miércoles, 22 de junio de 2011

Hogar, Dulce Hogar. Indice

Es un piso estupendo, ya lo veréis. Los dueños lo reformaron hace apenas un par de años, pusieron vitrocerámica, acuchillaron el suelo, renovaron el baño… La verdad es que lo dejaron maravilloso. Una faena que ahora se tengan que ir, cosas del trabajo, os podéis imaginar… Un día estás tan contento con tu vida y de repente te destinan a diez mil kilómetros de distancia, y no hay más que hablar. No están las cosas como para andarse con remilgos. Y allí que se fueron, casi de la noche a la mañana. Y ella embarazada, ¡fíjate! Ahora lejos de su familia, sus amigos… Pero bueno, a vosotros lo que os interesa es el piso, ¿no?


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viernes, 17 de junio de 2011

Hogar, Dulce Hogar - Conclusión






- Es una mercancia estupenda, ya lo verás. Me he encargado de falsear todos los papeles, cambio de nombre, los datos legales, partida de nacimiento... La verdad es que la he dejado "limpia". A sus padres no les gusta la idea de deshacerse de ella, cosas de la necesidad, ya te puedes imaginar... Un día vives en la zona más hermosa de los Balcanes y de repente estalla una guerra, y no hay más que hablar. No están las cosas allí como para andarse con remilgos. Y aquí que vinieron, casi de la noche a la mañana. Y ella embarazada, ¡fíjate! Ahora, con la edad, sin seguridad social... Pero bueno, a ti lo que te interesa es la mercancia, ¿no? ¡Pues la chica es una delicia! De lo más dócil y obediente. Tiene una edad ideal, ya lo verás, perfecta para unos clientes como los tuyos. Y con lo desesperados que están os la dejan por un precio tirado. ¡Y sin hacer preguntas! Estoy seguro de que te va a encantar. Eso si, te advierto que tengo ya varios interesados y estoy seguro de que no tardarán en quitármela de las manos, asi que te recomiendo que te decidas cuanto antes. Un chollo así no se encuentra todos los días. Ven, está por aquí. A ver donde anda... ¡Ah! Aquí está. ¡Te va a encantar, ya verás!

Las palabras brotaban de su garganta sin control ni sentimiento alguno, como el texto de un actor que ha repetido el mismo papel cientos de veces. Su voz era ronca y dura y, en aquel momento, Cristina no podía saber que aquel extraño idioma era un dialeco servo-bosnio. Jazmin se acercó lentamente a la niña que jugueteaba con sus muñecas en el centro de aquel salón. Cristina, aun desde la entrada, miró por un segundo el espejo y vio su reflejo. Al otro lado, la miraba atónito un hombre de mediana edad, rubio, corpulento y vestido con una cazadora de cuero negra. Una cicatriz en forma de "Y" surcaba su mejilla izquierda y Cristina alzó la mano para acariciarla. El hombre del espejo, aun con la mirada atónita, hizo lo mismo.

Antes de que Cristina pudiese reaccionar, el individuo pareció recuperar el control de sus movimientos y, dejando a Jazmin junto a la pequeña, sacó una llave del bolsillo de su cazadora. La colocó sobre la pequeña mesa para el café, a pocos centímetros del sofá en el que reposaba otro sujeto. Debía tener unos cuarenta y pocos años aunque la expresión taciturna era la misma que Cristina había visto en el pasaporte. De nuevo, la boca de Cristina pronunció unas palabras que nunca fueron suyas:

- Aquí tienes lo acordado... Enhorabuena: ya sois propietarios.

El hombre se limitó a mirar de soslayo la llave y como única respuesta volvió a posar su desolada mirada en la inmensidad de un viejo televisor apagado. Cristina, a través de los ojos de aquel hombre cuya piel habitaba, vio que había otra persona más. Estaba en el balcón, sosteniendo un cigarrillo en su temblorosa mano. Era una mujer rubia, quizá cinco o seis años menor que el hombre del sofá. Sus ojos estaban manchados por el maquillaje húmedo. Era la viva estampa de quien no quiere estar en la misma habitación donde se está cometiendo un crimen atroz. Pero no haría nada por evitarlo. Nadie podía hacer nada para evitarlo.

- Vale, Drayän.- la voz de Jazmin la hizo reaccionar. O quizá le había hecho reaccionar a él en su momento. Cristina no era dueña de las acciones de aquel hombre. Tan solo podía ser testigo de cuanto ocurría. - Me la quedo. Habla con Andrej para el tema del dinero... - Jazmin volvió la vista abajo y se dirigió en tono entrañable a la pequeña que la tomaba de la mano, dócil como un cordero camino del matadero - ¿Quieres que la tía Jazmin te compre un helado, princesa?

La niña, que no dejaba de mirar a Drayän, asintió mientras sonreía. Parecía reconocer algo en aquel proxeneta: algo tremendamente familiar. Cristina lo supo. Lo recordó en aquel momento. Cristina pensó que aquel era el momento para cambiar las cosas. Bastaba con que alguien advirtiese a aquella niña. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras trataba de gritar con todas sus fuerzas. Quería contarle a esa niña todo lo que le ocurriría una vez traspasara ese umbral. Los días fríos, sucios, eternos. Y las noches. Las noches infinitas de dolor y lamentos. Quería advertirle de que aquel principe azúl aficionado al golf la sacaría de un infierno para llevarla a otro peor. Avisarla de que tendría que luchar por la custodia de su hija ante un tribunal al que solo parecía importarle sus antecedentes de prostitución. Cristina intentó gritar, correr hacia ella... Pero aquellas piernas, aquel cuerpo, no eran suyos.

La puerta se cerró tras Jazmin y la pequeña. Derrotada y exhausta, Cristina cayó sobre sus rodillas. Y esta vez sintió el dolor al golpear el suelo reformado del apartamento. La noche había caído y en la soledad de aquel lugar solo se escuchaban sus sollozos. "El pasado no puede cambiarse, pero puede olvidarse". Aquel viejo probervio serbio había sido una de las cosas que Cristina había conseguido olvidar. Como su auténtico nombre. Como su auténtico hogar.

jueves, 16 de junio de 2011

Hogar, Dulce Hogar - Parte 3

“¿Pero qué diablos te pasa? Ya estás aquí, ¿no? ¡Ahora no puedes echarte atrás!” En realidad sí que podía. Ya era la tercera vez que se debatía como una gata enjaulada en el portal de aquella maldita casa, entrando y saliendo, saliendo y entrando compulsivamente, con los nervios a flor de piel. Apenas había dormido desde entonces. No volvió a ver a los dos ancianos tras el segundo encuentro en su apartamento, pero imágenes distorsionadas y confusas se le aparecían en sueños. No era capaz de recordarlas y sin embargo le dejaban una pegajosa sensación de suciedad e inquietud. Si por ella fuera no volvería a ese lugar ni loca. Pero no podía permitirse perder su trabajo. No después de todo lo que había luchado por salir del agujero. No después de haber conseguido huir de ese jodido bastardo. No después de estar tan cerca de recuperar la custodia de su hija. Y un par de viejos no iban a echarlo a perder, por muy asustada que estuviera. ¿De qué coño tenía miedo? Además, la “traductora” aparecería en cualquier momento. No, esta vez no había marcha atrás. Hora de ser valiente… Una vez más.

Introdujo la llave en la cerradura con muchísima menos confianza que dos semanas atrás y abrió la puerta lentamente mientras luchaba por expulsar de su mente todas las películas de fantasmas y espíritus que había visto. “Esta es la vida real, nena. Déjate de tonterías. De alguna manera consiguieron una llave de tu casa. Eso es todo.” Pero por mucho que se lo repitiera no parecía más convincente. Quizás por eso estaba temblando. “¿Hola? ¿Hay alguien ahí?”… Silencio. “¡Claro! ¿Qué esperabas? Imbécil…” Muy despacio, de puntillas, casi sin atreverse a respirar, recorrió el pasillo que atravesaba la casa. No había nadie. Sintió una desconcertante mezcla de alivio y decepción. Tendría que pasar al plan B.

Las pertenencias de los anteriores inquilinos seguían desperdigadas por la casa. Había intentado en vano contactar con ellos por todos los medios pero todo parecía indicar que habían salido de forma precipitada y que no dejaron teléfono ni dirección de contancto. Y de "aparecidos" menos aún. No tenían nada en la inmobiliaria. Tampoco había tenido suerte al buscar información en el registro. No había encontrado ningún propietario extranjero y mucho menos del este. Así que su única esperanza residía en registrar la casa. No estaba segura de lo que buscaba pero sospechaba que lo sabría en cuanto se topara con ello. Una extraña sensación de inevitabilidad comenzaba a perturbarla. Como si una poderosa fuerza invisible la empujara inexorable hacia un oscuro destino. ¡Se estaba volviendo loca! Estaba a punto de darse la vuelta para salir corriendo cuando la vio. Una caja de madera, algo más grande que una de zapatos, que desentonaba del resto de embalajes en el altillo de un armario. Volvió a temblar mientras sus manos se acercaban a la caja en contra de su voluntad.

Era una caja vieja. Parecía hecha a mano y un pequeño cerrojo la mantenía cerrada. La contempló durante largo rato hipnotizada, como esperando que le contara sus secretos. Por fin fue a la cocina a por un cuchillo. El candado parecía demasiado difícil así que se decidió por los goznes. Tras unos minutos de desesperada lucha consiguió forzar la tapa. Dentro halló tres pasaportes, un cuaderno, un sobre de una tienda de fotos y una cámara algo antigua. Primero cogió los pasaportes. La sensación de caída se hacía cada vez más intensa. ¡Eran de Yugoslavia! No podía entender lo que estaba escrito pero creyó reconocer la severa mirada del señor de la foto. Sin duda alguna era el viejo. La mujer rubia de rostro triste debía de ser la anciana. Y la otra… una preciosa niña rubicunda de ojos claros sonreía a la cámara. Un sudor frío le recorrió la espalda mientras descartaba el cuaderno y cogía el sobre. La bilis se le subió a la garganta mientras pasaba las fotos. Muchas estaban desenfocadas ó demasiado oscuras pero en algunas se podía ver claramente… ¡De pronto sonó el timbre! La caja y su contenido cayeron al suelo mientras ahogaba un grito. El timbre volvió a sonar. Sin saber por qué fue hacia la puerta, el cuchillo en una mano. Con cada paso su mente recorría las imágenes borrosas de chicas semidesnudas en la calle. Algunas de color pero la mayoría con rasgos balcánicos. Cada vez más cerca de la puerta las veía asomarse a las ventanillas de los coches, esperar en esquinas mugrientas ó hablar con hombres de aspecto desagradable. Resistió las ganas de vomitar, ocultó el cuchillo tras la espalda y abrió la puerta.

Tuvo que soltar el cuchillo para agarrarse al marco de la puerta y no caer. ¡No podía ser cierto! Recordaba vagamente la llamada telefónica aunque no haber tomado la decisión, como si todo hubiera sido un sueño. ¿Qué estaba pasando? Una escultural rubia, de tez blanca y arrebatadores ojos azules, que se cubría con un llamativo abrigo de terciopelo rojo, la miraba desde unos vertiginosos tacones de aguja. “Hola cariño. Soy Jazmín. Tenemos una cita. ¿Puedo pasar o vas a querer empezar aquí, en el pasillo?”

jueves, 2 de junio de 2011

Javi. Indice

Espero me perdonen la redundancia pero yo de pequeño era muy pequeño, menudo... Y a menudo eso me suponía un enorme problema. El mundo puede ser un lugar cruel e inhóspito pero no hay nada más despiadado que un grupo de niños con una víctima en el punto de mira. Enclenque, esmirriao, canijo, ratita, renacuajo, gusano, chiguagua, bacteria, enano, pigmeo, gorgojo, garrapata, liliputiense, tapón, escupitajo, microbio eran algunos de los piropos que me lanzaban mis compañeros durante mi tierna infancia... 


viernes, 27 de mayo de 2011

Hogar, Dulce Hogar - Segunda Parte

- Lo siento mucho de verdad- decía la agente inmobiliario mientras empujaba a los posibles compradores hacia la salida. -Arreglaré esto y les volveré a llamar, estas cosas pasan saben ustedes. El piso es estupendo, cuando lo puedan ver entero quedarán encantados, no querrán ver otro-, continuó hablando rápido sin dejar a los futuros inquilinos ni decir ni una palabra. Cuando los tuvo fuera se despidió y cerró la puerta.

Se dió media vuelta y enfadada volvió al salón. -¿¡Pero quienes son ustedes!?-, vociferó. El hombre, impasible, seguía fumando su pipa observando a la agitada mujer. Volvió a decir algo, en ese idioma que la chica no entendía. -¿¡Pero que dices viejo!?, ¡como no salgan ahora mismo de aquí llamaré a la policia!-. Entonces la agente se dió cuenta que la mujer mayor no estaba.

La encontró en la cocina haciendose un té. -¡Esto es el colmo!, ¿¡quien le ha dado permiso!?, ¿se cree que está en su casa?-. La vieja la miraba pero los gritos de la mujer no parecían afectarle, en seguida ponía de nuevo toda su atención en la tetera donde estaba calentando el agua.

-Bien, ustedes lo han querido. Llamaré a la policia y ellos les sacarán de aquí-, decía la agente inmobiliario, mientras sacaba su teléfono móvil. -Si, ¿policia?, al habla Cristina Blas, de la agencia inmobiliaria donpiso. Si, hay unos okupas en una de las casa que vendemos. ¿Qué cuantos son?. Dos. ¿Edad?, pues unos 50. Si cada, uno. No, no es coña. ¿Que como son?, pues no se, un momento.-. Cristina se dirigió al salón para volver a echar un vistazos a los okupas, pero estos no estaban. -Un momento, no cuelgue- dijo a la agente. Rebuscó por toda la casa, pero no estaban.



Ya era de noche cuando Cristina Blas llegó a su casa. Estaba cansada. Había sido un día raro. Un agente imobiliario ve muchas cosas raras por su trabajo pero lo de hoy se había llevaba la palma. Solo tenía ganas de un buen baño y eso hizo.

Tras el baño se dió cuenta que alguien habia encendido la luz del salón. Ella no había sido, estaba segura. En albornoz, cogió uno de los palos de golf que su exmarido se había dejado allí y se dirigió lentamente hacia la sala. No se escuchaba nada y la puerta estaba entornada. Abrió lentamente la puerta y mientras levantaba velozmente el hierro 3 entró con fuerza.

Cristina no daba credito a lo que veían su ojos. Las dos personas mayores que había visto por la mañana en el apartamento en venta estaban sentados en su sofá. Cristina no pudo evitar soltar, -¿¡otra vez ustedes!?, ¿¡pero como han entrado en mi casa!?, de hecho, ¿¡como saben que vivo aqui!?.-

El hombre fue el que se levantó primero y ayudó a la mujer a levantarse. Se acercaron a Cristina. Esta dió unos pasos atrás, echándose a un lado y volvió a levantar su “arma”. El hombre y la mujer se acercaron a la puerta del salón. Antes de salir, el hombre sacó algo de un pequeño bolsillo de su chaqueta y lo dejó en una pequeña mesa. Entonces salieron. Cristina se acercó a la mesilla, era una llave. Ella ya había visto esa llave, pensó. Entonces volvió a recordar a los viejos. Salió del salón, pero ya no había nadie. Se habían ido, sin ruido.

Volvió a la mesa y cogió la llave. Era pequeña, vieja y estaba llena de polvo. Rápidamente volvió a su cuarto y buscó el bolso que había llevado hoy. Lo vació en la cama. Había muchos manojos de llave, rebuscó entre ellos hasta que encontró el que buscaba. Puso una al lado de otra. Era la llave del apartamento que había enseñado hoy, concretamente la llave del trastero. Pero ella tenía la suya, la única copia. Entonces, ¿de donde había salido esta?, se preguntó.

[continuará]

miércoles, 18 de mayo de 2011

HOGAR, DULCE HOGAR - Parte 1


- Es un piso estupendo, ya lo veréis. Los dueños lo reformaron hace apenas un par de años, pusieron vitrocerámica, acuchillaron el suelo, renovaron el baño… La verdad es que lo dejaron maravilloso. Una faena que ahora se tengan que ir, cosas del trabajo, os podéis imaginar… Un día estás tan contento con tu vida y de repente te destinan a diez mil kilómetros de distancia, y no hay más que hablar. No están las cosas como para andarse con remilgos. Y allí que se fueron, casi de la noche a la mañana. Y ella embarazada, ¡fíjate! Ahora lejos de su familia, sus amigos… Pero bueno, a vosotros lo que os interesa es el piso, ¿no? ¡Pues el piso es una delicia! De lo más cuco y apañado. Tiene un tamaño ideal, ya lo veréis, perfecto para una pareja joven como vosotros. Y con las prisas lo han dejado a un precio irrisorio. ¡Y completamente amueblado! Estoy segura de que os va a encantar. Eso sí, os advierto que tengo ya varios interesados y estoy segura de que no tardarán en quitármelo de las manos, así que os recomiendo que no os demoréis mucho en la decisión. Un chollo así no se encuentra todos los días. Venid, es por aquí. A ver donde tengo las llaves… Mmm… ¡Ah! Aquí están. ¡Os va a encantar, ya veréis!

La frenética mujer introdujo la llave en la cerradura, giró dos veces y empujó. La puerta se abrió con un suave chirrido. Entraron al recibidor, una pequeña estancia apenas decorada con una alfombra marrón a rayas y un espejo de pared.

- Uy, no recordaba yo este espejo aquí. Lo cierto es que sois los primeros en visitar el piso, y sólo estuve aquí una vez, hace una semana, justo antes de que los dueños se fuesen. Con las prisas lo mismo ni me fijé, pero es raro, porque siempre me fijo en todo, soy muy observadora. No importa, pasemos al salón, seguidme.

Abrió la puerta semiacristalada que daba a la estancia principal. La joven pareja entró tras la vendedora. Una luz cegadora entraba desde el ventanal que había justo en frente; tardaron unos segundos en acostumbrar la vista a aquella claridad, y cuando al fin consiguieron quitarse la neblina de los ojos, lo que se introdujo en sus retinas no se asemejaba a nada que hubiese podido siquiera imaginar ninguno de los tres.

Aquel salón era amplio, sí, tal y como la veterana comercial recordaba, y tal como había descrito a los posibles futuros compradores. El sofá estaba en su sitio, pegado a la pared y frente al mueble de la televisión. La pequeña mesa auxiliar, las dos estanterías vacías, hasta los tres pequeños cuadros que adornaban la blanca pared frontal. Los muebles y su disposición no habían variado un ápice, pero lo que dejó a los recién llegados atónitos, boquiabiertos y totalmente petrificados fue la presencia de aquellos dos individuos que, sentados en el sofá, les miraban fijamente. Una pareja de unos cincuenta y pico años, canosos los dos, ella delgada y esbelta, él algo más entrado en carnes, con un poblado bigote bajo el cual colgaba una pipa, delicadamente sostenida por unos finos labios. No parecieron inmutarse demasiado ante la llegada del trío invasor, aunque sí lo observaban con gesto hosco.

- ¿Qué hacen ustedes aquí? -Acertó a decir finalmente la trabajadora de la inmobiliaria, con más miedo que autoridad-.

El hombre pronunció sosegadamente unas palabras totalmente ininteligibles para ellos, parecía el idioma de algún país de Europa del este, pero no podían identificarlo. Estaba claro que aquellos no eran los dueños del piso, lo que no lo estaba ni por asomo era cómo habían entrado, qué hacían allí…

martes, 10 de mayo de 2011

JAVI - Conclusión



Mi vida en la universidad no era mucho más social de lo que lo había sido en el colegio o el instituto. No es que no tuviera amigos, alguno había, por supuesto, pero si bien ya no era aquel esmirriao del colegio, con el paso de los años y mi espléndido estirón tampoco puedo decir que me hubiese convertido en el rey del mambo. Más bien afirmaría que por aquel entonces lo que descubrí fui la indiferencia. Ya no se fijaban en mí, ni siquiera para insultarme. “Bueno, algo hemos ganado”, pensé.

Sin embargo, aquél día en que bajé a la calle lleno de rabia y frustración algo se movió en el universo. “Creo que esto es vuestro…” es todo lo que me atreví a decir, entregando el balón con manos rígidas a la par que temblorosas. Alguien se adelantó y me lo arrebató de inmediato, pero no sufrí ningún tipo de burla, intimidación o amenaza, como mi experiencia decía que sucedería. Nada. Apenas me miraron de arriba a abajo, al principio extrañados, luego indiferentes, como todos, para finalmente dar media vuelta y seguir con sus botes y canastas. Aquello me bajó los humos por completo y por un momento me vi allí plantado, sin saber muy bien a qué había ido y sin la menor intención de moverme. De repente me sobrevino un impulso totalmente sorpresivo y grité:

– Ey! ¿Aceptáis uno más?

Los tipos tatuados se volvieron, parecían confiar tan poco en mí como yo en ellos. Aún así decidieron romper las reglas, como yo, y el que tenía el balón en aquel momento me lo lanzó bruscamente mientras me retaba a demostrar mis habilidades.

Entre gritos, rebotes, empujones, triples y algún que otro improperio se nos hizo de noche. Sudorosos y agotados nos sentamos en un banco.

- No lo haces mal, tío -me dijo uno de ellos mientras se encendía un cigarro y me ofrecía una litrona.

Aquella noche me metí en la cama agotado por el deporte, aún triste por la muerte de mi tío, bastante avergonzado por no haber dado palo al agua y ciertamente contento por aquella nueva experiencia, aquella nueva sensación de novedad, valga la redundancia. Creo que por primera vez en mi vida hice algo que no estaba programado, algo totalmente espontáneo y en cierto modo ilícito. Y con ese dulce sabor a victoria, pues además había tenido éxito en mi aventura, me sumí en un profundo y placentero sueño.

Los días pasaban velozmente, mientras yo estudiaba cada vez menos y me divertía cada vez más. Jugaba al baloncesto día sí y día también, aquellos pandilleros se convirtieron en mis más fieles compañeros, con los que pasaba horas y horas, bien con un balón, bien con una birra en la mano. Yo también me tatué, como podéis ver. El poco dinero que me mandaba mi pobre madre me lo gastaba en cualquier cosa menos en lo que ella suponía. Aunque bueno, ella decía que estaba “invirtiendo en mi formación”, y yo realmente me estaba formando, aunque en otras asignaturas de la vida. Suspendí mis primeros exámenes, y los siguientes… Las matemáticas no habían dejado de interesarme, pero ante mí se presentaba un oasis lleno de tentaciones a cual más jugosa y apetecible. A veces perdí un poco el control, he de reconocerlo, pero no me convertí en ningún delincuente juvenil ni nada semejante. Sin embargo, la facultad de Matemáticas Avanzadas requería de mí algo más que un cerebro ágil y los genes que me unían al ilustre matemático don Enrique García, en paz descanse. Tras varias reuniones en las que mi tutor intentó sin éxito alguno volver a encarrilarme, el decano tuvo a bien ponerme de patitas en la calle por estar desperdiciando de tal forma aquella grandiosa –según ellos- oportunidad.

Pero no podía volver a casa, y aunque mi madre era sabedora de mi situación y no estaba precisamente contenta, como decía aquella canción que cantaban mis colegas de barrio: “decidí aprender a hacerme yo las maletas para poder vivir…”

No fueron días fáciles, volví a sentir aquella frustración, aquella indiferencia pasadas. Ahora me doy cuenta de lo estúpido que fui. Pero supongo que necesitaba esa experiencia para valorar todo lo demás, todo lo que estaba dejando de lado. De cuando en cuando me acordaba de mi tío, de sus frases solemnes, y mientras a veces me sentía una hipotenusa de aspecto irracional, en la mayoría de ocasiones no veía en mí sino al mayor de los catetos. Lo único reseñable -y con importancia a largo plazo- de aquella época fue el reencuentro con Martita, sí, la del verano en el pueblo. Aunque había crecido, seguía siendo bajita, y conservaba su maravillosa sonrisa, al igual que su inteligencia y sentido común, cosa que no podía decir de mí mismo. Los pormenores de nuestro reencuentro no vienen al caso, por lo que sólo apuntaré que ella estaba en la ciudad estudiando la carrera superior de piano. Paradojas de la vida, como en la comunidad pitagórica, música y matemáticas se volvían a unir en busca del equilibrio cósmico. Pero nuestras vidas eran ahora bien distintas. Ella era ordenada, aplicada, vivía en el centro y tenía muy claras sus aspiraciones. Yo me había vuelto caótico, inestable, seguía viviendo en las afueras con el poco sueldo que ganaba y todas mis pretensiones de futuro eran poder jugar al baloncesto al día siguiente con mis amigos.

Una tarde, poco después de nuestro reencuentro, salimos a dar un paseo. Ella estaba radiante, y los instintos que desbordan a un chaval de veinte años nublaban el poco intelecto que me quedaba entonces. Tras un par de horas charlando, dejó que la acompañara a casa y me invitó a pasar. Preparó café y me estaba enseñando unas fotos antiguas cuando, sin mirarme a los ojos, y con esa sonrisa pícara suya, me dijo:

- - Qué, ¿nos lanzamos? Por los viejos tiem…

No había terminado la frase cuando me abalancé sobre ella cual kamikaze, y antes de poder apenas tocarla me propinó un empujón que me llevó de bruces al suelo. Justo cuando caí acerté a adivinar donde se había dirigido su mirada en ese momento: allí, al lado del escritorio, vi el balón.

- ¿Decías jugar al baloncesto? – murmuré.

- Pues claro, imbécil – fue su repuesta casi instintiva y acertada, porque en ese instante me sentía la persona más imbécil del universo, otra vez. - ¿Qué iba a ser sino?

- Yo creí que... – No pude acabar la frase y dio igual porque ella sonrió como, incluso a día de hoy, sólo ella sabe.

- Entonces que ¿Jugamos o no?


Y aquel fue el día en el que dejé de ser la tan deseada hipotenusa para convertirme en un cateto en armonía dentro de mi cosmos particular. Todo volvió a su sitio. Y nunca en mi vida me había sentido tan grande…