viernes, 15 de octubre de 2010

Las Aventuras de los Goonboys - Misterio en la Buhardilla - Segunda Parte

[Viene de Las Aventuras de los Goonboys - Misterio en la Buhardilla - Primera Parte]

- Vale: lo admito, Gregor,.- Marcos alzó la mano buscando un "choca esos cinco".
- ¿Qué estas insinuando?
- Esta vez casi consigues que me lo trague.
Gregorio iba a defenderse de las acusaciones de Marcos.
- Tío, todos sabemos que harías lo que fuera para no ir a la piscina. Pero montar todo esto sólo para que vengamos a hacerte compa…
Gregorio se acercó a Luis, mortalmente serio.
- Que te quede claro que no intento llamar la atención de nadie. Y mucho menos a un títere que Paula…
- ¿Qué me has llamado…? – Luis se arrancó como un toro ante la insinuación, más preocupado por impedir que Gregorio terminase la frase que por defender su honor.
- Chicos…
Gregorio y Luis frenaron en seco y giraron su cabeza hacia el cuadro. Paula estaba ante él, en cuclillas y examinando el contorno en blanco que el Conde había dejado tras de sí.
- Esto es muy raro. – Paula deslizó sus dedos por el recorte de la silueta en blanco, dejando varios surcos a su paso. – Tiene polvo como de unos cuantos meses… pero la superficie en blanco parece nueva.
- ¿Y eso quiere decir…? – Marcos resopló con impaciencia.
- Eso quiere decir que no ha sido cosa de Gregorio.- Paula se incorporó, limpiándose el polvo.- Esto es de verdad.
Luis miró a Gregorio en silencio. Y luego encaró a Marcos.
- ¿Ves? Lo que yo decía. – volvió a mirar a Gregorio, quien negaba con la cabeza y la mirada baja.- Y ahora, ¿cómo encontramos al Conde?
Gregorio miró el cuadro y señaló la mansión pintada en su fondo.
- Propongo que vayamos allí a buscarlo. Si salimos ahora con las bicis…
- Vale: es oficial.- Marcos se encaminó a la puerta.- Estáis como cabras.
- Venga ya, Marcos. – Paula se acercó a él. Un flequillo rubio le caía sobre la frente.- Cuantos más seamos, menos tardaremos…
Marcos la miró y pensó que nunca se había fijado en lo bien que le sentaba ese peinado a Paula. Durante un segundo se olvidó de que esa misma noche había una barbacoa en el campo de sus tíos. Se olvidó incluso de que iban a acudir las amigas de su primo Juan.
La voz de Luis lo sacó de sus ensoñaciones.
- Bah. Si tiene miedo, que se vaya… - se acercó a donde estaban Marcos y (sobre todo) Paula.
Marcos dedicó su mejor sonrisa a Luis y se limitó a darle un par de palmaditas en su hombro.
- Tranquilo, "grande". – Marcos volvió la vista a Paula – Pero tú me tendrás que prometer que me darás el teléfono de esa amiga tuya con la que vas al tenis.
- ¿Rosa? – Paula sintió una (¿incomprensible?) punzada de celos.- Pero, pero… - su indignación no conocía límites… ni palabras para describirse.- ¡Pero si es una hortera!
- Pero cómo se mueve…- Marcos se colocó a la altura de Gregorio quien, ajenos a las bromas que intercambiaban sus amigos, rebuscaba en un pesado libro de hojas amarillentas. - ¿Y bien? ¿Alguna idea, Gregor?
Gregorio alzó la vista y miró el dibujo de la mansión del Conde, en el fondo de aquel misterioso cuadro. Se quitó las gafas y las utilizó a modo de lupa sobre él.
- Mmmm… - Gregorio fijó la vista y, pasados unos segundos, sonrió.- Lo que imaginaba.
- ¿El qué? – Marcos achinó los ojos pero no conseguía comprender el entusiasmo de su amigo.
- Hay un camposanto ahí, al lado de la mansión. Tendría sentido que sus restos estuviesen allí enterrados.
- Espera un momento… - Paula miró a Gregorio como si éste hubiese perdido la cabeza.- No estarás diciendo que vamos a desenterrar un cadáver, ¿verdad?
El silencio se hizo entre los amigos. Gregorio se volvió a poner las gafas y dijo…
- Si alguien tiene una idea mejor…
- ¡CUIDADO!
Luis se lanzó sobre el blanquecino de Gregorio, cuyo rostro adquirió una tonalidad mucho más pálida al notar como una impresionante pila de pesadas cajas de madera se cernía sobre él. Luis consiguió empujarlo en el último momento y las cajas chocaron contra el suelo. La mayor parte de ellas aguantaron el golpe y, simplemente, rodaron por el suelo del sótano levantando una nube de polvo que hizo estornudar a Paula y Marcos.
Luis ayudó a incorporarse al aturdido Gregorio mientras Paula y Marcos miraron la silueta que había aparecido justo detrás de donde antes estaba la inmensa columnata de cajas. Allí, sosteniendo entre sus brazos una especie de panel de madera, estaba María.
- Perdón… - María apenas susurró aquellas palabras.
- ¡Te la has cargado, "pequenaza"! – Paula se acercó a ella, dispuesta a zarandearla un poco y jugando la carta de "hermana mayor enfadada". - ¡¿Cuántas veces te tengo dicho que no toques nada?!
- Es que… Es que… - María mostró el extraño tablero que sostenía entre manos.- Es que me aburría, joooo. Y además… - María esbozó una brillante sonrisa de satisfacción.- ¡Mira que chulada!
Paula miró el tablero apenas un segundo. Era de madera, del tamaño de un ajedrez aproximadamente. Pero en su superficie, en lugar de casillas blancas y negras, había una serie de letras que formaban un abecedario. Paula apenas llegó a entender que se trataba de un tablero de Ouija. Se disponía a seguir lanzando una riña a su "desastrermana" cuando…
- Eso es.
Todos miraron a Gregorio. Y éste les devolvió la mirada con aquellos ojos que decían a voz en grito "tengo una idea".

Apenas veinte minutos después, la buhardilla se había convertido en un lugar mucho más misterioso. A través de una de las pequeñas claraboyas podía verse que el sol de la tarde aun iluminaba el cielo. Sin embargo, las sombras que proyectaban las incontables antigüedades que acumulaban polvo e historia en aquella buhardilla le daban un aspecto inquietante.
Los chicos se encontraban sentados en torno a aquel tablero. Marcos encendía las velas mientras Luis las iba colocando formando un círculo. Paula miraba con cierto recelo a ambos y luego volvió a mirar a su hermana.
- Sigo pensando que no deberías estar aquí. No tienes edad para esta clase de cosas…
- Si no me dejas quedarme, le diré a mamá que vais a desenterrar un muerto.
- Serás chivata… - Paula le dio un suave capón.
- Muy bien… - Gregorio apareció por la puerta de la buhardilla, con un vaso entre las manos.- Esto tendrá que valer.
Gregorio cerró la puerta de la buhardilla echando el cerrojo: aunque sus abuelos aun tardarían en volver, no quería que los encontrasen así. Aún recordaba la bronca que la abuela Matilde le había echado la vez que se los encontró jugando a "La Llamada de Cthulhu" con la cocina iluminada por velas.
- A ver si lo he entendido… - Marcos no podía sonar más escéptico.- Vamos a usar este pedazo de madera y un vaso para obligar al espíritu del Conde a que nos diga donde está.
- Más o menos… - Gregorio se sentó ante el tablero y colocó el vaso sobre el centro, más o menos donde se podía leer la palabra francesa "inicio". – Muy bien, tomaos de las manos…
Todos lo hicieron. Luis notó la suavidad de la mano de Paula y le costó dejar la mente en blanco. Marcos tomó la de María y aprovechó para darle un pequeño susto, haciendo como si se le diese un calambrazo.
- ¡Ahhh! – María lo miró con rencor.- ¡Idioto!
- Eso por lo de las chicas de la piscina, mocosa.
- Shhhh… - Gregorio miró a los dos.- Concentraos…
Se hizo el silencio y, por unos segundos, no se escuchó nada más que el rumor de fondo, procedente de las viejas callejuelas del centro del pueblo. Apenas un susurro. Y las respiraciones. Se escuchaba las respiraciones de todos ellos. Entonces, Gregorio habló.
- Espíritu del Conde de Peña Alta, escúchanos. – Gregorio tragó saliva y prosiguió.- Te ordeno… que me digas donde te escondes.
El silencio fue la única respuesta. Nadie se movió, esperando cualquier cosa. Todos (incluso la pequeña María) habían visto películas de terror en las que los incautos protagonistas hacían algo parecido a esto. Y siempre tenía nefastas consecuencias. Sin embargo, no fue así. No pasó nada.
Tras una pequeña eternidad, fue Marcos quien rompió el silencio.
- Bueno. – hizo ademán de soltar la mano de María.- Parece que podré llegar a la barbacoa…
- Marcos, siénta… - Gregorio había abierto los ojos y se dirigía a él con cierto enfado.
Pero su dedo, que aun seguía posado sobre el vaso bocabajo, se movió.
Todos se quedaron de piedra. El vaso se había desplazado hasta la letra "T".
- Tío… - Luis sintió como su estómago se encogía.- ¿Has sido…?
A modo de respuesta, y antes de que Gregorio pudiera decir nada, su dedo volvió a mover el vaso. "R".
- No tiene gracia, Gregorio… - Paula estaba asustada. Y era incapaz de soltarse de las manos de sus amigos.
- Espera un segundo… - Marcos miró las velas. Sus llamas se movían suavemente. Pero no había corriente de aire alguna.
El dedo de Gregorio seguía moviéndose, cada vez más rápido: "A", "M", "P"…
- Vale, se acabó. – Marcos se incorporó, soltándose de la mano de María y de Luis. Se puso en pié.- Esto no tiene gracia, Gregor…
- "O", "S"… - María deletreaba, intrigada y divertida.
- "O" – Gregorio tragó saliva y miró a Marcos, dejando claro que a él tampoco le parecía divertido. – "Tramposo"
De repente, un viento inhumano abrió de golpe las ventanas de las seis claraboyas de la buhardilla. Tal era la fuerza de aquel vendaval que los seguros saltaron de sus goznes y algunos cristales se rompieron al abrirse de forma tan violenta. Paula se incorporó con un grito y Luis no dudó en aferrarla. Marcos tomó rápidamente de la mano a María, quien sintió como aquella ráfaga de viento la lanzaba contra una de las paredes de la buhardilla. Marcos aferró con fuerza a la traviesa hermana pequeña de Paula mientras esta reía divertida, como quien va por primera vez a un parque acuático. Fue entonces cuando Marcos lo vio.
- ¡Gregor! -
Luis trató de agarrar también a su amigo. Pero el viento era tan fuerte, tan intenso, que si soltaba un ápice a Paula ésta probablemente se vería arrastrada por aquel tornado. Con un ulular siniestro, el vendaval que venía de ninguna parte arrastró al pálido Gregorio, quien acabó atravesando aquella superficie blanca e infinita que, en algún momento, había ocupado la forma dibujada del Conde de Peña Alta.
El viento cesó en el mismo instante en que Gregorio terminó de atravesar aquella mancha blanca del cuadro. De él sólo quedaron sus gafas de montura de plástico negro.
Luis dejó lentamente de aferrar a Paula. Ésta lo miró agradecida durante un instante para, a continuación, lanzarse junto a su hermana pequeña.
- ¡María! – la examinó mientras la pequeña no dejaba de sonreír, completamente alucinada.
- Ha sido guay. ¿Podemos hacerlo otra vez?
Marcos cogió las gafas de Gregorio y miró a Luis. Éste se había aproximado al cuadro. Se dio la vuelta y miró a su colega.
- Tío… -
Marcos miró al punto al que señalaba "grande". La leyenda escrita en la que se les planteaba el desafío ahora incluía una frase más.

"Se os acaba el tiempo."
[Continuará]

viernes, 8 de octubre de 2010

Las Aventuras de los Goonboys – Misterio en la Buhardilla - Primera Parte

Gregorio era el único que a estas alturas del verano aún estaba blanco. No comprendía la afición de sus amigos por ir a la piscina y tomar el sol. Él prefería pasar las horas de más calor en casa con un buen libro entre las manos y un enorme vaso de limonada hecha por su abuela con los limones del jardín. Sin embargo ahí estaba, deslumbrando a todo el aforo de la piscina con su piel blanca blanquísima, casi radioactiva. Había venido a buscar a sus amigos.

- Pero Gregor, tú estás loco – Luís se limitaba a mirar a Gregor por debajo de las gafas de sol, sin moverse un ápice de su posición – No vamos a ir a la buhardilla de tus abuelos, ¡Tiene que ser un horno, con lo bien que se está aquí!

- Y además está llena de polvo y suciedad – matizó Paula - ¿Me echas crema Luis? Porfa

Luís se incorporó como un resorte, con una velocidad increíble. Tanto que habría sido igual de asombroso incluso si no le sobraran unos cuantos (por no decir muchos) kilos.

- Bueeeeno – Intentaba ocultar todo lo que podía la sonrisa tonta que se le había quedado después de lo que le había pedido Paula. Pero aunque ella pareció no darse cuenta, todos los demás miraban divertidos (y dándose codazos de complicidad) cómo un Luís cada vez más colorado, y no precisamente por el sol, cogía crema del bote y comenzaba a extenderla tímidamente sobre la espalda de Paula

- Venga tío, quítate esa camiseta y túmbate con nosotros – Marcos se acercó a Gregorio con aire confidente – Además, ves a esas tres de ahí, no dejan de mirar… te digo yo que hay tema

- ¡Buah que asco! – Protestó María, la hermana pequeña de Paula - ¡Que estoy delante y soy menor! ¿No tengo ya suficiente con tener que aguantar eso? - decía mientras señalaba cómo Luís masajeaba timidamente a su hermana

- Calla mocosa – Marcos acompañó sus palabras con un capón en la nuca de María – Si tienes alguna queja te vas con tus amigas del jardín de infancia…

- Te vas a enterar Marcos – Estaban bromeando, pero aún así en estas circunstancias María siempre era temible

- ¿Siiiii? ¿Qué vas a hacer? – Dijo Marcos tentando a la suerte

Tras fulminar a Luís con su mirada, María se levantó y se acercó directa hacía las tres chicas. Comentó algo con ellas, señaló a Marcos un par de veces y al minuto ya estaba de vuelta con una media sonrisa dedicada a Marcos. El cual veía, por bocazas, como las tres chicas que le gustaban recogían sus cosas y tras dedicarle una mirada de asco se alejaban hasta la otra punta de la piscina.

- Bueno, y eso tan importante que has encontrado en la buhardilla – Paula volvía a estar tumbada sobre la toalla, pero Luís parecía no haberse dado cuenta y seguía con el bote de crema en las manos ensimismado masajeando al aire - ¿No lo puedes traer aquí y todos contentos?

Gregorio simplemente negó con la cabeza. Todos conocían el gesto y sabían lo que significaba. No, no podía traer lo que fuera a la piscina y sí, se trataba de algo importante. Se había acabado el día de piscina.

Cuando entraron en la casa, los abuelos de Gregorio estaban a punto de salir para dar un paseo por la alameda

- ¡Qué alegría veros a todos juntos chicos! ¡Cómo habéis crecido desde el año pasado! – Matilde, la abuela se dispuso a dar dos besos a cada uno de ellos mientras el abuelo sonería sin terminar de saber muy bien quienes eran esos cuatro chiquillos que habían venido con su nieto - ¿No queréis unas galletillas, las acabo de hacer?

- Lo siento abuela, tenemos prisa - Y diciendo esto Gregorio agarró a María antes de que la abuela pudiera darle siquiera los dos besos y comenzaron a subir las escaleras a toda velocidad

- Pero… pero… ¿Y las galletillas? – preguntó con tristeza Luís – Otro día venimos a visitarla, Matilde, y a por las galletitas – Prometío mientras subía las escaleras apremiado por Gregorio.

Gregorio dio al interruptor y la tenue bombilla iluminó toda la buhardilla. Era baja, alargada, sin ventanas y como decía Paula, estaba llena de polvo. Pero lo que más impresionaba era la cantidad de cachivaches que la poblaban. Cuadros, arcones, caballetes, sillas, muebles viejos y una incontable variedad de misteriosos objetos ocultos bajos unas roídas telas blancas (quizás por eso eran misteriosos) para resguardarlos.

- La razón de traeros aquí es esta – Gregorio señaló algo enorme pero estrecho, que se encontraba tapado por una vieja sábana en una de las esquinas de la sala – No os lo vais a creer

- Ya veo porqué no lo podías llevar a la piscina… pero menos misterios y al grano – Marcos se adelantó para apartar la tela, pero Gregorio le paró - ¿Qué pasa ahora?

- Antes de mostraros lo que hay aquí abajo tengo que contaros todo - Gregorio se recolocó sus gafas y tras cerrar un instante los ojos y tomar aire siguió hablando - Esta mañana, mientras vosotros estabais a la piscina, estuve leyendo uno de los libros mi tatarabuelo. Encontré una historia que no conocía y que tuvo lugar más allá de la colina del loco, en la casona abandonada que hay antes al lado del lago. Según parece allí vivió cuando mi tatarabuelo era pequeño el Conde de Peña Alta. Todos en la región le conocían por su extraño sentido del humor y sus macabras bromas, hasta que una de ellas acabó con su vida.

Sometía a sus sirvientes a extraños juegos y diversiones, no siempre divertidas para ellos... También hacía fiestas para la nobleza en la que podía suceder cualquier cosa. Su extravagancia le llevo a estar siempre rodeado de ociosos nobles en busca de nuevas experiencias pero claro, también a ganarse una buena cantidad de enemigos. Sin duda uno de ellos fue el que acabó con su vida. Aún es un misterio como sucedió, pero el hecho es que después de una sus excéntricas fiestas de disfraces desapareció. Al principio todos creyeron que era una broma más de las suyas, pero la realidad es que nunca volvió a versele con vida. Meses después, en el lago de detrás de la casa, apareció un cuerpo totalmente descompuesto con el vestido que llevaba el Conde cuando desapareció y finalmente, tras esto, se le dio por muerto, si bien en el estado que se encontraba, el cuerpo podría haber pertenecido a cualquier otra persona.

Su enorme casa palacio quedó abandonada y pese a todas las leyendas que hay al respecto, a día de hoy, nadie sabe lo que en realidad sucedió. Según el libro de mi tatarabuelo algunos decían haber visto su espíritu vagar por la zona... otros aseguraban que incluso después de muerto no perdió su curioso sentido del humor y que aún sigue haciendo bromas y creando extraños juegos... En una anotación del libro de mi abuelo decía que había conseguido un cuadro suyo en una misteriosa subasta. Así que subí aquí arriba y lo busqué y tras revolver todo esto, lo encontré. Está aquí abajo.

- Una historia muy bonita Gregor - dijo Marcos mientras comenzaba a darse media vuelta - Pero la piscina nos espera y no veo que esto sea tan urgente...

- ¡Espera! - La voz de Gregorio sonó firme y convincente - Mira el cuadro y dime que no es urgente Marcos, ¡El Conde ha desaparecido!

Cuando Gregorio levantó la sábana todos pudieron ver el gigantesco cuadro. Se trataba del típico retrato idealizado que se mandan pintar los nobles presuntuosos. Dibujada, de fondo, estaba la enorme casa palacio del Conde de Peña Alta con el lago, pero en primer plano había algo que nadie se esperaba. En vez de la imagen del Conde lo que se veía era su silueta, como si alguien lo hubiera recortado del cuadro (podía verse el lienzo blanco y limpio), y escrito abajo con letra muy recargada y cuidada podía leerse:

¡Rápido! Tenéis sólo hasta la media noche para encontrarme 
 
[Continuará]

viernes, 1 de octubre de 2010

Evolución. Desenlace

Diario de Donald Summers. Dia 15 de cautiverio.

Sigue sin haber ningún contacto con aquellos que me han secuestrado. Los días se hacen interminables y mi única manera de pasar el tiempo es escribir. Tengo suficiente papel y lapiz para un par de meses, aunque empiezo a creer que mis secuestradores se quieren hacer ricos a mi costa con mis memorias.
Todavía no me han dado nada para comer. Empiezo a sentir mucha hambre. Las fuerzas me empiezan a flaquear, me resulta difícil incluso escribir. Esto me recuerda a la época que estuve enganchado al WOW, apenas comía (menos mal que el juego te recordaba cada cierto tiempo que tenías que comer algo).

....

Diario de Donald Summers. Dia 30 de cautiverio.

Hoy me han dado de comer por primera vez. Era una mezcla entre carne humana y algo que sabía a pollo, aderezado con algo que no pude reconocer. Estaba asqueroso. Por lo general no lo habría comido pero tenía demasiada hambre. En cualquier caso mi cuerpo no lo toleró y lo vomité.

....

Diario de Donald Summers. Dia 40 de cautiverio.

Llevan días dándome de comer el mismo plato. Los primeros días vomitaba la comida pero llevo algunos días sin hacerlo. Mi cuerpo empieza a tolerar lo que sea que meten que sabe a pollo.

....

Diario de Donald Summers. Dia 60 de cautiverio.

Durante estos días me he dado cuenta de algo: me usan de conejillo de india. Han ido reduciendo la cantidad de carne humana que meten en el plato de comida. No se si ha sido lo que metían en la comida o la propia necesidad de mi cuerpo a sobrevivir, pero noto que la necesidad de carne humana casi a desaparecido.

Diario de Donald Summers. Día 65 de cautiverio.

Ha sido una noche larga. Estaba durmiendo cuando una fuerte explosión me despertó.  Luego oí como si una panda de Uruth-Hai atacaran el sitio donde estaba encerrado. Escuché disparos, gritos y luego una fortísima explosión antes que se viniera abajo la sala donde estaba.
Me llevó toda la noche salir de la montaña de rocas bajo las que estaba sepultado. Arrastrándome por los recobecos que dejaban conseguí deslizarme hacia la puerta de la celda. El silencio contrastaba con el griterío y el ruido de disparos que había escuchado no se cuanto tiempo antes. Todo estaba oscuro. Subí por una escaleras, desplacé una piedras y entre en una gran sala. Era una especie de almacén. En él, debía haber como 100 cuerpos, entre humanos y zombies, todos muertos. Conté los que estaban enteros, además había por todas partes trozos de cuerpos incompletos, desmenbrados, debido, seguramente, a las múltiples explosiones.
El almacén debió ser un laboratorio. Había mesas, tubos de ensayos, ordenadores, bidones con todas clases de productos químicos, ahora vacíos. Las explosiones que escuché debieron ser provocadas por la inflamación de todos estos productos. En un lado había un enorme agujero en la pared. Por ahí debieron entrar los zombies.

Diario de Donald Summers. Dia 1 de libertad.

Un día nuevo comienza y una nueva vida empieza para mi. No se que clase de producto inventaron aquí, pero me han convertido en algo que no se lo que es. Ya no soy humano, ni soy zombie. Soy el primero de una nueva especie, más listo que los zombies, más fuerte que los humanos creo que se puede decir que mi evolución ha terminado.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Evolución. Tercera Parte.



Mi nombre es Donald Summers y agradezco que por fin me hayáis dado lápiz y papel. Si sois los mismos que me tendieron la emboscada y que me dejaron fuera de combate, intuyo que también tendréis mis cosas en vuestro poder, entre ellas mi diario. Supongo que al menos uno de vosotros sabe leer (y si no, ¿para qué demonios me disteis papel y lápiz?) así que imagino que habréis leído ya mi historia. Todo un clásico, por otra parte: el friki pajillero convertido en amenaza global zombi (aunque prefiero el calificativo “Señor de los No Muertos”, gracias)

Me gustaría apuntar, antes que nada, que yo no empecé todo esto, ¿vale? Es decir, sí. Cuando me vi convertido en zombi y con la capacidad de controlar a los demás a mi voluntad pues sí, es verdad que empecé a extenderlos como legiones y tal. Pero que conste que, en el fondo, no soy más que una víctima de todo esto. Me convirtieron en contra de mi voluntad, ¿vale?

Os lo hubiese gritado una y otra vez desde el momento en que desperté y vi que me habíais encerrado en esta celda acolchada. Pero, como habéis podido deducir, uno de los bocados que recibí en mi bautismo zombi fue a la altura de la garganta. Lo que queda de mis cuerdas vocales apenas si me permite emitir un triste gemido gutural.

Pero lo repito: no fui yo el que empezó toda esta movida. Insisto porque intuyo que aquella transmisión de radio era un cebo para vuestra trampa. “Ciudad Libre Zombi”. Ya, claro. Debí haberme olido que utilizaríais el mismo truco que usaba cuando lideraba mis legiones de no-muertos. El caso es que si sois una panda de rencorosos humanos, me puedo dar por muerto (perdonad el chiste fácil) Aunque quizá os sería más útil vivo. O mejor aun. Podéis aprovechar que aun no os he visto el careto a ninguno de vosotros y dejarme salir de aquí cuanto antes. A fin de cuentas, ahí afuera hay un buen montón de cadáveres ambulantes a los que podría controlar y enviar contra vos…

Espera un momento. Vale. Acabo de recordar que tenéis mi diario así que ya sabéis lo de la “hambruna zombi”. Lo de que mis antaño fieles hordas ahora son una marabunta sedienta de carne y a la que ya no controlo todo lo bien que debería. Concretamente, en el momento de captar vuestra transmisión, buscaba un refugio donde esconderme de las miraditas hambrientas que me lanzaban mis queridos “minions” putrefactos.

“Ciudad Libre Zombi”. La verdad es que os lo currasteis para llamar mi atención. Aunque entre la estática de la transmisión y la escasa vocalización del tipo que la entonaba, bien podría haber dicho cualquier otra cosa. Pero aquellas tres palabras si que se dejaron oír a la perfección. ¿Habría habido otros como yo? ¿Otros “elegidos” que hubiesen conservado su capacidad de razonar?

Iluso de mí. Debí empezar a olerme problemas en cuanto llegué a la frontera con Canadá. Las coordenadas que acompañaban al mensaje me llevaron hasta los muros de esa especie de fábrica en la que no sé si aun sigo. Siento haber empotrado el jeep contra la muralla de refuerzo que rodeaba vuestra fortaleza, pero no esperaba encontrarme con aquella estampida de búfalos zombis. De donde yo vengo, los animales zombificados habían sido la primera dieta sustitutiva de humanos. Lamentablemente, no duró mucho tiempo.

En fin, creo que incluso os debo dar las gracias. De no haber sido por esos gases verdes que soltasteis a través de la muralla hubiese acabado como pasto de esas malas bestias. Lo que me lleva a la siguiente cuestión…

Sea lo que sea esta “Ciudad Libre Zombi”, parece que me queréis con vida, ¿no? En tal caso sólo me resta esperar a que reaccionéis ante estas líneas. Aunque antes debo pediros que me alimentéis cuanto antes porque, de lo contrario, en poco tiempo no seré más que un montón de estiércol. ¿Por qué no os dejáis de movidas en plan “Saw” y me decís qué queréis de mí?
[Concluirá...]

lunes, 20 de septiembre de 2010

Evolución. Segunda Parte

Mi nombre es Donald Summers y los acontecimientos de los últimos días han cambiado mi vida para siempre. Estaba acostumbrado a liderar al imparable ejército de zombies. A sembrar el terror allá por dónde iba. A ser seguido por cientos de miles (¿Quizá millones?) de descerebrados. Y, lo más divertido para mí, devorar cuerpos humanos y sembrar la muerte y oscuridad en los cuerpos de los vivos, a ración de uno por día. Aunque últimamente la escasez de humanos está haciendo peligrar esto último y algo más.

Hace semanas que por mucho que rastreo con la radio no encuentro rastro de vida humana en las ondas. Los militares han dejado de utilizar la radio, quizás consientes de que escuchaba todos sus movimientos, quizás simplemente porque no queda ninguno vivo. Esos pocos que se creían salvadores de la humanidad y que comunicaban su posición para que los supervivientes acudieran a ellos también han apagado sus emisoras… y sus vidas ¡¿A quién se le ocurre indicar con pelos y señales donde se encuentran?! Todo parece indicar que la resistencia ahora forma parte de nuestras filas.

Únicamente se escuchan las letanías de cintas grabadas emitiendo, en todas las frecuencias civiles, mensajes que seguramente más que tranquilizar aterrorizaron a quien las escuchase. En ellas se decía que los centros fortificados de las ciudades no daban más de sí, y que no se podía asegurar en ellas la seguridad (y tanto que no se podía asegurar ¡menudas carnicerías!), que todos los ciudadanos debían alejarse lo más posible de los centros urbanos y esperar a ser rescatados (que esperen sí). La tele hace meses ya que no emite y aunque emitiese, las centrales eléctricas están apagadas o reventadas. Únicamente los molinos de viento y las centrales fotovoltaicas funcionan, pero no hay nadie para hacer que esta energía llegue a la red.

Al principio me entusiasmaba lo que hacía. Ser todo un líder, un dios sobre la faz de la tierra, un ser perfecto, era algo nuevo para mí. Conservaba toda la inteligencia y conocimientos del humano que fui pero conserbaba el ansia, la fuerza y la cabezonería de el zombie que era. Saber que sin mí el pequeño brote zombie no habría ido más allá de infectar la pequeña ciudad en la que vivía, que nunca habría llegado a convertirse en el apocapsis que ahora hace que los humanos estén en peligro de extinción… Pero ahora no estoy seguro de haber obrado bien. No porque me importe una mierda todos a los que he matado ni todo lo que he hecho, sino porque me aburro. No os equivoquéis, no me aburro porque no haya humanos con los que hablar. No echo de menos el trato humano, ni la comida de mamá, ni tan siquiera el ruidoso y familiar sonido de la ciudad de fondo… Pero la tele, la play, Internet… a esos sí que los echo de menos. A tanto ha llegado el tedio que he comenzado a escribir (con un rústico cuaderno y boli) mis crónicas, Evolución las he llamado, y son estas que no se si llegará alguien o algo a leer alguna vez.

Me hubiera gustado encontrarme con un Flagstaff de la vida, un héroe como el de zombieland, que me pusiera las cosas más difíciles, un reto, pero no ha sido así. Todo ha sido demasiado fácil. Las ciudades, los países, los continentes han ido caído uno tras otro, sin encontrar resistencia alguna. En la realidad no ha sucedido como en las pelis de zombies. La gente no se ayuda, no se protegen los unos a los otros. Simplemente huyen, no piensan, intentan sobrevivir a costa de lo que y de quién sea. De echo no se comportan de manera más inteligente que mis infinitas hordas… No digo más que casi no he tenido que recurrir mis conocimientos en la materia para conquistar el mundo.

El caso es que ha pasado varios meses y además del aburrimiento, ahora me encuentro un gran problema con el que no había contado. Lo hemos hecho tan bien, hemos aniquilado y convertido para nuestro ejército a tanta gente que los humanos escasean. Son un bien extremadamente escaso y tenemos hambre. Hambre de humanos porque, por alguna extraña razón, comer animales no nos atrae lo más mínimo. Las peleas empiezan a ser generalizadas dentro de mi inalcanzable séquito y el canibalismo comienza a ser una rutina. Creo que hemos llegado a lo que los economistas conocían como morir de éxito.

Temo ser devorado por mis hambrientos seguidores, ni los no muertos ni los vivos estamos ya a salvo. Soy muy consciente de ello y por eso ayer, a hurtadillas, tras dar unas órdenes incoherentes huí de mi propio ejército. Dudo que se den cuenta de lo que he hecho pero aún así me he asegurado unos cuantos días de ventaja. Tenía que hacerlo.

Hace apenas un rato, mientras repasaba mis notas volví a encender la radio. Rutinariamente, como cada anochecer, recorría el dial buscando algo que no fuera estática o los repetitivos mensajes obsoletos. No esperaba encontrar nada. Por eso, al captar la inesperada señal me estremecí como no lo hacía desde mi conversión. Excitado comienzé a mover la antena, buscando una mejor recepción, hasta que las palabras se vuelvieron inteligibles. El mensaje era claro. No puede ser, me dije a mi mismo primero en voz baja ¡No puede ser! repetí voz en grito rompiendo la paz de este mundo silencioso

[Continuará...]

martes, 14 de septiembre de 2010

EVOLUCION. PARTE 1.


Mi nombre es Donald Summers, y los acontecimientos de los últimos días, han cambiado mi vida para siempre. Estaba acostumbrado a vivir solo en mi apartamento. Mi casa estaba llena de comics, libros de rol, películas fantásticas, y como no, revistas y videos porno, enseres básicos si perteneces a mi grupo. Lo importante es que no solía salir de casa para nada, podían pasar días, semanas, meses, y lo más divertido para mi, era sin duda descargar el siguiente capítulo de mi serie favorita, a ración de una por día de la semana, jugar al Deep Space, un maravilloso juego de zombis en una nave espacial, y crear partidas de rol online.

Entre todo esto, y que vivo en un bajo sin ventanas, dentro de un patio interior, es normal que no me enterada de nada, hasta que fue demasiado tarde. Hace ya un mes. Ahora sin embargo me he convertido en un líder, tengo un ejército a mis órdenes, que siguen cualquier mandato sin rechistar, la gente normal, sale huyendo cuando me ven a mí y a los míos por la calle, y todo gracias a una visita inesperada de mi ex novia.

Lucia, así se llamaba ella, y si alguna vez le guarde rencor, ha quedado redimida por completo, aunque claro, el susto inicial fue de cojones. Estaba tan tranquilo matando zombis alienígenas cuando escuche que golpeaban la puerta. No tenía ganas de hablar con nadie, pero desde luego eran insistentes, eso, y que no se habían percatado del timbre que hay a la izquierda. Así que al final no me quedo más remedio que acercarme y abrir. Era Lucia, le acompañaban Teresa, Julia, y María, o más vulgarmente conocidas, como las tres arpías que tenia por amigas.

Me odiaban, yo no podía hacer lo mismo, porque estaban buenísimas, bueno, en ese momento habían perdido gran parte de su atractivo. A Teresa le faltaba un ojo, Julia tenía un brazo menos, María tenía un boquete en el estomago desde el que podía ver el exterior, y Lucia, bueno, le habían arrancado el corazón. Las cuatro se abalanzaron sobre mí, aprovechando que me había quedado de piedra ante tal atrocidad. En cualquier otra situación, esto hubiera sido un autentico sueño, pero cuando el primer mordisco me arranco la yugular de cuajo, hacedme caso, no fue nada divertido. Eso sí, puedo decir con orgullo, que me devoraron cuatro mujeres, y no sé porque, ahora me resulta hasta excitante.

El caso es que ha pasado un mes, y gracias a mis conocimientos sobre la materia, puedo decir que soy un zombi, pero no uno cualquiera, he visto cientos de películas, desde George Romero, a veintiocho días. En todas ellas, ya sea por infección, por arte de magia, o porque pasa y punto, los zombis se comportan de una manera irracional, no tienen la capacidad para desarrollar capacidades básicas de movimiento porque sus músculos están muertos, no pueden hablar, y son solo trozos de carne andante que buscan comida. Hasta mi nacimiento. No se cual es el motivo, ni la razón, pero he conservado todas y cada una de mis habilidades de cuando estaba vivo, ellos se han dado cuenta, y me siguen ciegamente, soy como el cerebro que les dice como tienen que hacer las cosas.

Soy igual que un ser vivo, bueno, quitando que me falta un trozo de carne en el cuello, medio muslo de la pierna izquierda, y llevo lo que queda de mis tripas colgando, pero si quitáramos todo eso, y mi apetito insaciable por la carne humana, nadie notaria la diferencia. Me he convertido en lo que se catalogaría como un Señor de los zombis. Y queridos seres vivos, tened algo claro. Soy un friki con un ejército imparable a sus pies, y a punto de conseguir el mayor de sus deseos. Dominar el mundo, o mejor dicho, comermelo.

Continuara....

viernes, 3 de septiembre de 2010

El Peor Trabajo del Mundo. Conclusión



Las siete en punto. El insistente “bleep” del despertador resonó un par de veces hasta que de un manotazo, Rubens lo silenció. Se incorporó, somnoliento y sonriente: la luz del amanecer se filtraba por las rendijas de la ventana. Un nuevo día. Rubens miró entonces a su lado, donde reposaba Rebeca. Sonrió y dejó caer un tierno beso en su mejilla. Ella, entre sueños, murmuró algo parecido a “que tengas un buen día, cielo…” y volvió a dormirse con una sonrisa.

Rubens se enfundó en su traje negro de oficina y, engullendo a toda prisa su café y un bollo de leche, se dispuso a salir, no sin antes hacer una parada ante el dormitorio de Jeremy. El crío dormitaba a pierna suelta, bajo la mirada de sus posters de películas y de grupos de rock.

Terminando de ponerse la chaqueta, Rubens atravesó el pasillo de su pequeña casa. Se detuvo un instante ante la puerta principal y se dio cuenta de que se le olvidaba algo. Algo crucial. Volvió sobre sus pasos y regresó al salón. Con prisas pero no sin cariño, Rubens dejó caer un poco de comida para peces sobre la pecera mientras sus dos ocupantes, El Doctor y Rose nadaban algo hambrientos.

- Casi olvido vuestro desayuno, chicos. – Rubens espolvoreaba la comida mientras los dos pececillos nadaban entre la pequeña cabina de teléfonos azul que formaba parte de la decoración de la pecera. – No os metáis en líos, ¿vale?

Menos de dos minutos después, Rubens salía con su coche del garaje. Mientras maniobraba, pudo ver el pequeño montículo bajo el árbol del jardín: el último lecho de Mr. Whisker. Rubens sonrió. Aquello le recordó que ya no tenía que preocuparse por dejar la pecera sin cerrar. Era una de las ventajas de que Mr. Whisker hubiese tenido ese terrible accidente.

La otra, por supuesto, era que sin él, ya no quedaba nadie capaz de notar que bajo la piel de Rubens Goodwin se encontraba realmente otra persona. Bueno, eso no era del todo correcto. Lo cierto es que todos notaron el cambio. Rebeca, la que más. Pasó de estar a base de calmantes y a un paso del divorcio a volver a disfrutar de un marido aparentemente normal. Decía que aquellas horribles acuarelas de paisajes marítimos que a Rubens le había dado por pintar eran – y cito textualmente - “las tolerables aunque feísimas secuelas” que aun quedaban tras el accidente.

Por lo demás, Rubens había dejado de hablar a solas. Había vuelto a su trabajo de teleoperador y, desde entonces (hacía ya tres años), todo había vuelto a ir bien para los Goodwin.

Salvo, como ya he dicho, por el pequeño detalle sin importancia de que Rubens Goodwin era, en realidad, John.

Pasaban de las siete y media y, en cualquier otra circunstancia, John habría llegado tarde. Sin embargo esa mañana el tráfico era inexistente. A John le daba igual. Estaba tan concentrado escuchando uno de los CDs de música que no pensaba en nada. Disfrutaba de cada uno de esos detalles que nunca había apreciado. En su anterior trabajo nunca había tenido que conducir. Y esa sensación le gustaba. Le gustaban en especial los atascos: ¡el sonido del claxon! ¡de los intercambios de insultos! Dios… ¡había tanta vida en los atascos!

Dejando atrás la desolada avenida principal, John aparcó su modesto utilitario bajo la sombra del enorme rascacielos en el que trabajaba. Sobre la plaza de parking podía leerse “GOODWIN, R. – Jefe de Personal”. Antes de bajar, John la miró por unos segundos y sonrió de nuevo al verse reflejado en el espejo retrovisor. Negó con la cabeza mientras recordaba cómo hablaba el auténtico Rubens Goodwin de su trabajo. Él, sin embargo, había sabido verle el lado bueno. Quizá porque el trabajo de John (y el de su padre, y el de su abuelo, y el de su bisabuelo…) había sido un trabajo especialmente silencioso. Normalmente lo único que escuchaban eran las súplicas de los moribundos… cuando aun podían hablar, claro. En muchas ocasiones, su único trabajo era llevar a las almas dormidas hasta su destino.

Pero ¿teleoperador? Era un trabajo demencialmente ruidoso. El ensordecedor y constante zumbido de los teléfonos; las docenas de voces de los otros operadores hablando al mismo tiempo; los gritos al otro lado de la línea… ¡todo ese maravilloso ruido era vida! ¡Vida en estado puro!

Y por eso John adoraba ir a trabajar. Adoraba cada minuto que pasaba allí. De hecho, empezó a hacer horas extras. Y así, poco a poco, fue escalando puestos. Ahora que era jefe de personal ya no tenía porqué ponerse al teléfono. Pero de vez en cuando, lo hacía. Por puro y sencillo placer.

John bajó del coche pensando que cambiar papeles con Rubens Goodwin había sido lo mejor que había hecho en su vida.

- Espero que a él también le haya ido bien.

Y habiendo dicho eso en voz alta, John se acercó a las puertas del edificio. Y fue en ese momento en el que fue totalmente consciente de que algo muy extraño estaba pasando. Tras el mostrador no había nadie. Ni Louis, ni Michael ni Linda… Nadie.

Los ascensores no funcionaban así que John tomó las escaleras. Antes de llegar al cuarto piso, comprobó que en ninguna de las plantas anteriores había nadie. Ni un alma. Llamó en voz alta a algunos de sus compañeros. Nadie contestó.

Al entrar en su despacho, John sintió un escalofrío desagradable. No había sentido nada parecido desde que…

- Desde que retorciste el cuello de Mr. Whisker.
La voz a su espalda era profunda y gutural. Pero aun así, John pudo reconocer aquel timbre frío, como de lápida contra lápida. John se dio la vuelta.
- Estuve allí cuando el pobre murió… Aunque claro, tu no pudiste verme, John.

- Rubens… - John tragó saliva – Cuanto tiempo…
Rubens estaba ahí, bajo el umbral de su despacho. Tenía el mismo aspecto demacrado que había lucido John en su momento. La misma túnica. La misma guadaña. Sin embargo había algo… Algo distinto.
Mientras John temblaba, enfundado en el traje (y el cuerpo) de su antiguo “colega”; Rubens recorrió con la mirada el despacho.

- Veo que has prosperado siendo yo…
- Rubens… Si has venido a por mí… - John trató de mantener algo de firmeza. ¿Así era como se habían sentido todos sus clientes?
- No, John… - Rubens esbozó lo que para una Parca debería ser una sonrisa tranquilizadora – No he venido por eso… He venido para darte un regalo, como agradecimiento.

John se quedó de piedra.

- ¿A-agradecimiento? ¿Por…?
- Por el intercambio. – Rubens miró otra vez el despacho – Te ha ido bien. Has promocionado. Y bueno… - de nuevo aquel burdo sucedáneo de sonrisa – Yo también he subido algunos escalafones.

De repente, un terrible sonido (como el de un millar de trompetas disonantes) hizo temblar hasta los cimientos del edificio. John tuvo que taparse los oídos mientras los cristales de la ventana se hacían añicos.

- Vaya… - Rubens miró fugazmente por la ventana – Debo irme. No quiero que empiecen sin mi. – Caminó hasta la puerta y le dedicó una última sonrisa a John. – Saluda a Rebeca y a Jeremy de mi parte.
- Es… ¡Espera! – John trató de acercarse pero sus piernas no respondían – Mencionaste un regalo…

Rubens lo miró y, esta vez sin sonrisa, se limitó a dejar caer las frases como losas de sepulcro.

- Ya lo has visto esta mañana. Rebeca. Jeremy. El Doctor y Rose. Tanto ellos como tú tenéis inmunidad diplomática.
- ¿Inmunidad…? ¿Ante qué…?

Rubens no contestó. Ni falta que hizo. Desde allí arriba, John pudo escuchar el estremecedor relincho de cuatro caballos. No necesitó mirar por el destrozado ventanal para comprender quienes eran los nuevos compañeros de trabajo de Rubens.

Como teleoperador, John había prosperado. Pero Rubens había llegado mucho más arriba en su nuevo trabajo. Un trabajo que, a fin de cuentas no solamente había sido el peor del mundo. También iba a ser el último.