sino que seria causante directo de su muerte.

Entonces repitió las palabras de Lucilda Genovesse antes de morir.

- " Hay algo aun mas inexorable que el tiempo y el espacio, El Destino" .

viernes, 24 de diciembre de 2010

La Magia de la Pintura. Capítulo 3

[Viene de La Magia de la Pintura, capítulo 2]

Corría el año 1752 cuando el Conde de Peña Alta oyó hablar por primera vez de Dick Van Dean. En aquella fría mañana de Abril, un misterioso carruaje llegó a las puertas de la mansión del Conde. Sus criados y sirvientes terminaban de recoger los destrozos y las sobras de la fiesta de la noche anterior. Alfredo, su mayordomo personal, tuvo que tocar seis veces a la puerta de su dormitorio para conseguir que su señor atendiese a la peculiar visita que, bajo la lluvia matutina, aguardaba ante el portal de la mansión. Antes de bajar, el Conde miró a través de la ventana. De no haber visto el emblema de los Pintores del Nuevo Siglo en el carruaje, jamás habría bajado en persona a atender a alguien a esas horas del día.


El mensajero era un chico de apenas quince años. En realidad, él sólo era un emisario: lo realmente importante lo descargaron los sirvientes del Conde del carruaje. El chico, en un castellano con marcado acento holandés, informó al Conde que aquel cuadro era un presente de los pintores a su persona. Pese a sentirse alagado, el Conde no evidenció agradecimiento alguno y se limitó a bostezar con fingido aburrimiento. El chico y el carruaje se marcharon y el cuadro fue llevado a la galería privada que el Conde tenía en lo que antaño fue un salón comedor. Allí, el Conde atesoraba sus pequeñas “curiosidades”: una urna griega confeccionada en un extraño metal irrompible; varias cabezas de conquistadores españoles que habían sido reducidas por indios jíbaros hacía siglos…


El Conde indicó a sus sirvientes que colocasen el cuadro sin quitarle el envoltorio que lo cubría. Sin demasiada extrañeza – sus sirvientes estaban más que acostumbrados a las excentricidades del Conde – obedecieron y colgaron el lienzo cubierto en una de las paredes de la galería. Por extraño que pareciese tener un cuadro así, oculto y a la vez a plena vista; el Conde había oído lo bastante sobre los Pintores del Nuevo Siglo como para conocer algunas de las leyendas que circulaban en torno a sus obras. Teniendo en cuenta la combinación de su tendencia natural al aburrimiento junto con el poder disponer de grandes cantidades de tiempo libre y dinero; no resulta extraño que el Conde hubiese tomado las ciencias ocultas como una distracción más.


Durante semanas, el Conde consiguió mantener a raya su curiosidad y el cuadro se limitó a reposar en la galería, cubierto e inerte. Sin embargo, poco a poco, el Conde comenzó a dejar en un segundo plano las advertencias que muchos expertos hacían con respecto a las obras de esos pintores “malditos”. Así, una noche de tormenta, el Conde no resistió más la curiosidad y, embutido en su pijama y a la luz de un candil, bajó hasta la galería. El corazón latía en su pecho presa de la expectación. Sus manos temblaron cuando descubrió el cuadro… y un relámpago iluminó la estancia cuando la imagen del mismo quedó al descubierto.


La imagen quedó grabada a fuego en la pupila del Conde, viajando a través de su sistema nervioso convertida en un sentimiento de una intensidad sin par. Cayó de rodillas ante la belleza de la mujer que aparecía retratada en la imagen. Era joven, de pelo azabache rizado. Su piel, extremadamente pálida, resaltaba con la presencia de un pícaro lunar sobre la comisura de los labios. Su atuendo era el de una artesana medieval pero su sonrisa, la luz en sus ojos… era la de una pícara y atrevida mujer adelantada a su tiempo. ¿Quién era esa mujer? El Conde no lo sabía. Pero se juró en silencio que sacrificaría cualquier cosa con tal de averiguar quien era.


A la mañana siguiente, el Conde envió una carta junto con una invitación para pasar una temporada en su mansión. El destinatario de ambas no era otro que Dick Van Dean, el pintor que había firmado el cuadro. La misiva iba acompañada con una petición del Conde: “de ser posible, venid acompañado de la bella modelo que usasteis para el hermoso retrato que tuvisteis a bien regalarme.”


Dos semanas pasaron y el maestro Van Dean llegó por fin a la propiedad del Conde. Éste lo recibió expectante más basta fue su decepción cuando vio a Van Dean descender del carruaje únicamente acompañado por sus bártulos de pintor. El Conde guardó la compostura el tiempo suficiente como para que el servicio llevase las cosas del pintor a los aposentos de invitados. Ante una taza de té, el Conde preguntó a Van Dean sin reparos el por qué de la ausencia de la doncella.


“Me temo, buen Conde, que la mujer que visteis en mi retrato lleva siglos muerta."


La respuesta del pintor causó el efecto deseado en el Conde quien se derrumbó sobre uno de los cómodos sofás de su salón de juegos. Van Dean, siguiendo el guión que su nuevo maestro Van Acken le había dado; contó al Conde la historia casi completa de Lucilda Genovese. Le habló de la que había sido una mujer única, la rica heredera de un mercader veneciano en los albores del Renacimiento. Su genio podía haber eclipsado el del mismo DaVinci. De haber vivido más allá de sus veintidós años, posiblemente hubiese sido su nombre el que habrían recordado los libros de historia.


Pero si había sido asesinada, continuó Van Dean, había aún una oportunidad de cambiar su destino. El Conde le suplicó que le contase cómo: él pondría a su servicio todo cuanto fuese necesario para hacerlo. Van Dean le dijo que existía una forma de salvarla. Con la taza de té aun en su mano, el pintor caminó hasta la galería y señaló el cuadro.


“Imagino que sabe lo que se dice de nuestros cuadros, buen Conde. Que son algo más que puertas. Puertas a otros lugares… y a otros momentos.”


Para un hombre más que acostumbrado a simular interés ante conversaciones que no le importaban lo más mínimo; el Conde escuchó con prodigiosa atención cómo Van Dean le contaba que aquel retrato de Lucilda estaba inspirado en el aspecto que tendría en el momento de su muerte. Tan obnubilado estaba el pobre Conde que no se había dado cuenta de que el cuadro pintado por Van Dean carecía de fondos. Era sólo una mujer… ubicada en ninguna parte.

“Buen Conde… Usted ha oído hablar de nosotros, de los pintores del Nuevo Siglo. Pero nosotros también hemos oído hablar de usted. De usted… y su colección de “curiosidades”.


En uno de los rincones de la galería del Conde, había un pequeño estante en el que reposaban algunos viejos libros. Sátiras prohibidas por la Iglesia; romanceros apócrifos del Islam… y un puñado de hojas encuadernadas en cuero que, al estar en italiano, el Conde no había leído hasta entonces.


“Lo adquirí en un paquete de libros, en una subasta ocultista en París. No es más que un diario de un hereje anónimo al que la Inquisición italiana quemó hace siglos.”


Hojeando el viejo ejemplar, Van Dean sonrió.


“Es más que eso, buen Conde. Es el diario de Lucilda Genovese. En él están todas sus anotaciones personales. Y lo más importante…”


Van Dean lo abrió por una página y le mostró un dibujo a mano alzada que Lucilda había hecho de lo que era su taller personal.

“Ahora sabemos, buen Conde, qué debemos dibujar como fondo… si queremos salvarla.”


[Continuará]

viernes, 22 de octubre de 2010

Las Aventuras de los Goonboys - Misterio en la Buhardilla - Tercera Parte

Marcos miraba imperterrito el cuadro a través del cual acababa desaparecer su mejor amigo.

Apenas alcanzaba a entender lo que acababa de pasar, y el pensar que hacía unos minutos se estaba riendo de la idea de Gregor para contactar con el conde le hacía sentirse mucho peor.


- Vamos pequeña, no ha sido culpa tuya-, Paula y Luis intentaban consolar a María. La menor del grupo que reía al principio por lo divertido que le había parecido todo, rompió a llorar cuando se dió cuenta de la desaparición de Gregorio. No podía evitar sentirse culpable, al fin y al cabo ella había encontrado aquel extraño tablero de madera con números.


- ¡No hay tiempo que perder!- interrumpió Marcos, recuperando la compostura. - ¡El conde nos ha propuesto un reto y nuestro amigo está en peligro, no podemos quedarnos aquí llorando!. ¡Tenemos que ir a la mansión del conde peña alta y buscar su cuerpo en el cementerio!.-Marcos sentía que ante la ausencia de Gregorio, él tenía que tomar el mando de las operaciones. Paula y Maria, que había dejado de llorar, lo miraban con cara que estaba a medio camino entre la incredulidad y la admiración. Luis, que se dio cuenta de ello no pudo reprimirse.

- ¡Un momento!, ¿quien te ha nombrado jefe?-

- ¡No me ha nombrado nadie jefe, pero alguien tiene que tomar las decisiones! - se defendió Marcos.

- ¿Y tienes que ser tu?- replicó Luis

- ¿Tienes algun problema, luisito?- contratacó Marcos.

- ¡Callaos los dos!-, interrumpió Paula. -¡Ya está bien!. ¡Tenemos que ir a buscar a nuestro amigo no podemos perder el tiempo en peleas absurdas!.-


Luis y Marcos asintieron, un poco avergonzados por la escena que acaban de protagonizar.

- Vale, de acuerdo- Marcos retomó la palabra. -¿entonces que necesitamos?.-

Luis se adelantó. - Si buscamos una tumba, necesitaremos palas y linternas. Puedo coger las que tiene mi padre.-La principal afición de el padre de Luis era su jardín por lo que tenía un buen surtido de herramientas.

-Bien- dijo Paula. -Maria y yo preparemos comida. Además nuestro padre suele ir mucho a pescar al lago, intentaremos conseguir un mapa de la zona.-

-¡Estupendo!- dijo Marcos, -yo me quedaré un rato más aquí, volveré a revisar el libro del tatarabuelo de Gregorio, a ver si encuentro algo más sobre ese conde. Debéis iros, antes de que regresen los abuelos de Marcos. Yo saldré por la ventana-

A media tarde todos se reencontraron en la salida del pueblo. Justo en el camino que llevaba hacia el lago. Cada uno con su bici y las cosas que habían quedado que llevarían. Solo faltaba Marcos que llegó unos minutos más tarde.


-Uf, hola chicos, perdón por el retraso.-

-¿Que te ha pasado?, ¿encontraste algo nuevo del marqués?- preguntó Paula.

-Pues si, descubrí que el retrato del conde, es, en realidad un autoretrato, lo pintó él mismo. Además encontré unos papeles donde se hablaba de un extraño grupo de pintores que se hacían llamar, Pintores del nuevo siglo. En teoría el conde de peña alta formaba parte de este grupo.

-¡Pero eso no nos ayuda a saber por qué se ha llevado a Gregorio!- saltó Luis.

-¡ya lo se Luis!, ¡y yo que le hago!-

-buenos chicos, dejadlo ya, y vamos que se nos hace tarde.- dijo Paula mientras se acercaba a los chicos para intentar que la discusión no llegara a más.


Siguiendo el mapa que habían traído las hermanas Hurtado, llegaron al lago. Desde allí podían ver la mansión del conde que dominaba el valle desde lo alto de una colina. Mientras bordeaban el lago empezaba anochecer. Cuando llegaron a la verja de la mansión ya no había rayos del sol.

La verja había aguantado bien el paso de los años, no así la gran puerta que daba acceso al recinto. Un fuerte empujón de Luis fue suficiente para que una de las hojas de la puerta cediese y cayese al suelo.

Los dos pisos de la mansión palacio del conde se levantaba antes ellos. Las paredes de la casa estaban totalmente cubierta por hiedras y las ventanas estaban cerradas con tablones de madera. La vegetación había crecido sin control en todo este tiempo, lo que dificultaba llevar las bicis. Decidieron dejar las bicis en la entrada.

Le dieron la vuelta a la casa buscando el cementerio que salía en el cuadro. Detrás de la casa encontraron un pequeño panteón. La puerta de madera estaba en el suelo. Cuando entraron vieron que la estancia era muy pequeña. En el suelo yacía la tumba del conde y en la pared del fondo sobre un pedestal habían una estatua de un águila.


-Ese es el simbolo de los “Pintores del nuevo siglo” – señaló Marcos. Todos lo miraron. - ¡que pasa!, ¡lo vi en los papeles que encontré en la buhardilla!.- se defendió. -Pero hay algo raro, en el dibujo que yo vi, el aguila tenía algo en el pico,un huevo, creo.-

-Bueno , vamos a cavar, se nos acaba el tiempo.- recordó Luis.


Luis y Marcos cavaron durante una hora. Hicieron un agujero bastante profundo, pero no encontraron nada.

-¡Joder, aquí no hay nada!- gritó Marco, tirando la pala al suelo.
-¿seguro que es aquí donde teníamos que cavar?- preguntó Paula

-¡yo que se!- contestó Marcos de malas manera.

-¡Esperad!, ¿que es eso?- dijo María, que se había quedando como ausente mirando la tumba. -¡Ahí hay algo!.-


Todos se reunieron alrededor de la tumba mientras María bajaba a coger lo que había visto. Cuando lo sacó y le quitó el polvo todos vieron lo que era, un huevo.


-¡Es el huevo que le falta a la estatua!- gritó Luis.


Se apresuraron a encajar el huevo en la estatua del águila. Acto seguido una pequeña puerta se abrió en el pedestal que soportaba el águila, dejando ver una escaleras que descendían en la oscuridad.

El pequeño pasadizo al que llegaron después de bajar las escaleras era tan pequeño que tenían que ir de uno en uno y de rodillas. Luis encaminaba la marcha. Las chicas iban en medio y por último Marcos.

Tras un rato caminando a gatas, Luis se paró.

-Chicos, aquí termina el camino. No se puede seguir, está bloqueado-, susurró Luis.

-¿Como?, ¡no puede ser!. ¡Empuja, grandullón!. -gritó Marcos desde atrás-

Luis empujó con toda si fuerzas y fuera lo que fuese que bloqueaba el camino cedió.

Los chicos salieron a una estancia en la que todos los muebles estaban cubiertos por mantas. Cuando las quitaron vieron que eran muebles de un despacho. Mesa de escritorio, sillas, un sofa, varias estanterías con libros. Paula se dió cuenta que encima de la mesa había un gran libro abierto.

-Esto parece ser un libro de cuentas o algo-, divagaba María. -Ah, no un momento. Es un libro de ventas. Parece ser que el conde vendía los cuadros que dibujaba. ¡Fijaos!, ¡hay direcciones de todo el mundo!, pero que raro, al lado del nombre de cada cuadro aparece la palabra “copia”.-


En ese momento los chicos emperazon a escuchar una tenue melodía.


-Es el concierto nº17 de Mozart para piano-. saltó María como un resorte.

-Vaya, parece que el dinero que se gastan nuestros padres en el conservatorio vale para algo-comentó, sarcasticamente, Paula.


María respondío a su hermana sacándole la lengua mientras Marcos y Luis se acercaban a la puerta de donde venía la música.

Antes si quiera de que tocara el pomo de la puerta, esta se abrió de par en par. La musica y la luz que salía de la sala embargó a los chicos que en un principio apena se dieron cuenta de lo que había en la sala.


Cuando se recompusieron de la sorpresa vieron en primer lugar a un chico que debía de tener su edad, vestido de mayordomo y con una máscara veneciana que le cubría el rostro.


-¡Bienvenidos!. Por favor, entren y diviértanse- les animó el mayordomo.


Una gran sala se habría ante ellos. Dos grandes lamparas de araña con decenas de velas iluminaban la sala. Una larga mesa en un lado de la sala estaba repleta de comida y bebida. Las paredes estaban cubiertas de cuadros. Todos muy similares a los que tenía Gregorio en la buhardilla. En todos los cuadros aparecía la figura del conde en primer plano y al fondo la casa pero siempre había algún elemento diferenciador en el cuadro, la perspectiva, el color, la luz... Como en el cuadro de Gregorio, en todos los cuadros de la sala, la figura del conde había desaparecido.

La sala estaba llena de chicos y chicas que tenían que tener mas o menos su edad, vestidos de traje fiesta y con máscaras venecianas de todo tipo. Los chicos charlaban amigablemente o bailaban al son de la música, ajenos a ellos que acaban de llegar.

Entre todos los chicos de la fiesta vieron un rostro familiar. La piel blanco nuclear, el pelo corto y despeinado, la cara redonda, la boca gande y sonriente. Era sin duda Gregorio el que charlaba con una chica a lado de la mesa del ponche.


[continuará]